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Hermann y Dorotea

Español
ID del libro: 720
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CALÍOPE

La desgracia compartida

O, nunca vi las calles y el mercado tan desiertos: la ciudad parece abandonada, como muerta; apenas si quedan en ella cincuenta vecinos. ¡Cuánto puede la curiosidad! Todos se dirigen en un continuo y precipitado correr a presenciar el triste espectáculo de las pobres familias fugitivas. De la ciudad a la carretera por donde deben pasar media casi una hora de camino, y, no obstante, todos acuden allí en pleno mediodía y bajo los rigores de un polvo abrasador. Por mi parte, no pienso abandonar mi sitio para contemplar, ¡oh desgracia!, el infortunio de esas gentes que huyen de nuestra opuesta y tan hermosa orilla del Rin llevando consigo cuanto han podido salvar, acuden hacia nosotros y vagan errantes a través de nuestro valle fértil. Esposa mía: bien hiciste enviando a nuestro hijo a distribuir ropa vieja, alimentos y bebidas entre estos desgraciados; dar es obligación del rico. ¡Y qué bien guía los caballos este muchacho, y con qué dominio los conduce! Nuestro cochecito, casi nuevo, reluce como una joya: podría llevar cómodamente cuatro personas sin contar el cochero en su delantera. Esta vez lo ocupa él solo: ¡con qué ligereza ha corrido al volver la esquina de la calle!

Así hablaba a su esposa el dueño de El León de Oro, sentado en la entrada de su casa, sita cerca del mercado, dejándose llevar por el hilo de sus ideas.

—No me gusta prodigar la ropa vieja que dejamos de usar —replicó la diligente y hacendosa mesonera—, pues no faltan ocasiones en que pueda ser útil y en caso de necesidad a veces no se encuentra fácilmente ni aun pagándola cara. Pero hoy que sólo oigo hablar de niños y ancianos desnudos, he dado con alegría buen número de nuestras camisas y mantas todavía en buen uso. Y aun he llegado a más: he saqueado tu armario, y tu bata de algodón fino, aquella de indiana rameada, forrada de franela. Era muy usada y pasada de moda. ¿Te habré disgustado?

El mesonero contestó sonriente:

—Confieso que me duele separarme de esta bata vieja; era de indiana auténtica y ahora sería imposible encontrar otra parecida. Pero, va, ¡tampoco la usaba!... Hoy día es obligado presentarse bien vestido y mejor calzado: las zapatillas y el gorro ya no se estilan.

Johann Wolfgang von Goethe - Иоганн Вольфганг фон Гёте - يوهان فولفغانغ فون غوته

Goethe · Español

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