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Título: Ensayos

Autor: Michel de Montaigne

Traductor: Constantino Román y Salamero

Año de la primera publicación: 1580

Edición: Casa Editorial Garnier Hermanos, París, 1912

Licencia: Dominio público

Última revisión: 10 de Mayo de 2020

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Ensayos


Michel de Montaigne

INDEX

 

Introducción

I

II

III

 

Advertencia del editor

El autor al lector

Notas

 

Libro I

 

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Capítulo XXVIII

Capítulo XXIX

Capítulo XXX

Capítulo XXXI

Capítulo XXXII

Capítulo XXXIII

Capítulo XXXIV

Capítulo XXXV

Capítulo XXXVI

Capítulo XXXVII

Capítulo XXXVIII

Capítulo XXXIX

Capítulo XL

Capítulo XLI

Capítulo XLII

Capítulo XLIII

Capítulo XLIV

Capítulo XLV

Capítulo XLVI

Capítulo XLVII

Capítulo XLVIII

Capítulo XLIX

Capítulo L

Capítulo LI

Capítulo LII

Capítulo LIII

Capítulo LIV

Capítulo LV

Capítulo LVI

Capítulo LVII

 

Notas del libro I

 

 

Libro II

 

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Capítulo XVI

Capítulo XVII

Capítulo XVIII

Capítulo XIX

Capítulo XX

Capítulo XXI

Capítulo XXII

Capítulo XXIII

Capítulo XXIV

Capítulo XXV

Capítulo XXVI

Capítulo XXVII

Capítulo XXVIII

Capítulo XXIX

Capítulo XXX

Capítulo XXXI

Capítulo XXXII

Capítulo XXXIII

Capítulo XXXIV

Capítulo XXXV

Capítulo XXXVI

Capítulo XXXVII

 

Notas del libro II

 

Libro III

 

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

 

Notas del Libro III

 

La correspondencia de Montaigne

 

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

XVI

XVII

XVIII

XIX

XX

 

Notas

 

Índice alfabético de los Ensayos

 

A

B

C

D

E

F

G

H

I

J

K

L

M

N

O

P

Q

R

S

T

U

V

W

X

Y

Z

 


Al Exmo. Señor Don FRANCISCO SILVELA, de la Real Academia Española.

Ausente cuatro años ha de España, he querido que a la cabeza de esta traducción castellana de los ENSAYOS DE MONTAIGNE, -«libro ingenuo y de buena fe», útil a todos los hombres,- figurase el nombre de un español ilustre, consagrándola así a la patria en la persona de uno de sus más dignos representantes.

Como el nombre de Usted significa una vida de integridad sin tacha dedicada al servicio de nuestro país, al par que el amor a las letras, de que son muestra espléndida sus discursos políticos y jurídicos y el hermoso libro de SOR MARÍA DE ÁGREDA, me complazco en estamparlo aquí deseando sólo que la dura aunque no ingrata tarea de interpretar un autor tan genial merezca la aprobación de los literatos españoles, para que el más humano de los filósofos adquiera así carta de naturaleza entre nosotros y en los pueblos de lengua española, a pesar de los defectos, evitables unos e inevitables otros, en que esta versión abunda.

Estimando profundamente la distinción que Usted le otorga al acoger con benevolencia este trabajo, tiene el honor de ser de Usted admirador afectísimo,

q. b. s. m. 

CONSTANTINO ROMÁN Y SALAMERO.

París, 5 de Marzo de 1898.




Cuando entre los prosistas clásicos franceses se cita a los primeros maestros, a los que supieron revestir las ideas más originales, sólidas y verdaderas con estilo inimitable, envidiado hasta de aquellos que durante toda su vida se ejercitaron en el arte de escribir, a Felipe de Commines, Montaigne, la marquesa de Sevigné y el duque de San Simón, siempre se coloca a Montaigne en el lugar más honorífico. La prosa de los Ensayos es entre todas la más original, la más viva, la en que todo espíritu cultivado encuentra, sin necesidad de buscarlas ni de descubrirlas, mayor número de bellezas, encantos y sorpresas, reflejo fiel de uno de los entendimientos más perspicaces y analíticos que registran los anales literarios de todos los pueblos, filósofo, poeta y pensador original en cuantos órdenes de ideas su espíritu se detuvo o ponderó.

Miguel Eyquem, señor de Montaigne, nació en el castillo de Montaigne (de donde sus ascendientes tomaron el nombre), en los confines del Perigord, el último día de febrero de 1533, entre once y doce de la mañana.[2] Su padre descendía de una antigua familia de comerciantes de Burdeos; su madre era de origen español.

Todos los datos de su biografía, desprovista de grandes acontecimientos, se encuentran diseminados en los Ensayos, como también algunos de los relativos a su padre, de quien Montaigne nos habla con singular amor filial, cada vez que su nombre aparece citado en su obra.

Los primeros años de su infancia transcurrieron en los campos, al aire libre[3], y como los que dirigieron su educación pensaran que el mucho tiempo empleado en el estudio del latín era la causa de que los escolares no llegaran a alcanzar «la perfección científica y el temple de alma de los antiguos griegos y romanos»[4], apenas salió de los brazos de la nodriza, su padre le encomendó a un preceptor alemán, quien sólo en aquella lengua le hablaba, con lo cual a la edad de seis años tuvo su latín «tan presto y a la mano» como el más consumado de los humanistas.

En el colegio de Guiena, uno de los más afamados de aquel tiempo, y cuyos profesores fueron los más célebres maestros de la época, permaneció hasta los, trece años. El estudio del latín y la literatura latina constituían entonces la base de la educación de todos los adolescentes. Por el griego se pasaba con rapidez extrema, y Montaigne nunca llegó a poseerlo, según lo declara en varios pasajes de su obra.

De sus estudios jurídicos no hay noticias precisas. No se sabe si los hizo en Burdeos o en Tolosa, pero de todos modos es lo cierto que se consagró en cuerpo y en espíritu al derecho, si no por gusto, por necesidad, y que se graduó en leyes, pues desde muy temprano perteneció a la magistratura de Burdeos. Sábese también que este importante cargo no satisfizo sus ideales, y que lejos de inspirarle amor le causó al poco tiempo de ejercerlo, a pesar de encontrarse en aquel cuerpo en su verdadero medio social, de contar en él parientes y de haber conocido allí a su amigo Laboëtie, con el cual contrajo una amistad, aunque poco duradera, de memoria indeleble. Después de la muerte de su amigo, Montaigne sólo buscó propicia para abandonar la magistratura, y así lo hizo cuando murió su padre en el mes de julio de 1570. Cinco años antes había contraído un matrimonio «de razón» con Francisca de la Chassaigne, hija de uno de sus colegas en la magistratura.

Una, vez ganado el sosiego espiritual que ansiaba, recogiose en su pacífica morada «en el año de Nuestro Señor (1571), a la edad de treinta y ocho años, víspera de las calendas de marzo, aniversario de su nacimiento; hastiado de largo tiempo atrás de la esclavitud del parlamento y de los públicos empleos, para reposarse en el regazo de las doctas vírgenes, en medio de la seguridad y la calma, y vivir así el tiempo que le quedaba de vida, consagrando al reposo y a la libertad el agradable y sosegado aposento herencia de sus antepasados».

Así reza una inscripción latina que colocó Montaigne en la pared de su gabinete para que el recuerdo de su determinación permaneciera grabado en su memoria. Mas no hay que creer al pie de la letra este propósito tan radical, ni figurarse a Montaigne encerrado en su vivienda como un ermitaño. «Lo que Montaigne quiere significar, y su vida lo prueba de sobra, es que había ya suficientemente vivido la existencia activa; que su ambición nada esperaba de ella; que la idea de escribir se le había metido entre ceja y ceja, y que, este propósito formado, creía bueno sustraerse a los empujones diarios de la existencia que se vive, ya en la corte, ya en las ciudades.» Contando más con los naturales recursos de su espíritu que con los de la erudición[5], en la cual le sobrepasaban muchos de sus contemporáneos, y él bien lo sabía, decidido a ser «él mismo», a respetar en su estilo hasta los idiotismos que, tanto escandalizaban a Esteban Pasquier[6], ninguna necesidad tenía de permanecer como literato sólo al alcance de los doctos de la época, o de las bibliotecas, que alimentaban los temibles infolios de éstos.

Aunque no abiertamente, Montaigne se burla de la erudición, considerando como Larra «que es excelente cosa sobre todo para el que no tiene otra». Por otra parte, una vez decidido a «transcribir sus humores fantásticos», es evidente, dada la naturaleza de su espíritu (más rico en comentarios que alacena de cosas pasadas) y su género de vida anterior, que no se propuso nunca competir con Justo Lipsio, de quien fue amigo, ni con ningún otro humanista de su época. Con sus escritos no buscaba el renombre ni la gloria; ni siquiera por autor ni hacedor de libros se tenía, aunque en esto último se descubra más de un asomo de coquetería. Los infolios que constantemente manejaba bastábanle como tema de sus observaciones: los estantes de su biblioteca estaban bien repletos de selectos libros que suplían los contados vacíos de su excelente memoria, que Montaigne echa por los suelos, llamándola enteca sin motivo justificado.

Allí en su «librería», puntualmente descrita en el libro III de los Ensayos, instalada en el piso segundo de la torre de su castillo, transcurren todos sus días y casi todas las horas de cada día, dictando unas veces, leyendo y registrando otras sus autores predilectos, escuchándose vivir, observándose, comentándose y anotándose. Él mismo nos traza de su persona el retrato más minucioso y acabado: «Su traje es siempre negro o blanco (detesta los colores abigarrados), bien abotonado, distante mil leguas de la moda, sobre todo cuando la moda tiene algo de molesto o desmañado; si el tiempo es frío, el vestido será grueso, bien boatado, y bajo el coleto perfumado encontraremos ya una pellica de liebre o ya el plumón de buitre. Montaigne es friolero y se constipa fácilmente; principiando por resguardarse con un simple gorro, concluye por encasquetarse dos sombreros, uno sobre otro. No puede, soportar los olores pestilentes, por lo cual lleva siempre coleto y guantes perfumados y un pañuelo igualmente saturado de esencias. A veces piensa en alta voz, y le ha sucedido sorprenderse injuriándose a sí mismo. Baila mal; no sabe trinchar; es torpe para plegar una carta, cortar una pluma y ensillar un caballo. Se impacienta por las cosas más insignificantes: por una chinela que le sienta mal, por una correa puesta del revés, jura por Dios; teme la escarcha, y gusta de la lluvia. Cuando descansa, tiene las piernas en el aire; frecuentemente se rasca una oreja. Ninguno de estos detalles se le queda en el tintero. La ciencia de la bucólica no le es indiferente ni mucho menos; gusta de los pescados y de las carnes saladas, mas no de la sal en el pan; la carne, la prefiere poco cocida, pero no dura. Como buen bordalés delicado en punto a vinos, nunca pudo habituarse a la cerveza. ¿Es acaso buen bebedor? Cuartillo y medio por comida le basta, con el aditamento de la tercera parte o la mitad de agua. Mezcla su bebida dos o tres horas antes de tomarla, y de esta tarea se encarga su copero. Es una costumbre que su padre le ha legado. Come con apetito envidiable, pero no gusta permanecer largo tiempo a la mesa, por lo cual se sienta algo después que los demás. Muchos manjares juntos, le disgusta verlos: forman una multitud como cualesquiera otra, y las multitudes le son ingratas. Come deprisa; a veces se muerde la lengua, otras los dedos y... Al llegar aquí muchos jueces se preguntan: ¿y qué nos importa todo eso?, escandalizados de tan descomunal egotismo. Realmente poca cosa o nada absolutamente. Pero ¿por qué leemos con tanta complacencia los Ensayos, donde todo ello está anotado?»[7]

«La primera edición de los Ensayos apareció en Burdeos hacia el mes de marzo de 1580 en dos volúmenes de tamaño diferente y desigualmente compactos. Buscando descanso a su labor, así como para procurar a su curiosidad horizontes más dilatados, amplios y vivientes, Montaigne decidió viajar después de publicada. De París se dirigió a Alemania y luego a Suiza e Italia.» Ausentándose de su tierra el 22 de junio de 1580, permaneció de ella separado hasta el 30 de noviembre de 1581. Los pormenores de esta expedición consignolos en un Diario de viaje, descubierto y dado a luz en el siglo pasado, en dos volúmenes. El valor moral de este escrito, al entender de algunos críticos, es mayor que el literario: «Su interés es primordial para el conocimiento espiritual del viajero[8], el cual dicta y describe a lo vivo todo cuanto ve y le interesa por cualquier concepto, o despierta su curiosidad y excita su comprensión.»

«El viajero es encantador: aplicado a verlo todo y a penetrarlo todo, viaja sólo por el placer de cambiar de tierras. Esta constante mutación forma sus delicias, y quisiera siempre marchar adelante: tan despierto está su espíritu y tan insaciable es su deseo de aprender. Todo le interesa, pues no ignora que todo espectáculo encierra en sí una enseñanza para quien de él sabe extraerla; por eso no se deja escapar nada y todo lo considera con la imparcialidad más invariable. Préstase de buen grado a las costumbres del país que atraviesa, a fin de mejor penetrar la manera de ser de sus habitantes. Lo que más le llama la atención, y lo que anota de preferencia son los rasgos particulares, las cosas menudas, los incidentes insignificantes de la vida diaria. Todo lo penetra a la carrera, tanto su espíritu se halla con el análisis familiarizado. Este Diario de viaje es el álbum de un artista en marcha; en él se encuentran todos los croquis y todos los bosquejos incoherentes tomados y anotados al acaso, cuándo y cómo se presentan.»

De la Lorena y la Alsacia encaminose hacia Suiza, y luego atravesó Baviera para descender de nuevo al Tirol. El itinerario fue caprichoso, y por fin, descontento de no haber visto el Danubio ni otros muchos lugares que se había prometido visitar, tocó la tierra italiana internándose por Trento y Venecia, dirigiéndose hacia Roma y los baños de la Villa, que eran el término de sus andanzas, armonizando así con el interés de su instrucción los cuidados que su salud endeble exigía. Toda la grandeza y majestad de las ruinas romanas sentidas están en las páginas de este viaje, trazadas por una mano que desde la niñez acarició las obras maestras de poetas o historiadores, en la hermosa lengua en que fueron escritas.

Encontrándose en los baños de la Villa, el día 7 de septiembre de 1581 por la mañana, recibió de Burdeos la nueva de haber sido nombrado alcalde[9] de esta ciudad el 1.º de agosto precedente. Este honor vino a desconcertar sus proyectos de viajero y a contrariar todos su planes. De regreso a Roma el 1.º de octubre, encontró la carta en que los jurados de Burdeos le notificaban oficialmente, su elección y le rogaban cuanto antes el regreso. Mes y medio después se hallaba de vuelta en su castillo.

De buena gana se hubiera sustraído al honor que no buscaba y que de modo tan inesperado lo salía al encuentro, pero la intervención del rey de Francia Enrique III, que le manifestó su voluntad de ver al nuevo alcalde «cumplir el debido servicio del cargo que le pertenecía», no le consintió ya dudar un momento. Acostumbrado más a la meditación que al gobierno de los hombres, Montaigne, como varón prudente, hizo penetrar en sus administrados la idea de que no habían de esperar de él grandes cosas, y les rogó, además, que en el solicitar fueran comedidos. Por fortuna los espíritus en aquel entonces tendían más que a la revuelta al sosiego y a la conciliación, y los dos años de alcaldía transcurrieron sin incidente alguno y a la satisfacción de todos; de tal suerte que en 1.º de agosto de 1583, fecha en que expiraba el período de su mando, fue elevado nuevamente al mismo cargo.

Esta segunda etapa fue más agitada que la precedente. Los partidos comenzaron a mostrarse desapacibles y el rey de Navarra (después Enrique IV) a dar muestras palmarias de sus deseos, bien que eligiendo a Montaigne, como confidente le diese fe cabal de que sus intenciones no eran tumultuarias. El mismo príncipe le dispensó luego el honor de visitarle en su castillo mostrándole así el reconocimiento que por sus buenos oficios le guardaba, lo cual Montaigne consignó regocijado en sus Efemérides. Agravada por una parte la situación por la muerte del duque de Anjou que convirtió al rey de Navarra en heredero de la corona de Francia, y por otra con la Liga, que por entonces comenzó a revolverse contra un príncipe hugonote, al cual rechazaba prestar obediencia, Montaigne acertó a ser leal a su rey sin que por ello perdiera la buena voluntad del de Navarra.

Montaigne anhelaba que el último día de su mando fuera llegado, bien que se mantuviera a la altura del vigor que las circunstancias exigían, cuando una terrible epidemia vino a agravar la situación que las discordias civiles habían creado. Los bordaleses huían a bandadas sin que ningún remedio acertara a retenerlos en la ciudad Por aquellos días acababa la misión de Montaigne como gobernante, y precisamente se encontraba ausente de su ciudad en el momento del peligro. Esta circunstancia que no le echaron en cara sus contemporáneos, porque sin duda en ello no vieron motivo de censura, ha sido objeto de ataques y burlas de parte de algunos censores modernos. Sainte-Beuve, que fue maestro consumado en el arte de sacar todo el partido posible de las flaquezas de escritores vivos y muertos, sobre todo de los muertos, consagra a Montaigne funcionario público un artículo impregnado de ironía, por no haber afrontado serenamente las dificultades de su cargo hasta el último momento.[10] «¿Hubo alguien, se pregunta, que en su tiempo le recriminara por esta ausencia? No veo ninguno. Él mismo, ¿creyó conveniente justificarse en los Ensayos? Tampoco. A lo que se ve, pensó que no había ninguna necesidad de ello.» «En su conducta, añade el crítico con malicia casi pérfida, reconozco el Montaigne verdadero, tal como siempre me lo he representado; con todas sus cualidades de hombre razonable, moderado, prudente, lleno de filosofía y sabiduría integérrimas, a las cuales falta sólo cabalmente aquello que no es ya la filosofía ni la prudencia, lo que se llama la locura santa y el fuego del sacrificio generoso.»

Sainte-Beuve, a quien seguramente las generaciones venideras no colocarán al par de ningún glorioso caudillo, hizo mal en ensañarse así con un filósofo que nunca encomió su bravura y menos aún su heroicidad. «Escritores muy expertos en el valor ajeno, escribe el señor Bonnefon, han condenado el proceder de Montaigne. Si su conducta está exenta de heroísmo, por lo que a la hombría de bien toca, nada tiene por qué censurársela.»[11]

En medio de la calma de su retiro sorprendieron a Montaigne los sangrientos espectáculos de la guerra civil. Su casa estaba situada precisamente, en las inmediaciones del lugar donde los horrores no se daban tregua ni reposo. Guiena y Gascuña fueron el principal escenario de estas luchas, de las cuales nuestro autor dice «que llenaron de odios parricidas los esfuerzos fraternales». Para un hombre en cuyos actos todos presidía siempre la moderación más extremada era ésta una situación difícil, imposible de sostener, y la indiferencia y apartamiento del combate más imposibles todavía.

La interpretación torcida de algunos pasajes en que Montaigne habla directamente o alude a estas luchas entre hermanos, hizo creer a algunos que quien tan de cerca las veía hubiere preferido permanecer a ellas indiferente. Otros hubieran querido ver en Montaigne un héroe, o que como tal se hubiera mostrado, sin considerar que el heroísmo guerrero y la filosofía se avinieron bien rara vez. Sainte-Beuve, que en su vida no dejó ninguna huella de ardor bélico, se burla finamente del miedo de Montaigne, y para probarlo cita textos cuidadosamente escogidos.

Échase de ver, sin embargo, en los Ensayos que Montaigne hubiera querido sustraer su rincón de la tempestad, pero se engañó en sus predicciones cuando supuso que por no encontrarse su castillo fortificado tampoco había de ser asaltado, bien que el razonamiento que para de ello convencerse empleara pudiera inducirle a la tranquilidad: «La defensa, dice, atrae el ataque, y la desconfianza la ofensa. Yo debilité las intenciones de los soldados apartando de su empresa el riesgo de todo asomo de gloria militar, lo cual les sirve siempre de pretexto y excusa: aquello que se realiza valientemente se considera siempre como honroso cuando la justicia es muerta. Hágoles la conquista de mi casa cobarde y traidora; no está cerrada para nadie que a sus puertas llama, tiene por toda guarda un portero, conforme a la ceremonia y usanza antiguas, y cuyo cometido es menos el de prohibir la entrada que el de franquearla con amabilidad y buena gracia. Ni tengo más guarda ni centinela que la que los astros me procuran.»[12]

Y más adelante añade: «A la verdad, y no temo confesarlo, yo encendería fácilmente una candela a san Miguel y otra al diablo, siguiendo el designio de la vieja; seguiré al buen partido hasta la metralla, mas exclusivamente si así lo puedo: que Montaigne se abisme con la ruina pública, mas si de ello no hay necesidad ineludible, agradeceré a la fortuna que se salve, y cuanto mi deber me lo consiente empléolo en su conservación.»[13]

Quien así se expresa «no es un escéptico, ni menos un héroe».[14] Montaigne vio con resignación su hogar saqueado y su tranquilidad ausente con resignación también, sin sublevarse ni exaltarse, lo mismo que soportó todas las desdichas de la vida. Lo que entre otras cosas le apartó de ser caudillo, aunque realmente de otro modo tampoco acaso lo hubiera sido, fue la escasa fe que lo inspiraban sus adversarios, los que en provecho de la ventaja personal enarbolaban el estandarte de las cosas santas, aquellos a quienes en la lucha no guiaba el amor a su religión ni a su rey: «¿Cuántos, si los contáramos, encontraríamos entre los buenos? se pregunta. -Apenas el número suficiente para formar una compañía cabal de gente armada.»

Como hombre de su tiempo, se coloca abiertamente del lado del catolicismo y del monarca. Pero no por ello deja de tributar plena justicia a los talentos y virtudes de sus adversarios. Así en La Noue alaba la constante bondad, la dulzura de sus costumbres y la benignidad de su conciencia[15]; en Enrique de Navarra, la actividad y la bravura; en Teodoro de Bèze reconoce uno de los más grandes poetas de su tiempo, aunque semejante opinión escandalice al clérigo encargado en Roma de juzgar la doctrina de los Ensayos, llegando a ensalzar hasta los pamphlets de los hugonotes, «que proceden a veces de buenas manos, y que es gran lástima no ver ocupadas en mejor empleo».

Recogido en la biblioteca de su casa solariega, Montaigne empleose como siempre en sus meditaciones y lecturas. En esta época empezó el tercer libro de los Ensayos, más aleccionado todavía que en las precedentes por las enseñanzas de la existencia, y lo acabó de mediados de 1585 a los comienzos de 1588, haciendo además notables adiciones a los dos primeros libros y correcciones ligeras o casi insignificantes al texto ya existente.

Sus últimos años transcurrieron así, modificando constantemente sus escritos, más bien adicionando que suprimiendo; permitiéndose con el lector libertades mayores, en el tercer libro sobre todo, a lo cual le convidaba «la liberalidad de los años» y «el favor del público» ya ganado, que le empujaron a ser menos tímido y «más arrojado», aunque en realidad nada había detenido nunca su pluma, a lo menos en lo tocante a la expresión de las ideas generales.

Montaigne murió cristianamente, en el año 1592, el día 13 de septiembre, en su castillo, cumplidos los cincuenta y nueve de su edad. Esteban Pasquier, que había sido su amigo, refiere así su fin, aunque de él no fue testigo ocular: «Acabaron sus horas en su casa de Montaigne, donde se le arraigó una inflamación en la garganta de gravedad tan grande que permaneció tres días enteros sin poder hablar. Por lo cual se veía obligado a recurrir a su pluma para expresar sus voluntades; y como sintiera su fin acercarse, rogó a su mujer por medio de un corto escrito, que llamara a algunos gentilhombres, sus vecinos, a fin de despedirse de ellos. Presentes que fueron, ordenaron decir la misa en la cámara, y como el sacerdote llegara a la elevación del Corpus Domini, este pobre hidalgo se lanzó lo menos mal que pudo sobre su lecho, como a cuerpo perdido, con las manos juntas, y hallándose en este último acto de fe rindió a Dios su espíritu, que fue un hermoso espejo del interior de su alma. Dejó dos hijas: una que nació de su matrimonio, heredera de todos y de cada uno de sus bienes, que está casada en buena casa; la otra, su hija adoptiva, fue la heredera de sus estudios... Ésta es la señorita de Jars[16], que pertenece a muchas grandes y nobles familias de París, la cual no se propuso jamás tener otro marido que su honor, enriquecido con la lectura de los buenos libros, y sobre todos los otros la de los Ensayos del señor de Montaigne.»[17]

A la derecha del vestíbulo de la Universidad de Burdeos, se ve hoy su sepulcro. Es un monumento de piedra del más puro Renacimiento, con inscripciones de mármol: tendida sobre la tumba está la estatua de Montaigne, ceñido con su cota de malla, la cabeza junto al casco guerrero, los brazales a un lado y un libro a sus pies. Sobre la tumba hay grabadas dos inscripciones, griega la una y latina la otra. La primera es más altisonante que la segunda, cuya traducción es la siguiente:

A Miguel de Montaigne, perigordano, hijo de Pedro, nieto de Grimond Remond, Caballero de la orden de San Miguel, ciudadano romano[18], exalcalde de Burdeos. Hombre nacido para gloria de la naturaleza, cuya dulzura de costumbres, fineza de espíritu, facilidad, de elocución y puntualidad en el juzgar fueron consideradas como por cima de la humana condición; que tuvo por amigos a los soberanos más ilustres, a los más grandes señores de Francia, y hasta a los caudillos del partido extraviado, aunque él fuera de condición mediana; religioso observador de las leyes y de la religión de sus mayores, a las cuales jamás infirió la más leve ofensa; que gozó del favor popular, sin adulación ni injuria, de suerte que, habiendo hecho siempre propósito en sus discursos de una cordura fortificada contra los ataques del dolor, después de haber a las puertas de la muerte luchado con esfuerzo contra los ataques enemigos de una enfermedad implacable, nivelando, en fin, sus escritos con sus acciones, hizo con la gracia de Dios una hermosa pausa a una hermosa existencia. Vivió cincuenta y nueve años, siete meses y once días, y murió el 13 de septiembre del año 1592 de nuestra salvación.

Francisca de Lachassaigne, llorando la pérdida de este esposo fiel y constantemente amado, le erigió este monumento, prenda de su dolor.[19]

Bien que sea discutible el que sus acciones fueran siempre de par con sus escritos en todos los respectos, Montaigne, como san Agustín, pensaba que las pompas funerales «servían menos para tranquilidad de los muertos que para el consuelo de los vivos».[20]

Tampoco de la historia merecieron el dictado de grandes todos los monarcas, bajo cuyos reinados vivió el autor de los Ensayos[21]. Sólo a dos puede aplicárseles, a Francisco I y a Enrique IV, y eso que al primero le pesó demasiado la corona; pero es cosa sabida que aquel epíteto a nadie se escatimó nunca menos que a los soberanos, y menos que en lugar alguno en sepulcros o inscripciones.



Como en literatura es más frecuente y menos costoso proveerse de juicios ajenos que formarlos propios con la lectura de los autores de quienes se habla, vemos que las mismas ideas y los mismos pareceres se repiten sobre un escritor con monotonía desesperante, aunque a veces vayan diluidos con colores de frágil intensidad y en apariencia semejen nuevos. Esta mala costumbre de hablar de oídas, que no domina solamente en las gentes superficiales, perezosas de espíritu o de alcances cortos, es más generalmente seguida cuando se trata de los grandes espíritus de otras épocas, quienes parecen infundir cierto temor al formular juicio sobre ellos, tanto pesa sobre nosotros la aprobación de los siglos y la costumbre de verlos por otros grandes hombres ensalzados.

Así de Montaigne viénese de remotos tiempos, repitiendo la conocida frase de Pascal, que luego repitió La Bruyère y en que La Harpe y cien otros críticos posteriores se fundamentaron para decir que los Ensayos son del principio al fin una conversación con el lector, llegando a escribir algunos que el tono y el diapasón del hablar permanecen constantes, sin fijarse en que Montaigne diserta cuando le acomoda, perora, refiere anécdotas entresacadas de sus numerosas lecturas, que comprenden toda la antigüedad tal y como en su tiempo se comprendía, y se comprendía bien, y hasta se eleva a la elocuencia más suprema en el capítulo más famoso del libro II, en la Apología de Raimundo Sabunde.

Verdad es que pocos autores han escrito con naturalidad mayor y menos son todavía los que formularon verdades sobre el hombre y la sociedad con mayor sencillez ni con llaneza mayor. Por eso madame de Sevigné, que también escribió siempre sin asomo alguno de hinchazón, y por consiguiente tuvo cualidades sobradas para juzgar el espíritu de Montaigne, decía de el: «¡Cuán grande es su amabilidad y cuán exquisita su compañía! Es mi antiguo amigo, y a fuerza de serlo para mí es completamente nuevo. ¡Dios mío! ¡Cuán intenso es el buen sentido de que su libro está repleto!»

En la literatura francesa del siglo XVI y en toda la historia del espíritu francés descuellan los Ensayos como obra sin par y característica, de tal suerte que su autor ni tuvo antecesores ni tampoco descendientes; y puede asegurarse, además, que en el talento de Montaigne hay algo que se desvía del carácter general del espíritu de su nación, lo cual no es mucho aventurar recordando que Montaigne es un escritor aislado, y que en sus venas había sangre sajona[22] y española. La gracia y el buen sentido desbordantes en la obra de Rabelais y en los espíritus de otro temple que le precedieron en nada son comparables al carácter de los Ensayos.

Pocos escritores hubo jamás colocados en condiciones más adecuadas para dotar al mundo de una obra original y genial. Educado no sólo intelectual sino físicamente por un padre cuyos cuidados solícitos Montaigne ha transcrito a la posteridad en el celebro capítulo de la Educación; lanzado casi en plena adolescencia en la carrera del mundo y de los empleos públicos, que en toda época fueran más asequibles a la nobleza, y Montaigne era noble; frecuentador del trato de los reyes y de los grandes y por último viajero curioso, sólo se determinó a manejar la pluma cuando creyó conocer a los hombres, y los estudió para mejor conocerse y sondearse a sí mismo, haciendo a los treinta y nueve años propósito decidido de recogerse en su casa para poner por escrito las que el nombraba «sus fantasías».

Esta ocupación que nuestro autor llama secundaria, aun cuando al pie de la letra no debamos otorgarlo crédito, duró nueve años, con intermisiones largas y cortas, de 1571 a 1580. La primera edición de los Ensayos apareció, como queda dicho, en 1580, con escasas citas latinas y menos texto que la segunda de 1588, en que incluyó los tres libros tal y como hoy se leen. Modificando y aumentando sin cesar, y nunca omitiendo, Montaigne tuvo a la vista su obra casi hasta la hora de su muerte. Amor bien justificable a pesar del desdén que en algunos pasajes simula por sus escritos, y a pesar de que diga que escribió sólo para que los que en vida le conocieron mantuvieran más dilatado su recuerdo y más veraz.

Si examinarse es progresar, como escribe un crítico moderno, jamás en ninguna literatura hubo un espíritu comparable en progresos al de un hombre cuya vida no tuvo otro fin que el estudio de su propia alma; que no se inquiere de lo que le circunda sino para mejor profundizarse, y que hasta las afecciones y los goces, a que todos nos entregamos por instinto, los pesa, mide y tantea como un ingeniero cuando ejecuta el trazado de un plano, o como un químico cuando descompone un cuerpo. Envidiable facultad que pocos poseen y estos pocos menos aun tratan de perfeccionar ni de cultivar, y medio eficaz cual ninguno de ser en todo momento dueño de sus acciones, de gobernarlas y de gobernarse, y de alcanzar todo el supremo saber que al hombre es dado poseer. En vez de vivir la vida, la vida nos arrastra sin consentir que nos demos cuenta cabal de nuestros actos en medio de su torbellino voraginoso.

Tal no fue el caso de Montaigne, quien sin embargo vivió en una época de guerras sangrientas, en que todos los espíritus andaban alborotados y locos[23], lo cual hace más admirable y más singular su espíritu, habiendo contribuido por otra parte a que se lo haya aplicado el dictado de egoísta. Un hombre así, en quien por añadidura se juntaba una dosis no pequeña de duda e indecisión permanentes, debía ser poco apto y menos inclinado al ejercicio de los públicos empleos, que jamás codició; y que sólo a viva fuerza aceptó por no desobedecer a su rey, a quien seguía sólo por aceptar lo establecido, como viviera en la convicción de que esto es lo menos malo y que aquello con que se lo sustituye empeora lo que antes había.

El autor de las Cartas persas califica de poeta a Montaigne[24]; éste no hubiera gustado gran cosa del dictado, aunque bien lo merece si con él Montesquieu quiso significar la plasticidad con que exterioriza hasta lo más recóndito de su alma, las imágenes que sin intervalo se suceden en su prosa, sea cual fuere el asunto de que hable (la amistad, la gloria, la muerte), sugeridas por todos los objetos del mundo material, que sin retroceder ante ninguna, se amontonan y avasallan en los Ensayos. Todo lo cual hace que Montaigne hable de las ideas cual si fueran objetos que se tocan y se ven, merced a la ejercitación en todos sentidos que de su estilo había practicado, como escribe Villemain[25].

Amamantado desde niño en los escritos de la antigüedad, familiarizado con la lengua latina antes que con la propia, hasta el extremo de ser adversario temible de los humanistas más afamados, quienes temían conversar con él en esa lengua, en su libro se encuentra la quinta esencia del saber de griegos y romanos, viviente y metamorfoseado, acomodado al hombre de todas las épocas y de todos los tiempos, fiel retrato y reflejo palpitante de las humanas fortalezas y flaquezas. Los adversarios de Montaigne en el siglo XVII, que para rebajar su mérito dijeron que sin los antiguos nada quedaba que valiera la pena en los Ensayos, no pudieron imaginar herejía mayor. Invítese al hombre más conocedor de la antigüedad clásica a que escriba el capítulo más endeble de los Ensayos, al hombre mejor provisto y amueblado de todo el saber de las civilizaciones griega y romana, y de seguro que no alcanzará de cerca ni de le os a imaginar nada comparable.

Sin duda que Séneca y Plutarco[26], los autores que con mayor asiduidad se ven citados por Montaigne, son los que más honda huella ejercieron en su espíritu; así lo declara él mismo en el capítulo de La Educación, y más que ningunos otros aparecen comentados en sus páginas. Del griego se confiesa ignorante y declara que no gusta leerlo porque no lo comprende sino a medias; por eso se sirve de la traducción de Amyot, que fue como clásica y aun como obra original considerada en Francia, a lo que sin dada contribuyó Montaigne con su maravillosa pluma, consagrándola muchos elogios en los Ensayos[27].

Montaigne detestaba el pedantismo, del cual sin duda tuvo ocasión de conocer ejemplares vivientes en la sociedad de su tiempo; las páginas que le consagra, trazando de él un paralelo con la verdadera filosofía, son de la mayor eficacia para apartar a todo espíritu de ese mal contaminoso, dolencia de todas las épocas. Los iracundos filósofos de Port-Royal le colgaron también ese mote odioso, a nadie peor aplicado sin duda, por el cúmulo de citas en que su obra abunda, sin tener en cuenta que era costumbre de la época el que todo autor apoyara sus dichos con sentencias antiguas. Además hay muchas maneras de citar, y la que más se aleja de lo pedantesco es la en Montaigne habitual, el cual corrobora y afianza sus personales experiencias con versos de Homero y de Virgilio, o con frases de Tácito y Julio César, para realzarlas e imprimirlas en la mente del lector sin pretender aparecer erudito ni docto, sino penetrando todo el alcance de lo que siente y analiza.

Entre tantos libros vigorosos como el siglo XVI produjo en Francia ninguno hay tan vivo y constantemente moderno como los Ensayos. Sin el lenguaje que ha envejecido a trechos[28], creeríase leer a un gran escritor de nuestros días, de los más profundos y relevantes. Todas las ideas que constantemente preocupan a las sociedades en general y al hombre en particular, Montaigne las anatomiza y las vivifica, mostrándolas unas veces con lapidaria concisión, dibujándolas otras, juzgando lo permanente en el hombre de otras épocas y en el de la suya, protestando con tonos amargos contra la corrupción de su tiempo[29] (lo cual nos le muestra menos egoísta de lo que él mismo se creía), admirando cuanto de grande nos transmitió la cultura antigua, penetrando en fin hasta los menores resquicios de las conciencias más famosas con mirada certera y clarividente.

Los que en presencia de las ideas modernas juzgan sus ideas encuentran en él graves reparos, como las censuras que propina a las que en su tiempo movidos por deseos honrados trataban de cambiar el orden de cosas establecido; su amistad con príncipes y caudillos poco humanos y enemigos del pueblo, y el egoísmo que ven del principio al fin de su obra, el cual en realidad es más aparente que real, pues aun cuando fuera, según se nos muestra, casi incapaz de sacrificios, la bondad de su alma se ve y se toca en muchas elocuentes páginas en que condena los tormentos[30] no abusa de su poder de gran señor contra los humildes, enaltece el amor filial, como enemigo del rigor con las criaturas, predica la afección para con los animales y hasta para con las plantas[31].

«Espíritu ondeante y diverso», su pluma traduce en audaces imágenes cuantas ideas cruzan por su mente sin cuidarse poco ni mucho de lo que prometiera en el título del capítulo que escribe, prescindiendo espontáneamente unas veces y de intento otros de todo orden pedagógico y didáctico, y llevando al lector de sorpresa en sorpresa. Por eso dijo Guez de Balzac de los Ensayos que su autor, bien que supiera lo que decía, no sabía a punto fijo lo que iba a decir. Juicio, aunque exacto a veces, sólo a medias razonable.

Aun después de leídos y estudiados los escritos de los filósofos antiguos sobre el amor, la amistad, la gloria, el heroísmo, la tristeza, la muerte y en general cuantas pasiones al hombre avasallan, encuéntrase en Montaigne la novedad y la frescura con que sabe revestirlas, pues bien que conociera cuanto los demás antes de su época habían ya dicho, como habla de las cosas según el influjo que producen en su espíritu, sin que nada le intimide para consignar hasta lo monstruoso a juicio de los demás y aun al suyo propio, necesariamente nos presenta siempre algo nuevo, por antiguo que sea el tema elegido.

En el capítulo De la Amistad, Montaigne transpone las alturas a que tocaron Cicerón y Aristóteles, y glorifica la que a Laboëtie profesó, el cual le debe mucha parte de su gloria literaria. Sólo un espíritu generoso pudo concebir, sentir e idear tal alteza en el amor al amigo y colocarlo por cima de cuantos otros sentimientos el hombre es capaz de engendrar y alimentar, incluso el de la atracción de los sexos.

Únicamente las ideas que, penetrando en la mente, en ella sufran luego una estación laboriosa y dilatada, nos pertenecen por entero. Así recomendaba Montaigne a los maestros que educaran a sus discípulos, y así son cuantas lecciones en los Ensayos se encierran. Enemigo de ese otro saber que sólo de los labios surge y que forma el caudal único de los pedantes, saber inútil que a nada puede aplicarse, ni a la vida colectiva ni a la individual, Montaigne lo considera como moneda inútil y dañosa, que pasa de mano en mano, produciendo en el espíritu, que no ejercita, hábitos de desidia y de embrutecimiento, y lo mismo a quienes se lo suministra.

Montaigne expone un sistema casi completo de educación, o por mejor decir, las grandes líneas de conducta a que debe someterse a un joven de la nobleza, recriminando los principios opuestos a la naturaleza que en su época estaban en boga y que sólo a formar pedantes servían, extrayendo la esencia de las máximas más luminosas de la filosofía, inculcando la dulzura en los maestros y hablando largamente de los medios que con él se practicaron para educarle. Menos amplio que el de Rabelais en sus planes, al cual informa el espíritu exagerado de una obra en que todo se aumenta y centuplica, el de Montaigne es más práctico, olvidándose sólo de los principios religiosos que Rabelais señala, bien que nuestro filósofo diga «que hablará nada más que de lo que entiende», lo cual justifica algún tanto el olvido.

Ningún pedagogo ha dejado de inspirarse en los principios que Montaigne expuso, tan sólidos y fundamentales son todos ellos. El capítulo II del Emilio, en que Rousseau trata de la educación de su héroe, no es más que la aplicación de lo que Montaigne había expuesto dos siglos antes[32]. Para éste es la vida la ciencia suprema por cima de la cual ninguna sobresale; quiere que desde los comienzos vayan a ella encaminados los principios del maestro y se revela contra la costumbre perniciosa de embutir conocimientos vanos[33], con lo cual resulta que «se nos enseña a vivir cuando la vida ya pasó». Quiere que su discípulo sea fuerte de ánimo y de cuerpo; que su resistencia se ponga a prueba ante el frío y el calor, y ante el vicio y la virtud; que ésta la practique como tal y no deje de cometer aquél por flojedad y menos porque lo desconozca. Es esta, sin duda, una disciplina a que no todas las naturalezas puedan someterse y que excluye a las endebles. Mas es lo cierto que según ella se ponen en juego todas las fuerzas del hombre para colocarle en disposición de emprender el penoso viaje de la existencia, que no es llano ni está sembrado de flores, como Jenofonte recomendaba a los jinetes el marchar por las sendas más escabrosas y quebradas.

Reniega de la violencia en el enseñar y recomienda la dulzura como la más excelente consejera del maestro sin que por ello pueda de blando calificarse su sistema, sino más bien de humano y excelente. Sus doctrinas se dirigen a un joven noble, pero todas son aplicables a los plebeyos, pues la aristocracia de los espíritus ha existido siempre sin la del linaje, y quiere que se considere a los hijos no conforme a los merecimientos de sus padres, sino con arreglo a los suyos propios, principio en que resplandece la justicia, ajena a toda suerte de privilegios.

El estudio de las lenguas, los viajes, la manera de hacerlos y el tiempo en que deben practicarse; cómo el discípulo puede sin tensión de espíritu sacar provecho de cuanto le circunda; de qué modo el maestro ha de estudiar las cualidades del mismo para deducir de ellas la pedagogía a cada uno aplicable, todo se encuentra tratado en ese capítulo por modo amplio y luminoso, en estilo amable, regocijado y consistente. El discípulo posee en su propio espíritu, merced a una dirección hábil, recursos bastantes para descubrir las relaciones de los objetos y las lecciones de las lecturas[34], dejando amplio lugar a su discernimiento sin consentir que la memoria lo atropelle ni lo atrofie, como generalmente acontece, lo cual da lugar a que la razón se estanque o se abastarde debiendo ser lo primero que tenía que ejercitarse y cultivarse.

Montaigne comprendió que el estudio del latín y el del griego son dos hermosos ornamentos, pero que «nos cuestan demasiado caros», y explica el medio que con él se empleó para que sin gran esfuerzo concluyera por saber el primero desde la edad de seis años. Después de todo es la manera más práctica de afrontar esta parte difícil de la educación, que muchos quieren ahora suprimir para alivio de los «pálidos y hueros bachilleres» como irrespetuosamente dijo no ha mucho un adversario de esta enseñanza, que quizás exageradamente la considera como innecesaria y perjudicial para la vida moderna.

Este capítulo forma el complemento del anterior, en que Montaigne reniega elocuentemente, del pedantismo y de los pedantes: la ciencia debe ser amable y grata, las palabras con que se exprese llanas y desprovistas de todo aparato, mejores cuanto más vulgares: «¡Pluguiera a Dios, dice, que a mí me bastaran las que se emplean en los mercados de París!» «La elocuencia que aparta nuestra atención de las cosas, las perjudica y las daña.» «Aristófanes el gramático reprendía desacertadamente en Epicuro la sencillez de las palabras.» «Sócrates se colocaba al nivel de su escolar para mayor provecho, facilidad y sencillez de su doctrina.» «Las máximas de la filosofía alegran y regocijan a los que de ellas tratan, muy lejos de ponerlos graves ni de contristarlos.»

Entre todos los pedagogos y reformistas del siglo XVI (ninguna de estas palabras fueron nunca de su agrado), es Montaigne quien dejó sentadas reglas más fundamentales, duraderas y humanas. Y eso que la calidad de aquéllos no puede ser más eximia. Erasmo, Sadolet, Rabelais, Lutero, nuestro Luis Vives, Ramus, Charron y Saliat encaminaron sus esfuerzos al mejoramiento de la educación de los jóvenes, la cual encontraron en un estado lamentable, esterilizada y agostada por la más ruin y rutinaria de las escolásticas.

Montaigne quiso que lo que se estudiaba se aprendiera fácilmente, y que luego de sabido sirviera para algo; detestaba la ciencia inútil como Rabelais fustigaba la ciencia sin conciencia: «Las abejas, dice, extraen el jugo de diversas flores y luego elaboran la miel, que es producto suyo, y no tomillo ni mejorana; así las nociones tomadas a otro, las transformará y modificará nuestro discípulo para con ellas ejecutar una obra que le pertenezca, edificando de este modo su saber y su discernimiento. Todo el estudio y todo el trabajo del maestro para con el discípulo no deben ir encaminados a distinta mira que a la formación de éste.»

El comercio de los hombres considéralo «como medio maravillosamente adecuado al desarrollo del entendimiento, como igualmente la visita de países extranjeros, y no para aprender en ellos cosas baladíes, sino para frotar y limar nuestro cerebro con el de los demás: para conocer el espíritu y las costumbres de los países que se recorren».

«Preguntado Sócrates por su patria, no respondió soy de Atenas, sino soy del mundo.»

«El universo entero, añade, es el espejo en que para conocernos fielmente debemos contemplar nuestra imagen, para no imitar al cura de un lugar, quien cuando las viñas allí se helaban aseguraba que la causa del mal era un 'castigo del cielo' que el Señor enviaba al número humano, y creía que la sed ahogaba ya hasta a los caníbales.»

Los que en Montaigne ven un egoísta bien acomodado con las ideas todas de su tiempo, contra las cuales no se rebeló por no trastornar su tranquilidad magnífica, harán bien en meditar este capítulo de la Educación que vale tanto como los iracundos escritos de los protestantes de su época, y fue y es hoy todavía, y seguirá siéndolo, de consecuencias más fecundas, provechosas y pacíficas. Su filosofía concuerda de todo en todo con los principios de santo Tomás, según el cual «la vida de un ser es tanto más perfecta cuanto con mayor plenitud es capaz de obrar sobre sí mismo».

Como crítico literario y humanista, las opiniones de Montaigne en el capítulo De los Libros y en muchos pasajes de los Ensayos, son hoy de igual valor que el día en que se escribieron. Lo mismo los poetas e historiadores latinos, que los cronistas, historiadores y poetas de su época o próximos a ella, están juzgados con el criterio más amplio y el gusto más consumado. Las bellezas de Ronsard que Boileau menospreciaba, como menospreció el siglo siguiente, Montaigne supo apreciarlas en lo que valían, y los críticos de espíritu más abierto han llegado a las conclusiones a que Montaigne llegó después de tres siglos transcurridos.

Teodoro Mommsen no censuró con penetración mayor a Cicerón en su Historia de Roma cuando le llama de una manera algo indelicada estilista de profesión, autor de emplastos, naturaleza de periodista, en el sentido más detestable de la expresión, charlatán de marca y pobre de ideas, que Montaigne cuando escribe sobre el orador romano, a quien como tal admiraba, sin desviarse de los tonos corteses propios del gentil hombre y haciendo ver en qué fundamentó su idea:

Su manera de escribir me parece pesada, lo mismo que cualquiera otra que se la asemeje: sus prefacios, definiciones, divisiones y etimologías consumen la mayor parte de su obra, y la médula, lo que hay de vivo y provechoso, queda ahogado por aprestos tan dilatados... Para mí, que no trato de aumentar mi elocuencia ni mi saber, tales procedimientos lógicos y aristotélicos son inadecuados; yo quiero que se entre desde luego en materia, sin rodeos ni circunloquios... Lo que yo busco son razones firmes y sólidas que me enseñen desde luego a sostener mi fortaleza, no sutilezas gramaticales; la ingeniosa contextura de palabras y argumentaciones para nada me sirve. Quiero razonamientos que descarguen desde luego sobre lo más difícil de la duda; los de Cicerón languidecen alrededor del asunto: son útiles para la discusión, el foro o el púlpito, donde nos queda el tiempo necesario para dormitar y dar un cuarto de hora después de comenzada la oración con el hilo del discurso. Así se habla a los jueces, cuya voluntad quiere ganarse con razón o sin ella, a los niños y al vulgo, ante quienes todo debe explanarse con objeto de ver lo que produce mayor efecto[35].

Entre todos los autores Montaigne coloca en el lugar más meritorio a los historiadores y a los filósofos, y de entrambos, prefiere a los primeros, «que son su fuerte por ser gratos y de lectura fácil, y por encontrarse en ellos la pintura del hombre cuyo conocimiento busca siempre». Prefiere los sencillos a los maestros en el arte, «como Froissard, que compuso la historia sin adornos ni formas rebuscadas, de suerte que en sus Crónicas cada cual puede sacar tanto provecho como entendimiento tenga». Los maestros en el género «tienen la habilidad de escoger lo que es digno da ser sabido; aciertan al elegir entre dos relaciones o testigos el más verosímil; de la condición y temperamento de los príncipes deducen máximas atribuyéndoles palabras adecuadas, y proceden acertadamente al escribir con autoridad y al acomodar nuestras ideas a las suyas, todo lo cual, la verdad sea dicha, está al alcance de bien pocos. Los historiadores medianos que son los más abundantes, todo lo estropean y malbaratan».

No gusta de los «ditirambos petrarquistas y españoles». Entre los autores de mero entrenimiento prefiere a Boccaccio, El Heptameron y Rabelais; el buen Ovidio y Ariosto[36] placiéronle en los primeros años. Los Amadises, aun siendo niño, le enojaron. Los poetas latinos gustolos por este orden: Marcial, Manilio, Horacio y Virgilio. Las Geórgicas y el libro V de la Eneida son para él la obra maestra del último; en el capítulo De los hombres más relevantes[37] hace de Homero un elogio tan hermoso que acaso no haya sido nunca superado; lee a César con reverencia y respeto mayores de los que generalmente se experimentan en las obras humanas[38], e hizo el conocimiento de Tácito ya en la edad madura y lo «leyó de un tirón».[39]

Al combatir, sentar o juzgar el escepticismo de Montaigne, que no lo es sino a medias, -Sainte Beuve dijo que había imaginado un estudio sobre, su Dogmatismo, -generalmente se han empleado razones inadmisibles. Montaigne no es un escéptico, puesto que alberga creencias arraigadas hasta sobre las cosas en que más difícil es llegar a tenerlas. Niega sólo la omnipotencia de la razón humana, y sostiene que ésta tiene un límite, traspuesto el cual no puede ya andar un paso sin dar en tierra, en todo lo cual nadie habrá jamás que con razones valederas y definitivas pueda contradecirle. Montaigne no cree en las consecuencias a que el ejercicio de la razón nos lleva, «puesto que a cada razonamiento puede oponerse otro contrario de igual solidez que el refutado» y entiende como los que con Molière en el siglo XVII y en tiempos posteriores pensaban que en casi todas nuestras discusiones, como en casi todos nuestros sistemas, «el razonamiento aniquiló la razón».[40]

Porque Montaigne tuviera de nuestro valer una idea pobre y raquítica, no era pesimista, o al menos bien hallado se encontraba con la existencia, que creía digna de ser conservada, vivida y dilatada. En los destinos futuros del hombre y de la humanidad sobre la tierra no pensó gran cosa, porque menos que de todo alardeaba de profeta a plazos breves o cortos, como después estuvo en moda. Menos que nadie creyó que la humanidad no saliera nunca del estado en que la encontró en su época en punto a gobierno y costumbres, aun cuando algunos escritores, que quisieran verlo demócrata, protestante y hasta socialista, así lo creyeran, y le repongan «resueltamente con la opulenta filosofía moderna en la mano y su infinita variedad de tonos y de acentos, que el hombre irá mejorándose y desarrollándose, tendiendo sucesivamente a la perfección».[41]

Para combatir el orgullo de la razón humana, en la Apología llega Montaigne a sobreponer en superioridad el instinto do los animales a la inteligencia del hombre. Tal y como el razonamiento está llevado, es irrefutable, mas no hay que deducir de, él ni creer infundadamente que Montaigne nos creyera inferiores o más torpes que los gorriones, las hormigas, las hurracas, los monos, los perros y los elefantes, de quienes enaltece las certezas aplicaciones del instinto para la vida. Analizando así, de una manera fragmentaria, por los principios esparcidos aquí y allá en los Ensayos, perdiendo de vista el conjunto, demostraríase fácilmente que Montaigne dijo y probó los mayores absurdos, cuando en realidad se eleva en todas las cosas sobre que discurre, y más todavía sobre las más elevadas, al pináculo de la sensatez más lúcida.



Ésta es la vez primera que los Ensayos salen a luz en castellano[42]:

En su traducción he puesto toda la buena voluntad y atención de que es digno un autor de tal magnitud, y muy satisfecho me consideraré si acerté a reflejar fielmente en nuestra lengua las movibles ideas de un espíritu tan profundo y escrutador. Interpretar y exteriorizar en otra lengua la viveza y el tono de un gran prosista; trasladar a ella, en el caso presente, todas las imágenes de que el libro de Montaigne está sembrado, es cosa casi imposible. Para conseguirlo sería necesario sentir y pensar con la misma intensidad que el autor que se interpreta, cosa de que ningún traductor podrá jamás vanagloriarse[43].

Por lo que toca a la fidelidad, aquí se encontrará puntualmente transcrito en castellano el texto íntegro de la edición más completa de los Ensayos, que es la publicada por J.-V. Leclerc en 1896, de que se habla en la advertencia que se leerá más adelante. La moda de las versiones elegantes, pero liberticidas, en que el traductor aderezaba a su albedrío al autor que caía en sus manos, pasó hace tiempo felizmente. Tanto como el decoro del castellano lo consiente, he seguido, sin desviarme la letra del texto a veces me he permitido forjar alguna palabra quizás no muy legítima, y muchas otras imprimir al estilo ciertos aires de arcaísmo que a mi entender no sientan mal en la versión de una obra del siglo XVI, aunque no por ello crea con algunos eruditos que nuestra manera actual de escribir el castellano, hablo de la buena, sea insuficiente para reflejar el espíritu de un autor por lejano que de nuestra época se encuentre. Todo depende de hallarse bien impregnado de él y de buscar a toda costa, una y cien veces, la expresión y el giro que aproximada o puntualmente puedan reflejarlo.

En este punto de la exactitud, mi respeto ha rayado en la superstición. Montaigne escribió que maldeciría desde su tumba a los que torcieran o adulteraran sus ideas por torpeza o mala fe, a sabiendas o por defecto de comprensión. Amaba mucho su libro, que fue su vida entera, y sus «fantasías», que pacientemente y con paternal cariño elaboró. Por eso no he retrocedido ante ningún concepto, expresión, ni punto de vista, por arriesgados, peligrosos, heterodoxos o libertinos (que de todo hay en los Ensayos), con que haya tropezado; más bien me hubiera considerado culpable de haber suprimido o modificado la expresión más mínima, por el respeto que todos debemos a los grandes hombres que nos legaron el espíritu de su época, y en este caso, además, por el sagrado obedecer que impone la voluntad de una memoria eximia.

La fortuna literaria de los Ensayos ha ido creciendo con el transcurso del tiempo[44]. El francés del siglo XVI, algo diferente del actual en la construcción gramatical y en el vocabulario, es causa de que Montaigne sea hoy más citado que, leído. Esta desemejanza del idioma sube de punto aquí porque en aquel entonces el habla francesa no se había fijado todavía, y además porque los escritores de genio se permiten con razón libertades mayores con el lenguaje de su época que los de iniciativa y talento secundarios.

Y es verdadera lástima que no sea más estudiado, pues aparte de que su lectura es insustituible, como caso único en las letras francesas, veríase que La Rochefoucault, Pascal, Molière, La Bruyère, Fenelon, Bossuet y Vauvenargues en muchos pasajes de sus obras se inspiraron de cerca en él. Una parle del talento de Pascal[45], sin duda la más fundamental y duradera, tuvo su origen indudable en la Apología de Raimundo Sabunde[46]. El autor de las Provinciales transcribía al componer, quizás sin darse cuenta de ello, las ideas mismas de Montaigne formuladas en idénticas palabras, de lo cual pueden verse muchos ejemplos leyendo despacio ambos libros[47]. El moralista Charron, autor del libro De la Sagesse, que en su época fue llamado divino sin causa justificada, calca los Ensayos del principio al fin en esa obra, despojándolos de paso de toda su originalidad y frescura.

Malebranche y los solitarios de Port-Royal en el siglo XVII se mostraron contra Montaigne injustos e iracundos[48], porque, como decía Pascal, «la piedad cristiana aniquila el yo humano, y la civilidad lo esconde y lo suprime». «Sin embargo, escribe Saint-Evremond, esos autores le leyeron, y constantemente seguirá leyéndose: el hablar abierta y francamente de sí mismo no es quizá defecto mayor que el hacer propósito deliberado de no hablar nunca, ni siquiera cuando a ello obliga el asunto de que se trata, o la manera cómo se trata.»[49]

Muchos escritores se han esforzado en aclarar y explicar el texto de los Ensayos. Entre éstos merece Coste[50] un lugar de los más honoríficos, y sin exageración puede asegurarse que sobre sus huellas han caminado todos los que lo siguieron en la tarea, apropiándose muchas veces sus interpretaciones sin citar su nombre. Leclerc consigna en el prólogo citado el reconocimiento que le deben todos los amantes y admiradores de Montaigne.

Como se verá, en esta traducción las notas son contadas. Yo creo que el texto no tenía necesidad de mayor número para ser exactamente comprendido, y que las personas que habrán de leer a Montaigne en castellano tampoco habían menester de más. Cualquier libro o diccionario de los muchos existentes sobre Antigüedades griegas y romanas me hubiera suministrado buena cosecha de ellas, o bien el popular Viaje del joven Anacarsis simplemente. Todas las he considerado como inútiles, o por lo menos como innecesarias.

Otra clase de apostillas reciben todavía crédito de los traductores de obras clásicas: las advertencias admirativas y encomiásticas en que se anuncia al lector cómo, cuándo y dónde deben ir derechos su entusiasmo o aprobación. Estas advertencias son aun más inútiles que las otras y más insoportables también; cada uno ensalza y se huelga con lo que puede y comprende sin necesidad de que nadie se lo advierte de antemano.

Los Comentarios históricos y críticos sobre los Ensayos[51], del abogado Servan, de los cuales Leclerc sacó algunas notas para su edición, y cuyo fin principales explicarlo que no necesita explicación o aclarar lo que no es oscuro, y también poner las cosas en su lugar cuando estaban ya en el que mejor las pertenecía, intentando rectificar algunas ideas con argumentos poco satisfactorios y menos aún convincentes, se recomiendan sólo por la buena fe que su autor puso al escribirlos. Igual juicio deben merecer los editores que dan a luz los Ensayos interpretando la doctrina de ellos desde el punto de vista católico o protestante, librepensador o ateo, como hizo Naigeon, el amigo de Diderot, o el mono, según otros lo nombraban, a principios del siglo actual; bien que a éstos últimos no siempre acompañe toda la buena fe que debe, presidir en un libro cuyo preliminar hace de ella profesión expresa.

Algunos escritores que estudiaron a Montaigne ligeramente, se entretuvieron en encontrar en él contradicciones, tarea harto fácil puesto que las suministra copiosas, francas y abiertas, pero siempre en armonía con su espíritu y su manera de analizarse y de analizar a los demás. Por eso escribió, y no una sino muchas veces y en diferentes lugares su libro: «Todas las ideas más contradictorias se encuentran en mi alma en algún modo, conforme a las circunstancias y a las cosas que la impresionan: vergonzoso, insolente; casto, lujurioso; hablador, taciturno; ingenioso, torpe; malhumorado, de buen talante; mentiroso, veraz; sabio, ignorante; liberal, avaro y pródigo: todas estas cualidades, las veo en mí sucesivamente, según la dirección a que me inclino. Quien se estudie atentamente encontrará en su juicio igual volubilidad y discordancia. Yo no puedo formular ninguno sobre mí que sea concluyente, sencillo y sólido, sin confusión y sin mezcla: Distingo es el término más universal de mi lógica.»[52]

Y en otra parte[53]: «Nunca hubo dos hombres que juzgaran de igual modo de la misma cosa; y es, imposible ver dos opiniones idénticamente iguales, no solamente en distintos hombres, sino en un mismo hombre a distintas horas.»

Recientemente hubo un hombre en Francia cuya vida toda fue casi exclusivamente a Montaigne y a sus obras consagrada, el doctor Payen. Su nombre debe figurar junto con el de Coste para todos los admiradores de los Ensayos. El doctor Payen se propuso dar a luz una edición definitiva de todos los escritos del filósofo, y murió sin ver sus deseos realizados. El catálogo de sus colecciones, publicado en 1877 por el bibliotecario M. Gabriel Richou[54], comprende la serie completa de todas las colecciones de Montaine, en junto 413 números, de los cuales 136 son impresiones diferentes de los Ensayos; una colección de las traducciones de Montaigne en alemán, inglés, holandés o italiano; otra de treinta y siete obras que pertenecieron a Montaigne, casi todas por el firmadas y algunas anotadas[55]; escritos de parientes, amigos y contemporáneos de Montaigne; obras manuscritas o impresas del doctor Payen relativas a Montaigne; una serie de obras que se refieren especial o inciden talmente a Montaigne, a sus parientes o a sus amigos, la cual comprende multitud de artículos de periódicos y revistas, hoy difíciles de abordar en las publicaciones donde salieron; un glosario manuscrito de Montaigne y muchas cartas particulares dirigidas al doctor Payen, relativas a él. Esta preciosa colección se guarda hoy en la Biblioteca Nacional de París.

Sainte-Beuve, aparte de las nimiedades citadas, es el escritor moderno que con mayor profundidad, originalidad y discernimiento filosófico ha estudiado y comprendido el genio de Montaigne en su Historia de Port-Royal[56] y en las Causeries du lundi[57]. A pesar de toda la penetración de este crítico insigne, a quien poco ha un individuo de la Academia francesa llamaba, acaso con razón cabal, «el primer literato del siglo» quedan de Montaigne muchos rincones por estudiar, explorar y sacar a luz, y el autor de los Ensayos merece que un gran espíritu se ocupe de este trabajo por tratarse de uno de los más originales, profundos y grandes entre todos los filósofos habidos. El cardenal del Perron llamaba al libro de Montaigne «el breviario de las gentes honradas». Otro prelado, Huet, obispo do Avranches[58], que no trató en buenos términos este breviario, decía que en su época apenas se encontraba un gentilhombre entre los que vivían lejos de París «que para distinguirse de los vulgares cazadores de liebres no tuviera un Montaigne sobre la chimenea de su casa». Un crítico inglés escribe de los Ensayos: «Abridlos por cualquier capítulo, y desde las primeras palabras os encontraréis orientados. Este es uno de esos libros que comienzan en cada página, y cuya lectura puede suspenderse sin dejar señal alguna donde la hayáis interrumpido. Podéis recorrer repetidas veces el mismo pasaje sin que fundadamente os sea dable decir que lo habéis leído. Montaigne nos conduce sin que sepamos dónde nos lleva; emprende su marcha sin que adivinemos siquiera el lugar hacia el cual va a encaminarnos. Permanecemos con él imposibilitados de ascender o descender por el análisis o la síntesis; y como tras sí no deja huella ninguna, puede pasarse la vista diez veces por la misma página, sin encontrar nada que deje de parecernos nuevo o inesperado, hasta que por fin llegamos a aprenderla de memoria. Hay gentes que no leyeron nunca otro autor que Montaigne y que lo leen constantemente.»[59]

Los hombres austeros del siglo XVII censuraron más que todo en los Ensayos el lado puramente humano y flaco de la personalidad de Montaigne, o más bien la maravillosa pluma con que éste lo describe y el pincel mágico con que lo retrata. Malebranche, sobre todo, llevó su crítica casi a la animosidad y al odio en su libro de la Investigación de la verdad[60].

Y bien mirado, dicho sea con la veneración que tan respetables varones deben merecer, hacemos mal en rebelarnos contra esas materialidades y menudencias, que a pesar nuestro constituyen una parte esencial de nuestra naturaleza, la cual somos inhábiles o incapaces de desechar, so pena de convertirnos en espíritus puros, esfuerzo que somos más incapaces todavía de realizar.

Montaigne también lo sintió así cuando escribió «que pretender hacer el puñado más grande que el puño; la brazada mayor que los brazos, y esperar dar una zancada mayor de lo que la longitud de nuestras piernas consienten es imposible y monstruoso. El hombre se elevará si milagrosamente Dios le tiende sus manos, renunciando y abandonando sus propios medios, dejándose alzar y realzar por los que son puramente celestes.»[61]

Joubert, paisano de Montaigne, cuya brillante pluma traducía las ideas en delicadas imágenes, decía hablando de su persona y de sus escritos: «Yo no soy más que un tronco sonoro, pero quien a mi sombra se sienta, y me escucha, se enriquece en prudencia y cordura. «Los Ensayos podrían compararse a una selva armoniosa de corpulentos y frondosos árboles a cuya benéfica sombra se extienden toda la cordura y toda la prudencia humanas. Quien con provecho acierte a meditarlos penetrará la esencia de la sabiduría verdadera.»[62]

Mejor aquí que en parte alguna se cumple lo que reza aquel verso que refiriéndose a otros libros escribió un poeta:

C'est avoir profité que de savoir s'y plaire.

Y al dejar al lector entregado al coloquio grato y sustancioso que le procurarán las siguientes páginas, la veneración y el respeto con que las transcribí me hace pensar que acaso hubiera sido necesario para reflejar cumplidamente las ideas que revisten disfrutar la calma de que su autor gozó al componerlas[63]. Pero este inconveniente era más insuperable para mí que todos los otros, y sin duda me habrá hecho incurrir en tropiezos que quizás Montaigne me perdonaría, y que mayormente el lector debe perdonarme.

Y si acaso me extralimité en el elogio de los Ensayos, sirva a explicar este exceso la simpatía y el amor que me inspiraron[64] más de tres años de su continuo comercio y meditación, durante los cuales con nada tropecé que me pareciera insignificante o mediano; antes bien fui sucesivamente, encontrando, a medida que más en ellos me interné, nuevas cosas que alabar y admirar.

¡Ojalá suceda lo mismo a los que, lean en castellano!

C. R. Y. S.


El texto de los Ensayos de Montaigne, frecuentemente adulterado, tenía necesidad de ser hoy convertido de nuevo, mediante una crítica severa, a su primitiva pureza a mi entender no hay sino dos fuentes auténticas de este texto: la edición publicada en 1595, tres años después de la muerte del autor, por la señorita de Gournay, su hija adoptiva, en presencia de un ejemplar corregido que ésta había recibido de la confianza de la familia, y la de 1802, hecha con otro ejemplar corregido que pasó del castillo de Montaigne a los Bernardos, de Burdeos, y más tarde a la biblioteca pública de esta ciudad, edición, aunque reciente, original en parte, cuyo texto es el mismo que Montaigne había publicado en 1588 con adiciones manuscritas del ejemplar de Burdeos y numerosos pasajes de la edición de 1595, que no figuran ni en la de 1588 ni en los suplementos manuscritos que han llegado a nosotros.

Éstos son, a lo que yo he podido inferir, los solos fundamentos del texto completo. De las dos ediciones publicadas por el autor mismo, una, la de 1580 (Burdeos, 2 vol. en 4.º menor), no contiene sino los dos primeros libros, menos extensos de lo que en el día son, y con escasas citas; otra, la de 1588 (París, 1 vol. en folio), quinta edición, aumentada con un tercer libro y seiscientas adiciones a los dos primeros, fue ampliada todavía por Montaigne con gran número de observaciones y citas, escritas al margen o en hojas sueltas, durante los cuatro últimos años de su vida. Todos estos aumentos no se conocieron hasta que se dio a luz la edición póstuma de 1595, encontrada dice el título, después de la muerte del autor, revisada y aumentada por él mismo con una tercera parte más de materiales que las precedentes impresiones.

Los que me censuren por no haber incluido entre las autoridades sobre que se funda el texto de Montaigne la edición de 1635, que la mayor parte de los literatos y bibliógrafos han proclamado la mejor de todas, ignoran o no recuerdan que la señorita de Gournay, que tuvo también a su cargo el publicarla, ejecutó en ella muchos cambios arbitrarios con el designio de rejuvenecer el estilo y de hacer la obra más fácil de ser leída. Hizo variantes a pesar suyo, y sin duda las debió mirar como una profanación y como un sacrilegio, pues mostró en toda ocasión un respeto tan religioso hasta por las palabras más insignificantes de su padre adoptivo (y por las suyas también) que a la cabeza de la colección de sus propias obras, publicada en 1626, lanzó en consecuencia este anatema contra el audaz que osara modificarlas: «Si este libro me sobrevive, prohíbo a toda persona, cualquiera que sea, añadir, suprimir in cambiar jamás ninguna cosa, ya en la dicción, ya en las ideas, bajo pena, a aquellos que lo intentaren, de ser considerados como detestables a los ojos de las gentes de honor, y como violadores de un sepulcro inocente... Las insolencias y hasta los acabamientos de reputaciones que yo veo todos los días practicarse en este siglo impertinente, me animan a lanzar esta imprecación.» Tan singular amenaza la repitió al fin de la segunda tirada de sus escritos, en 1634, y no obstante se apercibió desde entonces a modificar el texto de los Ensayos, la obra de su amigo, de su padre, por prestar obediencia a los libreros que a ello la habían obligado. En las últimas páginas de su prefacio de 1635 lo condesa, y es extraño que esto se haya hecho notar tan poco: la autora parece avergonzada de su condescendencia, trata de atenuar su falta cuanto la es dable, y remite al ejemplar viejo y auténtico, en folio (1595), a los que prefieran el verdadero texto, prohibiendo, aunque para ello careciera de autoridad, osadía semejante a los futuros editores: «Nadie después de mí tendrá derecho a poner aquí la mano con la intención que me animó, puesto que nadie podría emplear igual reverencia, como tampoco la aprobación del autor, ni celo igual al mío, ni acaso tan particular conocimiento del libro. ¡Precaución vana! ¡Cuántos editores han seguido el ejemplo que ella tuyo la desgracia de iniciar, queriendo hacer de Montaigne un escritor de sus siglos respectivos! Gracias a ellos, hubiera concluido por desaparecer por completo nuestro autor. Las mismas correcciones de la señorita de Gournay, aun cuando fuesen tan contadas como ella dice (lo cual no es exacto), aunque fueran más acertadas, serían siempre contrarias a la sana crítica. Así, la edición de, 1635, dedicada a Richelieu, el cual fundó la Academia el mismo año, y cuyo purismo no fue ajeno sin duda a la voluntad de los libreros, puede todavía interesar como monumento en cuanto a las modificaciones del lenguaje, mas, como texto original de los Ensayos, apenas si merece atención alguna.

Todas las demás impresiones han sido hechas o conforme, a la de Burdeos, 1580, como las tres que la siguieron (París, 1580; Burdeos, 1582; París, 1587); o conforme a la de París, de 1595 (Lyon, 1595; París, 1593, 1600 y 1608; Leyden, 1609; París, 1611; íd. 1617; Ruan, 1617); o sobre la de 1635, que ha sido constantemente reproducida (París, 1640 y 1652; Amsterdam, 1653, etc.), hasta la primera edición que publicó Pedro Coste. Este erudito, tan digno de reconocimiento por sus dilatados estudios sobra el texto y las citas de Montaigne, vio con razón que el ejemplar de 1635 no debía tomarse ciegamente por modelo; pero se conformó todavía mucho con él, a pesar de haber recurrido a los otros textos. La edición de Coste, publicada en Londres en 1724, mereció reimpresiones frecuentes: París, 1725; La Haya, 1727; Londres, 1739 y 1745; París, 1754; Londres, 1759, etc. Coste, para fijar el texto de su edición, careció de recursos nuevos y se sirvió de materiales ya conocidos.

No pueden, por consiguiente, citarse más que dos ediciones completas que sean enteramente originales, la de 1595 y la de 1802. ¿Cuál de éstas es preferible? Para mí, no cabe duda que la primera.

La señorita de Gournay la publicó a su regreso de Guinea, donde había ido a consolar a la viuda y a la hija de Montaigne, quienes la entregaron los Ensayos tal y como el autor los preparaba para imprimirlos de nuevo. «La señora de Montaigne, dice aquélla en su breve prefacio de 1598, me los entregó para que salieran a luz, enriquecidos con los últimos rasgos que trazara la mano de su esposo.» Otro ejemplar de la edición de 1581, cargado también de notas, quedó en poder de la familia de Montaigne y fue luego depositado en el convento de los Bernardos de Burdeos como arriba queda dicho.

Éste es el que se hizo célebre a principios de siglo, y el que Naigeon cotejó para la edición de 1802. Yo creo que es muy inferior al que la familia de Montaigne confió a la señorita de Gournay. Aparte de un número considerable de expresiones que Montaigne fortificó después y de páginas enteras que perfeccionó, su texto ofrece lagunas de dos clases: las hojas sueltas que incluían adiciones más extensas, y que estaban indicadas por una llamada, fueron separadas probablemente para unirlas al ejemplar preferido; a veces faltan frases importantes, trozos muy extensos de que no se advierte ninguna huella en las márgenes. Puede juzgarse lo defectuoso de este texto por este solo ejemplo que escojo entre una multitud de otros análogos, para que no se diga que la señorita de Gournay es la que hizo hablar así a Montaigne, libro II, capítulo VIII: «¡Oh amigo mío! ¿valgo yo más por conservar la memoria de nuestra comunicación, o valgo menos? En verdad valgo mucho más; su sentimiento me consuela y me honra: ¿no es juntamente un oficio piadoso y grato de mi vida el practicar este culto para siempre?»[66] ¿Hay placer alguno que equivalga a esta privación? «Bien se ve que es Montaigne el que así habla. El texto en que no aparecen estas líneas elocuentes no era, de fijo, el destinado a la impresión.

El ejemplar de Burdeos no es, sin embargo, por eso menos interesante para la crítica; pues la parte manuscrita nos da testimonio fiel de la ortografía que el autor empleó, y que la señorita de Gournay respetó bien poco, ni siquiera en la edición de 1595; de algunas correcciones acertadas y de algunas frases cortas que no fueron hechas ni incluidas en el otro ejemplar. Aprovechémoslas, pero no desfiguremos la obra de Montaigne por el placer de seguir a la letra un texto que Montaigne mismo había abandonado.

En la firma de las notas, la letra C. indica las de Coste; N., las de Naigeon, que fueron publicadas en la edición de 1802; E. J., las de Eloy Johanneau, que vieron la luz en 1818, y A. D., las de Amaury Duvai, que aparecieron en 1820.[67]

J. V. L.



Este es un libro de buena fe, lector. Desde el comienzo te advertirá que con el no persigo ningún fin trascendental, sino sólo privado y familiar; tampoco me propongo con mi obra prestarte ningún servicio, ni con ella trabajo para mi gloria, que mis fuerzas no alcanzan al logro de tal designio. Lo consagro a la comodidad particular de mis parientes y amigos para que, cuando yo muera (lo que acontecerá pronto), puedan encontrar en él algunos rasgos de mi condición y humor, y por este medio conserven más completo y más vivo el conocimiento que de mí tuvieron. Si mi objetivo hubiera sido buscar el favor del mundo, habría echado mano de adornos prestados; pero no, quiero sólo mostrarme en mi manera de ser sencilla, natural y ordinaria, sin estudio ni artificio, porque soy yo mismo a quien pinto. Mis defectos se reflejarán a lo vivo: mis imperfecciones y mi manera de ser ingenua, en tanto que la reverencia pública lo consienta. Si hubiera yo pertenecido a esas naciones que se dice que viven todavía bajo la dulce libertad de las primitivas leyes de la naturaleza, te aseguro que me hubiese pintado bien de mi grado de cuerpo entero y completamente desnudo. Así, lector, sabe que yo mismo soy el contenido de mi libro, lo cual no es razón para que emplees tu vagar en un asunto tan frívolo y tan baladí. Adiós, pues.

De Montaigne, a 12 días del mes de junio de 1580 años. 




1

[Esta edición presenta la páginación original de los dos tomos (N. del E.)]

  

2

Ensayos, lib. II, cap. III. (N. del T.)

  

3

El buen padre que Dios me dio enviome desde la cuna, para que me criara, a un pobre lugar de los suyos, y allí me dejó mientras estuve al cuidado de la nodriza, y aun después, acostumbrándome a la más baja y común manera de vivir: Magna pars libertatis est bene moratus venter... Su designio iba además a otro fin encaminado: quiso juntarme con el pueblo y la condición humana que ha menester de nuestra ayuda, pues consideraba que yo debía mirar mejor hacia quien me tiende los brazos que a quien me vuelve la espalda; por razón también en la pila bautismal me colocó en manos de gentes cuya fortuna era de las más abyectas, para a ellas unirme y obligarme. -Ensayos, lib. III, cap. XIII. (N. del T.)

  

4

Libro I, cap. XXV. (N. del T.)

  

5

De todos modos Montaigne se guardará bien de competir con los doctores consumados de París, Cambridge, Heidelberg o Rotterdam. Dejándolos gozar en calma del placer que procura el disputar metódicamente, ningún deseo abriga de usurpar los privilegios de que gozan, ni tampoco de suscitar su envidia. -Cénac Moncaut, Histoire du caractère et de l'esprit français depuis les temps les plus reculés jusqu'a la Renaissance, tomo III, pág. 427. París, 1868. (N. del T.)

  

6

Este erudito refiere en sus Cartas (libro XVIII, § 1), «que habiendo encontrado a Montaigne en los Estados de Blois, en el año 1588, no le ocultó que había tropezado en muchos pasajes de su obra con un no sé qué del hablar gascón, y como no quisiera creerme, añado, le llevé a mi cuarto, donde tenía su libro, y allí lo mostré muchas maneras de expresarse familiares, no a los franceses sino solamente a los gascones». (N. del T.)

  

7

Bayle-Saint-John, Montaigne the essayist, a biography, tomo I. -Londres, 1852. (N. del T.)

  

8

Pablo Bonnefon, tomo III, cap.VIII de la Histoire de la Langue et de la Littérature française, dirigida por M. Petit de Julleville, págs. 457 y 458. (N. del T.)

  

9

Este cargo tenía por entonces cierto lustre e importancia política, que perdió luego, desde el siglo XVII, por haber dejado de ser electivo.

«En el ángulo septentrional que formaban las calles de los Mínimos y de las Minimitas estaba situada en Burdeos la residencia de Montaigne. Distinguíase de las otras casas del barrio por sus tejados, cubiertos de pizarra. Frente a este palacio, que era muy modesto, se veía aun no ha mucho un patio pequeño cuya entrada decoraban las armas de Montaigne.» En 1843 escribía estas líneas el arqueólogo bordalés Bernadau. Se ignora la fecha precisa en que desapareciron las huellas de esta vivienda; sólo se sabe, según testifica otro anticuario de la misma ciudad, M. Millin, que existían todavía hacia el año 1811. (N. del T.)

  

10

Nouveaur Lundis, tomo VI. (N. del T.)


11

Obra citada. (N. del T.)

  

12

Libro II, cap. XV. (N. del T.)

  

13

Libro II, cap. XV. (N. del T.)

  

14

Montaigne, por M. Lanusse, pág. 68. París, 1895. (N. del T.)

  

15

No hay ni una sola página de sus escritos en que no se sienta latir el corazón de un hombre honrado, y esto es sin duda lo que constituye en ellos el primer encanto. Se ve que se mezcló en las guerras civiles impulsado por los motivos más puros, obedeciendo a su conciencia, y como él mismo lo declara, «persuadido de que el buen ciudadano debe mostrarse celoso por las cosas públicas, mirar al porvenir y no resignarse a ir viviendo en medio de servidumbres deshonrosas». -Augusto Trognon, Etudes sur l'Histoire de France et sur quelques points de l'Histoire moderne, págs. 274 y 275. París, 1836. (N. del T.)

  

16

María de Jars, señorita de Gournay, nació en París en 1556; habiendo leído a los diez y ocho años los primeros libros de los Ensayos, su autor le inspiró una adoración verdadera. En 1588 conoció a Montaigne en París, y cuando éste volvió a Gascuña insertó en las adiciones manuscritas de su obra un elogio de su joven admiradora. (Véase lib. II, cap. XVII.) (N. del T.)

  

17

Puede leerse su elogio en el lib. II, cap. XVII, al final. (N. del T.)

  

18

Este honor le fue otorgado durante su viaje a Italia. (N. del T.)

  

19

Cuatro meses después de la muerte de Montaigne, su viuda solicitó y obtuvo que sus restos fueran trasladados a la iglesia de los Bernardos de Burdeos. (N. del T.)

  

20

Lib. I, cap. IV. (N. del T.)


21

Fueron éstos: Francisco I, Enrique II, Francisco II, Carlos IX, Enrique III y Enrique IV. (N. del T.)

  

22

Véase tomo I. (N. del T.)

  

23

Casi todos los escritores del siglo XVI en Francia nacían hombres de acción y muchos fueron ambas cosas. Del Bellay se destinaba a la carrera de las armas, Ronsard a la diplomacia: las enfermedades los encaminaron al estudio. -Pablo Stapfer. (N. del T.)

  

24

«Los cuatro grandes poetas: Platón, Malebranche, Shatesbury, Montaigne.» (N. del T.)

  

25

Elogio de Montaigne. París, 1812. (N. del T.)

  

26

Mas de Plutarco me deshago difícilmente: es tan universal, tan cabal y tan cumplido, que en cualesquiera ocasión, sea cual fuere el asunto extravagante que traigáis entre las manos, se ingiere en vuestra labor tendiéndoos una liberal e inagotable de riquezas y embellecimientos. Me contraria el que se vea tan expuesto al saqueo de los que lo frecuentan, y por poco que yo me acerque no lo dejo sin arrancarle muslo o ala. -Lib. III. cap. V. (N. del T.)

  

27

Véase el libro II, cap. VI. (N. del T.)

  

28

Montaigne ha inventado o empleado audazmente un número grande de palabras, muchas de entre las cuales quedaron luego en el uso corriente. Citaré solamente diversión y enfantillage, que un crítico de su siglo (Pasquier) le censuró, siendo sin embargo de creación felicísima. Conocidas son sus palabras gasconas ainsin por ainsi; asture por à cette heure. Ronsard quería también que el término ainsin (idiotismo parisién y gascón juntamente) fuese empleado antes de vocal. Hanse contado más de doscientas sesenta expresiones empleadas por Montaigne, que cayeron en desuso, y este número aumentaría mucho si se incluyeran las nuevas acepciones que prestó a las palabras ya usadas en su época. -Philaréte Chasles, Études sur le Seizième Siécle en France, pág. 184. París 1876.

Este crítico, cuyos estudios sobre literatura inglesa son todos interesantes, aun cuando algunos quizás con razón se hayan tachado de superficiales, examinó la influencia de Montaigne sobre Shakespeare. En el Museo Británico se guarda un ejemplar inglés de los Ensayos anotado por el gran comediante. (En lo que Philarète Chasles no anduvo afortunado fue en presentarnos al Padre Feijoo como discípulo o imitador de Montaigne, con quien ni a cien leguas guarda aquél la analogía más remota.) (N. del T.)

  

29

Yo vivo en una época pródiga en ejemplos increíbles de crueldad ocasionados por la licencia de nuestras guerras intestinas; ningún horror se ve en los historiadores antiguos semejante a los que todos los días presenciamos, a pesar de lo cual no he logrado familiarizarme con tan atroces espectáculos. Apenas podía yo persuadirme antes de haberlo visto con mis propios ojos de que existieran almas tan feroces que por el solo placer de matar cometieran muertes sin cuento; que cortaran y desmenuzaran los cuerpos; que aguzaran su espíritu para inventar tormentos inusitados y nuevos géneros de muerte, sin enemistad, sin provecho, por el solo deleite de disfrutar el grato espectáculo de las contorsiones y movimientos dignos de compasión y lástima; de los gemidos y estremecedoras voces de un moribundo que acaba sus horas lleno de angustia. -Libro II, cap. XI. (N. del T.)

  

30

Lo que sobre todo debemos agradecerle es el haber -el primero quizás en Francia- considerado como afrentosas las torturas y suplicios feroces que durante tanto tiempo deshonraron nuestros Códigos de los cuales la bondad de Luis XVI logró por fin borrarlos, mas no sin desplegar para ello una voluntad tenaz. -Pedro Clemente, Montaigne hombre público, «Revue Contemporaine», tomo XXI, pág. 236. (N. del T.)


31

Jamás pude contemplar sin dolor la persecución y la muerte de un animal inocente e indefenso de quien ningún daño recibimos; comúnmente acontece que el ciervo, sintiéndose ya sin aliento ni fuerzas, no encontrando ningún recurso para salvarse, se rinde y tiende a los mismos pies de sus perseguidores, pidiéndoles gracia con sus lágrimas. Ningún animal cae en mis manos, que no le dejo inmediatamente en libertad. Pitágoras los compraba a los pescadores y pajareros para hacer con ellos otro tanto. Existe cierto respeto y un deber de humanidad que nos liga no ya sólo a los animales, también a los árboles y a las plantas. -Lib. II, cap. XI. (N. del T.)

  

32

Locke y Rousseau... y cuantísimos otros después de ellos, apenas hicieron otra cosa en sus mejores páginas pedagógicas que desenvolver los principios de Montaigne; y nosotros mismos al cabo de trescientos años los releemos con placer y provecho grandes, pues nadie expresó jamás de una manera tan sabrosa o elocuente una doctrina más sana y saludable. -M. Lanusse, obra citada, pág. 193. (N. del T.)

  

33

Las ciencias tratan de las cosas con fineza demasiada, por modo artificial, diferente al común y natural. Mi paje se siente enamorado y se da cuenta de su pasión: leedle a León Hebreo y a Ficen, de él se habla en esos libros de sus pensamientos y acciones, y sin embargo no entiende jota. Yo no encuentro en Aristóteles la mayor parte de mis anímicos movimientos ordinarios; allí se los cubrió y revistió con otro traje para el uso de la escuela: ¡quiera Dios que así hayan obrado los filósofos cuerdamente! Si yo perteneciera al oficio naturalizaría el arte tanto como ellos artificializaron la naturaleza. -Lib. III, cap. V. (N. del T.)

  

34

«¿Pensamos acaso que Lúculo, a quien los libros hicieron gran capitán sin necesidad de experiencia, los estudiaba como nosotros? Echámonos de tal suerte en brazos de los demás, que aniquilamos nuestras propias fuerzas. ¿Quiero yo, por ejemplo, buscar armas contra el temor de la muerte? Encuéntrolas a expensas de Séneca. ¿Deseo buscar consuelo para mi o para los demás? Pues se lo pido prestado a Cicerón. En mí mismo hubiera encontrado ambas rosas si en ello se me hubiera ejercitado. No me gusta esa capacidad relativa y mendigada; aun cuando nos fuera lícito tomar a otro la sabiduría, prudentes no podemos serio sino con nuestras fuerzas exclusivas.»

Lib. I, cap. XXIV.                

(N. del T.)

  

35

Lib. II, cap. X. (N. del T.)

  

36

¿Añadiré además, por osado o temerario que parezca, que esta alma adormecida no se deja cosquillear por Ariosto y ni siquiera por el buen Ovidio? La espontaneidad y facundia de éste me encantaron en otro tiempo, hoy apenas si me interesan. -Lib. II, cap. X. (N. del T.)

  

37

Lib. II, XXXVI. (N. del T.)

  

38

Ya lo considero en sí mismo, en sus acciones y en lo milagroso de su grandeza; ya reparo en la pureza y pulidez inimitables de su lenguaje, en que sobrepasó no sólo a todos los historiadores, como Cicerón dice, sino a trechos a Cicerón mismo; habla de sus propios enemigos con sinceridad tal que, las falsas apariencias con que pretende revestir la causa que defiende y su ambición pestilente, entiendo que puede reprochárselo el que no hable más de sí mismo: tan innumerables hazañas no pudieron por él ser realizadas a no haber sido más grande de lo que realmente se nos muestra en su libro II, cap. X. (N. del T.)

  

39

He recorrido de cabo a rabo las historias de Tácito, cosa que me acontece rara vez. Hace veinte años que apenas retengo libro en mis manos una hora seguida. No conozco autor que sepa mezclar a un «registro público» de las cosas tantas consideraciones de costumbres e inclinaciones particulares, y entiendo lo contrario de lo que él imaginaba, o sea que, habiendo de seguir especialmente las vidas de los emperadores de su tiempo, tan extremas y diversas en toda suerte de formas, tantas notables acciones como principalmente la crueldad de aquellos ocasionaba en sus súbditos, tenía a su disposición un asunto más fuerte y atrayente que considerar y narrar, que si fueran batallas o revueltas lo que historiase; de tal suerte que a veces le encuentro asaz conciso corriendo por cima de hermosas muertes cual si temiera cansarnos con su multiplicación constante y dilatada. Esta manera de historiar es con mucho la más útil: las agitaciones públicas dependen más del acaso, las privadas de nosotros. Hay en Tácito más discernimiento que deducción histórica, y más preceptos que narraciones; mejor que un libro para leer, es un libro para estudiar y aprender. Tan lleno está de sentencias que por todas parles se encuentra henchido de ellas: es un semillero de discursos morales y políticos para ornamento y provisión de aquellos que ocupan algún rango en el manejo del mundo. -Libro III, cap. VIII. (N. del T.)

  

40

Lanusse, obra citada, pág. 148. Larra escribió «que materia de cosas opinables todas las razones son peores». (N. del T.)


41

Julio Levallois, La Conscience moderne.-I. Montaigne. Artículo de la Revue Contemporaine, tomo LXX, págs. 191 a 235. (N. del T.)

  

42

En el catálogo de Gallardo, tomo II, número 1838, se cita una traducción manuscrita de Montaigne con este título: «Experiencias y varios discursos de Miguel, señor de Montaña» (traducidos de francés en español por el L. Diego de Cisneros). Comprende sólo el libro I, hasta el capítulo LVII inclusive, y hoy se guarda en la sala de manuscritos de la Biblioteca Nacional de Madrid. Mi excelente amigo el señor don Pedro Roca, bibliotecario en dicha sección, erudito y muy fino conocedor de casi todo cuanto en ella se guarda, ha tenido la generosidad de enviarme la descripción detallada y puntualísima de ese trabajo, que aquí transcribo íntegra, con la ortografía misma de la época, porque es seguro que surá leída con interés, lo mismo por los que gustan de estos curiosos rebuscos que por los desposeídos de amor a los papeles viejos.

La copia de algunos capítulos del manuscrito que el señor Roca me remite me ha permitido formar idea de la traducción; ésta es bastante fiel y bien hablada, aunque algo obscura en algunos pasajes; unas veces por interpretarse el texto demasiado a la letra, y quizás otras por no haber entendido el sentido rectamente. El traductor encarece las dificultades sin cuento con que tropezó en su trabajo, en lo cual tenía razón que lo sobraba. Muchas cosas están trasladadas en sabroso castellano, porque, como es sabido, en la época del licenciado Cisneros solíamos escribir con mayores escrúpulos que hoy. La ortodoxia y el estado del traductor no le consintieron transcribir los pasajes «malsonantes y menos biensonantes» que honradamente señala. En algunas partes se ve que no penetró muy hondamente los matices y delicadezas de que el texto está esmaltado, traduciendo solamente las ideas. Para que el lector juzgue de esta antigua versión y pueda compararla con la moderna, coloco aquí el comienzo del capítulo XXVII, que dice así:


DE LA AMISTAD

Cap. 27.

1. Considerando la disposición de, la obra de vn pintor, que tengo, me tomó gana de imitarle. Escogió el más hermoso puesto, y medio de cada pared, para colgar vn quadro trabajado con toda la perfecion de su scientia; y el vacío alrededor lo llenó de pinturas al fresco, que son bizarras, y graciosas solo en lo vario, y extraordinario. Que son a la verdad estas discursos sino pinturas al fresco, y cuerpos monstruosos compuestos de diversos miembros, sin cierta figura, sin orden, consequentia, ni proportion sino casual y fortuita?


Desinit in piscem mulier fermosa superne.

Horat. Art. poét.


Lo que arriba mujer hermosa, parece,

abaxo remata en peze.


2. Hasta este segundo punto voy bien con mi pintor, mas en la otra y mejor parte quedo corto. Porque mi saber no passa tan adelante, que me atreva a comprender la obra de vn rico quadro, valiente y perfecto según el arte. Por lo qual me ha parecido, tomar uno prestado, de Esteuan de la Boitie, que honrrará todo lo demas desta obra. Es vn discurso, que intituló, La servidumbre voluntaria. Mas los que lo han ignorado, lo han después propiamente rebaptizado El contra uno. Escribe, como por modo de prueba, en la primera iuuentud al honor de la libertad contra los tyrannos della. Y mucho ha que anda entre las manos de gente de entendimiento, no sin bien grande y merecida recomendation; porque es galante y lleno lo possible. Y ay bien que hazer para entender, que no sea el mejor, que pudiera componer. Si en la edad, que yo le conoci mas adelantado, hubiera tomado vn intento como el mio, de escribir sus imaginationes, vieramos muchas cossas raras, y que nos acercaran mucho al honor de la antiguedad. Porque particularmente en esta parte de los dones de naturaleza no reconozco quien se le pueda comparar. Mas no ha quedado del sino este discurso, y aun acaso, y creo, que el no lo vio jamas despues que se le escapó de su poder: y algunas otras memorias sobre el Edicto de Enero, famoso por nuestras guerras ciuiles, que tendran aun en otra parte aquí, puede ser su lugar. Eso es todo, lo que yo he podido recobrar de sus reliquias (yo a quien con vna amorosa recomendation dexó por su testamento, con la muerte entre los dientes, por heredero de su Bibliotteca y papeles) fuera de los libros de sus obras, que yo he hecho sacar a luz; si bien yo estoy particularmente obligado a este discurso, por haber seruido de medio para nuestra primera familiaridad. Porque me lo mostraron mucho antes que yo viesse al auctor, y me dio la primera notitia de su nombre, encaminandome por este modo la amistad, que conseruamos entre nosotros, por el tiempo que Dios quiso; tan entera y pefecta, que ciertamente no se leen muchas iguales; y entre nuestros hombres no se vee en vso rastro alguno della. Son menester, que concurran tantas cosas para fundarla, que es mucho si la fortuna llega a esto vna vez en tres siglos.

3. No ay cossa a que parezca habemos mas inclinado la naturaleza, que la compañia. Y Aristóteles dize, que los buenos legisladores tienen mas cuydado de la amistad, que de la justitia. Agora el vltimo puncto de su perfection es este; porque en general todas las amistades que el deleyte, o el interes, la necessidad comun, o particular forxa, y entretiene son tanto menos perfectas, y generosas, y tanto menos amistades quanto tienen mas mezcla de otra causa, o fin, o fructo en la amistad, que ella misma. Ni las quatro especies antiguas, la natural, la familiar, la hospitalera y la venerea no concurren en esta ni juntas, ni de por si.

4. La de los hijos con sus padres mas es respecto; porque la amistad se alimenta de la comunication, que no puede hallarse entre ellos por la grande desigualdad y offenderiase por ventura las obligationes de naturaleza. Porque ni todos los pensamientos secretos de los padres se pueden comunicar a los hijos, uara no causar vna indecente priuanza; ni las advertentias y correctiones (que es vno de los primeros officios de la amistad) no las pueden exercitar los hijos con los padres. Nationes se han hallado, adonde los hijos por costumbre mataban a sus padres: y otros, donde los padres mataban a sus hijos, por cuitar el embarazo, de no se poder suportar los vnos a los otros, y naturalmente el vno depende de la ruina del otro. Philosophos se han hallado, que desdeñaban esta costura natural. Testigo Aristippo, que quando le apretaban con la afficion, que debia a sus hijos, por haber procedido del; se puso a escupir, diziendo, que aquello habia también procedido del, y que también engendrabamos piojos y gusanos.

5. Y el otro, a quien Plutarco queria inducir, a que se acordasse con su hermano. No hago, dize, mas caso del por haber salido del mismo vientre. A la verdad es lindo nombre, y lleno de amor el nombre de hermano, y por esta causa hizimos yo y el nuestro parentesco; mas la mezcla de bienes, las partijas, y que la riqueza del vno sea la pobreza del otro, esto entibia en extremo y relaxa esta vnion fraternal. Es fuerza, que los hermanos; habiendo de encaminar sus pretensiones a sus augmentos por la misma senda y camino; se encuentren y choquen muchas vezes. Mas, la correspondentia, y relation, que engendran las verdaderas y perfectas amistades, como se hallaran entre estos? El padre y el hijo pueden ser de complexion del todo differente, y los hermanos tambien. Es mi hijo, es mi pariente; mas es vn hombre aspero, malo, o necio. Y ademas desto, a la medida, que a estas amistades nos obliga la ley y la obligation natural, a la misma ay en ellas tanto menos de nuestra election, y libertad y esta no tiene action, que sea mas propiamente suya, que la afficion y amistad. No es esto porque yo no aya probado, quanto a esta parte, todo lo que puede ser, por haber tenido el mejor padre, que hubo jamas, y el mas suave hasta su postrera vegez, y que procedia de vna famosa familia continuada de padre a y en esta parte, de la concordia fraternal, exemplar;


et ipse

notus in fratres animi paterni.

Horat. lib. 2. od. 2. 6.


Fui para mis hermanos conocido

con ánimo de padre enternecido


He aquí la reseña completa del manuscrito:

(Depto. Mss. Bibl. Nac. Madrid -P supl. -194)

«Experientias y varios discursos de Miguel, señor de Montaña» [traducidos de francés en español por el L. Diego de Cisneros, presbítero].

Ms. orig., todo de letra del traductor.

La traducción comprende solamente el libro 1.º de la obra de Montaigne y ocupa 441 págs., con más 4 de índice. En la parte superior derecha tiene cada cuadernillo de ocho hojas de papel la fecha de día, mes y año en que se comenzó a escribir, y el resultado total arroja que la traducción se principió el 11 de mayo de 1634 y se concluyó el 12 de septiembre de 1636.

Precédenla la vida del autor «sacada quasi del todo de sus escritos», 4 folios; la advertencia del autor al lector, 1 fol., y la «prefación apologética» de aquél por su hija, 23 folios, traducidos del 17 al 29 de junio de 1637, y un prólogo (21 folios) del traductor acerca del autor y sus libros, escrito desde el día 16 al 28 de agosto de 1637 y firmado y rubricado por él en Madrid, en esta última fecha.

En este prólogo, hablando de las dificultades que ofrece la traducción, se lee (fol. 21) «que habiendola intentado muchos hombres graues, y doctos en las lenguas italiana y española desistieron della, o no pudieron hazer cossa que siruiesse. Como el traductor italiano, que se dexa capitulos enteros; y el señor Don Balthasar de Zúñiga, del Consejo de su Magestad, y su Embaxador en Francia y Flandes, traduxo algunos capítulos deste auctor, que andan manusscriptos; pero con tantas faltas y corrales, que no se dexan entender bien, ni se goza el frutto que se pretendo de la lectura. El desta traduction, si tuuiere alguno, se debera al señor Don Pedro Pacheco, canónigo de la sancta iglesia cattedral de Cuenca, del Consejo de su Magestad, y de los Supremos de Castilla y de la General Inquisition, por cuya orden y respecto se hizo; y assi se dedica y consagra a su nombre illustrissimo, por ser yo todo suyo. La instantia grande de muchos hombres principales y curiosos, a quien no se puede resistir ha hecho apresurar esta impresion, y interrumpir la traduction, de manera que ha sido forzoso imprimir el libro 1.º solo sin los dos que lo siguen en el auctor, y le seguiran en la impresion, que se hara despues desta, porque se quedan acabando de traducir y adornar en la forma, que sale este primero. En el qual sobre haber puesto mucho trabaxo y cuyidado en la traduction, siruiendome de varias impresiones del mismo libro en frances, porque en otra lengua no se que nadie te aya traducido mas de en la forma, que noté arriba, ni menos impreso. Lo primero he corregido y emendado las propositiones malsonantes, y las menos biensonantes, y el modo de hablar licencioso, o duro. Lo segundo he ajustado los lugares griegos, latinos, italianos y franceses de otros auctores, que cita y refiere este. He puesto a la margen las citas que he hallado en las impresiones francesas mas correctas y añadido algunas breues notas, que me parecieron necessarias para la inteligencia mayor del texto. Lo tercero he traducido los lugares que cita de otros auctores latinos y griegos y los demas, de manera que los versos hago versos españoles y la prosa dexo en prosa. Pero la traduction en verso es muy dificultosa, y no es obra possible al frances por no ser su lengua tan capaz como la nuestra.»

Siguen a la traducción las licencias para imprimirse, 2 fol.: el aprobande es el L. Pedro Blasco, en Madrid, a 9 de septiembre 1637, y el vicario que da la licencia por lo eclesiástico el L. Lorenzo Iturrizarra, en Madrio, 10 de septiembre 1637 y no 1.º como se lee en el Catálogo de Gallardo, sin duda por errata de impresión que fácilmente se explica por la disposición de las dos cifras que componen el número 10. 4.º Pergamino. Es sin duda el ms. núm. 1838 del t. II de dicho Catálogo.

Discurso del traductor cerca de la persona del señor de Montaña, y los libros de sus Experientias, y varios Discursos.

Del espíritu de la traducción puede juzgarse por las siguientes palabras del traductor, el cual refiriéndose al autor, dice que «si bien muestra ser, catholico romano en su persona, la doctrina, que propone en estos libros no es todauia conforme en algunas cossas a la de la sancta Iglesia Romana, y tiene necessidad de leerse con mucha cautela, y en algunas propositiones, necessita de correction y emienda. Que este Auctor sea en su persona, y su intention catholico, Apostolico y Romano, se prueba de la protestation de la Fe y obedentia a la Iglesia Catholica y Romana, que hizo y escribió en el libro I destos Propositos, cap. 56, § I....... Dixo bien Baudio, que ay algunos lugares en estos libros, que merecen ser borrados, si bien no seran los mismos estos, que notó Baudio, y los que yo he notado, porque Baudio professa en Holanda la Heregia, y yo en España (donde naci), la Religion Catholica Romana.....Propondré aqui algunas de las propositiones, que tengo notadas en este libro I, que publico traducido, las quales con las demas van corregidas en la traduction y emendadas de manera que no puede offender la doctrina, ni queda offendido el sentido, ni la intenlion del Auctor, y sin borrar quasi nada, como verá el curioso, que lo quisiere examinar, confiriendo el original Frances con la Traduction Española.»

«La primera detas propositiones sea, la que pone en el cap. II, cerca del fin, por estas palabras: El genio de Socrates..... alguna cossa de inspiration diuina.....»

«La segunda, en el cap. 19, § 5, al medio, dire; Lo otro porque a todo mal passar..... y cortar cabo a todos otros inconuenientes.....»

«La tercera, en el cap. mismo, § 22, hablando de vna alma señora de sus passiones, dire; Esta hase hecho señora..... la verdadera y soberana libetad.....»

«La quarta, en el cap. 22, § 11, dire; Los milagros..... de la misma naturaleza.....»

«En el mismo cap., § 16, y es la quinta proposition, dire; Las leyes de la conscientia, que dezimes nazen de la naturaleza, nazen do la costumbre.....»

«La sexta, en el cap. 25, § 14, dize que el maestro haga al discipulo, que lo passe todo por el cedazo de la razon, y que no assiente cossa en su cabeza por sola auctoridad y en credito.....»

«La septima, en el cap. 27, § 15, refiere el Auctor, que preguntando a Caye Blosio, si mandandole su amigo Tiberio Graccho poner fuego a los templos, le obedeceria? Respondio, que si. Y apprueba esta respuesta, y la defiende: no obstante, que parece sacrilega.....»

«La octava, en el mismo cap., § 19, tratando que entre los amigos todos los bienes deben ser en effecto comunes, pone entre estos biene3 las mugeres, y los hijos.....»

«La nona, en el mismo cap., § 22, dire; La vnica y principal amistad..... sin ser perjuro, al que no es otro, que es yo.....»

«La dezinta, en el cap. 30, § 20, apprueba la Polygamia en los Cannibales.....»

«La vndezima, en el cap. 53, § l, dire; No es un singular argumento.... no está en nuestra mano?.....»

«La duodezima, en el mismo lugar, luego despues de lo dicho añade; De que es gran prueba..... y durara eternamente sin resolution y sin acuerdo.....»

«Parece que bastara esto para desengaño de la dama citada.....» Refiérese á la hija de Montaigne que en su Prefacion Apologetica no reparó en todos esos lugares de mala doctrina que el traductor acaba de citar «para assegurar, y acautelar al lector en materia de la Religion del Auctor y doctrina de sus libros». El traductor combate y condena cada una de esas proposiciones por su relación con algunas muy peligrosas y dañosas, que muchos, como los luteranos, calvinistas y anabaptistas de Alemania y Francia y los alumbrados de España y otras partes profesaban en cuanto a los impulsos del propio espíritu, por no conformarse algunas con la ley natural divina y la razón natural, y ser contrarias otras a las leyes del matrimonio e inducir a la dese-peracion, amen de negar el libre arbitrio y autorizar el libre examen y legitimar el perjurio, etc.

Y después de engolfarse el traductor en una larga disquisición y crítica de las opiniones de dicha dama acerca de la suficiencia y ciencia de su padre y del concepto de la filosofía o teologia moral, escribe estas palabras: «No pienso que merecen tanta reprehension, los que desprecian estas scientias y tratan solo de la practica, que les enseña a saber vivir consigo, y con Dios y con sus proximos. Y este pienso que fue el pensamiento desta Dama y de su Padre, que no es tan malo, como tiene la apparientia; porque no condena las scientias, sino el modo de enseñarlas y apprenderlas, y lo que ella llama Philosophia, o Theologia Moral en su Padre, no es sino la Prudentia para saber viuir entro los hombres.....»

Luego se explaya en establecer la diferencia que existe entre la sabiduria o teologia natural y la filosofia o teologia moral para venir a parar en que «el padre desta Dama parece que apprendió de las experientias propias de su vida y de las agenas por medio de la licion, las propositiones que le notamos arriba ..... y otras muchas, que vera leyendole el que notare nuestras correctiones, las quales contienen mucha malitia y astutia viciosa. Y quanto mas por menudo escribio sus experientias, notando hasta las circunstantias de las actiones y partes deshonestas, tanto mas faltó en la simplicidad y honestidad Christiana ..... Quanto a lo demas que sobre este punto (§ hasta el 21 de la Prefation) escribe esta Dama, conformandose con esta doctrina, lo alabo, en el grado que debo, y ella merece, por su gran discrecion y sabiduria.» Y añade: «No solo esto paró en las experientias, que propone, y materias y assumptos que trata, no obserua orden, ni methodo alguno de doctrina; antes de proposito huye, y se diuierte, saltando de repente de unas cossas a otras, quasi en cada capitulo, y haze galanteria y se precia desta libertad y licentia, que estiende tambien a las palabras, phrasses y modos de hablar.»

«Todo lo dicho bien considerado, junto con la difficultad del lenguaje Francés, que vsa, antiguo, y desusado en gran parte, haze la traduction difficultosisima.»

Y termina, hablando de la protestación de la fe católica romana del autor, con estas generosas frases: «En esta misma Protestation se fundan las excusas particulares que tienen las propositiones de menos buena doctrina, que se hallan en estos libros. Porque la primera y mayor es la buena y catholica intention del Auctor, que protesta ser catholico Romano. La segunda, que por ser catholico, no propone nada, que sea contra la Fe, dogmatizando, ni assentandolo por verdadero, sino solo como por modo de disputa. Estas dos excusas declara el mismo expressamente en su Protestation. La terecra es, que habla este Auctor en estas propositiones segun el juicio y sentido de la razon, o passion humana no mas. Y assi no pudo dexar de apartarse o opponerse en algo al juicio de la doctrina de la Fe, y de la sancta Iglesia ..... Coligese de aquí, que no puede excusar la censura de temerario por lo menos, el que pudiendo y debiendo hablar segun el sentido y juicio verdadero de la Fe y de la Iglesia, excluyendo este, habla segun el de la razon, o passion humana ..... El mismo Auctor confiesa en esto su temeridad en su Protestation, como della consta; y assi es digno de perdon, y de que estos libros corregidos se comuniquen a todos. Porque los catholicos no hallaran cossa que offenda su fe y piedad, antes algunas de edificacion y buen exemplo: los Doctos varia erudition; los Politicos y Estadistas gran razon de Estado; los Caualleros y Cortesanos enseñanzas de Caualleria y Corte; y todos los hijos deste siglo desengaños para saber viuir consigo y con los otros; los ignorantes y escrupulosos finalmente, si no hallaren que deprender, espero no hallaran en que tropezar, ni de que se offender ..... Colegimos de aquí vn ilustre y breue elogio del señor de Montaña; varon noble y catholico, ciudadano Romano, cauallero de la orden de Sanctispiritus de Francia y Frances de nation, sabio y Prudente con insigne erudition, y menuda y larga experientia de Estado y Corte. Y la licion de sus libros puede con excelentia excusar a qualquiera la de Plutarco, y Seneca, y Plotino, y otros de los antiguos grandes Philosophos. Como han reconocido los grandes ingenios, que los han visto en Frances; y lo reconoceran y experimentaran agora mejor, los que los leyeren corregidos y adornados de nueuas flores de Poësia Española, para que no tenga España en esta materia, que inuidiar en Francia. A Dios, en Madrid a 28 de Agosto de 1637.

-El Ldo. Diego de Cisneros (Rúbrica).»

Como se ve por esta reseña, el buen licenciado Cisneros estimó al señor de Montaña (así le llamaba también Quevedo) en todo cuanto valía su obra. La manera, casi siempre escrupulosa y concienzuda, que tuvo de trasladarla en castellano es tanto más digna de elogio cuanto que por aquel tiempo, y también después, los traductores seguían ya el ejemplo que dio luego La Motte, el de las paradojas, al cual, según la ingeniosa expresión de Voltaire, se lo ocurrió mejorar el espíritu y las bellezas de Homero, beneficiándole con el suyo y con sus propias inspiraciones.

El manuscrito de Cisneros está lleno de correcciones y enmiendas de su propia letra. Y los deseos plausibles de este digno eclesiástico en lo tocante a que Montaigne se leyera «corregido y adornado con nuevas flores de poesía española para que no tuviera España en esta materia que envidiar a Francia», no fueron realizados, puesto que su trabajo no llegó a imprimirse. Es de suponer que tampoco concluyera de traducir los libros II y III. (N. del T.)


43

Debo consignar aquí los nombres de dos escritores distinguidos, MM. León Rouanet y Eduardo Díaz, a quienes soy deudor de muchas aclaraciones del texto, en tantos lugares obscuro y de interpretación dudosa, arriesgada y propensa a interpretaciones varias. M. Rouanet es conocido y estimado en España por sus traducciones y estudios del teatro antiguo español y la poesía popular, M. Díaz, nacido en la tierra misma de Montaigne, ha viajado durante tres años por nuestro país y escrito un interesante libro con el título de L'Espagne picaresque. De M. Pablo Bonnefon, quizás el hombre mejor informado de su país en todo cuanto con Montaigne y los Ensayos se relaciona, no me fue posible utilizar el concurso, a pesar de habérmelo ofrecido muy generoso. (N. del T.)

  

44

Según Brunet, en el siglo XVI se publicaron nueve ediciones, veinte y ocho en el XVII y quince en el XVIII. Nos sería fácil, añade, enumerar algunas más; pero las omitimos por no ofrecer ningún interés filosófico ni bibliográfico. El librero Abel L'Angelier publicó en París (1604) una curiosa edición que el Manual no consigna. (N. del T.)

  

45

Ningún libro fue más estudiado ni más meditado por Pascal que los Ensayos; de ellos está ahíto; en ellos elige todos sus argumentos contra la razón humana, deslizándose también, como Montaigne, por la peligrosa pendiente del escepticismo; pero al dar en tierra y al encontrar la cruz en su caída, en vez de saludarla prudentemente como su maestro, se abraza a ella desaforadamente, y luego, abriendo los ojos, lanza al que fue su guía un anatema tanto más terrible cuanto el que lo fulmina carece aún de seguridad cabal en sus propias fuerzas. -Eugenio Réaume, Les Prosateurs français du XVIº siécle, pág. 178. París, 1889. (N. del T.)

  

46

Los Pensamientos son, como es sabido, el bosquejo de una apología del cristianismo, que Pascal dejó sin concluir. En ellos el filósofo inmola la razón a la fe negando la posibilidad de fundamentar ningún sistema. Conclusión idéntica a la que Montaigne establece en la Apología de Raimundo Sabunde, valiéndose de pruebas y argumentos análogos a los que Pascal emplea. (N. del T.)

  

47

En la Apología de Raimundo Sabunde y en otros capítulos de esta edición van puestos al pie de las páginas algunos de los Pensamientos en que Pascal habla de un modo idéntico al en que Montaigne se expresa (véase lib. II, cap. XII). Censurando aquél la complacencia con que Montaigne transcribe hasta los detalles más nimios que a su persona se refieren, escribió: «Nadie está exento de decir insulseces; lo malo es decirlas presuntuosamente.» Con iguales palabras principia el cap. I del libro III de los Ensayos. (N. del T.)

  

48

Parte tercera, cap. XX de la Lógica. Arnauld y Nicole atacaron a Montaigne con verdadera saña, indigna a trechos de la nombradía austera que ambos disfrutaron. Véase una muestra de la manera injusta como le juzgaron: «No es la vanidad el pecado más grave de este autor; está repleto de un número tan grande de infamias vergonzosas y de tantas máximas epicúreas e impías, que parece sorprendente el que durante tanto tiempo se le haya soportado en las manos de todos, y el que haya hombres de talento que no descubran su veneno.» Los mismos autores acogen con fruición, considerándola como ingeniosísima, la observación de un «autor célebre de su tiempo», el cual echó de ver que Montaigne en dos pasajes de su libro advierte al mundo que había tenido un paje en su casa y a su servicio (lib. II, cap. V, y lib. III, cap. V), olvidándose de consignar que también tuvo un secretario cuando fue consejero del parlamento de Burdeos, porque esto está al alcance de todos los consejeros y lo otro no. Pascal, cuya mente era más alta, no descendió nunca a semejantes pobrezas de gacetilla para censurar los Ensayos. (N. del T.)

  

49

OEuvres de monsieur de Saint-Evremond. -Tomo VI, págs. 173 y 174, Londres, 1725. (N. del T.)

  

50

Pedro Coste, traductor de Locke y de Los Cautivos de Plauto editor y anotador de La Fontaine, y autor de una Defensa de Labruyere. Publicó cinco ediciones de los Ensayos en los años de 1721, 1725, l727, 1739 y 1745. Se le censura por haber rejuvenecido la ortografía de Montaigne, pero generalmente se alaban sus curiosas notas eruditas y gramaticales. (N. del T.)


51

Choix des OEuvres inédites de Servan, avocat général an Parlament de Grenoble, par X. de Portets, tomo II, págs. 251 a 623. París, 1827. (N. del T.)

  

52

Libro II, cap. I. (N. del T.)

  

53

Libro III, cap. XIII. (N. del T.)

  

54

Inventaire de la collection des ouvrages et documents sur Michel de, Montaigne, reúnis par le docteur J. F. Payen, le conservés a la Bibliothéque National, Bordeaux, 1877.

Además de esta colección hay otra en la misma biblioteca compuesta de cuatro legajos (núms. 926, 927 928 y 929); si bien es menos importante que la del doctor Payen, abunda en notas interesantes, que su autor (J. B. Bastide, muerto en París en 1810), compuso para una de Montaigne que no llegó a publicarse. (N. del T.)

  

55

En la biblioteca del palacio de Chantilly, legado por el duque d'Aumete a la Academia francesa con todas sus ricas colecciones, hay un ejemplar de los Comentarios de César, lleno de notas de Montaigne. Sobre este libro versa un curioso artículo de M. Cuvillier-Fleary, Du César de Montaigne, publicado en el Bulletin du Bibliophile, en marzo de 1856. (N. del T.)

  

56

Libro III, caps. I, II y III. (N. del T.)

  

57

Tomos IV, IX y XI.

Merecen ser estudiados los dos libros de M. Pablo Stapfer, decano de la Facultad de letras de Burdeos: Montaigne, que forma parte de la colección Les Grands Écrivains français y Montaigne et sa famille, París, 1897. (N. del T.)

  

58

1638-1721. (N. del T.)

  

59

Westminster Review, abril-julio de 1836, págs. 536 y 537. (N. del T.)

  

60

Recherche de la Verité, libro II, parte tercera, De la Imaginación. (N. del T.)


61

Libro II, cap. XII. (N. del T.)

  

62

Montaigne habló como un filósofo, y sus ideas sobre el gobierno de la vida son la expresión justa e inmutable del espíritu humano. -Emerson. (N. del T.)

  

63

Para realizar el cumplimiento de mi designio escribo en mi casa, en país selvático donde nadie me ayuda ni enmienda mis yerros, donde comúnmente no frecuento ningún hombre que entienda el latín de su pater noster y del francés algo menos. -Libro III, cap. V. (N. del T.)

  

64

He procurado explicarme las verdaderas causas de la popularidad de ciertos autores, que no sólo como literatos son gustados del público, sino a quienes éste trata como a amigos de corazón y hacia los cuales un sentimiento más afectuoso que la admiración arrastra incesantemente a los lectores: Montaigne, La Fontaine, Mme de Sevigné, Voltaire, pertenecen a esta clase. -A. Vinet, Essais de Philosophic morale et de Morale religieuse, pág. 43. París, 1837. (N. del T.)


65

Precede a la edición de 1826 publicada en París por el editor Lefèvre; (5 vol. En 8.º Mayor). Fue escrita por José-Víctor Leclerc, literato y erudito francés (1780-1866). (N. del T.)


66

Tomo I. (N. del T.)


67

[El traductor, C. Román y Salamero, también identifica las notas de J. V. Leclerc con las siglas «J. V. L.», y las de Lefèvre con «L.». (N. del E.)]




Por diversos caminos se llega a semejante fin

El modo más frecuente de ablandar los corazones de aquellos a quienes hemos ofendido, cuando tienen la venganza en su mano y estamos bajo su dominio, es conmoverlos por sumisión a conmiseración y piedad; a veces la bravura, resolución y firmeza, medios en todo contrarios, sirvieron para el logro del mismo fin.

Eduardo, príncipe de Gales, el que durante tanto tiempo gobernó nuestra Guiena, personaje cuya condición y fortuna tienen tantas partes de grandeza, habiendo sido duramente ofendido por los lemosines y apoderádose luego de su ciudad por medio de las armas, no le detuvieron en su empresa los gritos del pueblo, mujeres y niños, entregados a la carnicería, que le pedían favor arrojándose a sus pies, y su cólera fue implacable hasta el momento en que, penetrando más adentro en la ciudad, vio tres franceses nobles que con un valor heroico querían contrarrestar los esfuerzos de los vencedores. La consideración y respeto de virtud tan noble detuvo primeramente su cólera, y merced a los tres caballeros comenzó a mirar misericordiosamente a todos los demás moradores de la ciudad.

Scanderberg, príncipe del Epiro, que seguía a uno de sus soldados para matarlo, habiendo la víctima intentado apaciguar la cólera del soberano con toda suerte de humillaciones y de súplicas, resolvió de pronto hacerle frente con la espada en la mano; tal resolución detuvo la furia de su dueño, quien habiéndole visto tomar determinación tan digna le concedió su gracia. Este ejemplo podrá ser interpretado de distinto modo por aquellos que no tengan noticia de la prodigiosa fuerza y valentía de este príncipe.

El emperador Conrado III, que tenía cercado a Guelfo, duque de Baviera, no quiso condescender a condiciones más suaves por más satisfacciones cobardes y viles que se le ofrecieron, que consentir solamente en que las damas nobles sitiadas que acompañaban al duque, salieran a pie con su honor salvo y con lo que pudieran llevar consigo. Estas, que tenían un corazón magnánimo quisieron echar sobre sus hombros a sus maridos, a sus hijos y al duque mismo; el emperador experimentó placer tanto de tal valentía que lloró de satisfacción y se amortiguó en él toda la terrible enemistad que había profesado al duque: De entonces en adelante trató con humanidad a su enemigo y a sus tropas.

Ambos medios arrastraríanme fácilmente, pues, yo me inclino en extremo a la misericordia y a la mansedumbre. De tal modo, que a mi entender, mejor me dejaría llevar a la compasión que al peso del delito. Si bien la piedad es una pasión viciosa a los ojos de los estoicos, quieren estos que se socorra, a los afligidos, pero no que se transija con sus debilidades. Esos ejemplos me parecen más adecuados, con tanta más razón cuanto que se ven aquellas almas (asediadas y probadas por los dos medios) doblegarse ante el uno permaneciendo inalterables ante el otro.

Puede decirse que el conmoverse y apiadarse es efecto de la dulzura, bondad y blandura de alma, de donde proviene que las naturalezas más débiles, como son las de las mujeres, los niños y el vulgo, estén más sujetas a aquella virtud; mas el desdeñar las lágrimas y lloros como indignos de la santa imagen de la fortaleza, es prueba de un alma, valiente e implacable que tiene en estima y en honor un vigor resistente y obstinado. De todas suertes, hasta en las almas menos generosas la sorpresa y la admiración pueden dar margen a tan efecto parecido; tal atestigua el pueblo de Tebas, que habiendo condenado a muerte a sus capitanes por haber continuado su marido un tiempo más largo que el prescrito y ordenado de antemano, absolvió a duras penas de todo castigo a Pelópidas, que no protestó contra la acusación; Epaminondas, por el contrario, alabó su propia conducta, censuró al pueblo de una manera arrogante y orgullosa, y los ciudadanos no osaron siquiera tomar las bolas para votar; lejos de condenarle, la Asamblea se disolvió ensalzando grandemente las proezas de este personaje.

Dionisio el Antiguo, que después de grandes y prolongados obstáculos consiguió hacerse dueño de la ciudad de del capitán Fitón, hombre valiente y honrado que había defendido heroicamente la plaza, quiso tomar un trágico ejemplo de venganza contra él. Díjole primeramente que el día anterior había mandado ahogar a su hijo y a toda su familia, a lo cual Fitón se limitó a responder que los suyos habían alcanzado la dicha un día antes que él. Luego le despojó de sus vestiduras, le entregó a los verdugos y le arrastró por la ciudad, flagelándole ignominiosa y cruelmente y cargándole además de injurias y denuestos. Pero Fitón mantuvo su serenidad y valor, y con el rostro sereno pregonaba a voces la causa honrosa y gloriosa de su muerte, por no haber querido entregar su país en las manos de un tirano, a quien amenazaba con el castigo próximo de los dioses. Leyendo Dionisio en los ojos de la mayor parte de sus soldados que éstos, en lugar de animarse con la bravura del enemigo vencido, daban claras muestras que recaían en desprestigio del jefe y de su victoria y advirtiendo que iban ablandándose ante la vista de una virtud tan rara que amenazaban insurreccionarse y aun arrancar a Fitón de entre las manos de sus verdugos, el vencedor puso término al martirio, y ocultamente arrojó al mar al vencido.

Preciso es reconocer que el hombre es cosa pasmosamente vana, variable y ondeante, y que es bien difícil fundamentar sobre él juicio constante y uniforme. Pompeyo perdonó a la ciudad entera de los mamertinos, contra la cual estaba muy exasperado, en consideración a la virtud y magnanimidad del ciudadano Zenón, que echó sobre sí las faltas públicas, y no pidió otra gracia sino recibir él solo todo castigo. El huésped de Sila, habiendo practicado virtud semejante en la ciudad de Perusa, no ganó nada con ello para sí ni para sus ciudadanos.

Por manera contraria a lo que pregonan mis primeros ejemplos, el más valeroso de los hombres y tan humano para los vencidos como Alejandro, habiéndose hecho dueño después de muchos obstáculos de la ciudad de Gaza, encontró a Betis que la defendía con un valor de que Alejandro había sentido los efectos; Betis solo, abandonado de los suyos, con las armas hechas pedazos, cubierto todo de sangre y heridas, combatía aún rodeado de macedonios que le asediaban por todas partes. Entonces Alejandro le dijo, contrariado por el gran trabajo que le había costado la victoria (pues entre otros daños había recibido dos heridas en su persona): «No alcanzarás la muerte que pretendes, Betis; preciso es que sufras toda suerte de tormentos, todos los que puedan emplearse contra un cautivo.» El héroe a quien tales palabras iban dirigidas, seguro de sí mismo y con rostro arrogante y altivo, se mantuvo sin decir palabra ante tales amenazas; entonces Alejandro, viendo su silencio altanero y obstinado, dijo: «¿Ha doblado siquiera la rodilla? ¿Se le ha oído tan sólo una voz de súplica? Yo domaré ese silencio, y si no puedo arrancarle una, palabra, haré que profiera gemidos y quejas.» Y convirtiendo su cólera en rabia, mandó que se le oradasen los talones, y le hizo así arrastrar vivo, desgarrarle y desmembrarle amarrado a la trasera de una carrera. ¿Aconteció que la fuerza del valor fuese en el monarca tan natural que por no admirarla la respetó menos? ¿o que la considerase sólo como patrimonio suyo, y que al rayar a tal altura no pudo con calma contemplarla en otro sin el despecho de la envidia? ¿o que en la impetuosidad natural de su cólera fuese incapaz de contenerse? Cierto que si esta pasión hubiera podido dominarla el monarca, es de creer que la hubiera sujetado en la toma y desolación de la ciudad de Tebas, al ver pasar a cuchillo cruelmente tantos hombres valerosos desprovistos de defensa: seis mil recibieron la muerte, en ninguno de los cuales se vio intento de huir; nadie pidió gracia ni misericordia; al contrario, todos se hicieron fuertes ante el enemigo victorioso, provocándole a que les hiciera morir de una manera honrosa. A ninguno abatieron tanto las heridas del combate, que lo intentara vengarse, al exhalar el último suspiro, y con la ceguedad de la desesperación consolar su muerte con la de algún enemigo El espectáculo de aquel dolor no encontró piedad alguna: y no bastó todo el espacio de un día para saciar la sed de venganza: esta carnicería duró hasta que fue derramada la última gota de sangre, y no se detuvo sino en las personas indefensas, viejos, mujeres y niños, para hacer de todos ellos treinta mil esclavos.



De la tristeza

Yo soy de los más exentos de esta pasión y no siento hacia ella ninguna inclinación ni amor, aunque la sociedad haya convenido como justa remuneración honrarla con su favor especial; en el mundo se disfrazan con ella la sabiduría, la virtud, la conciencia; feo y estúpido ornamento. Los italianos, más cuerdos, la han llamado malignidad, porque es una cualidad siempre perjudicial, siempre loca y como tal siempre cobarde y baja: los estoicos prohibían la tristeza a sus discípulos.

Cuenta la historia que Psamenito, rey de Egipto habiendo sido derrotado y hecho prisionero por Cambises, rey de Persia, y viendo junto a él a su hija, también prisionera y convertida en sirviente a quien se enviaba a buscar agua, todos los amigos del rey lloraban y se lamentaban en su derredor mientras él permanecía quedó sin decir palabra, y con los ojos fijos en la tierra; viendo en aquel momento que conducían a su hijo a la muerte, mantúvose en igual disposición, pero habiendo observado que uno de sus amigos iba entre los cautivos, empezó a golpearse la cabeza a dejarse ganar por la desolación.

Tal suceso podría equipararse a lo acontecido no ha mucho a uno de nuestros príncipes que, habiendo sabido en Trento, donde se encontraba, la nueva de la muerte de su hermano mayor, en quien se cifraba el apoyo y honor de la casa, y luego igual desgracia de otro hermano menor, la segunda esperanza, y habiendo sufrido ambas pérdidas con una resignación ejemplar, como algunos días después a uno de sus servidores le acometiese la muerte, fue muy sensible a esta nueva, y perdiendo la calma se llenó de ostensible pena de tal modo, que algunos tomaron de ello pie para suponer que no le había llegado a lo vivo más que la última desgracia; pero la verdad del caso fue, que estando lleno y saturado de tristeza, la más leve añadidura hizo que su sentimiento se desbordase. Lo mismo podría decirse del hecho anteriormente citado, y la historia lo comprueba: Cambises, informándose de por qué Psamenito no se había conmovido ante la desgracia de su hijo ni la de su hija, sufrió dolor tal al ver la de uno de sus amigos: «Es, respondió, que sólo el último dolor ha podido significarse en lágrimas; los dos primeros sobrepasaron con mucho todo medio de expresión.»

Me parece que se relaciona con estos ejemplos la idea de aquel pintor de la antigüedad que teniendo que representar en el sacrificio de Ifigenia el duelo de los asistentes según el grado de pesar que cada uno llevaba en la muerte de aquella joven hermosa e inocente, habiendo el artista agotado los últimos recursos de su arte, al llegar al padre de la víctima le representó con el rostro cubierto, como si ninguna actitud humana pudiera expresar amargura tan extrema. He aquí por qué los poetas simulan a la desgraciada Niobe, que perdió primero siete hijos y en seguida otras tantas hijas, agobiada de pérdidas, transformada en roca,


Diriguisse malis[68],


para expresar la sombría, muda y sorda estupidez que nos agobia cuando los males nos desolan, sobrepasando nuestra resistencia. Efectivamente, el sentimiento que un dolor ocasiona, para rayar en lo extremo, debe trastornar el alma toda e impedir la libertad de sus acciones: como nos acontece cuando recibimos súbitamente una mala noticia, que nos sentimos sobrecogidos, transidos y como tullidos, e imposibilitados de todo movimiento; de modo que el alma, dando luego libre salida a las lágrimas y a los suspiros, parece desprenderse, deshacerse, y ensancharse a su albedrío:


Et via vix tandem voci laxata dolore est.[69]


En la guerra que el rey Fernando hizo a la viuda de Juan de Hungría, junto a Buda, un soldado de a caballo desconocido se distinguió heroicamente, su arrojo fue alabado por todos, a causa de haberse conducido valerosamente en una algarada donde encontró la muerte; pero de ninguno tanto como de Raïsciac, señor alemán, que se prendó de una tan singular virtud. Habiendo éste recogido el cadáver, tomado de la natural curiosidad, se aproximó para ver quien era, y luego que le retiró la armadura, reconoció en el muerto a su propio hijo. Esto aumentó la compasión en los asistentes: el caballero sólo, sin proferir palabra, sin parpadear, permaneció de pie, contemplando fijamente el cuerpo, hasta que la vehemencia de la tristeza, habiendo postrado su espíritu, le hizo caer muerto de repente.


Chi puó dir com' egli arde, e in picciol fuoco[70],


dicen los enamorados hablando de una pasión extrema


Misero quod omnes

eripit sensus mihi: nam, si nut·te,

Lesbia, adspexi, nihil est super mi

quod loquar amens:

lingua sed torpet;tenius sub artus

flamma dimanat; sonitu suopte

tinniunt aures; gemina teguntur

lumina nocte.[71]


No es, pues, en el vivo y más enérgico calor del acceso cuando lanzamos nuestras quejas y proferimos nuestras persuasiones; el alma está demasiado llena de pensamientos profundos y la materia abatida y languideciendo de amor; de lo cual nace a veces el decaimiento fortuito que sorprende a los enamorados tan a destiempo, u la frialdad que los domina por la fuerza de un ardor extremo en el momento mismo del acto amoroso. Todas las pasiones que se pueden aquilatar y gustar son mediocres


Curae leves loquuntur, ingentes stupent.[72]


La sorpresa de una dicha que no esperábamos, nos sorprende de igual modo:


Ut me conspexit venientem, et Troïa circam.

Arma amens vidit; magnis exterrita monstris,

diriguit visu in medio; calor ossa reliquit;

labitur, et longo vix tandem tempore fatur.[73]


A más de la mujer romana que murió por el goce que la ocasionó el regreso de su hijo de la derrota de Canas, Sófocles y Dionisio el Tirano fenecieron de placer; y Talva acabó sus días en Córcega, leyendo las nuevas de los honores que el senado romano le había tributado; en nuestro propio siglo al pontífice León X, habiéndosele notificado la tom de Milán, por él ardientemente deseada, le dominó al exceso de alegría, que le produjo una fiebre mortal. Y un testimonio más notable todavía de la debilidad humana, Diodoro el dialéctico, murió instantáneamente, dominado por una pasión extrema de vergüenza a causa de no encontrar un argumento hablando en público, con que confundir a su adversario. Yo me siento lejos de tan avasalladoras pasiones; no es grande mi recelo y procuro además solidificarlo y endurecerlo todos los días con la reflexión.



Como lo porvenir nos preocupa más que lo presente

Los que acusan a los hombres de marchar constantemente con la boca abierta en pos de las cosas venideras, y nos enseñan a circunscribirnos a los bienes presentes y a contentarnos con ellos, como si nuestro influjo sobre lo porvenir fuera menor que el que pudiéramos tener sobre lo pasado, tocan el más común de los humanos errores, si puede llamarse error aquello a que la naturaleza nos encamina para la realización de su obra, imprimiéndonos como a tantos otros, la falsa imaginación, más celosa de nuestra acción que de nuestra ciencia.

No estamos nunca concentrados en nosotros mismos, siempre permanecemos más allá: el temor, el deseo, la esperanza nos empujan hacia lo venidero y nos alejan de la consideración de los hechos actuales, para llevarnos a reflexionar sobre lo que acontecerá, a veces hasta después de nuestra vida. Calamitosus est animus futuri anxius[74].

El siguiente precepto es muy citado por Platón: «Cumple con tu deber y conócete.» Cada uno de los dos miembros de esta máxima envuelve en general todo nuestro deber, y el uno equivale al otro. El que hubiera de realizar su deber, vería que su primer cuidado es conocer lo que realmente se es y lo que mejor se acomoda a cada uno; él que se conoce no se interesa por aquello en que nada le va ni le viene; profesa la estimación de si mismo antes que la de ninguna otra cosa, y rechaza los quehaceres superfluos y los pensamientos y propósitos baldíos. Así como la locura con nada se satisface, así el hombre prudente se acomoda a lo actual y nunca se disgusta consigo mismo. Epicuro dispensa a sus discípulos de la previsión y preocupación del porvenir.

Entre las leyes que se refieren a las defunciones, la que juzgo más fundamentada es aquella por virtud de la cual se examinan las acciones de los príncipes y soberanos después de su muerte. Ellos son los compañeros, si no los dueños de las leyes: lo que la justicia no ha podido vencer en su vida, justo es que lo pueda sobre su reputación y los bienes de sus sucesores, cosas que a veces ponemos por cima de la propia existencia. Es una costumbre que lleva consigo ventajas singulares para las naciones en que se observa y digna de ser deseada por todos los buenos príncipes que tienen motivos de queja de que su memoria se trate como la de los malos. Debemos sumisión y obediencia igualmente a todos los reyes, pero tanto la estima como la afección la debemos únicamente a su virtud. Concedamos al orden político el sufrirlos pacientemente, aunque sean indignos; ayudemos con nuestra recomendación sus acciones indiferentes, mientras que su autoridad ha menester de nuestro apoyo; pero una vez acabadas nuestras relaciones, no es razón el negar a la justicia y a nuestra libertad la expresión de nuestros verdaderos sentimientos, y principalmente el rechazar a los buenos súbditos la gloria de haber fiel y reverentemente servido a un dueño cuyas imperfecciones le eran bien conocidas, quitando a la posteridad tan conveniente recurso. Aquellos que por respeto de algún beneficio recibido elogian cínicamente la memoria de un príncipe indigno de tal honor, hacen justicia particular a expensas de la justicia pública. Tito Livio dice verdad cuando escribe «que el lenguaje de los que viven a expensas de los monarcas está siempre lleno de ostentaciones vanas y testimonios falsos»; cada cual ensalza a su rey a la primera línea del valer y a la grandeza soberanos. Puede reprobarse la magnanimidad de aquellos dos soldados que interrogados por Nerón, el uno por qué no le quería bien: «Te quería, le contestó, cuando eras bueno; pero desde que te has convertido en parricida, incendiario y charlatán, te odio como mereces.» Preguntado el otro por qué pretendía darle muerte, respondió: «Porque no veo otro medio de evitar tus continuas malas acciones.» Pero los universales y públicos testimonios que después de su muerte se dieron y se darán siempre que se trate de príncipes perversos como él y demás reyes tiránicos, ¿qué sano espíritu puede reprobarlos?

Me contraría que en pueblo tan bien gobernado como el de los lacedemonios, hubiera una costumbre tan poco sincera como la de que voy a hablar. Cuando morían sus reyes, todos los confederados y vecinos, así como los ilotas, hombres y mujeres indistintamente, se hacían cortaduras en la frente en señal de duelo, y proclamaban con gritos y lamentos que el monarca cuya muerte lloraban, cualquiera que su índole hubiera sido, era el mejor soberano que habían tenido; así atribuían al rango la alabanza que sólo al mérito pertenece, y sólo al de la categoría más depurada.

Aristóteles, que en sus escritos todo lo abarca y comprende, habla de la frase de Solón que dice: «Nadie antes de morir puede considerarse dichoso»; sin embargo, hasta el mismo que ha vivido y muerto a medida de sus deseos, tampoco puede considerarse como feliz si su fama se desprestigia y si su descendencia es miserable. Mientras nos agitamos sobre la tierra, por espíritu de preocupación nos trasladamos donde nos place más cuando la vida nos escapa no tenemos ninguna comunicación con las cosas de por aca; así que podemos reponer al dicho de Solón que jamás hombre alguno es feliz puesto que no alcanza tal dicha sino que cuando ya no existe:


Quisquam

vix radicitus e vita se tollit, et jecit:

sed facit esse sui quiddam super inscius ipse...

Nec removet satis a projecto corpore sese, et

vindicat.[75]


Beltrán Duguesclin murió en el cerco del castillo de Randón, cerca de Puy, en Auvernia; habiendo sido vencidos los sitiados se vieron obligados a dejar las llaves de la fortaleza junto al cadáver. Bartolomé de Alviani, general del ejército veneciano, habiendo muerto en las guerras que estos sostuvieron en el Bresciano y su cadáver trasladado a Venecia, al través de Verona, ciudad enemiga, la mayor parte de sus tropas fue de parecer que se pidiera un salvoconducto a los veroneses; pero Teodoro Trivulcio se negó a ello, y antes profirió pasarlo a viva fuerza exponiéndose a los azares del combate, «no siendo propio, decía, que quien en vida jamás había tenido miedo a sus enemigos, una vez muerto les mostrase algún temor». En efecto, en caso análogo y por virtud de las leyes griegas, el que pedía al enemigo un cadáver para darle sepultura renunciaba por este hecho a la victoria, y no lo era ya posible dejar bien puesto el pabellón. Así perdió Nicias la que ganara en buena lid sobre los corintios; y por el contrario, Agesilao aseguró el triunfo que estuvo a punto de perder sobre los beocios.

Rasgos semejantes podrían parecer extraños, si no fuera costumbre de todos los tiempos, no solamente llevar el cuidado de nuestras vidas más allá de este mundo, sino también creer que con frecuencia los favores celestiales nos acompañan al sepulcro y siguen a nuestros restos. De lo cual hay tantos ejemplos antiguos, dejando a un lado los nuestros, que no hay para qué insistir. Eduardo I, rey de Inglaterra, habiendo observado en las dilatadas guerras que sostuvo con Roberto, rey de Escocia, cuanto su presencia hacía ganar a sus empresas, dándole siempre la victoria en las expediciones que dirigía, hallándose moribundo obligó a su hijo, por juramento solemne, que cuando dejara de existir hiciera cocer su cuerpo para separar así la carne de los huesos y que enterrase aquélla; y cuanto a los huesos, que los reservase para llevarlos consigo en las batallas siempre que hubiera de sostener guerra contra los escoceses, como si el destino hubiera fatalmente unido la victoria a sus despojos. Juan Ziska, que trastornó la Bohemia defendiendo los errores de Wiclef, quiso que le arrancaran la piel después de muerto y que con ella hicieran un tambor para tocarlo en las guerras que en adelante se sostuvieran contra sus enemigos, estimando que esto ayudaría a continuar las glorias que él había alcanzado en las lides contra aquellos. Algunos indios de América entraban en combate contra los españoles llevando el esqueleto de uno de sus jefes, en consideración de la buena estrella que en vida había tenido; otros pueblos americanos llevaban a la guerra los cadáveres de los más bravos que habían perecido en las batallas para que la fortuna les fuera favorable y les sirviesen de estímulo. Los primeros ejemplos no atribuyen a los muertos virtud mas que por reputación alcanzada, a causa de sus acciones, mas los segundos suponen la idea de la acción.

Quizás más digna de señalarse sea la acción del capitán Bayardo, quien sintiéndose herido de muerte por un arcabuzazo, y aconsejándole que se retirase del combate, respondió que no le parecía, que no estaba por empezar a volver la espalda al enemigo en los últimos momentos de su vida; habiendo combatido mientras para ello le quedaron fuerzas, cuando ya se sintió sin aliento, y próximo a caer del caballo, mandó a su maestresala que le tendiera al pie de un árbol de modo que pudiese morir con el rostro frente al enemigo, como lo hizo.

Me es necesario consignar este otro ejemplo, tan digno de memoria como los precedentes. El emperador Maximiliano, bisabuelo del rey Felipe actualmente en vida, era un príncipe a quien adornaban muy brillantes dotes y entre otras una belleza física singular; pero entre sus caprichos tenía el siguiente, bien contrario al de los príncipes que, para el despacho de sus más urgentes negocios, convierten en trono la silla de servicio; jamás tuvo criado de tanta confianza que le permitiera verle cuando hacía menesteres; ocultábase para orinar tan cuidadosamente como una doncella, y ni ante su propio médico, ni ante ninguna otra persona, cualesquiera que ésta fuese, mostraba sus desnudeces. Yo, que soy libre de palabra, propendo sin embargo por temperamento al pudor; si una gran necesidad no me obliga a ello, no muestro a los ojos de nadie las partes del cuerpo que el decoro obliga a tener guardadas. A tan supersticioso extremo llevó su hábito el príncipe de que hablo, que dispuso expresamente en su testamento que le atasen bien los calzoncillos cuando muriese, que la persona que se los sujetase tuviera los ojos vendados. El mandato que Ciro hizo a sus hijos de que ni éstos ni nadie viese ni tocase su cuerpo luego que el alma se desprendiera de la materia, atribúyelo a costumbre piadosa, pues así su historiador como aquel monarca, entre otros de sus relevantes méritos, mantuvieron durante todo el transcurso de su vida un especial cuidado de reverencia a las religiosas.

Disgustome la relación que un noble me hizo de un pariente mío, distinguido así en la paz como en la guerra acabando sus días, ya largos, en su casa señorial, atormentado por fuertes dolores de piedra, ocupó sus últimas horas con un cuidado intenso en disponer la ceremonia de su entierro, e hizo que, todos los nobles que le visitaron le dieran palabra de asistir a la ceremonia; y a su mismo soberano, que le había oído disponer semejantes preparativos, suplicole que los de su casa fueran también de la comitiva, empleando muchos ejemplos y razones para demostrar que tal honor pertenecía legítimamente a un hombre de su rango. Obtenida que fue la promesa, pareció expirar contento luego que hubo ordenado a su gusto el acompañamiento del cortejo fúnebre. Apenas he visto otro caso de vanidad tan perseverante.

Otra preocupación opuesta, de que también podría encontrar algún ejemplo en algunas familias, me parece hermanarse con la anterior, y consiste en cuidarse de un modo meticuloso, en los últimos instantes, en ordenar el entierro conforme a la más feroz economía, y en reducir todo el séquito a un criado con una farola. Tal fue el proceder de Marco Emilio Lépido, a quien se alaba por ello, el cual escribió a sus herederos que para él se llevaran a cabo las ceremonias acostumbradas en tales casos. ¿Testimonia frugalidad y templanza el evitar los gastos y beneficios de cuyo disfrute y conocimiento no podemos ya darnos cuenta? Es cuando más una privación sencilla y de poco coste. Si hubiera necesidad de ordenar tales aprestos, sería mi parecer que en esta como en todas las demás cosas de la vida, cada cual los dispusiera con arreglo a su estado de fortuna. El filósofo Lycón ordena cuerdamente a sus amigos que depositen su cuerpo donde mejor les parezca; y en cuanto a los funerales, les dice que no sean ni demasiado mezquinos ni suntuosos con exceso. En punto a entierro, me acomodaré la costumbre general, y me encomendaré a la voluntad de aquellos que a la hora de mi muerte me rodeen. Totus me locus est contemnendus in nobis, non negligendus in nostris[76]. Y muy santamente escribe un padre de la Iglesia: Curatio funeris, conditio sepulturae, pompa exsequíarum, magis sunt vivorum solalia, quam, subsidia mortuorum[77]. Por eso Sócrates responde a Critón, que le pregunta en el momento de su muerte cómo quiere ser enterrado: «Como mejor te cuadre.» Si el temple de mi alma alcanzara a tanto, mejor preferiría imitar a los que vivos y rozagantes arreglan y hasta disfrutan del orden y disposición de su sepulcro, y se complacen viendo su marmórea representación funeraria. ¡Dichosos los que saben hacer que sus sentidos gocen en presencia de la insensibilidad y vivir de su muerte!

Cuando viene a mi memoria la inhumana injusticia del pueblo ateniense, que hizo morir sin remisión, sin querer siquiera oír sus defensas, a los valientes capitanes que acababan, de ganar contra los lacedemonios en combate naval que se libró cerca de las islas Arginensas, poco me falta para detestar con irreconciliable odio toda dominación popular, aunque en el fondo me parezca la más justa y natural. Aquel combate fue el más reñido, el más encarnizado que los griegos libraran por mar con sus escuadras, y se sacrificó a sus caudillos porque después de la victoria siguieron la conducta que la ley de la guerra les brindara, mejor que detenerse a recoger y dar sepultura a sus muertos. Hace más odiosa todavía esta ejecución la varonil y generosa conducta de Diomedón, uno de los condenados, hombre dotado de grandes virtudes militares y políticas, el cual, adelantándose para hablar a sus jueces, luego de haber oído el decreto que le condenaba, que era la ocasión única en que lo era lícito hablar, en lugar de emplear sus palabras en defensa de su causa y de hacer flagrante la evidente injusticia de un decreto tan cruel, ninguna palabra dura tuvo para los que le juzgaban; rogó sólo a los dioses que convirtieran la sentencia en beneficio de los que la dictaron. Y con el fin de que por dejar sin cumplimiento las promesas que él y sus compañeros habían echo a las divinidades por haberles otorgado un tan señalado triunfo, la ira celeste no descargara sobre los condenadores, Diamón explicó en qué consistían aquéllas. Al punto, sin proferir una palabra más, sin titubear, encaminose al suplicio con heroico continente.

Años después la fortuna les infringió el mismo castigo: Cabrías, general de las fuerzas marítimas, habiendo tenido la mejor parte en el combate contra Pollis, almirante de Esparta en la isla de Naxos, perdió todos los beneficios de una victoria decisiva por no incurrir en igual desgracia que los anteriores; queriendo recoger algunos cadáveres que flotaban en el mar dejó salvarse un número importante de enemigos que les hicieron pagar bien cara su importuna superstición:


Quaeris, quo jaceas, post obitum, loco?

Quo non nata jacent.[78]


Ennio concede el sentimiento del reposo a un cuerpo sin alma:


Neque sepulcrum quo recipiatur, habeat portum corporis

ubi remissa humana vita, corpus requiescat a malis?[79]


Igualmente la naturaleza nos muestra que algunas cosas muertas guardan todavía relaciones ocultas con la vida: el vino se altera en las bodegas al tenor de los cambios que las estaciones producen las vides, y la carne montesina cambia de naturaleza y sabor en los saladeros, del propio modo que la de los animales vivos, al decir de algunos.



Como el alma descarga sus pasiones sobre objetos falsos, cuando los verdaderos la faltan

Un noble francés, extremadamente propenso al mal de gota, a quien los médicos habían prohibido rigorosamente que comiera carnes saladas, acostumbraba a reponer, bromeando, al precepto facultativo: «Menester es que yo encuentre a mano alguna causa a que achacar mi alma; maldiciendo unas veces de las salchichas y otras de la lengua de vaca y del jamón, parece que me siento más aliviado.

De la propia suerte que cuando alzamos el brazo para sacudir un golpe, nos ocasiona dolor el que no encuentre materia con que tropezar, dar el golpe en vago, y así como para que la vista de un panorama sea agradable, es necesario que no esté perdido ni extraviado en la vaguedad del aire, sino que se encuentre situado en lugar conveniente:


Ventus ut amittit vires, nisi robore densae

ocurrant silvae, spatio difusus inani[80],


de igual modo parece que el alma, quebrantada y conmovida, se extravía en sí misma si no se la proporciona objeto determinado; precisa en toda ocasión procurarla algún fin en el cual se ejercite. Plutarco dice, refiriéndose a los que tienen cariño a los perrillos y a las monas, que la parte afectiva que existe en todos los humanos, falta de objeto adecuado, antes que permanecer ociosa se forja cualquiera, por frívolo que sea. Vemos pues, que nuestra alma antes se engaña a si misma enderezándose a un objeto frívolo o fantástico, indigno de su alteza, que permanece ociosa. Así los animales llevados de su furor, se revuelven contra la piedra o el hierro que los ha herido, y se vengan a dentelladas sobre su propio cuerpo, del daño que recibieron:


Pannoni, haud aliter post ictum saevior ursa,

cui jaculum parva Lihys amentavit habena,

se rolat in vulnus, telumque irata receptum

impetit, et secum fugientem circuit hastam.[81]


¿A cuántas causas no achacamos los males que nos acontecen? ¿En qué no nos fundamos, con razón o sin ella, para dar con algo con qué chocar? No son las rubias trenzas que desgarras, ni la blancura de ese pecho que despiadada, golpeas, los que han perdido al hermano querido a quien lloras; busca en otra parte la causa de tus quejas. Hablando Tito Livio del ejército romano que peleaba en España después de la pérdida de los dos hermanos, los grandes capitanes[82], dice: flere omnes repente el offensare capita.

El filósofo Bión habla de un rey a quien la pena hizo arrancarse los cabellos; y añade bromeando: «Pensaba, acaso, que la calvicie aligera el dolor.» ¿Quién no ha visto mascar y tragar las cartas o los dados a muchos que perdieron en el juego su dinero? Jerjes azotó al mar, y escribió un cartel de desafío al monte Atos. Ciro ocupó todo un ejército durante varios días en vengarse del río Gindo, por el temor que había experimentado al cruzarlo. Calígula demolió una hermosa vivienda por el placer que su madre había en ella disfrutado.

Los campesinos decían cuando yo era mozo que el rey de una nación vecina, habiendo recibido de Dios una tunda de palos, juró vengarse de tal ofensa; para ello ordenó que durante diez años ni se rezase ni se hablase del Criador, y si a tanto alcanzaba su autoridad, que tampoco se creyese en él. Con todo lo cual quería mostrarse, no tanto la estupidez como la vanidad pertinente a la nación a que se achacaba el cuento; ambos son siempre defectos que marchan a la par, aunque tales actos tienen quizás más de fanfarronería que de estupidez. César Augusto, habiendo sido sorprendido por una tormenta en el mar, desafió, al dios Neptuno, y en medio de la pompa de los juegos circenses, hizo que quitaran su imagen de la categoría que le pertenecía entre los demás dioses para vengarse de sus iras, en lo cual es menos excusable que los primeros, y menos aún cuando, habiendo perdido una batalla bajo el mando de Quintino Varo en Alemania, de desesperación y cólera golpeaba su cabeza contra la muralla, gritando: «Varo, devuélveme mil legiones!» Los primeros se dirigían al propio Dios o a la fortuna, como si ésta tuviera oídos para escucharlos, a ejemplo de los tracios que, cuando traería, o relampaguea, arrojan flechas al cielo para calmar las iras de la naturaleza. En fin, como dice este antiguo poeta en un pasaje de Plutarco:


Point ne se fault courroacer aux affaires;

il ne no leur chault de toutes nos choleres.[83]


Nunca acabaríamos de escribir vituperios contra los desórdenes de nuestro espíritu.



Si el jefe de una plaza sitiada debe o no salir a parlamentar

Lucio Marcio, legado de los romanos en la guerra contra Perseo, rey de Macedonia, queriendo ganar el tiempo de que había menester para organizar su ejército, aparentó desear llegar a un acuerdo; el rey, distraído, le concedió algunos días de tregua, facilitando así a su enemigo recursos, oportunidad y tiempo para apercibirse mejor a la lucha, con lo cual encontró su ruina. El senado romano, guardador de las costumbres dignas de memoria, acusó tal práctica como enemiga de la antigua, que era, según los miembros de aquel cuerpo, combatir frente a frente, no valiéndose de sorpresas ni emboscadas nocturnas, ni de huidas aparentes y ataques inesperados, no dando comienzo a una guerra sin antes haberla declarado, y a veces después de haber señalado previamente la hora y el lugar de la batalla. Por virtud de aquel proceder rechazaron al médico traidor que Pirro les envió y a los faliscos el preceptor desleal. Tal era el proceder de los romanos en oposición a la sutileza griega y a la astucia púnica, según las cuales vencer por la fuerza era menos glorioso que vencer, por el engaño. El que se sirve de malas artes y logra su deseo, se da por satisfecho; pero sólo se da por bien derrotado el que reconoce haberlo sido, no por el engaño ni el azar, sino por el valor, de ejército a ejército, en franca y abierta lucha. Dedúcese de aquí que esas buenas gentes no habían aceptado como justa esta hermosa sentencia:


Dolus an virtus quis in hoste requirat?[84]


Refiere Polibio que los aqueos detestaban en sus guerras todo propósito engañoso, no estimando victoria buena más que aquella en que los esfuerzos del enemigo fueron bien abatidos. Eam vir sanctus el sapiens sciet veram esse victoriam, quae, salva fide el integra dignitate parabitur[85], añade Cicerón.


Vosne velit an me, regnare era, quidve ferat, fors,

virtute experiamur.[86]


En el reino de Ternate, que figura entre las naciones que nos complacemos en llamar bárbaras, es costumbre no emprender guerra alguna sin haberla antes anunciado, y declarado ampliamente las fuerzas de que disponen, número de combatientes, municiones y qué género de armas, así ofensivas como defensivas van a emplearse en la lucha; tal formalidad cumplida, si sus enemigos no llegan a un acuerdo, no tienen aquéllos inconveniente en servirse de cuantos medios están en su mano para lograr la victoria.

Los antiguos florentinos estaban tan lejos de alcanzar por sorpresa ventaja sobre sus enemigos, que advertían a éstos un mes antes de echarlas tropas al campo por medio del continuo toque de la campana, que llamaban Martinella.

Menos escrupulosos nosotros, damos la palma sólo al que vence, y practicamos la doctrina de Lisander, el cual decía: «Donde no basta la piel del león, precisa añadir un trozo de la del zorro.» Las más frecuentes ocasiones de sorpresa se sacan de esta sentencia. Es principio recibido entre todos nuestros guerreros, «que jamás el gobernador de una fortaleza sitiada salga a parlamentar». Fue esto mal visto en tiempos recientes y reprochando a los señores de Montmord y de l'Assigny, que defendían a Mouson peleando contra el duque de Nassau. Discúlpase, sin embargo, al que sale de tal suerte que la ventaja y seguridad permanecen de su parte; como hizo en la ciudad de Reggio el conde Guido de Rangan (si concedemos crédito a Bellay, pues Guieciardini asegura que fue él el autor del hecho), cuando el señor del Escut se acercó para parlamentar, porque permaneció aquél tan cerca de su fortaleza, que habiéndose producido algún desorden durante la entrevista, no sólo el señor del Escut y los suyos se vieron debilitados, sino que Alejandro Trivulcio fue muerto y el propio del Escut viose obligado, para mejor defensa, a seguir al conde y a cobijarse bajo la buena fe de éste al resguardo del peligro en la ciudad.

Eumenes, en la ciudad de Nora, obligado por Antígono que la sitiaba a salir para hablarle, alegando que era de razón que saliese a su encuentro, en atención a que el segundo era el más fuerte, después de haber dado la siguiente noble respuesta: «No estimo que otro sea más fuerte que o, en tanto que disponga de mi espada» no consintió en abandonar su puesto hasta que Antígono le dio a su sobrino en rellenes conforme había pedido.

No les fue mal a algunos fiándose en la palabra del sitiador; testimonio de ello es el caso de Enrique de Vaux, caballero de la Champagne, quien fue cercado en el castillo de Commercy por los ingleses. Bartolomé de Bonnes, que mandaba la plaza, hizo quemar gran parte del castillo; de modo que el fuego amenazaba acabar con las vidas de los que se hallaban dentro. De Vaux fue invitado a parlamentar en su provecho por el sitiador, y así lo hizo. Como su completa ruina, en caso contrario, no se lo ocultaba, se sintió singularmente reconocido al enemigo, a la merced del cual se encomendó. Apenas llegó el fuego a la mina, el castillo quedó enteramente destruido.

Tengo siempre confianza en la buena fe de los demás; pero mal de mi grado me encomendaría a ella, cuando mi determinación hiciera suponer o presumir la desesperación o la falta de valor; prefiero entregarme a la franqueza y crédito en la lealtad ajena.



Hora peligrosa de los parlamentos

Poco ha he visto en el territorio de mis vecinos de Mussidán que los que fueron arrojados por nuestro ejército y sus aliados, calificaban de traición el que durante las gestiones para llegar a un acuerdo se les había sorprendido y dejado maltrechos, conducta que acaso hubiera sido verosímil en otros siglos. Como queda dicho en el capítulo anterior nuestro modo de obrar se aparta enteramente de tales costumbres lejanas; mas sin embargo no debe concederse crédito de unos para otros hasta que las últimas formalidades estén bien determinadas, y aun entonces queda todavía bastante en que pensar. Siempre ha sido abandonarse al azar el fiarse en la licencia de un ejército victorioso. La observancia de la palabra dada a una ciudad que se rinde quedó generalmente incumplida al dejar la entrada libre a los soldados vencedores.

Lucio Emilio Regilo, pretor romano, habiendo puesto todo su conato en apoderarse de la ciudad de Phoces, no consiguió su intento a causa de la singular proeza de sus habitantes que se defendieron a maravilla, e hizo con ellos pacto de considerarlos como amigos del pueblo romano, así como de entrar en el territorio como en ciudad confederada, logrando así que acabaran las hostilidades; mas habiéndose efectuado la entrada en compañía de su ejército para dar mayor pompa al espectáculo, no estuvo en las manos del pretor el contener a sus soldados, por más esfuerzos que hizo, y ante sus ojos vio que saquearon buena parte de la plaza: la venganza y la avaricia sobrepujaron la autoridad del jefe, así como la disciplina militar.

Decía Cleómenes que cualquiera que fuera el daño que al enemigo se hiciera en la guerra, aquél estaba por cima de toda justicia, y que era además ajeno a ley ninguna, ni de los dioses ni de los hombres. Habiendo dicho guerrero ajustado una tregua de siete días con los argianos, tres solamente eran pasados cuando cargó sobre ellos hallándose dormidos, y acabó con todos, alegando como defensa de su proceder que en el convenio hecho no se había hablado de las noches. Los dioses vengaron tan pérfida sutileza.

En ocasión de celebrarse un parlamento entre los magistrados de la ciudad de Casilinum, fue ésta tomada por sorpresa; aconteció el hecho, sin embargo, en el siglo de Roma en que florecieron los más justos capitanes y en que las milicias estaban mejor regimentadas. Siempre que para ello tropezamos con ocasión favorable nos prevalemos de la torpeza de nuestros enemigos, así como de su falta de valor. Cuenta la tierra con privilegios razonables que la razón no aprueba, y no se cumple aquí la máxima Neminem id agere, ut ex alterius praedetur inscitia[87]; pero me sorprende la extensión que Jenofonte da a aquellos a juzgar, por las ideas y por las diversas expediciones del emperador de quien escribió las hazañas. Aunque merezca gran crédito en tales cosas, como experimentado capitán y filósofo de los primeros discípulos de Sócrates, yo no puedo aceptar como buenos esos privilegios en todas sus partes.

El señor de Aubigny puso cerco a Capua, y después de haber llevado a cabo un furioso ataque, Fabricio Colona, que defendía la ciudad, comenzó a parlamentar desde un baluarte; mientras sus gentes se habían descuidado algún tanto, las de Aubigny, apoderáronse de la ciudad e hicieron un gran destrozo. Recientemente en Ivoy, el señor Juan Romero, habiendo incurrido en el desacierto de salir a parlamentar con el condestable, encontró a su regreso la plaza tomada. El marqués de Pescara sitiando a Génova, donde el duque Octavio Fregoso mandaba bajo la protección francesa, estando ya de acuerdo ambos caudillos, habiendo ya adelantado tanto que se daba ya por hecho, estando ya a punto de ratificarse, los españoles penetraron en la plaza y procedieron como si hubieran ganado la victoria. Más tarde, en Ligny, en Barrois, donde el conde de Brienne ejercía el mando, habiéndole sitiado el emperador en persona, Bertheville, lugarteniente del citado conde salido a parlamentar, durante esta operación la ciudad se encontró tomada;


Fú il vincer sempremai laudabil cosa,

vincasi o per fortuna o per ingegno[88],


dicen los que así obran; pero el filósofo Crisipo no hubiera sido de este parecer, ni yo tampoco; pues decía que aquellos que compiten en la carrera deben emplear todos los recursos de que disponen, pero en manera alguna les es lícito poner mano en el adversario para detenerle, ni tampoco la pierna para que caiga. Y expresándose todavía de modo más generoso, el gran Alejandro Polipercón, a quien querían persuadir para que se aprovechara de la ventaja que la oscuridad y la noche le proporcionaban para atacar a Darío: «De ningún modo, respondió, no está en mí ir en busca de victorias de mala ley: malo me fortunae paeniteat, cuam victoriae pudeat.»[89]


Atque idem fugientem haud est dignatus Oroden

sternere, nec jacta caecum dare cuspide vulnus:

obvius adversoque ocurrit, seque viro vir

contulit, haud furto melior, sed fortibus armis.[90]



Que la intención juzga nuestras acciones

Dícese que la muerte nos libra de todos nuestros compromisos. Yo sé de algunos que han interpretado este principio de diverso modo. Enrique VII, rey de Inglaterra, convino con don Felipe, hijo del emperador Maximiliano, o, para designarle de una manera más honrosa, padre del emperador Carlos V, en que le hiciera entrega del duque de Suffol de la Rosa blanca, su enemigo, que había huido y buscado asilo en los Países Bajos, con la condición de que no atentaría contra la vida de dicho duque; sin embargo, a la hora de morir ordenó a su hijo en el testamento que diera muerte a Suffol en cuanto él hubiera exhalado el último suspiro. Poco ha, en esa tragedia de los condes de Horn y Hegmond que el duque de Alba nos hizo ver en Bruselas, hubo toda suerte de acontecimientos notables. El conde de Hegmond, bajo cuya fe y seguridad su compañero se entregó al duque, rogó con grande insistencia que se le hiciera morir el primero a fin de pagar con su vida la del conde de Horn. La muerte no descargó al primero de la fe prometida, y el segundo pudo estar libre sin sucumbir. No podemos mantenernos más allá de nuestras fuerzas ni de nuestros medios; por esto, y porque nuestros esfuerzos y ejecuciones no residen en modo alguno en nuestro poder, no hay nada tan real en nuestro albedrío como la voluntad; en ella se fundan y establecen por necesidad todas las reglas del deber del hombre. Así, el conde de Hegmond que tenía su alma y voluntad sujetas a su promesa, bien que la facultad de efectuarla no estuviera en su mano, quedaba sin duda libre de su deber, aun cuando hubiese sobrevivido al conde de Horn. Pero el rey de Inglaterra, faltando a la palabra dada por designio, no puede encontrar excusa por haber dejado para después de la muerte, la ejecución de su deslealtad; como tampoco el arquitecto de que nos habla Heródoto, el cual guardó lealmente durante toda su vida el secreto del lugar en que se encontraban los tesoros del rey de Egipto, su señor, y al morir lo descubrió a sus hijos.

He visto algunos hombres que en vida retuvieron a sabiendas intereses ajenos, disponerse a entregarlos por su testamento, después de su muerte. Con semejante proceder nada hacen de eficaz, ni al aplazar cosa tan urgente, ni al pretender borrar falta tan grave mediante sacrificio tan escaso. Este debe ser mayor cuanto que pagan a regañadientes; su satisfacción debe ser más justa y meritoria: la penitencia exige el sacrificio. Todavía son más dignos de reprensión los que guardan la declaración de alguna odiosa voluntad hacia el prójimo para sus últimos instantes, habiéndola ocultado toda su vida; dan estos muestra de estimar en poco su propio honor, irritando al ofendido contra su memoria, y menos todavía su conciencia, no habiendo sabido hacer extinguir su odio por el respeto de la muerte misma, y llevándolo hasta más allá del sepulcro. Jueces injustos que juzgan cuando carecen ya de conocimiento de causa. Yo me guardaré, si puedo, de que mi muerte diga nada que mi vida no haya sostenido y abiertamente declarado.



De la ociosidad

Como vemos los terrenos baldíos, si son fecundos y fértiles, poblarse de mil suertes de hierbas espontáneas e inútiles, y que ara que produzcan provechosamente es preciso cultivarlos y sembrarlos de determinadas semillas para nuestro servicio; y así como vemos a las mujeres producir solas montones informes de carne[91], y que para que resulte una generación provechosa y natural es necesario depositar en ellas otra semilla, así acontece con los espíritus; si no se los ocupa en labor determinada que los sujete y contraiga se lanzan desordenadamente en el vago campo de las fantasías,


Sicut aquae tremulum labris ubi lumen ahenis

sole repercussum, aut radiantis imagine Lunae,

omnia pervolitat, late loca; jamque sub auras

erigitur, summique ferit loquaeria tecti[92];


y no hay ensueño ni locura que el entendimiento no engendre en agitación semejante:


Velut aegri somnia, vanae

finguntur species.[93]


El alma se pierde cuando no tiene un fin establecido, pues como suele decirse, estar en todas partes no es encontrarse en ninguna.


Quisquis ubique habitat, Maxime nusquam habitat.[94]


Yo, que últimamente me he recogido en mi casa decidido en cuanto de mi voluntad dependa a pasar en reposo y solo la poca vida que me queda, pareciome no poder prestar beneficio mayor a mi espíritu que dejarlo en plena libertad, abandonado a sus propias fuerzas, que se detuviese donde tuviera por conveniente, con lo cual esperaba que pudiera en lo sucesivo adquirir mayor madurez mas yo creo que, como


Variam semper dant otia mentem[95],


ocurre precisamente lo contrario. Cuando el caballo escapa solo, toma cien veces más carrera que cuando el jinete lo conduce; mi espíritu ocioso engendra tantas quimeras, tantos monstruos fantásticos, sin darse tregua ni reposo, sin orden ni concierto, que para poder contemplar a mi gusto la ineptitud y singularidad de los mismos, he comenzado a poneros por escrito, esperando con el tiempo que se avergüence al contemplar imaginaciones tales.



De los mentirosos

No hay ningún hombre más desacertado que yo para hablar de memoria, pues es tan escasa la que tengo que no creo que haya en el mundo nadie a quien falte más que a mí esta facultad. Todas las demás son en mí viles y comunes, pero en cuanto a memoria me creo un ente singular y raro digno de ganar reputación y nombradía. Además de la falta natural que experimento (en verdad vista su necesidad Platón hace bien en nombrarla diosa grande y poderosa) si en mi país quieren señalar a un hombre falto de sentido, dicen de él que no tiene memoria; cuando me quejo de la falta de la mía me reprenden y no quieren creerme, como si me acusara, de falta de sensatez: no establecen distinción alguna entre memoria y entendimiento, lo cual agrava mi situación, pero no me perjudica, pues por experiencia se ve que las memorias excelentes suelen acompañar a los juicios débiles. Equivócanse también no haciéndome justicia, en el respecto siguiente: quien como yo no sabe hacer bien nada, aparte de ser excelente amigo, ve que para ellos las mismas palabras que acusan mi enfermedad representan la ingratitud; forman idea de mi afección por mi memoria, y de un defecto natural hacen un defecto de conciencia: «Olvidó, dicen, esta súplica o esta promesa; no se acuerda de sus amigos; no se ha acordado de decir, hacer o callar esto o aquello por la estimación que me tiene.» A la verdad, yo puedo fácilmente olvidar, pero dejar de cuidarme del encargo que un amigo me ha confiado, no lo hago nunca. Que se disimule, pues, mi defecto, sin hacerlo consistir en malicia y mucho menos en una malicia que se opone abiertamente a mi carácter.

Algo me sirve de consuelo en esta falta de memoria el convencimiento de que es un mal de que me valgo para corregir otro peor, que fácilmente hubiera germinado en mí y el cual es la ambición, pues no puede soportar la falta de memoria quien está sumido en los negocios del mundo. Como rezan varios ejemplos semejantes del progreso de la naturaleza, la ausencia de memoria ha fortificado en mí otras facultades a medida que ésa me ha faltado; de tener buena memoria fácilmente seguiría las huellas ajenas, mi espíritu languidecería por no ejercer sus propias facultades, como suele hacer casi todo el mundo, que se sirve de las extrañas opiniones por tenerlas presentes en la mente; mi discurso por la misma razón tampoco es muy extenso ni dilatado, pues sólo merced a la memoria se almacenan las especies que el juicio no procura. Si me hallara favorecido por tal facultad hubiera ensordecido a mis amigos con mi charla; los asuntos, al despertar en mí la facultad que yo poseo de manejarlos y emplearlos, alargarían en demasía mis disertaciones. Es cosa lamentable, yo lo veo por algunos de mis amigos, a medida que la memoria les representa el caso de que hablan por todas sus fases, retroceden en su narración, cargándola con tan inútiles detalles, que si lo que refieren es interesante, ahogan todo el interés; y si no lo es, hay tanta razón para maldecir de su feliz memoria como de su juicio desdichado. Es cosa harto difícil cerrar una relación y cortarla una vez que se ha comenzado; nada hay que mejor pruebe la fuerza de un caballo que el que se pare neto y en redondo. Aun entre las personas dotadas de tacto veo muchas que quieren y no pueden apartarse ele la carrera emprendida, mientras buscan el punto para cerrar el paso: marchan faramalleando y arrastrándose como hombres que sucumben de debilidad. Sobre todo son peligrosos los viejos en quienes permanece vivo el recuerdo de las cosas pasadas y que perdieron la memoria de sus repeticiones. He visto relaciones muy agradables convertirse en aburridas en la boca de un anciano, porque cada uno de los circunstantes las había oído cien veces por lo menos.

La segunda ventaja de la falta de memoria consiste en recordar menos las ofensas recibidas; como decía Cicerón, para ello sería menester un protocolo. Darío, para no echar en olvido la ofensa que había recibido de los atenienses, hacía que un paje le repitiera al oído tres veces, siempre que se sentaba a la mesa: «Señor, acordaos de los atenienses.» Además, los lugares y libros que veo por segunda o tercera vez, se me ofrecen siempre como una novedad.

No sin razón se dice que quien no se sienta fuerte de memoria debe apartarse de la mentira. Bien sé que los retóricos establecen diferencia entre mentir y decir mentira; aseguran que decir mentira es decir cosa falsa que se tomó por verdadera; y que la definición de la palabra mentir, en latín, de donde nuestra lengua la ha tomado, vale tanto como ir contra su conciencia, y que, por consiguiente, esto no se relaciona sino con los que dicen algo contrario a lo que saben, a los cuales me refiero. Ahora bien, éstos o lo inventan todo a su guisa, o alteran y trastornan aquello que es verdadero. Cuando cambian y desfiguran una cosa, al ponerla en su lugar un interlocutor, es difícil que se desconcierten, en atención a que su idea, tal cual es, habiéndose acomodado primeramente en su memoria o impreso en ella por la vía del conocimiento y de la ciencia, es difícil que no se presente a imaginación desalojando la falsedad, que no puede tener el pie tan seguro ni asentado, y las circunstancias del primer aprendizaje, esparciéndose de diversas suertes en el espíritu, tampoco hacen perder el recuerdo de la parte falsa o bastarda. En aquellos otros que inventan fondo y forma, como no hay ninguna impresión contraria que choque a su falsedad, tanto menos semejan equivocarse. De todos modos acontece que, como la mentira es un cuerpo vano y sin fundamento escapa fácilmente a la memoria, si ésta no es fuerte y bien templada. De lo cual he tenido experiencia frecuente en casos graciosos ocurridos a expensas de los que forman constantemente el propósito de ser de la misma opinión de la persona a quien hablan, bien en los asuntos que negocian, bien por dar satisfacción a los grandes; pues estas circunstancias en las cuales quieren prescindir de su fe y de su conciencia, estando sujetas a cambios frecuentes, preciso es que sus palabras se diversifiquen a medida que ellas cambian, de donde resulta que tratándose de la misma cosa, unas veces dicen gris, otras amarillo a una persona de un modo, a otra de manera distinta. Y si por fortuna esta clase de hombres acomodan opiniones tan contrarias ¿en qué se convierte tan hermoso arte? ¡a más de que imprudentemente ellos mismos se desconciertan con tanta frecuencia! Porque, ¿de qué memoria no habrían menester para acordarse de tantas formas diversas como forjaron de un mismo asunto? En mi tiempo he visto envidiar a algunos esta clase de habilidad, los cuales no ven que si la reputación la acompaña, ésta carece de todo fundamento.

Es a la verdad la mentira un vicio maldito. No somos hombres ni estamos ligados los unos a los otros más que por la palabra. Si conociéramos todo su horror y trascendencia, la perseguiríamos a sangre y fuego, con mucho mayor motivo que otros pecados. Yo creo que de ordinario se castiga a los muchachos sin causa justificada, por errores inocentes, y que se les atormenta por acciones irreflexivas que carecen de importancia y consecuencia. La mentira sola, y algo menos la testarudez, parécenme ser las faltas que debieran a todo trance combatirse: ambas cosas crecen con ellos, y desde que la lengua tomó esa falsa dirección, es peregrino el trabajo que cuesta y lo imposible que es llevarla a buen camino; por donde acontece que comúnmente vemos mentir a personas que por otros respectos son excelentes, las cuales no tienen inconveniente en incurrir en este vicio. Trabaja en mi casa un buen muchacho, sastre, a quien jamás oí decir verdad más que cuando le conviene. Si como la verdad, la mentira no tuviera más que una cara, estaríamos mejor dispuestos para conocer aquélla, pues tomaríamos por cierto lo opuesto a lo que dijera el embustero mas el reverso de la verdad reviste cien mil figuras y se extiende por un campo indefinido. Los pitagóricos creen que el bien es cierto y limitado, el mal infinito e incierto. Mil caminos desvían del fin, uno solo conduce a él. No me determino a asegurar que yo fuera capaz para salir de un duro aprieto o de un peligro evidente y extremo, de emplear una descarada y solemne mentira. Plinio dice que nos encontramos más a gusto en compañía de un perro conocido que en la de un hombre cuya veracidad de lenguaje desconocemos. Ut externus alieno non sit homines vice[96]. El lenguaje falso es en efecto mucho menos sociable que el silencio.

El rey Francisco I se alagaba de haber arrollado por medio de tales artes a Francisco Taverna, embajador de Francisco Sforza, duque de Milán. Era este legado hombre famosísimo en la ciencia de la charla, y había recibido de su señor la misión de disculparle a los ojos del monarca a causa de un suceso de importancia grave. El rey, para estar informado de las cosas de Italia, de donde había sido expulsado, incluso del ducado de Milán, decidió enviar cerca de Sforza un gentilhombre que le sirviera de hecho de embajador, pero que en apariencia simulara residir en el país por sus negocios particulares, lo cual era posible fingir porque el poder del duque dependía más del emperador (sobre todo en aquella época en que preparaba el matrimonio con su sobrina, hija del rey de Dinamarca, que es al presente dueña de Lorena), y no podía descubrir, sin perjuicio de sus intereses, que tal personaje tuviera ninguna relación ni comunicación con nosotros. A esta comisión se prestó un caballero milanés, caballerizo de la casa real llamado Maravilla, quien, despachado con cartas secretas y particulares instrucciones como embajador, y llevando además otras de recomendación para el duque en favor de sus asuntos particulares, para cubrir las apariencias, permaneció tanto tiempo cerca de ese personaje, que habiéndolo advertido el emperador, disgustose por ello, lo cual a mi ver dio lugar a lo que sucedió después, y fue que, so pretexto de una muerte misteriosa, el duque mandó que le cortaran la cabeza de noche, habiendo el proceso durado sólo dos días. Francisco Taverna se encargó de tergiversar lo acontecido (el rey había reclamado a todos los príncipes de la cristiandad y al duque mismo), y en sus declaraciones relató mil patrañas, entre otras que su señor jamás consideró al muerto sino como gentilhombre privado y súbdito suyo, a quien habían llevado a Milán sus negocios particulares, añadiendo además que no sabía que perteneciera a la casa del soberano, ni mucho menos que fuera su representante. El rey a su vez, acorralándole con diversas objeciones y preguntas, y cercándole por todos lados, llevole por fin al punto de la ejecución, que se llevó a cabo como queda dicho, por la noche, y como a escondidas, a lo cual el pobre hombre, confundido por completo, respondió para echárselas de sencillote, que por respeto a su majestad, el duque no hubiera consentido que hubiese tenido lugar durante el día. Puede suponerse cómo fue cogido en la trampa, habiéndoselas con un hombre de tan aguzado olfato como Francisco I.

El papa Julio II envió un embajador al rey de Inglaterra para impulsarle a la guerra contra el rey Francisco. Luego que fue conocida su misión, como el rey de Inglaterra insistiera en su respuesta sobre los obstáculos que veía para disponer los preparativos necesarios con que combatir a un soberano tan poderoso, el embajador replicó torpemente que él por su parte los había pesado también y se los había hecho presentes al papa. Por estas palabras, bien ajenas a su misión, que no era otra que la de empujarle desde luego a la lucha, el rey infirió lo que se corroboró después, o sea que el embajador, por designio propio, era un auxiliar de Francia. Advertido de ello el papa fuéronle confiscados todos los bienes y faltole poco para perder la vida.



Del hablar pronto o tardío

No a todos fueron concedidos todos los dones; así vemos que entre los que poseen el de la elocuencia, unos tienen la prontitud, facilidad y réplica tan oportunas, que en cualquiera ocasión están prestos a la respuesta; otros, menos vivos, nunca hablan nada que antes no hayan bien meditado y reflexionado.

Así como se recomienda a las damas los juegos y ejercicios corporales que contribuyen al acrecentamiento de su belleza, si yo tuviese que aconsejar qué género de elocuencia de las dos citadas conviene más al predicador y al abogado, entiendo que el que no sea improvisador es más apto para orador sagrado, y que, al que por el contrario, lo es, conviene la abogacía. El orador sagrado dispone siempre del tiempo necesario para preparar sus oraciones, y sus discursos no son nunca interrumpidos; el abogado tiene por necesidad que improvisar y ser apto para la polémica. Sin embargo en la entrevista del papa Clemente con el rey de Francia ocurrió que el señor Poyet, hombre adiestrado en el foro y tenido en gran reputación como abogado, recibió la comisión de pronunciar una arenga ante el papa, y habiéndola bien premeditado de antemano algunos dicen que ya la traía redactada de París), el mismo día que tenía que pronunciarla, el pontífice temió que el orador no estuviese todo lo prudente que era menester y que pudiera ofender a los embajadores de los demás príncipes que le rodeaban; en esta creencia el papa mandó al rey el argumento del discurso que le parecía más apropiado a las circunstancias, y que era en todo contrario al del discurso preparado por el señor Poyet; de modo que la arenga de éste fue ya inútil y le era necesario pronunciar la otra, de lo cual, sintiéndose incapaz el abogado fue precisó que el cardenal del Bellay hiciese de orador en la ceremonia. La labor del abogado es menos viable que la del predicador, sin embargo de lo cual, tal es al menos mi opinión, encontramos mejores abogados que predicadores, a lo menos en Francia. Parece que es más adecuada labor del espíritu la improvisación y el repentizar, y tarea más apta del juicio la lentitud y el reposo. Quien permanece mudo si carece de tiempo para preparar su discurso y aquel a quien el tiempo no procura ventajas de hablar mejor se encuentran en igual caso.

Cuéntase que Severo Casio hablaba mejor sin preparación alguna; que debía más a la fortuna que a la actividad y diligencia de su espíritu, y que sacaba gran partido cuando le interrumpían. Temían sus adversarios mortificarle de miedo que la cólera no duplicara la fuerza de su elocuencia. Esta cualidad de algunos hombres la conozco yo por experiencia propia; acompaña siempre a aquellos que no pueden sostener una meditación continuada, y en tales naturalezas lo que libremente y como jugando no se produce, tampoco se alcanza por ningún otro medio. De algunos otros decimos que denuncian el aceite y la lámpara, por cierta aridez y rudeza que la labor imprime en las partes laboriosas del ingenio. Además de esto, el deseo de trabajar con acierto y el recogimiento del espíritu, demasiado en tensión y circunscrito en su empresa, hácenle encontrar dificultades, como acontece cuando el agua pugna por salir de un depósito que rebasa y no es bastante grande el boquete de desagüe. A los que poseen aquella cualidad ocúrreles a veces que no han menester estar conmovidos ni mortificados por sus pasiones para llegar a la elocuencia, como acontecía a Casio, pues tal estado sería demasiado tirante; tal género de elocuencia necesita que el orador no sea agitado, sino más bien solicitado; precisa el calor y que las facultades se despierten por las ocasiones inesperadas y fortuitas. Esta elocuencia, abandonada a sí misma se arrastra y languidece; la agitación constituye su vida y su encanto. En la natural disposición de mi espíritu no me encuentro en mi elemento; lo imprevisto tiene más fuerza que yo; la ocasión, la compañía, el tono mismo de mi voz sacan más partido de mi espíritu que el que yo encuentro cuando a solas lo sondeo y ejercito. De modo que en mí las palabras aventajan a los escritos, si es que puede haber elección ni comparación posibles en cosas de tan poca monta. Suele acontecerme también que la inspiración me favorece más que el raciocinio. En ocasiones escribiendo se me escapa alguna sutileza (bien se me alcanza: insignificante al entender de otro, puntiaguda para el mío; dejemos tales distingos, cada cual habla del ingenio, según la fuerza del suyo), y luego no sé lo que con ella quise decir; a veces cualquiera otro descubre su sentido antes que yo. Si suprimiera todas las frases en que tal me acontece, apenas si dejaría ninguna transcrita. La casualidad me hará ver luego claramente su alcance, generalmente más claro que la luz del mediodía, y contribuirá a que yo mismo me asombre de mi incertidumbre.



De los pronósticos

Por lo que toca a los oráculos, mucho tiempo antes de la venida de Jesucristo habían comenzado ya a caer en descrédito. Cicerón pretende buscar la causa de este decaimiento, y dice: Cur isto modo jam oracula Delphis, non eduntur, non modo nostra aetate, sed jamdiu; ut nihil possit esse contemplius?[97] Pero en cuanto a los demás pronósticos, que tenían por fundamento la anatomía de los animales muertos en los sacrificios, y cuya, constitución interna, según Platón, dependía de los augurios que de ellos se alcanzaban, al patear de las gallinas, al vuelo de las aves, (Aves quasdam... rerum augurandarum causa natas esse putamus[98]), a los rayos, al curso de los ríos (Multa cernunt aruspices, multa augures provident, multa oraculis declarantur, multa vaticinationibus, multa somniis, multa portentis[99]), y otros en que la antigüedad fundamentaba la mayor parte de las empresas que acometía, así públicas como privadas, nuestra religión los ha abolido. Quedan, sin embargo, entre nosotros todavía algunos medios de adivinación por medio de los astros, los espíritus, las figuras corporales, los sueños y otras cosas; todos los cuales acreditan la curiosidad furiosa de la humana naturaleza, que se preocupa de las cosas venideras como si no tuviera bastante con digerir las presentes:


Cur hanc tibi, rector Olympi,

sollicitis visum mortalibus addere curam

noscant venturas ut dira per omina clades?

***

Sit subitum, quodcumque paras; sit caeca futuri

mens hominum fati; liceat sperare timenti.[100]


Ne utile quidem est seire quid futurum sit; miserum est enim nihil proficientem ange[101]. He aquí por qué el ejemplo de Francisco, marqués de Saluzzo, me parece muy digno de consideración: mandaba éste las tropas del rey Francisco en Italia, y había sido muy favorecido por nuestra corte y por el monarca, a quien debía la merced del marquesado, que fue confiscado a su hermano. No teniendo ocasión de cambiar de bando, y careciendo además de razón para ello, la misma afección que profesaba al rey se lo impedía, se dejó influir tan fuertemente por los pronósticos que corrían por todas partes en provecho de Carlos V, y en desventaja nuestra (hasta en Italia, donde estas profecías habían encontrado tantos crédulos, que en Roma por esta creencia de nuestra ruina se perjudicaron nuestros fondos públicos), después de condolerse con frecuencia ante los suyos de los males que veía cernerse sobre la corona de Francia, y también ante sus amigos, se decidió a cambiar de partido, en su daño, sin embargo, sea cual fuere la constelación que hubiera contemplado. Pero condújose cual hombre trabajado por pasiones encontradas, pues disponiendo a su arbitrio de fuerzas y ciudades, teniendo el ejército enemigo, que mandaba Antonio de Leyva, cerca de él, y las tropas francesas sin la menor sospecha de traición, no perdimos, a pesar de todo, ni un solo hombre. Sólo nos enajenaron la ciudad de Fossano, y eso después de habérsela disputado durante largo tiempo.


Prudens futuri temporis exitum

caliginosa nocte premit deus;

ridetque, si mortalis ultra

fas trepidat

. . . . . . . . .ille potens sui

Laetusque deget, cui licet in diem

dixisse: vixi; eras vel atra

nube polum pater occupato

vel sole puro.[102]

Laetus in Praesens animus, quod ultra est

odesit curare.[103]


Se engañan los que creen en el principio siguiente de Cicerón: ista sic reciprocantur, ut et, si divinatio sit, dii sint; et, si dii sint, sit divinatio[104]. Con más razón dice Pacuvio:


Nam istis qui linguam avium intelligunt

plusque ex alieno jecore sapiunt quam ex suo,

magis audiendum quam auscultandum censeo.[105]


El tan celebrado arte de adivinación de los toscanos nació del modo siguiente. Un labrador que araba un campo vio surgir de la tierra a Tages, semidiós de rostro infantil, pero de senil prudencia. Cada cual acudió al lugar del hallazgo, y las palabras y ciencia del ídolo que encerraban los principios de adivinación, fueron cuidadosamente recogidas y guardadas por espacio de muchos siglos. Por lo que a mí toca, mejor preferiría gobernar mis actos por la suerte de los dados que en virtud de patrañas semejantes. En todos los Estados se ha dejado siempre a la fortuna una buena parte en la gobernación de los negocios. Platón, en su tratado de política, achaca a aquélla la solución de muchos casos importantes; quiere, entre otras cosas, que los matrimonios se hagan echando la suerte entre los buenos, y da tanta importancia a esta elección fortuita, que ordena que los hijos nacidos de matrimonios honrados sean educados en el país y los nacidos de matrimonios malos sean conducidos fuera. Si alguno de éstos mejora de condición puede reintegrarse al país, y si los buenos empeoran de naturaleza, puede desterrárselos.

Hay quien estudia y comenta los calendarios para explicarse el presente y adivinar el porvenir; y diciéndolo todo no es peregrino que enuncie la verdad y la mentira: quis est enim quitotum diem jaculans, non aliquando collineet[106]. No los tengo por más veraces porque alguna vez acierten. Sería ir por mejor camino que hubiese una regla para equivocarse siempre, pues a nadie se le ocurre tomar nota de sus desdichas cuanto éstas son más ordinarias y frecuentes, y se decanta mucho lo que por rara casualidad se adivina, porque esta circunstancia tiene mucho de rara, increíble y prodigiosa. Diágoras, sobrenombrado el ateo, respondió del modo siguiente, estando en Samotracia, a alguien que le mostró en un templo muchas ofrendas y cuadros llevados por gentes que se habían salvado de un naufragio:

«Y qué pensáis ahora, dijéronle, vosotros que creéis que los dioses menosprecian ocuparse de las cosas humanas, ¿qué decís de tantos hombres salvados por su ayuda? Es bien sencillo, contestó; ahí no se ven sino las ofrendas de los que se libraron; las de los que perecieron, que fueron en mayor número, no figuran para nada.»

Dice Cicerón, que sólo Jenófanes, colofonio, entre todos los filósofos que reconocieron la existencia de los dioses, intentó desarraigar toda suerte de adivinación. No es por tanto peregrino que hayamos visto algunas veces en su daño a algunos espíritus elevados, detenerse en bagatelas semejantes. Yo hubiera querido reconocer por mis propios ojos aquellas dos maravillas: el libro de Joaquín, abad, calabrés que predecía todos los papas venideros, así como sus nombres y fisonomías, y el de León, el emperador, que predecía los patriarcas y emperadores griegos. Con mis propios ojos he tenido ocasión de advertir que en los trastornos públicos, los hombres poco seguros de sus fuerzas, se lanzan, como en otra superstición cualquiera, a buscar en el cielo la causa de su mal por acciones reprochables; y son tan peregrinamente dichosos, que de la propia suerte que los espíritus agudos y ociosos, los que están dotados del arte sutil de acomodar misterios y de descifrarlos, serían capaces de encontrar en los escritos cuantas ideas apetecieran, pues facilita maravillosamente tal designio el lenguaje obscuro, ambiguo y fantástico de la jerga profética, al cual sus autores no dan ningún sentido claro a fin de que la posteridad pueda aplicarle el que mejor la acomode.

El demonio de Sócrates era acaso un cierto impulso de su voluntad que se apoderaba de él sin el dictamen de su raciocinio; en un alma tan bien gobernada como la de este filósofo, y tan depurada por el no interrumpido ejercicio de la templanza y la virtud, verosímil es que tales inclinaciones, aunque temerarias y severas, fueran siempre importantes y dignas de llegar al fin. Cada cual siente en sí mismo algún amago de esas agitaciones a que da margen un impulso pronto, vehemente y fortuito. A tales impulsos doy yo más autoridad que a la reflexión, y los he experimentado tan débiles en razón y violentos en persuasión y disuasión, como frecuentes eran en Sócrates; por ellos me dejo llevar tan útil y felizmente que podría decirse que encierran algo de la inspiración divina.



De la firmeza

La ley de resolución y firmeza no nos ordena que dejemos de evitar, en tanto que de nuestras fuerzas dependa, los males y desdichas nos amenazan ni por consiguiente que abandonemos el temor de que nos sorprendan; muy al contrario, todos los medios lícitos para librarnos de nuestros males son, no solamente permitidos, sino también laudables. La constancia consiste principalmente en soportar a pie firme las desdichas irremediables. Por manera que no hay esfuerzo alguno que no encontremos excelente si nos sirve para preservarnos del golpe que nos amenaza.

Algunos pueblos belicosos apelaban en los combates a la fuga como principal ventaja, volviendo la espalda al enemigo con más peligro para éste que haciéndole frente: los turcos tienen algo de esta costumbre. Sócrates en un diálogo de Platón se burla de Laches, quien defendía el valor diciendo «que consistía en mantenerse firme en su puesto contra el adversario». ¿Pues qué, repone el filósofo, sería acaso cobardía derrotar al enemigo dejándole un lugar?, y apoya su dicho con la autoridad de Homero, que alaba en Eneas la ciencia de huir. Y como Laches, volviendo de su acuerdo, reconoce tal costumbre en los escitas y generalmente en las fuerzas de caballería, Sócrates alega a su vez el ejemplo de la infantería lacedemonia, nación hecha más que ninguna a combatir a pie firme, que en la jornada de Platea, no pudiendo conseguir abrir la falange persa, deliberó desviarse y permanecer atrás, para simular así una falsa huida y conseguir romper y disolver las fuerzas persas, persiguiéndolas, estratagema que les valió la victoria.

Refiérese de los escitas que cuando Darío fue a subyugarlos hizo al rey de los mismos muchos reproches porque le veía retroceder ante él evitando así un encuentro. A lo cual repuso Indathyrses, que así se llamaba el monarca, que no procedía así por temor a Darío ni a hombre viviente, sino que aquélla era simplemente la manera de marchar de su ejército, puesto que no tenía tierras cultivadas, ciudades ni casas que defender, ni de que el enemigo pudiera apoderarse; pero que si tanta era su voluntad de atacarle que se aproximara para ver de cerca el sitio de sus antiguas sepulturas, y que allí tendría con quien entenderse a sus anchas.

Sin embargo, en los cañoneos es peligroso moverse del lugar que se ocupa por el temor del disparo, tanto más cuanto que por la violencia y rapidez lo tenemos por inevitable; y más de uno hubo que por haber alzado la mano o bajado la cabeza, hizo reír por lo menos a sus compañeros. No obstante, en la expedición a Provenza que contra nosotros emprendió el emperador Carlos V, el marqués de Guast, hallándose reconociendo la villa de Arlés y habiendo abandonado el abrigo que le proporcionara un molino de viento, a favor del cual se había aproximado, fue advertido por los señores de Bonneval y por el senescal de Agenois, que se paseaban por las arenas, quienes le mostraron al señor de Villiers, comisario de la artillería, el cual le apuntó y disparó con tanto acierto una culebrina, que sin que el marqués viese que disparaban contra él se echó a un lado, gracias a lo cual no fue herido. Algunos años antes, Lorenzo de Médicis, duque de Urbino, padre de Catalina, en ocasión que sitiaba Mandolfo, plaza de Italia, situada en las tierras que llaman del Vicariado, viendo poner fuego a una pieza que se hallaba frente a él, tuvo el buen acuerdo de agacharse; de no haberlo hecho así, el disparo que le pasó rozando por la cabeza, le hubiera dado en el vientre a decir verdad, yo no creo que estos movimientos sean reflexivos; pues ¿qué materia de reflexión puede haber en la mira alta o baja en cosa tan instantánea? Mayor razón hay para creer que la fortuna favorece el espanto unas veces, pero otras con los movimientos del cuerpo más bien se recibe el disparo que se evita. Yo no puedo remediarlo: si el ruido de un arcabuzazo hiere de improviso mis oídos, me estremezco, lo cual he visto que acontece a otros que son más valientes que yo.

Los estoicos no entienden que el alma de sus discípulos pueda dejar de resistir a las primeras visiones y fantasías que la asaltan; consienten que como ante una sujeción natural, se sobrecoja por ejemplo ante la tempestad del ciclo, o de un edificio que se derrumba, hasta la palidez y la contracción; y lo mismo ante las otras pasiones, siempre y cuando que el juicio permanezca salvo y entero, y que su razón permanezca intacta, sin alteración alguna, sin prestar ningún albergue al sufrimiento ni al espanto. En cuanto al que no es filósofo acontece lo mismo en la primera parte, pero diversamente en la segunda, pues la impresión que las pasiones procuran, de ningún modo es en él superficial, sino que va penetrando hasta el lugar donde la razón se encuentra, infeccionándola y corrompiéndola; juzga al tenor de las pasiones que le trabajan y sus acciones se conforman con ellas. Ved de un modo concluyente cuál es el estado del estoico:


Mens immota manet; lacrymae volvuntur inanes.[107]


El peripatético no se libra de las perturbaciones, pero las modera.



Ceremonias de la entrevista de reyes

No hay asunto por insignificante que sea que no merezca figurar en esta rapsodia. En nuestros usos ordinarios de la vida sería falta de cortesía, tratándose de un igual y más todavía tratándose de un superior no encontrarse en su casa cuando aquéllos nos anunciaron de antemano visitarnos. La reina de Navarra advierte a este propósito, que es faltar a la buena usanza el que un poble abandone su casa, como suele hacerse con frecuencia, por anticiparse a quien va a visitarle por grandes títulos que éste tenga, y que es más respetuoso y urbano esperarle para acogerle, aunque no fuese más que por temor de equivocarse de camino, y que basta con acompañarle cuando acabó su visita. Y suelo olvidarme de ambas cosas, que tengo por vanos oficios, y en mi casa hago cuantas economías me son posibles en lo tocante a fórmulas y ceremonias. Si alguien se ofende, me resigno. Mejor es que yo le ofenda una vez sola, que yo lo sea todos los días, lo cual fuera una perpetua sujeción. ¿Para que entonces evitar la servidumbre palaciega si uno la lleva a su propio asilo? Es también una prescripción recibida en todas las juntas que a los miembros menos importantes corresponde hallarse los primeros en el lugar designado, con tanta más razón cuanto que a los de mayor categoría corresponde hacer esperar.

No obstante, en la entrevista del pontífice Clemente y del rey Francisco, en Marsella, éste ordenó todos los requisitos necesarios para el recibimiento y se alejó de la ciudad, dejando así al papa dos o tres días para que efectuase su entrada, antes de que el propio soberano se encontrara junto a él. Del propio modo, cuando el papa y el emperador celebraron una entrevista en Bolonia, el segundo dio lugar a aquél para que se hallase el primero, llegando el emperador después de él Es costumbre generalmente aceptada en las entrevistas de tales príncipes, que el de mayores prendas se encuentre antes que los demás en el lugar señalado, aun tratándose de la propia casa del mismo en que la reunión tiene lugar para ello se fundan en que tal proceder testifica que es el de mayor categoría a quien los inferiores van a buscar, saliéndoles al encuentro.

No ya cada país, sino cada ciudad y cada profesión tienen usanzas y ceremonias que les son peculiares. Yo he sido en mi niñez educado con todo esmero y he vivido siempre en la buena sociedad; no desconozco, por tanto, las leyes de la cortesía francesa y hasta podría enseñarlas. Me gusta practicarlas y seguirlas, pero no tan servilmente que mi vida y costumbres padezcan por ello: hay fórmulas penosas que deben dejar de practicarse por discreción, mas nunca por ignorancia; en este caso no se es por ello menos urbano. He conocido muchos hombres descorteses por su exceso de cortesanía, a quienes el ser demasiado formulistas hacía importunos por todo extremo.

Por lo demás, es un conocimiento muy útil el del trato de gentes. Como la belleza y la gracia, nos hace ganar, desde luego, las simpatías de los demás, y así nos adiestra por el ejemplo de los otros, como nos consiente producir el nuestro.



Del castigo por obstinarse sin fundamento en la defensa de una plaza

La valentía, como todas las demás buenas prendas, tiene sus límites; traspuestos éstos, el hombre se encuentra en mal camino, de tal suerte, que un exceso de valor conduce a la temeridad, obstinación y locura a quien no conoce los linderos del bien obrar, no fáciles, en verdad, de precisar. Nace de este principio la costumbre de castigar en nuestras guerras, a veces con la muerte, a los que se obstinan en defender una plaza que, según los principios de la ciencia militar, debe ser abandonada Si tal costumbre no se practicara, la impunidad de la acción fuera causa de que cualquier bicoca[108] bastase a detener un ejército.

El condestable de Montmorency en el cerco de Pavía estuvo encargado de atravesar el Tesino ara instalarse en los barrios de San Antonio; oponíase a realización de la orden una torre con gente armada que había en el extremo del puente, y que se defendió obstinadamente hasta la derrota. El condestable hizo ahorcar a todos los que se hallaban dentro de la fortaleza. Después de este hecho, el propio condestable acompañando al delfín en el viaje que éste llevó a cabo del otro lado de la frontera, habiéndose apoderado por la fuerza, de las armas, del castillo de Villane, todo lo que guardaba la fortaleza fue destruido por la furia de sus soldados, menos el capitán y el enseña, a quienes hizo ahorcar y estrangular por su obstinación. Igual conducta siguió el capitán Martín del Bellay, siendo gobernador de Turín, en esta misma ciudad: el capitán San Bony y todas sus gentes fueron muertos en la toma de la plaza.

Porque la idea del valor o cobardía del lugar se juzgan por la estimación y contrapeso de las fuerzas sitiadoras (pues tal haría cuerdamente frente a dos culebrinas, que cometería la locura de no retirarse ante treinta cañones), en la cual idea entra también la grandeza del príncipe conquistador, su reputación y el respeto que le rodea, socorre el riesgo de inclinar un poco la balanza de este lado, y acontece por ello que algunos tienen formada tan grande idea de sí mismos y de los medios con que cuentan, que no pareciéndoles ni verosímil que haya nada capaz de hacerles frente, pasan a cuchillo allí donde encuentran resistencia mientras les dura la buena fortuna, como se ve por las fórmulas de intimación y desafío que empleaban los príncipes de Oriente y sus sucesores actuales, fiera y altiva e inspirada por un despotismo bárbaro. En el lugar por donde los portugueses comenzaron la conquista de las Indias, encontraron algunos Estados en los cuales se practicaba la siguiente ley universal e inviolablemente: el enemigo que había sido vencido en presencia del rey o del lugarteniente de éste, no tenía ningún derecho a gracia ni rescate.

Es preciso, sobre todo, guardarse, a poder hacerlo, de caer en manos de un juez enemigo, victorioso y armado.



Castigo de la cobardía

A un príncipe que era al propio tiempo valeroso capitán he oído sostener el principio de que no es lícito por cobardía condenar a muerte a un soldado, con motivo de haberle referido, en ocasión en que se hallaba en un banquete el procesado del señor de Vervins, quien fue condenado a la última pena por haber hecho entrega al enemigo de la plaza de Bolonia. Es lógico que se establezca diferencia entre las culpas que tienen su origen en nuestra debilidad y las que provienen de nuestra malicia; pues en estas últimas sujetámonos a nuestro proceder, contraviniendo los principios de la razón que la naturaleza imprimió en nosotros; y en aquéllas, como que podemos testimoniar en nuestro abono la misma naturaleza que nos hizo proceder con flojedad y desacierto. Por manera que, muchos han sido de opinión que el castigo sólo debía aplicarse a las faltas cometidas contra nuestra conciencia, y en este precepto se halla fundada en parte la opinión de los que se oponen a que se condene a muerte a los heréticos y descreídos, como también la que establece que no se haga responsables a un juez o a un abogado de las faltas que por ignorancia cometieron.

Mas por lo que a la cobardía toca, es lo cierto que la manera más frecuente de castigarla es la vergüenza o ignominia. Créese que tal pena fue impuesta primeramente por el legislador Carondas, y que antes de éste las leyes griegas imponían la muerte a los que habían huido en una batalla. Este legislador ordenó que los cobardes fuesen por espacio de tres días expuestos en la plaza pública, vestidos de mujer, esperando por tal medio que con la vergüenza y deshonra recobrasen el valor que habían perdido. Suffundere malis hominis sanguinem, quam effundere[109]. Parece que las leyes romanas imponían también la muerte a los que incurrían en el delito de huida; pues Amiano Marcelino dice que el emperador Juliano condenó a diez de sus soldados que no volvieron la espalda en un encuentro con los partos, a la pena de degradación y luego a la de muerte, según las leyes antiguas como asegura aquel historiador. En otro pasaje, sin embargo, dice que se condenaba a los que huían solamente a que permaneciesen entre los prisioneros, detrás del ejército, bajo la enseña del bagaje. El duro castigo que aplicó el pueblo romano a los soldados que huyeron de Canas, y en la misma guerra a los que siguieron a Cneo Fulvio en su derrota, no fue la muerte; mas es de temer que la vergüenza a que se somete a los soldados, los convierta no ya en amigos débiles, sino en enemigos declarados.

En tiempo de nuestros padres, el señor de Franget, que fue lugarteniente de la compañía del mariscal de Chatillón, habiendo sido instituido gobernador de Fuenterrabía por el mariscal de Chabannes, en sustitución del señor del Lude, entregó la plaza a los españoles. Por tal proceder fue condenado a la degradación, y despojado de nobleza; y así su persona como la de sus descendientes declaradas plebeyas, como tales sometidas a impuesto e inhabilitadas, para el ejercicio de las armas. La sentencia fue ejecutada en Lyón. Análogo castigo sufrieron después todos los nobles que se hallaron en Guisa, cuando entró en esta plaza el conde de Nansau, y la misma pena se aplicó a otros más tarde. De todos modos, cuando existe una falta grosera, demostrada, de ignorancia o cobardía, que sobrepase lo ordinario, hay razón para tomarla como prueba suficiente de maldad y malicia y para castigarla como tal.



Un rasgo de algunos embajadores

En mis viajes acostumbro para aprender algo en la comunicación con los demás (que es siempre un excelente medio de instruirse) a llevar la conversación a aquellas materias que mis interlocutores conocen mejor:


Bastí al nocchiero ragionar de'venti,

al bifolco dei tori; e le sue piaghe,

conti'l guerrier, conti'l pastor gli armenti[110];


pues suele acontecer que cada cual habla de mejor gana de cualquiera otra profesión que de la que ejerce, creyendo con ello adquirir reputación nueva. Buena prueba de esto es el reproche que dirigió Arquidamo a Periánder, quien abandonó la medicina para a alcanzar la reputación de poeta detestable. Ved cómo César se esfuerza para darnos a conocer su competencia en la construcción de puentes y máquinas de guerra, y cuanto menos habla de las cosas propias de su arte, de su valentía y acierto en la dirección de sus ejércitos: sus empresas acredítanle de excelente capitán; mas quiere mostrarse como buen ingeniero, ciencia a que era ajeno por completo. Dionisio el Viejo era guerrero consumado como a su situación convenía, pero se esforzaba en recomendarse principalmente como poeta, arte en que casi nada entendía. Un abogado a quien enseñaron una habitación llena de libros de su profesión y de otras ciencias, no encontró ocasión alguna de hablar de ellos, pero en cambio se extendió en largas y magistrales consideraciones sobre el plano de una fortificación, colocado en la escalera de la casa, que cien capitanes y soldados velan todos los días sin reparar ni parar mientes.


Optat ephippia piger,optat arare caballus.[111]


De esta suerte, todo son desaciertos; de modo que cada cual debe trabajar sólo en aquello que le compete: el arquitecto, el pintor, el zapatero, todos en la profesión que han el elegido y de cuyo desempeño son capaces.

Acostumbro en mis lecturas a fijarme muy detenidamente en el oficio de sus autores por el motivo dicho. Si éstos son exclusivamente literatos, me detengo antes que en otra cosa en el estilo y lenguaje; si médicos, los creo de buena fe cuando hablan de la temperatura del aire, de los temperamentos de los príncipes y de sus heridas y enfermedades; si jurisconsultos, no paro mientes más que en las controversias del derecho, en las leyes, en los reglamentos urbanos y cosas análogas; si teólogos en los asuntos eclesiásticos, censuras de la iglesia, dispensas y matrimonios; si cortesanos, en las costumbres y ceremonias; si guerreros, en lo que a este cargo incumbe, y principalmente lo que naturalmente se desprende de las empresas en que individualmente han tomado parte; si diplomáticos, en las negociaciones, prácticas y convenios políticos y en la manera cómo los condujeron.

Por esta razón diré que lo que en otro autor hubiera pasado por alto sin inconveniente, llamó por extremo mi atención en la historia del señor de Langey, hombre muy entendido en cosas diplomáticas. El caso es como sigue: luego de haber dado cuenta de las admoniciones del emperador Carlos V en el consistorio de Roma, encontrándose presentes el obispo de Macón y el señor del Velly, que eran nuestros embajadores, Langey añade que Carlos empleó muchos ultrajes contra Francia; entre otros, dijo que si sus capitanes y soldados fueran de la misma valía y competencia militar que los del rey, desde aquel momento se amarraría una cuerda al cuello para pedirle misericordia (y algo debía participar de semejante idea, pues lo repitió dos o tres veces en distintas ocasiones), desafiando también al rey a pelear en camisa, con la espada y el puñal, en un barco. Dicho señor de Langey, siguiendo la relación de su historia, añade que nuestros embajadores, al dar cuenta a su soberano de estas cosas disimuláronle la mayor parte, hasta el extremo de ocultarle las palabras injuriosas que quedan escritas. Ahora bien; yo encuentro muy extraño que un embajador se permita abusar así de lo que su deber le ordena comunicar a su soberano; más aún en ocasión como aquella, viniendo de tal persona y proferidas en asamblea tan importante; paréceme que el deber del servidor es representar fielmente las cosas por entero, como han acontecido, de suerte que la libertad de ordenar, colegir y juzgar, queden en poder del soberano o amo, pues adulterarle u ocultarle la verdad por temor de que saque de ella alguna torcida consecuencia y que esto le irrogue perjuicio, y dejarle ignorante de sus negocios, entiendo que tal proceder incumbe sólo al que da la ley, no al que la recibe; al curador y maestro, no a quien debe suponerse inferior, no ya sólo en autoridad, sino también en prudencia y buen consejo. De todas suertes, yo confieso que no quisiera estar servido por emisarios semejantes en mis exiguos negocios.

Cualquier pretexto nos basta para sustraernos del mandato que se nos encomienda, pero nos gusta usurpar el de otro; todos aspiran a tener libertad y a ejercer autoridad, de suerte que al superior nada le es tan grato de parte de los que le sirven como la obediencia ingenua y sencilla. Se yerra en el ejercicio de un caso cuando para obedecerlo se echa mano de la discreción y no de la sumisión. P. Craso, aquel a quien los romanos estimaron cinco veces feliz, cuando se encontraba en Asia, mandó a un ingeniero griego que le llevase de Atenas el más grande de dos palos mayores de navío que había visto en aquella ciudad, para construir con él cierta máquina de guerra. El ingeniero, so pretexto de competencia, tomose la libertad de proceder en el encargo por voluntad propia, y llevó a P. Craso el más pequeño, que en su opinión era el más adecuado para el caso. Craso oyó pacientemente sus razones y castigole luego con varios latigazos; pues opinaba que el mantenimiento de la disciplina interesaba más que la solidez de la obra que trataba de construir.

Debe considerarse además que la obediencia estricta no es pertinente sino en el caso en que las órdenes sean bien prefijadas y determinadas. Los embajadores tienen por lo común una misión más abierta, que en muchos casos depende de su albedrío; no son sólo simples ejecutores, sino que dirigen con su consejo la voluntad del soberano. He visto comisionados que han sido reprendidos por obediencia estricta, cuando lo que procedía conforme a la marcha de los negocios no era una sujeción tan grande. Los hombres competentes censuran la costumbre, todavía usada hoy entre los reyes de Persia, de encomendar tan sin libertad sus instrucciones a sus agentes y lugartenientes, que éstos se ven precisados a pedir con frecuencia nuevas órdenes, tardías en llegar por lo dilatado de aquel imperio, lo cual ha producido frecuentes perjuicios en los negocios del Estado. Y Craso, dirigiéndose para su encargo del mástil a una persona del oficio y anunciándola el uso a que lo destinaba, ¿no parece que solicitaba una opinión sobre su acuerdo, y que invitaba a aquélla a interponer su dictamen?



Del miedo


Obstupui, stoteruntque comae, et vox faucibus haesit.[112]


No soy buen naturalista según dicen, y desconozco por qué suerte de mecanismo el miedo obra en nosotros. Es el miedo una pasión extraña y los médicos afirman que ninguna una otra hay más propicia a trastornar nuestro juicio. En, efecto, he visto muchas gentes a quienes el miedo ha llevado a la insensatez, y hasta en los más seguros de cabeza, mientras tal pasión domina, engendra terribles alucinaciones.

Dejando a un lado el vulgo, a quien el miedo representa ya sus bisabuelos que salen del sepulcro envueltos en sus sudarios, ya brujos en forma de lobos, ya duendes y quimeras, hasta entre los soldados, a quienes el miedo parece que debía sorprender menos, cuantas veces les ha convertido un rebaño de ovejas en escuadrón de coraceros; rosales y cañaverales en caballeros y lanceros, amigos en enemigos, la cruz blanca en la cruz roja y viceversa. Cuando el condestable de Borbón se apoderó de Roma, un portaestandarte que estaba de centinela en el barrio de San Pedro, fue acometido de tal horror, que a la primera señal de alarma se arrojó por el hueco de una muralla, con la bandera en la mano, fuera de la ciudad, yendo a dar en derechura al sitio donde se encontraba el enemigo, pensando guarecerse dentro de la ciudad; cuando vio las tropas del condestable, que se aprestaban en orden de batalla, creyendo que eran los de la plaza que iban a salir, conoció su situación y volvió a entrar por donde se había lanzado, hasta internarse trescientos pasos dentro del campo. No fue tan afortunado el enseña del capitán Julle, cuando se apoderaron de la plaza de San Pablo el conde de Burén y el señor de Reu, pues dominado por un miedo horrible arrojose fuera de la plaza por una cañonera y fue descuartizado par los sitiadores. En el cerco de la misma fue memorable el terror que oprimió, sobrecogió y heló el ánimo de un noble que cayó en tierra muerto en la brecha, sin haber recibido herida alguna. Terror análogo acomete a veces a muchedumbres enteras. En uno de los encuentros de Germánico con los alemanes, dos gruesas columnas de ejército partieron, a causa del horror que de ellas se apoderó, por dos caminos opuestos; una huía de donde salía la otra. Ya nos pone alas en los talones, como aconteció a los dos primeros, ya nos deja clavados en la tierra y nos rodea de obstáculos como se lee del emperador Teófilo, quien en una batalla que perdió contra los agarenos, quedó tan pasmado y transido que se vio imposibilitado de huir, adeo pavor etiam auxilia formidat[113], hasta que uno de los principales jefes de su ejército, llamado Manuel, le sacudió fuertemente cual si le despertara de un sueño profundo, y le dijo: «Si no me seguís, os mataré; pues vale más que perdáis la vida que no que caigáis prisionero y perdáis el imperio.» Expresa el miedo su última fuerza cuando nos empuja hacia los actos esforzados, que antes no realizamos faltando a nuestro deber y a nuestro honor. En la primera memorable batalla que los romanos perdieron contra Aníbal, bajo el consulado de Sempronio, un ejército de diez mil infantes a quien acometió el espanto, no viendo sitio por donde escapar cobardemente, arrojose al través del grueso de las columnas enemigas, las cuales deshizo por un esfuerzo maravilloso causando muchas bajas entre los cartagineses. Así, afrontando igual riesgo como el que tuvieran que haber desplegado para alcanzar una gloriosa victoria, huyeron vergonzosamente.

Nada me horroriza más que el miedo y a nada debe temerse tanto como al miedo; de tal modo sobrepuja en consecuencias terribles a todos los demás accidentes. ¿Qué desconsuelo puede ser más intenso ni más justo que el de los amigos de Pompeyo, quienes encontrándose en su navío fueron espectadores de tan horrorosa muerte? El pánico a las naves egipcias, que comenzaban a aproximárseles, ahogó sin embargo de tal suerte el primer movimiento de sus almas, que pudo advertirse que no hicieron más que apresurar a los marineros para huir con toda la diligencia posible, hasta que llegados a Tiro, libres ya de todo temor, convirtieron su pensamiento a la pérdida que acababan de sufrir, y dieron rienda suelta, a lamentaciones y lloros, que la otra pasión, más fuerte todavía, había detenido en sus pechos.


Tum pavor sapientiam omnem mihi ex animo expectorat.[114]


Hasta a los que recibieron buen número de heridas en algún encuentro de guerra, ensangrentados todavía, es posible hacerlos coger las armas el día siguiente; mas los que tomaron miedo al enemigo ni siquiera, osarán mirarle a la cara. Los que viven en continuo sobresalto por temer de perder sus bienes, y ser desterrados o subyugados, están siempre sumidos en angustia profunda; ni comen ni beben con el necesario repeso, en tanto que los pobres, los desterrados y los siervos, suelen vivir alegremente. El número de gentes a quienes el miedo ha hecho ahorcarse, ahogarse y cometer otros actos de desesperación, nos enseña que es más importuno o insoportable que la misma muerte.

Reconocían los griegos otra clase de miedo que no tenía por origen el error de nuestro entendimiento, y que según ellos procedía de un impulso celeste; pueblos y ejércitos enteros veíanse con frecuencia poseídos por él. Tal fue el que produjo en Cartago una desolación horrorosa: se oían voces y gritos de espanto; veíase a los moradores de la ciudad salir de sus casas dominados por la alarma, atacarse, herirse y matarse unos a otros como si hubieran sido enemigos que trataran de apoderarse de la ciudad: todo fue desorden y furor hasta el momento en que por medio de oraciones y sacrificios aplacaron la ira de los dioses. A este miedo llamaron los antiguos terror pánico.



Que no debe juzgarse de nuestra dicha hasta después de la muerte


Scilicet ultima semper

expectanda dies homini est; dicique beatus

ante obitum nemo supremaque funera debet.[115]


Los niños conocen el cuento del rey Creso a este propósito: habiendo sido hecho prisionero por Ciro y condenado a muerte, en el instante mismo de la ejecución, exclamó: «Oh ¡Solón! ¡Solón!» Noticioso de ello Ciro e informado de lo que significaba, hizo comprender a Creso que a expensas suyas comprendía la advertencia que Solón le había hecho en otro tiempo, o sea: «que cualquiera que sea la buena fortuna de los hombres, éstos no pueden llamarse dichosos hasta que hayan traspuesto el último día de su vida», por la variedad e incertidumbre de las cosas humanas, que merced al accidente más ligero cambian del modo más radical. Por eso Agesilao repuso a alguien que consideraba dichoso al rey de Persia por haber subido muy joven al trono: «En efecto; pero Príamo a esa edad tampoco fue desgraciado.» Reyes de Macedonia, sucesores del gran Alejandro, convirtiéronse en carpinteros y secretarios de los tribunales en Roma; tiranos de Sicilia, en pedantes de Corinto; de un conquistador de medio mundo y emperador de tantos ejércitos, la desdicha hizo un suplicante miserable de los auxiliares de un rey de Egipto: a tal precio alcanzó Pompeyo que su vida se prolongara cinco o seis meses más. En tiempo de nuestros padres, Ludovico Sforza, décimo duque de Milán, bajo cuyo dominio Italia había permanecido tanto tiempo, murió prisionero en Loches, después de haber permanecido diez años encarcelado. La más hermosa de las reinas, viuda del rey más grande de toda la cristiandad, ¿no acaba de sucumbir bajo la mano de un verdugo? ¡Crueldad indigna y bárbara! Miles de ejemplos semejantes podrían citarse, pues parece que así como las tormentas y tempestades se indignan contra la altivez y orgullo de nuestras fábricas hay también allá arriba envidiosos espíritus de las grandezas de aquí abajo;


Usque adeo res humanas vis abdita quaedam

obterit, et pulchros fasces, saevasque secures

proculcare, ac ludibrio sibi habere videtur.[116]


Y diríase que a veces la fortuna acecha con ojo avizor el último día de nuestra vida para mostrar su poder de echar por tierra en un momento lo que había edificado en dilatados años, haciéndonos exclamar con Laberio:


Nimirum ac die

una plus vixi mihi, quam vivendum fuit.[117]


Así es que, debemos hacernos cargo de la advertencia de Solón, con tanta más razón, cuanto que se trata de un filósofo para cuya secta los bienes y los males de la fortuna son indistintos y casi indiferentes. Encuentro natural que Solón mirase al porvenir y dijese que aun la misma dicha humana que depende de la tranquilidad y contentamiento de un espíritu bien nacido y de la resolución y seguridad de un alma bien ordenada, no se suponga nunca en ningún hombre hasta que no se lo haya visto representar el último acto de la comedia, sin duda el más difícil. Puede en todo lo demás haber apariencias y simulaciones. O bien los bellos discursos que a filosofía nos suministra no los aplicamos más que por bien parecer; o los múltiples accidentes de la humana existencia no nos llegan a lo vivo, y consienten que mantengamos nuestro rostro tranquilo; pero en el último papel que en la vida desempeñamos, cuando la hora de la muerte, nos es llegada, nada hay que disimular, preciso es hablar claro, preciso es mostrar lo que hay de bueno y de concreto en el fondo de nuestra alma.


Nam verae voces tum demum pectore ab imo

ejiciuntur; et eripitur persona manet res.[118]


He aquí por qué se deben en este último momento probar y experimentar todas las demás acciones de nuestra vida: aquél es el día magno, el día juez de todos los demás, el día, dice, un escritor antiguo, que debe juzgar todos mis pasados años. Yo remito a la muerte toda la experiencia de mis estudios: entonces veremos si mis discursos salen de la boca o del corazón. He visto muchas gentes a quienes la muerte ha dado reputación en bien o en mal a toda su vida pasada. Escipión, suegro de Pompeyo, se rehabilitó por su buena muerte de la mala opinión que por su vida había merecido. Preguntado Epaminondas si se consideraba como más feliz que Cabrías o Ificrates, respondió que para dar una contestación justa precisaba que los tres hubieran sucumbido. En efecto, mucho habría que descontar a quien juzgara sin tener presente el honor y grandeza de su fin.

Dios lo ha querido así, mas en mi tiempo han muerto tres hombres execrables, de vida abominable o infame y los tres acabaron sus días de una manera plácida y ordenada, casi perfecta. Hay muertes valerosas y afortunadas: he visto cortarse el hilo de una existencia, cuyos progresos maravillosos avanzaban sin cesar, en la flor de su crecimiento; alguien cuyos designios, según mi manera de ver, no podían ser interrumpidos; cumplíase su voluntad, en cuanto pretendía, en mayor grado todavía de lo que sus esperanzas, deseaban, y sobrepasó con su muerte el poder y renombre a que por sus acciones con su vida aspirara. Al juzgar de la vida de mis semejantes miro siempre cual ha sido su fin, y una de las cosas que más me interesan en la mía es que aquél se deslice de una manera tranquila y sosegada.



Que filosofar es prepararse a morir

Dice Cicerón que filosofar no es otra cosa que disponerse a la muerte. Tan verdadero es este principio que el estudio y la contemplación parece que alejan nuestra alma de nosotros y la dan trabajo independiente de la materia, tomando en cierto modo un aprendizaje y semejanza de la muerte; o en otros términos, toda la sabiduría y razonamientos del mundo se concentran en un punto: el de enseñarnos a no tener miedo de morir. En verdad, o nuestra razón nos burla, o no debe encaminarse sino a nuestro contentamiento, y todo su trabajo tender en conclusión a guiarnos al buen vivir y a nuestra íntima satisfacción, como dice la Sagrada Escritura. Todas las opiniones del mundo convienen en ello: el placer es nuestro fin, aunque las demostraciones que lo prueban vayan por distintos caminos. Si de otra manera ocurriese, se las desdeñaría desde luego, pues ¿quién pararía mientes en el que afirmara que el designio que debemos perseguir es el dolor y la malandanza? Las disensiones entre las diversas sectas de filósofos en este punto son sólo aparentes; transcurramus solertissimas nugas[119]; hay en ellas más tesón y falta de buena fe de las que deben existir en una profesión tan santa; mas sea cual fuere el personaje que el hombre pinte, siempre se hallarán en el retrato las huellas del pintor.

Cualesquiera que sean las ideas de los filósofos, aun en lo tocante a la virtud misma[120], el último fin de nuestra vida es el deleite. Pláceme hacer resonar en sus oídos esta palabra que les es tan desagradable, y que significa el placer supremo y excesivo contentamiento, cuya causa emana más bien del auxilio de la virtud que de ninguna otra ayuda. Tal voluptuosidad por ser más vigorosa, nerviosa, robusta, viril, no deja de ser menos seriamente voluptuosa, y debemos darla el nombre de placer, que es más adecuado, dulce y natural, no el de vigor, de donde hemos sacado el nombre. La otra voluptuosidad, más baja, si mereciese aquel hermoso calificativo debiere aplicárselo en concurrencia, no como privilegio: encuéntrola yo menos pura de molestias y dificultades que la virtud, y además la satisfacción que acarrea es más momentánea, fluida y caduca; la acompañan vigilias y trabajos, el sudor y la sangre, y estas pasiones en tantos modos desvastadoras, producen saciedad tan grande que equivale a la penitencia. Nos equivocamos grandemente al pensar que semejantes quebrantos aguijonean y sirven de condimento a su dulzura (como en la naturaleza, lo contrario se vivifica por su contrario); y también al asegurar cuando volvemos a la virtud que parecidos actos la hacen austera e inaccesible, allí donde mucho más propiamente que a la voluptuosidad ennoblecen, aguijonean y realzan el placer divino y perfecto que nos proporciona. Es indigno de la virtud quien examina y contrapesa su coste según el fruto, y desconoce su uso y sus gracias. Los que nos instruyen diciéndonos que su adquisición es escabrosa y laboriosa y su goce placentero, ¿que nos prueban con ello sino que es siempre desagradable? porque, ¿qué medio humano alcanza nunca al goce absoluto? Los más perfectos se conforman bien de su grado con aproximarse a la virtud sin poseerla. Pero se equivocan en atención a que de todos los placeres que conocemos el propio intento de alcanzarlos es agradable: la empresa participa de la calidad de la cosa que se persigue, pues es una buena parte del fin y consustancial con el. La beatitud y bienandanza que resplandecen en la virtud iluminan todo cuanto a ella pertenece y rodea, desde la entrada primera, hasta la más apartada barrera.

Es, pues, una de las principales ventajas que la virtud proporciona el menosprecio de la muerte, el cual provee nuestra vida de una dulce tranquilidad y nos suministra un gusto puro y amigable, sin que ninguna otra voluptuosidad sea extinta. He aquí por qué todas las máximas convienen en este respecto; y aunque nos conduzcan de un común acuerdo a desdeñar el dolor, la pobreza y las otras miserias a que la vida humana está sujeta, esto no es tan importante como el ser indiferentes a la muerte, así porque esos accidentes no pesan sobre todos (la mayor parte de los hombres pasan su vida sin experimentar la pobreza, y otros sin dolor ni enfermedad, tal Xenófilo el músico, que vivió ciento seis años en cabal salud), como porque la muerte puede ponerlas fin cuando nos plazca, y cortar el hilo de todas nuestras desdichas. Mas la muerte es inevitable:


Omnes eodem cogimur; omnium

versatur urna serius, ocius,

sors exitura, et nos in aeternum

exsilium impositura cymbae[121]:


y por consiguiente si pone miedo en nuestro pecho, es una causa continua de tormento, que de ningún modo puede aliviarse. No hay lugar de donde no nos venga; podemos volver la cabeza aquí y allá como si nos encontráramos en un lugar sospechoso: quae quasi saxum Tantalo, semper impendet[122]. Con frecuencia nuestros parlamentos mandan ejecutar a los criminales al lugar donde el crimen se cometió; durante el camino hacedles pasar por hermosas casas, dispensadles tantos agasajos como os plazca,


Non Siculae dapes

dulcem elaborabunt saporem;

non avium citharaeque cantus

somnum reducent[123]:


¿pensáis, acaso que en ello recibirán satisfacción, y que el designio final del viaje, teniéndolo fijo en el pensamiento, no les haya trastornado el gusto de toda comodidad?


Audit iter, numeratque dies, spatioque viarum

metitur vitam; torquetur peste futura.[124]


La muerte es el fin de nuestra carrera; el objeto necesario de nuestras miras: si nos causa horror, ¿cómo es posible dar siquiera un paso adelante sin fiebre ni tormentos? El remedio del vulgo es no pensar en ella, ¿mas de qué brutal estupidez puede provenir una tan grosera ceguetud? Preciso le es hacer embridar al asno por el rabo:


Qui capite ipse suo instituit vestigia retro.[125]


No es maravilla si con frecuencia tal es atrapado en la red. Sólo con nombrar la muerte se asusta a ciertas gentes y la mayor parte se resignan cual si oyeran el nombre del diablo. Por eso le pone mano en su testamento hasta que el médico le desaucia; entonces Dios sabe, entre el horror y el dolor de la enfermedad de qué lucidez de juicio disponen los que testan.

Porque esta palabra hería con extremada rudeza los oídos de los romanos, teniéndola como de mal agüero, solían ablandarla y expresarla con perífrasis: en vez de decir ha muerto, decían ha cesado de vivir, vivió; con que se pronunciara la palabra vida, aunque ésta fuera pasada, se consolaban. Hemos tomado nuestro difunto señor Juan de esa costumbre romana. Como se dice ordinariamente, la palabreja vale cualquier cosa. Yo nací entre once y doce de la mañana, el último día de febrero de mil quinientos treinta y tres, conforme al cómputo actual que hace comenzar el año en enero. Hace quince días que pasé de los treinta y nueve aires, y puedo vivir todavía otro tanto. Sin embargo, dejar de pensar en cosa tan lejana sería locura. ¡Pues qué!, a jóvenes y viejos ¿no sorprende la muerte de igual modo? A todos los atrapa como si acabaran de nacer; además no hay ningún hombre por decrépito que sea, que acordándose de Matusalén no piense tener por lo menos todavía veinte años en el cuerpo. Pero, ¡oh pobre loco!, ¿quién ha fijado el término de tu vida? ¿Acaso te fundas para creer que sea larga, en el dictamen de los médicos? Más te valiera fijarte en la experiencia diaria. A juzgar por la marcha común de las cosas, tú vives por gracia extraordinaria; has pasado ya los términos acostumbrados del vivir. Y para que te persuadas de que así es la verdad, pasa revista entre tus conocimientos, y verás cuántos han muerto antes de llegar a tu edad; muchos más de los que la han alcanzado, sin duda. Y de los que han ennoblecido su vida con el lustre de sus acciones, toma nota, y yo apuesto a que hallarás muchos más que murieron antes que después de los treinta y cinco años. Es bien razonable y piadoso tomar ejemplo de la humanidad misma de Jesucristo, que acabó su vida a los treinta y tres años. El hombre más grande, pero que fue sólo hombre, Alejandro, no alcanzó tampoco mayor edad. ¡Cuántos medios de sorprendernos tiene la muerte!


Quid quisque vitet, numquam homini satis

cautum est in horas.[126]


Dejando a un lado las calenturas y pleuresías, ¿quién hubiese jamás pensado que todo un duque de Bretaña hubiera de ser ahogado por la multitud como lo fue éste a la entrada del papa Clemente, mi paisano, en Lyón? ¿No has visto sucumbir en un torneo a uno de nuestros reyes, en medio de fiestas y regocijos? Y uno de sus antepasados, ¿no murió de un encontrón con un cerdo? Amenazado Esquilo de que una casa se desplomaría sobre él, para nada le sirvió la precaución ni el estar alerta pues pereció del golpe de una tortuga que en el aire se había desprendido de las garras de un águila; otro halló la muerte atravesando el grano de una pasa; un emperador con el arañazo de un peine, estando en su tocador; Emilio Lépido por haber tropezado en el umbral de la puerta de su casa; Aufidio por haber chocado al entrar contra la puerta de la cámara del Consejo; y hallándose entre los muslos de mujeres, Cornelio Galo, pretor; Tigilino, capitán del Gueto en Roma; Ludovico, hijo de Guido de Gonzaga, marqués de Mantua. Más indigno es que acabaran del mismo modo Speusipo filósofo platónico, y uno de nuestros pontífices. El infeliz Bebis, juez, mientras concedía el plazo de ocho días en una causa, expiró repentinamente; Cayo Julio, médico, dando una untura en los ojos de un enfermo vio cerrarse los suyos, y en fin si bien se me consiente citaré a un hermano mío, el capitán San Martín, de edad de veintitrés años, que había dado ya testimonio de su valer: jugando a la pelota recibió un golpe que le dio en la parte superior del ojo derecho, y como le dejó sin apariencia alguna de contusión ni herida, no tomó precaución de ningún género, pero cinco o seis horas después murió a causa de una apoplejía que le ocasionó el accidente.

Con estos ejemplos tan ordinarios y frecuentes, que pasan a diario ante nuestros ojos, ¿cómo es posible que podamos desligarnos del pensamiento de la muerte y que a cada momento no se nos figure que nos atrapa por el pescuezo? ¿Qué importa, me diréis, que ocurra lo que quiera con tal de que no se sufra aguardándola? También yo soy de este parecer, y de cualquier suerte que uno pueda ponerse al resguardo de los males, aunque sea dentro de la piel de una vaca, yo no repararía ni retrocedería, pues me basta vivir a mis anchas y procuro darme el mayor número de satisfacciones posible, por poca gloria ni ejemplar conducta que con ello muestre:


Praetulerim... delirus inersque videri,

dum mea delectent mala me, vei denique fallant,

quam sapere, et ringi.[127]


Pero es locura pensar por tal medio en rehuir la idea de la muerte. Unos vienen, otros van, otros trotan, danzan otros, mas de la muerte nadie habla. Todo esto es muy hermoso, pero cuando el momento les llega, a sí propios, o, a sus mujeres, hijos o amigos, les sorprende y los coge de súbito y al descubierto. ¡Y qué tormentos, qué gritos, qué rabia y qué desesperación les dominan! ¿Visteis alguna vez nada tan abatido, cambiado ni confuso? Necesario es ser previsor. Aun cuando tal estúpida despreocupación pudiese alojarse en la cabeza de un hombre de entendimiento, lo cual tengo por imposible, bien cara nos cuesta luego. Si fuera enemigo que pudiéramos evitar, yo aconsejaría tomar armas de la cobardía, pero como no se puede, puesto que nos atrapa igual al poltrón y huido que al valiente y temerario


Nompe et fugacem persequitur virum;

nec parcit imbellis inventae

poplitibus timidoque tergo[128],


y ninguna coraza nos resguarda, sea cual fuere su temple,


Ille licet ferro cautus se condat et aere,

mors tamen inclusum protrahet inde caput[129],


sepamos aguardarla a pie firme, sepamos combatirla, y para empezar a despojarla de su principal ventaja contra nosotros, sigamos el camino opuesto al ordinario; quitémosle la extrañeza, habituémonos, acostumbrémonos a ella. No pensemos en nada con más frecuencia que en la muerte; en todos los instantes tengámosla fija en la mente, y veámosla en todos los rostros; al ver tropezar un caballo, cuando se desprende una teja de lo alto, al más leve pinchazo de alfiler, digamos y redigamos constantemente, todos los instantes: «Nada me importa que sea éste el momento de mi muerte.» En medio de las fiestas y alegrías tengamos presente siempre esta idea del recuerdo de nuestra condición; no dejemos que el placer nos domine ni se apodere de nosotros hasta el punto de olvidar de cuántas suertes nuestra alegría se aproxima a la muerte y de cuan diversos modos estamos amenazados por ella. Así hacían los egipcios, que en medio de sus festines y en lo mejor de sus banquetes contemplaban un esqueleto para que sirviese de advertencia a los convidados:


Omnem crede diem tibi diluxisse supremum:

grata supervienet, quae non sperabitur, hora.[130]


No sabemos dónde la muerte nos espera; aguardémosla en todas partes. La premeditación de la muerte es premeditación de libertad; quien ha aprendido a morir olvida la servidumbre; no hay mal posible en la vida para aquel que ha comprendido bien que la privación de la misma no es un mal: saber morir nos libra de toda sujeción y obligación. Paulo Emilio respondió al emisario que lo envió su prisionero el rey de Macedonia para rogar que no le condujera en su triunfo: «Que se haga la súplica a sí mismo.»

A la verdad en todas las cosas, si la naturaleza no viene en ayuda, es difícil que ni el arte ni el ingenio las hagan prosperar. Yo no soy melancólico, sino soñador. Nada hay de que me haya ocupado tanto en toda ocasión como de pensar en la muerte, aun en la época más licenciosa de mi edad:


Jucundum quum aetas florida ver ageret[131].


Hallándome entre las damas y en medio de diversiones y juegos, alguien creía que mi duelo era ocasionado por la pasión de los celos, o por alguna esperanza defraudada; sin embargo, en lo que pensaba yo era en alguno que habiendo sido atacado los días precedentes de unas calenturas, al salir de una fiesta parecida a la en que yo me encontraba, con la cabeza llena de ilusiones y el espíritu de contento, murió rápidamente, y a mi memoria venía aquel verso de Lucrecio:


Jam fuerit, nec post unquam revocare licebit.[132]


Ni éste ni ningún otro pensamiento ponían el espanto en mi ánimo. Es imposible que al principio no sintamos ideas tristes; pero insistiendo sobre ellas y volviendo a insistir, se familiariza uno sin duda; de otro modo, y por lo que a mí toca, hallaríame constantemente en continuo horror y frenesí, pues jamás hombre alguno estuvo tan inseguro de su vida; jamás ningún hombre tuvo menos seguridad de la duración de la suya. Ni la salud que he gozado hasta hoy, vigorosa y en pocas ocasiones alterada, prolonga mi esperanza, ni las enfermedades la acortan: figúraseme a cada momento que escapo a un gran peligro, y sin cesar me repito: «Lo que puede acontecer mañana, puede muy bien ocurrir dentro de un momento.» Los peligros, riesgos y azares nos acercan poco o nada a nuestro fin, y si consideramos cuántos accidentes pueden sobrevenir además del que parece ser el que nos amenaza con mayor insistencia, cuántos, millones de otros pesan sobre nuestras cabezas, hallaremos que nos siguen lo mismo en la mar que en nuestras casas, en la batalla que en el reposo, frescos que calenturientos: cerca está de nosotros en todas partes: Nemo altero fragilior est; nemo in crastinum sui certior[133]. Lo que he de ejecutar en vida me apresuro a rematarlo; todo plazo se me antoja largo, hasta el de una hora.

Alguien hojeando el otro día mis apuntes encontró una nota de algo que yo quería que se ejecutara después de mi muerte; yo le dije, como era la verdad, que hallándome cuando la escribí a una legua de mi domicilio, sano y vigoroso, habíame apresurado a asentarla, porque no tenía la certeza de llegar hasta mi casa. Ahora en todo momento me encuentro preparado, y la llegada de la muerte no me sorprenderá, ni me enseñará nada nuevo. Es preciso estar siempre calzado y presto a partir tanto como de nosotros dependa, y sobre todo guardar todas las fuerzas de la propia alma para el caso:


Quid brevi fortes jaculamur aevo,

multa?[134]


de todas habremos menester para tal trance. Uno se queja más que de la muerte por que le interrumpe la marcha de una hermosa victoria; otro por que le es preciso largarse antes de haber casado a su hija o acabado la educación de sus hijos; otro lamenta la separación de su mujer, otro la de su hijo, como comodidades principales de su vida. Tan preparado me encuentro, a Dios gracias, para la hora final, que puedo partir cuando al Señor le plazca, sin dejar por acá sentimiento de cosa alguna. De todo procuro desligarme. Jamás hombre alguno se dispuso a abandonar la vida con mayor calma, ni se desprendió de todo lazo como yo espero hacerlo. Los muertos más muertos son los que no piensan en el último viaje:


...Miser!, o miser (aiunt)!, omnia ademit

una dies infesta mihi tot praemia vitae[135];


y el constructor dice:


Manent opera interrumpta, minaeque

murorum ingentes.[136]


Preciso es no emprender nada de larga duración, o de emprenderlo apresurarse a darle fin. Vinimos a la tierra para las obras y la labor:


Quum moriar, medium solvar et inter opus.[137]


Soy partidario de que se trabaje y de que se prolonguen los oficios de la vida humana tanto como se pueda, y deseo que la muerte me encuentre plantando mis coles, pero sin temerla, y menos todavía siento dejar mi huerto defectuoso. He visto morir a un hombre que en los últimos momentos se quejaba sin cesar de que su destino cortase el hilo de la historia que tenía entre manos, del quince o diez y seis de nuestros reyes:


Illud in his rebus non addunt: nec tibi earum

jam desiderium rerum suber insidet una.[138]


Es preciso desprenderse de tales preocupaciones, que sobre vulgares son perjudiciales. Así como los cementerios han sido puestos junto a las iglesias y otros sitios los más frecuentados de la ciudad, para acostumbrar, decía Licurgo, al bajo pueblo, las mujeres y los niños, a no asustarse cuando ven a un hombre muerto, y a fin de que el continuo espectáculo de los osarios, sepulcros y convoyes funerarios sea saludable advertencia de nuestra condición:


Quin etiam exhilarare viris convivia caedo

mos olim, et miscere epulis spectacula dira

certantum ferro, saepe et super ipsa cadentum

pocula, respersis non parco sanguine mensis[139];


y como los egipcios, después de sus festines, mostraban a los invitados una imagen de la muerte por uno que gritaba: «Bebe, y... alégrate, pues cuando mueras seras lo mismo» así tengo yo la costumbre, así tengo yo por hábito guardar, no sólo en la mente, sino en los labios, la idea y la expresión de la muerte. Y nada hay de que me informe con tanta solicitud como de la de los hombres: «qué palabra pronunciaron, qué rostro pusieron, qué actitud presentaron», ni pasaje de los libros en que me fije con más atención; así se verá que en la elección de los ejemplos muestro predilección grande por esta materia. Si compusiera yo un libro, haría un registro comentado de las diversas suertes de morir. Quien enseñase a los hombres a morir enseñarlos a vivir. Dicearco compuso una obra de título análogo, mas de diverso y menos útil alcance.

Se me responderá, acaso, que el hecho sobrepuja de tal modo la idea, que no hay medio que valga a atenuar la dureza de nuestro fin. No importa. La premeditación proporciona sin duda gran ventaja; y además, ¿no es ya bastante llegar al trance con tranquilidad y sin escalofrío? Pero hay más. La propia naturaleza nos da la mano y contribuye a inculcar ánimo en nuestro espíritu; si se trata de una muerte rápida y violenta, el tiempo material nos falta para temerla; si es más larga, advierto que a medida que la enfermedad se apodera de mí voy teniendo en menos la vida. Entiendo que tales pensamientos y resoluciones deben practicarse hallándose en buena salud, y así yo me conduzco, con tanta más razón cuanto que en mí comienza ya a flaquear el amor a las comodidades y la práctica del placer. Veo la muerte con mucho menos horror que antes, lo cual me permite esperar que cuanto más viejo sea, más me resignaré a la pérdida de la vida. En muchas circunstancias he tenido ocasión de experimentar la verdad del dicho de César, quien aseguraba que las cosas nos parecen más grandes de lejos que de cerca, y así, en perfecta salud, he tenido más miedo a las enfermedades que cuando las he sufrido. El contento que me domina, el placer y la salud, muéstrame el estado contrario tan distinto, que mi fantasía abulta por lo menos el mal, el cual creo más duro estando sano que pesando sobre mí. Espero que lo propio me acontecerá con la muerte.

Estas mutaciones y ordinarias alternativas nos muestran cómo la naturaleza nos hace apartar la vista de nuestra pérdida y empeoramiento. ¿Qué le queda a un viejo del vigor de su juventud y de su existencia pasadas?


Heu!, senibus vitae portio quanta manet.[140]


Un soldado de la guardia de César, que se hallaba molido y destrozado, pidió al emperador licencia para darse la muerte. César, al contemplar su decrépito aspecto, le contestó ingeniosamente: «¿Acaso crees hallarte vivo?» Mas, guiados por su mano, por una suave y como insensible pendiente, poco a poco, y como por grados, acércanos a aquella miserable situación y nos familiariza con ella de tal modo, que no advertimos ninguna transición violenta cuando nuestra juventud acaba, lo cual es en verdad una muerte más dura que el acabamiento de una vida que languidece, cual es la muerte de la vejez. El tránsito del mal vivir al no vivir, no es tan rudo como el de la edad floreciente a una situación penosa y rodeada de males del cuerpo encorvado se aminoraron ya las fuerzas, y lo mismo las del alma; habituémosla a resistir los ataques. de la muerte. Pues como es imposible que permanezca en reposo mientras la teme, si logra ganar la calma (cosa como que sobrepuja la humana condición), de ello puede alabarse entonces pues es harto difícil que la inquietud, el tormento y el miedo, ni siquiera la menor molestia se apoderen de ella.


Non vultus instantis tyranni

mente qualit solida, neque Auster

dux inquieti turbidus Adriae,

nec fulminantis magna jovis manus.[141]


Conviértese en dueña de sus concupiscencias y pasiones, dueña de la indigencia, de la vergüenza, de la pobreza y de todas las demás injurias de la fortuna. Gane quien para ello disponga de fuerzas tal ventaja. Tal es la soberana y verdadera libertad que nos comunica la facultad de reírnos de la fuerza y la injusticia, a la vez que la de burlamos de los grillos y de las cadenas.


In manices et

compedibus, saevo, te sub custode tenebo.

Ipse deus, simul atque volam, me solvet opinor,

hoc sentit: moriar. Mors ultima linea rerum est.[142]


Nuestra religión no ha tenido más seguro fundamento humano que el menosprecio de la vida. No sólo el discernimiento natural lo trae a nuestra memoria, sino que es necio que temamos la pérdida de una cosa, la cual estamos incapacitados de sentir después. Y puesto que de tan diversos modos estamos amenazados por la muerte, ¿no es mayor la pena que ocasiona el mal de temerlos todos para librarnos de tirio solo? ¿No vale más que venga cuando lo tenga a bien, puesto que es inevitable? Al que anunció a Sócrates que los treinta tiranos le habían condenado a morir, el filósofo contestó que la naturaleza los había condenado a ellos. ¡Qué torpeza la de apenarnos y afligirnos cuando de todo duelo vamos a ser libertados! Como el venir a la vida nos trae al par el nacimiento de todas las cosas, así la muerte hará de todas las cosas nuestra muerte. ¿A qué cometer la locura de llorar porque de aquí a cien años no viviremos, y por qué no hacer lo propio porque hace cien años no vivíamos? La muerte es el origen de nueva vida; al entrar en la vida lloramos y padecemos nuestra forma anterior; no puede considerarse como doloroso lo que no ocurre más que una sola vez. ¿Es razonable siquiera poner tiempo tan dilatado en cosa de tan corta duración? El mucho vivir y el poco vivir son idénticos ante la muerte, pues ambas cosas no pueden aplicarse a lo que no existe. Aristóteles dice que en el río Hypanis hay animalillos cuya vida no dura más que un día; los que de ellos mueren a las ocho de la mañana acaban jóvenes su existencia, y los que mueren a las cinco de la tarde perecen de decrepitud. ¿Quién de nosotros no tornaría a broma la consideración de la desdicha o dicha de un momento de tan corta duración? La de nuestra vida, si la comparamos con la eternidad, o con la de las montañas, ríos, estrellas, árboles y hasta con la de algunos animales, ¿no es menos ridícula?

Mas la propia naturaleza nos obliga a perecer. «Salid, nos dice, de este mundo como en él habéis entrado. El mismo tránsito que hicisteis de la muerte a la vida, sin pasión y sin horror, hacedlo de nuevo de la vida a la muerte. Vuestro fin es uno de los componentes del orden del universo, es uno de los accidentes de la vida del mundo.


Inter se mortales mutua vivunt,

***

Et, quasi cursores, vitae lampada tradunt.[143]


»¿Cambiaré yo por vosotros esta hermosa contextura de las cosas? La muerte es la condición de vuestra naturaleza; es una parte de vosotros mismos; os huís a vosotros mismos. La existencia de que gozáis pertenece por mitad a la vida y a la muerte. El día de vuestro nacimiento os encamina así al morir como al vivir.


Prima, quea vitam dedit, hora, carpsit.[144]


Nascentes morimur; finisque ab origine pendet.[145]


»Todo el tiempo que vivís se lo quitáis a la vida: lo vivís a expensas de ella. El continuo quehacer de vuestra existencia es levantar el edificio de la muerte. Os encontráis en la muerte mientras estáis en la vida; pues estáis después de la muerte cuando ya no tenéis vida, o en otros términos: estáis muertos después de la vida; mas durante la vida estáis muriendo, y la muerte ataca con mayor dureza al moribundo que al muerto, más vivamente y más esencialmente. Si de la vida habéis hecho vuestro provecho, tenéis ya bastante: idos satisfechos.


Cur non ut plenus vitae conviva recedis?[146]


»Si no habéis sabido hacer de ella el uso conveniente, si os era inútil, ¿qué os importa haberla perdido? ¿Para qué la queréis todavía?


Cur amplius addere quaeris,

Rursum quod pereat male, et ingratum occidat omne?[147]


»La vida no es, considerada en si misma, ni un bien ni un mal; es lo uno o lo otro según vuestras acciones. Si habéis vivido un día lo habéis visto todo: un día es igual a siempre. No hay otra luz ni otra oscuridad distintas. Ese sol, esa luna, esas estrellas, esa armonía de las estaciones es idéntica a la que vuestros abuelos gozaron y contemplaron, y la misma que contemplarán nuestros nietos y tataranietos.


Non allum videre patres, aliumve nepotes

adspicient.[148]


»La variedad y distribución de todos los actos de mi comedia se desarrollan en un solo año. Si habéis parado vuestra atención en el vaivén de mis cuatro estaciones, habréis visto que comprenden la infancia, adolescencia, virilidad y vejez del mundo: con ello ha hecho su partida; después comienza de nuevo, y siempre acontecerá lo mismo.


Versamur ibidem, atque insumus usque.[149]

Atque in se sua per vestigia volvitur annus.[150]


»No reside en mi la facultad de forjaros nuevos pasatiempos:


Nam tibi praeterea quod machiner, inveniamque

quod placeat, nihil est: eadem sunt omnia semper.[151]


»Dejad a los que vengan el lugar, como los demás os lo dejaron a vosotros. La igualdad es la primera condición de la equidad. ¿Quién puede quejarse de un mal que todos sufren? Es, pues, inútil que viváis; no rebajaréis nada del espacio que os falta para la muerte: para ello todos vuestros esfuerzos son inútiles. Tanto tiempo como permanecéis en ese estado de temor, nada vale ni a nada conduce. Igual da que hubierais muerto cuando estabais en brazos de vuestra nodriza:


In vera nescis nullum fore morte alium te,

qui possit vivus tibi te lugere peremptum,

stansque jacentem?[152]


»Y si a tal estado de ánimo llegarais, no experimentaríais descontento alguno;


Nec sibi enim quisquam tum se, vitamque requirit.

***

Nec desiderium nostri nos afficit ullum.[153]


ni desearíais una vida cuya pérdida sentís tanto.


»Es la muerte menos digna de ser temida que nada, si hubiera alguna cosa más insignificante que nada.


Multo... mortem minus ad nos esse putandum.

Si minus esse potest, quam quod nihil esse videmus.[154]


»Ni muertos ni vivos debe concernirnos; vivos, porque existimos; muertos, porque ya no existimos. Nadie muere hasta que su hora es llegada el tiempo que dejáis era tan vuestro u os pertenecía tanto como el que transcurrió antes de que nacierais, y que tampoco os concierne.


Respice enim, quam nil ad nos anteacta vetustas

temporis aeterni fuerit.[155]


»Allí donde vuestra vida acaba está toda comprendida. La utilidad del vivir no reside en el tiempo, sino en el uso que de la vida se ha hecho: tal vivió largos días que vivió poco. Esperadla mientras permanecéis en el mundo: de vuestra voluntad pende, no del número de años el que hayáis vivido bastante. ¿Pensáis acaso no llegar al sitio donde marcháis sin cesar? No hay camino que no tenga su salida. Y por si el mal de muchos sirve a aliviaros, sabed que el mundo todo sigue la marcha que vosotros seguís.


...Omnia te, vita perfuncta, sequentur.[156]


Todo se estremece al par de vosotros. ¿Hay algo, que no envejezca cuando vosotros envejecéis y como vosotros envejecéis? Mil hombres, mil animales y mil otras criaturas mueren en el propio instante que vosotros morís.


Nam nox nulla diem, neque noctem aurora sequuta est,

quae non audierit mixtos vagitibus aegris

Ploratus, mortis comites et funeris atris.[157]


»¿A que os sirve retroceder? Bastantes habéis visto que se han encontrado bien hallados con la muerte por haber ésta acabado con sus miserias. ¿Mas, habéis visto alguien mal hallado con ella? Gran torpeza es condenar una cosa que no habéis experimentado ni en vosotros ni en los demás. ¿Por qué tú te quejas de mí y del humano destino? Aunque tu edad no sea todavía acabada, tu vida sí lo es; un hombrecito es hombre tan completo como un hombre ya formado. No se miden por varas los hombres ni sus vidas. Chirón rechaza la inmortalidad informado de las condiciones en que se le concede por el dios mismo del tiempo, por Saturno, su padre. Imaginad cuánto más perdurable sería la vida y cuán menos soportable al hombre, y cuanto más penosa de lo que lo es la que yo le he dado. Si la muerte no se hallare al cabo de vuestros días, me maldeciríais sin cesar por haberos privado de ella. De intento he mezclado, alguna amargura, para impediros, en vista de la comodidad de su uso, el abrazarla con demasiada avidez, con indiscreción extremada. Para llevaros a una tal moderación, para que no huyáis de la vida ni tampoco de la muerte que exijo de vosotros, he entreverado la una y la otra de dulzores y amarguras. Enseñé a Thales, el primero de vuestros sabios, que el morir y el vivir eran cosas indiferentes, por eso al que le preguntó por qué no moría, respondiole prudentísinamente: Porque da lo mismo. El agua, la tierra, el aire, el fuego y otros componentes de mi edificio, así son instrumentos de tu vida como de tu muerte. ¿Por que temes tu último día? Tu último día contribuye lo mismo a tu muerte que los anteriores que viviste. Él último paso no produce la lasitud, la confirma. Todos los días van a la muerte: el último llega.» Tales son los sanos advertimientos de nuestra madre naturaleza.

Con frecuencia he considerado por qué en las guerras, el semblante de la muerte, ya la veamos en nosotros mismos ya en los demás, nos espanta mucho menos que en nuestras casas (si así no fuera compondríanse los ejércitos de médicos y de llorones); y siendo la muerte lo mismo para todos, he considerado también que la aguardan con mayor resignación las gentes del campo y las de condición humilde que los demás. En verdad creo que todo depende del aparato de horror de que la rodeamos el cual pone más miedo en nuestro ánimo que la muerte misma; los gritos de las madres, de las mujeres y de los niños; la visita de gentes pasmadas y transidas; la presencia numerosa de criados pálidos y llorosos; una habitación a oscuras; la luz de los blandones; la cabecera de nuestro lecho ocupada por médicos y sacerdotes: en suma, todo es horror y espanto en derredor nuestro: henos ya bajo la tierra. Los niños tienen miedo de sus propios camaradas cuando los ven disfrazados; a nosotros nos acontece lo propio. Preciso es retirar la máscara lo mismo de las cosas que de las, personas, y una vez quitada no hallaremos bajo ella a la hora de la muerte nada que pueda horrorizarnos. Feliz el tránsito que no deja lugar a los aprestos de semejante viaje.



De la fuerza de imaginación

Fortis imaginatio generat casum[158], dicen las gentes disertas. Yo soy de aquellos a quienes, la imaginación avasalla: todos ante su impulso se tambalean, mas algunos dan en tierra. La impresión de mi fantasía me afecta, y pongo todo esmero y cuidado en huirla, por carecer de fuerzas para resistir su influjo. De buen grado pasaría mi vida rodeado sólo de gentes sanas y alegres, pues la vista de las angustias del prójimo angustíame materialmente, y con frecuencia usurpo las sensaciones de un tercero. El oír una tos continuada irrita mis pulmones y mi garganta; peor de mi grado visito a los enfermos cuya salud deseo, que aquellos cuyo estado no me interesa tanto: en fin, yo me apodero del mal que veo y lo guardo dentro de mi. No me parece maravilla que la sola imaginación produzca las fiebres y la muerte de los que no saben contenerla. Hallándome en una ocasión en Tolosa en casa de un viejo pulmoníaco, de abundante fortuna, el médico que le asistía, Simón Thomas, facultativo acreditado, trataba con el enfermo de los medios que podían ponerse en práctica para curarle y le propuso darme ocasión para que yo gustase de su compañía; que fijara sus ojos en la frescura de mi semblante y su pensamiento en el vigor y alegría en que mi adolescencia rebosaba, y que llenase todos sus sentidos de tan floreciente estado; así decía el médico al enfermo que su situación podría cambiar, pero olvidábase de añadir que el mal podría comunicarse a mi persona. Galo Vibio aplicó tan bien su alma a la comprensión de la esencia y variaciones de la locura que perdió el juicio; de tal suerte que fue imposible volverle a la razón. Pudo, pues, vanagloriarse de haber llegado a la demencia por un exceso de juicio. Hay algunos condenados a muerte en quienes el horror hace inútil la tarea del verdugo; y muchos se han visto también que al descubrirles los ojos para leerles la gracia murieron en el cadalso por no poder soportarla impresión. Sudamos, temblamos, palidecemos y enrojecemos ante las sacudidas de nuestra imaginación, y tendidos sobre blanda pluma sentimos nuestro cuerpo agitado por sí mismo algunas veces hasta morir; la hirviente juventud arde con ímpetu tal, que satisface en sueños sus amorosos deseos:


Ut, quasi transactis saepe, omnibu, rebu, profundant

fluminis ingentes fluctus, vestemque cruentent.[159]


Aunque no sea cosa desusada ver que le salen cuernos por la noche a quien al acostarse no los tenía, el sucedido de Cipo, rey de Italia, es por demás memorable. Había éste asistido el día anterior con interés grande, a una lucha de toros, y toda la noche soñó que tenía cuernos en la cabeza; y efectivamente, el calor de su fantasía hizo que le salieran. La pasión comunicó al hijo de Creso la palabra, de que la naturaleza lo había privado. Antíoco tuvo recias calenturas a causa de la belleza de Stratonice, cuya hermosura habíase sellado profundamente en su alma. Refiere Plinio haber visto cambiarse a Lucio Cosicio de hombre en mujer el mismo día de sus bodas. Pontano y otros autores, cuentan análogas metamorfosis ocurridas en Italia en los siglos últimos. Y por vehemente deseo, propio y de su madre,


Vota puer solvit, quae femina voverat, Iphis.[160]


En el Vitry, francés vi a un sujeto a quien el obispo de Soissons había confirmado con el nombre de Germán; todas las personas de la localidad le conocieron como mujer hasta la edad de ventidós años, y le llamaban María. Era, cuando yo le conocí, viejo, bien barbado y soltero, y contaba que, habiendo hecho un esfuerzo al saltar, aparecieron sus miembros viriles. Aun hoy hay costumbre entre las muchachas del Vitry de cantar unos versos que advierten el peligro de dar grandes brincos, que podría exponerlas a verse en la situación de María-Germán. No es maravilla encontrar con frecuencia el accidente referido, pues si la imaginación ofrece poder en cosas tales, está además tan de continuo y tan fuertemente identificada con ellas, que para no volver al mismo pensamiento y vivo deseo, procede mejor la fantasía al incorporar de una vez para siempre la parte viril en las jóvenes.

A la fuerza de imaginación atribuyen algunos las cicatrices del rey Dagoberto y las llagas de san Francisco. Otros el que los cuerpos se leven de la tierra. Refiere Celso que un sacerdote levantaba su alma en éxtasis tan grande, que su cuerpo permanecía largo espacio sin respiración ni sensibilidad. San Agustín habla de otro a quien bastaba sólo oír gritos lastimeros, para ser trasportado instantáneamente tan fuera de sí, que era del todo inútil alborotarle, gritarle, achicharrarle y pincharle hasta que recobraba de nuevo los sentidos. Entonces declaraba haber oído voces, que al parecer sonaban a lo lejos, y echaba de ver sus heridas y quemaduras. Que el accidente no era fingido sino natural, probábalo el hecho de que mientras era presa de él, la víctima no tenía pulso ni alentaba.

Verosímil es que el crédito que se concede a las visiones, encantamientos y otras cosas extraordinarias provenga sólo del poder de la fantasía; la cual obra más que en las otras en las almas del vulgo, por ser más blandas e impresionables. Tan firmemente arraigan en ellas las creencias, que creen ver lo que no ven.

Casi estoy por creer que esos burlones maleficios con que algunas personas suelen verse trabadas (y no se oye hablar de otra cosa) reconocen por causa la aprensión y el miedo. Por experiencia sé que cierta persona de quien puedo dar fe como de mí mismo, en la cual no podía haber sospecha alguna, de debilidad ni encantamiento, habiendo oído relatar un amigo suyo el suceso de una extraordinaria debilidad en que el del cuento había caído cuando más necesitado se hallaba el vigor y fortaleza, el horror del caso asaltó de pronto la imaginación del oyente o hízole atravesar situación análoga. De entonces en adelante experimentó repetidas veces tan desagradable accidente, porque el importuno recuerdo de la historia le agobiaba y tiranizaba constantemente. Pero encontró algún remedio a la ilusión de que era víctima con otra parecida, y fue que declarando de antemano la calamidad que le amarraba, ensanchose la contención de su alma, pues considerando el mal como esperado y casi irremediable, pesábale menos la preocupación. Cuando tuvo ocasión, libremente (encontrándose su pensamiento despejado y a sus anchas, y su cuerpo en la situación normal), de comunicar y sorprender el entendimiento ajeno, quedo curado por completo. La desdicha de que hablo no debe temerse sino en los casos en que nuestra alma se encuentre extraordinariamente embargada por el deseo y el respeto, y también allí donde todo lo allanó la facilidad y la urgencia precisa. Yo sé de alguien a quien procuró medio el satisfacerse en otra parta para calmar los ardores de su furor, y que por la edad se encuentra menos impotente precisamente por ser menos potente; y de otro, a quien ha sido de utilidad grandísima el que un amigo le haya asegurado que se encuentra, provisto de una contrabatería de encantamientos, seguros a preservarle. Pero mejor será que refiera el caso menudadamente.

Un conde de alcurnia distinguida, de quien yo era amigo íntimo, casó con una hermosa dama que antes había sido muy solicitada y requerida por uno de los que asistían a la bodas. El desposado hizo entrar en cuidado a sus amigos, principalmente a una dama de edad, parienta suya, en cuya casa tenía lugar la ceremonia, y que la presidía, mujer humorosa de estas brujerías, quien así me lo confesó. Por casualidad guardaba yo en mi cofre una piececita de oro delgada, que tenía grabadas algunas figuras celestes, y que era remedio eficaz contra las insolaciones y el dolor de cabeza, colocándola, en la sutura del cráneo; para que la medallita pudiera llevarse estaba sujeta a un cordón suficientemente largo que podía rodear la cara, y anudarlo junto a la garganta; ensueño es este idéntico al de que voy hablando. Santiago Pelletier[161], viviendo en mi casa, me había hecho tan singular presente. Ocurriome sacar de él algún partido, y dije al conde que también él podía correr peligro de impotencia a causa del encantamiento de algún rival, añadiendo que se acostara en seguida, que yo me encargaba de prestarle un servicio de amigo, y que ponía a su disposición un milagro, cuyo poder de realizarlo residía en mis manos, siempre y cuando que por su honor me jurase guardar, el más profundo secreto, y que le recomendaba únicamente que durante la noche, cuando fuéramos a llevarlos la colación al lecho, si las cosas no habían ido a medida de sus deseos, me hiciera una señal, convenida previamente. Había tenido el alma tan intranquila y los oídos le chillaron tanto por mis palabras, que sufrió los efectos de su imaginación y me hizo la señal a la hora prescrita. Yo le dije entonces, sin que nadie nos oyera, que se levantara con el pretexto de echarnos de la alcoba, y que, como jugando, se apoderase de mi bata (éramos de estatura casi idéntica) y se cubriera con ella mientras practicaba la recomendación que le hiciera, lo cual ejecutó; añadí que cuando nos marcháramos saliera a orinar, recitara tres veces ciertas oraciones y ejecutara ciertos movimientos; que cada una de esas tres voces se ciñera el cordón que yo lo daba en la cintura y se aplicara la medalla que con él iba sujeta a los riñones, teniendo el cuerpo en determinada posición; y por último, que, después de haber practicado escrupulosamente todas mis instrucciones sujetara bien el cordón, a fin de que no pudiera desatarse ni moverse del lugar en que lo tenía, y que se dirigiese con tranquilidad completa a su labor, sin olvidarse de tender mi traje sobre la cama, de modo que los cubriera a los dos. Todas estas patrañas constituyen lo principal del efecto; nuestra mente no puede rechazar el que medios tan extraños no procedan de alguna ciencia abstrusa; su insignificancia misma los reviste de autoridad, y hace que se respeten. En conclusión; es lo cierto que los signos de la medalla se mostraron más venéreos que solares, más activos que prohibitivos. Fue un capricho repentino Y malicioso lo que me invitó a tal acción, alejado por lo demás de mi naturaleza. Soy enemigo de las acciones sutiles y fingidas; odio las finezas, no sólo las recreativas, sino también las provechosas. Si el acto en sí mismo no es vicioso, en cambio el procedimiento sí lo es.

Amasis, rey de Egipto, casó con Laodice, hermosísima joven griega. Mas el soberano, que se había mostrado vigoroso con las demás mujeres, no acertó a disfrutar de Laodice, y la amenazó con darla muerte, creyendo que la causa de su debilidad fuera cosa de brujería. Para remediar la desdicha recomendole la dama la práctica de actos devotos, y habiendo ofrecido a Venus ciertas promesas, encontrose divinamente fuerte la noche que siguió a las oblaciones y sacrificios. Hacen mal las mujeres en adoptar continente melindroso de contrariedad; todo eso nos debilita y acalora. Decía la suegra de Pitágoras que la mujer que se acuesta con un hombre debe con su chambra dejar también la vergüenza y tomarla de nuevo con las enaguas. El alma del varón, intranquila por alarmas diversas, piérdese fácilmente; aquel a quien la imaginación hizo sufrir una vez tal percance (no acontece esto sino en los primeros ayuntamientos, por lo mismo que son más hirvientes y rulos; y también por el temor de que no salga el disparo, recelo que la vez primera es mucho más grande el sobrecogimiento). Y cuando se principia mal, el espíritu se altera y despecha del accidente, que persiste en las ocasiones sucesivas.

Los casados, como tienen por suyo todo el tiempo, no deben buscar ni apresurar el acto si no están en disposición de realizarlo. Preferible es incurrir en falta en el estreno de la cópula nupcial, llena de agitación y fiebre, y aguardar ocasión más propicia y menos revuelta, a caer en una perpetua miseria por la desesperación que acarrea el primer fracaso. Antes de la posesión debe el paciente de cuando en cuando hacer ensayos sin acalorarse ni extremarse para asegurarse así de sus fuerzas. Y los que son en este punto de naturaleza fácil, procuren por imaginación contenerse.

Con razón se ha advertido la indócil rebeldía de este órgano, que se subleva importunamente, cuando de ello no hemos menester, y se aplaca, más importunamente todavía, cuando tenemos necesidad de lo contrario. Tan imperiosamente se opone a nuestra voluntad, que rechaza con altivez y obstinación indomables lo mismo nuestras solicitaciones mentales que las manuales. Sin embargo de que se censura su rebelión y por ello se la condena, si estuviese yo encargado de defender su proceder, acaso hiciera cómplices a los otros miembros, sus compañeros, de haberle motejado por pura envidia de la importancia y dulzura de sus funciones; de haber todos juntos conspirado contra él y de hacerle cargar con la responsabilidad de una culpa común. Considerad, si no, si hay siquiera una sola parte de nuestro cuerpo que no se oponga con frecuencia más que sobrada a la determinación de nuestra voluntad. Cada cual tiene sus pasiones propias que la despiertan o adormecen sin nuestro con sentimiento. ¡Cuántas veces declara nuestro rostro los pensamientos que guardamos secretos y nos traiciona ante las personas que nos rodean! La causa misma que vivifica el órgano de que hablo anima también, sin que nos demos cuenta de ello, el corazón, el pulmón y el pulso; la vista de un objeto grato esparce imperceptiblemente en nosotros la llama de una emoción febril. ¿Acaso son sólo los músculos y las venas los que se aplacan o ponen rígidos, sin licencia, no ya sólo de nuestra voluntad, sino tampoco de nuestro pensamiento cabe? No ordenamos o nuestros cabellos que se ericen, ni a nuestras carnes que tiemblen por el deseo o el temor; la mano se dirige con frecuencia donde nosotros no la ordenamos que vaya; la lengua enmudece y la voz se apaga cuando se las antoja; en ocasión en que no tenemos viandas ni agua a nuestro alcance prohibiríamos de buen grado a nuestro apetito la excitación y haríamos que nuestra sed se aplacara, pero no alcanza a tanto nuestro poder; nos ocurre lo mismo que con el otro apetito de que antes hablé; las ganas de comer nos abandonan cuando se les antoja. Los órganos que sirven a descargar el entre se dilatan o contraen por sí mismos, e igualmente los que desocupan los riñones. Lo que san Agustín escribe para demostrar el poderío de nuestra voluntad de alguien que ordenaba a su trasero expeler tantos pedos como quería, y que Vives, glosador del santo, apoya con otro ejemplo de su época, diciendo que algunos tienen la facultad de expeler vientos musicales, que concuerdan con el tono de voz que se les impone, no supone ninguna obediencia del trasero, pues en general, puede decirse que no hay órgano más impertinente y tumultuario. Sé de uno tan turbulento y rebelde, que lleva ya cuarenta años obligando a su dueño a peer constante e incesantemente y que le llevará así al sepulcro. Y a, Dios pluguiera que hubiese tenido noticia por las historias de semejante monstruosidad. ¡Cuantísimas veces, por oponernos a la salida de un solo pedo, nuestro vientre nos coloca en el dintel de una muerte angustiosísima! El emperador que nos dio libertad absoluta de peer[162] en todas partes, no nos hubiera podido otorgar lo mismo la facultad de hacerlo cuando lo tuviéramos por conveniente. Pero nuestra voluntad, a que acusamos de impotencia en este particular, podríamos igualmente censurarla de rebelión y sedición en otros puntos por su desorden y desobediencia. ¿Quiere en toda ocasión lo que desearíamos que quisiera? ¿No sucede muchas veces que anhela aquello que la prohibimos, precisamente lo que nos daña? ¿Acaso se deja conducir por los principios de nuestra razón? En conclusión diré, en beneficio de mi defendido[163] que me place considerar que su causa está inseparable e indistintamente unida a la de un consocio; y sin embargo, aquél sólo carga con los vidrios rotos, y por argumentos y cargos tales, vista la condición de las partes, no pueden en modo alguno pertenecer ni concernir a dicho consocio, pues el fin de éste es a veces invitar a destiempo, pero nunca oponerse, y también invitar sin esfuerzo, todo o cual es prueba palmaria de la animosidad e ilegalidad de los acusadores. De todos modos, protestando que los abogados y jueces pierden el tiempo al emitir quejas y formular sentencias, la naturaleza seguirá la marcha que le acomode y habrá obrado acertadamente aun cuando haya dotado a este miembro de algún privilegio particular, como autora de la única obra inmortal entre los mortales. Por eso consideraba Sócrates la generación como acto divino, y el amor como deseo de inmortalidad y espíritu inmortal.

Hay quien a causa del efecto de su imaginación deja aquí las escrófulas[164] que su compañero llevará a España. Por eso, para tales casos acostumbraba a recomendarse que el espíritu se encontrara en buena disposición. Por idéntica razón preparan los médicos de antemano la fe de sus pacientes en los medicamentos, con tantas promesas falsas de curación, a fin de que el efecto de la fantasía supla la inutilidad de sus pócimas. Saben bien que uno de los maestros de su arte les dejó escrito que hubo personas a quienes hizo el efecto sólo la vista de la medicina. Hame venido lo apuntado a la memoria recordando la relación que me hizo un boticario que estaba al servicio de mi difunto padre, hombre sencillo, suizo de nación, que es un pueblo nada charlatán ni embustero. Contome haber tratado largo tiempo en Tolosa a un comerciante enfermizo, sujeto al mal de piedra, que tenía con suma frecuencia necesidad de darse lavativas y se las hacía preparar por los médicos, según las alternativas del mal; luego que le presentaban el líquido con todos los adminículos veía si estaba demasiado caliente, y héteme aquí a nuestro enfermo tendido boca abajo, con todos los preparativos admirablemente dispuestos, pero que en fin de cuentas no tomaba lavativa alguna. Alejado el médico de la alcoba, el paciente se instalaba como si realmente se hubiese aplicado el remedio y experimentaba efecto igual al que sienten los que le practican. Y si el facultativo consideraba que no se había puesto bastantes, recomdábale dos o tres más en forma idéntica. Jura mi testigo que para economizar el gasto, pues el enfermo pagaba como si las hubiera recibido, la mujer de éste le presentó varias veces sólo agua tibia; el efecto nulo descubrió el engaño, y por haber encontrado inútiles las últimas, fue necesario volver a las preparadas por la farmacopea.

Una mujer que creía haber tragado un alfiler con el pan que comía, gritaba y se atormentaba como si sintiera en la garganta un dolor insoportable, donde, a su entender, teníalo detenido; pero como no había hinchazón ni alteración en la parte exterior, una persona hábil que estaba junto a ella consideró que la cosa no era más que aprensión, que obedecía a algún pedacito de pan que la había arañado al pretender tragarlo; hizo vomitar a la mujer y puso a escondidas en lo que arrojó un alfiler torcido. La paciente, creyendo en realidad haberlo expulsado, sintiose de pronto libre de todo mal y dolor. Sé que un caballero que había dado un banquete a varías personas de la buena sociedad se vanagloriaba, por pura broma, pues, la cosa no era cierta, de haber hecho comer a sus invitados un pastel de gato; una señorita de las convidadas se horrorizó tanto al saberlo que cayó enferma con calenturas, perdió el estómago y fue imposible salvarla. Los animales mismos vense como nosotros sujetos al influjo de la imaginación; acredítanlo los perros que se dejan sucumbir de dolor a causa, de la muerte de sus amos; vémoslos ladrar y agitarse en sueños, y a los caballos relinchar y desasosegarse. Todo lo cual puede explicarse por la estrecha unión de la materia y el espíritu, que se comunican entre sí sus estados mutuos; por eso la imaginación actúa a veces, no ya contra el propio cuerpo, sino también contra el ajeno. De la misma suerte que un cuerpo comunica el mal a su vecino, como se ve en a epidemias, en las bubas y en los males de los ojos, que pasan de unos en otros:


Dum spectan oculi laesos, laeduntur et ipsi;

multaque corporibus transitione nocent[165],


así la imaginación, vehemente sacudida, lanza dardos que alcalizan a otro cuerpo que no es el suyo. La antigüedad creía que ciertas mujeres de Escitia, cuando tenían a alguien mala voluntad, podían matarle con la mirada. Las tortugas y los avestruces incuban sus huevos con la vista sola, prueba evidente de que poseen alguna virtud ocular. Dícese que los brujos tienen dañina la mirada:


Nescio quis teneros oculus mihi fascinat agnos[166];


pero yo no doy crédito a la ciencia de mágicos y adivinos. Por experiencia vemos que las mujeres producen en el cuerpo de las criaturas que paren los signos de sus caprichos, como la que parió un moro. A Carlos, emperador rey de Bohemia, fue presentada una muchacha cubierta de pelos erizados, cuya madre decía haber sido así concebida a causa de una imagen de san Juan Bautista que tenía colgada junto al lecho.

Lo propio acontece a los animales, como vemos por las ovejas de Jacob y por las perdices que la nieve blanquea en las montañas. Poco ha viose en mi casa un gato que acechaba a un pájaro colocado en lo alto de un árbol; los ojos del uno estuvieron clavados en los del otro un corto espacio y luego el pájaro se dejó caer como muerto entre las patas del gato, bien trastornado por su propia imaginación, bien atraído por alguna fuerza peculiar del felino. Los amantes de la caza de halconería conocen el cuento del halconero, que, fijando obstinadamente su mirada en la de un milano que volaba, apostaba que le hacía dar en tierra por virtud de la sola fuerza de su mirada, y ganaba la apuesta, según cuentan; pues debo advertir que las historias que traigo aquí a colación déjolas sobre la conciencia de aquellos en quienes las encontré. Mías son las reflexiones, que pueden demostrarse por la razón, sin echar mano de casos particulares. Cada cual puede acomodar a la doctrina sus ejemplos, y quien no los tenga, que no sea incrédulo, en atención a número y variedad de los fenómenos de la naturaleza. Si me sirvo de ejemplos que no cuadran exactamente con los asuntos de que hablo, que otro los acomode más pertinentes. De manera que, en el estudio que aquí hago de nuestras costumbres y transportes, los testimonios fabulosos, siempre y cuando que sean verosímiles, me sirven como si fuesen auténticos. Acontecido o no, en Roma o en París, a Juan o a Pedro, siempre será la cosa un rasgo de la humana capacidad que yo utilizo. Léolo y aprovécholo igualmente en sombra que en cuerpo; en los casos diversos que las historias citan me sirvo de los que son más raros y dignos de memoria. Hay autores cuyo único fin es relatar los acontecimientos; el mío, si a él acertara a tocar, sería escribir, no lo acontecido, sino lo que puede acontecer. Lícito es en las discusiones de filosofía atestiguar con cosas verosímiles cuando no existen las reales; yo no voy tan allá, sin embargo; y sobrepaso en escrupulosidad a las historias mismas. En los ejemplos que saco de lo que he leído, oído, hecho o dicho tengo por sistema no alterar ni modificar siquiera las más inútiles circunstancias: mi conciencia no falsifica ni una coma; de mi falta de ciencia no puedo responder lo mismo.

Creo yo que la ocupación de escribir la historia conviene bien a un teólogo o a un filósofo, y en general a los hombres prudentes, de conciencia exacta y exquisita. Sólo ellos, pueden deslindar su fe de las creencias del pueblo, responder de las ideas de personas desconocidas y mostrar sus conjeturas como moneda corriente. De las acciones que pasan ante su vista y que se prestan a interpretaciones varias opondríanse a prestar juramento ante un juez, y por íntimo trato que tuvieran con un hombre rechazarían igualmente el responder con plenitud de sus intenciones. Tengo por menos aventurado escribir sobre las cosas pasadas que sobre las presentes, entre otras razones porque en las primeras el escritor no tiene que dar cuenta sino de una verdad prestada.

Me invitan algunos a relatar los sucesos de mi tiempo, considerando que los veo con ojos menos desapacibles que los demás, y más de cerca, por la proximidad en que la fortuna me ha puesto de los jefes de los distintos partidos. Pero no saben aquéllos que por alcanzar la gloria de Salustio no me procuraría ningún mal rato, como enemigo jurado que soy de toda obligación asidua y constante; ni que nada hay tan contrario a mi estilo como una narración dilatada. Falto de alientos, deténgome a cada momento. Ignoro más que una criatura los vocablos y frases que se aplican a las cosas más comunes; por eso he tomado a mi cargo el escribir sólo sobre aquellas materias que se acomodan a mis fuerzas. Si me impusiera un asunto determinado, mi medida podría faltar a la suya, y como la libertad mía es tan grande, emitiría juicios que, en mi sentir mismo y conforme a las luces de la razón, serían injustos y censurables.

Plutarco nos diría seguramente que en sus obras no es él responsable si todos sus ejemplos no son enteramente auténticos; que fueran útiles a la posteridad y estuvieran presentados de modo que nos encaminaran a la virtud, fue lo que procuro. No ocurre lo mismo que con las medicinas con los cuentos antiguos: en éstos es indiferente que la cosa pasara así, o de otro modo diferente.



El beneficio de unos es perjuicio de otros

El ateniense Demades condenó a un hombre de su ciudad, cuyo oficio era vender las cosas necesarias para los entierros, so pretexto de que de su comercio quería sacar demasiado provecho y de que tal beneficio no podía alcanzarlo sin la muerte de muchas gentes. Esta sentencia me parece desacertada, tanto más, cuanto que ningún provecho ni ventaja se alcanza sin el perjuicio de los demás; según aquel dictamen habría que condenar, como ilegítimas, toda suerte de ganancias. El comerciante no logra las suyas sino merced a los desórdenes de la juventud; el labrador se aprovecha de la carestía de los trigos; el arquitecto de la ruina de las construcciones; los auxiliares de la justicia, de los procesos querellas que constantemente tienen lugar entre los hombres; el propio honor y la práctica de los ministros de la religión débese a nuestra muerte y a nuestros vicios; a ningún médico le es grata ni siquiera la salud de sus propios amigos, dice un autor cómico griego, ni a ningún soldado el sosiego de su ciudad, y así sucesivamente. Más aun puede añadirse: examínese cada uno en lo más recóndito de su espíritu, y hallará que nuestros más íntimos deseos en su mayor número, nacen y se alimentan a costa de nuestros semejantes. Todo lo cual considerado, me convence de que la naturaleza no se contradice en este punto en su marcha general, pues los naturalistas aseguran que el nacimiento, nutrición y multiplicación de cada cosa tiene su origen en la corrupción y acabamiento de otra.


Nan, quodcumque suis mutatum finibus exit

continuo hoc mors est illius, quod fuit ante.[167]



De la costumbre y de la dificultad de cambiar los usos recibidos

Bien comprendió el imperio de la fuerza de la costumbre el que primero forjó el cuento siguiente: una aldeana estaba habituada a acariciar y a llevar en brazos un ternerillo desde el momento en que salió del vientre de la vaca, y de tal modo se hizo a ello, que cuando el animal se convirtió en buey, todavía lo conducía entre sus brazos. La costumbre es al par maestra violenta y traidora. Ella fija en nuestro espíritu, poco a poco y como si de ello no nos diéramos cabal cuenta el peso de su autoridad, y por suave que sea la pendiente por donde descendamos ocurre un día que ha dejado bien sellada su huella en nuestra naturaleza. Vémosla de tal modo violentar siempre las leyes de ésta, que cuando menos lo pensamos nos descubre un rostro tiránico, que carecemos de fuerzas para mirar de frente; Usus efficacissimus rerum omnium magiter[168]. Creo de buen grado en el antro de que Platón habla en su República; y en los médicos que con frecuencia abandonan a su autoridad las razones de su arte; y en aquel rey que por hábito hizo su estómago refractario al veneno, y en la joven de que habla Alberto, la cual se alimentaba con arañas; y por fin creo que en ese mundo de las Indias Nuevas se encontraron pueblos grandes, de climas diversos, que se alimentaban y hacían provisión, manteniéndolos, de langostas, hormigas, lagartos y murciélagos: en esos países fue vendido un sapo en seis escudos, en una época de carencia de víveres, y cuecen esos animales aderezándolos con diversas salsas. Otros pueblos se vieron en que las carnes de que nosotros nos alimentamos eran para ellos venenosas y mortíferas. Consuetudinis magna vis est: pernoctant venatores in nive; in montibus uri se patiuntur; pugiles caestibus contusi, ne ingemiscunt quidem[169].

Ejemplos tales, que parecen peregrinos, no lo son si consideramos (lo cual experimentamos ordinariamente), cuánto la costumbre embota nuestros sentidos. No nos precisa conocer lo que se nos relata de los vecinos de las cataratas del Nilo; ni lo que los filósofos juzgan de la música celeste; o sea que estos cuerpos, siendo como son sólidos y lisos, cuando se frotan y chocan unos con otros, por virtud de sus movimientos, no pueden dejar de producir una harmonía maravillosa, conforme a la medida, y al tono cuyas variedades les imprimen movimientos y cadencia. Pero tales harmonías no las advierten los oídos de los mortales, adormecidos como los de los egipcios, a causa de la continuidad del sonido. Los herradores, molineros y armeros no podrían soportar el estruendo propio de sus respectivos oficios si como a nosotros, que no los ejercitamos, los impresionaran.

El perfume que se desprende de mi coleto lo percibe mi olfato por espacio de tres días, mas el cuarto ya no lo advierten sino los circunstantes. Más singular es todavía el que a pesar de largos intervalos e intermisiones, la costumbre pueda siempre establecer y unir el efecto de su impresión sobre nuestros sentidos, como les ocurre a los que viven cerca de los campanarios. Yo ocupo en mi casa una torre en la cual al toque de diana y al anochecer una campana grande toca diariamente el Ave María. Tal estrépito estremece a la torre misma, y si bien pareciome insoportable los primeros días, poco después me acostumbré a él, de modo que hoy lo oigo como si tal cosa, y muchas veces hasta sin despertarme.

Platón reprendió a un muchacho que jugaba a los dados. El chico le contestó que por fútil pretexto le reprendía. La costumbre, repuso Platón, no es cosa insignificante ni fútil. Yo entiendo que nuestros mayores vicios emprenden su ruta desde nuestra más tierna infancia y que nuestra dirección principal se encuentra encomendada a nuestras nodrizas. Para las madres suele ser cosa de pasatiempo ver que un niño retuerce el cuello a un pollo, y que se divierte maltratando a un perro o a un gato; y padres hay de simplicidad tal, que consideran como excelente augurio de alma marcial el ver a sus criaturas injuriar y, pegar a un campesino o a un lacayo que no se defienden; y toman a gracia el ver a sus hijos engañar a sus camaradas maliciosa y deslealmente. Tales comienzos son, sin embargo, las verdaderas semillas y raíces de la crueldad, de la tiranía y de la traición; así germinan y se educan después frondosamente, acabando su desarrollo en manos de la costumbre. Es dañosa en alto grado el excusar tan perversas inclinaciones fundándose en la tierna edad y debilidad de la criatura, pues, en primer lugar, es la naturaleza que se exterioriza, cuya voz es entonces más pura y más ingenua cuanto es más débil y más nueva; en segundo lugar, la fealdad del engaño no depende de la diferencia de valer que puede haber entre un escudo o un alfiler; depende o se fundamenta en la naturaleza misma de la falta. Hallo, pues, bien razonable la conclusión siguiente: ¿Por qué no engañará tratándose de escudos, puesto que engañó tratándose de alfileres? No vale responder que estas faltas son insignificantes y que el muchacho no pasará a mayores. Es indispensable inculcar en la naturaleza de la niñez el odio al vicio; precísales comprender la natural deformidad del mismo; es indispensable que huyan de él y no ya sólo de cometerlo, sino que la idea misma les aparezca odiosa de cualquier suerte que el vicio sea.

Estoy convencido de que por haberme acostumbrado desde niño a marchar por el buen camino y a no poner engaños ni falacias en mis juegos infantiles (menester es advertir que los de la niñez no son tales juegos, menester es juzgarlos en las criaturas como sus acciones más serias), no hay pasatiempo, por ligero que sea, al cual deje yo de aportar por natural propensión, instintivamente, una tenaz oposición al engaño. En los juegos de baraja mi lealtad es idéntica, trátese de cuartos o de doblones; lo mismo cuando me es indiferente ganar o perder, cuando juego con mi mujer y mi hija, que cuando me las he con un extraño. Mis propios ojos bastan para que me mantenga digno. No hay quien pueda vigilarme tan de cerca, ni nadie a quien yo respete más.

En mi casa acabo de ver un hombrecillo natural de Nantes, que careciendo de brazos había acostumbrado tan bien sus pies al servicio que le debían las manos, que sus extremidades inferiores habían olvidado, o medio olvidado su natural oficio. Los llamaba sus manos, y con ellos cortaba, cargaba y descargaba una pistola, enhebraba su aguja, cosía, escribía, se quitaba el gorro, se peinaba, jugaba a la baraja y a los dados y manejaba ambas cosas con destreza tal que maravillaba; el dinero que yo le dí (pues ganaba su vida mostrándose a todo el mundo), lo cogió con su pie como nosotros lo cogemos con la mano. He visto otro hombre, siendo yo niño, que manejaba un espadón y una alabarda, con el pliegue de su cuello, sin las manos, que no tenía: arrojábalos y cogíalos con increíble destreza; lanzaba una daga y hacía chasquear un látigo como el más experto de los carreteros.

Estos efectos de la costumbre descúbrense todavía mejor en la impresión que produce en nuestra alma, donde no encuentra tanta resistencia. ¿De qué poderío no dispone sobre nuestros juicios y creencias? Hay opinión, por extraña que sea (y dejo a un lado toda la grosera impostura de las religiones, con la cual tantas naciones populosas y tantos personajes esclarecidos hanse visto dominados, pues en las religiones, estando por cima de la humana razón, es más excusable el extravío a quien por modo sobrenatural no se encuentra socorrido por el favor divino); en cosas puramente terrenales, ninguna hay, por extraordinaria y peregrina que sea, que la costumbre no haya implantado como ley allí donde bueno le ha parecido. No puede, pues, ser más justa esta antigua sentencia: Non pudet physicum, id est, speculatorem venatoremque naturae, ab animis consuetudine imbutis quaerere testimonium veritatis[170].

Creo firmemente que no pasa por la humana imaginación ningún capricho por estrambótico que sea, que no encuentre el ejemplo en alguna costumbre pública, y por consiguiente que nuestra razón no explique y apoye. Pueblos hay en que se vuelve la espalda a la persona que se saluda y nunca se mira a la persona a quien trata de honrarse. Hay otros en que cuando el rey escupe, la más favorecida de las damas de su corte tiende la mano, y en otra nación los más próximos al monarca se bajan al suelo para recoger con un trapo sus basuras. Dejemos aquí lugar para relatar un cuento.

Tenía un noble francés la costumbre de sonarse las narices con la mano, cosa en verdad enemiga de nuestra usanza, y defendía tal hábito, pues era hombre presto a encontrar respuestas atinadas, diciendo que qué privilegio tenía lo que expelemos por las narices para recogerlo con una buena tela ni para que lo guardáramos luego cuidadosamente; que esto era mucho más repugnante que el arrojar la materia en cuestión donde quiera que fuese, como hacemos con todos las demás basuras. Creo que hablaba de un modo razonable, o al menos que no se expresaba del todo sin razón. La costumbre me había hecho no mirar la cosa con asco, como me hubiera acontecido a oírla referir de una nación que yo no hubiera visto. Dependen los milagros de nuestra ignorancia del modo de obrar que la naturaleza tiene, no de la naturaleza misma; el hábito adormece la vista de nuestro juicio. Los habitantes de países remotos no nos parecerían raros ni peregrinos, como tampoco nosotros lo seríamos para ellos, si cada cual supiera, después de haber examinado los ejemplos que le procuran las costumbres de otros pueblos, reflexionar acertadamente sobra las peculiares del país en que vive, y comparar las unas con las otras. Es la humana razón una tintura infusa, semejante y de valor análogo a nuestras costumbres y opiniones de cualquiera suerte que éstas sean, infinita en materia y en diversidad también infinita. Pero volvamos a mi asunto.

Hay pueblos en que, salvo su esposa e hijos, nadie se comunica con el soberano sino por medio de un portavoz. En una misma nación las doncellas llevan al descubierto las partes vergonzosas, y las casadas las ocultan cuidadosamente. En otras, la castidad no tiene valor sino para los frutos del matrimonio, pues las jóvenes pueden entregarse a sus instintos, y si resultaren preñadas echan mano de cualquier abortivo adecuado, a los ojos de todos. En otras partes, cuando un comerciante se casa, todos los de su gremio que han sido convidados a la boda, se acuestan con la desposada antes que el marido, y cuantos más convidados hay más honor recibe la mujer. Lo mismo acontece cuando un militar se casa, y lo mismo cuando es un noble el que contrae matrimonio, y así sucesivamente, salvo si es un labrador el que contrae justas nupcias, o un individuo de la plebe: entonces, es el señor quien se aprovecha. A pesar de todo lo antecedente, no deja de recomendarse la más estricta fidelidad durante el matrimonio. Países hay en que se ven burdeles públicos de hombres; en que las mujeres van a la guerra con sus maridos y toman parte, no sólo en el combate, sino también en el mando; en que las sortijas no sólo sirven de adorno en las narices, labios, mejillas, orejas y pies, sino que además se echa mano de pesadas varillas de oro para atravesar con ellas los pechos y el trasero; en que al comer se limpian los dedos en los muslos, en los testículos y en las plantas de los pies; en que los hijos no son los herederos de sus padres, y, sin embargo, lo son los hermanos y sobrinos de éstos; en otras partes lo son los sobrinos solamente, salvo cuando la herencia es la de un príncipe; entonces, para ordenar la comunidad de bienes en usanza, ciertos magistrados soberanos ejercen el omnímodo cargo del cultivo de las tierras y distribución de los frutos de las mismas, a tenor de las necesidad de cada uno; en que se llora la muerte de los hijos y se festeja la de los viejos; en que diez o doce personas se acuestan en el mismo lecho, acompañadas de sus mujeres respectivas; en que las mujeres que pierden sus esposos por muerte violenta pueden de nuevo contraer matrimonio, y no pueden hacerlo las demás; en que tan poco valor se concede a la mujer, que se da muerte a las hembras que nacen y se compran las del vecino para llenar con ellas las necesidades naturales; en que los maridos son dueños de repudiar sin alegar causa alguna, y a las mujeres no les asiste tal derecho; en que los maridos pueden venderlas si son estériles; en que se cuecen los cadáveres y se machacan luego hasta que forman una especie de papilla, la cual mezclan al vino que beben; en que la sepultura más envidiable es ser devorado por perros, y en otros sitios por pájaros; en que se cree que las almas dichosas viven en completa libertad en los alegres campos, provistas de toda suerte de comodidades, y que son, ellas las que producen el eco que oímos cuando en despoblado resuena nuestra voz; en que se combate dentro del agua, y los hombres disparan nadando sus arcos, con golpe certero, en que, como muestra de sumisión, se levantan los hombros y se baja la cabeza; en que precisa descalzarse para entrar en la cámara real; en que los eunucos, guardadores de las religiones tienen los labios cortados y lo mismo la nariz, para que no puedan inspirar amor;. y los sacerdotes se saltan los ojos para que no puedan inspirar amor; y los sacerdotes se cambian ojos para entrar en comunicación con los espíritus y consultar los oráculos; en que cada cual hace su dios de aquello que más le place: el cazador de un león o de un zorro; el pescador de un pez cualquiera: e ídolos de cada una de las acciones o pasiones humanas: el sol, la luna y la tierra son los dioses principales; en que el procedimiento en uso para jurar consiste en tocar la tierra mirando al sol; en que se come cruda la carne y lo mismo el pescado; en que el juramento que merece más fe es el que se ejecuta en nombre de la persona muerta que de mayor crédito gozó en el país, tocando su tumba con la mano; en que los aguinaldos que el rey envía a los príncipes, sus vasallos, anualmente, consisten en fuego; llevado que es a su destino, apágase el antiguo, y del nuevo se provee todo el pueblo que el príncipe gobierna; cada cual toma su parte correspondiente so pena de incurrir en crimen de lesa majestad; en que cuando el rey se consagra por entero a la vida contemplativa y abandona su cargo, lo cual acontece con frecuencia, su primer sucesor está en el deber de hacer lo propio, y así pasar el reino a manos de un tercero; en que la forma de gobierno cambia a medida que los acontecimientos lo exigen; hácese que el rey dimita cuando bien a sus súbditos se les antoja; es sustituido por los ancianos en el gobierno del Estado, y, a veces, déjase la dirección de éste en manos de la comuna; en que mujeres y hombres son circuncidados lo mismo que bautizados; en que el soldado que en uno o varios combates consigue presentará su rey siete cabezas de enemigos, es elevado a la categoría de noble; en que se cree en la mortalidad y acabamiento de las almas; en que las mujeres dan a luz sin quejas ni lamentos; en que las mismas mujeres llevan en ambas piernas armaduras de cobre, y si un hijo las muerde están obligadas, por deber de magnanimidad a morderle ellas a su vez; en que no se determinan a casarse sin haber ofrecido a su rey su doncellez; en que se saluda dirigiendo un dedo a tierra levantándole después al cielo; en que los hombres llevan la carga en la cabeza y las mujeres en las espaldas; éstas orinan de pie, aquellos agachados; en que los hombres envían sangre en prueba de amistad e inciensan como a dioses a las personas a quienes tratan de honrar: en que no ya sólo en el cuarto grado de parentesco, sino en ninguno más apartado el matrimonio es permitido; en que los muchachos están cuatro años encomendados a la nodriza, y a veces doce; y en estos mismos países créese peligrosamente mortal dar de mamar al niño el día que nace; en que los padres castigan a los varones y las madres a las hembras, y el castigo consiste en colgarlos por los pies, cabeza abajo a unos y otros, y en ahumarlos; en que se circuncida a las hembras; en que se come toda suerte de hierbas sin otra precaución que desechar aquellas que despiden mal olor; en que todo está abierto, y las casas, por ricas y hermosas que sean, carecen de puertas y ventanas, y no tienen arcas ni cofres cerrados; en lugares tales, los ladrones reciben doble castigo que en otros sitios; en que se matan los piojos con los dientes, como hacen los orangutanes, y encuentren odioso verlos despachurrar con las uñas; en que nadie se corta nunca el pelo ni las uñas, y otros países hay en los cuales se cortan sólo las de la mano derecha, y las de la izquierda se dejan crecer por elegancia; otros se dejan la cabellera del lado derecho tanto como crecer puede, y se cortan la del lado opuesto; otros países hay en que los padres prestan a sus hijos, y los maridos facilitan sus mujeres a sus huéspedes para que las gocen, pagando; otros en que es lícito tener hijos con su propia madre, y a los padres tener comercio deshonesto con sus hijas y con sus hijos; otros pueblos que en los festines se mezclan unos con otros sin distinción de parentesco, y los muchachos los unos con los otros; aquí se alimentan de carne humana; allí, para ejercer con ello un acto piadoso, se mata al padre cuando llega a una edad determinada; acullá, los padres, antes de que los hijos nazcan, cuando todavía están en el vientre de su madre, deciden los que han de ser criados y conservados y los que han de ser abandonados y muertos; en otros puntos los maridos viejos prestan sus esposas a la gente joven para que se sirva de ellas; y en otras partes, las mujeres, sin incurrir por ello en falta, pertenecen a varios hombres; hay países en que las mujeres ostentan, como otros tantos timbres de su honor, igual número de franjas en el borde de su vestido que varones las han ayuntado. El uso y la costumbre han hecho, a veces, atribuir a las mujeres funciones que les son de ordinario extrañas y las ha hecho empuñar las armas, conducir ejércitos y dar batallas. Y todo cuanto la filosofía es incapaz de hacer aprobar a los hombres más avisados, ¿no lo enseña la costumbre por sí sola a las almas vulgares? Sabemos de naciones en que no sólo la muerte se menospreciaba, sino que se la festejaba, y en las cuales hasta las criaturas de siete años sufrían estoicamente cuantos latigazos eran precisos para morir, sin inmutarse siquiera; en que la riqueza era de tal suerte despreciada, que el más mísero ciudadano hubiera desdeñado inclinarse para coger del suelo un bolsillo repleto de dinero. Igualmente tenemos noticia de regiones fertilísimas en toda clase de producciones animales y vegetales, donde los manjares más frecuentes y sabrosos de que se hacía uso eran el pan, los berros y el agua. La costumbre, en fin, hizo que en la isla de Cío transcurriesen setecientos años sin que mujer casada ni soltera osara faltar a su honor.

En conclusión, y a mi parecer, nada hay en el mundo que la costumbre no haga o no pueda hacer; con razón la llama Píndaro, a lo que tengo entendido, reina emperadora del mundo. Un individuo a quien sorprendieron golpeando a su padre, respondió que tal era la costumbre de su casa; que el autor de sus días había golpeado a su vez a su abuelo, y éste a su bisabuelo; y mostrando a su hijo, añadió: éste me pegará a mí cuando llegue a la edad que tengo; y el padre a quien el hijo maltrataba en mitad de la calle, mandole interrumpir la tarea al llegar a cierto lugar, en atención a que él no le había llevado al suyo hasta aquel punto, reponiendo que allí estaba el término de los injuriosos tratamientos hereditarios que los hijos acostumbraban infringir a sus padres en la familia. Por hábito, dice Aristóteles, tanto como por enfermedad, las mujeres se arrancan el pelo, se roen las uñas y comen tierra y carbón; y más por costumbre que por tendencia natural, los machos comercian entre sí.

La ley de la conciencia, que consideramos como compañera de la humana naturaleza, nace también y tiene su origen en la costumbre; cada cual acata y venera los hábitos o ideas recibidos y aprobados en derredor suyo, y no sabe desprenderse de ellos sin remordimiento, ni practicarlos sin aplauso. Cuando los cretenses querían en los pasados tiempos maldecir a alguno, rogaban a los dioses que le arrastraran a contraer alguna costumbre perversa. Pero el principal efecto de su poderío consiste en apoderarse de nosotros de tal suerte, que apenas sí somos dueños de libertarnos de sus garras ni de razonar ni discurrir en qué consiste tal influjo. Diríase que con la leche de nuestras nodrizas penetra en nuestro ser el espectáculo del mundo, y así queda luego estereotipado para siempre; diríase que nacemos con la condición expresa de seguir la marcha general, y que los hábitos sociales que nos circundan y están en crédito se ingieren en nuestra alma con la semilla de nuestros padres, y son para nosotros los ordinarios y naturales; por donde nos acontece que todo aquello que queda fuera de los linderos de la costumbre, lo creemos fuera de los de la razón; y Dios sabe con cuánta sinrazón las más de las veces.

Si cual nosotros, que tenemos el hábito de estudiarnos, hicieran los demás, al oír cualquier justa máxima, y considerasen por qué razón tal o cual juicio les acomoda, cada cual hallaría que aquélla no tanto era una sentencia luminosa cuanto un buen latigazo a la ordinaria torpeza de su criterio; pero es lo normal el recibir las advertencias de la verdad y sus preceptos como si al pueblo fuesen siempre dirigidos, nunca individualmente; y en lugar de aplicarlas a sus hábitos particulares, todos las encomiendan estúpidamente a su memoria, con inutilidad palmaria y manifiesta. Volvamos al imperio de la costumbre.

Los pueblos que están habituados a la libertad y por sí mismos a gobernarse, estiman monstruosa toda otra forma de gobierno, y entienden que va contra la naturaleza; los que están hechos a la monarquía abrigan y practican igual creencia, y cualquier suerte de facilidad que la fortuna les preste para cambiar de instituciones, aun habiéndose desembarazado de su amo venciendo dificultades grandes, adquieren nuevo amo venciendo también obstáculos análogos, por no poder acostumbrarse a odiar la soberanía. A la costumbre se debe el que cada cual se acomode al lugar en que la naturaleza le colocó; los salvajes de Escocia no echan de menos la Turena, ni los escitas la Tesalia. Preguntaba Darío a algunos griegos a qué precio querían adoptar la costumbre de los indios, que se comen a sus padres cuando mueren por estimar que éstos no pueden hallar sepultura mejor que en sus mismos cuerpos; respondiéronle los griegos que por nada en el mundo harían tal enormidad; y habiendo intentado persuadir a los indios para que abandonasen aquella costumbre y adoptaran la de los griegos, los cuales quemaban los cadáveres de sus padres, rechazaron la idea con horror. Cada cual procede de un modo semejante, con tanta más razón cuanto que el uso aparta de nosotros el aspecto verdadero de las cosas.


Nil adeo magnum, nec tam mirabile quidquam

principio, quod non minuant mirarier omnes

paullatim.[171]


Antiguamente, cuando se pretendía dar valor y crédito a alguna observación, para que fuese bien recibida, no queriendo como suele hacerse apoyarla sólo con la fuerza de las leyes y de los ejemplos, buscábase siempre hasta llegar a los orígenes. Tal procedimiento me ha parecido siempre desprovisto de razón y hanse enojado por tener que confiarla en otro. Platón intenta rechazar por este medio los amores contra naturaleza, ordinarios en su tiempo, y la razón estímala soberana, en atención a que la opinión pública los condena, y a que cada cual de su lado hace lo propio, y las explica que las hijas más hermosas no exciten el amor en sus padres, ni los hermanos más distinguidos en belleza el de sus hermanas, como verán las fábulas de Thvestes, Edipo y Macareo, cuyo canto infundió ya aquella idea en los débiles cerebros de los niños. Es el pudor una virtud hermosa, cuya utilidad es sobrado conocida, mas no es tan cómodo juzgarlo ni hacerlo valer según naturaleza, como examinarlo e inculcarlo según las ventajas que con él se alcanzan, y los preceptos y leyes que lo recomiendan. Las razones primeras y universales son siempre de difícil examen, y nuestros maestros pasan por ellas como sobre ascuas; ni siquiera se atreven a tocarlas, escudándose desde luego en las costumbres, en cuyo campo triunfan con facilidad extremada. Aquellos que proceden de manera contraria y en la naturaleza buscan la razón primera, incurren en opiniones salvajes; ejemplo de ello Crisipo, que en muchos lugares de sus escritos da claras muestras de la poca importancia que para él teníanlos enlaces incestuosos, de cualquiera índole que fuesen.

Quien pretenda desembarazarse de este violento prejuicio de la costumbre hallará muchas cosas que, a pesar de estar aprobadas e indubitablemente recibidas, no tienen otro fundamento que la nevada barba y faz rugosa del uso, que las ha dado su autoridad; arrancada esta careta, conduciendo las cosas a la verdad y a la razón, sentirá su juicio como trastornado y, sin embargo, llevado a situación más firme. Yo le preguntaría entonces qué puede haber de más extraño que el ver a un pueblo obligado a practicar las leyes que no comprendió jamás; obligado en todos sus asuntos domésticos: donaciones, matrimonios, testamentos, ventas y compras, al cumplimiento de reglas que no puede conocer; puesto que ni escritas ni publicadas están en su propia lengua, de las cuales sin embargo le precisa hacer interpretación y uso; mas no al tenor de la ingeniosa opinión de Isócrates, el cual aconsejaba a su rey que hiciese libres los tráficos y negociaciones de sus súbditos para que al par fuesen más francas y lucrativas, y las querellas y debates onerosos se cargasen de gruesos estipendios.

¿Qué cosas hay más bárbara que ver una nación donde por costumbre aptada y legitimada se venden los empleos de justicia, los juicios son pagados en dinero contante y sonante y donde se consiente que la justicia sea rechazada a quien carece de recursos para pagarla, y goce de tan grande crédito esta mercancía que los que a llevan y la traen, constituyen un cuarto estado para unirlo a los tres antiguos de la iglesia, la nobleza y el pueblo; el cual, hallándose encargado de interpretar las leyes y disponiendo de una autoridad soberana sobre vidas y haciendas, forma un grupo aparte del de la nobleza; de donde proviene el que haya leyes dobles: las que tocan al honor y las que se refieren a la justicia, que en muchas cosas son contradictorias? Caducan aquéllas con tanto rigor como éstas; por la ley militar degrádase a un hombre de nobleza y honor, por haber sufrido una injuria, y por la ley civil incurre el que se venga en pena capital. Quien se dirige a las leyes para reparar una ofensa le echa a su honor se deshonra, y el que no se dirige es castigado por las mismas leyes. Estos dos procedimientos tan diversos se refieren sin embargo a un solo caso. Unos tienen en su mano la paz, otros la guerra; aquéllos la ganancia, éstos el honor; aquéllos el saber, éstos la virtud; la palabra los unos, y los otros la acción; unos la justicia y los demás el valor; otros la razón y los otros la fuerza; aquéllos la toga larga y éstos la corta en patrimonio; todo lo cual es el colmo de la monstruosidad.

Hablando de cosas de entidad menor como los vestidos que usamos, ¿quién será el que los conduzca a su verdadero fin, que no es otro que el servicio y comodidad del cuerpo de donde dependen la gracia y el decoro de los mismos? Entre los más singulares que puedan imaginarse, a mi manera de ver, coloco entre otros, nuestros gorros cuadrados; la larga y abigarrada cola de terciopelo plegada que pende de la cabeza de nuestras mujeres, y el modelo inútil de un órgano que ni siquiera en la conversación nos es lícito nombrar, del cual sin embargo hacemos público alarde. No desvían todas estas razonables consideraciones a ningún hombre de seguir la común usanza; por el contrario, diríase que todo va contra la sensatez y confina con la locura, y que el verdadero filósofo guarda su libertad en su fuero interno para juzgar libremente de las cosas, mas cuanto al exterior, sigue ciegamente las maneras y formas aceptadas. Nada o muy poco interesan a la sociedad nuestras ideas, pero en cuanto a lo demás, como nuestras acciones, nuestro trabajo, vida y fortuna, preciso es que se ajusten a su servicio y manera de ver de aquélla: así el humano y grande Sócrates rechazó el salvar su vida por la desobediencia a un magistrado extremadamente injusto, pues es la regla de las reglas y general ley de las leyes, que cada cual observe las del lugar donde vive:


 [172]


Veamos ahora ejemplos de diversa naturaleza. Hay duda grande sobre si puede cambiarse una ley recibida hallando en el cambio mejora, o si el mal aumenta con la reforma, y esta duda se funda en que un gobierno es como un edificio, que se compone de diversas partes unidas y amalgamadas de tal suerte, que es imposible sacar una de su lugar sin que las demás se resientan. El legislador de los turianos ordenó que aquel que quisiera abolir alguna de las antiguas leyes o establecer una nueva se presentara ante el pueblo con una cuerda al cuello a fin de que, si la novedad no era aprobada por todos los ciudadanos, fuese inmediatamente estrangulado. El legislador de los lacedemonios empleó su vida entera en arrancar a sus ciudadanos la promesa de que no cambiarían ninguna de sus leyes. El Eforo que cortó por modo tan rudo las dos cuerdas que Friné había unido a la citara no se curó para nada al ejecutar su acción de si el instrumento era mejor, ni de si los acordes estaban mejor acomodados; bastole para condenarlas simplemente el que fuese una alteración de la manera antigua. Igual alcance tenía la espada mohosa de la justicia de Marsella.

La novedad, sea cual fuera la manera como se nos muestre, me repugna, y razones múltiples me asisten para ello, pues he visto en muchas ocasiones sus efectos desastrosos a que nos empuja de tantos años acá no ha producido aún todos sus efectos, pero puede asegurarse que ha ocasionado engendrado las ruinas y males que después han acaecido y han pesado sobre todos. Sólo ella es la responsable:


Heu!, patior telis vulnera facta meis![173]


Los que alteran el orden de un Estado, caen envueltos en su ruina; el fruto que el desorden acarrea no lo alcanza casi nunca el que lo ha producido; unos baten y enturbian el agua para que otros pesquen a su sabor.

Cuando la unión y contextura de esta monarquía y este gran edificio se destruyen y disuelven y a lo viejo sustituye lo nuevo, queda tanto espacio como se quiera para que nazcan y prosperen toda suerte de trastornos; la majestad real, dice un escritor antiguo, desciende con mayor dificultad de la cumbre al medio que del medio al fondo. Mas si los innovadores ocasionan mayores males, los imitadores son más viciosos, por seguir ejemplos cuyo horror y daño sintieron y castigaron. Y si en la práctica del mal existe algún grado honorífico, éstos deben a los primeros la gloria de la invención y la iniciativa del primer impulso. Toda suerte de licencias nuevas se fundamentan con éxito en esa primera y fecunda fuente: a su imagen se hacen y por su patrón se cortan. En nuestras mismas leyes, hechas para remediar ese primer mal, se busca el aprendizaje y la excusa de toda suerte de empresas perversas, y nos ocurre lo que Tucídides escribe de las guerras civiles de su tiempo; que en beneficio de los vicios públicos se las bautiza con palabras nuevas, más dulces, para excusarlas, bastardeando y adulterando sus nombres verdaderos. Todo lo cual se ejecuta para reformar nuestra conciencia y nuestras creencias: honesta oratio est[174]. El mejor pretexto de novedad es siempre peligrosísimo: adeo nihil motum ex antiquo, probabile est[175]. Paréceme, hablando francamente, que revela una presunción y un amor de sí mismo sobrepotentes el juzgar las propias opiniones hasta tal extremo de valer, que, para llevarlas a la práctica, se consienta en trastornar la paz pública e introducir tantos males inevitables y corrupción tan horrenda en las costumbres como a que las guerras civiles acarrean, junto con las mutaciones de estado en cosa de tal peso, o introducirlas en su propio país. ¿No es locura el engendrar tantos vicios ciertos y evidentes para combatir errores contestables y debatibles? ¿Existen vicios peores que los que chocan a la propia conciencia y al natural conocimiento? El senado romano decidió dar una contestación artificiosa para salvar la diferencia entre él y el pueblo, en un asunto relativo a la religión, ad deos id magis, quam ad se, pertinere; ipsos visuros ne vacra sua polluantur[176]; de modo semejante a lo que respondió el oráculo de Delfos en las guerras medas porque los griegos temían la invasión de los persas: preguntado el dios sobre lo que deberían hacer con los tesoros sagrados de su templo, si esconderlos o llevárselos a otra parte, contestó que tuvieran calma, y que se cuidaran de sí mismos, que él se bastaba para atender a lo que le incumbía.

La religión cristiana guarda en todo el sello de la justicia y utilidad extremas, y recomienda eficazmente la obediencia a los magistrados y el cumplimiento de lo que las leyes preceptúan. ¡Qué ejemplo tan maravilloso el que nos dejó la divina sabiduría, la cual para establecer la salvación del género humano y libertarnos de la muerte y el pecado cumpliolo conforme a la voluntad de nuestro orden político, sometiendo el progreso y dirección de un efecto tan elevado saludable a la ceguedad e injusticia de nuestros usos y observancias; dejando correr la inocente sangre de tantos elegidos, sus favorecidos, y consintiendo que pasaran muchos años para que madurase su inestimable fruto! Hay diferencia grandísima entre el que sigue los hábitos y leyes de su país y el que intenta gobernarlos y cambiarlo; aquél alega como razón de su conducta, la sencillez, la obediencia y el ejemplo; sus acciones, sean cuales fueren, nunca obedecen a la malicia, son cuando más infortunadas: quis est enim quem non moveat clarissimis monumentis testata consignataque antiquitas?[177] Añádase a esto lo que sobre el particular dice Isócrates, o sea que los defectos suponen mayor moderación que el exceso. El otro es un adversario mucho más terrible: quien se impone como cargo el escoger y el cambiar atropella el derecho de juzgar, y de e ser capaz de ver la falta de lo que desdeña, y el bien de lo que introduce.

Esta consideración tan sencilla mantúvome firme en mi lugar e hizo que mi misma juventud, más temeraria, naturalmente, que mi edad sesuda, se mantuviera sujeta, no grabando mis hombres con una pesada carga que me hiciera responsable de una ciencia de tanta importancia, osando con ésta lo que en sano juicio no hubiera osado en la más sencilla de las que se me había instruido. Pareciéndome el colmo de lo injusto pretender someter las constituciones y reglas públicas e inmóviles a la instabilidad de una apreciación particular (la razón privada no posee sino una jurisdicción privada también) y emprender con las leyes divinas lo que ningún gobierno consentiría con las humanas. Por lo que a éstas respecta, aun cuando la razón del hombre pueda tocarlas más de cerca, ellas son jueces soberanos de los jueces mismos, y la capacidad mayor sirve a explicarlas y a extender su jurisdicción, no a falsificarlas ni a innovarlas. Si alguna vez la divina providencia pasó por cima de los preceptos a que nos sujetó, necesariamente no fue para dispensarnos de ellos. Son ésas sólo manifestaciones de su mano divina que no debemos imitar sino admirar, extraordinarios ejemplos sellados con un expreso y particular asenso, del género de los milagros, que la providencia nos muestra como testimonio de su poder infinito, superiores a nuestras órdenes y a nuestras fuerzas, y que no debemos seguir, sino considerar con admiración; actos dignos de su persona, no de la nuestra. Cotta sienta con razón prudentísima: Quum de religione agitur, Tib. Coruncanium, P. Scipionem, P. Scaevolam, pontifices maximos, non Zenonem, aut Cleanthem, aut Chrysippum sequor[178]. Dios bien lo sabe; en nuestra actual querella, en que hay cien artículos que quitar y poner, grandes y profundos artículos, ¿cuántas personas hay que puedan alabarse de haber reconocido exactamente las razones y fundamentos en que se apoyan los dos bandos? Un número, si es que llega a constituir número, que no tendría medios de trastornarnos mucho. Pero toda esa multitud, ¿adónde va? ¿Bajo qué enseña se lanza al combate? Acontece con el medicamento que nos procuran lo que con otros débiles e inadecuados; los humores de que el remedio pretendía purgarnos los ha enardecido, exasperado y agriado por la lucha, y se nos han quedado dentro. Por su debilidad no acertó la medicina a purgarnos, pero en cambio nos ha debilitado de tal suerte que no podemos arrojarla tampoco, y de su operación no recibimos sino dilatadísimos e intestinos dolores.

Como el acaso se reserva siempre su autoridad por cima de nuestra razón, muéstranos a veces la necesidad urgente de que las leyes le dejen algún lugar; pero cuando se hace frente al desarrollo de una innovación que por violencia se introduce, debemos mantenernos firmes y en regla contra los libertinos, a quienes es lícito todo cuanto puede contribuir a la realización de sus deseos, y quienes no reconocen más ley ni más enseña que la ejecución de sus designios. Constituye una obligación peligrosa en la cual se lucha con armas desiguales:


Aditum nocendi perfido praestat fides[179],


tanto más cuanto que la disciplina ordinaria de un Estado, que radica en su salud, hállase desprovista de medios para combatir contra esos accidentes extraordinarios; presupone un cuerpo que se mantiene en todas sus partes conforme a un común consentimiento de obediencia y observancia. El camino legítimo es un camino sereno, reposado y metódico, que no puede atajar la marcha licenciosa y desenfrenada. Sabido es que Octavio y Catón en las guerras civiles de Sila y César fueron censurados por consentir que la patria corriera toda suerte de peligros, antes que socorrerla con las leyes y dejarlo todo tranquilo. Y en verdad que en los casos extremos, en que todo se agita en medio el mayor desorden, quizás fuera mejor bajar la cabeza y resignarse un poco al golpe, que ir más allá de lo posible, no ceder ante nada y dar pretexto a la violencia de pisotearlo todo bajo sus plantas; valdría más acomodar las leyes a lo que pueden, puesto que no pueden todo lo que quieren. Tal fue la conducta que siguieron el que ordenó que durmieran durante veinticuatro horas[180], el que cambió por una vez un día del calendario, y el que del mes de junio hizo un segundo mes de mayo. Los lacedemonios mismos, tan religiosos observadores de las leyes de su país, viéndose obligados por la que prohibía elegir almirante dos veces a una misma persona, de un lado, y exigiendo por otro los negocios públicos que Lisandro fuera reelegido, nombraron a Araco, pero aquél recibió el cargo de subintendente de la marina. Con sutileza análoga uno de sus embajadores, que había sido enviado a Atenas para alcanzar el cambio de una prescripción, obtuvo de Péricles la respuesta de que estaba prohibido quitar el cuadro en que una ley había sido puesta. El embajador repuso que lo volviera de lado solamente, puesto que para ello no había prohibición. Por lo mismo alaba Plutarco a Filopémenes, quien habiendo nacido para el mando, sabía, no solamente gobernar ateniéndose a las leyes, sino que ordenaba también a las leyes mismas cuando las necesidades públicas lo requerían.



Diversos sucesos del mismo orden

Santiago Amyot, limosnero mayor de Francia, me contó un día la relación siguiente, que recae en honor de uno de nuestros príncipes (y bien nuestro era, aunque su origen fuese extranjero). Durante nuestros primeros trastornos civiles, en el sitio de Ruan, habiendo sido informado el príncipe por la reina madre de que se tramaba una conspiración contra su vida, el instruido además muy circunstanciadamente por las cartas de aquélla de la persona que debía llevar a cabo el hecho, que era un noble de Anjou el cual frecuentaba para lograr su intento la casa del príncipe, éste no comunicó a nadie la advertencia, pero paseándose al día siguiente por el monte de Santa Catalina, donde estaba emplazada nuestra batería contra Ruan, teniendo a su lado al gran limosnero y a otro obispo, vio al noble que atentaba contra su vida y le hizo llamar. Cuando le tuvo en su presencia, le habló así, viéndole temblar y palidecer a causa de su intranquila conciencia: «Señor, de no sé qué lugar; bien conocéis de lo que quiero hablaros, y vuestro semblante mismo lo declara. Nada tenéis que ocultarme, pues informado estoy de vuestro intento, en tan alto grado, que no haríais más que empeorar vuestra situación si tratarais de encubrir vuestro designio. Bien conocéis tal y tal cosa (que eran los medios, propósitos y todos los secretos más recónditos de la empresa); no dudéis, por vuestra vida, confesarme la verdad toda de la conspiración.» Cuando el pobre hombre se encontró convicto y confeso (pues todo había sido descubierto a la reina por uno de los cómplices), juntó las manos pidiendo gracia y misericordia al príncipe, a los pies del cual quería arrojarse, pero éste impidió su proposito siguiendo de este modo: «¿Acaso os he disgustado?, ¿he ofendido a alguno de los vuestros con mi odio personal? Sólo tres semanas hace que os conozco; ¿qué razón os ha podido impeler a conspirar contra mi vida? «El noble respondió a estas preguntas con voz temblorosa que ninguna razón personal tenía para desear su muerte, sino el interés general de su partido, y que algunos habíanle persuadido de que sería una acción piadosa dar muerte a un tan poderoso enemigo de su religión. «Pues bien, añadió el príncipe, quiero mostraros que la religión que yo profeso es menos dura que la vuestra, la cual os ha conducido a darme la muerte sin oírme, no habiendo de mí recibido ofensa alguna; mientras que la mía me aconseja que os perdone, aun cuando estoy convencido de que habéis querido matarme sin razón. Idos, pues; retiraos, que no os vea aquí; y si queréis obrar con prudencia en vuestras empresas, tratad en lo sucesivo de aconsejaros de gentes más honradas que las que os impulsaron a vuestra acción.»

Encontrándose en la Galia el emperador Augusto, tuvo noticia de una conspiración que contra él tramaba Lucio Cinna. Augusto decidió tomar venganza, y para realizarla pidió al día siguiente consejo a sus amigos. Mas la noche de aquel día la pasó muy inquieta considerando que iba a ocasionar la muerte a un mozo de eximia familia, sobrino del gran Pompeyo, y sostuvo consigo mismo y en alta voz diversos razonamientos. «¿Sería procedente, se decía, que yo permaneciera con temor y alarma y que dejara a mi matador libre y a sus anchas? ¿Es justo que le deje tranquilo, atentando contra mi vida, que yo he librado de tantas guerras civiles, de tantas batallas sostenidas por mar y tierra, y después de haber logrado asentar la paz más cabal en el mundo? ¿Será absuelto, habiendo decidido no sólo asesinarme, sino también sacrificarme?» pues la conjura había decidido matarle cuando estuviera haciendo algún sacrificio. Después de haber así hablado permaneció mudo algunos minutos, y luego pronunció con voz más fuerte interrogándose a sí mismo el siguiente monólogo: «¿Por qué vives si tantas gentes tienen interés en que mueras? ¿Tus crueldades y venganzas no acabarán alguna vez? Es tan grande el valor de tu vida que merezca que tantas gentes sean sacrificadas para conservarla?» Livia, su esposa, viéndole en situación tan angustiada, le dijo: «¿Me será permitido darte un consejo? Sigue la conducta de los médicos, los cuales cuando las recetas que emplean no producen efecto, echan mano de las contrarias. Nada has conseguido hasta ahora valiéndote de la severidad; Lépido ha seguido a Salvidenio; Murena a Lépido; Caepio a Murena; Egnacio a Caepio, ensaya el resultado que te darían la dulzura y la clemencia. Cinna, es verdad, quiere darte la muerte; perdónale; ya no podrá ocasionarte nuevos perjuicios, y tus bondades para con él recaerán en provecho de tu gloria.» Augusto experimentó gran placer al encontrar un abogado de su mismo parecer, y habiendo dado gracias a su mujer y congregado a sus amigos en consejo, ordenó que hicieran comparecer solo a Cinna ante su presencia, hizo que todo el mundo se retirase de su habitación, mandó sentar a Cinna, y hablole de esta suerte: «En primer lugar, escúchame sin interrumpir mis palabras; lugar tendrás de hacerlo más tarde; tú sabes, Cinna, que te han encontrado en el campo de mis adversarios; que no sólo te hiciste mi enemigo, sino que tu condición es la de haber nacido tal, y que a pesar de todo te he salvado, he puesto en tus manos todos tus bienes, y que en fin, te he dejado en situación tan holgada y floreciente, que los vencedores mismos envidian la condición del vencido: el oficio de sacerdote que me pides te lo concedo, a pesar de habérselo rechazado a otros cuyos padres habían combatido siempre conmigo y habiéndote dejado tan obligado te propones matarme.» Cinna repuso a las palabras de Augusto que estaba bien lejos de abrigar tan perverso propósito. «No cumples, añadió Augusto, lo prometido; me habías asegurado que no me interrumpirías. Sí; has formado el propósito de matarme en tal lugar, tal día, en presencia de tal compañía y de tal manera.» Augusto, viéndole transido al escuchar las últimas palabras, en silencio, que no era deliberado sino impuesto por su conciencia, añadió: «¿Por qué quieres darme la muerte? ¿acaso para ser emperador? En verdad, los negocios públicos van mal si soy yo solo quien te impide llegar al imperio. No pudiste siquiera defender tu casa y perdiste ha poco un proceso contra un simple liberto. ¿Pues qué, no tienes otro medio que el de chocar contra César? Yo abandono de buen grado el trono si de mí depende la realización de tus esperanzas. ¿Piensas acaso que Paulo, Fabio, los Cosos y los Servilianos te soportarían, como tampoco un número crecido de nobles, que no lo son sólo de nombre, sino que por su virtud lo son también?» Después de otras consideraciones, pues Augusto habló más de dos horas enteras, concluyó: «Ahora vete; aunque traidor y parricida, guarda tu vida, de que te hago merced hoy y de que te hice antes como enemigo, que la amistad comience hoy entre nosotros; veamos cuál de los dos procede en lo sucesivo con mayor lealtad: yo que te he dado la vida o tú que la has recibido.» Pronunciando estas palabras, separose de él. Algún tiempo después le concedió el consulado, quejándose de que Cinna no hubiera osado pedírselo. Túvolo luego como grande amigo y fue el heredero de sus bienes. Después de este accidente, que aconteció a Augusto a los cuarenta años, no hubo nunca conjuraciones ni atentados contra su vida, recibiendo así justo premio su conducta clemente. Pero no ocurrió lo mismo al duque de Guisa, pues su dulzura no le libró de caer en los lazos de una conjuración. ¡Tan frívola y tan vana es la humana prudencia! Y al través de todos nuestros proyectos, de todos nuestros cuidados y precauciones, el acaso gobierna, siempre el desenlace de los acontecimientos.

Decimos que los médicos son diestros cuando logran curar a un enfermo, como si solamente su arte, que por sí mismo no puede tener fundamento, bastara sin el concurso que el acaso le presta para llegar a un resultado dichoso. Yo creo, en punto al arte de curar, todo lo mejor o todo lo peor que quieran decirme; pues, a Dios gracias, ningún comercio existe entre la medicina y yo. En este respecto practico lo contrario que los demás; pues siempre rechazo su concurso, y cuando caigo malo, en vez de transigir con ella, más la detesto y más la temo; y digo a los que me invitan a tomar medicamentos que aguarden a que haya recuperado mis fuerzas y mi salud para contar con mejores medios de soportar el influjo de los brebajes. Dejo obrar a la naturaleza, suponiendo que se encuentra provista de dientes y garras para defenderse de los asaltos que la acosan y para mantener esta contextura por cuya conservación aquélla pugna. Temo que en lugar de socorrerla se socorra el mal que la mina y que se la recargue de nuevos males.

No sólo en la medicina, sino en otras artes más seguras, la fortuna tiene siempre una buena parte. Los arranques poéticos que arrastran al vate fuera de si, ¿por qué no atribuirlos a su buena estrella, puesto que el artista mismo declara que sobrepasan su capacidad y sus fuerzas, y reconoce que no tienen origen en su persona y que tampoco dependen de su voluntad? Los oradores ¿no confiesan también deber a la fortuna los movimientos y agitaciones extraordinarios que los impelen más allá de su designio? Acontece lo propio con la pintura, que a veces deja escapar de la mano del pintor rasgos que sobrepasan la ciencia y la concepción del artista, a quien admiran y sorprenden. Pero la fortuna muestra todavía, de un modo más palmario, la parte que toma en todas las obras artísticas, por las bellezas y gracias que se encuentran en ellas, no sólo sin designio, sino también sin conocimiento del que las ejecutó: un lector inteligente descubre a veces en el espíritu de otro perfecciones distintas de las que el autor puso y advirtió, y les encuentra sentido y matiz diversos.

En cuanto a las empresas militares, cualquiera puede ver cómo la casualidad tiene siempre en ellas buena parte. En nuestros acuerdos mismos, y en nuestras deliberaciones, precisa igualmente la intervención de la suerte y del acaso, pues lo más a que nuestra penetración alcanza, en realidad no es gran cosa; en tanto más vivo, cuanto más agudo es nuestro juicio, mayor debilidad reconocemos en él y tanto mayor desconfianza nos inspira.

Soy del parecer de Sila, que alejó la envidia que suscitaban sus expediciones afortunadas achacándolas a su buena estrella, y por último sobrenombrándose Faustus. Cuando considero con detenimiento las empresas más gloriosas de la guerra, me convenzo de que los que las dirigen no deliberan ni reflexionan sino por cubrir las apariencias; la parte principal de la empresa encomiéndanla a la fortuna, y merced a la confianza que ésta les inspira sobrepasan los límites todos que la razón les trazara. Sobrevienen inspiraciones inesperadas, extraños furores en medio de los planes mejor guiados, que impelen las más de las veces a los caudillos a tomar la determinación en apariencia menos fundada, pero que aumenta su valor muy por cima de la razón. Por lo cual muchos esclarecidos capitanes de la antigüedad, con objeto de justificar sus temerarias determinaciones, declararon a sus huestes que estaban iluminados por la inspiración, o por algún signo o pronóstico evidentes.

Por eso en medio de la incertidumbre y perplejidad que nos acarrea la impotencia de ver y elegir lo que nos es más ventajoso, a causa de las dificultades de los diversos accidentes y circunstancias que acompañan a cada causa que nos solicita, aun cuando otras razones no nos invitaran a ello, es a mi ver encaminarse a la solución que presuponga mayor justicia y honradez, y puesto que el verdadero camino se ignora, seguir siempre el derecho. En los dos ejemplos de que hablé antes no cabe duda que fuera más generoso y más hermoso que aquel que recibiera una ofensa la perdonara en vez de proceder de distinto modo. Si con esta prudente conducta le sobreviniere alguna desdicha no debe culpar a su buen designio, pues tampoco se sabe si, en caso de no haberlo tenido hubiese eludido la ley del destino que le esperaba, y habría perdido la gloria de tan humanitaria conducta.

Vense en las historias muchas gentes agobiadas por ese temor. La mayor parte siguieron el camino de anticiparse a las conjuraciones que se tramaron contra ellos echando mano de suplicios y venganzas; mas en realidad se vieron muchos a quienes este proceder ayudara, como lo prueban los emperadores romanos. El soberano cuya vida está amenazada no debe confiar mucho en su fuerza ni en su vigilancia pues es bien difícil librarse de un enemigo encubierto bajo el velo del amigo más oficioso, y conocer la voluntad e ideas ocultas de los que nos rodean. Inútil es que las naciones extranjeras se empleen en su guarda, inútil que se halle circuido de hombres armados. Quien quiera que menosprecia su propia vida se hará duelo siempre de la del prójimo. El sobresalto continuo que hace dudar de todo el mundo al soberano, constituye para él un momento supremo. Advirtido Dión de que Calipso esperaba los medios de darle muerte, careció de valor para informarse de cuáles fueran, diciendo que mejor prefería morir que vivir en la triste condición de tener que guardarse no ya sólo de sus enemigos, sino también de sus amigos. Situación de espíritu de que Alejandro nos da la más viva muestra cuando habiendo sido informado por una carta de Parmenión de que Filipo, su médico preferido, había sido corrompido por el oro de Darío para envenenarle, Alejandro, al propio tiempo que mostraba la carta a Filipo, tomó el brebaje que le había presentado, con lo cual mostró la firme resolución de que consentía en ello de buen grado si sus amigos querían quitarle la vida. Es Alejandro modelo soberano de las acciones arriesgadas, pero a mi entender ningún otro rasgo de su vida revela mayor entereza que éste ni es hermoso por tantos conceptos.

Los que pregonan a los príncipes una desconfianza perenne y atentísima so color de predicarles su seguridad personal, enaltécenles la ruina y la deshonra; nada noble puede sin riesgo llevarse a cabo. Yo sé de un soberano de valor marcialísimo por naturaleza y de complexión animosa, cuya buena fortuna se corrompe todos los días merced a reflexiones del tenor siguiente: «Que se guarezca entre los suyos; que no consienta jamás en reconciliarse con sus antiguos enemigos; que se mantenga aparte y no se encomiende a manos más vigorosas que las que lo gobiernan, sean cuales fueren las promesas que le hagan y las ventajas que en el cambio vea.» Conozco a otro cuya fortuna se acrecentó inesperadamente por haber seguido conducta en todo contraria.

El arrojo, cuya gloria buscan los soberanos con avidez, se prueba tan espléndidamente cuando es necesario en traje de corte como cubierto con los arreos guerreros; lo mismo en un gabinete que en un campo de batalla, así cuando el brazo está caldo como cuando está levantado.

La prudencia meticulosa y circunspecta es mortal enemiga de las grandes empresas. Supo Escipión para ganar la voluntad de Sifas, separarse de su ejército, y abandonando España de cuya conquista no estaba muy seguro, pasar al África con dos barquichuelos endebles para entregarse en tierra enemiga al poderío de un rey bárbaro, a una fe dudosa, sin obligación ni seguridad, merced al esfuerzo único de la grandeza de su propio valor, de su buena fortuna y de lo que le prometían las esperanzas que alentaba. Habita fides ipsam plerumque fidem obligat[181] A una vida espoleada por la ambición y la fama precisa desechar las sospechas y menospreciarlas. El temor y la desconfianza atraen las ofensas y aun las invitan. El más receloso de nuestros reyes[182] normalizó los negocios de su Estado por haber voluntariamente abandonado y encomendado su vida y libertad en manos de sus enemigos, mostrándoles confianza cabal a fin de inspirarla él a su vez. A sus legiones indisciplinadas y armadas contra él, César oponía solamente la autoridad de su semblante y la altivez de sus palabras; y era tal la confianza que tenía en sí mismo y en su buena estrella que no temió nunca abandonarse ni entregarse a un ejército rebelde y sedicioso:


Stetit aggere fultus

cespitis, intrepidus vultu; meruitque timeri,

nil metuens.[183]


Verdad que semejante presencia de ánimo no puede ser mostrada, cabal ni ingenua sino por aquellos en quienes la idea de la muerte y de todas las desdichas que puedan sobrevenirles no produzca sobresalto alguno. Mostrarse temblando para buscar reconciliaciones con la altivez y la indisciplina, es de todo punto absurdo. Para ganar el corazón y la voluntad ajenos son medios excelentes el someterse y fiarse, siempre y cuando que se haga libremente, sin verse obligado por la necesidad, de manera que se albergue una confianza íntegra y pura y que el continente al menos esté descargado de toda inquietud. Siendo niño vi a un caballero, que mandaba una gran ciudad, trastornado por el pueblo en rebeldía; para hacer que las cosas no pasaran a mayores tomó el partido de abandonar el lugar segurísimo en que se hallaba para meterse entre las insubordinadas turbas, donde encontró la muerte. A mi ver el error no estuvo tanto en salir, como generalmente se dice cuando se habla del suceso, como en la sumisión y blandura de que dio muestras; en haber pretendido adormecer la revuelta siguiendo la corriente en vez de encauzarla, empleando las súplicas en lugar de las reconvenciones. Creo yo que si hubiera echado mano de una severidad templada, escudado en el mando militar que debía inspirarle confianza y seguridad plenas, conformes con su rango y la dignidad de sus funciones, hubiera tenido mejor fortuna; por lo menos su muerte habría sido más digna de un caudillo. Nada menos debe esperarse de ese monstruo así agitado que la humanidad y la dulzura; mejor acogerá la reverencia y el temor. Censuraría yo además el que habiendo tomado la determinación, en mi sentir más valerosa que temeraria, de lanzarse desarmado en medio de aquel tempestuoso mar de hombres iracundos, debió sostener con resolución su papel en vez de seguir la conducta que siguió, pues luego de haber reconocido el peligro de cerca se amilanó y adoptó un continente débil y sumiso, horrorizose y trató de esconderse, con todo lo cual inflamó a las mas masas, y él mismo las lanzó sobre su persona.

Deliberábase un día llevar a cabo una formación de diversas tropas armadas (generalmente la milicia es el lugar en que se organizan las venganzas secretas, en ninguna otra parte pueden realizarse con seguridad mayor), y había casi seguridad completa de que corrían malos vientos para algunos a quienes tocaba el papel de reconocer y señalar a los de la conjura. Como situación difícil y que podía acarrear consecuencias graves propusiéronse muchas opiniones para atajarla; fue la mía que se disimulara sobre todo hacer patente la duda; que aquellos que eran objeto de la conspiración se dirigieran a las filas con la cabeza erguida y el rostro sereno; y que en lugar de hacer acusaciones, a lo cual los otros se inclinaban, se ordenase únicamente a los capitanes el recomendar a los soldados que hiciesen lucidos disparos en honor de los asistentes, y que no se economizara la pólvora. Esta conducta congració con las tropas a los que de ellas sospechaban, y engendró de entonces en adelante una mutua y provechosa confianza.

El proceder de Julio César creo que es entre todo el más hermoso que pueda adoptarse. Primeramente intentaba, valiéndose de la clemencia, hacerse amar hasta de sus propios enemigos, conformándose en las conjuraciones que le eran conocidas con declarar simplemente que de ello estaba ya advertido: hecho esto tornó la nobilísima resolución de aguardar sin miedo ni inquietudes lo que de las conjuras le pudiera sobrevenir abandonándose y encomendándose a la custodia de los dioses y de la fortuna. Y efectivamente esta conducta seguía cuando fue asesinado.

Un extranjero propagó la voz de que podría instruir a Dionisio, tirano de Siracusa, de un medio seguro de conocer y descubrir con cabal certeza las tramas y maquinaciones que sus súbditos idearan contra él, si le daba una fuerte suma. Advertido Dionisio le mandó llamar a fin de instruirse en un arte tan necesario para su conservación: entonces el extranjero le dijo que no tenía otra novedad que comunicarle, sino que le entregara un talento, y se alabó luego de haber comunicado al monarca un secreto singular. No encontró Dionisio desdichada la invención e hizo donativo al farsante de seiscientos escudos. No es verosímil que hubiera hecho un obsequio tan importante a un desconocido sin que fuera recompensa de una enseñanza utilísima. Efectivamente, la argucia sirvió para contener los planes de sus enemigos y mantenerlos en un temor saludable. Por eso los príncipes, obrando cuerdamente, hacen públicos los avisos que reciben de las conjuras que se urden contra sus vidas, para hacer ver que están bien advertidos, y que ni un paso puede darse sin que lo olfateen a escape. El duque de Atenas cometió varias torpezas al establecer su reciente tiranía en Florencia; y fue la principal de todas que habiendo sido el primero informado por Mateo de Moroso, uno de los conspiradores, de un atentado que el pueblo tramaba contra él, la hizo morir para borrar la nueva, con objeto que no es supiera que nadie en la ciudad podía disgustarse de su paternal gobierno.

Recuerdo haber leído antaño la historia de un romano, sujeto de dignidad, el cual huyendo de la tiranía del triunvirato, había logrado escapar mil veces de entre las manos de sus perseguidores merced a la ingeniosidad de los recursos que adoptó. Ocurrió un día que unas gentes de a caballo encargadas de prenderlo pasaron junto a unos matorrales en que se había guarecido, y estuvo a punto de ser descubierto; entonces el perseguido considerando las fatigas y trabajos que de tanto tiempo atrás venía experimentando para salvarse de las continuas y minuciosas pesquisas que para dar con él se llevaban a cabo por todas partes, el mezquino placer que podía aguardar de vida semejante y cuánto mejor era franquear el paso de una vez que permanecer constantemente sufriendo trances tan duros, él mismo llamó a los que iban en su busca, descubrió el escondrijo y se abandonó voluntariamente a su crueldad para evitarlos y evitarse una pena más dilatada. Lanzar sobre sí las manos enemigas es un proceder algo extraño; de todos modos lo considero preferible a permanecer sumido en la fiebre continua de un mal que carece de remedio. Mas como las medidas que pueden adoptarse están llenos de inquietud o incertidumbre, mejor es prepararse con sereno continente a cuanto pueda sobrevenir, y guardar algún consuelo, considerando que está en lo posible que la desdicha no sobrevenga.



Del pedantismo

Siempre me contrarió cuando niño el ver que en las comedias italianas el papel de pedante lo representaba un bufón, y el que entro nosotros la palabra pedante corresponda a la de magister. Estando yo encomendado a éstos, no podía hacer menos que mostrarme celoso de su reputación y trataba de excusarlos y disculparlos por la natural desavenencia que existe entre el vulgo y las raras personas de saber y recto juicio, en atención a la marcha opuesta y tendencias distintas que siguen unos y otras; mas como acontece que los hombres más urbanos y galantes han sido los que con mayor desdén los han juzgado, aquí mi apoyo debilitábase y daba en tierra. Da testimonio de ello nuestro buen del Bellay:


Mais je hay par sur tout un sçavoir pedantesque[184];


y esta opinión es ya antigua, pues dice Plutarco que griego y escolar eran entre los romanos palabras injuriosas y de menosprecio. Andando el tiempo, y creciendo en edad, encontré que había razón sobrada para que existieran semejantes opiniones. Mas, ¿de dónde puede nacer que las almas bien provistas de conocimientos de todas suertes no se conviertan en más vivas y más despiertas, y que un espíritu grosero y vulgar pueda poseer, sin sacar partido de ellos, los discursos y sentencias de los más exquisitos entendimientos que en el mundo hayan vivido? Cosa es ésta de que desconozco la razón. Como aquéllos reciben y acomodan en el suyo el espíritu de tantos cerebros extraños, precisa es (decíame, una, joven, la primera de nuestras princesas hablando de un maestro) que el suyo se prense, apague y contraiga para dejar lugar a los otros; así como las plantas se ahogan cuando el vigor de la savia es excesivo, y, las lámparas se apagan cuando tienen demasiado aceite, así también acontece al entendimiento cuando en él, se amontonan estudio, y materia copiosos, pues hallándose ocupado y embarazado con diversidad heterogénea de cosas, pierde el medio de discernir, se tuerce y encoge. Mas tampoco es raro el ver ejemplos contrarios, pues nuestra alma se ensancha tanto más cuanto más se llena, y casos antiguos nos prueban que ha habido hombres peritos en el manejo de los públicos negocios, grandes capitanes y consejeros diestros en las cosas del Estado, que fueron al par hombres muy sabios.

Los filósofos, retirados de toda ocupación y comercio públicos, a veces han sido objeto de escarnio en las comedias de su tiempo; sus opiniones y conducta los han hecho ridículos. ¿Queréis convertirlos en jueces de los derechos de un proceso, o que estiman los actos de una persona? Pues no están preparados para ello y tienen necesidad de investigar primero si hay vida, si hay movimiento, si el hombre as cosa distinta de un buey, qué cosas sean obrar sufrir, y qué clase de animaluchos justicia y leyes. ¿Hablan del magistrado o se dirigen al magistrado? Pues lo hacen con una libertad llena de irreverencia incivil. ¿Se tributan alabanzas a su príncipe o a un rey? Pues para ellos el tal no es más que un pastor ocioso ocupado en esquilmar y esquilar sus ovejas con mayor rudeza que un rabadán auténtico. ¿Tenéis en predicamento a alguien porque posee dos mil yugadas de tierra? Ellos no pueden menos de burlarse, acostumbrados como están a abarcar todo el universo mundo, como si de cosa propia se tratara. ¿Os alabáis de vuestra nobleza, por haber tenido en vuestra familia siete abuelos bien acomodados? Nada os estiman por ello, pues no comprendéis la universal imagen de la naturaleza, ni cuántos predecesores ha tenido cada uno de nosotros, ricos, pobres, reyes, criados griegos bárbaros; y aun cuando fuerais el quincuagésimo descendiente de Hércules, encontrarían baladí el que hicierais alarde de este presente de la fortuna. Así el vulgo los desdeña, como ignorantes de las cosas más esenciales y comunes, y como insolentes y presuntuosos.

Mas esta platónica pintura está bien lejos de la que conviene a la naturaleza de las gentes de que voy hablando. Envidiase a los filósofos por estar por cima de la común manera de ser, porque menosprecian los actos públicos, por haber vivido existencia singular y rara, conforme a ciertas reglas elevadas y en desuso. A los pedantes se los, desdeña porque están por bajo de la común manera, de ser, como incapaces del ejercicio de las funciones, públicas, y por arrastrar vida y costumbres viles y groseras, más ínfimas que las del vulgo:


Odi homines ignava opera, philosopha sententia.[185]


Por lo que toca a los filósofos, en ellos cumplíase la doble prenda de ser superiores en la ciencia y todavía más en la acción. Refiérase de Arquímedes, geómetra de Siracusa, que habiendo sido interrumpido en sus experimentos para dedicar algo de su saber a la defensa de su país, puso en juego de improviso tales máquinas de destrucción, que sobrepasaron a toda humana creencia; Arquímedes despreció, sin embargo, su obra, por creer con ella haber bastardeado la dignidad de su arte, del cual su máquina no era sino como un remedo o juguete. Si alguna vez se ha puesto a prueba para la vida práctica la capacidad de los filósofos háseles visto volar tan alto, que el alma y corazón de los mismos parecían haberse fortificado y enriquecido por virtud de la inteligencia de las cosas. Viendo algunos los cargos del gobierno en manos de hombres incapaces, hanse alejado en todo tiempo de las cosas públicas; y el que preguntó a Crates hasta cuándo era preciso filosofar, recibió esta respuesta: «Hasta tanto que los borriqueros dejen de conducir nuestros ejércitos.» Heráclito resignó el reino en manos de su hermano; y a los de Efeso, que le preguntaban cómo pasaba después su tiempo, jugando con los muchachos delante del templo, respondió: «¿No vale más hacer esto que dirigir los negocios en vuestra compañía?» Otros filósofos, cuya imaginación estaba muy por cima de las cosas terrenales, consideraron los puestos de la justicia y los tronos mismos de los reyes como cosas viles y bajas, y Empédocles rechazó la corona que los de Agrigento le ofrecían. Acusaba Thales a sus contemporáneos del sumo cuidado que ponían en los negocios para enriquecerse, y respondíanle que tal era la costumbre de la zorra que no podía lograr su intento de alcanzar las uvas, entonces el filósofo, tomando la cosa coma por puro pasatiempo, quiso robar su experiencia en los negocios, y habiendo para ello convertido su saber en provecho del beneficio y la ganancia, éstos fueron tan grandes, que en el solo transcurso de un año adquirió riquezas tantas como apenas en su vida todos los más experimentados en el comercio habían logrado realizar. Cuenta Aristóteles que algunos le llamaban (y también a Anaxágoras y a congéneres) sabio, mas no prudente, por no poner el cuidado necesario en las cosas útiles; aparte de que no encuentro muy fundamentada, tal diferenciación, esto no puede servir de disculpa a nuestros filósofos; y en vista de la escasa y menesterosa fortuna con que se conforman, tenemos derecho a calificarlos de no sabios y faltos de prudencia

Dejando a un lado estas distinciones, entiendo que nuestro mal pedantesco proviene de la desacertada manera como nos consagramos a la ciencia y del modo como recibimos la instrucción, según las cuales no es maravilla que ni escolares ni maestros tengan mayor habilidad, aunque se hagan más doctos. Los sacrificios y cuidados de nuestros padres no se dirigen sino a amueblarnos la cabeza de ciencia; de juicio y de virtud, contadas nuevas. Decid al pueblo de uno que pasa por la calle: «¡Ved ahí un hombre sabio!» Y de otro: «¡Ved ahí un hombre bueno!» Ni uno solo dejará de mirar con respeto al primero; mas precisarla un tercero que gritase: «¡Oh, las cabezas de mampostería!» Más nos interesa informarnos de si una persona sabe latín o griego, o de si escribe en verso o en prosa, que de si la instrucción la ha hecho mejor y más avisada; esto era lo principal, y lo convertimos sin embargo en lo secundario. Valiera más informarse de quién es el que sabe mejor, no del que sabe más.

Trabajamos únicamente para llenar la memoria, y dejamos vacíos conciencia y entendimiento. Así como las aves van en busca del grano y lo llevan entero en su pico, sin partirlo, para que sirva de alimento a sus pequeñuelos, así nuestros pedantes van pellizcando la ciencia en los libros, colocándola sólo en los labios para desembucharla y lanzarla luego al viento. Maravilla es cómo la misma torpeza se atraviesa en mi camino; ¿lo que hacen esos maestros no es idéntico a lo que yo pongo en práctica en mi libro? Yo tomo a otros, de aquí y de allá, en los autores, aquellas sentencias que me placen, no para almacenarlas en mi memoria, pues carezco de esta facultad, sino para trasladarlas a este libro, en el cual las máximas son tan mías o me pertenecen tanto como antes de transcribirlas. No conocemos, tal yo entiendo, más que la ciencia presente, no así la pasada ni tampoco la venidera. Acontece todavía cosa peor: ni los discípulos ni los pequeñuelos se educan ni alimentan, pasa la ciencia de mano en mano con el exclusivo fin de hacer alarde, de hablar a otro, cual inútil y vana moneda que contar y arrojar. Apud alios loqui didicerunt, non ipsi secum[186]. Non est loquendum, sed gubernandum[187]. Para mostrar naturaleza que nada hay de violento en sus obras hace a veces que nazcan en las naciones menos cultivadas las producciones más artísticas. El proverbio gascón que tiene su origen en una poesía rústica acredita aquel aserto: Bouha prou bouha, mas à remuda lous dits qu'em? El soplo no va mal, mas por lo que toca a manejar los dedos para producir sonidos en el caramillo, eso ya es harina de otro costal. Sabemos muy bien decir: «Cicerón escribe así; ved cuáles eran las costumbres de Platón; tales son las palabras de Aristóteles»; ¿mas nosotros, qué decimos? ¿qué juzgamos? ¿qué hacemos? Lo mismo diría un lorito.

Recuérdame lo precedente a aquel hacendado romano que reunió en su casa, a costa de cuantiosos gastos, un número suficiente de sabios en todas ciencias, que guardaba constantemente en su derredor a fin de que cuando se le ofrecía ocasión de hablar de alguna cosa los demás supliesen su deficiencia y estuvieran prestos a proveerle, quién de un discurso, quién de un verso de Homero, cada cual según su especialidad; con ello pensaba que el saber le pertenecía, porque se encontraba en la cabeza de sus gentes. Es también lo que saben aquellos otros cuya capacidad permanece encerrada en sus bibliotecas suntuosas. Conocía yo uno de éstos, quien, cuando yo solicitaba alguna razón de su ciencia, pedíame un libro para mostrármela; y no hubiera osado decirme ni siquiera que tenía sarna en el trasero sin haber al instante mirado en su diccionario qué cosas fuesen trasero y sarna.

Tomamos nota de las opiniones y de la ciencia de los demás, y allí se detiene nuestro esfuerzo; precisa hacer nuestra la ciencia ajena. Asemejámonos a aquél que tuviese necesidad de fuego y fuera a buscarlo a la casa del vecino, donde habiéndolo hallado hermoso y grande detuviérase a calentarse sin pasarle por los mientes llevarlo a su vivienda. ¿De qué nos sirve tener la barriga llena de carne si luego no la digerimos?, ¿si en nuestro organismo no se transforma, y no sirve ara aumentarle y fortificarle? ¿Pensamos acaso que Luculo, a quien los libros hicieron gran capitán, sin necesidad de experiencia, los estudiaba como nosotros? Echámonos de tal suerte en brazos de los demás, que aniquilamos nuestras propias fuerzas. ¿Quiero yo, por ejemplo, buscar armas contra el temor de la muerte? Encuéntrolas a expensas de Séneca. ¿Deseo buscar consuelo para mí o para los demás? Pues lo tomo de Cicerón. En mí mismo hubiera encontrado ambas cosas si en ello se me hubiera ejercitado. No me gusta esa capacidad relativa y meridiana; aun cuando nos fuera lícito extraer de otro la sabiduría, no podemos ser sabios más que con nuestras exclusivas fuerzas y recursos.  


 [188] 

«Detesto al sabio que por sí mismo no lo es.»


Ex quo Ennius: Nequidquam sapere sapientem, qui ipse sibi prodesse non quiret.[189]


Si cupidus, si

vanus, et Euganea quamtamvis mollior agna.[190]


Non enim paranda nobis solum, sed fruenda sapientia est.[191]


Burlábase Dionisio de los gramáticos que cuidan de informarse de los males de Ulises e ignoran los suyos propios; de los músicos que templan sus flautas y no hacen lo propio un sus costumbres; de los oradores que predican la justicia y no la practican. Si nuestra alma no sigue mejor camino; si no logramos disponer de un juicio más sano, estimaría mejor que mi escolar hubiera pasado su tiempo jugando a la pelota; al menos de este modo tendría el cuerpo más ágil. Vedle volver de sus estudios después de haber empleado en ellos quince o diez y seis años; encuéntrase incapaz e inhábil para el ejercicio de toda profesión o trabajo; lo solo, lo único que se echa de ver en él es que su latín y su griego le han vuelto más tonto y presuntuoso de lo que estaba al abandonar la casa de sus padres. Debiendo poseer el alma llena, tráela hinchada; en vez de fortificarla, se ha conformado con inflarla.

Tales maestros, como Platón llama a las sofistas, sus adláteres, son de todos los hombres los que prometen hacer mayor obra de utilidad; mas no sólo son inútiles, sino dañinos, pues tras no reparar lo que se les encomienda, lo estropean y hacen pagar sus destrozos. No proceden así el albañil ni el carpintero. Si se siguiera la ley que Protágoras proponía a sus discípulos, que consistía «en que éstos le pagasen confiando en su palabra, o jurando en el templo en cuanto estimaban el provecho, y según éste satisfacieran su trabajo», mis pedagogos veríanse burlados, de estar sujetos al juramento de mi experiencia. Mi vulgar dialecto perigordiano llama con gracia suma lettre-ferits a estos sabihondos, que viene a ser como si dijéramos lettre-ferus, a los cuales las letras han sacudido un martillazo, como suele decirse. Lo común es que se hallen desprovistos hasta de sentido común; el campesino y el zapatero proceden en la vida sencilla o ingenuamente, hablando de lo que conocen; aquéllos por querer engrandecerse y prevalerse de su saber, que sobrenada en la superficie de su cerebro, van embarazándose y dando traspiés sin cesar; escápanse de sus labios hermosas y palabras, mas precisa que otro las aproveche; conocen bien a Galeno, pero en manera alguna al enfermo; os han llenado la cabeza de leyes, y sin embargo, no comprenden la dificultad de la causa que se dilucida, conocen la teoría de todas las cosas, pero buscad otro que la aplique.

En mi casa he visto a un mi amigo, que por modo de pasatiempo hablaba con uno de estos pedantes, descomponer una especie de jerigonza o galimatías, sin pies ni cabeza, salvo la entonación de algunas palabras adecuadas a la controversia, pasar así un día entero; el maestro se debatía pensando siempre contestar con acierto a las objeciones que se le hacían; y pasaba sin embargo por hombre de reputación; era un preceptor que ocupaba por sus merecimientos una posición envidiable:


Vos, o patricius sanguis, quos vivere par est

occipiti caeco, posticae ocurrite sannae.[192]


Quien a gentes tales ve de cerca, mire más alla, y como yo, encontrará que las más de las veces ni se entienden a sí mismos ni a los demás, y que la facultad de juzgar en ellos está hueca, a no ser que la naturaleza les haya desprovisto bien de ella, como acontecía a Adriano Turnebo, que no ejerciendo otra profesión que la de las letras, en la cual fue, a mi entender, el hombre más grande, que haya existido de mil años acá, tenía sólo del pedante el hábito y algo del exterior, lo cual podía quizás no ser agradable, pero era cosa bien insignificante. Detesto a los que transigen mejor con un alma envenenada que con un traje inadecuado, y contemplan en sus reverencias el vestido y las botas para informarse del hombre con quien se las han. Nuestro Adriano fue el alma mejor educada del mundo; era para mi un placer interrogarle, aun sobre asuntos ajenos a sus ordinarias ocupaciones; veía tan claro en todas las cosas y estaba dotado de una percepción tan pronta, de un juicio tan sano, que hubiérase dicho no haber sido otra su profesión que el ejercicio de la guerra y los negocios del Estado. Tales naturalezas son privilegiadas y fuertes,


Queis arte benigna

et meliore luto finxit praecordia Titan[193],


y conservan su vigor nativo al través de una dirección detestable. Ahora bien, no basta que la educación deje de empeorarnos, preciso es que nos haga mejores.

Hay algunos parlamentos que cuando tienen que recibir en su seno nuevos miembros, examínanlos sólo de derecho o jurisprudencia; otros juzgan además del sentido común, de los candidatos, preguntando a los examinandos su dictamen sobre alguna causa. Estos tienen, a mi entender, manera más razonable de proceder, y aun cuando sea necesario el concurso de las dos circunstancias, referible y mucho más meritorio es poseer la segunda que la primera; pues como pregona este verso griego,


 [194]


«¿Para qué sirve la ciencia a quien carece de inteligencia?» ¡Pluguiera a Dios que para bien de la justicia nuestros jueces se hallasen tan bien provistos de entendimiento y conciencia como lo están todavía de ciencia! Non vitae, sed scholae discimus[195]. En conclusión, no basta hilvanar el saber al alma, precisa incorporarlo, hacerlo penetrar en el espíritu; no hasta regarla, es preciso impregnarla; y si no transforma y mejora nuestro imperfecto estado, vale mucho, muchísimo más, que permanezcamos tranquilos; de lo contrario es el saber arma dañosa que ofende y molesta a quien lo posee por ir a parar a inhábiles manos que de él no saben hacer uso: ut fuerit melius non didicisse[196].

Quizás sea ésta la razón de que así nosotros como la teología no nos mostremos exigentes en lo que toca a que las mujeres sean de espíritu cultivado. Francisco I, duque de Bretaña, hijo de Juan V, que casó con Isabel, nacida en Escocia, como le dijeran antes del matrimonio que su prometida había sido educada en medio de la mayor sencillez, y que carecía de toda suerte de instrucción literaria, respondió: «Prefiero que toda la ciencia en la mujer consista en saber distinguir la camisa de los calzones de su marido.»

No es, pues, maravilla el que nuestros antepasados hayan concedido escasa importancia a las letras y que aun hoy se hallen representadas como por acaso en los consejos de nuestros reyes; y si los únicos medios que hoy existen de llegar a la riqueza no fuesen la jurisprudencia, la medicina, el pedantismo y la teología, veríamos a aquéllas todavía en mayor descrédito de lo que jamás lo fueron. Y a la verdad la cosa no sería muy de lamentar, puesto que no nos enseñan ni a bien obrar ni a pensar rectamente. Postquam docti prodierunt, boni desunt[197]. El aditamento de toda otra ciencia es perjudicial a quien no posee la de la bondad.

Acaso se hallará la razón de lo inútil que nos es la ciencia en que sólo la cultivan entre nosotros aquellos que pretenden sacarla provecho, a excepción de los pocos que habiendo tenido la fortuna de nacer en un medio más elevado, por afición se muestran inclinados al saber. Y como éstos la abandonan pronto para ejercer profesiones que nada tienen que ver con los libros, generalmente sólo quedan como científicos las gentes sin fortuna que buscan con el estudio una manera de vivir; y siendo el alma de estas gentes así por naturaleza como por situación social de la extracción más baja, no sacan del estudio sino un fruto mezquino, pues éste no ilumina el espíritu que carece de luces, ni sirve tampoco para alumbrará los ciegos; consiste su misión, no en procurar la vista, sino en dirigirla y bien ordenarla, siempre y cuando que ésta disponga de pies y piernas sanas y bien derechas. La ciencia es un buen medicamento, pero no hay ningún remedio suficientemente eficaz para librarla del vicio que la comunica el vaso que la contiene. Tal tiene la vista clara, que no la tiene derecha, y por consiguiente ve el bien, mas no le practica, y ve la ciencia sin servirse de ella. El principio fundamental que Platón establece en su República, consiste en distribuir los cargos a los ciudadanos conforme a la naturaleza de éstos. Esta sabia maestra todo lo puede y practica. Los cojos son inhábiles para los ejercicios corporales; los del espíritu no convienen a las almas cojas; los entendimientos contrahechos y vulgares son indignos de la filosofía. Cuando reparamos en un hombre mal calzado, nada tiene de sorprendente que se nos ocurra preguntar si es zapatero, y análogamente vemos un médico mal medicinado, un teólogo poco reformado y un sabio más incapaz que el mayor lego.

Aristo Quío tenía razón al asegurar que los filósofos dañaban a sus oyentes; tan es verdad este parecer, que la mayor parte de las almas no se encuentran aptas para sacar provecho de la filosofía; y si ésta no cae bien en ellas, cae necesariamente mal:  ex Aristippi, acerbos ex Zenonis schola exire[198].

En la hermosa educación que recibían los persas, según testimonia Jenofonte, vemos que enseñaban la virtud a sus hijos como las demás naciones les enseñan las letras. Dice Platón que el primogénito en la sucesión real era educado del siguiente modo: apenas nacía, poníasele en manos, no de mujeres, sino de los eunucos que por su virtud gozaban del favor de los reyes. Encomendábase a éstos el cuidado de la hermosura y sanidad del cuerpo y cuando llegaba el niño a los siete años enseñábanle a montar a caballo y adiestrábanle en el ejercicio de la caza. Cuando tenían catorce años sometíanle al cuidado de cuatro preceptores: el más sabio, el más justo, el más moderado y el más valiente de la nación; enseñábale el primero la religión, el segundo a ser veraz, el tercero a dominar sus pasiones, y el último a ser esforzado.

Es cosa digna de notarse que en la excelente y admirable legislación de Licurgo, tan perfecta y previsora, tan cuidadosa de la educación material de la infancia, que ponía en primer término desde el hogar mismo, no se haga siquiera mención de la doctrina, siendo Atenas la patria de la musas, como si aquella generosa juventud desdeñara todo otro yugo que no fuera la virtud; proveíasela, en lugar de pedagogos que la enseñaran la ciencia, de maestros que la inculcaban el valor, la prudencia y la justicia, ejemplo que Platón siguió en sus leyes. La disciplina consistía en proponerles cuestiones, para que juzgasen de los hombres y de sus actos, y si elogiaban o censuraban a tal personaje o tal suceso precisaba fundamentar el juicio en buenas razones; de este modo, al par que afinaban el entendimiento, se instruían en el derecho. Astyages en Jenofonte, pide razón a Ciro de su última lección. «En nuestra escuela, responde, un muchacho que tenía la túnica pequeña se la dio a uno de sus compañeros, de menos estatura, y tomó a cambio la de éste, que le estaba grande. Habiéndome nuestro preceptor hecho juez del caso, opiné que lo más pertinente era dejar las cosas en tal estado, y que los dos habían salido ganando con el cambio; a lo cual me repuso que yo había juzgado torcidamente, por haberme fijado sólo en las ventajas mutuas, siendo preciso tener en cuenta la justicia, que pide que a nadie se fuerce en las cosas de su pertenencia»; y dice Astyages que Ciro fue azotado ni más ni menos que lo somos nosotros en nuestras aldeas, cuando olvidamos e primer paradigma de las conjugaciones griegas. Mi maestro me dirigiría una hermosa arenga, in genere demonstrativo antes de persuadirme que su disciplina valía tanto como aquélla. Tomaron por el atajo, y puesto que es lo cierto que las ciencias rectamente interpretadas no pueden sino enseñarnos la prudencia, la probidad y la resolución, quisieron aquellos hábiles maestros poner a sus discípulos en contacto con la práctica de la vida e instruirlos no de oídas, sino por el ensayo de la acción, formándolos y modelándolos diestramente no sólo con preceptos y palabras, sino principalmente con ejemplos y obras, a fin de que la enseñanza penetrase no solamente en el alma, sino también en la complexión y costumbres; que no fuera únicamente adquisición, sino posesión natural. Preguntando a este propósito Agesilao, sobre lo que a su entender debían aprender los niños, respondió «que lo que debían hacer cuando fueran hombres». No es, pues, maravilla que semejante educación produjera tan admirables efectos.

En distintas ciudades de Grecia buscábanse retóricos, pintores y músicos; sólo en Lacedemonia legisladores, magistrados y jefes de ejército; aprendíase en Atenas a bien decir, y allí a bien obrar; en Atenas a rebatir un argumento sofístico y a rechazar la impostura de las palabras capciosamente entrelazadas; en Lacedemonia, a librarse de los atractivos de la voluptuosidad y a rechazar con valor las amenazas del infortunio y de la muerte. Unos tenían por misión las palabras, y otros las cosas; unos ejercitaban a la juventud en el continuo manejo de la lengua, y otros en el ejercicio sin descanso del espíritu. En tal grado de estimación tenían los frutos de la enseñanza de la juventud, que cuando Antipáter les pidió en rehenes cincuenta muchachos, hicieron lo contrario de lo que nosotros hubiéramos hecho, es decir, que prefirieron entregar doble número de hombres ya formados. Cuando Agesilao invita a Jenofonte a que eduque sus hijos en Esparta, no es para que aprendan la gramática ni la dialéctica, sino para que se adoctrinen en la mejor de todas las ciencias: en la ciencia del mando y de la obediencia.

Agrada ver cómo Sócrates se burla de Hipias cuando éste le refiere que hasta en las aldeas más pequeñas de Sicilia ha ganado buena cantidad de dinero como profesor, y que en cambio en Esparta no ganó ni un solo maravedí; por tal razón, trataba de idiotas a los de esta república, que no sabían medir ni contar, ni conocían la gramática ni la prosodia, preocupándose sólo de estar bien informados de la cronología de sus soberanos, establecimiento y decadencia de sus Estados y de otro montón de frivolidades análogas; al cabo de la relación Sócrates hacía comprender a Hipias, hasta en sus menores detalles, la excelencia del gobierno de los espartanos, la virtud y dicha de su vida privada, dejándole adivinar, en conclusión, la inutilidad de sus enseñanzas.

La experiencia nos enseña que, según la viril legislación espartana y otras semejantes, el estudio de las ciencias debilita y afemina el valor, más que lo endurece y fortifica. El Estado más fuerte que actualmente existe en el mundo es Turquía, pueblo que estima las armas tanto como menosprecia las letras. Roma fue más valiente cuando barbara que cuando sabia. Las naciones más belicosas de nuestros días son las más groseras e ignorantes: los escitas, los partos y los súbditos de Tamerlán prueban bien este aserto. Cuando los godos asolaron la Grecia, quien salvó todas las bibliotecas de ser pasto de las llamas fue uno de ellos, que predicó la conveniencia de dejar intactos estos edificios para apartar así a sus enemigos del ejercicio de las armas y que cayeran en ocupaciones ociosas y sedentarias. Nuestro rey Carlos VIII se hizo dueño del reino de Nápoles y de una parte extensa de la Toscana, apenas sin desenvainar la espada. Los señores de su comitiva atribuyeron tan inesperada facilidad a que la nobleza y príncipes italianos ocupábanse más en hacerse, ingeniosos y sabios que vigorosos y guerreros.



De la educación de los hijos a la señora Diana de Foix, condesa de Gurson

Jamás vi padre, por enclenque, jorobado y lleno de achaques que su hijo fuera, que no consintiese en reconocerlo como tal; y no es que no vea sus máculas, a menos que el amor le ciegue, sino porque le ha dado el ser. Así yo veo mejor que los demás que estas páginas no son sino las divagaciones de un hombre que sólo ha penetrado de las ciencias la parte más superficial y eso en su infancia, no habiendo retenido de las mismas sino un poco de cada cosa, nada en conclusión, a la francesa. Sé, en definitiva, que existe una ciencia que se llama medicina, otra jurisprudencia, cuatro partes de matemáticas, y muy someramente el objetivo de cada una de ellas; quizás conozco el servicio que dichas ciencias prestan al uso de la vida, pero de mayores interioridades no estoy al cabo; ni mi cabeza se ha trastornado estudiando a Aristóteles, príncipe de la doctrina moderna, ni tampoco empeñádose en el estudio de ninguna enseñanza determinada, ni ha arte del cual yo pueda trazar ni siquiera los primeros rudimentos; no hay muchacho de las clases elementales que no pueda aventajarme, y a tal punto alcanza mi insuficiencia, que, ni siquiera me sentiría capaz de interrogarle sobre la primera lección de su asignatura; y si se me obligara a hacerle tal o cual pregunta, mi incompetencia haría que le propusiera alguna cuestión general, por la cual podría juzgar de su natural disposición, la cual cuestión le sería tan desconocida como a mí la elemental.

Aparte de los de Séneca y Plutarco, de donde extraigo mi caudal, como las Danaides, llenándolo y vaciándolo perpetuamente, no he tenido comercio con ningunos otros libros de sólida doctrina. De esos escritores algo quedará en este libro, casi nada en mi cabeza. En materia le autores, me inclino a los de historia y poesía, pues como Cleantes opinaba, así como la voz encerrada en el estrecho tubo de una trompeta surge más agria y más fuerte, así entiendo yo que la sentencia comprimida por la poesía brota más bruscamente y me hiere con más viva sacudida. En cuanto a mis facultades naturales, de que este libro es ejercicio, siéntolas doblegar bajo su pesada carga; marchan mis conceptos y juicios a tropezones, tambaleándose, dando traspiés, y cuando recorro la mayor distancia que mis fuerzas alcanzan, ni siquiera me siento medianamente satisfecho, diviso todavía algo más allá, pero con vista alterada y nubosa, que me siento incapaz de aclarar. Haciendo propósito de hablar de todo aquello que buenamente se ofrece a mi espíritu con el solo socorro de mis ordinarias fuerzas, acontéceme a veces hallar tratados en los buenos autores los mismos asuntos sobre que discurro, como en el capítulo sobre la fuerza de imaginación, materia que trató ya Plutarco. Comparando mis razones con las de tales maestros, siéntome tan débil y tan mezquino, tan pesado y adormecido, que me compadezco, y a mí mismo me menosprecio; congratúlame, en cambio, el que a veces quepa a mis opiniones el honor de coincidir con las de los antiguos, así los sigo al menos de lejos y reconozco lo que no todos reconocen: la extrema diferencia entre ellos y yo. Mas a pesar de todo dejo correr mis invenciones débiles y bajas como son, tales como han salido de mi pluma, sin remendar los defectos que la comparación me ha hecho descubrir.

Preciso es tener en sus propias fuerzas toda la confianza posible para marchar frente a frente de tales autores. Los indiscretos escritores de nuestro siglo, cuyas insignificantes obras están llenas de pasajes enteros de los antiguos, que para procurarse honor se apropian, practican lo contrario; y la diferencia entre lo suyo y lo que toman prestado es tan grande que da a sus escritos un aspecto pálido, descolorido y feo, con el cual pierden más que ganan.

Dos filósofos de la antigüedad tenían bien distinta manera de pensar y proceder en sus escritos: Crisipo incluía en sus obras, no ya sólo pasajes, sino libros enteros de otros autores, y en una incluyó la Medea de Eurípides: Apoliodoro decía de este filósofo que, suprimiendo lo prestado, en sus obras no quedaría más que el papel en blanco. Epicuro, por el contrario, en trescientos volúmenes que compuso jamás empleó citas ni juicios ajenos.

Ocurriome poco ha tropezar con un pasaje de éstos, para llegar al cual había tenido que arrastrarme languideciendo por medio de frases hueras, tan exangües, descarnadas y vacías de sentido, todas ellas sin meollo ni sustancia, que no eran, en suma, sino palabras amalgamadas unas a otras; al cabo de un largo y fastidioso camino me encontré con un trozo alto, rico y elevado hasta rayar en las nubes. Si hubiera encontrado la pendiente más suave y la subida algo áspera, la cosa hubiera sido natural; pero llegué a un precipicio tan derecho y tan recortado, que a las seis palabras primeras echó de ver que me hallaba en otro mundo distinto; desde él pude descubrir la hondonada de donde venía, tan baja tan profunda que no tuve luego el valor necesario para descender de nuevo. Si yo adornara alguno de mis escritos con tan ricos despojos, haría resaltar demasiado la insignificancia de los demás. Descubrir en otro mis propias faltas me parece tan lícito como reprender, lo que suelo hacer a veces, las de otro en mí; preciso es acusarlas en todos y hacer que desaparezca todo pretexto de excusa. Bien se me alcanza cuán audazmente pongo mis ideas en parangón con las de los autores célebres, a todo propósito; mas no lo hago por temeraria esperanza de engañar a nadie con ajenos adornos, sino para demostrar mejor más asertos y razonamientos, para mayor servicio del lector. Sin contar con que tampoco me pongo a luchar frente a frente ni cuerpo acuerpo con campeones de tanto fuste; ejecuto sólo menudos y ligeros ataques, no me lanzo contra ellos, los tanteo, y no los acometo tanto como temo acometerlos. Si pudiera caminar a la par, obraría como hombre vigoroso y fuerte, porque sólo los acometo por sus máximas más elevadas. Practicar lo que he visto en algunos, adornarse con armas ajenas hasta el punto de dejar invisibles las propias, conducir los razonamientos como sólo es lícito que lo hagan los sabios verdaderos, parapetándose en las ideas de los antiguos, hurtándolas de aquí y de allá y querer hacerlas pasar por propias, cosa es al par que injusta, cobarde, porque los que tal hacen, no teniendo nada que les pertenezca, pretenden alcanzar méritos con lo que no es suyo. Es además suprema torpeza, pues los tales se contentan con la ignorante aprobación del vulgo y se desacreditan ante las gentes de entendimiento, que advierten la incrustación de ajenas cosas y de las cuales sólo la alabanza tiene peso y merece estima.

Nada más lejos de mi designio que semejantes procederes; yo no cito los otros sino para expresar mi pensamiento de una manera más diestra. No va lo dicho con los centones que en tal forma se presentan al público: yo los he visto sobrado ingeniosos, sin hablar de los antiguos, entre otros uno bajo el nombre de Capílupo. De esta suerte muestran también sus talentos algunos eruditos, entreverándolo acá y allá, como hizo Justo Lipsio en su laborioso y docto tratado de Política.

De todas maneras, y sean cuales fueren esos desaciertos, no he pedido menos de sacarlos a la superficie, igualmente que si un artista hiciera mi retrato habría de representarme cano y calvo; no pintando una cabeza perfecta, sino la que tengo. Esto que aquí escribo son mis opiniones e ideas; yo las expongo según las veo y las creo atinadas, no como cosa incontrovertible y que deba creerse a pie juntillas: no busco otro fin distinto al de trasladar al papel lo que dentro de mí siento, que acaso será distinto mañana, si enseñanzas nuevas modifican mi manera de ser, y declaro que ni tengo ni deseo autoridad bastante para ser creído, reconociéndome, como me reconozco, demasiado mal instruido para enseñar a los demás.

Un mi amigo que leyó en mi casa el capítulo precedente días pasados, díjome que debía haberme extendido más sobre la educación de los jóvenes; por manera, señora, que si realmente poseyera yo alguna competencia en tal materia, en modo alguno pudiera darle mejor empleo que haciendo de ella un presente al pequeñuelo que pronto verá la luz (vuestra hidalguía es grande para dejar de comenzar por un varón). Habiéndome cabido una grande parte en la conclusión de vuestro matrimonio, créome con derecho y estoy interesado en la grandeza y prosperidad de todo lo que sobrevenga, a más que de antiguo estoy obligado a vuestras mercedes, lo cual obliga doblemente mi interés hacia todo lo que con vos se relaciona directamente. Entiendo yo, señora, que la mayor y principal dificultad de la humana ciencia reside en la acertada dirección y educación de los niños, del propio modo que en la agricultura las labores que preceden a la plantación son sencillas y no tienen dificultad; mas luego que la planta ha arraigado, para que crezca hay diversidad de procedimientos, que son difíciles. Lo propio, acontece con los hombres: darles vida no es difícil, mas luego que la tienen vienen los diversos cuidados y trabajos que exigen su educación y dirección. La apariencia de sus inclinaciones es tan indecisa en la primera infancia y tan inciertas y falsas las promesas que de aquéllas pueden deducirse, que no es viable fundamentar por ellas ningún juicio atinado. Cimón y Temístocles fueron bien distintos de lo que por su infancia hubiera podido adivinarse. Los pequeñuelos de los osos y los perrillos muestran desde luego su inclinación natural, mas los hombres siéntense desde los comienzos impelidos por costumbres, leyes y opiniones que los disfrazan fácilmente, pues es bien difícil forzar las tendencias o propensiones naturales. De donde resulta que por no haber elegido bien su camino, trabájase sin fruto, empleando un tiempo inútil en destinar a los niños precisamente para aquello que no han de servir. No obstante tal dificultad, precisa a mi entender encaminarlos siempre hacia las cosas mejores, de las cuales puedan sacar mayor provecho, fijándose poco en adivinaciones ni pronósticos de que sacamos consecuencias demasiado fáciles en la infancia. Platón, en su República, entiendo que les concede autoridad demasiada.

Es la ciencia, señora, ornamento de valer, al par que instrumento que presta relevantes servicios, señaladamente, a las personas de vuestro rango. En verdad, entiendo que no se encuentra bien hallada en manos bajas y plebeyas, siéntese más orgullosa prestando su concurso para conducir una guerra, gobernar un pueblo, y frecuentar la amistad de un príncipe o de una nación extranjera, que para ordenar un argumento dialéctico, pronunciar una defensa o preparar una caja de píldoras. Así, señora, como estoy bien seguro de que no olvidaréis tal principio en la educación de vuestros hijos, vos que habéis gustado tiempo ha de la dulzura de las letras y que pertenecéis a una familia literaria (aún poseemos los escritos de los antiguos condes de Foix, de quien desciende el señor conde vuestro esposo y descendéis vos misma, y Francisco, señor de Candal, vuestro tío, da a luz todavía obras que extenderán el conocimiento de aquella cualidad de vuestra familia hasta los siglos venideros), quiero manifestaros la sola opinión que acerca de educación profeso, contraria al común sentir y uso. Es cuanto puedo hacer en vuestro servicio en este punto.

Al cargo del maestro que le confiráis, en la elección del cual estriba todo el fruto de su educación, acompañan otras importantes atribuciones, de las cuales me guardará de hablar por no saber, nada importante acerca de ellas; y sobre lo que más adelante diré, sólo deseo que aquél fije su atención en lo que para él sea de mayor provecho. A un niño noble que cultiva las letras, no como medio de vivir (pues éste es fin abyecto e indigno de la gracia y favor de las musas, tras de suponer además la dependencia ajena), ni tampoco para buscar en ellas cosa de adorno; que se propone antes ser hombre hábil que hombre sabio, yo desearía que se pusiera muy especial cuidado en encomendarle a un preceptor de mejor cabeza que provista de ciencia, y que maestro y discípulo se encaminaran más bien a la recta dirección del entendimiento y costumbres, que a la enseñanza por sí misma, y apetecería también que el maestro se condujera en su cargo de una manera nueva.

No cesa de alborotarse en nuestros oídos, como quien vertiera en un embudo, y nuestro deber no se hace consistir más que en repetir lo que se nos ha dicho; querría yo que el maestro se sirviera de otro procedimiento, y que desde luego, según el alcance espiritual del discípulo, comenzase a mostrar ante sus ojos el exterior de las cosas, haciéndoselas gustar, escoger y discernir por sí mismo, ir preparándole el camino, ya dejándole en libertad de buscarlo. Tampoco quiero que el maestro invente ni sea sólo el que hable; es necesario que oiga a su educando hablar a su vez. Sócrates, y más tarde Arcesilao, hacían primeramente expresarse a sus discípulos, y luego hablaban ellos. Obest plerumque iis, qui discere volunt, auctoritas eorum, qui docent[199]. Bueno es que le haga, correr ante su vista para juzgar de sus bríos y ver hasta qué punto se debe rebajar para acomodarse a sus fuerzas. Si de tales requisitos prescindimos, ningún fruto alcanzaremos; saberlos escoger y conducirlos con acierto y mesura es una de las labores más arduas que conozco. Un alma superior y fuerte sabe condescender con los hábitos de la infancia, al par que guiarlos. Yo camino con mayor seguridad y planta más segura al subir que al bajar.

Aquellos que como nuestro uso tiene por hábito aplican idéntica pedagogía y procedimientos iguales a la educación de entendimientos de diversas medidas y formas, engáñanse grandemente: no es de maravillar si en todo un pueblo de muchachos apenas se encuentran dos o tres que hayan podido sacar algún fruto de la educación recibida. Que el maestro no se limite a preguntar al discípulo las palabras de la lección, sino más bien el sentido y la sustancia; que informe del provecho que ha sacado, no por la memoria del alumno, sino por su conducta. Conviene que lo aprendido por el niño lo explique éste de cien maneras diferentes y que lo acomode otros tantos casos para que de este modo pueda verse si recibió bien la enseñanza y la hizo suya, juzgando de sus adelantos según el método pedagógico seguido por Sócrates en los diálogos de Platón. Es signo de crudeza e indigestión el arrojar la carne tal como se ha comido; el estómago no hizo su operación si no transforma la sustancia y la forma de lo que se le diera para nutrirlo. Nuestra alma no se mueve sino por extraña voluntad, y está fijada y constreñida, como la tenemos acostumbrada a las ideas ajenas; es sierva y cautiva bajo la autoridad de su lección: tanto se nos ha subjugado que se nos ha dejado sin libertad ni desenvoltura. Nunquam tutelae suae fiunt[200].

Hallándome en Pisa tuve ocasión de hablar familiarmente con una persona excelente, tan partidaria de Aristóteles, que profesaba con cabal firmeza la creencia de que el toque y la regla de toda verdad e idea sólida era su conformidad con la doctrina aristotélica, y que fuera de tal doctrina todo era quimera y vacío; que Aristóteles lo había visto todo y todo lo había dicho. Por haber sido esta proposición un tanto amplia, al par que injustamente interpretada, nuestro hombre se las hubo durante largo tiempo con la inquisición de Roma.

Debe el maestro acostumbrar al discípulo a pasar por el tamiz todas las ideas que le trasmita y hacer de modo que su cabeza no dé albergue a nada por la simple autoridad y crédito. Los principios de Aristóteles, como los de los estoicos o de los epicúreos, no deben ser para él doctrina incontrovertible; propóngasele semejante diversidad de juicios, él escogerá si puede, y si no, permanecerá en la duda:


Che non men che saver, dubbiar m'aggrata[201]:


pues si abraza, después de reflexionarlas, las ideas de Jenofonte y las de Platón, estas ideas no serán ya las de esos filósofos, serán las suyas; quien sigue a otro no sigue a nadie, nada encuentra, y hasta podría decirse que nada busca: que sepa darse razón a menos de lo que sabe. Es preciso que se impregne del espíritu de los filósofos; no basta con que aprenda los preceptos de los mismos; puede olvidarse si quiere cuál fue la fuente de su enseñanza pero a condición de sabérsela apropiar. La verdad y la razón son patrimonio de todos, y ambas pertenecen por igual al que habló antes que al que habla después. Tanto monta decir según el parecer de Platón que según el mío, pues los dos vemos y entendemos del mismo modo. Las abejas extraen el jugo de diversas flores y luego elaboran la miel, que es producto suyo, y no tomillo ni mejorana: así las nociones tomadas a otro, las transformará y modificará para con ellas ejecutar una obra que le pertenezca, formando de este modo su saber y su discernimiento. Todo el estudio y todo el trabajo no deben ir encaminados a distinta mira que a su formación. Que sepa ocultar todo aquello de que se ha servido y exprese sólo lo que ha acertado a hacer. Los salteadores y los tramposos exihiben ostensiblemente sus fincas y las cosas que compran, y no el dinero que robaron o malamente adquirieron; tampoco veréis los honorarios secretos que recibe un empleado de la justicia, mostraraos sólo los honores y bienandanzas que obtuvo para sí y para sus hijos: nadie entera a los demás de lo que recibe, cada cual deja ver solamente sus adquisiciones.

El fruto de nuestro trabajo debe consistir en transformar al alumno en mejor y más prudente. Decía Epicarmes que el entendimiento que ve y escucha es el que de todo aprovecha, dispone de todo, obra, domina y reina; todo lo demás no son sino cosas ciegas, sordas y sin alma. Voluntariamente convertimos el entendimiento en cobarde y servil por no dejarle la libertad que le pertenece.

¿Quién preguntó jamás a su discípulo la opinión que formar de la retórica y la gramática, ni de tal o cual sentencia de Cicerón? Son introducidas las ideas en nuestra memoria con la fuerza de una flecha penetrante, como oráculos en que las letras y las sílabas constituyen la sustancia de la cosa. Saber de memoria, no es saber, es sólo retener lo que se ha dado en guarda a la memoria. De aquello que se conoce rectamente se dispone en todo momento sin mirar el patrón o modelo, sin volver la vista hacia el libro. Pobre capacidad la que se saca únicamente de los libros. Transijo con que sirva de ornamento, nunca de fundamento, y ya Platón decía que la firmeza, la fe y la sinceridad constituyen la verdadera filosofía; las ciencias cuya misión es otra, y cuyo fin es distinto, no son mas que puro artificio. Quisiera yo que Paluël o Pompeyo, esos dos conocidos bailarines, nos enseñaran a hacer cabriolas con verlos danzar solamente, sin que tuviéramos necesidad de movernos de nuestros asientos; así pretenden nuestros preceptores adiestrarnos el entendimiento, sin quebrantarlo; fuera lo mismo el intentar enseñarnos el manejo del caballo, el de la pica, a tocar el laúd, o a cantar, sin ejercitarnos en estas faenas. Quieren enseñarnos a bien juzgar y a bien hablar sin acostumbrarnos a lo uno ni a lo otro. Ahora bien, para tal aprendizaje, todo lo que ante nuestra vista se muestra es libro suficiente: la malicia de un paje, la torpeza de un criado, una discusión de sobremesa, son otros tantos motivos de enseñanza.

Por esta razón es el comercio de los hombres maravillosamente adecuado al desarrollo del entendimiento, igualmente que la visita a países extranjeros, no para aprender solamente, como hace la nobleza francesa, los pasos que mide Santa Rotonda o la riqueza de los pantalones de la señora Livia; otros nos refieren cómo la cara de Nerón, conservada en alguna vieja ruina, es más larga o más ancha que la de otra medalla de la misma época. Todas éstas son cosas bien baladíes; se debe viajar para conocer el espíritu de los países que se recorren y sus costumbres y para frotar y limar nuestro cerebro con el de los demás. Yo quisiera que los viajes empezaran desde la infancia, y en primer término, para matar así de un tiro dos pájaros, por las naciones vecinas, en donde la lengua difiera más de la nuestra. Es indispensable conocer las lenguas vivas desde muy niño, de lo contrario, los idiomas no se pliegan luego a la pronunciación.

De igual modo es opinión de todos recibida, que no es conveniente educar a los hijos en el regazo de sus padres; el amor de éstos los enternece demasiado y hace flojos hasta a los más prudentes. No son los padres capaces ni de castigar sus faltas, ni de verlos alimentarse groseramente, como conviene que se haga; tampoco podrían soportar el verlos sudorosos y polvorientos después de algún ejercicio rudo, ni que bebieran líquidos demasiado calientes o fríos, ni el verlos sobre un caballo indócil, ni frente a un tirador de florete o un boxeador, como tampoco disparar la primera arcabuzada, cosas todas necesarias e indispensables. Tales ejercicios son el único medio de formar un hombre cual debe apetecerse, y ninguno hay que descuidar durante la juventud; hay que ir a veces contra los preceptos de la medicina:


Vitamque sub dio, et trepidis agat

in rebus.[202]


No basta sólo fortificar el alma, es preciso también endurecer los músculos; va el alma demasiado deprisa si muy luego no es secundada, y tiene por si sola demasiada labor para bastar a dos oficios. Yo sé cuán penosamente trabaja la mía unida como está a un cuerpo tan flojo y tan sensible que se encomienda constantemente a sus fuerzas, y con frecuencia advierto que en sus escritos mis maestros los antiguos presentan como actos magnánimos y valerosos, ejemplos que dependen más bien del espesor de la piel y eje dureza de los huesos, que del vigor anímico.

He visto hombres, mujeres y niños de tal modo constituidos, que un bastonazo les es menos sensible que a mí un capirotazo en las narices; que no mueven lengua ni pestañas ante los golpes que se les propinan. Cuando los atletas imitan a los filósofos en lo pacientes, más que fortaleza de corazón, muestran vigor de nervios. Endurecerse al trabajo es endurecerse al dolor: Labor callum obducit dolori[203]. Es preciso habituar al niño a la aspereza y fatiga de los ejercicios para acostumbrarle así a la pena y al sufrimiento de la dislocación, del cólico, cauterio, prisión y tortura. Estos males pueden, según los tiempos, caer sobre los buenos como sobre los malos. Sobrados ejemplos de ello vemos en nuestros días, pues los que hoy combaten contra las leyes exponen a los suplicios y a la muerte a los hombres honrados.

La autoridad del preceptor, además, debe ser absoluta sobre el niño, y la presencia de los padres la imposibilita y aminora; a lo cual contribuye también la consideración que la familia muestra al heredero y el conocimiento que éste tiene de los medios y grandeza de su casa. Circunstancias son éstas, a mi entender, que se truecan en graves inconvenientes.

En las relaciones que mantienen los hombres entre sí, he advertido con frecuencia que, en vez de adquirir conocimiento de los demás, no hacemos sino darle amplio de nosotros mismos, preferimos mejor soltar nuestra mercancía, que adquirirla nueva, la modestia y el silencio son cualidades útiles en la conversación. Se acostumbrará al niño a que no haga alarde de su saber cuando lo haya adquirido; a no contradecir las tonterías y patrañas que puedan decirse en su presencia, pues es descortés censurar lo que nos choca o desagrada. Conténtase con corregirse a sí mismo y no haga a los demás reproche de lo que le disgusta, ni se ponga en contradicción con las públicas costumbres: Licet sapere sine pompa, sine invidia[204]. Huya de las maneras pedantescas y de la pueril ambición de querer aparecer a los ojos de los demás como más sutil de lo que es, y cual si fuera mercancía de difícil colocación no pretenda sacar partido de tales críticas y reparos. De igual modo que sólo incumbe a los grandes poetas emplear las licencias del arte, así también corresponde sólo a las almas grandes y a los espíritus elevados el ir contra la corriente general. Si quid Socrates aut Aristippus contra morem et consuetudinem fecerunt, idem sibi ne arbitretur licere: magnis enim illi et divinis bonis hanc licentiam assequebantur205. Debe acostumbrárselo a no entrar en discusiones ni disputas más que cuando haya de habérselas con un campeón digno de ser contradicho. Debe hacerse de modo que sea escrupuloso en la elección de argumentos, al par que amante de la concisión y la brevedad en toda discusión; debe acostumbrársele sobre todo a entregarse y a deponer las armas ante la verdad, luego que la advierta, ya nazca de las palabras de su adversario, ya surja de sus propios argumentos, por haber dado con ella de pronto; pues no estando obligado a defender ninguna cosa determinada, debe sólo interesarle aquello que apruebe, no perteneciendo al oficio en que por dinero contante se participa de una u otra opinión, o se pertenece a uno u otro bando.

Si el preceptor comparte mi manera de ver, enseñará a su discípulo a ser muy leal servidor de su soberano y además afectuoso y valiente, cuidando a la vez de que su cariño al príncipe no vaya más allá de lo que prescribe el deber público. Aparte de otros obstáculos que aminoran nuestra libertad por obligaciones especiales, la opinión de un hombre asalariado, o no es cabal y está sujeta a trabas, o hay motivo para tacharla de imprudente e ingrata. El verdadero cortesano no puede tener más ley ni más voluntad que las de su amo, quien entre millares de súbditos lo escogió para mantenerlo y elevarlo. Tal merced corrompe la franqueza del súbdito y le deslumbra; así vemos de ordinario que el lenguaje de los cortesanos difiere del de las demás gentes del Estado y que gozan de escaso crédito cuando hablan de la corte.

Que la virtud y la honradez resalten en sus palabras, y que éstas vayan siempre encaminadas a la razón. Persuádasele de que la declaración del error que encuentre en sus propios razonamientos, aunque sea él solo quien lo advierta, es clara muestra de sinceridad y de buen juicio, cualidades a que debe siempre tender, pues la testarudez y el desmedido deseo de sustentar las propias aserciones son patrimonio de los espíritus bajos, mientras que el volver sobre su aviso corregirse, apartarse del error en el calor mismo de la discusión, arguye cualidades muy principales, al par que un espíritu elevado y filosófico. Debe acostumbrársele a que cuando se encuentre en sociedad fije en todas partes su atención, pues suele ocurrir que los sitios de preferencia ocúpanlos las personas de menor mérito, y las que gozan de mayor fortuna no comulgan con la capacidad. En una ocasión he visto, sin embargo, que mientras en lo más apartado de una mesa hablábase de la hermosura de una tapicería o del sabor de la malvasía, en el otro extremo se hacía gala de ingenio de buena ley, en que los primeros no ponían la menor atención. Debe acostumbrársele a sondear el alcance de los rasgos de cada hombre en articular: el boyero, el albañil, la persona que pasa por la calle, todo debe examinarlo y apoderarse de lo característico de cada uno, pues todo es bueno para la casa; la misma torpeza y desacierto ajenos serviranle de instrucción, y en el examen de las maneras de los demás gustará de las buenas y desdeñará las malas.

Sea inspirado su entendimiento por una curiosidad legítima que le haga informarse de togas las cosas; todo aquello que haya de curioso en derredor suyo debe verlo, ya sea un edificio, una fuente, un hombre, el sitio en que se libró una antigua batalla, el paso de César o el de Carlo Magno:


Quae tellus sit lenta gelu, quae putris ab aestu;

ventus in Italiam quis bene vela ferat[206];


informarse a la vez de las costumbres, recursos Y alianzas de este o aquel príncipe; cosas son éstas que gusta aprender y el saberlas es muy útil.

Al hablar del trato de los hombres incluyo entre ellos y por modo principalísimo a los grandes, aquellos que no viven sino en los libros; debe frecuentar los historiadores que relataron la vida de las almas principales de los siglos más esclarecidos. Es éste para muchas gentes un estudio baladí, mas para los espíritus delicados ocupación que procura frutos inestimables y el único que según Platón los lacedemonios se reservaron para sí mismos. Puede sacar, por ejemplo, gran provecho y enseñanza con la lectura de las vidas de Plutarco, pero que el preceptor no pierda de vista cuál es el fin de sus desvelos; que no ponga tanto interés en enseñar a su discípulo la fecha de la ruina de Cartago como las costumbres de Escipión y Aníbal; ni tanto en informarle del lugar donde murió Marcelo como en hacerle ver que allí encontró la muerte por no haber estado a la altura de su deber. Que no ponga tanto interés en que aprenda los sucesos como en que sepa juzgarlos; es a mi modo de ver la historia la parte en que los espíritus se aplican de manera más diversa, sacando cada cual consecuencias distintas, según sus peculiares dotes; yo he leído en Tito Livio cien cosas que otro no ha leído. Plutarco ha leído ciento más, que yo no he sabido encontrar y acaso haya entre ellas muchas en que el autor ni pensó siquiera; es para unos la historia un simple estudia de gramática, para otros la investigación recóndita de los principios filosóficos que explican las acciones más oscuras de la humana naturaleza. Hay en Plutarco amplios discursos que son muy dignos de ser sabidos, y según mi dictamen, es maestro acabado en tales materias; mas hay otros que el historiador no ha hecho más que indicar ligeramente, señalando sólo como de pasada el camino que podemos seguir si queremos profundizarlos. Preciso es, pues, arrancarlos del lugar donde se encuentran y hacerlos nuestros, como por ejemplo, la siguiente frase: que los habitantes de Asia obedecían a uno solo por ignorar la pronunciación de una sola sílaba, la sílaba no. Acaso fue este pasaje el que dio ocasión a La Boëtie para escribir la Servidumbre voluntaria. ¡Lástima que los hombres de gran entendimiento propendan con exceso a la concisión! Sin duda con ello su reputación no disminuye ni su valer decrece; mas para nosotros, que valemos mucho menos, el exceso de laconismo perjudica nuestra enseñanza. Gusta más Plutarco de ser estimado por sus juicios que por su saber; prefiere, antes que saciarnos, que nos quedemos con apetito, y comprende que hasta leyendo cosas excelentes puede fatigarse el lector, pues sabe que Alexandridas censuró con justicia a un hombre que hablaba con acierto a los eforos, pero que diluía demasiado las ideas: «¡Oh, extranjero, díjole, si bien nos cuentas cosas agradables, las expones de un modo inconveniente!» Los que tienen el cuerpo flaco lo abultan interiormente; así aquellos cuyas ideas son insignificantes las inflan con palabras.

La frecuentación del mundo y el trato de los hombres procuran clarividencia de juicio; vivimos como encerrados en nosotros mismos; nuestra vista no alcanza más allá de nuestras narices. Preguntado Sócrates por su patria, no respondió soy de Atenas, sino soy del mundo. Como tenía la imaginación amplia y comprensiva, abrazaba el universo cual su natal, extendiendo su conocimiento, sociedad y afecciones a todo el género humano, no como nosotros que sólo extendemos la mirada a lo que cae bajo nuestro dominio. Cuando las viñas se hielan en mi lugar, asegura el cura que la causa del mal es un castigo del cielo que el Señor envía al género humano, y afirma que la sed ahoga ya hasta a los caníbales. Considerando nuestras guerras intestinas, ¿quién no juzga que el mundo se derrumba y que tenemos encima el día del juicio final? Al abrigar tal creencia no se para mientes en que mayores males han acontecido, ni tampoco que en las diez mil partes del universo las cosas no van mal en igual momento. Yo, en presencia de tantas licencias y desórdenes, y de la impunidad de los mismos, más bien encuentro que nuestras desdichas son blandas. Quien recibe el granizo sobre su cabeza cree que la tempestad reina en todo el hemisferio, y a este propósito merece citarse el dicho del saboyano, el cual entendía que el rey de Francia había sido un tonto; pues de haber sabido conducir con acierto sus intereses, hubiera llegado a ser mayordomo de su duque; su cabeza no concebía más elevada jerarquía que la de su amo. Insensiblemente todos permanecemos en error análogo, que acarrea graves consecuencias y prejuicios. Mas quien se representa como en un cuadro esta dilatada imagen de nuestra madre naturaleza en su cabal majestad; quien lea en su aspecto su general y constante variedad; quien se considere no ya él mismo, sino todo un reino, como un trazo casi imperceptible, sólo ése estima y juzga las cosas de un modo adecuado a su cabal magnitud.

Este mundo dilatado, que algunos multiplican todavía como las especies dentro de su género, es el espeje en que para conocernos fielmente debemos contemplar nuestra imagen. En conclusión, mi deseo es que el universo entero sea el libro de nuestro escolar. Tal diversidad de caracteres, sectas, juicios, opiniones, costumbres y leyes, enséñanos a juzgar rectamente de los nuestros peculiares, y encamina nuestro criterio al reconocimiento de su imperfección y de su natural debilidad; este aprendizaje reviste la mayor importancia, tantos cambios surgidos, así en el Estado como en la pública fortuna, nos enseñan a no admirarnos de la nuestra; tantos nombres, tantas victorias y conquistas, éstas y aquéllos enterrados en el olvido, hacen ridícula la esperanza de eternizar nuestro nombre por el mérito de habernos apoderado de diez mezquinos soldados y de un gallinero, cuya existencia salió a luz por la nueva de nuestra acción; la vanidad y el orgullo de tantas extrañas pompas, la majestad inflada de tantas cortes y grandezas nos afirma y asegura en la consideración de la nuestra, haciendo que la juzguemos atinadamente, con ojos serenos; tantos millares de hombres que vivieron antes que nosotros fortifícannos y nos ayudan a no temer el ir a encontrar al otro mundo tan excelente compañía. Nuestra vida, decía Pitágoras, se asemeja a la grande y populosa asamblea de los juegos olímpicos; unos ejercitan su cuerpo para alcanzar renombre en los juegos; otros en el comercio para lograr ganancia, y otros hay, que no son ciertamente los más insignificantes, cuyos fines consisten sólo en investigar la razón de las cosas y en ser pacíficos espectadores de la vida de los demás hombres para ordenar y juzgar la suya propia.

A estos ejemplos podrán acompañar todas las sentencias más provechosas de la filosofía, por virtud de las cuales deben juzgarse los actos humanos. Se le enseñará:


Quid fas optare, quid asper

utile nummus habet; patriae carisque propinquis

quantum clargiri deccat: quem te Deus esse.

Jussit, el humana qua parte locatus es in re;

quid sumus, aut quidam victuri gignimur...[207]


qué cosa es saber y qué cosa es ignorar; cuál debe ser el fin del estudio; qué cosas sean el valor, la templanza y la justicia; la diferencia que existe entre la ambición y la avaricia, la servidumbre y la sujeción; la libertad y la licencia, cuáles son los caracteres que reviste el sólido y verdadero contentamiento; hasta qué punto son lícitos el temor de la muerte, el dolor y la deshonra;


Et quo quemque modo fugiatque feratque laborem[208];


cuáles son los resortes que nos mueven y la causa de las múltiples agitaciones que residen en nuestra naturaleza, pues entiendo que los primeros discursos que deben infiltrarse en su entendimiento deben ser los que tienden al régimen de las costumbres y sentidos; los que lo enseñen a conocerse, a bien vivir a bien morir. Entre las artes liberales, comencemos por las que nos hacen libres; todas, cada cual a su manera, contribuyen a la instrucción de nuestra vida y conducta, del propio modo que todas las demás cosas prestan también su concurso; mas elijamos entre ellas las de una utilidad más directa, y las que se refieren a nuestra profesión. Si sabemos restringir aquello que es pertinente a nuestro estado, si a sus naturales y justos límites lo reducimos, veremos que la mayor parte de las ciencias que se estudian son inútiles a nuestro fin particular; y que aun entre las de utilidad reconocida, hay muchas partes profundas inútiles de todo en todo, que procediendo buenamente debemos dejar a un lado. Con arreglo a los principios en que Sócrates fundamentaba la educación, debe prescindirse de todo cuanto no nos sea provechoso:


Sapere aude,

incipe: vivendi recto qui prorogat horam

rusticus espectat dum defluat amnis; at ille

labitur, et labetur in omne volubilis aevum.[209]


Es inocente el enseñar a nuestros hijos:


Quid moveant Pisces, animosaque signa Leonis,

Lotus et Hesperia quid Capricornus aqua[210];


la ciencia de los astros y el movimiento de la octava esfera antes que los suyos propios: sus inclinaciones y pasiones y los medios de gobernar unas y otras:



 [211]


Anaxímenes escribía a Pitágoras: «¿Qué provecho puedo yo sacar del conocimiento de la marcha de los astros cuando tengo siempre presentes ante mis ojos la muerte y la servidumbre?» En aquella época los reyes persas preparaban la guerra contra los griegos. Cada cual debe hacerse la consideración siguiente: «Hallándome devorado por la ambición, la avaricia, la superstición, la temeridad, y albergando además interiormente otros tantos enemigos de la vida, ¿es lícito que me preocupe del sistema del mundo?»

Luego de haberle enseñado todo cuanto contribuye a hacerle mejor y más juicioso, se le mostrará qué cosas son la lógica, la física, la geometría, la retórica; y la ciencia que particularmente cultive, teniendo ya el juicio formado, muy luego la poseerá. Recibirá la enseñanza por medio de explicaciones unas veces, y por medio de los libros otras; ya el preceptor le suministrará la doctrina del autor que estudie, ya le ofrecerá la misma doctrina extractada y aclarada; y si el discípulo no posee fuerzas bastantes para encontrar en los libros todo lo bueno que contienen para sacar la enseñanza que persigue, deberá procurársele un maestro especial en cada materia para que adoctrine completamente al alumno. Que tal enseñanza es más útil y natural que la de Gaza, ¿quién puede dudarlo? Consistía la de este gramático en preceptos oscuros e ingratos, en palabras vanas y descarnadas, en las cuales nada había que contribuyera a despertar el espíritu. En el método que yo preconizo, el espíritu encuentra materia con que nutrirse; el fruto que se alcanza es sin comparación mayor, y así llegará más pronto a la madurez.

Es cosa digna de fijar la atención lo que en nuestro siglo acontece; la filosofía constituye hasta para las personas de mayor capacidad una ciencia quimérica y vana que carece de aplicación y valor, así en la teoría como en la practica. Entiendo que la causa de tal desdén son los ergotistas que se han apostado en sus avenidas y la han disfrazado, y adulterado. Es error grande presentar como inaccesibles a los niños las verdades de la filosofía, considerándolas con tiesura y ceño terribles; ¿quién ha osado disfrazármela con apariencias tan lejanas a la verdad, con tan adusto y tan odioso rostro? Nada hay, por el contrario, más alegre, divertido, jovial, y estoy por decir que hasta juguetón. No pregona la filosofía sino fiesta y tiempo apacible; una faz triste transida proclama que de ella la filosofía está ausente. Demetrio el gramático encontró en el templo de Delfos una reunión de filósofos y les dijo: «O yo me engaño grandemente, o al veros en actitud tan repasada y alegre no sostenéis disquisición ninguna.» A lo cual uno de ellos, Heracleo de Megara, respondió: «Bueno es eso para los que enseñan si el futuro del verbo  duplica la , o para los que estudian los derivados de los comparativos  [212] y  y de los superlativos  y ; pues menester es que los tales arruguen su ceño a causa de su ciencia; por lo que toca a las máximas de la filosofía, alegran y regocijan a los que de ellas tratan muy lejos de ponerlos graves ni de contristarlos.»


Deprendas animi tormenta latentis in aegro

corpore, deprendas et gaudia: sumit utrumque

inde habitum facies.[213]

 

El alma que alberga la filosofía debe, para la cabal salud de aquélla, hacer sana la materia; la filosofía ha de mostrar hasta exteriormente el reposo y el bienestar; debe formar a semejanza suya el porte externo y procurarle, por consiguiente, una dignidad agradable, un aspecto activo y alegre y un semblante contento y benigno. El testimonio más seguro de la sabiduría es un gozo constante interior; su estado, como el de las cosas superlunares, jamás deja de ser la serenidad y la calma; esos terminajos de baroco y baralipton[214], que convierten la enseñanza de los sabios artificiales en tenebroso lodazal, no son la ciencia, y los que por tal la tienen, o los que de tal suerte la explican, no la conocen más que de oídas. ¡Cómo! la filosofía, cuya misión es serenar las tempestades del alma; enseñar a resistir las fiebres y el hambre con continente sereno, no valiéndose de principios imaginarios, sino de razones naturales y palpables, tiene la virtud por término, la cual no está como la escuela asegura, colocada en la cúspide de un monte escarpado e inaccesible; los que la han visto de cerca, considéranla, por el contrario, situada en lo alto de una hermosa planicie, fértil y floreciente, bajo la cual contempla todas las cosas; y quien sabe la dirección puede llegar a ella fácilmente por una suave y amena pendiente cubierta de grata sombra y tapizada de verde césped. Por no haber logrado alcanzar esta virtud suprema, hermosa, triunfante, amorosa y deliciosa, al par que valerosa, natural e irreconciliable enemiga de todo desabrimiento sinsabor, de todo temor y violencia, que tiene por guía a naturaleza y por compañeros la fortuna y el deleite, los pedantes la han mostrado con semblante triste, querelloso, despechado, amenazador y avinagrado, y la han colocado sobre la cima de escarpada roca, en medio de abrojos, cual si fuera un fantasma para sembrar el pasmo entre las gentes.

Nuestro preceptor, que conoce su deber de que el discípulo ame y reverencie la virtud, le mostrará que los poetas siguen las tendencias comunes, y le hará ver de un modo palpable que los dioses se han mostrado siempre más propicios a Venus que a Pallas. Cuando el niño llegue a la edad viril, lo ofrecerá a Bradamante o a Angélica por amadas, a quienes adorna una belleza ingenua, activa, generosa; no hombruna, sino vigorosa, al lado de una belleza blanda, afectada, delicada, en conclusión artificial: la una disfrazada de mancebo, cubierta la cabeza con un brillante casco; la otra con traje de doncella, adornada la suya con una toca cubierta de perlas. El maestro juzgará varonil su pasión si va por diverso camino que el afeminado pastor de Frigia.

Enseñará además el maestro que el valor y alteza de la virtud verdadera residen en la facilidad, utilidad y placer de su ejercicio, tan apartado de toda traba, que hasta los niños pueden practicarla del propio modo que hombres, así los sencillos como los sutiles. El método será su instrumento, no la violencia. Sócrates se colocaba al nivel de su escolar para mayor provecho, facilidad y sencillez de su doctrina. Es la virtud la madre que alimenta los placeres humanos, y al par que los mantiene en el justo medio, contribuye a hacerlos puros; al moderarlos los mantiene en vigor y nos hace desearlos; eliminados los que no admite, nos trueca en más aptos para disfrutar de los que nos son lícitos, y nos lo son muchos; todos los que la naturaleza nos permite soportar, no sólo hasta la saciedad, sino hasta el cansancio; a menos que creamos que lo que detiene al bebedor antes de la borrachera, al glotón antes de la indigestión y al lascivo antes de la calvicie, sean enemigos de nuestros placeres. Si la fortuna le falta, la virtud hace que prescinda de ella, que no la eche de menos, forjándose otra que le pertenezca por entero. Sabe la virtud ser rica, sabia y poderosa y reposar en perfumada pluma; ama la vida, la belleza, la gloria y la salud, pero su particular misión consiste en usar con templanza de tales bienes y en que estemos siempre apercibidos a perderlos: oficio más noble que rudo, sin el apoyo del cual toda humana existencia se desnaturaliza, altera y deforma, y puede a justo título representarse llena de escollos y arbustos espinosos, plagada de monstruos.

Si el discípulo es de tal condición que prefiere oír la relación de una fábula a la narración de un viaje interesante o a escuchar una máxima profunda; si al toque del tambor, que despierta el belicoso fuego de sus compañeros, permanece indiferente y prefiere ver las mojigangas de los titiriteros; si no encuentra más grato y dulce y volver polvoriento y victorioso de un combate, que del baile o del juego de pelota, con el premio que acompaña a estas diversiones, en tal caso no encuentro otro remedio sino que tempranamente el preceptor le estrangule cuando nadie le vea, o que le coloque de aprendiz en la pastelería de alguna ciudad, aunque sea el hijo de un duque, siguiendo el precepto de Platón, que dice: «Es preciso establecer a los hijos según la capacidad de su espíritu y no conforme al talento de sus padres.»

Puesto que la filosofía nos instruye en la práctica de la vida y la infancia es tan apta como las otras edades para recibir sus lecciones, ¿qué razón hay para que dejemos de suministrárselas?


Udum el molle lutum est; nunc properandus, et acri

fingendus sine fine rota.[215]


Se nos enseña a vivir cuando nuestra vida ya ha pasado. Cien escolares han tenido el mal venéreo antes de haber llegado a estudiar el tratado de la Templanza, de Aristóteles. Decía Cicerón que, aun cuando viviera la existencia de dos hombres, no perdería su tiempo estudiando los poetas líricos. Considero yo a nuestros tristes ergotistas como mucho más inútiles. Nuestro discípulo tiene mucha más prisa; a la pedagogía no debe más que los quince primeros años de su vida, el resto pertenece a la acción. Empleemos aquel tiempo tan reducido sólo en las instrucciones necesarias; apartemos todas esas sutilezas espinosas de la dialéctica, de que nuestra vida no puede sacar ningún prevecho; hagamos sólo mérito de los sencillos discursos de la filosofía, sepamos escogerlos y emplearlos oportunamente son tan fáciles de comprender como un cuento de Boccacio; están al alcance de un niño recién destetado: más a su alcance que el aprender a leer y a escribir. La filosofía encierra máximas lo mismo para el nacimiento del hombre que para su decrepitud.

Soy del parecer de Plutarco: Aristóteles no amaestró tanto a su gran discípulo en el artificio de componer silogismos ni en los principios de la geometría como le instruyó en los relativos al valor, proeza, magnanimidad, templanza y seguridad de no temer nada. Merced a provisión tan sana, pudo Alejandro, siendo casi un niño, subyugar el imperio del mundo con treinta mil infantes, cuatro mil soldados de a caballo y cuarenta y dos mil escudos solamente. Las demás ciencias y artes, dice Aristóteles que Alejandro las honraba; poseía y alababa su excelencia, mas sólo por el placer que en ellas encontraba; su afición no le llevaba hasta el extremo de quererlas ejercer.


Petite hinc, juvenesque senesque

finem animo certum, miserisque viatica canis.[216]


Dice Epicuro, al principio de su carta a Meniceo, «que ni el joven rehúsa el filosofar ni el más viejo se cansa». Por todas las razones dichas no quiero que se aprisione al niño; no quiero que se le deje a la merced del humor melancólico de un furioso maestro de escuela; no quiero que su espíritu se corrompa teniéndole aherrojado, sujeto al trabajo durante catorce o quince horas, como un mozo de cordel, ni aprobaría el que, si por disposición solitaria y melancólica el discípulo se da al estudio de un modo excesivo se aliente en él tal hábito: éste les hace ineptos para el trato social y los aparta de más provechosas ocupaciones. ¡Cuántos hombres he visto arrocinados por avidez temeraria de ciencia! El filósofo Carneades se trastornó tanto por el estudio que jamás se cortaba el pelo ni las uñas. No quiero que se inutilicen las felices disposiciones del adolescente a causa de la incivilidad y la barbarie de los preceptores. La discreción francesa ha sido de antiguo considerada como proverbial, nacía en los primeros años y su carácter era el abandono. Hoy mismo vemos que no hay nada tan simpático como los pequeñuelos en Francia; mas ordinariamente hacen perder la esperanza que hicieran concebir, y cuando llegan a la edad de hombres, en ellos no se descubre ninguna cualidad excelente. He oído asegurar a personas inteligentes, de los colegios donde reciben la educación, de los cuales hay tantísimo número, los embrutecen y adulteran.

A nuestro discípulo, un gabinete, un jardín, la mesa y el lecho, la soledad, la compañía, la mañana y la tarde, todas las horas le serán favorables; los lugares todos serviranle de estudio, pues la filosofía, que como formadora del entendimiento y costumbres constituirá su principal enseñanza, goza del privilegio de mezclarse en todas las cosas. Hallándose en un banquete rogaron a Isócrates, el orador, que hablara de su arte, y todos convinieron en que su resuesta fue cuerda al contestar que no era aquél lugar ni ocasión oportunos para ejecutar lo que él sabía hacer, y que lo más adecuado a aquella circunstancia era precisamente de lo que él no se sentía capaz. En efecto, pronunciar discursos, o proponer discusiones retóricas ante un concurso cuyo intento no es otro que la diversión y la pitanza, hubiera sido cosa fuera de propósito, o igualmente si se hubiese hablado de cualquiera otra ciencia. Mas por lo que respecta a la filosofía, en la parte que trata del hombre y de sus deberes, todos los sabios han opinado que por la amenidad no debe rechazarse de los festines ni de las diversiones, y Platón, que la llevó a su diálogo el Banquete, hace que los circunstantes hablen de un modo ameno, en armonía con el tiempo y el lugar, aunque se trataba de las máximas más elevadas y saludables de la sabiduría.


Aeque pauperibus prodest, locupletibus aeque;

et, neglecta, aeque pauris senibusque nocebit.[217]


De suerte que nuestro discípulo vagará menos que los demás. Del propio modo que los pasos que empleamos en recorrer una galería, aunque ésta sea tres veces más larga que un camino de antemano designado, nos ocasionan menos cansancio, así nuestra enseñanza administrada como por acaso, sin obligación de tiempo ni lugar, yendo unida a todas nuestras acciones, pasará sin dejarse sentir. Los mismos y los ejercicios corporales constituirán una parte del estudio; la carrera, la lucha, la música, la danza, la caza, el manejo del caballo y de las armas. Yo quiero que el decoro, el don de gentes y el aspecto todo de la persona sean modelados al propio tiempo que el alma. No es un alma, no es tampoco un cuerpo lo que el maestro debe tratar de formar, es un hombre; no hay que elaborar dos organismos separados, y como dice Platón, no hay que dirigir el uno sin el otro, sino conducirlos por igual, como se conduce un tronco de caballos sujeto al timón. Y si seguimos los consejos del propio filósofo a este respecto, veremos que concede más espacio y solicitud mayor a los ejercicios corporales que a los del espíritu, por entender que éste aprovecha al propio tiempo de los de aquél en vez con ellos perjudicarse.

Debe presidir a la educación una dulzura severa, no como se practica generalmente; en lugar de invitar a los niños al estudio de las letras, se les brinda sólo con el horror y la crueldad. Que se alejen la violencia y la fuerza, nada hay a mi juicio que bastardee y trastorne tanto una naturaleza bien nacida. Si queréis que el niño tenga miedo a la deshonra y al castigo, no le acostumbréis a ellos, acostumbradle más bien a la fatiga y al frío, al viento, al sol, a los accidentes que le precisa menospreciar. Alejad de él toda blandura y delicadeza en el vestir y en el dormir, en el comer y en el beber; que con todo se familiarice, que no se convierta en un muchachón hermoso y afeminado, sino que sea un mozo lozano y vigoroso. Las mismas han sido mis ideas siendo niño, joven y viejo, en la materia de que voy hablando; mas entro otras cosas, los procedimientos que se emplean en la mayor parte de los colegios me han disgustado siempre: con mucha mayor cordura debiera emplearse la indulgencia. Los colegios son una verdadera prisión de la juventud cautiva, a la cual se convierte en relajada castigándola antes de que lo sea.

Visitad un colegio a la hora de las clases, y no oiréis más que gritos de niños a quienes se martiriza; y no veréis más que maestros enloquecidos por la cólera. ¡Buenos medios de avivar el deseo de saber en almas tímidas y tiernas, el guiarlas así con el rostro feroz y el látigo en la mano! Quintiliano dice que tal autoridad imperiosa junto con los castigos, acarrea, andando el tiempo, consecuencias peligrosas. ¿Cuánto mejor no sería ver la escuela sembrada de flores, que de trozos de mimbres ensangrentados? Yo colocaría en ella los retratos de la Alegría, el Regocijo, Flora y las Gracias, como los colocó en la suya el filósofo Speusipo. Así se hermanaría la instrucción con el deleite; los alimentos saludables al niño deben dulcificarse, y los dañinos amargarse. Es maravilla ver el celo que Platón muestra en sus Leyes en pro del deleite y la alegría, y cómo se detiene en hablar de sus carreras, juegos, canciones, saltos y danzas, de los cuales dice que la antigüedad concedió la dirección a los dioses mismos: Apolo, las Musas, y Minerva; extiéndese en mil preceptos relativos a sus gimnasios; en la enseñanza de la gramática y la retórica se detiene muy poco, y la poesía no la ensalza ni recomienda sino por la música que la acompaña.

Toda rareza y singularidad en nuestros usos y costumbres debe desarraigarse y aniquilarse como monstruosa y enemiga de la comunicación social. ¿Quién no se maravillará de la complexión de Demofón, maestrasala de Alejandro, que sudaba a la sombra y temblaba al sol? Yo he visto alguien que huía del olor de las manzanas con más horror que del disparo de los arcabuces; otros, a quienes un ratón atemorizaba; otros, en quienes la vista de la leche provocaba náuseas; otros que no podían ver ahuecar un colchón. Germánico era incapaz de soportar la presencia y el canto de los gallos. Puede quizás a tales rarezas presidir alguna razón oculta, pero ésta se extinguirá sin duda acudiendo con el remedio a tiempo. La educación ha logrado que yo, salvo la cerveza, todo lo demás me sea indiferente para mi sustento. Bien que para llegar a tal resultado hubo que vencer algunas dificultades.

El cuerpo está todavía flexible; débese, pues, plegar a todos los hábitos y costumbres; y siempre y cuando que puedan mantenerse el apetito y la voluntad domados, debe hacerse al joven apto para vivir en todas las naciones y en todas las compañías, mas todavía: que no le sean extraños el desorden y los excesos, si es preciso. Que sus costumbres sigan el uso común; que pueda poner en práctica todas las cosas y no guste realizar sino las que sean buenas. Los filósofos mismos no alababan en Callisthenes el que perdiera la gracia de Alejandro, su señor, porque no quiso beber con él a competencia. Nuestro joven reirá, loqueará con el príncipe, y tomará parte en la francachela misma, hasta sobrepujar a sus compañeros en vigor, firmeza y resistencia; no debe dejar de practicar el mal ni por falta de fuerzas ni por falta de capacidad, sino por falta de voluntad. Multum interest utrum peccare aliquis nolit an nesciat[218]. Tratando de honrarle, preguntó a un señor, enemigo de toda suerte de desórdenes cual ninguno, cuántas veces se había emborrachado en Alemania, por requerirlo así los asuntos del rey de Francia: respondiome que tres, me relató en qué circunstancias. Sé de algunos que por hallarse imposibilitados de hacer otro tanto pasaron graves apuros en aquella nación. He profesado siempre admiración grande por la maravillosa naturaleza de Alcibíades, que se acomodaba sin violencia alguna a las circunstancias más opuestas, sin que su salud sufriese ni remotamente: tan pronto sobrepujaba la pompa y suntuosidad persas, como la austeridad y frugalidad lacedemonias, como la sobriedad de Esparta, como la voluptuosidad de Jonia:


Omnis Aristippum decuit color, et status, et res.[219]


Así quisiera yo formar mi discípulo.


Quem duplici panno patientia velat,

mirabor, vitae via si conversa decebit,

personamque feret non inconcinnus utramque.[220]


Tales son mis principios; aprovechará mejor quien los practique que quien los sepa. ¡A Dios no plegue, dice un personaje de los diálogos de Platón, que el filosofar consista en aprender diversas ciencias y la práctica de las artes! Hanc amplissimam omnium artium bene vivendi disciplinam, vita magis, quam litteris, persecuti sunt[221]. León, príncipe de los fliasienos, preguntó a Heráclito Póntico cuál era la ciencia o arte que ejercía: «No ejerzo arte ni ciencia alguna: soy filósofo», respondió. Censurábase a Diógenes el que siendo ignorante discutiera sobre filosofía: «Mejor puedo hablar porque soy ignorante», repuso. Hegesias rogole que le leyera algo: «Bromeáis, repuso Diogenes; del propio modo que preferís las brevas auténticas y naturales a las pintadas, así debéis preferir también las enseñanzas naturales, auténticas, a las escritas.»

El discípulo no recitará tanto la lección como la practicará; la repetirá en sus acciones. Se verá si preside la prudencia en sus empresas; si hay bondad y justicia en su conducta; si hay juicio y gracia en su conversación, resistencia en sus enfermedades, modestia en sus juegos, templanza en sus haceres, método en su economía o indiferencia en su paladar, ya se trate de comer carne o pescado, o de beber vino o agua. Qui disciplinam suam non ostentationem scientiae, sed legem vitae putet; quique obtemperet ipse sibi, et decretis pareat[222]. El verdadero espejo de nuestro espíritu es el curso de nuestras vidas. Zeuxidamo contestó a alguien que le preguntaba por qué los lacedemonios no escribían sus preceptos sobre la proeza, y una vez escritos por qué no los daban a leer a los jóvenes, que la razón era porque preferían mejor acostumbrarlos a los hechos que a las palabras. Comparad nuestro discípulo así formado, a los quince o dieciséis años; comparadle con uno de esos latinajeros de colegio, que habrá empleado tanto tiempo como nuestro alumno en educarse, en aprender a hablar; solamente a hablar. El mundo no es más que pura charla, y cada hombre habla más bien más que menos de lo que debe. Así la mitad del tiempo que vivimos se nos va en palabrería; se nos retiene cuatro o cinco años oyendo vocablos y enseñándonos a hilvanarlos en cláusulas; cinco más para saber desarrollar una disertación medianamente, y otros cinco para adornarla sutil y artísticamente. Dejemos todas estas vanas retóricas a los que de ellas hacen profesión expresa.

Caminando un día hacia Orleáns encontró antes de llegar a Clery dos pedagogos que venían de Burdeos; cincuenta pasos separaban al uno del otro; más lejos, detrás de ellos, marchaba una tropa con su jefe a la cabeza, que era el difunto conde de la Rochefoucault. Uno de los míos se informó por uno de los profesores de quién era el gentilhombre que caminaba tras él, y el maestro, que no había visto a los soldados, y que creía que le hablaban de su compañero, respondió sonriéndose: «No es gentilhombre, es un gramático, y yo soy profesor de lógica.» Ahora bien; nosotros que pretendemos formar no un gramático ni un lógico, sino un gentilhombre, dejémosles perder el tiempo; nuestro fin nada tiene que ver con el de los pedagogos. Si nuestro discípulo está bien provisto de observaciones y reflexiones, no echará de menos las palabras, las hallará demasiado, y si no quieren seguirle de grado seguiranle por fuerza. Oigo a veces a gentes que se excusan por no poderse expresar y simulan tener en la cabeza muchas cosas buenas que decir, pero que por falta de elocuencia no pueden exteriorizarlas ni formularlas; todo ello es pura filfa. ¿Sabéis, a mi dictamen, en qué consiste la razón? En que no son ideas lo que tienen en la mollera, sino sombras, que proceden de concepciones informes, que tales personas no pueden desenvolver ni aclarar en su cerebro, ni por consiguiente exteriorizar; tampoco gentes así se entienden ellas mismas: ved cómo tartamudean en el momento de producirse. Desde luego puede reconocerse que su trabajo no está maduro sino en el punto de la concepción, y que no hacen más que dar suelta a la materia imperfecta. Por mi parte creo, y Sócrates así lo dice, que quien está dotado de un espíritu alerta y de una imaginación clara, acertará a expresarse siempre, aunque sea en bergamesco[223]; aunque sea por gestos, si es mudo:


Verbaque praevisam, rem non invita sequentur.[224]


Y como decía tan poética y acertadamente Séneca en prosa: quum res animum occupavere, verba ambiunt[225], y Cicerón: ipsae res verba rapiunt[226]. Ignorando lo que es ablativo, subjuntivo y sustantivo; desconociendo la gramática, tan ignorante como su lacayo o una sardinera del Puentecillo, os hablarán a vuestro sabor, si así lo deseáis, y sin embargo así faltarán a los preceptos de su habla como y el mejor de los catedráticos de Francia. Desconocen la retórica, el arte de captarse de antemano la benevolencia del cándido lector, y poco les importa el no saberlas. Todo ese artificio desaparece al punto ante el brillo de una verdad ingenua y sencilla; tales adornos sólo sirven para cautivar al vulgo, incapaz de soportar los alimentos más nutritivos y resistentes, cual claramente muestra Afer en un escrito de Tácito. Los embajadores de Samos comparecieron ante Cleomenes, rey de Esparta, cada uno de ellos preparado con un hermoso y largo discurso, para moverle a que emprendiera la guerra contra el tirano Policrates. Luego que los hubo dejado hablar cuanto quisieron, respondioles: «En cuanto a vuestro comienzo y exordio no lo recuerdo ya, ni por consiguiente tampoco del medio; y por lo que respecta a la conclusión, nada quiero tampoco saber ni hacer.» He aquí una buena respuesta, a lo que yo entiendo, y unos arengadores que se lucieron en su embajada. ¿Y qué me diréis de este otro ejemplo? Tenían los atenienses necesidad de escoger entre dos arquitectos construir un gran edificio; el primero de ellos, más estirado, presentose con un pomposo discurso premeditado sobre el asunto en cuestión, y procurose con él los aplausos del pueblo; mas el segundo remató su oración en tres palabras, diciendo: «Señores atenienses: todo lo que éste a dicho lo haré yo.» Ante la elocuencia de Cicerón muchos se llenaban de pasmo; Catón se reía, añadiendo: «Tenemos un gracioso cónsul.» Vaya delante o detrás, una sentencia útil, un rasgo hermoso, están siempre en lugar pertinente. Aunque no cuadren bien a lo que precede ni a lo que sigue, bien están por sí mismos. Yo no soy de los que creen que la buena medida de los versos sea sólo lo esencial para el buen poema; dejad al poeta alargar una sílaba corta, no nos quejemos por ello: si la invención es agradable y si el espíritu de la obra y las ideas son como deben ser, tenemos un buen poeta, diré yo, pero un mal versificador:


Emunctae naris, durus componere versus.[227]


Hágase, dice Horacio, que los versos del vate pierdan toda huella de labor:


Tempora cerca modosque, et, quod prius ordine verbum est,

posterius facias, praeponens ultima primis...

Invenias etiam disjecti membra poetae[228]:


más grande será el artista; los fragmentos mismos serán hermosos. Tal fue la contestación de Menandro, a quien se censuraba por no haber puesto mano todavía en una comedia que debía haber terminado en cierto plazo: «La comedia está ya compuesta y presta, respondió; sólo falta ponerla en verso.» Como tenía las ideas bien premeditadas y ordenadas en el espíritu, daba poca importancia a lo que le quedaba por hacer. Desde que Ronsard y Du Bellay han acreditado nuestra poesía francesa, veo por doquiera copleros que inflan las palabras y ordenan las cadencias, como ellos, sobre poco más o menos. Plus sonat, quam valet[229]. Para el vulgo jamás hubo tantos poetas como hoy; mas así como les ha sido fácil imitar los ritmos y cadencias, son impotentes para aproximarse a las hermosas descripciones de uno y a las delicadas invenciones del otro.

¿Qué hará nuestro discípulo si se le obliga a tomar parte en la sofística sutileza de algún silogismo, por ejemplo, de este tenor?: «El jamón da sed, el beber quita la sed, luego el jamón quita la sed.» Debe burlarse de tales cosas; mas agudeza acusa burlarse que responder. Que imite de Aristipo esta chistosa réplica: «¿Por qué razón osará desatar el silogismo, puesto que atado me embaraza?» Alguien proponía contra Cleanto tales finezas dialécticas, al cual respondió Crisispo: «Guarda para los muchachos esos juegos de saltimbanqui y no conviertas a ellos las serias reflexiones de un anciano» contorta et aculeata sophismata[230]. Si estas estúpidas argucias le persuadieran de alguna mentira, la cosa sería perjudicial; mas si permanecen sin efecto y no le ocasionan otro que la risa, no veo por qué haya de ponerse en guardia contra ellas. Hay hombres tan tontos que se apartan de su camino hasta un cuarto de legua para atrapar una palabra deslumbrante: aut qui non verba rebus aptant, sed res extrinsecus arcessunt quibus non verba conveniant[231], y otros, qui alicujus verbi decore placentis, vocentur ad id, quod non proposuerant scribere[232]. Yo aprovecho de mejor grado una buena sentencia para acomodarla a mi propósito, que me aparto de él para ir a buscarla. Lejos de sacrificarse el discurso a las palabras, son éstas las que deben sacrificarse al discurso; y si el francés no hasta a traducir mi pensamiento, echo mano de mi dialecto gascón. Yo quiero que las cosas predominen y que de tal manera llenen la imaginación del oyente, que éste no se fije siquiera en las palabras ni se acuerde de ellas. El hablar de que yo gusto es un hablar sencillo o ingenuo, lo mismo cuando escribo que cuando hablo; un billar sustancioso y nervioso, corto y conciso, no tanto pulido y delicado como brusco y vehemente:


Haec demum sapiet dictio, quae feriet[233];


más bien difícil que pesado, apartado de afectación; sin regla, desligado y arrojado; de suerte que cada fragmento represente alguna idea de por sí, un hablar que no sea pedantesco, ni frailuno, ni jurídico, sino más bien soldadesco, como llama Suetonio al estilo de Julio César. No acierto a averiguar la razón, mas tal es el dictado que le aplicó.

He imitado de buen grado siendo joven el descuido que se ve en nuestros mozos en el modo de llevar sus ropas: la esclavina en forma de banda, la capa al hombro y una media caída, que representan la altivez desdeñosa hacia los extraños adornos, y que no se cura del arte; más adecuada, mejor empleada encuentro yo tal costumbre aplicada al hablar. Toda afectación, principalmente en el espíritu y maneras franceses huelgan en el cortesano. Sin embargo, en una monarquía todo joven noble debe ser encauzado al buen porte palaciego; por esta razón procedemos con tino al evitar la demasiada ingenuidad y familiaridad. Me disgusta el tejido que deja ver la hilaza; un cuerpo hermoso impide que puedan contarse los huesos y las venas. Quae veritati operam dat oratio, incomposita sit et simplex[234]. Quis accurate loquitur, nisi qui vult putide loqui[235]. La elocuencia que aparta nuestra atención de las cosas las perjudica y las daña. Como en el vestir es dar prueba de pusilanimidad el querer distinguirse por alguna particularidad desusada, así en el lenguaje el ir a la pista de frases nuevas y de palabras poco frecuentes emana de una ambición escolástica y pueril. ¡Pudiera yo no servirme más que de las que se emplean en los mercados de París! Aristófanes, el gramático, reprendía desacertadamente en Epicuro la sencillez de las palabras; el arte de aquél consistía sólo en la oratoria, en la perspicacia y fineza de lenguaje. La imitación en el hablar, como cosa fácil, luego es seguida por todo un pueblo. La imitación en el juzgar, en el inventar, no va tan de prisa. Casi todos los lectores, por haber hallado semejante vestidura, creen erróneamente encontrarse en posesión de un mérito semejante; la fuerza y los nervios no se reciben en préstamo, mas si el adorno y el manto protector. Así hablan los que me frecuentan de este libro, no sé si pensarán como hablan. Los atenienses, dice Platón, recibieron como patrimonio la elegancia y abundancia en el decir; los lacedemonios, la concisión; los de Creta eran más fecundos en las ideas que en el lenguaje; estos últimos son los mejores. Zenón decía que sus discípulos eran de dos suertes: los unos, que llamaba  imagen, curiosos en la asimilación de las ideas, eran sus preferidos; los otros, que designaba con el nombre de  imagen, no se fijaban más que en el lenguaje. Todo lo cual no significa que el buen decir sea cosa digna de desdén: dársele; y por lo que a mí toca, declaro que me desconsuela el que nuestra existencia se emplee toda en ello, en el decir correcto y limado. Yo quisiera, en primer lugar, conocer bien mi lengua, y después la de mis vecinos, con los que mantengo relaciones más frecuentes.

El latín y el griego son sin género de duda dos hermosos ornamentos, pero suelen pagarse demasiado caros. Hablaré aquí de un medio de conocerlos con menos sacrificios, que fue puesto en práctica en mí mismo; de él puede servirse quien lo juzgue conveniente. Mi difunto padre, que, hizo cuantos esfuerzos estuvieron en su mano para informarse entre gentes sabias y competentes de cuál era la mejor educación para dirigir la mía con mayor provecho, fue advertido desde luego del dilatado tiempo que se empleaba en el estudio de las lenguas clásicas, lo cual se consideraba como causa de que no llegásemos a alcanzar ni la grandeza de alma ni los conocimientos de los antiguos griegos y romanos. No creo yo que esta causa sea la única. Sea de ello lo que quiera, el expediente de que mi padre echó mano para librarme de tal gasto de tiempo, fue que antes de salir de los brazos de la nodriza, antes de romper a hablar, me encomendó a un alemán, que más tarde murió, en Francia siendo famoso médico, el cual ignoraba en absoluto nuestra lengua y hablaba el latín a maravilla. Este preceptor a quien mi padre había hecho venir expresamente y que estaba muy ten retribuido, teníame de continuo consigo. Había también al mismo tiempo otras dos personas de menor saber para seguirme y aliviar la tarea del primero, las cuales no me hablaban sino en latín. En cuanto al resto de la casa, era precepto inquebrantable que ni mi padre, ni mi madre, ni criado, ni criada, hablasen delante de mí otra cosa que las pocas palabras latinas que se les habían pegado hablando conmigo. Fue portentoso el fruto que todos sacaron con semejante disciplina; mis padres aprendieron lo suficiente para entenderlo y disponían de todo el suficiente para servirse de él en caso necesario; lo mismo acontecía a los criados que se separaban menos de mi. En suma, nos latinizamos tanto que la lengua del Lacio se extendió hasta los pueblos cercanos, donde aun hoy se sirven de palabras latinas para nombrar algunos utensilios de trabajo. Contaba yo más de seis años y así había oído hablar en francés o en el dialecto del Perigord como en el habla de los árabes. Así que sin arte alguno, sin libros, sin gramática ni preceptos, sin disciplinas, sin palmetazos y sin lágrimas, aprendí el latín con tanta pureza como mi maestro lo sabía; pues yo no podía haberlo mezclado ni alterado. Cuando me daban un tema, según es usanza en los colegios, el profesor lo escribía en mal latín y yo lo presentaba correcto; a los demás se lo daban en francés. Los preceptores domésticos de mi infancia, que fueron Nicolás Grouchy, autor de Comittis Romanorum; Guillermo Guerente, comentador de Aristóteles; Jorge Bucanam, gran poeta escocés y Marco Antonio Muret, a quien Italia y Francia reconocen como el primer orador de su tiempo, me contaban que temían hablar conmigo en latín por lo bien que yo lo poseía, teniéndolo presto y a la mano en todo momento. Buchanam, a quien vi más tarde al servicio del difunto mariscal de Brissac, me dijo que estaba escribiendo un tratado sobre la educación de los niños, y que tomaría ejemplo de la mía, pues en aquella época estaba a su cargo el conde de Brissac, a quien luego hemos visto tan bravo y valeroso.

En cuanto al griego, del cual casi nada conozco, mi padre intentó hacérmelo aprender por arte, mas de un modo nuevo por un procedimiento de distracción y ejercicio. Estudiamos las declinaciones a la manera de los que se sirven del juego de damas para aprender la aritmética y la geometría; pues entre otras cosas habían aconsejado a mi padre que me hiciera gustar la ciencia y el cumplimiento del deber, por espontánea voluntad, por mi individual deseo, al par que educar mi alma con toda dulzura y libertad, sin trabas ni rigor. Y de hasta qué punto se cumplía conmigo tal precepto, puede formarse una idea considerando que, porque algunos juzgan nocivo el despertar a los niños por la mañana con ruidos violentos, por ser el sueño más profundo en la primera edad que en las personas mayores, despertábanme con el sonido de algún instrumento, y siempre hubo en mi casa un hombre encargado de este quehacer.

Tal ejemplo bastará para juzgar de los cuidados que acompañaron a mi infancia, y también para recomendar la afección y prudencia de tan excelente padre, del cual no hay que quejarse si los resultados no correspondieron a una educación tan exquisita. Dos cosas fueron la causa: en primer lugar el campo estéril en que se trabajaba, pues aunque yo gozara de salud completa y resistente, y en general me hallara dotado de un natural social y apacible, era, en medio de estas cualidades, pesado, indiferente y adormecido; ni siquiera para jugar podía arrancárseme de la ociosidad. Aquello que veía, veíalo con claridad, y bajo mi complexión desprovista de viveza, alimentaba ideas atrevidas, y opiniones más propias de un hombre que de un niño. Era mi espíritu lento, y sólo se animaba con el concurso de ajena influencia; tarda la comprensión, la invención débil, y por cima de todo, agobiábame una falta increíble de memoria. Con tal naturaleza, no es peregrino que mi padre no sacara de mí provecho alguno. Luego, a la manera de aquellos a quienes acomete un deseo furioso de curarse alguna enfermedad, que se dejan llevar por toda suerte de consejos, el buen hombre, temiendo equivocarse en una cosa que había tomado tan a pechos, dejose dominar por la común opinión, que siempre sigue a los que van delante, como las grullas, y se acomodó a la general costumbre, por no tener junto a él a los que le habían dado los primeros consejos relativos a mi educación, que había aprendido en Italia y me envió a los seis años al colegio de Guiena, en muy floreciente estado por aquella época, y el mejor de cuantos había en toda Francia. Allí fui objeto de los cuidados más exquisitos; no es posible hacer más de lo que mi padre hizo: rodeóseme de competentísimos preceptores y de todo lo demás concerniente al cuidado material, al que contribuyó con toda clase de miras; muchas de éstas apartábanse de la costumbre seguida en los colegios. Mas, de todas suertes, no dejaba de ser colegio el sitio donde me llevaron. Mi latín se bastardeó en seguida, y como luego no me serví de él, acabé pronto por olvidarlo, y no me fue útil sino para llegar de un salto a las clases primeras, pues a los trece años, época en que salí del establecimiento, había terminado lo que llamaban mi curso, como los profesores dicen, en verdad sin fruto de ningún género para lo sucesivo.

La primera inclinación que por los libros tuve, vínome del placer que experimenté leyendo las fábulas de las Metamorfosis de Ovidio. No contaba más que siete u ocho años, y ya me privaba de todo placer por leerlas, y con tanto más gusto, cuanto que, como llevo dicho, el latín fue mi lengua maternal, y además porque el citado libro era el más fácil que yo conociera, al par que el que mejor se acomodaba a mi tierna edad por el asunto de que trata. Los Lancelot del lago, los Amadís, los Huons de Burdeos y demás fárrago de libros con que la infancia se regocija, no los conocía ni siquiera por el título, ni hoy mismo los he leído; tan severa era mi disciplina. En cuanto a las otras enseñanzas, descuidábalas bastante. Toleró mi inclinación a la lectura un preceptor avisado que supo diestramente conllevar esta propensión y ocultar algunas otras faltas menudas; y gracias a él devoré de una sentada, primero Virgilio, luego Terencio; después Plauto y el teatro italiano, atraído por el encanto o los asuntos de dichas obras. Si mi maestro hubiera cometido la imprudencia de detener bruscamente el furor de mis lecturas, no hubiera sacado otro fruto del colegio que el odio de los libros, como acontece a casi toda nuestra nobleza. Mi preceptor se las arreglaba de modo que simulaba no ver, y así excitaba mi apetito por la lectura, al par que me mantenía en una disciplina indulgente para los estudios obligatorios, pues es de saber que la cualidad primera que mi padre buscaba en mis educadores era la benignidad y bondad de carácter; mis defectos en este particular eran la pereza y languidez. El peligro no podía residir en que yo me inclinase al mal, sino en que me dejara ganar por la inacción; nadie temía que yo fuera perverso, sino inútil; preveíase en mí la haraganería, pero no la malicia. Y en efecto así ha sucedido; aún me suenan en los oídos las reprimendas. «Es un ocioso, tibio para la amistad y para su familia; y para los empleos públicos, ensimismado y desdeñoso.»

En verdad me hubiera sido grato que se hubiese realizado el general deseo de verme mejorar de condición, mas procedíase injustamente, exigiendo lo que yo no debía, con un rigor que mis censores no se aplicaban a sí mismos, ni siquiera en lo relativo a sus estrictas obligaciones. Condenando mi proceder suprimían la gratitud a que hubieran sido acreedores. El bien que yo puedo de grado realizar es tanto más meritorio, cuanto que no estoy obligado a practicarlo. De mi fortuna puedo disponer con tanta más libertad, cuanto que me pertenece, y lo mismo de mi individuo. Sin embargo, si fuera yo amigo de la jactancia, fácil me sería probar que no les contrariaba tanto el que no fuera aprovechado como el que podía haberlo sido más de lo que realmente lo fui.

Mi alma no dejaba de experimentar, a pesar de todo, por sí misma, sin que nadie la impulsara, fuertes sacudidas; hallaba juicios acertados y abiertos sobre los objetos que la eran conocidos, y reteníalos sin el concurso de nadie. Entiendo, además, que hubiera sido incapaz de rendirse ante la fuerza y la vivencia. ¿Incluiré entre mis merecimientos infantiles la firmeza en la mirada, la voz flexible y el adecuado gesto para la representación teatral? De edad bien temprana,


Alter ab undecimo tum me vix ceperat annus[236],


he desempeñado los primeros papeles en las tragedias latinas de Buchanam, Guerente y Muret, las cuales representábamos solemnemente en nuestro colegio de Guiena. En este pasatiempo, como en las demás atribuciones de su cargo, Andrés Govea, nuestro director, no tuvo rival en toda Francia, y me consideraba como actor sin reproche. No desapruebo tal ejercicio a nuestros jóvenes nobles, y hasta nuestros príncipes se han dado a él, según yo he visto, imitando en ello a los antiguos: Aristoni tragico actori rem aperit, huic et genus et fortuna honesta erant; nec ars, quia nihil tale apud Graecos pudori est, ea deformabat[237]. En Grecia era acción lícita, honrosa y laudable el que las gentes distinguidas adoptaran el oficio de actor. Siempre he tenido por impertinentes a los que censuran tales diversiones, y por injustos a los que impiden la entrada en nuestras ciudades a los comediantes de mérito, privando así al pueblo de legítimos placeres. Las ordenanzas acertadas cuidan de reunir a los ciudadanos, así para las serias prácticas de la devoción como para los juegos y distracciones, con ello van en aumento la amistad y comunicación generales. No podrán concederse al pueblo pasatiempos más ordenados que aquellos que se verifican ante la presencia de todos, a la vista misma del representante de la autoridad; y hasta encontraría muy puesto en razón que el soberano los gratificase a sus expensas alguna vez para este fin, liberalidad que sería considerada como paternal; paréceme también acertado que en las ciudades populosas haya sitios destinados y dispuestos para el espectáculo teatral; pues entiendo que éste es un remedio excelente contra la comisión de acciones culpables y ocultas.

Y volviendo a mi asunto, diré que para el escolar no hay nada que aventaje ni que sustituya a la excitación permanente del gusto y afecto hacia el estudio; de otra suerte, el discípulo será sólo un asno cargado de libros, si la ciencia se le administra con el látigo. Para que la ciencia sea beneficiosa no basta ingerirla en la cabeza, precisa asimilársela y hacer de ella cabal adopción.



Locura de los que pretenden distinguir lo verdadero de lo falso con la aplicación de su exclusiva capacidad

Acaso no sin razón achacamos a ignorancia y sencillez la facilidad en el creer y dejarse llevar a la persuasión, pues entiendo haber oído que la creencia es como una impresión que se graba en nuestra alma, y conforme ésta es más blanda y ofrece menos resistencia, es más fácil el que las cosas impriman en ella su sello. Ut necesse est, lancem in libra, ponderibus impositis, deprimi; sic animum per spicuis cedere[238]. A medida que el alma está más vacía y más sin contrapeso, tanto más apta se encuentra para acomodarse a la persuasión; y he aquí por qué los niños, el vulgo, las mujeres y los enfermos, están más sujetos a dejarse llevar por patrañas y cuentos. Mas si tal principio es verídico, no deja por ello de ser una presunción torpe la de condenar como falso todo lo que no se nos antoja verosímil, que es vicio en que caen los que se figuran ser dueños de alguna capacidad que sobrepasa los límites de la generalidad. Incurría yo hace tiempo en este error, y cuando oía hablar de los espíritus que vuelven del otro mundo o del pronóstico de las cosas futuras, relatar encantamientos, brujerías o cualquiera otra cosa fantástica,


Somnia terrores magicos, miracula, sagas.

Nocturnus lemures, portentaque Thessala[239],


que yo no acertaba a explicarme, compadecía al paciente pueblo, engañado con tales locuras. Actualmente creo que yo era digno, por lo menos, de igual conmiseración, y no porque de entonces acá haya visto cosas maravillosas que me hayan encaminado a otorgar fe a lo extraordinario, lo cual no ha sido por falta de curiosidad, sino porque la razón me ha enseña que el condenar así resueltamente una cosa como falsa e imposible, vale tanto como considerar que el hombre tiene guardados en su cabeza los límites a que puede alcanzar la voluntad divina y los del poder de la naturaleza misma; y entiendo que la mayor locura que el humano entendimiento puede albergar es el medirlas conforme a nuestra capacidad e inteligencia. Si llamamos monstruoso o milagroso a lo que nuestra razón es incapaz de concebir, equivocámonos lastimosamente. ¿Cuántas cosas de tal índole no se ofrecen constantemente a nuestra isla? Consideremos al través de cuántas opacidades reflexionemos cuán a tientas se nos lleva al conocimiento de la mayor parte de los objetos que tenemos constantemente en nuestro derredor, y veremos que es más la costumbre que la ciencia la que aparta de nuestro espíritu la extrañeza de las mismas:


Jam nemo, fessus saturusque videndi,

suspicere in caeli dignatur lucida templa[240]:


y que si tales conocimientos nos fueran de nuevo presentados, los hallaríamos tanto o más increíbles que los otros.


Si nunc primum mortalibus adsint

ex improviso, ceu sint objecta repente,

nil magis his rebus poterat mirabile dici,

aut minus ante quod auderent fore credere gentes.[241]


Quien no había visto nunca un río, el primero que se presentó ante sus ojos creyó que fuese el océano. Las cosas más grandes que conocemos, antójansenos las mayores que la naturaleza produzca en su género:


Scilicet et fluvius qui non est maximus, ei'st

qui non ante aliquem majorem vidit; et ingens

arbor, homoque videtur; et omnia de genere omni

maxima quae vidit quisque, haec ingentia fingit.[242]


Consitetudine ocuiorum assitescunt animi, neque admirantur, neque requirunt rationes earum rerum, quas semper vident[243]. Incitanos la novedad de los objetos más que su grandeza a investigar la causa de los mismos. Preciso es juzgar reverentemente del poder infinito de la naturaleza, y necesario es también que tengamos conciencia de nuestra debilidad o ignorancia. ¡Cuántas cosas hay poco verosímiles testimoniadas por gentes dignas de crédito, las cuales, sino pueden llevarnos a la persuasión, al menos deben dejarnos en suspenso! El declararlas imposibles es hacerse fuertes por virtud de una presunción temeraria, que vale tanto como la pretensión de conocer hasta dónde llega la posibilidad. Si se comprendiera bien la diferencia que existe entre lo imposible y lo inusitado; entre lo que va contra el orden del curso de la naturaleza y contra la común idea de los hombres, no creyendo temerariamente, ni tampoco negando con igual facilidad, observaríase el precepto del justo medio que ordenó el filósofo Quilón.

Cuando se lee en Froissard que el conde de Foix tuvo nuevas en el Bearne de la derrota del rey don Juan de Castilla en la batalla de Aljubarrota al día siguiente de acontecida, y se consideran los medios que el conde alega para el tan presto conocimiento de la noticia, puede uno tomarlos a broma, no sin fundamento; e igualmente lo que cuentan nuestros anales de que el papa Honorio, el mismo día que murió en Mantes Felipe Augusto, hizo que se celebraran exequias públicas y mandó que se celebrasen igualmente en toda Italia, la autoridad de ambos testimonios carece de razones suficientes para ser creídos. ¿Pero qué diremos si Plutarco (sin contar parecidos ejemplos que de la antigüedad relata, y que asegura saber casi a ciencia cierta) nos dice que en tiempo del emperador Domiciano, la nueva de la batalla perdida por Antonio en Alemania, fue publicada en Roma y esparcida por todo el mundo el mismo día que tuvo lugar, y si César afirma que con frecuencia a muchos sucesos precedió el anuncio de los mismos? ¿Habremos nosotros de concluir, en vista de los referidos testimonios, que Plutarco y César dejáronse engañar con el vulgo por carecer de la clarividencia que a nosotros nos adorna? ¿Hay nada más delicado, más preciso, ni más vivo que el criterio de Plinio, cuando le place ponerlo en juego? Nada hay más alejado de la presunción que el juicio de este escritor, -y dejo a un lado la excelencia de su saber, el cual tengo en menos consideración.- ¿En cuál de esas dos calidades le sobrepasamos nosotros? Sin embargo no hay estudiantuelo que no deje de encontrarlo en error y que no quiera aleccionarle, apoyándose en el progreso de las ciencias naturales.

Cuando leemos en Bouchot los milagros realizados por las reliquias de san Hilario, podemos negarlos; el crédito qué merece el escritor no es suficiente para alejar de nosotros la licencia de contradecirlo; pero negar redondamente todos los hechos análogos me parece singular descaro. Testifica el gran san Agustín haber visto en Milán que un niño recobró la vista por el contacto de las reliquias de san Gervasio y san Protasio; que una mujer en Cartago fue curada de un cáncer por medio de la señal de la cruz que le hizo otra mujer recientemente bautizada; Hesperio, discípulo san Agustín, expulsó los espíritus que infestaban su casa con una poca tierra del sepulcro de nuestro Señor; y añade que la misma tierra transportada luego a la iglesia, curó repentinamente a un paralítico; una mujer que hallándose en la procesión tocó el relicario de san Esteban con un ramo de flores, se frotó después con ellas los ojos y recobró la vista que había perdido hacía mucho tiempo; y el mismo santo relata otros varios milagros que dice haber presenciado. ¿Qué acusación le lanzaremos, como tampoco a los dos santos obispos Aurelio y Maximino, que presenta en apoyo de sus asertos? ¿Le acusaremos de ignorancia, simplicidad y facilidad en el creer? ¿o de malicia e impostura? ¿Hay algún hombre en nuestro siglo de presunción tanta, que crea resistir el parangón con aquellos varones, ni en virtud, ni en piedad, ni en saber, como tampoco en juicio ni inteligencia? qui ut rationem nullam afferrent, ipsa auctoritate me frangerent[244].

Es la de que hablo osadía peligrosa y que acarrea consecuencias graves, a más de la absurda temeridad que supone el burlarnos de aquello que no concebimos; pues luego que con arreglo a la medida de nuestro entendimiento dejamos establecidos y sentados los límites de la verdad y el error, necesariamente tenemos que creer en cosas en las cuales hay mayor inverosimilitud que en las que hemos desechado por inciertas, y que para proceder con recto criterio debiéramos desechar también. En conclusión, lo que me parece acarrear tanto desorden en nuestras conciencias, en estos trastornos de guerras de religión, es la licencia con que los católicos interpretan los misterios de la fe. Paréceles desempeñar un papel moderador y ejercer oficio de entendidos cuando abandonan a sus adversarios algunos artículos de los que se debaten; mas sobre no ver la ventaja que acompaña al que acomete cuando el acometido se echa atrás y pierde terreno, y cómo esto le anima a seguir él combate, aquellos artículos que nuestros adversarios eligen como menos importantes, suelen a veces ser los más esenciales. Una de dos cosas precisa: o someterse en absoluto a la autoridad eclesiástica, o abandonarla por completo. No reside en nosotros la facultad de establecer en qué la debemos obediencia. Este principio puedo yo sentarlo mejor que ningún otro por haber antaño puesto en práctica cierta libertad en la elección y escogitación particular de lo que ordena nuestra iglesia y tenido por débiles ciertos principios de su observancia, que simulan tener un aspecto más pueril o extraño; pero habiendo luego comunicado aquellas miras a hombres competentes, he visto que estas cosas tienen un fundamento macizo y muy sólido, y que sólo por simpleza e ignorancia las recibimos con menor reverencia que las demás. ¡Qué no recordemos la constante contradicción de nuestro juicio! ¡Cuántas cosas teníamos ayer por artículo de fe que consideramos hoy como fábulas! La curiosidad y la vanagloria son el azote de nuestra alma; la primera nos impulsa a meter las narices por todas partes, y la segunda nos impide dejar nada irresuelto e indeciso.



De la amistad

Considerando el modo de trabajar de un pintor que en mi casa empleo, hanme entrado deseos de seguir sus huellas. Elige el artista el lugar más adecuado de cada pared para pintar un cuadro conforme a todas las reglas de su arte, y alrededor coloca figuras extravagantes y fantásticas, cuyo atractivo consiste sólo en la variedad y rareza. ¿Qué son estos bosquejos que yo aquí trazo, sino figuras caprichosas y cuerpos deformes compuestos de miembros diversos, sin método determinado, sin otro orden ni proporción que el acaso?


Desinit in piscem mulier formosa superne.[245]


En el segundo punto corro parejas con mi pintor, pero en el otro, que es el principal, reconozco que no le alcanzo, pues mi capacidad no llega, ni se atreve, a emprender un cuadro magnífico, trazado y acabado según los principios del arte. Así que, se me ha ocurrido la idea de tomar uno prestado a Esteban de La Boëtie, que honrará el resto do esta obra: es un discurso que su autor tituló la Servidumbre voluntaria. Los que desconocen este título le han designado después acertadamente con el nombre de el Contra uno. Su autor lo escribió a manera de ensayo, en su primera juventud, en honor de la libertad, contra los tiranos. Corre ya el discurso de mano en mano tiempo ha entre las personas cultas, no sin aplauso merecido, pues es agradale y contiene todo cuanto contribuye a realzar un trabajo de su naturaleza. Cierto que no puede asegurarse que es lo mejor que su autor hubiera podido componer, pues si más adelante, en el tiempo que yo le conocí, hubiera formado el designio que yo sigo de transcribir sus fantasías, hubiéramos visto singulares cosas que lindarían de cerca con las producciones de la antigüedad, pues a ciencia cierta puedo asegurar que a nadie he conocido que en talento y luces naturales pudiera comparársele. Sólo el discurso citado nos queda de La Boëtie, y eso casi de un modo casual pues entiendo que después de escrito no volvió a hacer mérito de él, dejó también algunas memorias sobre el edicto de 1588, famoso por nuestras guerras civiles, que acaso en otro lugar de este libro encuentren sitio adecuado. Es todo cuanto he podido recobrar de sus reliquias. Con recomendación amorosa dejó dispuesto en su testamento que yo fuera el heredero de sus papeles y biblioteca. Yo le vi morir. Hice que se imprimieran algunos escritos suyos, y respecto al libro de la Servidumbre, le tengo tanta más estimación, cuanto que fue la causa de nuestras relaciones, pues mostróseme mucho tiempo antes de que yo viese a su autor, y me dio a conocer su nombre, preparando así la amistad que hemos mantenido el tiempo que Dios ha tenido a bien, tan cabal y perfecta, que no es fácil encontrarla semejante en tiempos pasados, ni entre nuestros contemporáneos se ve parecida. Tantas circunstancias precisan para fundar una amistad como la nuestra, que no es peregrina que se vea una sola cada tres siglos.

Parece que nada hay a que la naturaleza nos haya encaminado tanto como al trato social. Aristóteles asegura que los buenos legisladores han cuidado más de la amistad que de la justicia. El último extremo de la perfección en las relaciones que ligan a los humanos, reside en la amistad; por lo general, todas las simpatías que el amor, el interés y la necesidad privada o pública forjan y sostienen, son tanto menos generosas, tanto menos amistades, cuanto que a ellas se unen otros fines distintos a los de la amistad, considerada en sí misma. Ni las cuatro especies de relación que establecieron los antiguos, y que llamaron natural, social, hospitalaria y amorosa, tienen analogía o parentesco con la amistad.

Las relaciones que existen entre los hijos y los padres están fundadas en el respeto. Aliméntase la amistad por la comunicación, la cual no puede encontrarse entre hijos y padres por la disparidad que entre ellos existe, y además porque chocarla los deberes que la naturaleza impone; pues ni todos los pensamientos íntimos de los padres pueden comunicarse a los hijos, para no dar lugar a una privanza perjudicial y dañosa, ni los advertimientos y correcciones, que constituyen uno de los primeros deberes de la amistad, podrían tampoco practicarse de los hijos a los padres. Pueblos ha habido, en que, por costumbre, los hijos mataban a los padres, otros en que los padres mataban a los hijos para salvar así las querellas que pudieran suscitarse entre los unos y los otros. Filósofos ha habido, que han desdeñado la natural afección y unión de padres e hijos; Aristipo entre otros, el cual cuando se le hacía presente el cariño que a los suyos debía por haber salido de él, se ponía a escupir diciendo que su saliva tenía también el mismo origen, y añadía que también engendramos piojos y gusanos. Habla Plutarco de otro a quien deseaban poner en buena armonía con su hermano, que objetó: «No doy importancia mayor al accidente de haber salido del mismo agujero.» El nombre de hermano es en verdad hermoso, e implica un amor tierno y puro, por esta razón nos lo aplicamos La Boëtie y yo. Mas entre hermanos naturales la confusión de bienes, los repartimientos y el que la riqueza de uno ocasione la pobreza del otro desliga la soldadura fraternal; teniendo los hermanos que conducir la prosperidad de su fortuna por igual sendero y por modo idéntico, fuerza es que con frecuencia tropiecen. Más aún, la relación y correspondencia que crean las amistades verdaderas y perfectas, ¿qué razón la hay para que se encuentren entre los hermanos? El padre y el hijo pueden ser de complexión enteramente opuesta, lo mismo los hermanos. Es mi hijo, es mi padre, pero es un hombre arisco, malo o tonto. Además, como son amistades que la ley y obligación natural nos ordenan, nuestra elección no influye para nada en ellas; nuestra libertad es nula y ésta a nada se aplica más que a la afección y a la amistad. Y no quiere decir lo escrito que yo no haya experimentado los goces de la familia en su mayor amplitud, pues mi padre fue el mejor de los padres que jamás haya existido, y el más indulgente hasta en su extrema vejez; y mi familia fue famosa de padres a hijos, y siempre ejemplar en punto a concordia fraternal:


Et ipse

notos in fratres animi paterni.[246]


La afección hacia las mujeres, aunque nazca de nuestra elección, tampoco puede equipararse a la amistad. Su fuego, lo confieso,


Neque enim est dea nescia nostri,

quae dulcem curis miscet amaritiem[247],


es más activo, más fuerte y más rudo, pero es un fuego temerario, inseguro, ondulante y vario; fuego febril, sujeto a accesos e intermitencias que no se apodera de nosotros más que por un lado. En la amistad, por el contrario, el calor es general, igualmente distribuido por todas partes, atemperado; un calor constante y tranquilo, todo dulzura y sin asperezas, que nada tiene de violento ni de punzante. Más aún, el amor no es más que el deseo furioso de algo que huye de nosotros:


Come segue la lepre il cacciatore

al freddo, al caldo, alla montagna, al lito;

né piú l'estima poi che presa vede;

e sol dietro a chi fugge affretta il piede[248]:


luego que se convierte en amistad, es decir, en el acuerdo de ambas voluntades, se borra y languidece; el goce ocasiona su ruina, como que su fin es corporal y se encuentra sujeto a saciedad. La amistad, por el contrario, más se disfruta a medida que más se desea; no se alimenta ni crece sino a medida que se disfruta, como cosa espiritual que es, y el alma adquiere en ella mayor finura practicándola. He preferido antaño otras fútiles afecciones a la amistad perfecta, y también La Boëtie rindió culto al amor; sus versos lo declaran demasiado. Así es que las dos pasiones han habitado en mi alma, y he tenido ocasión de conocer de cerca una y otra; jamás las he equiparado, y actualmente considero que en mi espíritu la amistad mira de un modo desdeñoso y altivo al amor y le coloca bien lejos y muchos grados por bajo.

En cuanto al matrimonio, sobre ser un mercado en el cual sólo la entrada es libre, si consideramos que su duración es obligatoria y forzada, y dependiente de circunstancias ajenas a nuestra voluntad, ordinariamente obedece a fines bastardos; acontecen en él multitud de accidentes que los esposos tienen que resolver, los cuales bastan a romper el hilo de la afección y a alterar el curso de la misma, mientras que en la amistad no hay cosa que la ponga trabas por ser su fin ella misma. Añádase que, a decir verdad, la inteligencia ordinaria de las mujeres no alcanza a que puedan compartirse los goces de la amistad; ni el alma de ellas es bastante firme para sostener la resistencia de un nudo tan apretado y duradero. Si así no aconteciera, si pudiera fundamentarse y establecerse una asociación voluntaria y libre, de la cual no sólo las almas participaran sino también los cuerpos, en que todo nuestro ser estuviera sumergido, la amistad sería más cabal y más viva. Pero no hay ejemplo de que el sexo débil haya dado pruebas de semejante, afección, y los antiguos filósofos de declaran a la mujer incapaz de profesarla.

En el amor griego, justamente condenado y aborrecido por nuestras costumbres, la diferencia de edad y oficios de los amantes tampoco se aproximaba a la perfecta unión de que vengo hablando: Quis est enim iste amor amicitiae. Cur neque deformem adolescentem quisquam amat, neque formosum senem?[249] La Academia misma no desmentirá mi aserto, si digo que el furor primero inspirado por el hijo de Venus al corazón del amante, siendo causado por la tierno juventud, al cual eran lícitos todas las insolencias apasionadas, todos los esfuerzos que pueden producir un ardor inmoderado, estaba siempre fundamentado en la belleza exterior, imagen falsa de la generación corporal. La afección no podía fundamentarse en el espíritu, del cual estaba todavía oculta la apariencia, antes de la edad es que su germinación principia. Si el furor de que hablo se apoderaba de un alma grosera, los medios que ésta ponía en práctica para el logro de su fin eran las riquezas, los presentes, los favores, la concesión de dignidades y otras bajas mercancías, que los filósofos reprueban. Si la pasión dominaba a un alma generosa, los medios que ésta empleaba eran generosos también; consistían entonces en discursos filosóficos, enseñanzas que tendían al respeto de la religión, a prestar obediencia a las leyes, a sacrificar la vida por el bien de su país, en una palabra, ejemplos todos de valor, prudencia y justicia. El amante procuraba imponer la gracia y belleza de su alma, acabada ya la de su cuerpo, esperando así fijar la comunicación moral, más firme y duradera. Cuando este fin llegaba a sazón pues lo que no exigían del amante en lo relativo a que aportase discreción, en su empresa, exigíanlo en el amado, porque este necesitaba juzgar de una belleza interna de difícil conocimiento y descubrimiento abstruso, entonces nacía en el amado el deseo de una concepción espiritual por el intermedio de una belleza espiritual también. Esta era la principal; la corporal era accidente y secundaria, al contrario del amante. Por esta causa prefieren al amado, alegando como razón que los dioses le dan también la primacía, y censuran mucho al poeta Esquilo por haber en los amores de Aquiles y Patroclo, hecho el amante del primero, el cual se encontraba en el primitivo verdor de su adolescencia, el más hermoso para los griegos. Después de esta comunidad general la parte principal de la misma, que predominaba y ejercía en sus oficios, dicen que producía utilísimos frutos en privado y en público; que era la fuerza del país lo que acogía bien el uso y la principal defensa de la equidad y de la libertad, como lo prueban los salubles amores de Harmodio y Aristogitón. Por eso la llamaban sagrada y divina, y según ellos, sólo la violencia de los tiranos y la cobardía de los pueblos tenía como enemigos. En suma, todo cuanto puede concederse en honor de la Academia, es asegurar que era el suyo un amor que acababa en amistad, idea que no se aviene mal con la definición estoica del amor: Amorem conatum esse amicitiae faciendae ex pulchritudinis specie[250].

Y vuelvo a mi descripción de una amistad más justa y mejor compartida. Omnino amicitiae, corroboratis jam, confirmatisque et ingeniis, et aetatibus, judicandae sunt[251]. Lo que ordinariamente llamamos amigos y amistad no son más que uniones y familiaridades trabadas merced a algún interés, o merced al acaso por medio de los cuales nuestras almas se relacionan entre sí. En la amistad de que yo hablo, las almas se enlazan y confunden una con otra por modo tan íntimo, que se borra y no hay medio de reconocer la trama que las une. Si se me obligara a decir por qué yo quería a La Boëtie, reconozco que no podría contestar más que respondiendo: porque era él y porque era yo. Existe más allá de mi raciocinio y de lo que particularmente puedo declarar, yo no sé qué fuerza inexplicable y fatal, mediadora de esta unión. Antes de que nos hubiéramos visto, nos buscábamos ya, y lo que oíamos decir el uno del otro, producía en nuestras almas mucha mayor impresión de la que se advierte en las amistades ordinarias; diríase que nuestra unión fue un decreto de la Providencia. Nos abrazábamos por nuestros nombres, y en nuestra entrevista primera, que tuvo lugar casualmente en una gran fiesta de una ciudad, nos encontramos tan prendados, tan conocidos, tan obligados el uno del otro, que nada desde entonces nos tocó tan de cerca como nuestras personas. Escribió él una excelente sátira latina, que se ha impreso, en la cual explica la precipitación de una amistad que llegó con tal rapidez a ser perfecta. Habiendo de durar tan poco tiempo su vida y habiendo comenzado tan tarde nuestras relaciones (pues ambos éramos ya hombres hechos, él me llevaba algunos años), no tenían tiempo que perder, ni necesitaban tampoco acomodarse al patrón de las amistades frías y ordinarias, en las cuales precisan tantas precauciones de dilatada y preliminar conversación. En la amistad nuestra no había otro fin extraño que le fuera ajeno, con nada se relacionaba que no fuera con ella misma; no obedeció a tal o cual consideración, ni a dos ni a tres ni a cuatro ni a mil; fue no sé qué quinta esencia de todo reunido, la cual habiendo arrollado toda mi voluntad condújola a sumergirse y a abismarse en la suya con una espontaneidad y un ardor igual en ambas. Nuestros espíritus se compenetraron uno en otro; nada nos reservamos que nos fuera peculiar, ni que fuese suyo o mío.

Cuando Lelio, en presencia de los cónsules romanos, quienes después de la condenación de Tiberio Graco persiguieron a todos los que habían pertenecido al partido de éste, preguntó a Cayo Blosio(que era el principal de sus amigos) qué hubiera sido capaz de hacer por él, Blosio respondió: «Lo hubiera hecho todo.» -¿Cómo todo? siguió Lelio; ¿pues qué, hubieras cumplido su voluntad si te hubiera mandado poner fuego a nuestros templos? -Jamás me hubiera ordenado tal cosa, repuso Blosio. -¿Pero y si lo hubiera hecho? añadió Lelio. -Le hubiera obedecido», respondió. Si era tan perfecto amigo de Graco, como la historia cuenta, no tenía por qué asustar a los cónsules haciéndoles la última atrevida confesión y no podía separarse de la seguridad que tenía en el designio de Tiberio Graco. Los que acusan de sediciosa esta respuesta no penetran su misterio, y no presuponen, como en realidad debía acontecer, que Blosio era soberano de la voluntad de Graco, por poder y por conocimiento: ambos eran más amigos que ciudadanos; más amigos que enemigos o amigos de su país, y que amigos en la ambición o el desorden: confíanlo profundamente el uno en el otro, eran dueños perfectos de sus respectivas inclinaciones, que dirigían y guiaban por la razón mutua; y como sin esto es completamente imposible que las amistades vivan, la respuesta de Blosio fue tal cual debió ser. Si los actos de ambos hubieran discrepado, no eran amigos, según mi criterio, ni el uno del otro, ni en sí mismos. Por lo demás, tal respuesta no difiere de la que yo daría a quien me preguntase: «Si vuestra voluntad os ordenara dar muerte a vuestra hija, ¿la mataríais? «y que yo contestara afirmativamente, nada prueba de mi consentimiento a realizar tal acto, porque yo no puedo dudar de mi voluntad, como tampoco de la de un amigo como La Boëtie. Ni en todos los razonamientos del mundo reside el poder de desposeerme de la certeza en que estoy de las intenciones y alcance de mi juicio: ninguna de sus acciones podría mostrárseme, sea cual fuere el cariz que tuviera, de la cual yo no encontrara en seguida la causa. Tan unidas marcharon nuestras almas, con cariño tan ardiente se amaron y con afección tan intensa se descubrieron hasta lo más hondo de las entrañas, que no sólo conocía yo su alma como la mía, sino que mejor hubiera fiado en él que en mí mismo.

Que no se incluyan en este rango esas otras amistades corrientes; yo he mantenido tantas como cualquiera otro, y de las más perfectas en su género,- pero no aconsejo que se confundan, pues se padecería un error lamentable. Es preciso proceder en estas uniones con prudencia y precaución; el enlace no está anudado de manera que no haya nada que desconfiar. «Amadle, decía Quilón, como si algún día tuvierais que aborrecerle; odiadle como si algún día tuvierais, que amarle.» Este precepto, que es tan abominable en la amistad primera de que hablo, es saludable en las ordinarias, y corrientes, a propósito de las cuales puede emplearse, una frase familiar a Aristóteles: «¡Oh amigos míos, no hay ningún amigo!» En aquel noble comercio los servicios que se hacen o reciben, sostenes de las otras relaciones, no merecen siquiera ser tomados en consideración; la entera compenetración de nuestras voluntades es suficiente, pues del propio modo que la amistad que yo profeso no aumenta por los beneficios que hago en caso de necesidad, digan lo que quieran los estoicos, y como yo no considero como mérito el servicio proporcionado, la unión de tales amistades siendo verdaderamente perfecta hace que se pierda el sentimiento de semejantes deberes, al par que alejar y odiar entre ellas esas palabras de división y diferencia, acción buena, obligación, reconocimiento, ruego, agradecimiento y otras análogas. Siendo todo común entre los amigos: voluntades, pensamientos, juicios, bienes, mujeres, hijos, honor y vida; no siendo su voluntad sino una sola alma en dos distintos cuerpos, según la definición exacta de Aristóteles, nada pueden prestarse ni nada tampoco darse. He aquí la razón de que los legisladores, para honrar el matrimonio con alguna semejanza imaginaria de ese divino enlace, prohíban las donaciones entre marido y mujer, concluyendo, por esta prohibición que todo pertenece a cada uno de ellos, y que nada tienen que dividir ni que repartir.

Si en la amistad de que hablo el uno pudiera dar alguna cosa al otro, el que recibiera el beneficio sería el que obligaría al compañero, pues buscando uno y otro, antes que todo, prestarse mutuos servicios, aquel que facilita la ocasión es el que practica mayor liberalidad, proporcionando a su amigo, el contentamiento de realizar lo que más desea. Cuando el filósofo Diógenes tenía necesidad de dinero, decía que lo reclamaba, no que lo pedía. Y para probar cómo esto se practica en realidad, traeré a colación un singular ejemplo antiguo. Eudomidas, corintio, tenía dos, amigos: Carixeno, cioniano, y Areteo, también corintio. Cuando murió, como estaba pobre y sus dos amigos eran ricos, hizo así su testamento: «Lego a Areteo el cuidado de alimentar a mi madre y de sostenerla en su vejez; a Carixeno le encomiendo el casamiento de mi hija, y además que la dote lo mejor que pueda. En el caso de que uno de los dos venga a morir, encomiendo su parte al que sobreviva.» Los que vieron primero este testamento se burlaron, pero advertidos los herederos de su alcance lo aceptaron, con singular contentamiento. Habiendo muerto cinco días después Carixeno, Areteo mantuvo largamente a la madre y de su fortuna, que consistía en cinco talentos, entregó dos y medio a su hija única, y otros dos y medio a la hija de Eudomidas. Las dos bodas se efectuaron el mismo día.

Este ejemplo es bien concluyente, y sería practicado si no hubiera tantos amigos en el mundo. La perfecta amistad es indivisible: cada uno se entrega tan por completo a su amigo, que nada le queda para distribuir a los demás; al contrario, le entristece la idea de no ser doble, triple o cuádruple; de no ser dueño de varias almas varías voluntades para, confiarlas todas a una misma amistad. Las amistades comunes pueden dividirse; puede estimarse en unos la belleza, en otros el agradable trato, en otros la liberalidad, la paternidad, la fraternidad, y así sucesivamente; mas la amistad que posea el alma y la gobierna como soberana absoluta, es imposible que sea doble. Si dos amigos pidieran ser socorridos al mismo tiempo, ¿a cuál acudiríais primero? Si solicitaran opuestos servicios, ¿qué orden emplearíais en tal apuro? Si uno confiara a vuestro silencio lo que al otro fuera conveniente saber, ¿qué partido tomaríais? La principal y única amistad rompe toda otra obligación; el secreto que juro no descubrir a otro puedo sin incurrir en falta comunicarlo a otro, es decir, a mi amigo. Es un milagro grande el duplicarse y no lo conocen bastante los que hablan de triplicarse. Nada es tan raro como poseer su semejante; quien crea que de dos personas estimo a la una lo mismo que a la otra, o que dos hombres se quieran y me estimen tanto como yo los estimo, convierten en varias unidades la cosa más única e indivisible; una sola es la cosa más rara de encontrar en el mundo. El resto de aquella historia se acomoda bien con lo que yo decía, pues Eudomidas considera como un favor que proporciona a sus amigos el emplearlos en su servicio, dejándolos como herederos de su liberalidad, que consiste en procurarles el medio de favorecerle; y sin duda la fuerza e la amistad se muestra con mayor esplendidez en este caso que en el de Areteo. En conclusión: son éstos efectos que no puede imaginar el que no los ha experimentado, y que me hacen honrar sobremanera la respuesta que dio a Ciro un soldado joven, a quien el monarca preguntó qué precio quería por un caballo con el cual había ganado el premio de la carrera, añadiendo si lo cambiaría por un reino: «No en verdad, señor; pero lo daría de buen grado por adquirir un amigo, si yo encontrara un hombre digno de tal alianza.» No decía mal «si yo encontrara», pues se tropieza fácilmente con hombres propios para mantener una amistad superficial; pero en la otra en que nada se reserva ni nada se exceptúa, en que se obra con abandono completo, hay necesidad de que todos los resortes sean perfectamente nítidos y seguros.

En las relaciones que nos procuran algún auxilio o servicio no hay para qué preocuparse de las imperfecciones que particularmente no se relacionan con el motivo de las mismas. Nada me importa la religión que profesen mi médico ni mi abogado, tal consideración nada tiene que ver con los oficios de la amistad que me deben; en las relaciones domésticas que sostengo con los criados que me sirven, sigo la misma conducta. Me informo poco de si mi lacayo es casto; más me interesa saber si es diligente: no temo tanto a un mulatero jugador, como a otro que sea imbécil, ni a un cocinero blasfemo, como a otro ignorante de las salsas. No me mezclo para nada en dar instrucciones al mundo de lo que es preciso hacer, otros lo hacen de sobra; sólo hablo de lo que conmigo se relaciona.


Mihi sic usus est: tibi, ut opus est facto, face.[252]


A la familiaridad de la mesa asocio lo agradable, no lo prudente; en el lecho antepongo la belleza a la bondad; cuando estoy en sociedad prefiero el lenguaje amable y el bien decir, al saber y aún a la probidad, y así por el estilo en todas las demás cosas. De la propia suerte que el que fue sorprendido cabalgando sobre un bastón, jugando con sus hijos, rogó a la persona que le vio que no se lo contara a nadie hasta que él fuese padre, estimando que la pasión que entonces nacería en su alma le haría juez equitativo de tal acción, así yo quisiera hablar a personas que hubiesen experimentado lo que digo; pero conociendo cuán rara cosa es y cuán apartada de lo ordinario una amistad tan sublime, no espero encontrar ningún buen juez. Los mismos discursos que la antigüedad nos dejó sobre este asunto me parecen débiles al lado del sentimiento que yo guardo; y los efectos de éste sobrepasan a los preceptos mismos de la filosofía.


Nil ego contulerim jucundo sanus amico.[253]


El viejo Menandro llamaba dichoso al que había podido siquiera encontrar solamente la sombra de un amigo; razón tenía para decirlo, hasta en el caso en que hubiera encontrado al uno. Si comparo todo el resto de mi vida -aunque ayudado de la gracia de Dios la haya pasado dulce, gustosa y, salvo la pérdida de tal amigo, exenta de aflicciones graves, llena de tranquilidad de espíritu, habiendo disfrutado ventajas y facilidades naturales que desde mi cuna gocé, sin buscar otras ajenas, -si comparo, digo, toda mi vida con los cuatro años que me fue dado disfrutar de la dulce compañía y sociedad de La Boëtie, el otro tiempo de mi existencia no es más que humo, y noche pesada y tenebrosa. Desde el día en que la perdí,


Quem semper acerbum,

semper honoratum (sic, Di, voluistis!) habebo.[254]


no hago más que arrastrarme lánguidamente; los placeres mismos que se me ofrecen, en lugar de consolarme, redoblan el sentimiento de su pérdida; como lo compartíamos todo, me parece que yo le robo la parte que le correspondía.


Nec fas esse ulla me voluptate hic frui

decrevi, tantisper dum ille abest meus particeps.[255]


Me encontraba yo tan hecho, tan acostumbrado a ser el segundo en todas partes, que se me figura no ser ahora más que la mitad.


Illam meae si partem animae tulit

maturior vis, quid moror altera?

Nec carus aeque nec superstes

integer. Ille dies utramque

duxit ruinam...[256]


No ejecuto ninguna acción ni pasa por mi mente ninguna idea sin que le eche de menos, como hubiera hecho él si lo le hubiese precedido, pues así como me sobrepasaba infinitamente en todo saber y virtud, así me sobrepujaba también en los deberes de la amistad.


Quis desiderio sit pudor, aut modus

tam cari capitis?[257]


O misero frater adempte mihi!

Omnia tecum una perierunt gaudia nostra,

quae tuus in vita dulcis alebat amor.

Tu mea, tu moriens fregisti commoda, frater;

tecum una tota est nostra sepulta anima

cujus ego interitu tota de mente fugavi

haec studia, atque omnes delicias animi.

Alloquar?, audiero nunquam tua verba luquentem?

Nunquam ego te, vita frater amabilior,

adspiciam posthac? At certe semper amabo.[258]


Pero oigamos hablar un poco a este joven cuando tenía dieciséis años.

Porque veo que este libro ha sido publicado con malas miras por los que procuran trastornar y cambiar el estado de nuestro régimen político, sin cuidarse para nada de si sus reformas serán útiles, los cuales han mezclado la obra de La Boëtie a otros escritos de su propia cosecha personal, renuncio a intercalarla en este libro. Y para que la memoria del autor no sufra crítica de ningún género de parte de los que no pudieron conocer de cerca sus acciones o ideas, yo les advierto que el asunto de su libro fue desarrollado por él en su infancia y solamente a manera de ejercicio, como asunto vulgar y ya tratado en mil pasajes de muchos libros. Yo no dudo que creyera lo que escribió, pues ni en broma era capaz de mentir; me consta también que si en su mano hubiera estado elegir, mejor hubiera nacido en Venecia que en Sarlac, y con razón. Pero tenía otra máxima soberanamente impresa en su alma: la de obedecer y someterse religiosamente a las leyes bajo las cuales había nacido. Jamás hubo mejor ciudadano, ni que más amara el reposo de su país, ni más enemigo de agitaciones y novedades; mejor hubiera querido emplear su saber en extinguirlas que en procurar los medios de excitarlas más de lo que ya están: su espíritu se había moldeado conforme al patrón de otros tiempos diferentes de los actuales. En lugar de esa obra seria publicará otra[259] que igualmente escribió en la misma época de su vida, y que es más lozana y alegre.



Veintinueve sonetos de Esteban de La Boëtie

A la señora de Grammont, condesa de Guissen[260]

Nada mío os ofrezco, señora, ya porque todo lo que me pertenece es vuestro de antemano, bien porque nada encuentro en mí que sea digno de vos; pero he querido que estos versos, en cualquier lugar que se vieran, llevasen vuestro nombre al frente por el honor que recibirán al tener por guía a la gran Corisanda de Andouins. Me ha parecido que este presente os pertenecía, tanto más, cuanto que hay pocas damas en Francia que sean mejores jueces que vos en materia de poesía, y además porque nada hay que pudiera servir de mejor galardón a estas estrofas que las ricas y hermosas con que en medio de otras bellezas la naturaleza os ha dotado. Estos versos merecen, señora, cariño grande de vuestra parte; pues, yo creo que mi parecer será también el vuestro, yo creo que nunca salieron de Gascuña otros que en invención ni en gentileza los aventajen, ni que den testimonio de haber sido escritos por una mano más espléndida. Y no os dé cuidado de que no os dedique más que el resto de lo que tiempo ha hice imprimir bajo el nombre del conde de Foix, vuestro buen pariente; pues estos de ahora tienen no sé qué de más vivo e hirviente, como compuestas que fueron en su primera juventud, cuando estaba inspirado por el hermoso y noble ardor de que algún día, señora, os hablaré al oído. Los otros fueron compuestos después, cuando se encontraba en vías de casarse, en loor de su mujer, y en ellos se advierte a cierta frialdad marital. Yo soy de los que entienden que la poesía nunca es más fresca ni agradable que cuando trata un asunto libre y juguetón[261].



De la moderación

Cual si nuestro contacto, fuera infeccioso, corrompemos, al manejarlas, las cosas que por sí mismas son hermanas y buenas. Podemos practicar la virtud, haciéndola viciosa, de abrazarla con un deseo en que predomine la violencia excesiva. Los que afirman que en la virtud no puede haber exceso, puesto que, dicen, ya no es virtud si hay exceso, déjanse engañar por las palabras, y toman como principio evidente una sutileza de la filosofía:


Insani sapiens nomen ferat, aequus iniqui,

ultra quam satis est, virtutem si petat ipsam.[262]


Puede amarse demasiado la virtud y trasponer los límites de la misma en la comisión de un acto justo. Tal es también el principio de la Sagrada Escritura: «No seáis más prudentes de lo necesario, mas sed prudentes con sobriedad.» Tal gran personaje he visto que perjudicó al buen nombre de su religión para mostrarse más religioso que los hombres de su clase. Gusto de las naturalezas templadas, medias y equilibradas; la falta de moderación si no me ofende, hasta cuando va encaminada al bien mismo, me extraña al menos, me pone en duro aprieto para calificarla. Ni la madre de Pausanias, que dio las primeras instrucciones y llevó la primera piedra para la muerte de su hijo; ni el dictador Postumio, que hizo morir al suyo, a quien el ardor juvenil había empujado victoriosamente hacia los enemigos algo más allá de su puesto, me parecen casos dignos de alabanza; más bien los considero extraños que justos, y no soy partidario de aconsejar ni de seguir virtudes tan costosas y salvajes. El arquero que sobrepasa el blanco comete igual falta que el que no le alcanza; mi vista se turba cuando ve de pronto una luz esplendorosa, lo mismo que al entrar bruscamente en las sombras. Callicles, en las obras de Platón, dice que el exceso de filosofía perjudica, y aconseja no sobrepasarla hasta un punto en que ya trasponga los límites de lo útil; que tomada con moderación es agradable y provechosa, con exceso convierte al hombre en vicioso y salvaje: hace que desdeñe las leyes y religiones, que se enemiste con la sociedad, que sea adversario de los humanos placeres, incapaz de todo gobierno político, de socorrer a sus semejantes y de auxiliarse a sí mismo; propio, en suma, a ser impunemente abofeteado. Callicles dice verdad, pues en su exceso la filosofía esclaviza nuestra natural razón, y, por una sutilidad importuna nos desvía del camino llano y cómodo que la naturaleza nos ha trazado.

La amistad que profesamos a nuestras mujeres es bien legítima; mas no por ello la teología deja de reglamentarla ni de restringirla. Paréceme haber leído en santo Tomás, en un pasaje en que condena los matrimonios entre parientes cercanos, la siguiente razón, entre otras, en apoyo de su aserto: que hay peligro en que la amistad que se profese a la mujer en este caso sea inmoderada, pues si la afección marital es cabal y perfecta, como debe ser siempre, al sobrecargarla con la afección que existe entre parientes, no cabe duda que tal a aditamento llevará al marido a conducirse más allá de los límites que la razón prescribe.

Las ciencias que gobiernan las costumbres sociales, como la teología y la filosofía, de todo se hacen cargo; no hay acto por privado o secreto que sea que se desvíe de su jurisdicción y conocimiento. Son demasiado ignorantes los que rechazan sus reglas en este particular, los cuales hacen lo que las mujeres, que se avergüenzan de mostrar al médico sus desnudeces, cuando no tienen inconveniente en hacer ver sus más secretas bellezas al amante. Quiero, en pro de aquellas ciencias enseñar lo que sigue a los maridos, si es que todavía los hay extremados en el calor hacia sus mujeres: los goces mismos que experimentan al juntarse con sus esposas, son reprobables si la moderación no los presido; hay peligro de caer en licencia y desbordamiento en este punto, igualmente que en el trato ilegítimo. Los refinamientos deshonestos que el calor primero nos sugiere son no ya sólo enemigos de la decencia, sino perjudiciales a nuestras mujeres. Que al menos aprendan el impudor de otros maestros; están constantemente sobrado despiertas para nuestra necesidad. En cuanto a mí, en este punto, siempre me guió lo natural y lo sencillo.

El matrimonio es una unión religiosa y devota y he aquí por qué el placer que con él se experimenta debe ser un placer moderado, serio, que vaya unido a alguna severidad; debe ser un goce un tanto prudente mesurado. Y porque su misión principal es la generación, hay quien duda de si cuando estamos ciertos de no trabajar para ella, lo cual acontece cuando las mujeres son ya viejas o están en cinta, nos es lícito unirnos a ellas. Al entender de Platón, tal acto es un homicidio. Ciertas naciones, la mahometana entre otras, abominan la cohabitación con las mujeres preñadas; otros pueblos la rechazan igualmente cuando las mujeres están con la regla. Zenobia no recibía a su marido más que una vez, después dejábale libre a sus anchas mientras duraba el período de la concepción, pasado el cual, y efectuado el alumbramiento, le autorizaba a comenzar de nuevo. Digno y generoso ejemplo de matrimonio. Platón tomó sin duda la narración siguiente de algún poeta sin dinero que estaba hambriento del goce amoroso: Acometió Júpiter a su mujer un día con tal vigor, que no teniendo paciencia para aguardar a que ganara el lecho, tendiola en el suelo, y a causa de la vehemencia del placer, olvidó las graves e importantes resoluciones que acababa de tomar con los otros dioses de su celestial corte; Júpiter aseguró que había encontrado tanto placer en su operación como la vez primera que deshizo la virginidad de su mujer, a escondidas de los padres de ella.

Los reyes de Persia admitían en los festines a sus mujeres; pero cuando el vino les ponía el cerebro caliente, cuando ya daban rienda suelta a la voluptuosidad, enviábanlas a sus habitaciones particulares para no hacerlas partícipes de sus inmoderados apetitos, y hacían que los acompañasen otras mujeres a las cuales no les ligaba ninguna obligación de respeto. Todos los placeres y todas las cosas agradables no convienen por igual a toda suerte de gentes. Epaminondas puso en prisión a un mozo calavera; Pelópidas rogole que le dejara en libertad y que se lo cediese; aquél rechazó la petición, concediéndosele, sin embargo, a una muchacha que intercedió por el joven. Justificó Epaminondas su proceder diciendo que era aquélla una gracia que debía concederse a una amiga, no a un capitán.   —154→   Ejerciendo Sófocles la pretura en compañía de Péricles y viendo pasar por la calle a un mocito agraciado: «Guapo muchacho, dijo. -Seríalo para otro que no fuera pretor, contestó Péricles, pues un pretor debe tener castas no sólo las manos, sino también los ojos.» El emperador Aulio Vero respondió a su mujer en ocasión en que ésta se quejaba de que aquél gustaba de otras mujeres, que al proceder así obraba acertadamente, puesto que el matrimonio era una institución de honor y dignidad, no de concupiscencia loca y lasciva. Nuestra historia eclesiástica ha conservado con honor la memoria de aquella mujer que repudió a su marido por no querer prestarse a sus concupiscentes desbordamientos. En conclusión, no hay placer por legítimo que se considere cuyo exceso o intemperancia no nos sea reprochable.

Hablando con conocimiento de causa puede decirse que el hombre es un animal bien misérrimo. Apenas se halla en condición de gustar un placer cabal y puro, y ya se esfuerza por disminuirlo por reflexión. Sin duda no se cree suficientemente desdichado cuando aumenta sus penas por inclinación y por arte:


Fortunae miseras auximus arte vias.[263]


La ciencia humana se las ingenia bien estúpidamente, ejercitándose en disminuir el número y dulzura de los goces que nos pertenecen; mas procede de una manera razonable al emplear sus artificios en embellecernos y ocultar nos los males, aligerando el sentimiento de los mismos. Si hubiera yo sido jefe de una secta filosófica, hubiese seguido diferente rumbo, hubiera seguido un camino más natural, un camino verdadero, cómodo y santo, y acaso habría tenido la fuerza suficiente para contenerme en el justo límite. Como si nuestros médicos, así los espirituales como los corporales, hubieran formado entre ellos un concierto, no encuentran camino ni remedio a nuestros males del cuerpo ni tampoco a los del alma, sino valiéndose del tormento, el dolor y la pena. Las vigilias, los ayunos, los cilicios, el destierro a regiones lejanas y solitarias, las prisiones a perpetuidad, los castigos y otras aflicciones han sido introducidos para agravar nuestra miseria, de tal suerte que constituyan amarguras verdaderas en las cuales predomine el dolor supremo, de manera que no acontezca lo que sucedió al senador romano Galo, el cual, habiendo sido desterrado a la isla de Lesbos, se tuvo noticia en Roma de que lo pasaba bastante bien, y que aquello mismo que se le había impuesto como penitencia habíalo trocado en comodidad. Por ello los que le condenaron dispusieron llamarle a su casa de Roma, al lado de su mujer, para acomodar así el castigo a su resentimiento. Es bien seguro que a aquel a quien el ayuno mejorase la salud y le pusiera contento, a aquel para quien el pescado fuera más apetitoso que la carne, ya no le serían recomendados como precepto saludable. Lo propio acontece en la otra medicina, en la corporal: las drogas no producen saludable efecto a quien las toma de buen grado, con placer; la amargura y la dificultad son requisitos indispensables para el buen resultado de los medicamentos. La naturaleza que aceptase el ruibarbo como cosa familiar, corrompería su uso; es preciso que las medicinas den al traste con nuestro estómago para curarlo, y aquí no se cumple la consabida regla de que las cosas se curan con sus contrarias, porque el mal cura el mal mismo.

Tales cosas se relacionan igualmente con la tan antigua idea de pretender gratificar al cielo y a la naturaleza con los sacrificios humanos, práctica que fue universalmente abrazada por todas las religiones. Todavía en tiempo de nuestros padres, Amurat, en la toma del Istmo, sacrificó seiscientos jóvenes griegos, al alma de su padre, a fin de que la sangre derramada sirviese de alivio al espíritu del difunto. En esas nuevas tierras, descubiertas en nuestros días, puras y vírgenes todavía, comparadas con las nuestras, los sacrificios humanos son generales; todos sus ídolos se abrevan con sangre humana, a lo cual acompañan ejemplos de crueldad horrible; se queman vivas a las víctimas, y cuando están ya medio asadas, se las retira del fuego para arrancarlas el corazón y las entrañas; a otras, aun a las mujeres, se las deshuella vivas, y con su piel ensangrentada se cubre y enmascara a las demás. Y en estos horrores no faltan la resolución ni la firmeza, pues las pobres gentes destinadas a la degollina -mujeres, viejos y niños- van algunos días antes de la inmolación pidiendo limosnas para la ofrenda de su sacrificio, y se presentan a la carnicería cantando y bailando con los concurrentes.

Explicando los embajadores del rey de Méjico la grandeza de su soberano a Hernán Cortés, después de haberle dicho que contaba treinta vasallos, de los cuales cada uno podía reunir cien mil combatientes, y que residía en la ciudad más hermosa que cobijara el cielo, añadieron que sacrificaba a los dioses cincuenta mil hombres cada año. Le dijeron que el emperador hacía la guerra a los pueblos vecinos, no sólo para ejercicio de la juventud de su país, sino más bien para proveerse de víctimas con los prisioneros para ejecutar los sacrificios. En los mismos países, y en cierto lugar pequeño, para hacer a Cortés un lucido recibimiento, sacrificaron cincuenta hombres reunidos. Añadiré, además, que algunos de estos pueblos, que fueron derrotados por el conquistador, le reconocieron y solicitaron su amistad; y los mensajeros le ofrecieron tres clases de presentes, en esta forma: «Señor, aquí tienes cinco esclavos; si eres un dios altivo, que te apacientas de carne y sangre, cómetelos, y te traeremos más; si eres un dios benévolo, he aquí plumas o incienso; si eres hombre, toma los pájaros y frutos que tienes ante tu vista.»



De los caníbales

Cuando el rey Pirro pasó a Italia, luego que hubo reconocido la organización del ejército romano que iba a batallar contra el suyo: «No sé, dijo, qué clase de bárbaros sean éstos (sabido es que los griegos llamaban así a todos los pueblos extranjeros), pero la disposición de los soldados que veo no es bárbara en modo alguno.» Otro tanto dijeron los griegos de las tropas que Flaminio introdujo en su país, y Filipo, contemplando desde un cerro el orden disposición del campamento romano, en su reino, bajo Publio Sulpicio Galba. Esto prueba que es bueno guardarle de abrazar las opiniones comunes, que hay que juzgar por el camino de la razón y no por la voz general.

He tenido conmigo mucho tiempo un hombre que había vivido diez o doce años en ese mundo que ha sido descubierto en nuestro siglo, en el lugar en que Villegaignon tocó tierra, al cual puso por nombre Francia antártica. Este descubrimiento de un inmenso país vale bien la pena de ser tomado en consideración. Ignoro si en lo venidero tendrán lugar otros, en atención a que tantos y tantos hombres que vallan más que nosotros no tenían ni siquiera presunción remota de lo que en nuestro tiempo ha acontecido. Yo recelo a veces que acaso tengamos los ojos más grandes que el vientre, y más curiosidad que capacidad. Lo abarcamos todo, pero no estrechamos sino viento.

Platón nos muestra que Solón decía haberse informado de los sacerdotes de la ciudad de Saís, en Egipto, de que en tiempos remotísimos, antes del diluvio, existía una gran isla llamada Atlántida, a la entrada del estrecho de Gibraltar, la cual comprendía más territorio que el Asia y el África juntas que los reyes de esta región, que no sólo poseían esta isla, sino que por tierra firme extendíanse tan adentro que eran dueños de la anchura de África hasta Egipto, y de la longitud de Europa hasta la Toscana, quisieron llegar al Asia y subyugar todas las naciones que bordea el Mediterráneo, hasta el golfo del Mar Negro. A este fin atravesaron España, la Galia o Italia, y llegaron a Grecia, donde los atenienses los rechazaron; pero que andando el tiempo, los mismos atenienses, los habitantes de la Atlántida y la isla misma, fueron sumergidos por las aguas del diluvio. Es muy probable que los destrozos que éste produjo hayan ocasionado cambios extraños en las diferentes regiones de la tierra, y algunos dicen que del diluvio data la separación de Sicilia de Italia;


Haec loca, vi quondam et vasta convulsi ruina,

***

Dissiluisse ferunt, quum protenus utra se tellus

una foret...[264]


la de Chipre de Siria y la de la isla de Negroponto de Beocia, y que juntó territorios que estaban antes separados, cubriendo de arena y limo los fosos intermediarios.


Sterllisque diu palus, aptaque remis,

vicinas urbes alit, et grave sentit aratrum.[265]


Mas no hay probabilidad de que esta isla sea el mundo que acabamos de descubrir, pues tocaba casi con España, y habría que suponer que la inundación habría ocasionado un trastorno enorme en el globo terráqueo, apartados como se encuentran los nuevos países por más de mil doscientas leguas de nosotros. Las navegaciones modernas, además, han demostrado que no se trata de una isla, sino de un continente o tierra firme con la India oriental de un lado y las tierras que están bajo los dos polos de otro, o que, de estar separada, el estrecho es tan pequeño que no merece por ello el nombre de isla.

Parece que hay movimientos naturales y fuertes sacudidas en esos continentes y mares como en nuestro organismo. Cuando considero la acción que el río Dordoña ocasiona actualmente en la margen derecha de su curso, el cual se ha ensanchado tanto que ha llegado a minar los cimientos de algunos edificios, me formo idea de aquella agitación extraordinaria que, de seguir en aumento, la configuración del mundo se cambiaría; mas no acontece así, porque los accidentes y movimientos, ya tienen lugar en una dirección, ya en otra, ya hay ausencia de movimiento. Y no hablo de las repentinas inundaciones que nos son tan conocidas. En Medoc, a lo largo del mar, mi hermano, el señor de Arsac, ha visto una de sus fincas enterrada bajo las arenas que el mar arrojó sobre ella; todavía se ven los restos de algunas construcciones; sus dominios y rentas hanse trocado en miserables tierras de pastos. Los habitantes dicen que, de algún tiempo acá, el mar se les acerca tanto, que ya han perdido cuatro leguas de territorio. Las arenas que arroja son a manera de vanguardia. Vense grandes dunas de tierra movediza, distantes media legua del océano, que van ganando el país.

El otro antiguo testimonio que pretende relacionarse con este descubrimiento lo encontramos en Aristóteles, dado que el libro de las Maravillas lo haya compuesto el filósofo. En esta obrilla se cuenta que algunos cartagineses, navegando por el Océano atlántico, fuera del estrecho de Gibraltar, bogaron largo tiempo y acabaron por descubrir una isla fértil, poblada de bosques y bañada por ríos importantes, de profundo cauce; estaba la isla muy lejos de tierra firme, y añade el mismo libro que aquellos navegantes, y otros que los siguieron, atraídos por la bondad y fertilidad de la tierra, llevaron consigo sus mujeres o hijos y se aclimataron en el nuevo país. Viendo los señores de Cartago que su territorio se despoblaba poco a poco, prohibieron, bajo pena de muerte, que nadie emigrara a la isla, y arrojaron a los habitantes de ésta, temiendo, según se cree, que andando el tiempo alcanzaran poderío, suplantasen a Cartago y ocasionaran su ruina. Este relato de Aristóteles tampoco se refiere al novísimo descubrimiento.

El hombre de que he hablado era sencillo y rudo, condición muy adecuada para ser verídico testimonio, pues los espíritus cultivados, si bien observan con mayor curiosidad y mayor número de cosas, suelen glosarlas, y a fin de poner de relieve la interpretación de que las acompañan, adulteran algo la relación; jamás muestran lo que ven al natural, siempre lo truecan y desfiguran conforme al aspecto bajo el cual lo han visto, de modo que para dar crédito a su testimonio y ser agradables, adulteran de buen grado la materia, alargandola o ampliándola. Precisa, pues, un hombre fiel, o tan sencillo, que no tenga para qué inventar o acomodar a la verosimilitud falsas relaciones, un hombre ingenuo. Así era el mío, el cual, además, me hizo conocer en varias ocasiones marineros y comerciantes que en su viaje había visto, de suerte que a sus informes me atengo sin confrontarlos con las relaciones de los cosmógrafos. Habríamos menester de geógrafos que nos relatasen circunstanciadamente los lugares que visitaran; mas las gentes que han estado en Palestina, por ejemplo, juzgan por ello poder disfrutar el privilegio de darnos noticia del resto del mundo. Yo quisiera que cada cual escribiese sobre aquello que conoce bien, no precisamente en materia de viajes, sino en toda suerte de cosas; pues tal puede hallarse que posea particular ciencia o experiencia de la naturaleza de un río o de una fuente y que en lo demás sea lego en absoluto. Sin embargo, si le viene a las mientes escribir sobre el río o la fuente, englobará con ello toda la ciencia física. De este vicio surgen varios inconvenientes.

Volviendo a mi asunto, creo que nada hay de bárbaro ni de salvaje en esas naciones, según lo que se me ha referido; lo que ocurre es que cada cual llama barbarie a lo que es ajeno a sus costumbres. Como no tenemos otro punto de mira para distinguir la verdad y la razón que el ejemplo e idea de las opiniones y usos de país en que vivimos, a nuestro dictamen en él tienen su asiento la perfecta religión, el gobierno más cumplido, el más irreprochable uso de todas las cosas. Así son salvajes esos pueblos como los frutos a que aplicamos igual nombre por germinar y desarrollarse espontáneamente; en verdad creo yo que mas bien debiéramos nombrar así a los que por medio de nuestro artificio hemos modificado y apartado del orden a que pertenecían; en los primeros se guardan vigorosas y vivas las propiedades y virtudes naturales, que son las verdaderas y útiles, las cuales hemos bastardeado en los segundos para acomodarlos al placer de nuestro gusto corrompido; y sin embargo, el sabor mismo y la delicadeza se avienen con nuestro paladar, que encuentra excelentes, en comparación con los nuestros, diversos frutos de aquellas regiones que se desarrollan sin cultivo. El arte no vence a la madre naturaleza, grande y poderosa. Tanto hemos recargado la belleza y riqueza de sus obras con nuestras invenciones, que la hemos ahogado; así es que por todas partes donde su belleza resplandece, la naturaleza deshonra nuestras invenciones frívolas y vanas.


Et veniunt hederae sponte sua melius;

surgit et in solis formosior arbutus antris;

***

Et volucres nulla dulcius arte canunt.[266]


Todos nuestros esfuerzos juntos no logran siquiera edificar el nido del más insignificante pajarillo, su contextura, su belleza y la utilidad de su uso; ni siquiera acertarían a formar el tejido de una mezquina tela de araña.

Platón dice que todas las cosas son obra de la naturaleza, del acaso o del arte. Las más grandes y magníficas proceden de una de las dos primeras causas; las más insignificantes e imperfectas, de la última.

Esas naciones me parecen, pues, solamente bárbaras, en el sentido de que en ellas ha dominado escasamente la huella del espíritu humano, y porque permanecen todavía en los confines de su ingenuidad primitiva. Las leyes naturales dirigen su existencia muy poco bastardeadas por las nuestras, de tal suerte que, a veces, lamento que no hayan tenido noticia de tales pueblos, los hombres que hubieran podido juzgarlos mejor que nosotros. Siento que Licurgo y Platón no los hayan conocido, pues se me figura que lo que por experiencia vemos en esas naciones sobrepasa no sólo las pinturas con que la poesía ha embellecido la edad de oro de la humanidad, sino que todas las invenciones que los hombres pudieran imaginar para alcanzar una vida dichosa, juntas con las condiciones mismas de la filosofía, no han logrado representarse una ingenuidad tan pura y sencilla, comparable a la que vemos en esos países, ni han podido creer tampoco que una sociedad pudiera sostenerse con artificio tan escaso y, como si dijéramos, sin soldura humana. Es un pueblo, diría yo a Platón, en el cual no existe ninguna especie de tráfico, ningún conocimiento de las letras, ningún conocimiento de la ciencia de los números, ningún nombre de magistrado ni de otra suerte, que se aplique a ninguna superioridad política; tampoco hay ricos, ni pobres, ni contratos, ni sucesiones, ni particiones, ni más profesiones que las ociosas, ni más relaciones de parentesco que las comunes; las gentes van desnudas, no tienen agricultura ni metales, no beben vino ni cultivan los cereales. Las palabras mismas que significan la mentira, la traición, el disimulo, la avaricia, la envidia, la detractación, el perdón, les son desconocidas. ¡Cuán distante hallaría Platón la república que imaginé de la perfección de estos pueblos!Viri a diis recentes.[267]


Hos natura modos primum dedit.[268]


Viven en un lugar del país, pintoresco y tan sano que, según atestiguan los que lo vieron, es muy raro encontrar un hombre enfermo, legañoso, desdentado o encorbado por la vejez. Están situados a lo largo del Océano, defendidos del lado de la tierra por grandes y elevadas montañas, que distan del mar unas cien leguas aproximadamente. Tienen grande abundancia de carne y pescados, que en nada se asemejan a los nuestros, y que comen cocidos, sin aliño alguno. El primer hombre que vieron montado a caballo, aunque ya había tenido con ellos relaciones en anteriores viajes, les causó tanto horror en tal postura que le mataron a flechazos antes de reconocerlo. Sus edificios son muy largos, capaces de contener dos o trescientas almas; los cubren con la corteza de grandes arboles, están fijos al suelo por un extremo y se apoyan unos sobre otros por los lados, a la manera de algunas de nuestras granjas; la parte que los guarece llega hasta el suelo y les sirve de flanco. Tienen madera tan dura que la emplean para cortar, y con ella hacen espadas, y parrillas para asar la carne. Sus lechos son de un tejido de algodón, y están suspendidos del techo como los de nuestros navíos; cada cual ocupa el suyo; las mujeres duermen separadas de sus maridos. Levántanse cuando amanece, y comen, luego de haberse levantado, para todo el día, pues hacen una sola comida; en ésta no beben; así dice Suidas que hacen algunos pueblos del Oriente; beben sí fuera de la comida varias veces al día y abundantemente; preparan el líquido con ciertas raíces, tiene el color del vino claro y no lo toman sino tibio. Este brebaje, que no se conserva más que dos o tres días, es algo picante, pero no se sube a la cabeza; es saludable al estómago y sirve de laxante a los que no tienen costumbre de beberlo, pero a los que están habituados les es muy grato. En lugar de pan comen una sustancia blanca como el cilantro azucarado; yo la he probado, y, tiene el gusto dulce y algo desabrido. Pasan todo el día bailando. Los más jóvenes van a la caza de montería armados de arcos. Una parte de las mujeres se ocupa en calentar el brebaje, que es su principal oficio. Siempre hay algún anciano que por las mañanas, antes de la comida, predica a todos los que viven en una granjería, paseándose de un extremo a otro y repitiendo muchas veces la misma exhortación hasta que acaba de recorrer el recinto, el cual tiene unos cien pasos de longitud. No les recomienda sino dos cosas el anciano: el valor contra los enemigos y la buena amistad para con sus mujeres, y a esta segunda recomendación añade siempre que ellas son las que les suministran la bebida templada y en sazón. En varios lugares pueden verse, yo tengo algunos de estos objetos en mi casa, la forma de sus lechos, cordones, espadas, brazaletes de madera con que se preservan los puños en los combates, y grandes bastones con una abertura por un extremo, con el toque de los cuales sostienen la cadencia en sus danzas. Llevan el pelo cortado al rape, y se afeitan mejor que nosotros, sin otro utensilio que una navaja de madera o piedra. Creen en la inmortalidad del alma, y que las que han merecido bien de los dioses van a reposar al lugar del cielo en que el sol nace, y las malditas al lugar en que el sol se pone.

Tienen unos sacerdotes y profetas que se presentan muy poco ante el pueblo, y que viven en las montañas a la llegada de ellos celébrase una fiesta y asamblea solemne, en la que toman parte varias granjas; cada una de éstas, según queda descrita, forma un pueblo, y éstos se hallan situados una legua francesa de distancia. Los sacerdotes les hablan en público, los exhortan a la virtud y al deber, y toda su ciencia moral hállase comprendida en dos artículos, que son la proeza en la guerra y la afección a sus mujeres. Los mismos sacerdotes pronostícanles las cosas del porvenir y el resultado que deben esperar en sus empresas, encaminándolos o apartándolos de la guerra. Mas si son malos adivinos, si predicen lo contrario de lo que acontece, se los corta y tritura en mil pedazos, caso de atraparlos, como falsos profetas. Por esta razón, aquel que se equivoca una vez, desaparece luego para siempre.

La adivinación es sólo don de Dios, y por eso debiera ser castigado como impostor el que de ella abusa. Entre los escitas, cuando los adivinos se equivocaban, tendíaseles, amarrados con cadenas los pies y las manos, en carros llenos de retama, tirados por bueyes, y así se los quemaba. Los que rigen la conducta de los hombres son excusables de hacer para lograr su misión lo que pueden; pero a esos otros que nos vienen engañando con las seguridades de una facultad extraordinaria, cuyo fundamento reside fuera de los límites da nuestro conocimiento, ¿por qué no castigalos en razón a que no mantienen el efecto de sus promesas, al par que por lo temerario de sus imposturas?

Los pueblos de que voy hablando hacen la guerra contra las naciones que viven del otro lado de las montañas, más adentro de la tierra firme. En estas luchas todos van desnudos; no llevan otras armas que arcos, o espadas de madera afiladas por un extremo, parecido a la hoja de un venablo. Es cosa sorprendente el considerar estos combates, que siempre acaban con la matanza y derramamiento de sangre, pues la derrota y el pánico son desconocidos en aquellas tierras. Cada cual lleva como trofeo la cabeza del enemigo que ha matado y la coloca a la entrada de su vivienda. A los prisioneros, después de haberles dado buen trato durante algún tiempo y de haberlos favorecido con todas las comodidades que imaginan, el jefe congrega a sus amigos en una asamblea, sujeta con una cuerda uno de los brazos del cautivo, y por el extremo de ella le mantiene a algunos pasos, a fin de no ser herido; el otro brazo lo sostiene de igual modo el amigo mejor del jefe; en esta disposición, los dos que le sujetan destrozan a espadazos. Hecho esto, le asan, se lo comen entre todos, y envían algunos trozos a los amigos ausentes. Y no se lo comen para alimentarse, como antiguamente hacían los escitas, sino para llevar la venganza hasta el último límite; y así es en efecto, pues habiendo advertido que los portugueses que se unieron a sus adversarios ponían en práctica otra clase de muerte contra ellos cuando los cogían, la cual consistía en enterrarlos hasta la cintura y lanzarles luego en la parte descubierta gran número de flechas para después ahorcarlos, creyeron que estas gentes del otro mundo, lo mismo que las que habían sembrado el conocimiento de muchos vicios por los pueblos circunvecinos, que se hallaban más ejercitadas que ellos en todo género de malicia, no realizaban sin su por qué aquel género de venganza, que desde entonces fue a sus ojos más cruel que la suya; así que abandonaron su antigua práctica por la nueva de los portugueses. No dejo de reconocer la barbarie y el horror que supone el comerse al enemigo, mas sí me sorprende que comprendamos y veamos sus faltas y seamos ciegos para reconocer las nuestras. Creo que es más bárbaro comerse a un hombre vivo que comérselo muerto; desgarrar por medio de suplicios y tormentos un cuerpo todavía lleno de vida, asarlo lentamente, y echarlo luego a los perros o a los cerdos; esto, no sólo lo hemos leído, sino que lo hemos visto recientemente, y no es que se tratara de antiguos enemigos, sino de vecinos y conciudadanos, con la agravante circunstancia de que para la comisión de tal horror sirvieron de pretexto la piedad y la religión. Esto es más bárbaro que asar el cuerpo de un hombre y comérselo, después de muerto.

Crisipo y Zenón, maestros de la secta estoica, opinaban que no había inconveniente alguno en servirse de nuestros despojos para cualquier cosa que nos fuera útil, ni tampoco en servirse de ellos como alimento. Sitiados nuestros antepasados por César en la ciudad de Alesia, determinaron, para no morirse de hambre, alimentarse con los cuerpos de los ancianos, mujeres y demás personas inútiles para el combate.


Vascones, ut fama est, alimentis talibus usi

produxere animas.[269]


Los mismos médicos no tienen inconveniente en emplear los restos humanos para las operaciones que practican en los cuerpos vivos, y los aplican, ya interior ya exteriormente. Jamás se vio en aquellos países opinión tan relajada que disculpase la traición, la deslealtad, la tiranía y la crueldad, que son nuestros pecados ordinarios. Podemos, pues, llamarlos bárbaros en presencia de los preceptos que la sana razón dicta, mas no si los comparamos con nosotros, que los sobrepasamos en todo género de barbarie. Sus guerras son completamente nobles y generosas; son tan excusables y abundan en acciones tan hermosas como esta enfermedad humana puede cobijar. No luchan por la conquista de nuevos territorios, pues gozan todavía de la fertilidad natural que los procura sin trabajo ni fatigas cuanto les es preciso, y tan abundantemente que les sería inútil ensanchar sus límites. Encuéntranse en la situación dichosa de no codiciar sino aquello que sus naturales necesidades les ordenan; todo lo que a éstas sobrepasa es superfluo para ellos. Generalmente los de una misma edad se llaman hermanos, hijos los menores, y los ancianos se consideran como padres de todos. Estos últimos dejan a sus herederos la plena posesión de sus bienes en común, sin más títulos que el que la naturaleza da a las criaturas al echarlas al mundo. Si sus vecinos trasponen las montañas para sitiarlos y logran vencerlos, el botín del triunfo consiste únicamente en la gloria y superioridad de haberlos sobrepasado en valor y en virtud, pues de nada les servirían las riquezas de los vencidos. Regresan a sus países, donde nada de lo preciso los falta, y donde saben además acomodarse a su condición y vivir contentos con ella. Igual virtud adorna a los del contrario bando. A los prisioneros no les exigen otro rescate que la confesión y el reconocimiento de haber sido vencidos; pero no se ve ni uno solo en todo el transcurso de un siglo que no prefiera antes la muerte que mostrarse cobarde ni de palabra ni de obra; ninguno pierde un adarme de su invencible esfuerzo, ni se ve ninguno tampoco que no prefiera ser muerto y devorado antes que solicitar el no serlo. Trátanlos con entera libertad a fin de que la vida les sea más grata, y les hablan generalmente de las amenazas de una muerte próxima, de los tormentos que sufrirán, de los preparativos que se disponen a este efecto, del magullamiento de sus miembros y del festín que se celebrará a sus expensas. De todo lo cual se echa mano con el propósito de arrancar de sus labios alguna palabra blanda o alguna bajeza, y también para hacerlos entrar en deseos de fluir para de este modo poder vanagloriarse de haberlos metido miedo y quebrantado su firmeza, pues consideradas las cosas rectamente, en este solo punto consiste la victoria verdadera:


Victoria nulla est,

quam quae confessos animo quoque subjugat hostes.[270]


Los húngaros, combatientes belicosísimos, no iban tampoco en la persecución de sus enemigos más allá de ese punto de reducirlos a su albedrío. Tan luego como de ellos alcanzaban semejante confesión, los dejaban libres, sin ofenderlos ni pedirles rescate; lo más a que llegaban las exingencias de los vencedores era a obtener promesa de que en lo sucesivo no se levantarían en armas contra ellos. Bastantes ventajas alcanzamos sobre nuestros enemigos, que no son comunmente sino prestadas y no peculiares nuestras. Más propio es de un mozo de cuerda que de la fortaleza de ánimo el tener los brazos y las piernas duros y resistentes; la buena disposición para la lucha es una cualidad muerta y corporal; de la fortuna depende el que venzamos a nuestro enemigo, y el que le deslumbremos. Es cosa de habilidad y destreza, y puede estar al alcance de un cobarde o de un mentecato el ser consumado en la esgrima. La estimación y el valer de un hombre residen en el corazón y en la voluntad; en ellos yace el verdadero honor. La valentía es la firmeza, no de las piernas ni de los brazos, sino la del vigor y la del alma. No consiste en el valor de nuestro caballo ni en la solidez de nuestra armadura, sino en el temple de nuestro pecho. El que cae lleno de ánimo en el combate, si succiderit, de genu pugnat[271];el que desafiando todos los peligros ve la muerte cercana y por ello no disminuye un punto en su fortaleza; quien al exhalar el último suspiro mira todavía a su enemigo con altivez y desdén, son derrotados no por nosotros, sino por la mala fortuna; muertos pueden ser, mas no vencidos. Los más valientes son a veces los más infortunados, así que puede decirse que hay pérdidas triunfantes que equivalen a las victorias. Ni siquiera aquellas cuatro hermanas, las más hermosas que el sol haya alumbrado sobre la tierra, las de Salamina, Platea, Micala y Sicilia, podrán jamás oponer toda su gloria a la derrota del rey Leónidas y de los suyos en el desfiladero de las Termópilas. ¿Quién corrió nunca con gloria más viva ni ambiciosa a vencer en el combate que el capitán Iscolas a la pérdida del mismo? ¿Quién con curiosidad mayor se informó de su salvación que él de su ruina? Estaba encargado de defender cierto paso del Peloponeso contra los arcadios, y como se sintiera incapaz de cumplir su misión a causa de la naturaleza del lugar y de la desigualdad de fuerzas, convencido de que todo cuanto los enemigos quisieran hacer lo harían, y por otra parte, considerando indigno de su propio esfuerzo y magnanimidad, así como también del nombre lacedemonio er derrotado, adoptó la determinación siguiente: los más jóvenes y mejor dispuestos de su ejército reservolos para la defensa y servicio de su país, y les ordenó que partieran; con aquellos cuya muerte era de menor trascendencia decidió defender el desfiladero, y con la muerte de todos hacer pagar cara a los enemigos la entrada, como sucedió efectivamente, pues viéndose de pronto rodeado por todas partes por los arcadios, en quienes hizo una atroz carnicería, él y los suyos fueron luego pasados a cuchillo. ¿Existe algún trofeo asignado a los vencedores que no pudiera aplicarse mejor a estos vencidos? El vencer verdadero tiene por carácter no el preservar la vida, sino el batallar, y consiste el honor de la fortaleza, en el combatir, no en el derrotar.

Volviendo a los caníbales, diré que, muy lejos de rendirse los prisioneros por las amenazas que se les hacen, ocurre lo contrario; durante los dos o tres meses que permanecen en tierra enemiga están alegres, y meten prisa a sus amos para que se apresuren a darles la muerte, desafiándolos, injuriándolos, y echándoles en cara la cobardía y el número de batallas que perdieron contra los suyos. Guardo una canción compuesta por uno de aquéllos, en que se leen los rasgos siguientes: «Que vengan resueltamente todos cuanto antes, que se reúnan para comer mi carne, y comerán al mismo tiempo la de sus padres y la de sus abuelos, que antaño sirvieron de alimento a mi cuerpo; estos músculos, estas carnes y estas venas son los vuestros, pobres locos; no reconocéis que la sustancia de los miembros de vuestros antepasados reside todavía en mi cuerpo; saboreadlos bien, y encontraréis el guste de vuestra propia carne.» En nada se asemeja esta canción a las de los salvajes. Los que los pintan moribundos y los representan cuando se los sacrifica, muestran al prisionero escupiendo en el rostro a los que le matan y haciéndoles gestos. Hasta que exhalan el último suspiro no cesan de desafiarlos de palabra y por obras. Son aquellos hombres, sin mentir, completamente salvajes comparados con nosotros; preciso es que lo sean a sabiendas o que lo seamos nosotros. Hay una distancia enorme entre su manera de ser y la nuestra.

Los varones tienen allí varias mujeres, en tanto mayor número cuanta mayor es la fama que de valientes gozan. Es cosa hermosa y digna de notarse en los matrimonios, que en los celos de que nuestras mujeres echan mano para impedirnos comunicación y trato con las demás, las suyas ponen cuanto está de su parte para que ocurra lo contrario. Abrigando mayor interés por el honor de sus maridos que por todo lo demás, emplean la mayor solicitud de que son capaces en recabar el mayor número posible de compañeras, puesto que tal circunstancia prueba la virtud de sus esposos. Las nuestras tendrán esta costumbre por absurda, mas no lo es en modo alguno, sino más bien una buena prenda matrimonial, de la cualidad más relevante. Algunas mujeres de la Biblia: Lía, Raquel, Sara y las de Jacob, entre otras, facilitaron a sus maridos sus hermosas sirvientes. Livia secundó los deseos de Augusto en perjuicio propio. Estratonicia, esposa del rey Dejotaro, procuró a su marido no ya sólo una hermosísima camarera que la servía, sino que además educó con diligencia suma los hijos que nacieron de la unión, y los ayudó a que heredaran el trono de su marido. Y para que no vaya a creerse que esta costumbre se practica por obligación servil o por autoridad ciega del hombre, sin reflexión ni juicio, o por torpeza de alma, mostraré aquí algunos ejemplos de la inteligencia de aquellas gentes. Además de la que prueba la canción guerrera antes citada, tengo noticia de otra amorosa, que principia así: «Detente, culebra; detente, a fin de que mi hermana copie de tus hermosos colores el modelo de un rico cordón que yo pueda ofrecer a mi amada; que tu belleza sea siempre preferida a la de todas las demás serpientes.» Esta primera copla es el estribillo de la canción, y yo creo haber mantenido, suficiente comercio: con los poetas para juzgar de ella, que no sólo nada tiene de bárbara, sino que se asemeja a las de Anacreonte. El idioma de aquellos pueblos es dulce y agradable, y las palabras terminan de un modo semejante a las de la lengua griega.

Tres hombres de aquellos países, desconociendo lo costoso que sería un día a su tranquilidad y dicha el conocimiento de la corrupción del nuestro, y que su comercio con nosotros engendraría su ruina, como supongo que habrá ya acontecido, por la locura de haberse dejado engañar por el deseo de novedades, y por haber abandonado la dulzura de su cielo para ver el nuestro, vinieron a Ruán cuando el rey Carlos IX residía en esta ciudad. El soberano los habló largo tiempo; mostrárenseles nuestras maneras, nuestros lujos, y cuantas cosas encierra una gran ciudad. Luego alguien quiso saber la opinión que formaran, y deseando conocer lo que les había parecido más admirable, respondieron que tres cosas (de ellas olvidé una y estoy bien pesaroso, pero dos las recuerdo bien): dijeron que encontraban muy raro que tantos hombres barbudos, de elevada estatura, fuertes y bien armados como rodeaban al rey (acaso se referían a los suizos de su guarda) se sometieran a la obediencia de un muchachillo, no eligieran mejor uno de entre ellos para que los mandara. En segundo lugar (según ellos la mitad de los hombres vale por lo menos la otra mitad), observaron que había entre nosotros muchas personas llenas y ahítas de toda suerte de comodidades y riquezas; que los otros mendigaban de hambre y miseria, y que les parecía también singular que los segundos pudieran soportar injusticia semejante y que no estrangularan a los primeros, o no pusieran fuego a sus casas.

Yo hablé a mi vez largo tiempo con uno de ellos, pero tuve un intérprete tan torpe o inhábil para entenderme, que fue poquísimo el placer que recibí. Preguntándole qué ventajas alcanzaba de la superioridad de que se hallaba investido entre los suyos, pues era entre ellos capitán, nuestros marinos le llamaban rey, díjome que la de ir a la cabeza en la guerra. Interrogado sobre el número de hombres que le seguían, mostrome un lugar para significarme que tantos como podía contener el sitio que señalaba (cuatro o cinco mil). Habiéndole dicho si fuera de la guerra duraba aún su autoridad, contestó que gozaba del privilegio, al visitar los pueblos que dependían de su mando, de que lo abriesen senderos al través de las malezas y arbustos, por donde pudiera pasar a gusto. Todo lo dicho en nada se asemeja a la insensatez ni a la barbarie. Lo que hay es que estas gentes no gastan calzones ni coletos.


 

De la conveniencia de juzgar sobriamente de las cosas divinas

El más adecuado terreno, el que se encuentra más sujeto a error e impostura, es el discurrir sobre las cosas desconocidas pues en primer lugar, la singularidad misma del asunto hace que las concedamos crédito, y luego, como esas cosas no forman la materia corriente de nuestra reflexión, nos quitan el medio de combatirlas. Por eso dice Platón que es mucho más fácil cautivar a un auditorio cuando se le habla de la naturaleza de los dioses que cuando se trata de la naturaleza de los hombres; la ignorancia de los oyentes procura libertad grande al ocuparse de una cuestión oculta. De aquí se sigue que nada se cree con mayor firmeza que aquello que se conoce menos; ni hay hombres más seguros de lo que dicen que los que nos refieren cosas fabulosas, como los alquimistas, adivinos, quirománticos, astrólogos, médicos, id genus omne[272], a los cuales añadiría de buen grado, si a tanto osara, una caterva de gentes, intérpretes y fiscalizadoras ordinarias de los designios de Dios, que hacen profesión de inquirir las causas de cada accidente y de ver en los arcanos de la voluntad divina los motivos inescrutables de sus obras; y aun cuando la variedad y continua discordancia de esos acontecimientos los lleva de un extremo al opuesto, de oriente a occidente, no por eso dejan de ser descifradores impertérritos, y con el mismo lapicero pintan lo blanco y lo negro.

En un pueblo de las Indias existe esta laudable costumbre: cuando pierden algún encuentro o batalla piden públicamente perdón al sol, que es su dios, de su culpa, como si hubieran cometido una acción injusta, relacionando su dicha o desdicha a la razón divina, y sometiéndola su juicio y sus acciones. Para un buen cristiano es suficiente creer que todas las cosas Dios nos las envía, y recibirlas además con reconocimiento de su divina o inescrutable sabiduría; así que deben tomarse siempre en buena parte, ya produzcan el mal ya el bien. No puedo menos de censurar la conducta que ordinariamente veo seguir a muchas gentes, las cuales apoyan nuestra religión conforme a la prosperidad de sus empresas. Cuenta nuestra fe bastantes otros fundamentos, sin necesidad de autorizarla con el curso bueno o malo de los acontecimientos terrenales. Acostumbrado el pueblo a aquellos argumentos, que aplaude y encuentra muy dignos de su agrado, se le expone a que su fe vacile cuando los sucesos le sean adversos y la ventura no le acompañe. Ocurre lo propio con nuestras guerras de religión; los que ganaron la batalla de la Rochelabeille, metieron grande algazara por semejante accidente, y se sirvieron de su fortuna para probar que era justa la causa que defendían; luego tratan de explicar sus descalabros de Montcontour y de Jarnac, diciendo que ésos fueron castigos paternales: si no tuvieran un pueblo a su disposición completa para embaucarlo, se convencería éste fácilmente de que todo eso no son más que artificios engañosos. Valdría mucho más enseñarle los sólidos fundamentos de la verdad. En estos meses pasados ganaron los españoles una batalla gloriosa contra los turcos, mandando las fuerzas cristianas don Juan de Austria. Otras derrotas hemos sufrido nosotros también por la voluntad de Dios, y eso que no somos turcos. En conclusión, es difícil acomodar las cosas divinas a nuestra balanza sin que sufran menoscabo. Quien pretenda explicarse que León y Arrio, principales sectarios de la herejía arriana, acabaron, aunque en épocas diversas, de muertes semejantes (retirados de la disputa a causa del dolor de vientre, ambos expiraron repentinamente en un común); quienquiera ver un testimonio de la venganza divina en la circunstancia de morir en un lugar tan inmundo, tendrá que añadir a aquéllas la muerte de Heliogábalo, que fue asesinado en una letrina; y sin embargo, Irene, santa mujer a quien adornaban todas las virtudes, se encuentra en el mismo caso. Queriendo Dios enseñarnos que los buenos tienen otra cosa que esperar y los malos otra cosa que temer que las bienandanzas o malandanzas terrenales, se sirve de ambas y las aplica por medios ocultos, despojándonos así de todo recurso de alcanzar torpemente nuestro provecho, con nuestra experiencia. Equivócanse de medio a medio los que quieren prevalerse de la razón humana, y jamás encuentran una explicación atinada sin que al punto les asalten dos contrarias; de lo cual saca san Agustín sólidos argumentos contra sus adversarios. Es un conflicto que solucionamos con las armas de la memoria más bien que con las de la razón. Menester es que nos conformemos con la luz que place al sol comunicarnos. Quien eleve la mirada a fin de procurarse claridad mayor, no extrañe si por castigo de su osadía se queda ciego. Quis hominum potest scire consilium Dei?, aut quis poterit cogitare quid velit Dominus?[273]



De cómo algunos buscaron la muerte por huir los placeres de la vida

La mayor parte de los antiguos filósofos convienen en que la muerte es preferible a la vida cuando de ésta se esperan más desdichas que bienandanzas; y afirman que poner ahínco en conservar la existencia para sufrir tormentos y trabajos es ir contra los preceptos mismos de la naturaleza, como enseñan estos versos griegos:


, [274]

 [275]

 [276 - 277]


Pero llevar el desdén de la muerte al extremo de buscarla para evitar honores, riquezas, grandezas y otros favores y bienes, que conocemos con el nombre de beneficios de la fortuna, como si la razón sola no bastara a persuadirnos de la conveniencia de abandonarlos sin necesidad de echar mano de aquel remedio supremo, no lo había visto ordenar ni practicar hasta que me cayó en las manos un pasaje de Séneca, en el cual el filósofo aconseja a Lucilio, personaje influyentísimo y de gran autoridad cerca del emperador que trueque la vida de voluptuosidad y pompa por el abandono del mundo, y se retire a la vida solitaria, apacible y filosófica. A la realización de tales consejos, Lucilio opone algunas dificultades: «Mi parecer es, le dice Séneca, que dejes esa manera de vivir o la vida misma; yo te aconsejo que sigas camino más apacible, y que mejor que romper, desates lo que tan mal has anudado; mas si no se pudiera desatar, rómpelo: no hay hombre tan cobarde que no prefiera caer de una vez a permanecer siempre tambaleándose.» Hubiera encontrado este consejo natural en la rudeza estoica, pero lo extraño es que está tomado de Epicuro, que escribe de un modo parecido a Idomeneo en una ocasión semejante. Algún rasgo análogo tengo idea de haber advertido entre nosotros, pero éste iba acompañado de la moderación cristiana.

San Hilario, obispo de Poitiers enemigo famoso de la herejía arriana, encontrándose en Siria tuvo noticia de que su hija única, que se llamaba Abra, a quien había dejado en las Galias en compañía de su madre, era solicitada para casarse por los importantes señores del país, como joven muy bien educada, hermosa, rica, y que se hallaba además en la flor de su edad; su padre la escribió (prueba tenemos de ello) que desechara su afición a todas esas bienandanzas y placeres con que la brindaban, porque él había encontrado en su viaje un partido preferible, mucho más digno y grande: un marido de magnificencia y poderío bien distintos, el cual la obsequiaría con trajes y joyas de valor inestimable. Su designio no era otro que hacerla perder el gusto de los placeres mundanos para que ganara la gloria; pero antojándosele que para ello el camino más breve y seguro era la muerte de su hija, no cesó un momento de pedir a Dios que la quitara del mundo y la llamase a su seno, como aconteció en efecto, pues al poco tiempo de regresar al país murió Abra, con lo cual su padre recibió singular contento. Este caso sobrepasa los anteriores, porque la muerte es solicitada, por intercesión de Dios, y demás porque es un padre quien la pide para su hija única; mientras que los otros se encaminan por sí mismos a la desaparición para la cual emplean medios exclusivamente humanos. No quiero omitir el desenlace de esta historia, aunque sea extraña al asunto de que hablo. Enterada la mujer de san Hilario de que la muerte de su hija aconteció por designio y voluntad del padre, e informada además de que la joven sería mucho más dichosa que si hubiera permanecido en este mundo, tomó una afección tan viva a la beatitud eterna y celeste, que solicitó de su marido con extrema insistencia el que rogara a Dios por su fin próximo. Oyendo Dios las oraciones de los esposos, la llamó poco después a su seno, y fue una muerte aceptada con singular contentamiento de ambos cónyuges.



Coincidencias del acaso y la razón

La inconstancia de los movimientos diversos de la fortuna es causa de que ésta nos muestre toda suerte de semblantes. ¿Hay algún acto de justicia más palmario que el siguiente? Habiendo resuelto el duque de Valentinois envenenar a Adriano, cardenal de Cornete, en cuya casa del Vaticano estaban invitados a comer el pan Alejandro VI su padre y aquél, mandó que llevaran al banquete antes de que él compareciera una botella devino envenenado, y ordenó al copero que la guardase cuidadosamente; como el papa llegara antes que el de Valentinois, y pidiera de beber, le sirvieron vino de la botella por suponer que era el mejor; el duque mismo pocos momentos después, creyendo que no habrían tocado a su vino, bebió a su vez, de suerte que el padre murió de repente, y el hijo, después de haber estado largo tiempo atormentado por la enfermedad, experimentó todavía suerte peor que si de ella hubiera sucumbido.

Diríase que algunas veces la fortuna se burla bonitamente de nosotros en los momentos más críticos. El señor de Estrée, a la sazón portaestandarte del señor de Vandome, el señor de Licques, teniente de la compañía del duque de Ascot, en ocasión en que ambos se encontraban enamorados de la hermana del señor de Foungueselles, aunque pertenecía a distintos partidos, el de Licques resultó vencedor; mas el mismo día de la boda, y lo que es aun más triste, antes de la noche nupcial, el recién casado, sintiendo deseos de romper una lanza en favor de su nueva esposa, salió a la escaramuza cerca de Saint-Omer, donde el de Estrée, desplegando superiores fuerzas, le hizo prisionero, y para sacar partido de su victoria, fue necesario además que la doncella,


Conjuges ante coacta novi dimittere collum,

quam veniens una atque altera rursus hyems

noctibus in longis avidum saturasset amorem[278],


la cual cortésmente le pidió luego que lo devolviera su prisionero, como así lo hizo el vencedor; que la nobleza francesa jamás rechazó a las damas ninguna petición.

Los caprichos de la fortuna parecen a veces combinados por el arte. Constantino, hijo de Elena, fundó el imperio de Constantinopla; al cabo de buen número de siglos, Constantino, hijo de Elena, lo acabó. En ocasiones se complace en sobrepasar hasta los mismos milagros a que damos fe. Sabemos que cuando Clodoveo cercó a Angulema, las murallas de la ciudad se desplomaron por gracia divina. Bouchet dice, tomándolo de otro autor, que en ocasión en que el rey Roberto sitiaba una plaza, habiéndose alejado del recinto de la misma para dirigirse a Orleáns a solemnizar la santa fiesta de Aignán, mientras asistía devotamente a la misa, los muros de la plaza sitiada cayeron de pronto en ruinas. La fortuna lo acomodó todo al revés en nuestras guerras de Milán, pues al capitán Ranse, de nuestro ejército, cercando a Erone, hizo poner la mina bajo una parte del muro, el cual, saltando bruscamente, cayó perpendicular, sin que por ello se vieran menos defendidos los sitiados.

Otras veces ejerce la medicina con singular acierto. Viéndose Jasón Fereo desahuciado por los médicos a causa de una apostema que tenía en el pecho, y ardiendo en deseos de limpiarse de ella aun a costa de la vida, lanzose en un combate en medio de la turba de los enemigos. Una herida que recibió la reventó la apostema y le curó radicalmente. El acaso sobrepasó al pintor Protógones en el conocimiento de su arte. Había el artista trasladado al lienzo la imagen de un perro rendido de fatiga, y estaba satisfecho de su obra en todos sus detalles, pero como no acertara a pintar a su gusto la espuma y la baba del animal, incomodado, cogió la esponja, y como estaba empapada con pinturas de diversos colores, al arrojarla contra el cuadro para borrarlo, la casualidad hizo que diera en el hocico del perro y realizara la obra que el arte no había podido efectuar. A veces endereza nuestras deliberaciones y las corrige viéndose obligada Isabel, reina de Inglaterra, a pasar de Zelanda a su país con el ejército para combatir en pro de su hijo contra su marido, la hubiera ido muy mal de llegar al puerto que deseaba, porque en él la aguardaban sus enemigos; mas contra su voluntad, el acaso arrojola en otra parte, donde pudo desembarcar con seguridad completa. Y aquel hombre de la antigüedad que al lanzar una piedra a un perro dio a su madrastra y la mató, ¿no tuvo motivo sobrado para recitar este verso?


 [279]


Icetas sobornó a dos soldados para dar muerte a Timoleón, que se encontraba en Adra, en Sicilia. Puestos de acuerdo para realizar su empresa en el momento en que la víctima celebrara algún sacrificio en el templo, hallándose ya en medio de la multitud, como se hicieran una seña para lanzarse a la obra, surge de pronto un tercero que acaba instantáneamente con su espada a uno de los asesinos y escapa. El compañero del muerto, suponiéndose descubierto y perdido, se dirige al altar y pide gracia prometiendo declarar toda la verdad. Tan luego como hubo relatado los pormenores de la conjura, aparece el que había huido, a quien habían atrapado, y a quien el pueblo maltrata, pisotea y arrastra hacia el lugar que ocupa Timoleón y los personajes principales de su séquito. Allí solicita la gracia del soberano y declara haber dado justa muerte al asesino de su padre, probando en el momento mismo, con testigos que su buena estrella le había procurado inopinadamente, que efectivamente su padre había sido muerto en la ciudad de los Leontinos por la misma persona a quien él acababa de matar. Entonces fue gratificado con diez minas áticas por haber tenido la dicha de vengar la muerte del autor de sus días, al par que salvado la vida del padre común de los sicilianos. Este conjunto de casualidades sobrepasa todas las previsiones de la prudencia humana.

Y para concluir, ¿no se descubre en el hecho siguiente una demostración palmaria del favor, bondad y piedad singulares de la fortuna? Proscriptos de Roma por los triunviros Ignacio y su hijo, determinaron ambos quitarse juntos la vida, dejándola el uno en las manos del otro para frustrar así la crueldad de los tiranos. Lanzáronse el uno contra el otro con la espada empuñada, e hizo el acaso que padre e hijo recibieran dos golpes igualmente mortales, concediendo además en honor de una tan hermosa amistad, que tuvieran todavía la fuerza de apartar de sus pechos los brazos armados y sangrientos, para estrecharse tan fuertemente, que los verdugos cortaron juntas las dos cabezas, dejando los cuerpos unidos, y juntas también las heridas, absorbiéndose amorosamente la sangre y los restos de una y otra existencia.



De un vacío en nuestros usos públicos

Mi difunto padre (que era hombre de juicio claro para no ayudarse sino de la experiencia natural) me habló hace tiempo de su deseo de ver establecido en las ciudades un lugar al cual pudieran acudir los que tuvieran necesidad de alguna cosa, y donde un empleado puesto al efecto registrase el asunto de que se tratara; por ejemplo, tal individuo quiere vender perlas, tal otro quiere comprar; tal persona desea compañía para ir a París; tal otra busca un servidor de ésta o de aquella condición; otro busca un amo; tal necesita un obrero; en fin, quiénes unas cosas, quiénes otras, cada cual según sus necesidades. Es probable que este medio de ponernos al corriente proporcionaría alguna ventaja al bienestar público, pues en toda ocasión hay cosas que se desean y por falta de comunicación se ven muchas gentes en la necesidad más extrema.

No puedo menos de recordar con vergüenza para nuestro siglo que a nuestra vista muchos excelentísimos personajes en ciencia por no tener que comer: Lilio Gregorio Giraldo, en Italia, Sebastián Castellón, en Alemania, y creo que existen miles de personas que los hubieran acomodado en condiciones muy ventajosas, o socorrido en las ciudades mismas donde se encontraban, de haber conocido su situación. El mundo no está tan universalmente corrompido; yo conozco alguien que desearía muy vivamente que los medios que los suyos le pusieron en las manos pudieran emplearse a tenor de los intereses de que goza, mientras a la fortuna plazca conservárselos, en poner al abrigo de la necesidad a los hombres singulares y notables en cualquier clase de saber y valer, a quienes la desdicha combate a veces hasta el último límite; esa persona les procuraría facilidades en las tenebreces de la vida, con las cuales, de ser razonables, se conformarían.

En el manejo de los asuntos de su casa, mi padre seguía un orden que yo ensalzo como merece, pero que no soy capaz de imitar. A más del registro de las cosas domésticas, donde se sientan las cuentas menudas, pagos, compras y en general todo aquello en que no precisa el concurso del notario, registro que está a cargo de un administrador, ordenaba a su secretario que tuviera un papel en el que se insertaban todos los acontecimientos dignos de alguna recordación, día por día; el cual formaba como las memorias para la historia de la casa, muy gratas de repasar cuando el tiempo comienza a borrar la huella de las cosas pasadas, y muy adecuado medio para saber en qué tiempo acontecieron. Consignábase la fecha en que tal trabajo se comenzó y la en que se acabó; quiénes fueron las personas que pasaron por su residencia, y cuánto tiempo se detuvieron; nuestros viajes, ausencias, matrimonios y defunciones; las noticias buenas y malas; el cambio de los principales servidores y otros sucesos análogos. Es ésta una costumbre antigua, que a mi entender debería refrescar cada cual en su chisconera. Yo reconozco la torpeza que cometí al dejar de practicarla.



De la costumbre de vestirse

Cualquiera que sea el asunto de que yo trate, siempre me precisa ir en algún respecto contra los usos recibidos; en tal grado éstos han tomado todas las- avenidas. Reflexionaba yo en esta fría estación del año si la costumbre de ir completamente desnudos en esas naciones últimamente descubiertas, la determina la temperatura cálida del aire, como vemos en los indios y en los moros, o si obedece a natural necesidad del hombre. Las gentes de entendimiento se han hecho con frecuencia consideraciones parecidas, puesto que todo cuanto cobija la bóveda celeste, como dice al Sagrada Escritura, está sujeto a las mismas leyes, entre las cuales se trata de distinguir las que son naturales de las que fueron falseadas, y de recurrir para buscar la razón primordial de las cosas al general gobierno del mundo, donde nada contrahecho puede haber. De suerte que, hallándose todos los seres vivos provistos de aguja o hilo para cubrir sus desnudeces, no es creíble que seamos sólo nosotros los que no podamos subsistir sin extraño auxilio. Así yo entiendo que como las plantas, los árboles, los animales y o por cuanto vive se encuentra por la naturaleza dotado de suficiente cobertura para defenderse de las injurias del tiempo,


Proptercaque fere res omnes, aut corio sunt

aut seta, aut conchis, aut callo, aut cortice, tectae, [280]


de igual beneficio gozábamos nosotros, pero como aquellos que prescinden de la luz del día para servirse de la artificial, hemos ahogado nuestros medios naturales para echar mano de los ajenos.

Es bien fácil convencerse de que la costumbre es la que nos hace imposible lo que en realidad no lo es, pues entre los pueblos que desconocen toda clase de vestidos los hay que están situados bajo un cielo semejante al nuestro, y también existen otros en que la temperatura es más ruda que la de nuestros climas. Consideremos además que las partes más delicadas de nuestro cuerpo las llevamos siempre al descubierto: los ojos, la boca, las narices y las orejas; y nuestros campesinos, como nuestros abuelos, llevan desnudos el pecho y el vientre. Si hubiéramos venido al mundo con el deber de vestir refajos y gregüescos, la naturaleza nos hubiera armado de una piel más resistente en el resto del cuerpo para soportar las intemperies, como ocurre con las yemas de los dedos y las plantas de los pies. Entre mi traje y el de un labriego de mi país encuentro mayor diferencia que entre su vestido y el de un hombre que va completamente desnudo. ¡Cuántos hombres hay, en Turquía sobre todo, que van en cueros vivos por practicar un acto devoto! No recuerdo quién preguntaba a un mendigo, a quien veía en camisa en pleno invierno, tan alegre como cualquiera otro que se tapa hasta las orejas, cómo podía vivir con tan ligero traje. «Usted, señor, respondió el interpelado, tiene la faz descubierta; pues bien suponga que yo soy todo faz.» Cuentan los italianos del bufón del duque de Florencia, que, preguntado por su amo cómo yendo tan mal ataviado podía resistir el frío, que él apenas soportaba, respondió: «Seguid mi ejemplo; echaos encima todos vuestros vestidos, como hago yo con los míos, y no tendréis frío ninguno.» El rey Masinisa no pudo nunca acostumbrarse a llevar cubierta la cabeza hasta que llegó a la vejez extrema, y soportaba así el frío, las tormentas y las lluvias. Lo propio se cuenta del emperador Severo. Refiere Herodoto, que en los combates de los egipcios y los persas, entre los que morían por haber recibido heridas en el cráneo, oponían mucha mayor resistencia los primeros que los segundos, en atención a que éstos llevaban siempre sus cabezas cubiertas con gorros y turbantes. Los egipcios llevaban las suyas rapadas desde la infancia y siempre a la intemperie. El rey Agesilao vistió siempre igual traje en invierno y en verano hasta la vejez más caduca. Según Suetonio, César marchaba constantemente a la cabeza de sus tropas, generalmente a pie, sin nada en la cabeza, lo mismo cuando hacía sol que cuando llovía. Otro tanto se dice de Aníbal,


Tum vertice nudo

excipere insanos imbres, caelique ruinam.[281]


Un veneciano que acaba de llegar del Perú, donde ha permanecido largo tiempo escribe que en aquellas regiones las gentes van descalzas hasta cuando cabalgan, y llevan cubiertas las demás partes del cuerpo. Platón aconseja expresamente, que para la conservación de la salud lo mejor de todo es llevar desnudos los pies y la cabeza. El monarca que los polacos han elegido para que los gobierne, después del nuestro, y que es en verdad uno de los príncipes más grandes de nuestro siglo, no lleva nunca guantes; así en invierno como en verano usa el mismo bonete en la calle con que se cubre la cabeza en su casa. De la propia suerte que yo no puedo tolerar el ir desabotonado ni con los vestidos sueltos, los jornaleros de mi vecindad se violentarían si lo fueran. Dice Varrón que al ordenar que permanezcamos con la cabeza descubierta en presencia de los dioses o del magistrado, se atiende más a nuestra salud y a fortalecernos contra las injurias del tiempo que al respeto y reverencia. Y puesto que hablamos del frío, y como franceses estamos habituados a abígarrarnos (aunque esto no reza conmigo, pues no me visto sino de negro o de blanco, a imitación de mi padre) añadamos otro sucedido. Refiere el capitán Martín del Bellay que en su viaje al Luxemburgo vio heladas tan terribles, que el vino de la guarnición se cortaba a hachazos y se pesaba al entregarlo a los soldados, que lo llevaban en cestos. Y Ovidio:


Nudaque consistunt formam servantia testae

vina, nec hausta meri, sed data frusta, bibunt.[282]


Las heladas son tan rudas en la embocadura del Palus Meotides[283], que en el mismo lugar en que el lugarteniente de Mitrídates libró a pie enjuto una batalla contra sus enemigos, llegado el verano ganó contra los mismos un combate naval. Los romanos experimentaron desventaja grande en el que sostuvieron contra los cartagineses cerca de Plasencia por haber entrado en la lid con la sangre congelada y los miembros ateridos por el frío; mientras que Aníbal mandó hacer hogueras para que se calentaran sus soldados, y además distribuyó aceite entre ellos a fin de que se untaran y vivificaran sus nervios, y también para que se cerrasen los poros contra el cierzo helado que reinaba.

La retirada de los griegos de Babilonia a su país es famosa por las dificultades y trabajos que tuvieron que vencer. Sorprendidos en las montañas de Armenia por una horrible tempestad de nieves, perdieron el conocimiento del lugar en que se hallaban y el de los caminos; y viéndose detenidos de pronto, permanecieron un día y una noche sin comer ni beber. La mayor parte de los animales que llevaban sucumbieron, y también muchos hombres; a otros cegó el granizo y el resplandor de la nieve; otros se quedaron cojos y muchos transidos, rígidos o inmóviles, conservando entera la lucidez de sus facultades.

Alejandro vio una nación en que se enterraban los árboles frutales durante el invierno para resguardarlos de las heladas. En nuestro país podemos también ver igual costumbre.

En punto a trajes, el rey de Méjico cambiaba cuatro veces al día sus vestiduras; nunca se servía de uno mismo dos veces, y empleaba tan gran deshecho en sus continuas liberalidades y recompensas. Tampoco usaba más que una sola vez de los jarros, platos y otros utensilios de mesa y cocina.



Del joven Catón

No soy de los que incurran en el error de juzgar a los demás según mis peculiares sentimientos. Creo de buen grado en las cosas que más difieren de mi naturaleza y de mi manera de ser. Por la circunstancia de sentirme inclinado a una costumbre no obligo a los demás a que la practiquen, como suele acontecer generalmente; creo y concibo mil maneras diferentes de vivir a la mía, y contraria mente a las ideas del vulgo, me hago cargo con mayor facilidad de la diferencia que de la semejanza, al poner otras existencias en parangón con la mía. Sé desembarazarme de mis gustos al juzgar a quien difiere de mis condiciones y principios, y considerarlo simplemente, en sí mismo, sin relación alguna extraña, juzgándolo sobre su propio modelo. Porque yo no sea continente no dejo de aprobar con sinceridad cabal la honestidad de los cartujos y capuchinos, ni de acomodarme mentalmente a su regla de vida; por medio del espíritu colócome en el lugar de aquellos varones y los estimo y los honro tanto mas cuanto son diferentes de mí. Yo deseo muy singularmente que a cada cual se le juzgue según es, y por lo que a mí toca, que no se me considere según los principios comunes. Mi flojedad no modifica en modo alguno la opinión que debe merecerme la fuerza y el vigor en los que poseen estas cualidades: Sunt qui nihil suadent, quam quod se imitari posse confidunt284. Porque yo me arrastre por el cieno no dejo de elevar hasta las nubes la inimitable alteza de algunas almas heroicas, y encuentro en mi meritorio tener el juicio bien equilibrado aun cuando los efectos de éste no correspondan a las acciones; así mantengo al menos sana esta parte principal de mi individuo, algo es ya tener la voluntad sana cuando las piernas faltan. El siglo en que vivimos, por lo menos en lo que a nuestros climas toca, es tan pesado de atmósfera que no ya la ejecución sino hasta la sola imaginación de la virtud es difícil, y diríase que ésta no es otra cosa que pura jerga de colegiales:


Virtutem verba putant, ut

lucem ligna[285],


quam vereri deberent, etiam si percipere non possent286; un chirimbolo para colgarlo en un gabinete, o un vocablo que tenemos en la punta de la lengua, y que suena en nuestro oído como cosa de adorno. Ya no se encuentra ni una sola acción virtuosa; las que lo parecen lo son sólo en apariencia, pues el provecho, la gloria, el temor, la costumbre y otras causas análogas, nos incitan a producirlas. Los actos de justicia, el valor y la benignidad que ponemos en práctica al realizar la virtud no pueden llamarse tales en cuanto los ejercemos por consideración a otro, para que ofrezcan buen cariz ante los ojos de los demás; en el fondo, quien aquellas cosas practica, no es virtuoso: la causa ocasional es distinta, y la virtud reconoce como suyo sólo lo que por sí misma ejecuta.

En aquella gran batalla de Platea, que los griegos ganaron a Mardonio y a los persas, bajo el mando de Pausanias, los vencedores, según la costumbre recibida, al repartirse la gloria de la expedición atribuyeron a la nación esparciata la primacía del valor en la lucha. Los espartanos, jueces excelentes en materia de virtud, luego que hubieron decidido en qué ciudadano de su nación debía recaer el honor de haberse conducido con mayor arrojo en la jornada, acordaron que Aristomedo había sido el más valeroso; mas a pesar del acuerdo no le concedieron ningún premio, porque su virtud había sido fruto del deseo de purgarse de la mancha en que incurriera en la batalla de las Termópilas; así es que quiso morir valientemente para librarse de su vergüenza pasada.

Nuestros juicios son malsanos y se acomodan a la depravación de las costumbres reinantes. Yo veo a la mayor parte de los espíritus de mi tiempo emplear su ingenio en obscurecer la gloria de las acciones más generosas de los antiguos, dándolas una vil interpretación, encontrando para aminorarlas ocasiones y causas baladíes. ¡Sutileza grande, en verdad! Presénteseme el acto más excelente y puro, y yo me encargo al momento de encontrar razones verosímiles para achacarlo a cincuenta intenciones viciadas. Más que en malicia incurren en pesadez y grosería los hombres que a tales tareas se consagran.

Igual trabajo y licencia que algunos emplean en la difamación de aquellos grandes nombres, y libertad análoga, tomaríame yo de buen grado para realzarlos a esos raros varones, escogidos para ejemplo del mundo por la aprobación de los sabios, no intentaré recargarlos de honor; por mucho que mi invención acertara a encontrar, fuerza es reconocer que todos los medios que nuestra imaginación pusiera en juego quedarían muy por bajo de su mérito. Es deber de las gentes honradas el pintar la virtud con sus bellos colores; de tal suerte no nos causará disgusto el que la pasión nos arrastre en pro de ejemplos tan santos. Lo que practican aquellos de que hablé antes tiene su fundamento en la maldad o en el vicio de ajustarlo todo a lo que se compagina con sus ideas personales, o también porque no tienen la mirada suficientemente fuerte ni suficientemente clara, ni habituada a concebir el espectáculo de la virtud en su pureza ingenua. Dice Plutarco que algunos escritores de su tiempo atribuyeron la causa de la muerte de Catón el joven al miedo que había tenido a César; de semejante interpretación protesta con razón sobrada el citado historiador, y puede juzgarse por este hecho cuánto más le hubiera ofendido el testimonio de los que la atribuyeron luego a la ambición. ¡Pobres gentes, no imaginan que antes hubiera realizado una acción heroica por la ignominia que por la gloria! Catón fue uno de esos hombres modelos que la naturaleza elige para mostrar hasta dónde pueden alcanzar la humana virtud y firmeza.

No me propongo extenderme ahora sobre esta magnífica acción; quiero sólo comparar los testimonios de cinco poetas latinos en alabanza de Catón, por el interés de éste, e incidentalmente también por el de los poetas. Ahora bien, el joven instruido en las cosas de la antigüedad hallará lánguidos los dos primeros en comparación con los otros, el tercero más vigoroso, pero a quien la extravagancia de su fuerza ha abatido; estimará, además, que queda todavía espacio para uno o dos grados de invención antes de llegar al cuarto; cuando llegue a éste la admiración le hará juntar las manos, y en el último, que es el primero en ciertos respectos, juzgará que a él no alcanza ningún humano espíritu y se admirará y traspondrá de admiración.

He aquí una cosa maravillosa: contamos con mayor número de poetas que de jueces e intérpretes de la poesía; es más fácil producirla que conocerla. Juzgándola superficialmente se la aplican los preceptos del arte; mas la buena, la suprema, la divina, está muy por cima de las reglas y de la razón. Quien discierne la belleza con vista reposada, no la ve, como no se ve tampoco el esplendor de un relámpago; la poesía no sólo interesa nuestro juicio, lo encanta y le trastorna.El furor que aguijonea a quien la sabe penetrar, comunícase también a quien la oye recitar, a la manera del imán que no sólo atrae la aguja, sino que también infunde a ésta la propiedad atractiva. Tal poder de la poesía se ve más palmario en los teatros; la sagrada inspiración de las musas arrastra al poeta a la cólera, al quebranto, al odio, transpórtale y lo conduce donde quiere; el fuego del poeta pasa al actor y de éste a todo el pueblo; diríase el contacto de las agujas imantadas suspendidas unas en otras. La poesía me conmovió y me transportó siempre, desde la primera infancia; mas tan vivo gusto y sentimiento, que reside naturalmente en mí, ha sido producido y excitado por modos diversos y formas distintas, no tanto más altas o más bajas, pues siempre fueron las más elevadas en cada género, como de índole diversa; primeramente fui atraído por la fluidez alegre e ingeniosa; luego por la sutileza aguda y refinada; y, por último, por la fuerza madura y constante. El ejemplo lo declarará mejor: Ovidio, Lucano, Virgilio.

Mas ved aquí ya a nuestros poetas en la arena:


Sit Cato, dum vivit, sane vel Caesare major[287]


dice uno:


Et invictum, devicta morte, Catonem[288],


dice otro; y el siguiente, hablando de las guerras civiles entre César y Pompeyo, escribe:


Victrix causa diis placuit sed victa Catoni[289];


el cuarto añade, a propósito de las alabanzas, que todos tributaban a César:


Et cuncta terrarum subacta,

praeter atrocem animum Catonis.[290]


Y el maestro del coro, luego de haber anunciado en su pintura los nombres de los más grandes romanos, concluye de este modo:


His dantem jura Catonem.[291]



De cómo reímos y lloramos por la misma causa

Cuando leemos en las historias que Antígono desaprobó completo por que su hijo le presentara la cabeza del rey Pirro, su enemigo, que acababa de encontrar la muerte en un combate contra aquél, y que habiéndola visto vertió abundantes lágrimas; que el duque Renato de Lorena, lloró también la muerte del duque Carlos de Borgoña, a quien acababa de vencer, y que vistió de luto en su entierro; que en la batalla d'Auray, ganada por el conde de Montfort contra Carlos de Blois, rival suyo en la posesión del ducado de Bretaña, el vencedor encontrando muerto a su enemigo experimentó duelo grande, no hay que exclamar con el poeta:


E cosi avven, che l'animo clascuna,

sua passion sotto'l contrario manto

ricopre, con la vista or'chiara, or'bruna.[292]


Refieren los historiadores que, al presentar a César la cabeza de Pompeyo, aquél volvió a otro lado la mirada, cual si se tratase de contemplar un espectáculo repugnante. Había existido entre ambos una tan dilatada inteligencia y sociedad en el manejo de los negocios públicos, tal comunidad de fortuna, tantos servicios y alianzas recíprocos, que no hay razón alguna para creer que la conducta de César fuese falsa y simulada, como estima Lucano:


Tutumque putavit

jam bonus esse socer; lacrymas non sponte cadentes

effudit, gemitusque expressit pectore laeto[293];


pues bien que la mayor parte de nuestras acciones no sean sino puro artificio, y que a las veces pueda ser cierto que


Heredis fletus sub persona risus est[294],


es preciso considerar que nuestras almas se encuentran frecuentemente agitadas por pasiones diversas y encontradas. De igual suerte que los médicos afirman que en nuestros cuerpos hay un conjunto de humores diferentes, de los cuales uno solo manda en los demás, según la naturaleza de nuestro temperamento, así acontece en nuestras almas; bien que diversas pasiones las agiten, es preciso que haya una que domine; este predominio no es completo sino en razón de la volubilidad y flexibilidad de nuestro espíritu y a veces los más débiles movimientos suelen dominar. Por esta razón vemos que no son sólo los niños los que se dejan llevar por la naturaleza, y ríen y lloran por una misma causa, sino que ninguno de nosotros puede preciarse de que, por ejemplo, al emprender algún viaje, al separarse e su familia y amigos no haya sentido decaer su ánimo; y si las lágrimas no brotan abiertamente de sus ojos, al menos puso el pie en el estribo con rostro melancólico y triste. Por grande que sea la llama que arde en el corazón de las jóvenes bien nacidas, precisa todavía arrancarlas del cuello de sus madres para entregarlas a sus esposos, diga Catulo lo que quiera:


Estne novis nuptis odio Venus?, anne parentum

frustrantur falsis gandia lacrymallis

ubertim thalami quas intra limina fundunt?

Non, ita me divi, vera gemunt, juverint.[295]


No es, pues, de maravillar el que se llore cuando muerto a quien en modo alguno quisiera verse vivo. Cuando yo lanzo alguna fuerte reprimenda a mi criado, lo regaño con todas mis fuerzas, diríjole verdaderas y no fingidas imprecaciones, pero pasado el acaloramiento, si el muchacho tuviera necesidad de mí, hallaríame de todo en todo propicio, pues cambio pronto de humor. Cuando lo llamo bufón y ternero, no pretendo colgarle para siempre tales motes ni creo contradecirme llamándole hombre honrado poco después. Ninguna cosa se apodera de nosotros completa y totalmente. Si no fuera cosa de locos el hablar a solas, apenas habría día en que yo dejara de propinarme recriminaciones a gritos, y sin embargo no siempre me recrimino ni me desprecio. Quien por verme frío o cariñoso con mi mujer estimara que uno de esos dos estados fuese fingido, se equivocaría neciamente. Nerón al separarse de su madre, a quien mandó ahogar, experimentó sin embargo la emoción del adiós maternal y sintió el horror y la piedad juntamente. Dicen que la luz solar no es de una sola pieza, sino que el astro nos envía vivamente, sin cesar, nuevos rayos, unos sobre otros, de suerte que no podemos apreciar el intervalo ni la solución de continuidad. Así nuestra alma lanza sus dardos uno a uno, aunque imperceptiblemente.


Largus enim liquidi fons luminis aetherius sol

inrigat assidue caelum candore recenti,

suppeditatque novo confestim lumine lumen.[296]


Artabano reprendió a Jerjes, su sobrino, por el repentino cambio de su continente. Considerando la desmesurada grandeza de las fuerzas guerreras que mandaba a su paso por Helesponto, cuando se dirigía a la conquista de Grecia, sintiose primero embargado por el contento, al ver a su servicio tantos millares de hombres, y su rostro dio claras muestras de alegría; mas de pronto, casi en el mismo instante, pensando en que tantas vidas se apagarían antes de que transcurriera un siglo, su frente se ensombreció, y se entristeció hasta verter lágrimas.

Perseguimos con voluntad decidida la venganza de una injuria y experimentamos contento singular por nuestra victoria; mas a pesar de ello lloramos, no por la ofensa vengada, pues en nosotros nada ha cambiado, sino porque nuestra alma considera la cosa desde otro punto de vista y se la representa de distinto modo; cada cosa ofrece diversos aspectos y matices diferentes.

El parentesco, las relaciones y amistades antiguas se apoderan de nuestra imaginación y la apasionan según las circunstancias, según la ocasión, mas la sacudida es tan fugitiva que no podemos apreciarla ni medirla:


Nil adeo fieri coleri ratione videtur,

quam si mens fiet propouit, et inchoat ipsa.

Ocies ergo animus, quam res se perci ulla,

ante oculos quarum in promptu natura videtur[297];


por esta razón, pretendiendo de todas estas formas pasajeras deducir una consecuencia, nos equivocamos. Cuando Timoleón llora la muerte que cometiera, después de madura y generosa deliberación, no lamenta la libertad que dio a su patria; tampoco lamenta la desaparición del tirano, sino que llora a su hermano. Una parte de su deber está desempeñada, dejémosle desempeñar la otra.



De la soledad

Dejemos a un lado la acostumbrada comparación de la vida solitaria con la vida activa. Y por lo que toca a la hermosa sentencia con que se amparan la ambición y la avaricia, o sea: «que no hemos venido al mundo para nuestro particular provecho, sino para realizar el bien común», consideremos sin reparo a los que toman parte en la danza; que éstos sondeen también su conciencia y reconozcan por él contrario que los empleos, cargos, y toda la demás trapacería del mundo, se codician principalmente para sacar de la fortuna pública provecho particular. Los torcidos procedimientos de que se echa mano en nuestro tiempo para alcanzar esas posiciones, muestran bien a las claras que el fin vale tanto como los medios. Digamos que la misma ambición nos hace buscar la soledad, pues aquélla es la que con mejor voluntad huye la sociedad, procurando tener los brazos libres. El bien y el mal pueden practicarse en todas partes; mas sin embargo, si damos crédito a la frase de Bias, quien asegura que «la peor parte de los humanos es la mayor», o a lo que dice el Eclesiastés, «que entre mil hombres no hay uno justo»,


Rari quippe boni: numero vix sunt totidem quot

Thebarum portae, vel divitis ostia Nili[298],


convendremos en que el contagio es inminente en la multitud. En medio de la sociedad hay que imitar el ejemplo de los malos o hay que odiarlos; ambas cosas son difíciles: asemejarse a ellos, porque son muchos, odiarlos mucho porque las maldades de cada uno son diferentes. Los comerciantes que viajan por mar siguen una conducta prudente cuando procuran que los que van en el mismo barco no sean disolutos, blasfemos, ni malos, estimando peligrosa toda sociedad. Por esta razón Bias dijo ingeniosamente a los que sufrían con él el peligro de una fuerte tormenta y llamaban a los dioses en su auxilio: «Callaos, que no se enteren de que estáis en mi compañía.» Otro ejemplo más reciente de la misma índole: Albuquerque, virrey de la India en nombre de Manuel, rey de Portugal, hallándose en inminente peligro en el mar, echó sobre sus hombros un muchacho, con objeto de que en su compañía la inocencia del niño le sirviera de salvoconducto para procurarse el favor divino y no perecer. Sin duda el que es virtuoso puede vivir en todas partes contento; puede estar solo hasta entre la multitud de la corte; mas si reside en su mano la elección, huirá hasta la vista de aquélla; en caso de necesidad absoluta soportará la sociedad palaciega; pero si de su voluntad depende el cambio, escapará a ella. No le basta haberse desligado de los vicios si precisa después que discuta con los de los otros. Carondas consideraba como malos todos los que frecuentaban la mala compañía, y entiendo que Antístenes no satisfizo con su respuesta a quien le censuró su trato con los perversos, cuando dijo que también los médicos viven entre enfermos, pues si ayudan a la salud de éstos, deterioran la propia por el contagio, la vista continua y la frecuentación de las enfermedades.

El fin último de la soledad es, a mi entender, vivir sin cuidados y agradablemente; mas para el logro del mismo no siempre se encuentra el verdadero camino. Créese a veces dejar las ocupaciones, y no se hace sino cambiarlas por otras: no ocasiona cuidados menores el gobierno de una familia que el de todo un Estado. Donde quiera que el alma esté ocupada, toda ella es absorbida; por ser los quehaceres domésticos menos importantes, no dejan de ser menos importunos. Por habernos alejado de la corte y de los negocios, no quedamos en situación más holgada en punto a las principales rémoras que acompañan nuestra vida:


Ratio et prudentia curas,

non locus effusi late maris arbiter, aufert[299];


la ambición, la avaricia, la irresolución, el miedo y la concupiscencia no nos abandonan por cambiar de lugar:


...Et

post equitem sede atra cura[300];


a veces nos siguen hasta los sitios más recónditos y hasta las escuelas de filosofía: ni los desiertos, ni los abismos, ni los cilicios, ni los ayunos sirven a desembarazarnos:


Haeret lateri lethalis arundo.[301]


Como dijeran a Sócrates que un individuo no había modificado su condición después de haber hecho un viaje: «Lo creo, respondió, sus vicios le acompañaron.»


Quid terras alio calentes

sole mumatus?Patriae quis exsul

se quoque fugit?[302]


Si el cuerpo y el alma no se desligan del peso que los oprime, el movimiento concentrará sólo la carga, como en un navío las mercancías ocupan menos espacio después del viaje. Mayor mal que bien se procura al enfermo haciéndole cambiar de lugar; el mal se comprime con el movimiento, como la estaca se introduce más en la tierra cuanto más se la empuja. No basta dejar el pueblo, no basta cambiar de sitio, es preciso apartarse de la general manera de ser que reside en nosotros, es necesario recogerse y entrar de lleno en la posesión de sí mismo.


Rupi jam vincula, dicas:

nam luctata canis nodum arripit; attanem illi,

quum fugit, a collo trahitur pars longa catenae.[303]


Llevamos con nosotros la causa de nuestro tormento. No poseemos libertad completa; volvemos la vista hacia lo que hemos dejado y con ello llenamos nuestra imaginación:


Nisi purgatum est pectus, quae praelia nobis

atque pericula tunc ingratis insinuandum?

Quantae conscindunt hominem cuppedinis acres

sollicitum curae?, quantique perinde timores?

Quidve superbia spurcitia, ac petulantia, quantas

Efficiunt clades?, quid luxus, desidiesque?[304]


Radica el mal en nuestra alma, y por consiguiente de ella no puede desligarse;


In culpa est animus, qui se non affugit unquam.[305]


Así, pues, es inevitable que aquélla se recoja y se asile en sí misma: tal es lo que constituye la soledad verdadera, que puede gozarse en medio de las ciudades y de los palacios, pero que se disfruta, sin embargo, con mayor comodidad en el aislamiento. Y pues que tratamos de vivir solos, prescindiendo de toda compañía, hagamos que nuestro contentamiento dependa únicamente de nosotros; desprendámonos de todo lazo que nos sujete a los demás; ganemos conscientemente él arte de vivir conforme a nuestra satisfacción.

Habiendo Estilpón escapado con vida del incendio de su ciudad, en el mal perdió mujer, hijos y bienes de fortuna, Demetrio Poliorcetes, viéndole en tan terrible ruina sin manifestar ninguna pena, preguntole si por ventura no había experimentado ninguna pérdida, a lo cual Estilpón respondió que no, que gracias a Dios nada suyo había perdido. La misma idea expresó ingeniosamente el filósofo Antístenes, cuando dijo que él hombre debía proveerse de municiones que flotasen en el agua y que pudieran salvarse con él a nado del naufragio. Y así debe ser en efecto; el verdadero filósofo nada ha perdido si salvó su conciencia y su ciencia. Cuando la ciudad de Nola fue arrasada por los bárbaros, Paulino, su obispo, que perdió cuanto poseía y fue además encarcelado, rogaba así a Dios: «Señor, librame de sentir esta pérdida, pues bien sabes que a nada han llegado todavía de lo que es mío.» Las riquezas que le hacían rico y los bienes que le hacían bueno estaban todavía intactos. He aquí un modo acertado de escoger los tesoros que pueden librarse de la injuria, y de ocultarlos en lugar donde nadie vaya, donde nadie pueda ser traicionado más que por sí mismo. Tenga en buen hora mujeres, hijos, bienes, y sobre todo salud quien pueda, mas no se ligue a ellos de tal suerte que en su posesión radique su dicha; es necesario reservar una trastienda que nos pertenezca por entero, en la cual podamos establecer nuestra libertad verdadera, nuestro principal retiro y soledad. En ella precisa buscar nuestro ordinario mantenimiento moral, sacándolo de recursos propios, de tal suerte que ninguna comunicación ni influencia ajenas alteren nuestro propósito; discurrir y reír cual si no tuviéramos mujer, hijos, bienes ni criados, a fin de que cuando llegue el momento de perderlos no nos sorprenda su falta. Tenemos un alma que puede replegarse en sí misma; ella sola es capaz de acompañarse; ella sola puede atacar y defenderse, puede ofrecer y recibir. No temamos, pues, en esta soledad que la ociosidad fastidiosa nos apoltrone:


In solis sis tibi turba locis.[306]


La virtud se conforma consigo misma, sin necesidad de echar mano de disciplinas, palabras ni otros auxilios. Entre todas las acciones que practicamos, de mil no hay siquiera una sola que nos interese realmente. Ese que ves escalando las ruinas de esa fortificación, furioso y fuera do sí, expuesto a recibir el disparo de los arcabuces, ese otro cubierto de cicatrices, transido y pálido por el hambre, decidido a morir antes que abrirle la puerta, ¿crees que tales proezas las realizan por sí mismos? Las llevan a cabo por un hombre a quien jamás vieron, el cual no se cura siquiera de que existan en el mundo; por un hombre sumido en la ociosidad y en los deleites. Ese otro que ves abandonar el estudio a media noche, legañoso, acometido por la tos y mugriento, ¿piensas acaso que busca en los libros el medio de mejorar su condición moral, de alcanzar vida más satisfecha y prudente? Nada de eso; llegara su última hora, y reventará, o habrá enseñado a la posteridad la medida de los versos de Plauto y la recta ortografía de una palabra latina. ¿Quién no cambia gustoso la salud, el reposo y la vida por la reputación y la gloria, que es la moneda más inútil, vana y falsa que exista para nuestro provecho? Como si nuestra propia muerte no bastara a darnos miedo, preocupámonos también de la de nuestras mujeres, de la de nuestros hijos y la de todos nuestros servidores. Como si nuestros asuntos peculiares no nos ocasionaran sobrados cuidados, echamos sobre nuestros hombros los de nuestros vecinos y amigos para atormentarnos Y rompernos la cabeza.


Vah!, quemquamne hominem in animum instituere, aut

parare, quod sit carius, quam ipse est sibi?[307]


Paréceme más adecuada la soledad para aquellos que han consagrado al mundo su vida más activa y floreciente, conforme al ejemplo de Thales. Bastante se ha vivido para los demás; vivamos en lo sucesivo para nosotros, al menos lo que nos resta de existencia; dirijamos a nosotros y a nuestro sabor nuestras intenciones y pensamientos. No es cosa nimia la de buscar acertadamente su retiro; éste es por sí solo ocupación sobrada sin que con él mezclemos otras empresas. Puesto que Dios nos da lugar para disponer de nuestra partida del mundo, preparémonos, hagamos nuestro equipaje, despidámonos con tiempo de la sociedad, desprendámonos de todo lo ajeno a nuestra determinación, y le todo lo que nos aleja de nosotros mismos.

Es indispensable desposeerse de toda obligación importante; y bien que se guste de esto o de aquello, no inquietarse más que de sí mismo; que si alguna cosa nos interese no sea en tal grado que esté como pegada a nuestra naturaleza, de tal suerte que no pueda separársela sin arrancarnos la piel y llevarse consigo alguna parte de nuestro ser. La primera de todas las cosas de este mundo es saber pertenecerse a sí mismo. Tiempo es ya de que nos desatemos de la sociedad, puesto que nada podemos procurarla, y quien no puede prestar, impóngase el sacrificio de no pedir prestado. Los alientos nos faltan, retirémonos y concentrémonos en nosotros. Aquel que pueda echar por tierra, sacándolas de sus propias fuerzas, las obligaciones de la amistad y de la sociedad, que lo haga. En el período del decaimiento que convierte al hombre en ser inútil, pesado o importuno a los demás, librese a su vez de ser importuno a sí mismo, pesado o inútil. Alábese y acariciese, y sobre todo gobiérnese, respetando y temiendo su razón y su conciencia hasta tal punto que no pueda, sin que padezca su pudor, tropezar en presencia de ellas. Rarum est enim, ut satis se quisque vereatur308. Decía Sócrates que los jóvenes debían instruirse; los hombres ocuparse en la práctica del bien, y los viejos apartarse de toda ocupación civil y militar, viviendo libres, sin obligación ninguna determinada. Hay naturalezas que son más propicias que otras a estas condiciones del retiro. Aquellos cuya percepción es débil y floja, cuya voluntad y facultades afectivas son delicadas y no se pliegan fácilmente, a los cuales pertenezco yo por natural complexión y raciocinio, se avendrán mejor con la soledad que las almas activas y laboriosas, que todo lo abrazan y a todo se ligan, se apasionan por todas las cosas, se ofrecen y se hacen visibles en toda circunstancia. Es preciso servirse de estas cualidades accidentales, que no dependen de nosotros, en tanto que su ejercicio nos sea grato, mas sin hacer de ellas nuestra principal ocupación; la razón y la naturaleza se oponen a ello. ¿Por qué contra sus leyes hacer depender nuestra calma y tranquilidad del poder y voluntad de otro? Adelantad además los accidentes de la fortuna; privarse de las comodidades que se tienen a la mano, como algunos hicieron por religiosidad y los filósofos por principio; privarse de servidores, tener por lecho las piedras, saltarse los ojos, arrojar al agua las riquezas, buscar el dolor, los unos con el designio de alcanzar por el tormento de esta vida la dicha en la otra, los otros porque estando colocados en la condición más baja quieren asegurarse contra nueva caída, acciones son todas éstas que acusan una virtud excesiva. Las naturalezas más fuertes y mejor templadas, hasta con su alejamiento del mundo realizan un acto ejemplar y glorioso:


Tuta et parvula laudo

quum res deficiunt, satis inter vilia fortis:

verum, ubi quid melius contingit et unctius, idem

hos sapere, et solos aio bene vivere, quorum

conspicitur nitidis fundata pecunia villis.[309]


En cuanto a mí, me basta con mucho menos, sin ir tan lejos como esas almas fuertes. Bástame, con la ayuda de la fortuna, prepararme a su disfavor; con representarme, estando en situación grata, la desdicha venidera, tanto como la imaginación puede realizarlo, de la propia suerte que nos acostumbramos a las justas y torneos simulando la guerra en plena paz. No tengo al filósofo Arcesilao como menos ordenado en sus costumbres porque usara utensilios de oro y plata, según que sus medios se lo consentían; al contrario; con mejores méritos le creo porque empleó su fortuna moderada y liberalmente, que si de su riqueza se hubiera privado. Comprendo hasta qué límites puede llegar la necesidad natural, y cuando veo un pobre mendigo a mi puerta, a veces más contento y más sano que yo, me coloco en su lugar e intento aplicar mi alma en la suya; y continuando del propio modo con los otros casos, aunque crea tener la muerte, la pobreza, el desdén del prójimo sobre mí, me determino fácilmente a no horrorizarme por lo que no causa horror a un hombre que vale menos que yo, el cual recibe aquellos males con paciencia; y no me resigno a creer que la bajeza de alma pueda más que el vigor o que el esfuerzo de raciocinio para soportar las desdichas. Conociendo cuán poco valen las comodidades accesorias de la vida, nunca dejo de suplicar a Dios en mis oraciones que siembre el contento en mi espíritu por los bienes que nacen de mí. Yo veo jóvenes gallardos que disfrutan de salud excelente, los cuales se proveen anticipadamente de píldoras para tomarlas cuando el romadizo los moleste, al cual temen tanto menos cuanto que creen tener el remedio a la mano; esa conducta hay que seguir, y mas aún: por si una dolencia más fuerte nos ataca, proveámonos de los medicamentos que adormecen la parte dolorida.

La ocupación que precisa elegir en la vida solitaria, no debe ser de índole penosa ni ingrata; de otro modo, ¿para qué nos serviría haber buscado el reposo? Aquélla depende del gusto particular de cada uno. El mío en manera alguna se acomoda al manejo de los negocios domésticos; los que de ellos gustan, entréguense con moderación


Comentur sibi res, non se submittere rebus.[310]


De lo contrario, practicase un oficio servil, consagrándose con ahínco a la economía doméstica, como la llama Salustio. Esta, sin embargo, incluye algunas cosas que no son indignas, como el cuidado de los jardines, que según Jenofonte ocupaba a Ciro, y puede encontrarse un término medio entre aquella ocupación bajuna y la profunda y extrema desidia, que lo deja caer todo en el abandono, como acontece a muchos:


Democriti pecus edit agellos

cultaque, dum peregre est animus sine corpore velox.[311]


Oigamos el precepto que Plinio el joven da a Cornelio Rufo, su amigo, para vivir en el retiro: «Te recomiendo, le dice, que en esa completa y espléndida soledad en que vivos dejes a tus gentes el abyecto y bajo cuidado doméstico; conságrate al estudio de las letras para sacar de él algo que te pertenezca por entero.» Plinio alude a la reputación, de la cual tenía un concepto análogo al de Cicerón, quien quería emplear su soledad y apartamiento de los negocios en procurarse por sus escritos vida inmortal.


Usque adeone

scire tuum nihil est, nisi te scire hoc, sciat alter.[312]


Parece cosa razonable, puesto que se habla de alejarse del mundo, que de él se aparte la vista por completo. Los que se curan de la fama, no la desvían sino a medias; ocúpanse en hacer proyectos para cuando hayan salido de él; mas el provecho de su designio pretenden sacarlo todavía fuera del mundo, del cual están ausentes merced a una contradicción ridícula.

La imaginación de las personas piadosas que por devoción buscan la soledad, llenando su ánimo con la seguridad de las promesas divinas en la otra vida, está más plenamente satisfecha que la de aquéllos. Proponiéndose como norma el servicio de Dios, objeto infinito en bondad y en poder el alma halla siempre medio de aplacar sus deseos bien de su grado; las aflicciones, los dolores, conviértense para ellas en cosas provechosas empleadas en la conquista o la salud y dicha eternas; la muerte las procura el paso de la salud y dicha eternas, la muerte las procura el paso a un estado tan perfecto; la rigidez de su regla de vida se atenúa al punto por la costumbre, y los apetitos carnales se ven enfriados y adormecidos por la inacción, pues nada los aumenta más que el uso y ejercicio. Este solo fin de otra vida dichosamente inmortal, merece lealmente que abandonemos las comodidades y dulzuras de este mundo; y el que puede abrasar su alma con ardor de fe tan viva y esperanza tan grande por modo real y constante, créase en la soledad una existencia llena de goces y delicias muy por cima de toda otra suerte de vivir.

Ni el fin ni los medios del consejo que daba Plinio a Rufo me satisfacen; diríase que recaemos siempre de fiebre en calentura. La ocupación del estudio es tan penosa como cualquiera otra, e igualmente que las demás enemiga de la salud, que es cosa esencialísima, razón por la cual no hay que dejarse adormecer por el placer que aquél procura. El gusto que su pasión nos comunica es semejante al que pierde a los emprendedores, a los avariciosos, a los voluptuosos y a los ambiciosos. Los filósofos nos enseñan de sobra a guardarnos de la traición de nuestros apetitos, a distinguir los verdaderos placeres de los que van mezclados y entreverados con mayor trabajo; pues la mayor parte de nuestros goces, dicen aquéllos, nos cosquillean y nos abrazan para luego estrangularnos, como hacían los ladrones que los egipcios llamaban filistas. Si el dolor de cabeza se apoderase de nosotros antes de la borrachera, nos guardaríamos de beber demasiado; mas el deleite, a fin de engañarnos, va delante y nos oculta las consecuencias. Los libros son gratos pero si a causa de su frecuentación perdemos la alegría y la salud, que son nuestros mejores atributos, echémoslos a un lado; yo soy de los que creen que el fruto del estudio no puede compensar aquella pérdida. Del propio modo que los hombres que de antiguo se sienten debilitados por alguna indisposición concluyen por echarse en brazos de la medicina, y hacen que se les ordene un régimen de vida para practicarlo religiosamente, así quien se retira disgustado y aburrido de la vida común debe acomodar su vivir a los preceptos de la razón, ordenarlo premeditada y discursivamente. Debe despedirse de toda suerte de trabajo, de cualquier naturaleza que sea, y huir en general las pasiones enemigas de la tranquilidad del cuerpo y del alma, «eligiendo el camino que mejor se avenga con su carácter»,


Unusquisque sua noverit ire via.[313]


En el gobierno doméstico, en el estudio, en la caza, en cualquiera otro ejercicio, puede llegarse hasta el último límite del placer y cuidar de no tocar más adentro, allí donde la pena comienza a tomar parte. En cuanto a ocupación y trabajo, bastan sólo los suficientes para mantenernos en vigor y librarnos de las incomodidades que acompañan a los que caen en el extremo de una ociosidad cobarde y adormecida. Hay ciencias que de suyo son estériles y espinosas; la mayor parte de ellas han sido forjadas para el mundo, y deben dejarse a los que al servicio del mundo se consagran. Para mi uso no gusto más que de libros agradables y poco complicados, que me regocijen, o de los que me consuelan y contribuyen a ordenar mi vida y a disponerme a una buena muerte:


Tacitum silvas inter reptare salubres

curantem, quidquid dignum sapiente bonoque est.[314]


Los hombres superiores pueden forjarse un reposo espiritual, puesto que están dotados de un alma vigorosa; la mía es vulgar, y precisa por ello que yo contribuya a mi sostenimiento, ayudándome con las comodidades corporales. La edad me ha desposeído de las que eran de mi agrado, y ahora trato de afinarme para disfrutar aquellas que más convienen a mis años. Es indispensable defender con garras y dientes el uso de los placeres de la vida, que la edad nos va arrancando sucesivamente:


Carpamus dulcia; nostrum est,

quod vivis: cinis, et manes, et fabula fies.[315]


En cuanto a perseguir como fin la gloria, según nos proponen Cicerón y Plinio, mi designio está bien lejos de ello. La disposición de ánimo que más se aparta del retiro, es precisamente la ambición; gloria y reposo son dos cosas que no pueden cobijarse bajo el mismo techo a mi dictamen, aquellos no tienen sino los brazos y las piernas fuera de la sociedad, su espíritu y su alma permanecen más que nunca amarrados al mundo:


Tun, vetule, auriculis alienis colligis escas?[316]


Sólo se han echado atrás para tomar carrera de un modo más seguro, para proveerse de un movimiento más fuerte y abrir así mejor la brecha entre la multitud. ¿Queréis convenceros de que no se apartaron ni un ápice de las vanidades terrenas? pongamos en parangón el parecer de dos filósofos y de dos sectas bien opuestas. Escribiendo el uno a Idomeneo y el otro a Lucilio, sus amigos, a fin de alejarlos del manejo de los negocios y grandezas de la vida: «Habéis vivido hasta ahora, les decían Epicuro y Séneca, nadando y flotando; venid a morir al puerto; habéis consagrado a la luz todo el tiempo que vivisteis; consagrad a la sombra lo que os resta. Es imposible dejar los negocios si al mismo tiempo no se deja el fruto; deshaceos, pues, de todo lo que se llama renombre y gloria, porque es posible que el resplandor de vuestras acciones pasadas os ilumine demasiado y os acompañe hasta vuestra gruta. Dejad con los otros deleites el que produce la alabanza del mundo, y que vuestra ciencia y vuestros merecimientos no os preocupen ya, que no quedarán sin recompensa si vosotros los superáis. Acordaos de aquel a quien preguntaron por qué razón se desvelaba tanto en alcanzar competencia en un arte de que casi nadie podía tener conocimiento: 'Yo me conformo con poca cosa, respondió; con una persona me basta, y con ninguna también me basta', y decía bien. Vosotros y un amigo sois suficiente teatro el uno para el otro, o cada uno distintamente para vivir consigo mismo. Es una ambición cobarde el pretender alcanzar gloria de la ociosidad del retiro; imitemos a los animales que borran la huella que marcaron con sus pasos a la entrada de sus guaridas. Lo que precisa buscar no es que el mundo hable de vosotros, sino que vosotros habléis con vuestras almas respectivas. Recogeos en vosotros mismos mas preparaos previamente a encontraros en disposición de recibiros; sería insensato el fiaros en vosotros si carecéis de fuerzas para gobernaros. Hay ocasión de incurrir en falta lo mismo en a soledad que en el mundo. Hasta, que la perfección resida en vuestras almas de tal suerte que lleguéis a asemejaros a las personas ante quienes jamás osarais incurrir en falta; hasta que poseáis el pudor y respeto de vosotros mismos, obversentur species honestae animo[317]; aparezcan siempre a vuestra mente las figuras de Catón, Foción y Arístides, en presencia de los cuales, hasta los locos ocultarían sus faltas. Sin apartar la vista de ellos examinad vuestros actos; si éstos no son rectos, la reverencia de aquellos varones os conducirá al buen camino; ellos os sostendrán en la dirección verdadera, que no consiste sino en contentaros de vosotros mismos, en no buscar nada que de vosotros no provenga, en detener y sujetar vuestra alma en el recogimiento, donde pueda encontrar su encanto. Y habiendo ya comprendido cuáles son los verdaderos bienes, aquellos que se disfrutan mejor cuanto más rectamente se aprecian, conformarse con ellas, sin acariciar el menor deseo de aumentar el renombre.» He aquí lo que preceptúa y aconseja la filosofía sencilla y verdadera, que en nada se parece a la otra, amiga de la ostentación y la charla, la cual patrocinaban, Cicerón y Plinio el joven.



Consideración sobre Cicerón

Dedúcense de los escritos de Cicerón y Plinio, como semejante él de éste, a mi entender, al carácter de su tío, testimonios numerosos de la ambiciosa manera de ser de ambos, entre los cuales figura el de solicitar sin ambajes que los historiadores de su tiempo no los olviden en sus anales. El acaso, como por ironía, hizo llegar hasta nosotros la vanidad de tales suplicas, pero no las historias ni los panegíricos. Mas sobrepasa toda suerte de bajeza en personas de tal rango, la circunstancia de haber querido sacar partido para su gloria de la cháchara, hasta el punto de emplear en beneficio de aquélla las cartas privadas, escritas a sus amigos; de suerte que algunas, no habiendo sido enviadas a tiempo, no por ello dejaron de publicarlas, so pretexto de que no querían perder sus vigilias y trabajo. ¿Es acaso propio de dos cónsules romanos, magistrados, soberanos de la república gobernadora del mundo el ocupar los momentos de ocio en preparar con toda la lentitud necesaria, frase por frase, una misiva de que sacar la reputación de poseer a maravilla el lenguaje de sus nodrizas respectivas? ¿Qué podría hacer peor un simple maestro de escuela que con sus palotes ganara su vida? Si las empresas de Jenofonte y César no hubieran con mucho sobrepasado la elocuencia de ambos, creo que jamás las hubieran escrito; quisieron éstos recomendar lo que hicieron, no lo que escribieron, y si la perfección en el hablar pudiera añadir algo a la gloria de un personaje importante, Escipión y Lelio no hubiesen cedido el honor de las comedias que compusieron y las delicadezas todas de la lengua latina a un siervo africano: que tales obras sean de aquéllos, su belleza y excelencia lo pregonan de sobra, el mismo Terencio lo confiesa. Por mi parte me desagradaría encontrar razones para creer lo contrario.

Constituye una especie de burla o injuria el querer enaltecer a un hombre por las cualidades que se avienen mal con su categoría, aunque tales prendas sean consideradas estimables desde otros puntos de vista; como por ejemplo, el alabar a un monarca como buen pintor o excelente arquitecto, y ni aun como buen arcabucero o maestro en el arte de correr sortija. Estos encomios no son honrosos ni dignos, si no se presentan en conjunto, después de los que son más pertinentes a los personajes a quienes se consagran, que deben ser la justicia y la ciencia de gobernar su pueblo, así en la paz como en la guerra. De tal suerte es Ciro digno de alabanza por el conocimiento de la agricultura, y Carlomagno por su elocuencia y penetración en todo lo relativo a las bellas letras. Yo he visto tener muy en poco sus estudios, desdeñar las ciencias y afectar una ignorancia que el pueblo no puede suponer en personas que pasan por competentes, las cuales se recomendaban por otras cualidades. Los compañeros de Demóstenes en la embajada que visitó a Filipo, alababan a este príncipe por ser hermoso, elocuente y buen bebedor. Demóstenes reponía que elogios semejantes convenían mejor a una dama, a un abogado o a una esponja, que a un rey:


Imperet bellante prior, jacentem

lenis in hostem[318],


la profesión del cual no consiste precisamente en ser buen cazador o impecable bailarín:


Orabunt causas alu, caelique meatus

describent radio, et fulgentia sidera dicent;

hic regere imperio populos sciat.[319]


Plutarco es todavía más explícito en este punto, y dice que mostrarse tan aventajado en esos méritos menos necesarios, es declarar a voces haber empleado mal el tiempo y el estudio que debieron consagrarse a cosas más necesarias útiles. Filipo de Macedonia, después de oír cantar a su hijo Alejandro, a gusto de los mejores músicos: «¿No te da vergüenza, le dijo, cantar tan bien?» Un músico que discutía con el mismo Filipo de cosas tocantes a su arte, dijo al príncipe: «No quiera Dios, señor, que os acontezca la desgracia de llegar a ser más competente que yo en las cosas de mi oficio.» Un soberano debe hallarse en el caso de responder lo que contestó Ifícrates al orador que le censuraba en su invectiva, de esta suerte: «En suma, ¿quién eres tú para echarlas tan de valiente? ¿Eres guerrero, arquero, piquero? -No soy nada de eso, pero en cambio soy quien sabe mandar a todos los que has citado.» Antistenes consideró como cosa de escasa monta en Ismenias, el que le ensalzara como flautista excelente.

Yo bien sé, cuando oigo a alguien que se detiene a encomiar el lenguaje de los Ensayos, cuál es su intento: me gustaría mejor que se callara: su propósito no es tanto ensalzar la elocución como deprimir el sentido, con tanta mayor ambigüedad, cuanta mayor es la malicia que la alabanza emplea. O yo me equivoco grandemente, o si muchos otros escriben con mayor profundidad que yo, malo o bueno, mi libro es de tal naturaleza que apenas hay ninguno en que se hallen acumulados mayor número de sustanciosos materiales, o al menos más copiosamente amontonados. Para de dejar más lugar a las ideas echo mano sólo de las principales, y si en desarrollarlas me detuviera, multiplicaría muchas veces este volumen. ¡Cuántas citas he traído a colación que nada dicen en apariencia, y que meditadas con detenimiento darían lugar a ensayos numerosos! Ni estas citas, ni mis comentarios sirven solo de ejemplo, autoridad u ornato; no las considero exclusivamente por el uso que hago de ellas: muchas veces tienen otros fines, y pudieran ser la semilla de una materia más rica y más vigorosa, lo mismo para mí, que no quiero sacar mayor partido en los pasajes donde las coloco, que para quien bien penetre el sentido de lo que escribo.

Volviendo a la virtud parlera, dirá que no establezco distinción alguna entre no saber más que expresarse mal o no saber sino hablar elegantemente. Non est ornamentum virile, concinnitas[320]. Dicen los filósofos que en punto a ciencia nada hay superior a la filosofía, y por lo que a los efectos toca, nada aventaja a la virtud, que generalmente es adecuada a todos los grados y a todos los órdenes de la vida.

Algo semejante a la vanidad de Cicerón y Plinio es la de Séneca y Epicuro; estos dos filósofos prometen también una duración eterna a las cartas que escriben a sus amigas, pero de modo diverso a la de aquéllos, prestándose por cumplir un servicio en pro de la vanidad ajena, pues los informan que si el interés de ser famosos en los venideros siglos los retiene todavía en el manejo de los negocios públicos, haciéndoles temer la soledad y el retiro, adonde quieren llamarlos para que no emprendan ocupaciones nuevas, añadiendo que sus actos pasados los acreditan para con la posteridad, y que las solas cartas que escribieran servirían para hacer es tan renombrados como sus acciones públicas. Salvo esta semejanza, las cartas de Séneca y Epicuro no están vacías de sentido ni son descarnadas como esas otras que no tienen mayor mérito que el de un delicado escogitamiento de palabras, amontonadas y ordenadas según una cadencia armoniosa, llenas de falsedades y bellos discursos de sapiencia; por ellas no se acreditan de elocuentes, sino de prudentes, y nos enseñan no a bien decir, sino a bien obrar. Desdeñemos la elocuencia por sí misma, la que no nos conduce a la práctica del bien. La de Cicerón, sin embargo, dicen que es de una perfección tan elevada, que por sí sola se avalora.

Añadiré todavía una anécdota relativa al gran orador, muy pertinente a lo que hablo, la cual nos hace conocer su naturaleza: teniendo necesidad de perorar en público, y como estuviera algo falto de tiempo para prepararse a su gusto, Eros, uno de sus esclavos, le anunció que la audiencia se había aplazado para el siguiente día; Cicerón recibió de ello tanto gozo, que dio libertad a su siervo por la buena nueva.

Sobre este asunto de epístolas, diré que mis amigos afirman que no me falta acierto para escribirlas; de buen grado hubiera adoptado la forma epistolar para dar cuerpo a mis improvisaciones, si hubiese tenido una persona con quien hablar. Érame preciso, y en otro tiempo la tuve, cierta comunicación que me atrajese y que me sustentase, pues dirigirse al viento, como algunos hacen, no lo haría ni por sueños; como tampoco forjaría nombres vanos para comunicar cosas serias, pues soy enemigo jurado de toda falsificación. Hubiera así permanecido más atento y seguro habiendo tenido un corresponsal inteligente y amigo, que contemplando los diversos aspectos de un pueblo; y, o mucho me equivoco, o hubiese sido más diestro en mis escritos. Mi estilo es naturalmente familiar y festivo, pero de forma que me es peculiar; impropio para las públicas negociaciones, como mi conversación; demasiado conciso, desordenado, cortado, particular, y nadie más inhábil que yo para escribir cartas de ceremonia de esas que no tienen mayor sustancia de la que la que encierra un bello amalgamamiento de palabras corteses. No poseo ni la facultad ni el gusto de esas dilatadas ofertas de afección y servicios, no creo en tantas dulzuras, y me disgusta traspasar los límites de lo que creo, lo cual está bien lejos del uso presente, pues en ninguna época se emplearon con mayor profusión ni se prostituyeron en tal grado las palabras vida, alma, devoción, adoración, siervo y esclavo. Todos estos dictados corren con frecuencia tanta que, cuando con ellos se quiere expresar algo de sincero y respetuoso, no se encuentra medio de conseguirlo.

Odio a muerte oír a los cumplimenteros, los cuales son razón sobrada para que yo inmediatamente adopte un tono seco, duro y francote, que inclina a quien me desconoce a considerarme como desdeñoso. Festejo más a los que cumplimento menos, y allí donde mi alma marcha con mayor regocijo olvida el camino de lo convencional, de los miramientos; ofrézcome por entero a aquellos a quienes pertenezco, y me muestro menos obsequioso a quien sin reserva alguna me he dado. Paréceme que a los que tal afección profeso deben leerla en mi corazón, y que la expresión de mis palabras sea más débil que los sentimientos que abrigo. Al desear la bienvenida, al despedirme, al dar las gracias, al saludar, al ofrecer mis servicios y en otras fórmulas verbales de las leyes ceremoniosas de nuestra urbanidad, mi torpeza de lengua compite con la del más inepto; y cuando por complacer a alguien he escrito alguna carta de recomendación, la persona a quien trataba de favorecer la encontró siempre floja e ineficaz. Los italianos son muy hábiles en esto de escribir misivas; yo tengo de ellas buen número de volúmenes: las de Aníbal Caro me parecen las mejores. Si conservase todo el papel que antaño emborronaba para las damas, cuando mi mano era guiada por la pasión, quizás se hallaría entre ello alguna página digna de ser conocida por la ociosa juventud de tal furor embaucada. Yo escribo mis cartas a escape, tan precipitadamente, que aunque mi caligrafía es insoportable, prefiero servirme de mi mano a buscar la ayuda de otra, pues no hallo quien me pueda seguir, y no las transcribo nunca. Las empiezo de buen grado, sin plan; la primera frase engendra la segunda. Las cartas que ahora se redactan más se componen de adornos y prefacios que de ideas. Como prefiero mejor escribir dos que doblar y cerrar una, encomiendo siempre a otra persona esta comisión. Lo propio me acontece cuando he dicho lo que tenía que decir, comisionaría de buena gana a otro para que añadiera esas largas arengas, súplicas y ofertas que colocamos al final. Yo deseo que alguna costumbre nueva nos libre de tal uso, como también de inscribir una dilatada lista de títulos y calidades a la cabeza de la epístolas; por ello he dejado a veces de enviar ciertas cartas principalmente a gentes que ejercían destinos de justicia o hacienda: tantas innovaciones en los empleos, la difícil distribución y ordenamiento de los diversos cargos honoríficos, habiendo sido caramente pagados, no pueden ser cambiados ni olvidados sin ofensa de la persona a quienes escribe. Me desagrada igualmente ver cómo se recarga el frontispicio de los libros que ahora salen con toda suerte de títulos.



Como el sentimiento de los bienes y los males depende en gran parte de la idea que de ellos nos formamos

Los hombres, dice una antigua sentencia griega, se atormentan por las opiniones que se forman de las cosas, no por las cosas mismas. Mucho se ganaría para alivio de nuestra miserable condición humana si pudiera demostrarse la veracidad absoluta de esta proposición, pues si los males no penetran en nosotros sino por nuestro juicio, estaría en nuestra mano desdeñarlos o convertirlos en bienes. Si las cosas se nos doblegan, ¿por qué inquietarnos y no acomodarlas a nuestro provecho? Si lo que llamamos mal y tormentos no son tales cosas por sí mismos sino en tanto que nuestro ser los considera de ese modo, es indudable que reside en nosotros el poder de modificarlos; y residiendo en nuestro albedrío esa ventaja, somos locos de remate afligiéndonos, interpretándolos por el lado desventajoso, y considerando las enfermedades, la indigencia y los otros tormentos con amargura, pudiendo tomarlos dulcemente; hacer que lo que llamamos mal no lo sea por sí mismo, o por lo menos, tal cual es. Veamos hasta qué punto puede nuestra naturaleza modificar su alcance.

Si la esencia original de las cosas que tememos tuviera fuerza suficiente para dominarnos por su propia autoridad, es indudable que produciría en todos un efecto análogo, pues los hombres son todos de naturaleza idéntica, y con escasas diferencias se encuentran dotados de parecidos órganos e instrumentos, así para concebir como para juzgar; pero la diversidad de opiniones que encontramos al tratar del bien y del mal, muestran claramente que los males y los bienes no ejercen influencia en nosotros sino transformándose; unos los reciben, como por acaso, en su propia forma; mil otros les imprimen otra nueva y contraria. Consideramos la muerte, la pobreza y el dolor como nuestros principales enemigos, y sin embargo la primera, que algunos llaman la cosa más horrible entre las horribles, ¿quién no sabe que otros la nombran el único puerto de salvación en las miserias de esta vida, el soberano bien de la naturaleza, el solo apoyo de nuestra libertad, común y pronto remedio a todos los males? Y así como unos la aguardan temblando y con horror, otros la soportan con mayor gusto que la existencia. Lucano se queja de su facilidad y liberalidad para acabar con los humanos:


Mors, utinam pavidos vitae subdecere nolles

sed virtus te sola daret.[321]


Dejemos a un lado este valor heroico. Teodoro respondió a Lisímaco, que le amenazaba con darle la muerte: «Harás una cosa notable, equiparando tu hazaña con la de una cantárida.» La mayor parte de los filósofos anticiparon voluntariamente la hora de su fin. Y vemos muchas gentes del pueblo, camino de él, y no de una muerte sencilla, sino llena de deshonra y a veces acompañada de crueles tormentos, que marchan sin inmutarse, unos por preconcebido designio, otros por temperamento natural; de tal suerte que nada se advierte en ellos, ningún cambio en su manera de ser ordinaria; unos ponen orden en sus negocios domésticos, se encomiendan a sus amigos, cantan, predican, hablan con el público y a veces mezclan algún chiste, y beben a la salud de sus conocidos. En una palabra, acaban sus días con la misma serenidad que Sócrates.

Un hombre a quien conducían al patíbulo decía que le guardasen de pasar por cierta calle, porque temía ser atrapado por un comerciante a quien debía cierta cantidad. Otro decía al verdugo que no le tocase en la garganta, porque lo haría desternillar de risa a causa de ser muy sensible a las cosquillas. Otro respondió a su confesor, que le prometía que aquel mismo día cenaría con nuestro Señor: «Mejor sería que le acompañara usted, porque yo ayuno.» Otro que pidió de beber, como el verdugo lo hiciera primero, dijo que ya no quería de miedo de atrapar el mal venéreo. De todos es conocido el cuento del picardo a quien, encontrándose en las gradas del patíbulo, presentaron una joven para que se desposara, libertándole así, como nuestra justicia consiente a veces, el picardo dijo al verdugo, luego de haberla contemplado ligeramente, y de haber advertido que cojeaba: «¡Ahórcame! ¡ahórcame! que se tambalea.» Refiere que en Dinamarca, un hombre que había sido condenado a muerte, estando ya en el patíbulo, como le hicieren la misma proposición que al picardo, dijo que la joven que le ofrecían tenía las mejillas caídas y la nariz demasiado puntiaguda. Un sirviente de Tolosa, acusado de herejía, dio por toda razón de su creencia que profesaba las mismas ideas de su señor, joven escolar que estaba preso en su compañía, y consintió mejor morir con él que declarar que su amo pudiera equivocarse. Muchos habitantes de la ciudad de Arrás, cuando ésta fue conquistada por Luis XI, prefirieron ser ahorcados antes que gritar ¡Viva el rey! Entre las almas de los bufones ha habido algunos que no abandonaron su cínica licencia ni aun en la hora de la muerte. Uno a quien el verdugo iba a rematar, exclamó: «¡Vogue la galera!», tal era su expresión favorita. Otro a quién habían acostado, próximo ya a morir, en un jergón tendido a lo largo de un banco de la cocina, como el médico le preguntase dónde sentía el mal: «Entre el banco y el hogar», contestó; y al sacerdote que buscaba los pies del enfermo para darle la extremaunción (el bufón los tenía contraídos por el mal), le dijo: «Los encontrará en el extremo de mis piernas.» Como le exhortaran a que se encomendase a Dios: «¿Quién va a verle?», preguntó, y como le contestaran: «Tú mismo, si al Señor le place», replicó: «¿Iré mañana por la noche? -Encomiéndate a él, porque pronto estarás en su compañía. -Entonces, concluyó, mejor será que me recomiende yo misma en persona.»

Aun en el día, en el reino de Narsinga, las mujeres de las sacerdotes son enterradas vivas con los cuerpos de sus maridos; todas las demás son quemadas en los funerales de los suyos respectivos, consintiendo en ello con firmeza y alegría. A la muerte del rey, sus esposas, concubinas y favoritas, lo mismo que sus oficiales y servidores, que entre todos forman casi un pueblo, se presentan tan alegremente ante la hoguera donde sus cuerpos van a arder, que diríase que tienen a grande honor el acompañar a su amo. Durante nuestras últimas guerras de Milán, en las que tuvieron lugar peripicias de todas suertes, el pueblo, impaciente con tan variados cambios de fortuna, llegó a considerar la muerte con tal indiferencia, que según oí referir a mi padre, se suicidaron hasta veinticinco ricos propietarios en una semana, accidente que recuerda el de los xantianos, quienes sitiados por Bruto, se precipitaron en tropel, hombres, mujeres y niños, con un apetito tan furioso de la muerte, que nada hicieron por escaparla, de tal suerte que apenas si Bruto logró salvar a unos cuantos.

Toda opinión es suficientemente fuerte para abrazarla y defenderla aun a costa de la vida. El primer artículo del valeroso juramento que Grecia mantuvo en las guerras médicas, consistió en que cada ciudadano prefiriese la muerte a la vida, mejor que cambiar las leyes griegas por las persas. ¡Cuántos se ven en la guerra de los turcos y griegos que aceptan con placer una muerte dura antes que descircuncidarse para recibir el bautismo! Ejemplo es éste que todas las religiones imitarían.

Habiendo los reyes de Castilla arrojado a los judíos de sus dominios, el rey Juan de Portugal vendioles por ocho escudos por cabeza el derecho de recogerse en sus Estados durante cierto tiempo, con la condición de que transcurrido este tenían que marcharse, y el propio rey les prometía facilitarles barcos para que se trasladasen al África. Llegado el día de la partida, pasado el cual los que se quedaran debían ser considerados como esclavos, los barcos les fueron concedidos con harta economía; los que se embarcaron recibieron perverso trato de los marineros, quienes, aparte de otras varías indignidades, los llevaron por el mar de un lado a otro, unas veces hacia adelante y otras hacia atrás, hasta que hubieron consumido sus vituallas, y se vieron obligados a comprárselas a ellos a tan elevado precio, que cuando tocaron tierra, no les quedaba más que al camisa. La nueva de esta inhumanidad, cuando fue sabida por los que no se habían embarcado, dio por resultado que la mayor parte de ellos se resignaran a la servidumbre; algunos cambiaron aparentemente de religión. Manuel, sucesor de Juan, cuando llegó al trono les concedió primero la libertad, y cambiando luego de parecer, les ordenó que abandonaran el país consignándoles tres puertos para el pasaje. Esperaba, dice el obispo Osorio, el mejor historiador latino de nuestra época, que el favor de la libertad que les había devuelto no habiéndoles convertido al cristianismo, el peligro de ser víctimas del saqueo de los marineros, junto con el abandonar un país a que estaban habituados y en el que eran dueños de grandes riquezas, para arrojarse en regiones extranjeras y desconocidas, los retendría. Mas viéndose engañado en su designio, porque los judíos deliberaron alejarse, les suprimió dos de los puertos que les había prometido para embarcarse, a fin de que la distancia, y molestias del trayecto retuviera algunos, o para que hubiese medio de amontonar a todos en un lugar determinado para poner en práctica un proyecto, que había ideado, que fue el de ordenar que arrancasen de entre los brazos de los padres y de las madres todas las criaturas que tuvieran menos de catorce años, para trasladarlas lejos de la vista y dirección de las que los habían engendrado, en lugar donde fuesen adoctrinadas en la religión católica. Cuentan que tal medida fue origen de espectáculos terribles; la natural afección de padres e hijos, junto con el celo que sujetaba a éstos a sus creencias religiosas, combatían al par tan violenta orden, y se vio a padres y madres darse la muerte y arrojar a sus criaturas en los pozos. A cometer actos tan horribles movíanles la compasión y la piedad, para que así escaparan al cumplimiento de la ley. En conclusión, expirado el plazo que el rey les había fijado, como tuvieran falta de medios para marcharse, entregáronse a la servidumbre. Algunos se hicieron cristianos; mas en su fe, aun hoy, que han transcurrido cien años, pocos portugueses tienen seguridad, aun cuando la costumbre y el transcurso del tiempo sean consejeros mejores para tales cambios que cualesquiera otras causas.

En la ciudad de Castelnaudary, cincuenta herejes albigenses sufrieron a la vez con valor indomable el ser quemados vivos antes que renegar de sus creencias. Quoties non modo ductores nostri, dice Cicerón, sed universi etiam exercitus, ad non dubiam mortem concurrerunt[322]. He visto a uno de mis más íntimos amigos correr a la muerte con verdadera rabia; con afección tan intensa y tan arraigada en su corazón por causas diversas, que me fue imposible arrancárselas; y a la primera que a su imaginación se presentó, so pretexto de ideas de honor, se dio la muerte sin que pudieran conocerse los verdaderos motivos, con hambre tremenda y deseo ardientísimo. En nuestro tiempo mismo hemos visto muchas personas, hasta criaturas, que por temor de alguna leve incomodidad han corrido hacia la muerte. Y a propósito de hechos análogos, dice un escritor antiguo: «¿Qué será lo que no temamos, si hasta nos asusta aquello que la misma cobardía elige para su retiro?»

De trasladar aquí el registro de los individuos, hombres y mujeres de todas condiciones de sectas diversas que aun en los siglos más prósperos que el nuestro han guardado la muerte sin miedo o buscándola de intento, e ido a su encuentro, no sólo para huir los males de esta vida, sino también por escapar simplemente al cansancio de la existencia, y otros por la esperanza de encontrar una vida mejor, no acabaría nunca. El número es tan grande, tan infinito, que será mejor citar sólo algunos de los que la han temido. Un día de fuerte tormenta se encontraba Pirro el filósofo en un barco, y mostró a los que veía más dominados por el miedo un cerdo que se mantenía tranquilamente, sin temor alguno, sin inquietarse nada por la tempestad. ¿Nos atrevemos, pues, a sostener que la razón humana, que tanto enaltecemos y por la cual somos dueños y emperadores del resto de las criaturas, haya sido puesta en el hombre sólo para servirle de tormento? ¿Para qué nos sirve entonces el conocimiento de las cosas si nos hace ser más cobardes? ¿Si con el conocimiento perdemos tranquilidad y reposo, adónde iríamos a parar sin él? ¿Y si nos hace inferiores al cerdo, cuyo ejemplo mostraba Pirro a los miedosos? La inteligencia de que hemos sido dotados para nuestro mayor bien, ¿la emplearemos para nuestra ruina, yendo en oposición del designio de la naturaleza y del orden universal de las cosas, las cuales ordenan que cada uno use de sus facultades y medios para su comodidad y en ventaja propia?

Concedo, se me dirá, que estos razonamientos sirvan para no atemorizarse ante la muerte. ¿Pero cuáles oponer a la indigencia y al dolor, que Aristipo, Jerónimo y la mayor parte de los sabios consideraron como el peor de los males? Y los que niegan la existencia del mal lo manifiestan por sus acciones. Encontrándose atormentado Posidonio por una enfermedad aguda, en extremo dolorosa, recibió la visita de Pompeyo, quien se excusó de haber escogido hora tan inoportuna para oír hablar al enfermo de filosofía. «No quiera Dios, respondió Posidinio, que el dolor tenga sobre mí fuerza bastante que me impida discurrir», y comenzó a disertar sobre el menosprecio del mismo; mas, sin embargo, el sufrimiento le oprimía, haciéndole exclamar: «¡Oh dolor, por más que me pruebes, no diré que seas un mal!» Este hecho, a que los estoicos dan importancia tan grande, ¿es por ventura un argumento contra el menosprecio con que debemos experimentar el dolor? Posidonio sólo niega la palabra. Si el aguijoneo del mal físico no la daña, ¿por qué interrumpe su discurso? ¿Por qué da importancia tanta al hecho simple de no llamarle un mal? Cuando nos encontramos bajo la influencia de la tortura física los razonamientos están de más. En nuestro poder sólo reside opinar del resto. La realidad verdadera desempeña aquí su papel. Nuestros propios sentidos son los jueces de él:


Qui nisi sunt veri, ratio quoque falsa sit omnis.[323]


¿Por ventura podemos persuadir a nuestra piel de que los latigazos la hacen cosquillas, ni a nuestro paladar de que el áloe sea vino generoso? El cerdo de Pirro puede servir aquí de ejemplo adecuado; el animal estaba impávido ante la muerte, pero si lo hubieran sacudido, se habría quejado. ¿Acaso reside en nuestra mano el poder de ir contra la ley general de la naturaleza, que domina en todo cuanto existe bajo el firmamento, dejando de estremecernos bajo el peso del dolor? Hasta los árboles parece que gimen cuando se les hiere. La muerte no se siente más que por raciocinio, por ser un hecho que se realiza en un instante.


Aut fuit, aut veniet; nihil est praesentis in illa:

morsque minus paenae, quam mora mortis, habet.[324]


Mil hombres, mil animales, mueren antes que se hagan cargo de encontrarse amenazados por la muerte. Lo que tememos en ella es el dolor que siempre la precede. Sin embargo, si damos crédito a un padre de la Iglesia, malam mortem non facit, nisi quod sequitur mortem[325]: yo me atrevería a suponer que ni lo que precede a la muerte, ni lo que las sigue guarda relación con ella para nuestro espíritu.

Buscamos para excusarnos pretextos que no tienen fundamento alguno; por experiencia creo que la idea de la muerte es lo que nos hace impacientes al dolor, y que la sentimos doblemente cruel porque nos amenaza con su golpe. Mas la razón acusa nuestra cobardía, que nos hace temer cosa tan repentina, tan inevitable, tan insensible. Los males que no tienen gran trascendencia no los consideramos como tales: el dolor de muelas o la enfermedad de gota, por crueles que sean, como no matan, no los miramos como enfermedades.

Ahora bien; supongamos que en la muerte consideramos sólo el dolor; como también la pobreza nada que temer ofrece sino el mismo dolor, al cual nos empuja por la sed, el hambre, el frío, el calor y todos los otros males que forman su séquito; limitémonos, pues, a hablar del dolor. Concedo de buen grado que sea la desgracia mayor de nuestra vida, pues soy de los que más la detestan y de los que más le huyen, por no haber tenido hasta el presente, gracias Dios, gran comercio con él; yo creo que en nosotros reside, si no el poder de reducirlo a la nada, al menos el de debilitarlo por la paciencia, y el de alcanzar, a pesar de los sufrimientos corporales, que el alma y la razón se mantengan resistentes y bien templadas. Si tal poder no estuviera en nuestra mano, ¿a qué serviría enaltecer el vigor, el valor, la fuerza, la magnanimidad y la resolución? ¿Cuál sería el empleo que daríamos a esas virtudes excelsas, si no hubiera sufrimiento que desafiar? Avida est periculi virtus326: Si no hubiera duras penalidades que sufrir; si no se pudiera resistir a pie firme el calor abrasador del mediodía, alimentarse de carne de burro o de caballo, verse cortar en pedazos y extraer una bala de los huesos, sufrir el cauterio y la sonda, ¿dónde estaría la superioridad que pretendemos tener sobre el vulgo? Difícil es escapar al influjo del dolor y al mal, por eso sientan los filósofos que entre los actos igualmente laudables debe preferirse la práctica del que mayor pena ocasione. Non enim hilaritate, nec lascivia, nec risu, aut joco, comite levitatis, sed saepe etiam tristes firmitate et constantia sunt beati327. Por esta razón también creyeron nuestros padres que las conquistas realizadas a viva fuerza, por el azar de guerra, eran superiores y más valederas que las que se llevan a cabo mediante la seguridad completa y las negociaciones diplomáticas.


Laetius est, quoties magno sibi constat hosestum.[328]


Es una razón que recae en ayuda de nuestro consuelo el considerar que cuando el dolor es violento suele ser corto, y que si es de larga duración suele ser ligero; si gravis, brevis; si longus, levis. Experimentándolo con vigor no se siente mucho tiempo, pues al fin, o acabará el mal o la persona será la que concluya: uno y otro vienen a ser lo mismo; cuando el dolor no se soporta, él se encarga de ser el vencedor. Memineris maximos morte finiri; parvos multa habere intervalla requietis; mediocrium nos esse dominos: ut, si tolerabiles sint, feramus; sin minus, e vita, quum ea non placeat, tanquam e theatro, exeamus[329]. La causa de que seamos débiles para soportar el mal reside en que no estamos habituados a buscar en el alma nuestro principal contento; en que en ella no nos fundamentamos en tanto grado como debiéramos. El alma es dueña soberana de nuestra condición. El cuerpo no tiene, con escasa diferencia, mas que un solo modo, un solo medio; el alma es variable en toda suerte de formas y dirige hacia ella y a su estado, cualesquiera que éstos sean, los accidentes e impresiones del cuerpo; por tanto, precisa estudiarla y despertar en ella sus resortes, que son todopoderosos. No hay razón, prescripción ni fuerza que resistan a su inclinación y voluntad. De tantos y tantos medios como tiene a su disposición, démosla uno adecuado a nuestra conservación y reposo, y con ello nos veremos no sólo a cubierto de todo daño, sino hasta mejorados con su concurso de las ofensas y de los males. Todo puede el alma convertirlo en su provecho: el error, los sueños, pueden servirla útilmente como materia propicia a resguardarnos, y a proporcionarnos contento. Fácilmente puede reconocerse que lo que en nosotros aguza el dolor o hace más intensos los placeres es el aguijón de nuestro espíritu. Los animales, en quienes no reside tal fuerza, dejan al cuerpo sus sentimientos libres e ingenuos, que son, por consiguiente, iguales en cada especie, con escasas diferencias, como muestran por la semejante aplicación de sus movimientos. Si nosotros no alterásemos en nuestros órganos la función que les es inherente, es muy probable que estaríamos mejor, pues la naturaleza los ha dado un temple justo y moderado, lo mismo hacia el placer que hacia el dolor, el cual temple no puede menos de ser equitativo siendo uno mismo para uno y otro. Pero puesto que nos hemos emancipado de sus reglas para abandonarnos a la vagabunda libertad de nuestras fantasías, ayudémonos al menos a plegarlas del lado más agradable. Teme Platón que el dolor y el placer nos atraigan de una manera demasiado viva, lo cual se explica considerando que, según este filósofo, existe una perfecta unión entre el alma y el cuerpo; yo no participo de tal creencia. Así como el enemigo se encarniza más cuando huimos, así el dolor se enorgullece cuando nos tiene bajo su dominio. Más soportable será para, quien le haga frente; es preciso que opongamos contra él toda suerte de resistencias. Si nos echamos atrás, si nos acobardamos, no hacemos más que llamarlo y atraer la ruina que nos amenaza. Del propio modo que el cuerpo soporta y se hace más resistente la fatiga sometiéndolo a duras pruebas, el alma adquiere también con los trabajos la fortaleza.

Pero vengamos a los ejemplos, que constituyen la materia más adecuada para las gentes que como yo no tienen grandes fuerzas, y encontraremos en ellos que con el dolor acontece lo mismo que con las piedras preciosas, las cuales muestran un brillo más o menos intenso, según el lugar donde se las coloca; así el dolor en el hombre no ocupa mayor espacio que el que se le consiente. Tantum doluerunt, quantum doloribus se inseruerunt[330]. Mayor mal nos ocasiona un lancetazo del cirujano que diez pinchazos recibidos en el calor del combate. Los dolores de parto, considerados por los médicos y por Dios mismo como de tanta gravedad, y que nosotros soportamos con mil alaridos, hay pueblos enteros que los resisten como si tal cosa. Y no hablemos de las mujeres de Lacedemonia. Entre las suizas, esposas de nuestros soldados, ¿qué alteración se encuentra cuando dan a luz? Marchando en pos de sus maridos se las ve que llevan hoy cargado en las espaldas el muchacho que ayer aun tenían en el vientre. ¿Y qué decir de esas gitanas que vemos en nuestros lugares, que por sí mismas lavan los hijuelos que acaban de nacerles, y toman sus baños en los ríos más próximos? Dejando a un lado tantas y tantas mujeres que destruyen sus criaturas en la generación lo mismo que en la concepción, ¿qué decir de aquella noble esposa de Sabino, patricio romano, que por cuidado del interés ajeno, soportó sola, sin auxilios, voces ni gemidos, el parto de dos gemelos? Un muchachuelo de Lacedemonia que había robado un zorro y ocultádolo bajo sus vestiduras, sufrió mejor que le destrozara el vientre que el ser descubierto. Hay que advertir que en Lacedemonia se temía más la vergüenza de pasar por desmañado de lo que nosotros tememos el castigo de nuestra maldad. Otro que incensaba el ara de un sacrificio, consintió en dejarse abrasar hasta los huesos por un carbón que le cayó en la bocamanga de su túnica antes que perturbar la ceremonia. Otros hubo, en gran numero, que por poner a prueba su virtud, conforme a las costumbres de su país, sufrieron a la edad de siete años el ser azotados hasta la muerte, sin que por ello ni siquiera se alterase su mirada. Cuenta Cicerón que los vio atacarse en tropel con fiereza y rabia tales, haciendo uso de pies, manos y dientes para la lucha, que perdían el sentido antes que darse por vencidos. Nunquam naturam mos vinceret; est enim ea semper invicta: sed nos umbris, deliciis, otio, languore, desidia, aninum infecimus; opinionibus maloque more delinitum mollivimus[331]. De todos es conocida la acción de Mucio Scévola, el cual habiéndose internado en el campo enemigo para matar al jefe, no pudo lograr su intento; y viéndose obligado a declarar a Porsena, para dejar ileso el honor de su patria, no ya sólo su designio, sino además que había en el campo gran número de romanos cómplices de su empresa, todos de su mismo temple, dijo que no los descubriría; luego, para dar una muestra del vigor de su alma hizo que le llevaran un brasero en el cual puso su brazo hasta achicharrárselo, y allí lo dejó hasta que el enemigo mismo horrorizado ordenó retirar el fuego. ¿Qué decir del que sufrió la amputación de un miembro sin interrumpir la lectura de un libro que tenía en la mano? ¿Y también ce otro que se obstinó en reírse y burlarse a saciedad de los tomentos que le inferían hasta el punto de que irritada la crueldad de sus verdugos le dejaron libre? Este hombre era un filósofo. Pero hasta un gladiador de César sufrió riendo los suplicios más horribles: Quis mediocris gladiator ingemuit?, quis vultum mutavit unquam? Quis non modo stetit, verum etiam decubuit turpiter? Quis, quum decubuisset, ferrum recipere jussus, collum contraxit?[332]

Hablemos ahora de las mujeres. ¿Quién no ha oído el caso, en París, de una que se hizo arrancar la piel sólo porque su cutis adquiriera mayor frescura? Hay quien se ha hecho arrancar los dientes teniéndolos sanos, con objeto de poseer una voz más blanda y pastosa, o también para colocarlos de modo más conveniente. ¡Cuantísimos ejemplos de menospreciar el dolor podemos contar parecidos! ¿Qué no hacen, adónde no llega el poder de las mujeres por poco que se trate de mejorar, o de hacerlas esperar prosperidad en su belleza?


Vellera queis cura est albos a stirpe capillos,

et faciem, dempta pelle, referre novam.[333]


He visto algunas que comían arena o ceniza con objeto de estropearse el estómago y adquirir así palidez. Para formarse un talle esbelto, ¿qué suplicios no sufren apretándose y ciñéndose los costados con cinturones crueles hasta que las sale la carne viva, y algunas veces hasta encontrar la muerte?

Vese con frecuencia en muchos países de nuestro tiempo que algunos se infieren heridas para dar fe a su palabra. Nuestro rey cuenta ejemplos notables de los que vio en Polonia, y tuvo ocasión de examinar de cerca. Aparte de lo que había sido imitado en Francia por algunos, cuando regresé de los famosos Estados de Blois, poco antes había yo visto una muchacha en Picardía, quien, para testimoniar la sinceridad de sus promesas, al par que su constancia, se hirió con la aguja que llevaba en la cabeza, infiriéndose en el brazo cuatro o cinco hendiduras profundas que la hicieron castañetear la piel y manaban abundante sangre. Los turcos se hieren profundamente por sus damas, y con el fin de que las huellas de las cortaduras permanezcan, se aplican en ellas hierro candente, que dejan sobre las heridas un tiempo increíble para detener la sangre que la cicatriz se forme; personas que lo han visto me lo han contado y me han jurado ser verdad: por la cantidad de diez maravedises encuéntrase todos los días entre ellos quien esté dispuesto a darse una profunda cuchillada en el brazo o en los muslos. Me congratula encontrar más a la mano testimonios que nos conciernen más; la cristiandad nos los procura en grado suficiente, y después del ejemplo de Jesucristo Nuestro Señor, hubo muchas personas que por devoción quisieron llevar la cruz a cuestas. Por testimonio muy digno de crédito sabemos que el rey san Luis no dejó los cilicios hasta que en su vejez su confesor le dispensó de ellos, y que todos los viernes se hacía flagelar las espaldas por su limosnero con cinco cadenillas de hierro que para este uso llevaba siempre consigo en una caja.

Guillermo, nuestro último duque de Guiena, padre de Leonor, que cedió el ducado a las casas reales de Francia e Inglaterra, llevó por penitencia los diez o doce últimos años de su vida una coraza bajo el hábito de religioso. Foulques, conde de Anjou, fue a Jerusalén, y cuando se encontraba en los santos lugares hizo que dos criados le azotasen, con la cuerda al cuello, ante el sepulcro de Nuestro Señor. Pero, ¿qué más? ¿no vemos hoy mismo el día de viernes santo, en diversos pueblos, un gran número de hombres y mujeres que se atormentan hasta desgarrarse la carne y dejar los huesos al descubierto? Yo lo he visto muchas veces sin placer. Y he oído asegurar que hay quien, mediante cierta cantidad, garantiza la religión de otro, desdeñando así el dolor con tal valor, que más les aguijonea la devoción que la codicia. Quinto Máximo enterró a su hijo, que era ya cónsul; Marco Catón al suyo, a quien habían elegido pretor, y Lucio Paulo a dos de los suyos en pocos días, todos con continente sosegado, sin que nada en ellos acusara quebranto ni duelo. Yo dije antaño, bromeando, de una persona, que había dado un chasco a la divina justicia, pues habiendo perdido de muerte violenta, el mismo día, tres hijos ya crecidos, poco faltó, sin embargo, para que quien tal prueba experimentó no la considerase como especial favor y singular gratificación del cielo. No tengo yo tanta fuerza de alma, pero he perdido, estando todavía en nodriza, dos o tres criaturas, si no sin sentirlo, al menos sin contrariedad mayor. Y, sin embargo, pocas desgracias hay que lleguen a los hombres más a lo vivo que la pérdida de los hijos. Veo en el mundo otras frecuentes ocasiones de aflicción, que apenas lamentaría si sobre mí pesaran, y aun aquellas que los hombres más lamentan. Por ello no osaría alabarme sin que sintiera rubor. La opinión de las gentes ejerce un imperio tiránico y sin medida. Ex quo intelligitur, non in natura, sed in opinione, esse aegritudinem[334] ¿Quién buscó jamás la seguridad y el reposo con el ahínco que César y Alejandro fueron en pos de la inquietud y las dificultades? Térez, padre de Sitalcez, solía decir que cuando no hacía la guerra le parecía que no había diferencia alguna entre él y su palafranero. Ejerciendo Catón las funciones de cónsul, para asegurarse el dominio de algunas ciudades de España, prohibió a los habitantes de las mismas que llevaran armas consigo; esto bastó para que un gran número de españoles se dieran la muerte: ferox gens, nullam vitam rati sine armís esse[335]. De muchos sabemos que abandonaron la tranquilidad de una vida dulce y sosegada entre sus amigos para marcharse a los desiertos inhabitables, donde se complacieron en hacer vida vil, baja y abyecta, y donde encontraron goces y delicias inefables. El cardenal Borromeo, que murió poco ha en Milán, prefirió a la regalada existencia a que le convidaban su nobleza grandes riquezas, la atmósfera de Italia y su juventud, una vida de austeridad tal, que llevaba en invierno idéntica vestidura que en estío; dormía sobre unas pajas, y las horas que las ocupaciones de su cargo lo dejaban libre, consagrábalas al estudio continuo, arrodillado, tomando por todo alimento un poco de pan y agua que tenía al lado del libro que leía: tales eran sus banquetes y el tiempo que a ellos dedicaba.

Yo sé de alguien que a sabiendas ha sacado provecho y ventaja para su mejoramiento y prosperidad de que su mujer le coronara, cosa cuya sola idea horroriza a tantas gentes.

Si la vista no es el más necesario de nuestros sentidos, es por lo menos el más deleitoso; los más voluptuosos y útiles de nuestros órganos son quizás los que sirven para engendrarnos, sin embargo de lo cual, muchas gentes ha habido que los tomaron odio mortal, por la razón misma de contribuir al placer, y se los amputaron a causa de su valer. Lo mismo pensaba de los ojos el que se los saltó. La mayor parte de los hombres y la más sana tienen a dicha grande la abundancia de hijos; yo y algunos otros opinamos de opuesto modo. Preguntado Thales por qué no se casaba, respondió que no quería dejar descendientes.

Que nuestra opinión dé precio a las cosas, vese teniendo en cuenta las muchas que no nos interesan sino en cuanto tienen relación con nuestras personas; nosotros no consideramos ni los méritos ni la utilidad de aquéllas; sólo vemos el trabajo que nos cuesta el alcanzarlas, cual si esto fuera una parte de su sustancia. Llamamos valor en ellas, no precisamente a las ventajas que nos proporcionan, sino sólo a las que nosotros las concedemos. En vista de lo cual, entiendo que somos económicos en el gasto de nuestras fuerzas: tanto la cosa pesa, tanto sirve, por lo mismo que nuestra apreciación la concede valor. Queremos que el interés que tenemos por ellas las avalore: el precio da valor al diamante; la dificultad a la virtud; el dolor a la devoción, y el amargor al medicamento. Tal, por llegara a la pobreza, arroja sus escudos en el mismo mar que tantos otros sondean por todas partes para encontrar riquezas. Epicuro dice que el ser rico no es alivio, sino simplemente cambio de cuidados. Y esa verdad que no es la escasez, sino la abundancia lo que da margen a la codicia. Diré aquí lo que yo mismo he experimentado en este particular.

Después de salir de la infancia he vivido en tres condiciones de fortuna diferentes. La primera, que ha durado cerca de veinte años, la pasé sin otros medios que los fortuitos, dependiendo de las órdenes y ayuda de otro, sin rentas ni recursos seguros. Mis gastos los hacía tanto más alegremente y con norma tanto menor cuanto que el fundamento de los mismos era el azar de la fortuna. No recuerdo haber estado nunca mejor. Jamás me sucedió encontrar cerrada la bolsa de mis amigos, prometiéndome yo siempre, por cima de cualquiera otra necesidad, no dejar de pasar el plazo que me había impuesto para pagar la deuda. De suerte que la lealtad obligábame a ser económico. Experimento cierto gozo cuando pago, como si descargara mis hombros de un peso enojoso, y de una imagen de la servidumbre, de la propia suerte que me cosquillea el contento cuando realizo una acción justa o contribuyo a la alegría ajena. Y no hablo de aquellos pagos en que precisa contar y regatear, los cuales, cuando no encuentro una persona a quien encomendarlos, los aplazo vergonzosamente cuanto puedo por temor del altercado a que ni mi carácter ni mi modo de hablarse prestan en modo alguno. No hay nada que yo odie tanto como el regateo, que considero como un puro comercio de gitanería y desvergüenza; después de una hora de debate y de palabras inútiles, comerciante y comprador abandonan su palabra y juramentos por la módica suma de cinco cuartos de más o de menos. Así es que siempre pedía yo dinero prestado con desventaja, pues no osando solicitarlo en persona lo hacía por escrito, o que me parecía menos penoso, pero en cambio hacía más fácil rechazar el servicio solicitado. El éxito de mi petición encomendábalo a los astros, con alegría y libertad mayores que andando el tiempo no he puesto en la previsión ni en el buen sentido. La mayor parte de las personas ordenadas, juzgan horrible vivir así en la incertidumbre, mas no advierten que casi todo el mundo vive de este modo; ¡cuántos hombres honrados han dejado lo cierto por lo dudoso y siguen dejándolo todos los días por buscar el favor de los monarcas y el de la fortuna! César contrajo deudas por valor de un millón de oro, además de haber gastado su caudal personal, por llegar a ser emperador; ¡y cuántos comerciantes hay que comienzan su tráfico vendiendo su alquería, cuyo importe envían a las Indias!


Tot per impotentia freta![336]


Vemos, en una época tan poco devota como la nuestra, mil y mil congregaciones que pasan gratamente su existencia esperando todos los días de la liberalidad celeste lo más indispensable para la vida. En segundo lugar, no echan de ver aquellas personas que la certidumbre en que se fundan no es menos incierta que el mismo acaso. Yo veo tan cerca la miseria más allá de los dos mil escudos de renta, como si la carencia de recursos me alcanzara; pues aparte de que la suerte puede abrir cien huecos a la pobreza, al través de nuestras riquezas no existe a las veces diferencia alguna entre la suprema y la ínfima fortuna:


Fortuna vitrea est: tum, quum splendet, frangitur.[337]


La casualidad puede deshacer de un soplo todas nuestras fortificaciones y medios de defensa; tan ordinariamente se ve la indigencia entre los que poseen bienes, como entre los que no los poseen; la indigencia no es más soportable cuando está sola, que cuando va acompañada de riquezas, las cuales más dependen del orden que de la abundancia de bienes: faber est suae quisque fortunae[338]. Me parece más miserable un rico disgustado, necesitado, ocupado constantemente en sus negocios, que quien es pobre solamente. In divitiis inopes, quod genus egestatis gravissimum est[339]. Los príncipes más poderosos y ricos suelen verse empujados por la pobreza y la escasez a la necesidad más extrema. ¿Hay necesidad mayor que la de convertirse en injustos y usurpadores tiranos de los bienes de sus súbditos?

Mi segunda manera de vida fue la detener dinero, en la posesión del cual tomé empeño e hice pronto provisiones importantes, dadas mi fortuna y condición. Estimando que no podía llamarse tener sino cuando se posee mucho más de lo que se gasta de ordinario, y que no puede uno fiarse en los intereses que están por venir, aun cuando su recepción sea poco dudosa, porque, decía yo para mis adentros, que es necesario, por si cualquier accidente imprevisto me sorprende. De acuerdo con precauciones tan vanas y absurdas iba yo economizando para proveer con la reserva superflua a todos los acontecimientos venideros, y sabía responder a quien me argumentaba contra mi conducta, que en la vida es infinito el número de dificultades que surgen imprevistas y que si el dinero no servía para hacer frente a todas, aliviaba al menos la mayor parte. Además, yo no hacía tales declaraciones sin ser forzado a ello previamente; convertía en secreto mi riqueza, y yo que gusto tanto hablar de todo cuanto conmigo se relaciona, no decía palabra de mi dinero sino para mentir, como hacen los que quieren pasar por pobres siendo ricos, o viceversa, los que quieren aparentar riqueza siendo pobres, dispensando su conciencia de testimoniar sinceramente lo que poseen. ¡Prudencia ridícula y vergonzosa, en verdad! ¿Iba a emprender un viaje? Nunca me parecía llevar recursos y cuanto más cargaba mi gaveta, más aumentaba mi intranquilidad; unas veces por la poca seguridad de los caminos, otras por no tener confianza en los que conduelan mi bagaje, del cual, como acontece a otras personas que conozco, no estaba seguro sino cuando lo tenía delante de mis ojos. ¿Dejaba mi bolsa en casa? ¡Qué número de sospechas y malos pensamientos! y lo que es peor todavía, sin osar comunicárselos a nadie. Mi mente iba por doquiera unida a mi tesoro; jamás se apartaba de él. Todo considerado, cuesta más trabajo guardar el dinero que adquirirlo. Si mis cuidados no eran tan grandes como llevo dicho, por lo menos me era bien difícil desposeerme de ellos. Ventajas ni provechos procurábame pocos o ninguno; por haber más recursos de que echar mano, la riqueza no me pesaba menos; pues como decía Bion, el cabelludo como el calvo se enfadan lo mismo cuando les arrancan el pelo; y luego de estar acostumbrados a tener la idea fija sobre cierto tesoro, el oro ya no está a vuestro servicio; ni siquiera osaréis tocarlo; se convierte en un edificio que se vendrá abajo con sólo llegarle con las manos. Preciso es que la necesidad os ahogue para decidiros a empezarlo. En mi primera manera de vivir empeñaba yo mi ropa, o vendía un caballo con mucha mayor facilidad y contrariedad menor que no hubiera sacado un maravedí de aquella bolsa querida que tenía de reserva. Pero el mal estaba en la dificultad de poner un límite determinado al deseo constante del guardar (¡es tan difícil el señalar los confines de las cosas que se creen buenas!) y el detenerse en la economía razonable... Constantemente vase engruesando el montón y aumentándolo hasta el punto de privarse villanamente del disfrute de sus propios bienes, y se hace consistir todo el goce supremo en el guardar y en no gastar nada. Según esta cuenta, las entes de mayores recursos son las que cobran los impuestos de puertas en las grandes ciudades. Todo hombre adinerado es avaricioso, a mi manera de ver. Platón coloca, en el orden siguiente los bienes corporales o humanos: salud, belleza, fuerza y riqueza; y la riqueza, añade, no es ciega sino muy clarividente citando la prudencia la ilumina. Dionisio, el hijo, tuvo un rasgo ingenioso: advertido de que uno de sus siracusanos había ocultado en la tierra un tesoro, dijo al avaro que se lo llevase, lo cual hizo éste; pero sin que Dionisio lo echara de ver, pudo reservarse una parte, con la que se fue a vivir a otra ciudad, en la cual, como hubiera perdido el hábito de atesorar, vivió liberalmente. Enterado Dionisio de su conducta, mandó que se le devolviera el resto del tesoro, alegando que, puesto que ya sabía usar de su riqueza, entregábasela de buen grado.

Llevé algunos años ese género de vida, y no sé qué buen espíritu me arrancó de ella, como al siracusano, con mucha ventaja y provecho, arrojando al viento aquella bolsa memorable. Merced al placer de cierto viaje que exigía grandes gastos, mi imaginación abandonó por completo la idea constante de atesorar, por donde entré en un tercer modo de vivir mucho más agradable, en verdad y también mucho mejor ordenado, pues al presente mis gastos, van, sobre poco más o menos, a la par de mis ingresos: de todas suertes, la diferencia es escasa entre los unas y los otros. Vivo al día, y me conformo con disponer de lo necesario para hacer frente a mis necesidades ordinarias; cuanto a las extraordinarias, todas las economías del mundo no bastarían a satisfacerlas. Tengo por loco al que cree que la fortuna es un arma poderosa contra todos los peligros; debemos combatir con las nuestras propias los reveses de la desdicha. El dinero nada puede contra lo extraordinario y lo imprevisto. Si al presente pongo a un lado algún dinero, lo hago sólo para emplearlo en la adquisición de algún objeto; no precisamente para comprar tierras, que no me faltan, sino para procurarme alguna cosa de mi agrado. Non esse cupidum, pecunia est; non esse emacen, vestigal est[340]. Y no me aqueja el temor de que el bienestar me falte, ni deseo tampoco que sea mayor que el que disfruto: divitiarum fructus est in copia; copiam declarat satietas[341]: me congratulo singularmente de haber llegado a este estado de espíritu habiendo partido de una idea naturalmente inclinada a la avaricia; me satisface el verme desligado de esa locura tan frecuente en los viejos, y que es el más ridículo entre todos los humanos extravíos.

Feraulas, que había vivido en la escasez y en la abundancia, vio bien que el aumento de los bienes no está en relación directa con el crecimiento de los deseos en el beber, comer, dormir y gozar los placeres del amor. Sintió, además, que pesaba excesivamente sobre sus hombros la importunidad de la economía como a mi me aconteció, y decidió hacer feliz a un joven pobre, amigo suyo, a quien la idea de ser rico enloquecía: Hízole el presente de todos sus bienes superfluos y de todos los que a diario adquiría merced a la liberalidad de Ciro, su buen señor, y también de los que la guerra le proporcionaban, con la sola condición de que en lo sucesivo Feraulas había de ser el pupilo del joven, manteniéndole y suministrándole lo necesario, como a su huésped y amigo. Así vivieron dichosamente, ambos igualmente contentos con el cambio de situación.

He ahí un ejemplo que yo imitaría de buena gana. Igualmente enaltezco la conducta de un prelado anciano a quien he visto encomendar su bolsa, los ingresos que le procuraba el ejercicio de su cargo, sus rentas y sus gastos, unas veces a un servidor preferido, otras a otro, de suerte que pasé buen número de años tan ignorante como un extraño de los negocios de su palacio. La confianza en la bondad ajena es testimonio casi irrecusable de la propia hombría de bien, por lo cual el señor la favorece de buen grado. Y por lo que al prelado toca, jamás vi casa mejor gobernada ni más dignamente administrada que la suya. Feliz quien ordena sus necesidades conforme a determinación tan justa, y logra que sus recursos las satifagan, sin ocasionarse desvelos ni cuidados, y sin que sus dispendios o economías interrumpan las ocupaciones des su cargo, más adecuadas, más tranquilas y más en armonía con la peculiar inclinación.

Así, pues, el bienestar o la indigencia dependen de la opinión personal. La riqueza, la gloria, la salud, tienen solamente el alcance y ocasionan sólo el placer que las presta quien las posee. La situación de cada uno es buena o mala según su parecer individual, no está precisamente satisfecho del vivir aquél a quien los demás creen feliz, sino el que se cree tal, y en este punto solamente la creencia es esencialmente cierta. La fortuna no nos procura ni el bien ni el mal, muéstranos únicamente la materia y la semilla, las cuales nuestra alma, más poderosa que ellas, transforma y elabora como le place, siendo la causa exclusiva de su condición feliz o desdichada. Los acontecimientos exteriores adquieren color y sabor merced a la interna constitución de cada uno, de igual suerte que los vestidos nos abrigan, no por su calor intrínseco, sino por el que nosotros les comunicamos, el cual guardan y alimentan; quien abrigara un cuerpo frío alcanzaría idéntico efecto por medio del frío: así se conservan la nieve y el hielo. En conclusión, del propio modo que el estudio atormenta a los haraganes, a los borrachos la abstinencia del vino, la continencia al lujurioso y el ejercicio al hombre muelle, delicado u ocioso, así acontece con todo lo demás. Las cosas no son difíciles ni dolorosas por sí mismas; nuestra debilidad y cobardía las hace tales. Para juzgar de las que son grandes y elevadas precisa tener un alma elevada y grande, de otro modo atribuirémosles el vicio que reside en nosotros; un remo derecho parece quebrado dentro del agua. No basta sólo ver la cosa, importa grandemente reparar de qué modo se la considera.

Ahora bien, ¿por qué entre tantos razonamientos como ejercen influencia varía sobre los hombres, en punto a ver tranquilos la muerte y soportar el dolor con calma, no encontramos alguno que nos sirva de provecho? Y de tantas suertes de convicciones como nos impelen a realizar las ideas ajenas, ¿por qué cada cual no practica las que mejor se avienen con su carácter? Si tal medicamento no puede aceptarse en toda su rudeza bienhechora a fin de desarraigar el mal, aplíquese al menos dulcificado, para aliviarlo Opinio est quaedam effeminata ac levis, nec in dolors maqis, quam eadem in voluptate: qua quum liquescim in fluimusque mollitia, apis aculeum sine clamore ferre nou possumus... Totum in eo est, ut tibi imperes[342]. Por lo demás, no se rehuyen los dolores exagerando su dureza ni aumentando las flaquezas humanas; el buen sentido nos pone de manifiesto estos incontrovertibles argumentos: «Si es malo vivir en la necesidad, al menos de necesidad alguna.» «Nadie vive mal durante largo tiempo sino por su propia culpa.» A quien carece de fuerzas para soporatar la muerte; a quien no quiere ni resistir ni huir, ¿qué remedio puede recomendársele?



De la codicia de la gloria

De todos los ensueños de este mundo ninguno hay más universalmente aceptado y extendido que la ceguedad del renombre y de la gloria, la cual nos domina con tal imperio, que a ella sacrificamos las riquezas, el sosiego, la vida y la salud, que son bienes efectivos y tangibles, para ir en pos de aquella vana imagen engañadora, que es voz sin cuerpo ni figura:


La fama, che invaghisce a un dolce suono

voi superbi mortali, e par si bella,

e un eco, un sogno, anzi del sogno un'ombra

ch'ad ogni vento si dilegua o agombra.[343]


De cuantos sentimientos irrazonables el hombre alimenta, diríse que hasta los mismos filósofos se libran más tarde y con mayor dificultad de esta quimera que de ninguna otra, por ser la más tenaz y persistente: quia etiam bene proficientes animos tentare non cessat[344]. Ninguna ilusión existe de que la razón acuse tan claramente la vanidad, pero ésta reside en nosotros de manera tan viva y arraigada, que ignoro si jamás hombre alguno ha sido capaz de desembarazarse de ella por completo. Después de haberlo dicho todo; después de haberlo todo imaginado para combatirla, todavía produce en nuestra alma una inclinación tan intensa y avasalladora, que deja pocas probabilidades de vencerla; pues como Cicerón afirma, hasta los mismos que la combaten quieren que los libros que componen con tal designio lleven su nombre, pretenden conquistarla por haberla desdeñado. Todas las demás cosas de la vida se comunican de buen grado, mas de la gloria nos encontramos avaros; prestamos nuestros bienes, sacrificamos nuestra vida a las necesidades de nuestros amigos; pero hacer jamás a otro presente del propio honor y gloria, es caso peregrino e inaudito.

En la guerra contra los cimbrios[345] hizo Catulo Luctacio cuantos esfuerzos estuvieron en su mano por detener a sus soldados que huían ante el enemigo, y se colocó entre ellos, simulando la cobardía y el miedo, a fin de que su ejército pareciese más bien seguirle, que escapar ante los adversarios. Por ocultar la deshonra ajena perdía la propia reputación. Citando Carlos V pasó a Provenza, en el año 1537, asegúrase que Antonio de Leyva, viendo al emperador decidido a emprender la expedición, que consideraba de sumo provecho para su gloria, fue de parecer, sin embargo, aparentemente que el monarca no la hiciera, y trató de disuadirle con objeto de que todo el honor y la gloria del proyecto fuesen atribuidos a Carlos V, y que se encarecieran luego su perspicacia y previsión, puesto que contra la opinión de todos se oponía al viaje. Habiendo los embajadores de Tracia dado el pésame a Arquileonide, madre de Brásidas, por la muerte de su hijo, cuya memoria ensalzaron hasta asegurar que en el mundo no existía quien se le asemejara, aquélla rechazó la alabanza privada para comunicarla al pueblo, reponiendo: «No me habléis de tal suerte; bien sé que en la ciudad de Esparta hay muchos ciudadanos más grandes y más valientes que mi hijo.» En la batalla de Crecy se encomendó al príncipe de Gales, joven aún, el mando le la vanguardia; la resistencia principal del encuentro tuvo lugar precisamente merced al arrojo de dichas fuerzas; hallándose en situación comprometida, los señores que le acompañaban rogaron al rey Eduardo que se acercara para socorrerle. Informado éste de la situación de su hijo, tuvo conocimiento de que aún se mantenía vivo sobre su caballo, y exclamó: «Le perjudicaría si fuese a despojarle del honor de la victoria de este combate, a que hasta ahora con solas sus fuerzas ha hecho frente; la gloria debe pertenecerle por entero.» No queriendo verle ni enviar a nadie en su ayuda, y conociendo que de obrar diferentemente hubiérase dicho que habría perdido sin su concurso, y que se le atribuiría la gloria del combate. Semper enim quod postremum adjectum est, id rem totam videlur traxisse[346]. Algunos creían en Roma, y era frecuente oírlo, que las principales hazañas de Escipión eran en parte debidas a Lelio, el cual sin embargo proclamaba y secundaba por todas partes la grandeza y gloria de aquél, sin preocuparse para nada de las suyas. Teopompo, rey de Esparta, contestaba a los que le decían que la república se mantenía bajo su mando porque era un excelente gobernante, que no era aquélla la causa, sino que el pueblo sabía obedecer las leyes.

Como la mujeres que sucedían a los pares, no obstante su sexo, tenían el derecho de asistir y emitir su opinión en las causas pertenecientes a la jurisdicción de aquéllos, así los eclesiásticos, a pesar de su profesión, estaban obligados a prestar su concurso a los reyes en las guerras, no sólo con sus amigos y servidores, sino con sus personas mismas. Encontrándose el obispo de Beauvais con Felipe Augusto en la batalla de Bouvines, tomó una parte ardorosa en el combate, mas pareciole que no debía sacar ningún provecho de la gloria de una batalla que había sido tan sangrienta el prelado se había hecho dueño de algunos enemigos aquel día, entregábalos al primer caballero que encontraba para que los ahorcase o hiciese prisioneros, creyendo resignar con ello toda responsabilidad; así puso en manos a Guillermo, conde de Salsberi, del señor Juan de Nesle. Por un caso singular de sutileza de conciencia, semejante al de que antes hablé, estaba conforme con matar, pero no con herir, por lo cual combatía con una gruesa maza. Alguien en mi tiempo, a quien el rey censuró por haber puesto las manos en un eclesiástico, lo negaba en redondo con toda frescura, y alegaba que no había hecho más que echarle por tierra y pisotearle.



De la desigualdad que existe entre nosotros

Dice Plutarco, en un pasaje de sus obras, que encuentra menos diferencia entre dos animales que entre un hombre y otro hombre; y para sentar este aserto habla sólo de la capacidad del alma y de sus cualidades internas. Yo, a la verdad, creo firmemente que Epaminondas, según yo lo imagino, sobrepasa en grado tan supremo a tal o cual hombre que conozco (y hablo de uno capaz de sentido común) que a mi entender puede amplificarse el dicho de Plutarco, diciendo que hay mayor diferencia de tal hombre a cual otro, que entre tal hombre y tal animal:


Hem!, vir viro quid praestat?[347]


y que existen tantos grados en el espíritu humano como razas de la tierra al cielo, y tan innumerables. Y a propósito del juicio que se hace de los hombres, es peregrino que, salvo personas, ninguna otra cosa se considere más que por sus cualidades peculiares. Alabamos a un caballo por su vigor y destreza,


Volucrem

sic laudamus equum, facili cul plurima palma

fervet, et exsultat rauco victoria circo[348],


no por los arreos que le adornan; a un galgo por su rápida carrera, no por el collar que lleva; a un halcón por sus alas, y no por sus adminículos venatorios; ¿porqué no hacemos otro tanto con los hombres, estimándoles sólo por las cualidades que constituyen su naturaleza? Tal individuo lleva una vida suntuosa, es dueño de un hermoso palacio, dispone de crédito y rentas, pero todo eso está en su derredor, no dentro de él. Si tratáis de adquirir un caballo, le despojáis primero de sus arneses, le veis desnudo y al descubierto; o si tiene algo encima, como antiguamente se presentaban a nuestros príncipes cuando querían comprarlos, sólo les cubre las partes principales, cuya vista es menos necesaria para formar idea de sus cualidades, a fin de que no se repare en la hermosura del pelo o en la anchura de sus ancas, sino más principalmente en las manos, los ojos y el casco, que son los miembros que prestan al animal mayores servicios:


Regibus hic mos est: ubi equos mercantur, opertos

inspiciunt; ne, si facies, ut saepe, decora

molli fulta pede est, emptorem inducat hiantem,

quod pulchrae clunes, breve quod caput, ardua cervix[349]


¿por qué al poner nuestra atención en un hombre le consideramos completamente envuelto y empaquetado? Así no nos muestra sino las cosas que en manera alguna le pertenecen, y nos oculta aquellas por las cuales solamente puede juzgarse de su valer. Lo que se busca es el valor de la espada, no el de la vaina que la cubre; por aquélla no se daría quizás ni un solo ochavo si se viera desnuda. Es preciso juzgar al hombre por sí mismo, no por sus adornos ni por el fausto que le rodea, y como dice ingeniosamente un antiguo filósofo: «¿Sabéis por qué le creéis de tal altura? porque no descontáis los tacones.» «El pedestal no entra para nada en la estatua, medidle sin sus zancos; que ponga a un lado sus riquezas y honores, y que se presente en camisa. ¿Tiene el cuerpo bien dispuesto a la realización de todas sus funciones? ¿Goza de buena salud, y está contento? ¿Cuál es el temple de su alma? ¿Esta es hermosa, capaz, y se halla felizmente provista de todas las prendas que constituyen un alma perfecta? ¿Es rica por sus propios dones, o por dones prestados? ¿La es indiferente la fortuna? ¿Es capaz de aguardar los males con presencia de ánimo? ¿Posee empeño en saber si el lugar por donde la vida nos escapa es la boca o la garganta? ¿Tiene el alma tranquila, constante y serena? He aquí todo cuanto es indispensable considerar para informarse de la extrema diferencia que existe entre los hombres. Es, como Horacio decía:


Sapiens, sibique imperiosus;

quem neque pauperies, neque mors, neque vincula terrent;

responsare cupidinibus, contemnere honores

fortis; et in se ipso totus teres atque rotundus,

externi ne quid valeat por laeve morari;

in quem manca ruit semper fortuna?[350]


Un hombre de tales prendas está a quinientas varas por cima de reinos y ducados. Él mismo constituye su propio imperio,


Sapiens... poi ipse fingit fortunam sibi[351]:


¿qué más puede desear?


Nonne videmus,

nil aliud sibi naturam latrare, nisi ut, quoi

corpore sejunctus dolor absit, mente fruatur

jucundo sensu, cura semotu metuque?[352]


Comparad con él la turba estúpida, baja, servil y voluble, que flota constantemente a merced del soplo de las múltiples pasiones que la empujan y rempujan, y que depende por entero de la voluntad ajena, y encontraréis que hay mayor distancia entre uno otro que la que existe del cielo a la tierra. Y sin embargo la ceguedad de nuestro espíritu es tal que en las cosas dichas no reparamos al juzgar a los hombres, allí mismo donde si comparásemos un rey y un campesino un noble y un villano, un magistrado y un particular, un rico y un pobre, preséntanse a nuestra consideración, por extremos diferentes, no obstante podría decirse que no lo son más que por el vestido que llevan.

El rey de Tracia distinguíase de su pueblo por modo bien característico y altanero; profesaba una religión distinta; tenía un dios para él solo, que a sus súbditos no les era permitido adorar, Mercurio, y desdeñaba las divinidades a que sus vasallos rendían culto: Marte, Baco y Diana. Tales distinciones no son más que formas externas, que no establecen ninguna diferencia esencial, pues a la manera de los cómicos que en escena representan ya un duque o un emperador, ya un criado o un miserable ganapán, y ésta es su condición primitiva, así el emperador cuya pompa os deslumbra en público,


Scilicet et grandes viridi cum luce smaragdi

auro includuntur, teriturque thalassina vestis

assidue, et Veneris audorem exercita potat[353]:


vedle detrás del telón; no es más que un hombre como los demás, y a veces más villano que el último de sus súbditos: ille beatus introrsum est; istius bracteata felicitas est[354]; la cobardía, la irresolución, la ambición, el despecho y la envidia, le agitan como a cualquiera otro hombre:


Non enint gazae, neque consularis

summovet lictor miseros tumultus

mentis, et curas laqueata circum

tecla volantes[355]:


y la intranquilidad y el temor le dominan aun en medio de sus ejércitos.


Re veraque metus hominum, curaeque sequaces

nec metuunt sonitus armorum, nec fera tela;

audacterque inter reges, rerumque potentes

versantur, neque fulgorem reverentur ab auro.[356]


La calentura, el dolor de cabeza y la gota, le asaltan como a nosotros. Cuando la vejez pesa sobre sus hombros, ¿podrán descargarle de ella los arqueros de su guardia? Cuando el horror de la muerte le hiere, ¿podrá tranquilizarse con la compañía de los nobles de su palacio? Cuando se halla dominado por la envidia o el mal humor, ¿le calmarán nuestros corteses saludos? Un dosel cubierto de oro y pedrería carece por completo de virtud para aliviar los sufrimientos de un doloroso cólico.


Nec calidae citius decedunt corpore febres,

textilibus si in picturis, ostroque rubenti

jactaris, quam si plebeia in vesto cubandum est.[357]


Los cortesanos de Alejandro Magno le hacían creer que Júpiter era su padre. Un día que fue herido, al mirar cómo la sangre salía de sus venas «Qué me decís ahora? dijo. No es esta sangre roja como la de los demás humanos? Es bien diferente de la que Homero hace brotar de las heridas de los dioses.» El poeta Hermodoro compuso unos versos en honor de Antígono, en los cuales le llamaba hijo del sol; éste contestó que no había tal, y añadió: «El que limpia mi sillón de servicio, sabe muy bien que no hay nada de eso.» Es un hombre como todos los demás,.y si por naturaleza es un hombre mal nacido, el mismo imperio del universo mundo no podrá darle un mérito que no tiene.  


Puellae

nunc rapiant; quidquid calcaverit hic, rosa fiat.[358]


¿Qué vale ni qué significa toda la grandeza si es un alma estúpida y grosera? El placer mismo y la dicha no se disfrutan careciendo de espíritu y de vigor:


Haec perinde sunt, ut illius animus, qui ea possidet:

qui uti scit, ei bona; illi, qui non utitur recte, mala.[359]


Para gozar los bienes de la fortuna tales cuales son es preciso estar dotado del sentimiento propio para disfrutarlos. El gozarlos no el poseerlos, es lo que constituye nuestra dicha.


Non domus el fundus, non aeris acervus,

aegroto domini deduxit corpore febres,

non animo curas. Valeat possessor oportet.

Qui comportatis rebus bene cogitat uti:

qui cupit, aut metuit, juvat illum sic domus, aut res,

ut lippum pictae tabulae, fomenta podagram.[360]


Si una persona es tonta de remate, si su gusto está pervertido o embrutecido, no disfruta de aquéllos, del propio modo que un hombre constipado no puede gustar la dulzura del vino generoso, ni un caballo la riqueza del arnés que le cubre. Dice Platón que la salud, la belleza, la fuerza, las riquezas, y en general todo lo que llamamos bien, se convierte en mal para el injusto y en bien para el justo, y el mal al contrario. Además, cuando el alma o el cuerpo sufren, ¿de qué sirven las comodidades externas, puesto su que el más leve pinchazo de alfiler, la más insignificante pasión del alma bastan a quitarnos hasta el placer que podría procurarnos el gobierno del mundo? A la primera manifestación del dolor de gota, al que la padece, de nada le sirve ser gran señor o majestad,


Totus et argento confiatus, totus et auro[361],


¿no se borra en su mente el recuerdo de sus palacios y de sus grandezas? ¿Si la cólera le domina, su principalidad le preserva de enrojecer, de palidecer, de que sus dientes rechinen como los de un loco? En cambio, si se trata de un hombre de valer y bien nacido, la realeza añade poco a su dicha:


Si ventri bene, si lateri est, pedibusque tuis, nil

divitiae poterunt regales addere majus[362];


verá que los esplendores y grandezas no son más que befa y engaño, y acaso será el parecer del rey Seleuco, el cual aseguraba que quien conociera el peso de un cetro no se dignaría siquiera recogerlo del suelo cuando la encontrara por tierra; y era ésta la opinión de aquel príncipe por las grandes y penosas cargas que incumben a un buen soberano. No es ciertamente cosa de poca monta tener que gobernar a los demás cuando el arreglo de nuestra propia conducta nos ofrece tantas dificultades. En cuanto al mandar, que parece tan fácil y hacedero, si se considera la debilidad del juicio humano y la dificultad de elección entre las cosas nuevas o dudosas, yo creo que es mucho más cómodo y más grato el obedecer que el conducir, y que constituye un reposo grande para el espíritu el no tener que seguir más que una ruta trazada de antemano, y el no tener tampoco que responder de nadie, más que de sí mismo:


Ut satius multo jam sit parere quietum,

quam regere imperio res velle.[363]


Decía Ciro que no pertenecía el mando sino a aquel que es superior a los demás. El rey Hierón, en la historia de Jenofonte, dice más todavía en apoyo de lo antecedente que en el goce de los placeres mismos son los reyes de condición peor que los otros hombres por el bienestar y la facilidad de los goces les quitan el sabor agridulce que nosotros encontramos en los mismos.


Pinguis amor, nimiumque potens, in taedia nobis

vertitur, et, stomacho dulcis ut esca, nocet.[364]


¿Acaso los monaguillos que cantan en el coro encuentran placer grande en la música? La saciedad la convierte para ellos en pesada y aburrida. Los festines, bailes, mascaradas y torneos divierten a los que no los presencian con frecuencia, a los que han sentido anhelo por verlos; mas a quien los contempla a diario lo cansan, son para él insípidos y desagradables; tampoco las mujeres cosquillean a quien puede procurárselas a su sabor; el que no aguarde a tener sed, no experimentará placer cuando beba; las farsas de los titiriteros nos divierten, pero a los que las representan los fatigan y dan trabajo. Y la prueba de que todo esto es verdad, es que constituye una delicia para los príncipes el poder alguna vez disfrazarse, descargarse de su grandeza, para vivir provisionalmente con la sencillez de los demás hombres:


Plerumeque gratae principibus vices,

mundaeque parvo sub lare pauperum

caenae, sine aulaeis et ostro,

sollicitam explicuere frontem.[365]


Nada hay tan molesto ni que tanto empache como la abundancia. ¿Qué lujuria no se asquearía en presencia de trescientas mujeres a su disposición, como las tiene actualmente el sultán en su serrallo? ¿Qué placer podría sacar de la caza un antecesor del mismo, que jamás salía al campo sin la compañía de siete mil halconeros? Yo creo que el brillo de la grandeza procura obstáculos grandes al goce de los placeres más dulces. Los príncipes están demasiado observados, en evidencia siempre, y se exige de ellos que oculten y cubran sus debilidades, pues lo que en los demás mortales es sólo indiscreción, el pueblo lo juzga en ellos tiranía, olvido y menosprecio de las leyes. Aparte de la inclinación al vicio diríase que los soberanos juntan el placer de burlarse y pisotear las libertades públicas. Platón en su diálogo Gorgias, entiende por tirano aquel que tiene licencia para hacer en una ciudad todo cuanto le place; por eso en muchas ocasiones la vista y publicidad de los monarcas es más dañosa para las costumbres que el vicio mismo. Todos los mortales temen ser vigilados; los reyes lo son hasta en sus más ocultos pensamientos, hasta en sus gestos; todo el pueblo eres tener derecho e interés en juzgarlos. Además, las manchas adquieren mayores proporciones según el lugar en que están colocadas; una peca o una verruga en la frente parecen mayores que en otro lugar no lo sería una profunda cicatriz. He aquí por qué los poetas suponen los amores de Júpiter conducidos bajo otro aspecto diferente del suyo verdadero; y de tan diversas prácticas amorosas como le atribuyen, no hay más que una sola en que aparezca representado en toda su grandeza y majestad.

Pero volvamos a Hierón, el cual refiere también cuántas molestias su realeza le proporciona, por no poder ir de viaje con entera libertad, sintiéndose como prisionero dentro de su propio país, y a cada paso que da, viéndose rodeado por la multitud. En verdad, al ver a nuestros reyes sentados solos a la mesa, sitiados por tantos habladores y mirones desconocidos, he experimentado piedad más que ojeriza. Decía el rey Alfonso que los asnos eran en este punto de condición mejor que los soberanos; sus dueños los dejan pacer a sus anchas, y los reyes no pueden siquiera alcanzar tal favor de sus servidores. Nunca tuve por comodidad ventajosa, para la vida de un hombre de cabal entendimiento, el que tenga una veintena de inspeccionadores cuando se encuentra sentado en su silla de asiento; ni que los servicios de un hombre que tiene diez mil libras de venta, o que se hizo dueño de Casai y defendió Siena, fueran mejores y más aceptables que los de un buen ayuda del cámara lleno de experiencia. Las ventajas de los príncipes son casi imaginarias; cada grado de fortuna tiene alguna imagen de principado; César llama reyezuelos a los señores de Francia, que en su tiempo tenían derecho de justicia. Salvo el nombre de Sire, que los particulares no tenemos, todos somos poderosos con nuestros reyes. Ved en las provincias apartadas de la corte, en Bretaña, por ejemplo, el lujo, los vasallos, los oficiales, las ocupaciones, el servicio y ceremoniales de un caballero retirado, que vive entre sus servidores; ved también el vuelo de su imaginación; nada hay que más de cerca toque con la realeza; oye hablar de su soberano una vez al año, como del rey de Persia, y no la reconoce sino por cierto antiguo parentesco que su secretario guarda anotado en el archivo de su castillo. En verdad nuestras leyes son sobrado liberales, y el peso de la soberanía no toca a un gentilhombre francés apenas dos veces en toda su vida. La sujeción esencial y efectiva no incumbe entre nosotros sino a los que se colocan al servicio de los monarcas, y tratan de enriquecerse cerca de ellos, pues quien quiere mantenerse obscuramente en su casa, sabe bien gobernarla sin querellas ni procesos, es tan libre como el dux de Venecia. Paucos servitus, plures servitutem tenent[366]. Hierón insiste principalmente en la circunstancia de verse privado de toda amistad y relación social, en la cual consiste el estado más perfecto y el fruto más dulce de la vida humana. Porque, en realidad, puede decirse el monarca: «¿Qué testimonio de afecto ni de buena voluntad puedo yo alcanzar de quien me debe, reconózcalo o no, todo cuanto es y todo cuanto tiene? ¿Puedo yo tomar en serio su hablar humilde cortés reverencia, si considero que no depende de él proceder de otro modo? El honor que nos tributan los que nos temen, no merece tal nombre; esos respetos tribútanse a la realeza, no al hombre:


Maximum hoc regni bonum est,

quod facta domini cogitor populus sui

quam ferre, tain laudare.[367]


¿No veo yo que esos honores reverencias se consagran por igual al rey bueno o malo, al que se odia lo mismo que al que se ama? De iguales ceremonias estaba rodeado mi predecesor; de idénticas lo será mi sucesor. Si de mis súbditos no recibo ofensa, con ello no me testimonian afección alguna. ¿Por qué interpretar su conducta de esta suerte, si se considera que no podrían inferirme daño aun cuando en ello pusieran empeño? Ninguno me sigue, ama, ni respeta por la amistad particular que pueda existir entre él y yo, pues la amistad es imposible donde faltan la relación y correspondencia; mi altura me ha puesto fuera del comercio de los hombres; hay entre éstos y yo demasiada distancia, demasiada disparidad. Me siguen por fórmula y costumbre, o más bien que a mí a mi fortuna, para acrecentar la suya. Todo cuanto me dicen y todo cuanto hacen no es más que artificio, puesto que su libertad está coartada por doquiera, gracias al poder omnímodo que tengo sobre ellos; nada veo en derredor mío que no está encubierto y disfrazado.»

Alabando un día sus cortesanos a Juliano el emperador porque administraba una justicia equitable, el monarca les contestó: «Enorgulleceríanme de buen grado esas alabanzas si viniesen de personas que se atrevieran a acusar o a censurar mis actos dignos de reproche.» Cuantas ventajas gozan los príncipes son comunes con las que disfrutan los hombres de mediana fortuna (sólo en manos de los dioses hombres reside el poder de montar en caballos alados y alimentarse de ambrosía), no gozan otro sueño ni apetito diferentes de los nuestros; su acero tampoco es de mejor temple que el de que nosotros estamos armados, su corona no les preserva de la lluvia ni del sol.

Diocleciano, que ostentó una diadema tan afortunada y reverenciada, resignola para entregarse al placer de una vida recogida; algún tiempo después, las necesidades de los negocios públicos exigieron de nuevo su concurso, y Diocleciano contestó a los que le rogaban que tomara otra vez las riendas del gobierno: «No intentaríais persuadirme con vuestros deseos si hubierais visto el hermoso orden de los árboles que yo mismo he plantado en mis jardines y los hermosos melones que he sembrado.»

En opinión de Anacarsis, el estado más feliz sería aquel en que todo lo demás siendo igual, la preeminencia y dignidades fueran para la virtud, y lo sobrante para el vicio.

Cuando Pirro intentaba invadir la Italia, Cineas, su prudente consejero, queriéndole hacer sentir la vanidad de su ambición, le dijo: «¿A qué fin, señor, emprendéis ese gran designio? -Para hacerme dueño de Italia», contestó al punto el soberano.» ¿Y luego, siguió el consejero, cuando la hayáis ganado? -Conquistaré la Galia y España. -¿Y después? -Después subyugaré el África; y por último, cuando haya llegado a dominar el mundo, descansaré y viviré contento a mi gusto. -Por Dios, señor, repuso Cineas al oír esto; decidme: ¿por qué no realizáis desde ahora vuestro intento? ¿por qué desde este momento mismo no tomáis el camino del asilo a que decís aspirar, y evitáis así el trabajo y los azares que vuestras expediciones acarrearán?»


Nimirum, quia non bene norat; quae esset habendi

finis, et omnino quoad crescat vera voluptas.[368]


Cerraré este pasaje con una antigua sentencia que creo singularmente adecuada al asunto de que hablo: Mores cuique sui fingunt fortunam[369].



De las leyes suntuarias

El medio de que nuestras leyes se valen para reglamentar los locos y vanos dispendios de las mesas y de los vestidos de los ricos, parece contradecir su fin. Yo creo que el procedimiento verdadero sería inculcar a los hombres el desprecio del oro y de la seda como cosas inútiles y fútiles. Aumentamos el brillo y precio de esas cosas, lo cual es contraproducente para apartar a los hombres del lujo; pues el ordenar que sólo los príncipes pueden comer salmón y gastar terciopelos y galones de oro, o impedírselo al pueblo, ¿qué es si no dignificar el fausto y acrecentar en los demás el deseo de disfrutarlo? Que los reyes realicen el acto heroico de abandonar esas muestras de grandeza, puesto que de otras muchas disfrutan; tales excesos son más excusables en otro cualquiera que en un príncipe. Por el ejemplo que varias naciones nos dan, podemos adoptar mejores medios de distinguirnos exteriormente, y lo mismo nuestras categorías respectivas (yo creo que cada cual debe tener los honores pertinentes a su rango), sin atizar por ello la corrupción manifiesta que al excesivo lujo acompaña Es cosa peregrina el ver cómo la costumbre en estas cosas indiferentes implanta con facilidad suma el peso de su autoridad. Apenas si vestimos durante un año en la corte de paño negro por la muerte de Enrique II; verdad es que ya, en, opinión de todos, las sedas se habían desprestigiado tanto, que si alguien se veía ataviado con ellas tomábanle desde luego por un plebeyo. Usábanlas sólo los médicos y cirujanos, aunque alguien fuese vestido de igual modo existían diferencias visibles entre la categoría de las personas. ¡Cuán de pronto nuestros ejércitos dignifican, usándolos, los corpiños mugrientos de gamuza y de lienzo, y desdeñan los trajes ricos! Que los reyes sean los primeros en abandonar esos lujos, y un mes bastará para que los imitemos todos sin necesidad de edicto ni ordenanza. La ley debiera ordenar, por el contrario, la prohibición del color carmesí y las joyas a todo el mundo, salvo a los comediantes y cortesanas.

Por análogo procedimiento corrigió Zeleuco las costumbres corrompidas de los locrios. Sus ordenanzas declaraban, que la mujer de condición libre no podía llevar consigo más que una criada, salvo cuando aquélla estuviera borracha; que de noche no pudiera salir fuera de la ciudad, ni llevar joyas de oro para adornar su persona, ni traje enriquecido con brocado, si no era mujer pública o ramera; y que excepción hecha de los rufianes a ningún otro se lo permitiera llevar anillos de oro, ni traje lujoso, como son los que se hacen con las telas tejidas en la ciudad de Mileto.» Así valiéndose de esas excepciones vergonzosas, apartaba ingeniosamente a sus ciudadanos de las superfluidades y goces perniciosos; era un medio útil de atraer a los hombres por ambición y honor al deber y a la obediencia.

Todo lo pueden nuestros reyes en tales reformas externas; su voluntad sirve pronto de ley: Quidquid principes faciunt praecipere videntur[370]: el resto de Francia toma por norma la regla de la corte. Que se despojen de esa fea vestidura que muestra al descubierto la huella de nuestros miembros ocultos; de ese pesado y abultado corpiño, que nos hace distintos de lo que realmente somos, y que es tan incómodo para encerrarlo dentro de la coraza; de esas cabelleras luengas que nos afeminan; de la costumbre de besar las manos al saludar, ceremonia que se practicaba en otro tiempo sólo con los príncipes; evitese también el que un gentilhombre se encuentre en lugar de respeto sin tener la espada al costado, al desgaire y desabotonado, como si saliera del retrete. Contra la costumbre de nuestros padres y la privativa libertad de la nobleza de nuestro reino, nos mantenemos descubiertos, aun estando bien lejos del soberano, en cualquier lugar que en éste se encuentre, de la propia suerte que ante cien otros: tan grande es el número que tenemos de tercios y cuartos de reyes; que se borren igualmente otras novedades análogas y no menos viciosas, y muy luego se verán desacreditadas y desvanecidas, sin que de ellas quede señal alguna. Son errores superficiales, mas por lo mismo de mal augurio, y sabemos por experiencia que el muro amenaza ruina cuando vemos descascarillarse el revoque de las paredes de nuestras casas.

Platón, en sus leyes, cree que no hay peste más perjudicial para su ciudad ideal, ni más dañosa, que el dejar a la juventud en libertad de cambiar los trajes, las diversiones y lo mismo los gestos, danzas, ejerqicios y canciones, y el que pase de unos a otros, removiendo su juicio, ya en una dirección, ya en la contraria; corriendo en pos de novedades y honrando a los que las inventan: todo lo cual contribuye a que las costumbres se corrompan, y a que las instituciones antiguas se desdeñen y caigan en descrédito. En todas las cosas, salvo naturalmente en las dañosas, la mutación es de temer: el cambio de las estaciones, el de los vientos, el de los alimentos que nos sustentan y el de los humores que nos gobiernan. Ninguna ley es digna de tanto crédito como aquellas a que Dios ha concedido duración bastante, de suerte que nadie conozca cuándo tuvieron su origen, ni que hayan sido jamás distintas.



Del dormir

La razón nos ordena seguir siempre el mismo camino, pero no constantemente con igual paso, y aunque el filósofo no deba consentir que las humanas pasiones se desvíen de su derecho cauce, puede muy bien, sin faltar a su deber, darlas la libertad de apresurar o retardar su marcha, y no quedarse detenido cual coloso inmóvil e impasible. Aunque la propia virtud estuviera encarnada en él, su pulso se encontraría más agitado yendo a un asalto que cuando va, ásentarse a la mesa; y a veces es necesario que la misma virtud tome alientos y adquiera vigor. Por esta razón he advertido como cosa singular el ver algunas veces a los frandes personajes, en las empresas más preclaras y en los negocios más importantes, mantenerse tan firmes en su actitud, que ni siguiera dejaron de reparar sus fuerzas con el sueño. Alejandro el Grande, el día mismo asignado para librar la furiosa batalla contra Darío, durmió tan profundamente y hasta una hora tan avanzada de la mañana, que Parmenión se vio obligado a entrar en su cuarto, acercarse al lecho, y llamarle hasta dos o tres veces para despertarle, pues llegaba la hora del combate. Habiendo decidido darse a muerte el emperador Otón, durmió sosegadamente la víspera, después de haber puesto en orden sus asuntos domésticos, distribuido su caudal entre sus servidores, y afilado el corte de la espada con que se quería sacrificar; y reposó tan profundamente que sus criados le oían roncar. La muerte de este emperador guarda analogía grande con la del gran Catón, hasta en la circunstancia de dormir sueño reposado, pues éste, hallándose casi a punto de suicidarse, mientras aguardaba nuevas de si los senadores a quienes había ordenado retirarse se habían alejado del puerto de Utica, se echó a dormir con tantas ganas, que los ronquidos se oían en la habitación vecina; y habiéndole despertado la persona que había enviado a puerto para decirle que la tormenta impedía partir a los senadores, mandó a otro mensajero, y se entregó de nuevo al sueño hasta que supo que aquéllos habían marchado. Guarda también analogía la muerte de Catón el Grande con la acción dicha de Alejandro Magno, en la tempestad peligrosa que le amenazaba en la época en que el tribuno Metelo quería publicar el decreto de llamamiento de Pompeyo a la ciuda con su ejército, cuando tuvo lugar la conjuración de Catilina; Catón sólo era el que se oponía a tal decreto; él y Metelo mantuvieron en el senado una discusión ruda. Al día siguiente, en la plaza pública, había de dilucidarse la cuestión. Metelo, además de contar con el favor del pueblo y el de César, que conspiraba entonces en beneficio de Pompeyo, disponía de gran número de esclavos extranjeros y de esgrimidores. A Catón sólo alentaba y fortificaba su firmeza, de suerte que su familia, sus criados y muchas buenas gentes estaban con gran cuidado, y algunos pasaron la noche juntos, sin querer dormir, beber ni comer, por el peligro a que le veían abocado; la misma esposa de Catón y sus hermanas no hacían más que llorar y afligirse en la casa; pero aquél, por el contrario, los animaba a todos, y después de haber cenado como de costumbre, se acostó y durmió profundamente hasta la mañana; entonces uno de sus compañeros en el tribunado fue a despertarle para que se encaminara a la escaramuza. El conocimiento que tenemos de la grandeza de alma y del valor de Catón por las demás acciones de su vida, puede servir a hacernos juzgar a ciencia cierta de su firmeza emanaba de un alma tan por cima de aquel acontecimiento, como de los accidentes más insignificantes de la vida.

En el combate naval que Augusto ganó a Sexto Pompeyo en Sicilia, en el instante de dirigirse el emperador al encuentro, fue dominado por un sueño tan fuerte, que hubo necesidad de que sus amigos le despertaran para dar la señal de la batalla; esto dio margen a Marco Antonio para reprocharle luego de que no se había atrevido siquiera a mirar a disposición de su ejército, ni tampoco a presentarse ante sus soldados, hasta que Agripa le anunció la nueva de la victoria que había alcanzado contra sus enemigos. Mario el joven dio todavía muestra de mayor presencia de ánimo: el día de su último encuentro contra Sila, después de haber dispuesto el orden de su ejército y dado la palabra y signo de la batalla, se tendió al pie de un árbol, a la sombra, para descansar, y se durmió tan profundamente, que apenas si le despertaron la huida y derrota de sus huestes, y no vio ninguna de las perillecias del combate. Refiérese que se encontraba extenuado por la fatiga hasta tal extremo, y tan falto de sueño, que no pudo ya mantenerse derecho. A este propósito decidirán los médicos, de si el dormir es tan necesario, que la falta de reposo pueda poner en peligro nuestra vida. Sabemos que a Perseo, rey de Macedonia, que fue hecho prisionero en Roma, se le hizo morir no dejando que durmiera; pero Plinio habla de gentes que vivieron largo tiempo sin pegar los ojos, y Herodoto de naciones en las cuales los hombres duermen y velan por medios años; los autores de la vida del sabio Epiménides cuentan que durmió durante cincuenta y siete consecutivos.



De la batalla de Dreux

En nuestra batalla de Dreux[371] hubo bastantes incidentes curiosos; mas aquellos que no favorecen mucho la reputación militar del duque de Guisa aseguran que éste no puede excusarse de haberse detenido y aguardado con las fuerzas que mandaba, mientras atacaba la artillería al condestable, que era el jefe del ejército. Aquéllos añaden que hubiera valido más correr el riesgo de atacar por el flanco al enemigo, que aguardar la ventaja de verlo pasar, y sufrir una pérdida tan importante. Además de lo que el desenlace testifica, quien discuta sin pasión se verá obligado a confesar, a mi entender, que el designio y último propósito, no sólo de un capitán, sino de todo soldado, debe encaminarse a la victoria en conjunto, y que ninguna circunstancia particular, sea cual fuere el interés que revista, debe apartar la mira de aquel fin. Filopómeno en un encuentro con Macanidas, envió a la vanguardia para comenzar la escaramuza una nutrida tropa de arqueros y piqueros; el enemigo, luego de haberlos derrotado, los persiguió con encarnizamiento, y pasando después de la victoria a lo largo de la falange en que es encontraba Filopómeno, aunque sus soldados estuvieran briosos, éste no se movió de su lugar ni presentó batalla para auxiliar a sus huestes; pero habiendo consentido en verlas destrozar ante sus ojos, emprendió la carga y atacó a la infantería cuando la vio abandonada por las gentes de a caballo. Aunque eran lacedemnonios, como se las hubo con ellos en el momento en que creían tener ganada la partida, comenzaron pronto a desordenarse y pudo con facilidad vencerlos, perdiendo luego a Macanidas. Este caso es en todo parecido al del señor duque de Guisa.

En la encarnizada batalla de Agesilao contra los beocios, en que Jenofonte se encontró, y a la cual llama la más terrible que jamás viera, Agesilao rechazó la ventaja que la fortuna le ofrecía de dejar libre el paso a las tropas beocias, y el atacarlas por la retaguardia, aunque de tal suerte tuviera por cierta la victoria, estimando que en ello había más argucia que valentía; y para mostrar su proeza, lleno de un ardor singular, prefirió embestir de frente, pero fue derrotado y herido, y se vio obligado a salir de su situación tomando el partido que había rechazado; al comienzo separó a sus gentes para dejar paso al torrente de beocios, y luego que hubieron desfilado, fijándose en que marchaban en desorden, como quien cree estar fuera de todo riesgo, los siguió y atacó por los flancos, mas no por ello pudo cortarles la retirada, porque se alejaron despacio, mostrándose siempre fieros hasta que se pusieron en salvo.



De los nombres

Cualesquiera que sea la diversidad de hierbas de que se componga, el conjunto se comprende siempre bajo el nombre de ensalada; así, con motivo de hablar aquí de los nombres, quiero hacer un picadillo de diversos artículos.

Cada nación tiene algunos que se toman, no sé por qué razón, en mala parte, y entre nosotros los de Juan, Guillermo[372] y Benito. Parece haber en la genealogía de los príncipes ciertos nombres fatalmente predestinados a determinados países, como el de Tolomeo en Egipto, el de Enrique en Inglaterra, el de Carlos en Francia y el de Balduino en Flandes. En nuestra antigua Aquitania teníamos el de Guillermo, de donde se dice que por una singular casualidad deriva el nombre de Guiena. Esta derivación parecerá extraña a primera vista, pero todavía se encuentran algunas cosas más peregrinas en las obras de Platón mismo.

Es una cosa sin importancia, mas sin embargo digna de memoria por su extrañeza, y escrita por testigo ocular, que Enrique, duque Normandía, hijo de Enrique II, rey de Inglaterra, en ocasión en que daba un banquete en Francia, los nobles concurrieron a la fiesta en número tan considerable, que habiendo por pasatiempo dividídose en grupos por la semejanza de sus nombres, en el primero, que fue el de los Guillermos, hubo hasta ciento diez caballeros sentados a la mesa que llevaban este nombre, sin contar los criados, ni los que no eran más que simples gentilhombres.

Tan curiosa como distribuir las mesas por los nombres de los asistentes era la costumbre del emperador Geta, el cual ordenaba el servicio de los diversos platos de carnes atendiendo a la letra con que éstas empezaban; servíanse primero aquellas cuya inicial era la M, y así los demás manjares.

Dícese que es conveniente tener buen nombre, es decir, reputación y crédito; pero además es también útil tener uno sonoro y que fácilmente pueda pronunciarse y retener en la memoria, pues de tal suerte, los reyes y los grandes nos conocen con mayor facilidad, y nos olvidan menos. Entre los criados de nuestro servicio, mandamos más ordinariamente y empleamos con más frecuencia a aquellos que tienen uno cuya pronunciación es cómoda y que viene a la lengua con mayor facilidad. Yo he visto al rey Enrique II no poder mentar a derechas a un gentilhonibre de esta provincia de Gascuña; y porque era muy raro el que llevaba una camarera de la reina, el mismo rey Enrique II creyó oportuno designarla con el dictado general de la casa a que pertenecía. Sócrates estimaba digno del cuidado paternal el dar a los hijos un nombre hermoso.

Refiérese que la fundación de Nuestra Señora, la Grande, de Poitiers, debió su origen a que un joven de malas costumbres que vivía allí, habiendo llevado a su casa una doncella a quien preguntó su nombre, que era el de María, sintiose tan vivamente ganado, al oírlo, por los sentimientos piadosos y por el respeto del dictado sacrosanto de la Virgen, madre de nuestro Salvador, que no sólo la dejó marchar, sino que se enmendó de sus yerros para todo el resto de su vida. En consideración de este milagro fue edificada en la misma plaza donde estaba la casa del joven, una capilla bajo la advocación de Nuestra Señora, y luego la iglesia que hoy vemos. Esta conversión, vocal y auricular, tocó derecha en el alma del pecador. La siguiente, del mismo género, insinuose por mediación de los sentidos corporales. Estando Pitágoras en compañía de unos jóvenes, a quienes oía fraguar una conjuración, enardecidos como se hallaban por la fiesta que celebraban, que tenía por fin asaltar una casa de mujeres honradas, ordenó que la orquesta cambiara de tono, y merced a una música grave, severa y espondaica, encantó dulcemente el ardor juvenil, y lo adormeció.

La posteridad no dirá que nuestra reforma religiosa actual no ha sido de todo punto escrupulosa, pues no sólo ha combatido vicios y errores y llenado la tierra de devoción, humildad, obediencia, paz, y toda suerte de virtudes, sino que también ha llegado hasta a combatir nuestros antiguos nombres de Carlos, Luis, Francisco, para poblar el mundo de Ezequieles, Malaquías y Matusalenes, los cuales están mucho más conformes con la verdadera fe cristiana. Un gentilhombre, vecino mío, comparando las ventajas del tiempo viejo con el nuestro, no se olvidaba de señalar la altivez y magnificencia de los nombres que llevaba la nobleza de antaño, los Grumedan, Quedragan, Agesilan; y añadía que sólo al oírlos resonar se advertía que aquellos que los ostentaban eran gentes de otro temple que los Pedros, Guillot y Migueles.

Yo apruebo a Santiago Amyot el haber dejado los nombres en latín en un sermón francés, sin alterarlos ni cambiarlos para darles una cadencia nacional. Esto parecía algo rudo al principio, pero ya el uso, merced al crédito que alcanzó su traducción de Plutarco, ha hecho que ninguna extrañeza veamos en dejarlos sin alterar. También he deseado con frecuencia que los que escriben las historias en latín, dejaran los nuestros como son en francés, pues haciendo de Vaudemont Vallemontanus, y metamoroseándolos así para aderezarlos a la griega o a la romana, no sabemos dónde estamos, y perdemos el conocimiento de ellos.

Para concluir con este aserto, diré que es una costumbre detestable en nuestra Francia y de muy malas consecuencias, el designar a cada uno por el nombre de su tierra o señorío, contribuyendo además a confundir y a hacer que las familias se desconozcan. El menor de una casa rica, que recibió en herencia una tierra con el nombre de la cual ha sido conocido y honrado, no puede, procediendo buenamente, abandonarle; diez años después de su muerte la tierra cae en manos de un extraño que toma igual dictado; calcúlese, pues, cómo de tal modo vamos a conocer a los hombres. No hay necesidad de buscar otros ejemplos: podemos encontrarlos, sin salir de la casa real de Francia, pues en ella ha habido tantas reparticiones como sobrenombres, por lo cual desconocemos el dictado mismo del tronco. Hay tan grande libertad en estos cambios, que en mis tiempos no he visto a nadie elevado por la fortuna a alguna categoría extraordinaria, a quien no se haya agregado enseguida títulos genealógicos nuevos o ignorados de sus padres, y a quien no se haya hecho injertar con alguna rama ilustre; las familias más obscuras son las más susceptibles de falsificación. ¿Cuántos gentilhombres tenemos en Francia que se creen descender de linaje real? Mayor número, según sus cuentas, que según las cuentas de los demás, dijo ingeniosamente uno de mis amigos. Hallábanse varios reunidos a fin de solventar la querella de un señor contra otro; el uno tenía a la verdad cierta prerrogativa de títulos y alianzas que le colocaban por cima de la común nobleza. Sobre el propósito de tal prerrogativa, cada cual quería igualarle, quién alegando un origen, quién otro, quién la semejanza del nombre, quién la de las armas, quién un viejo pergamino de familia, y el que menos demostraba ser biznieto de algún rey ultramarino. Como la cosa aconteció estando para sentarse a la mesa, el primero, en lugar de ocupar su sitio, retrocedió deshaciéndose en profundas reverencias, suplicando a la asistencia que le excusara por haber incurrido hasta entonces en la temeridad de considerarlos como a compañeros; y pues que había sido informado de sus timbres de nobleza, comenzaba a honrarlos según sus respectivas categorías, no siéndole ya dable sentarse en medio de tantos príncipes. Después de esta broma, lanzóles mil injurias: «Contentémonos, les dijo, por Dios, con lo que nuestros padres se conformaron, y con lo que somos; somos lo suficiente, si cada cual sabe mantenerse en su papel no reneguemos de la fortuna y condición de nuestros abuelos, y desechemos esas fantasías estúpidas, que no pueden menos de poner en ridículo a quien tiene el mal gusto de alegarlas.»

Ni los escudos de armas ni los sobrenombres tienen seguridad alguna de duración y permanencia. Mis atributos son el azul sembrado de tréboles de oro, y una garra de león del mismo metal, armada de gules, que lo cruza. ¿Qué privilegio tiene este escudo para pertenecer siempre a mi casa? Un yerno vendrá que lo trasladará a otra familia: algún comprador mezquino hará quizás de él sus primeras armas. No hay cosa que esté más sujeta a mutación y a confusión.

Esta consideración me lleva a tratar otro asunto diferente. Sondeemos de cerca, consideremos en qué fundamos esa gloria y reputación por la cual el mundo se desquicia. ¿Sobre qué fundamentos se sostiene ese renombre que vamos mendigando e implorando a costa de tan hercúleo trabajo? ¿Es, en conclusión, Guillermo o es Pedro quién merece la recompensa, aquél a quien corresponde el galardón? ¡Oh, engañadora esperanza que en una cosa perecedera remontas en un momento al infinito, la inmensidad, la eternidad, y llenas la indigencia de tu dueño de la posesión de todas las cosas que puede imaginar y desear! La naturaleza suministró con esto un agradable juguete. Y ese Pedro y ese Guillermo, qué son en conclusión, sino una palabra, o tres o cuatro trazos de la pluma, tan fáciles de alterar, que yo preguntaría como la cosa más natural del mundo: ¿a quién corresponde el honor de tantas victorias? ¿A Guesquin[373] o Glesquin, o a Gueaquin? Mayor fundamento habría aquí para cuestionar que en Luciano, quien escribió la disputa de la  imagen y la T; pues como Virgilio, sienta.:


Non levia aut ludicra petuntur

praemia[374]:


el caso es importante; trátase de saber cuál de esas dos letras debe ser retribuida por el honor ganado en tantos sitios, batallas, heridas, prisiones y servicios prestados a la corona de Francia por aquel su famoso condestable.

Nicolás Denisot no ha conservado más que las letras de su nombre, que forman anagrama, y cambió toda la contextura del mismo para edificar el de Conte de Alsinois, al cual ha gratificado con la gloria de sus obras poéticas y pictóricas. El historiador Suetonio no guardó más que el sentido del suyo; y desechando el Lenis, que era el sobrenombre de su padre, se quedó con el de Tranquilo, heredero de la reputación de sus escritos. ¿Quién creerá que el capitán Bayardo no tuvo más honor que el que le prestaron las acciones de Pedro del Terrail, y que Antonio Escalin se dejó robar a ojos vistas el honor de tantas expediciones y cargos como hizo y ejerció por mar y tierra, por el capitán Poulin y por el barón de la Garde[375]?

Consideremos además que los nombres son sólo trazos caligráficos, comunes a millares de individuos. ¿Cuántas personas existen en todas las razas con igual nombre y apellido? La historia habla de tres Sócrates, cinco Platones, ocho Aristóteles, siete Jenofontes, veinte Demetrios y veinte Teodoros. Imagínese cuántos habrán vivido de quienes aquélla no habla para nada. ¿Quién impide a mi palafrenero el llamarse Pompeyo el Grande? Mas, después de todo, ¿qué medios ni qué recursos existen para impedir que mi mismo palafrenero una vez muerto, y aquel otro hombre a quien cortaron la cabeza en Egipto, compartan la voz gloriosa de la fama, y que de ella reciban el fruto?


Id cinerem et manes credis curare sepultos?[376]


¿Qué conocimiento tienen los dos émulos en valor, Epaminondas, de este glorioso verso que tantos siglos ha corre de boca en boca:


Consillis nostris laus est attirita Laconum[377],


ni Escipión el Africano de estos otros:


A sole exoriente, supra Maeoti paludes,

nemo est qui factis me equiparare queat.[378]


¿Los vivos se embriagan con la dulzura de tales elogios, e inspirados por ellos, sedientos de celo y deseo prestan inconsideradamente por fantasía a los muertos la pasión que a ellos les anima?. Y poseídos de una engañadora esperanza se creen a su vez fuertes para experimentar aquélla Dios lo sabe. De todos modos,


Ad haec se

Romanus, Graiusque, et Barbarus induperator

erexit; causas descriminis atque laboris

inde habuit: tanto maior famae sitis est, quam

vinutis![379]



De la incertidumbre de nuestro juicio


Este verso encierra una verdad:


 [380 - 381]


«Existe libertad cabal para hablar de todo en pro o en contra». Por ejemplo:


Vince Hannibal, e non seppe usar poi

ben la vittoriosa sua ventura.[382]


Quien opinara con nuestros contemporáneos que fue un yerro el no haber perseguido a nuestros enemigos en Moncontour; o quien acusara al rey de España[383] por no haber sabido sacar partido de la victoria que alcanzó contra nosotros en San Quintín, podría alegar como prueba de su aserto que esta falta proviene de un alma cegada o la buena estrella, y de un ánimo que, encontrándose plenamente colmado por semejante comienzo de bienandanza, pierde el deseo de acrecentarla, por encontrarse demasiado imposibilitado de digerir la que ya posee. Sus brazos abarcaron por completo la fortuna, ya no puede extenderlos más; porque, ¿qué provecho experimenta el vencedor, si consiente a su enemigo adquirir vigor nuevo? ¿Qué esperanza puede tenerse de que comience un nuevo ataque cuando el enemigo se encuentre ya unido y repuesto, y de nuevo armado de despecho y de venganza, quien no osó o no supo perseguirlo cuando estaba quebrantado y atemorizado?


Dum fortuna calet, dum conficit omnia terror?[384]


Y, en suma, ¿qué puede esperar de más ventajoso que lo que acaba de perder? Porque, en una batalla, no acontece lo mismo que en la esgrima, en la cual el número de acometidas hace ganar al adversario; mientras éste se mantiene en pie deben comenzarse de nuevo los ataques; no hay victoria posible cuando ésta no pone término a la guerra. En la escaramuza en que César corrió grave riesgo cerca de la ciudad de Oricum[385], dijo a los soldados de Pompeyo, que de haber sabido éste aprovecharse de la victoria, él hubiera sido perdido. César, cuando le llegó su turno de ganar, que fue pocos días después, mostró a Pompeyo que sacaba mejor provecho de las derrotas de sus enemigos.

Mas, ¿por qué no alegar la razón contraria, y asegurar en este caso que es propio de un espíritu precipitado e insaciable el no saber poner fin a su codicia; que es abusar de los favores de Dios quererlos hacer perder la medida que el Señor les ha prescrito, y que arrojarse al peligro después de la victoria es empujar a de nuevo hacia el acaso; que la mayor prudencia en el arte militar consiste en no lanzar a la desesperación al enemigo?... Mario y Sila, en la guerra social, derrotaron a los marsos, y viendo luego que todavía quedaba una tropa de reserva que, movida por la desesperación, se les acercaba cual si fueran bestias furiosas, no quisieron hacerla frente. Si el ardor del señor de Foix no le habría impelido a perseguir con rudeza extrema a los últimos supervivientes de la victoria de Ravena, no hubiera entristecido con su muerte la batalla; sin embargo, la reciente memoria de su ejemplo sirvió a preservar al señor de Enghién de semejante desdicha en el combate de Cerisole. Es peligroso acorralar a un hombre a quien se ha despojado de todo otro medio de escapar que haciendo uso de las armas, pues la necesidad es una violenta escuela: gravissimi sunt morsus irritate necessitatis.


Vincitur haud gratis, jugulo qui provocat hostem.[386]


He ahí por qué Farax no permitió al rey de Lacedemonia, que acababa de ganar la batalla contra los mantineos, afrontar a mil argianos que habían logrado escapar de la derrota; los dejó huir con entera libertad por no probar el empuje del vigor, picado y despechado por la desdicha. Clodomiro, rey de Aquitania, después de la victoria persiguió a Gondomar, rey de Borgoña, el cual, vencido y huido como se encontraba, obligó a aquél a volver la espalda. El tesón de Clodomiro le arrancó el fruto del combate, pues fue causa de que perdiera la vida.

De un modo análogo, quien hubiera de escoger entre los dos medios siguientes, o presentar sus soldados rica y suntuosamente armados, o armados sólo de lo más indispensable, se inclinará al primer partido, del cual fueron Sertorio, Filopómeno, Bruto, César y otros, alegando que es un aguijón del honor y de la gloria para el soldado el verso bien ataviado, y una razón de más para dirigirse con obstinación al combate el tener que defender sus armas como sus bienes y heredades. Por esta razón, dice Jenofonte, los asiáticos llevaban consigo a la guerra sus mujeres y concubinas, sus joyas y riquezas más estimadas. Mas por otra parte, puede muy bien alegarse que debe más bien quitarse al soldado toda idea de conservar riquezas y que es mejor acrecentárselas, pues de aquel modo temerá doblemente el perder la vida; además, se aumenta en el enemigo el ansia de la victoria, con el fin de apoderarse de los ricos despojos de los combatientes; y se ha notado que en ocasiones, ese deseo duplicó la fuerza de los romanos en la guerra contra los saninitas. Mostrando Antioco a Aníbal el ejército que tenía armado contra los romanos, que era pomposo y magnífico en toda suerte de aprestos, preguntole: «¿Se conformarán mis enemigos con estas fuerzas? -¿Si se conformarán? ya lo creo, por muy avaros que sean.»

Licurgo prohibía a sus soldados, no sólo la suntuosidad en el apresto, sino también que despojaran al enemigo cuando le habían vencido, queriendo, decía, que la pobreza y la frugalidad brillasen en sus tropas.

En los combates, o en otro lugar cualquiera en que la ocasión nos pone cerca del enemigo, concedemos de buen grado licencia de desafiarle a nuestros soldados, de menospreciarle e injuriarle con toda suerte de improperios, y no sin visos de razón; pues no es cosa de poca monta arrancarle toda esperanza de transacción y gracia, haciéndole ver que no hay lugar a esperar tregua ninguna de quien hemos recibido tan duros ultrajes, y que no hay otro remedio más que la victoria, tal costumbre, sin embargo, engañó a Vitelio, pues en su lucha con Otón, cuyos soldados, hallándose desacostumbrados a la guerra de larga fecha y dominados por la molicie de la ciudad, aquél los molestó tanto con palabras picantes, echándoles en cara su pusilanimidad y el sentimiento de las danzas y fiestas que acababan de dejar en Roma, que por tal camino hicieron de tripas corazón, poniendo en práctica lo que ninguna exhortación había logrado de ellos, y cayeron sobre Vitelio impetuosamente. En verdad, cuando las injurias tocan a lo vivo, pueden dar fácilmente ocasión a que el que se dirigía con flojedad a la lucha por la querella de su rey, vaya en otra disposición distinta por su propia honra.

Considerando de cuánta importancia sea la conservación del jefe en un ejército, y que el fin preponderante del enemigo mire principalmente esa cabeza que sostiene todas las demás, parece que debiera aceptarse el consejo que vemos fue practicado por muchos grandes capitanes de disfrazarse en el momento de la lucha; sin embargo, el inconveniente que acarrea este medio no es menor que el que se procura huir, pues siendo el capitán desconocido de los suyos, el valor que adquieren los soldados con su presencia y ejemplo, llega a faltarles, y perdiendo la vista de sus marcas e insignias acostumbradas, le juzgan o muerto o escapado de la lucha por desesperanza de ganarla. La experiencia nos muestra que unas veces fue favorable y otras adversa esta estratagema El accidente de Pirro en la batalla que libró contra el cónsul Cevino en Italia, puede servir para inclinarnos a uno o a otro parecer, pues por haber querido ocultarse bajo la armadura de Megacles, y haberle dado la suya, pudo muy bien salvar su vida, pero le faltó poco para perder la victoria. Alejandro, César y Luculo gustaron de señalarse en el combate, cubriéndose de suntuosos atavíos de brillantes colores. Agis, Agesilao y el gran Gilipo, al contrario, iban a la guerra vestidos modestamente, sin insignias ni adornos imperiales.

En la batalla de Farsalia, entre otras censuras que se dirigieron a Pompeyo, se cuenta la de haber hecho detener a su ejército a pie firme para esperar al enemigo. Con semejante conducta (citaré aquí las palabras de Plutarco, que valen más que las mías), «debilitó la violencia que la carrera procura al primer ataque, y al propio tiempo hace desaparecer el empuje de los combatientes unos contra otros, el cual los llena de impetuosidad y furor, mejor que otro cualquiera procedimiento táctico; el choque, los gritos y el arranque duplican el calor de la refriega. Tal es el parecer de Plutarco. Mas si César hubiese perdido la batalla, hubiérase podido decir, por el contrario, que el orden de combate más fuerte y seguro es aquel en que un ejército se mantiene a pie firme, sin menearse siquiera; y que el que se detiene en su marcha, economizando y concentrando sus fuerzas en sí mismo, lleva gran ventaja contra el que se agita, el cual ha malgastado ya en la carrera la mitad de su ímpetu; además, siendo el ejército un cuerpo de tan diversas unidades, es imposible que se mueva en medio de la furia con movimiento tan exacto que el orden no altere o rompa, y que el soldado mejor dispuesto a la lucha no se halle en peligro antes de que su compañero pueda socorrerle. En la vergonzosa batalla que sostuvieron los dos hermanos persas, Clearco, lacedemonio, que mandaba a los griegos del partido de Ciro, los condujo a la carga valientemente, pero sin apresurarse; mas cuando se hallaban a cincuenta pasos del enemigo dio orden de atacar a la carrera, esperando, merced a la escasa distancia, aprovechar mejor el ímpetu y conservar el orden, procurándoles ventaja en la acometida, así para las personas como en el empleo de las armas punzantes que disparaban. Otros resolvieron esta duda en sus ejércitos del siguiente modo: «Si el enemigo corre hacia vosotros, aguardadle a pie firme; si el enemigo os espera, corred hacia él.»

En la expedición que el emperador Carlos V hizo a Provenza, el rey Francisco tuvo ocasión de elegir entre salirle al encuentro a Italia o aguardarlo en sus tierras; y bien que nuestro monarca considerase cuánta ventaja sea conservar la casa pura y limpia de los trastornos de la guerra, a fin de que, guardando íntegras sus fuerzas, pueda proveer a los gastos con recursos y hombres en caso necesario; teniendo en cuenta que, la necesidad del combatir obliga a todos a hacer sacrificios que no pueden realizarse sin pérdidas en nuestros propios dominios; que si el habitante del país no soporta de buen grado los destrozos del soldado enemigo, peor todavía resiste los del francés, de suerte que esta circunstancia podía encender fácilmente entre nosotros trastornos y sediciones; que la licencia de robar y saquear, la cual no puede ser consentida en su propio país, constituye un gran alivio a los males de la guerra, y quien no tiene otra esperanza de lucro si no es su sueldo, es difícil que se mantenga en el cumplimiento estricto de su deber, encontrándose cerca de su mujer y de su casa; que el que pone el mantel paga siempre los gastos del festín; que hay satisfacción más grande en sitiar que en defender; y que la sacudida que ocasiona la pérdida de una batalla en nuestros dominios es tan violenta, que hace muy difícil el impedir el movimiento de todo el cuerpo, en atención a que ninguna pasión existe tan contagiosa como la del miedo, ni que se adquiera más sin motivos, ni que se extienda más bruscamente; que las ciudades que oyen el estallido de esta tempestad a sus puertas, que recogen sus capitanes y sus soldados temblorosos y sin aliento, hay grave riesgo de que en ese instante de pánico tomen alguna determinación extrema, y otras mil razones análogas, de todas suertes, Francisco I se determinó a llamarlas fuerzas de que disponía del otro lado de los montes, y a ver acercarse al enemigo; pues bien pudo imaginar, en contra de todo lo expuesto, que encontrándose en su casa, entre sus amigos y vasallos, no podía menos de recabar ventajas grandes; los ríos y los caminos a su disposición, conduciríanle víveres y recursos con seguridad cabal y sin necesidad de escoltas; que tendría a sus súbditos tanto más a su albedrío, cuanto que ellos verían el peligro más de cerca; que disponiendo de tantas ciudades y murallas para su albergue y defensa, no estaba sino en su mano conducir el orden de combate según lo creyera más oportuno o ventajoso; y si le venía en ganas contemporizar, al abrigo y cómodamente podría ver enfriarse al enemigo y perder fuerzas por sí mismo, a causa de las dificultades que encontraría luchando en tierra extraña, en la que no tendría delante ni tras él, ni a su lado, nada que no lo fuese adverso, al par que no acariciaría la ventaja de refrescar o ensanchar su ejército si las enfermedades le atacaban, ni tampoco podría poner en salvo sus heridos; ni recursos ni otros víveres poseería que los que a punta de lanza se procurara, ni espacio para descansar y tomar aliento, ni conocimiento de los lugares ni del país, que pudiera defenderle de las sorpresas y emboscadas; y por último, si salía perdiendo en alguna batalla, tampoco dispondría de medios para salvar los despojos. Para adoptar uno u otro partido, presentábanse razones sobradas.

Escipión optó por ir a sitiar las tierras de su enemigo al África mejor que defender las suyas y combatirle en Italia, donde se encontraba, con lo cual salió ganancioso. Aníbal, por el contrario, se arruinó en esa misma guerra por haber abandonado la conquista de un país extranjero y preferido defender el suyo. Habiendo los atenienses dejado al enemigo en sus tierras para dirigirse a Sicilia, tuvieron la fortuna contraria; pero Agátocles, rey de Siracusa, la tuvo de su parte cuando pasó al África y dejó sus Estados ardiendo en guerra.

Así acostumbramos a decir con razón sobrada que los acontecimientos y el desenlace de los mismos dependen en las cosas de la guerra, principalmente de la fortuna, la cual se opone a plegarse a nuestra prudencia y a nuestras reflexiones, como rezan los versos siguientes:


Et mate consultis pretium est; prudentia fallax

nec fortuna probat causas, sequiturque merentes,

sed vaga por cunctos nullo discrimine fertur.

Scilicet est aliud, quod nos cogatque regatque

majus, et in proprias ducat mortalia leges.[387]


Y bien mirado, diríase que nuestras deliberaciones y consejos dependen igualmente de la fortuna, la cual con su fuerza e incertidumbre arrastra también nuestro juicio. «Razonamos temeraria y casualmente, dice Timeo en un diálogo de Platón, porque, como nosotros, nuestros juicios participan grandemente del acaso.»



De los caballos de combate

Heme aquí convertido en gramático, yo que nunca aprendí las lenguas sino por rutina, y que ignoro a estas horas lo que sean subjuntivo, adjetivo y ablativo. Paréceme haber oído decir que los romanos tenían unos caballos, a los cuales llamaban funales o dextrarios, que conducían con la diestra o guardaban en lugares de relevo para servirse de ellos en caso necesario; de aquí proviene que nosotros llamemos dextriers a los caballos de servicio, y el que nuestros viejos autores digan ordinariamente adestrer por acompañar. Llamaban también los antiguos desultorios equos a dos caballos que estaban educados de tal suerte, que corriendo a todo galope y yendo a la par, sin brida ni silla, los caballeros romanos, aun encontrándose armados, se arrojaban y volvían a arrojarse de uno en otro en medio de la carrera. Los jinetes númidas llevaban a la mano un segundo caballo para cambiar en lo más rudo de la pelea: quibus, desultorum in modum, binos trahentibus equos, inter acerrimam saepe pugnam, in recentem equum, ex fesso, armatis transsultare mos erat: tanta velocitas ipsis, tamque docile equorum genus![388] Hansa visto muchos corceles enseñados a socorrer a sus amos, ir derechos hacia quien les presentaba una espada desnuda y arrojarse sobre él a bocados y a coces; pero acontece con frecuencia que ocasionan mayor daño que provecho a quien tratan de defender, pues no pudiéndolos abandonar fácilmente, una vez desbocados, el jinete queda entregado a las fuerzas del animal. Tal desgracia aconteció a Artibio, general del ejército persa, en un combate contra Onesilo, rey de Salamina, en que ambos sostuvieron la lucha de hombre a hombre; montaba el primero un caballo educado en aquella escuela, que fue causa de su muerte, pues el escudero de Onesilo dio un guadañazo en las espaldas a Artibio, que le derribó por tierra, de encabritado como estaba su caballo. Y lo que los italianos cuentan de que en la batalla de Fornovo el caballo del rey Carlos le salvó la vida dando coces contra los enemigos que le asediaban, caso de ser cierto, fue un gran azar. Los mamelucos se vanaglorian de poseer los caballos de guerra más diestros del mundo, los cuales por naturaleza y por educación están hechos a conocer y distinguir al enemigo, sobre el cual es necesario que se precipiten con furia, a coces y mordiscos, según la voz o seña que se les hace, y también a coger con la boca los dardos y lanzas en medio de la pelea y ofrecérselos a sus amos citando éstos se lo ordenan. Dicen de César y también del gran Pompeyo, que además de las otras excelentes cualidades que les adornaban, eran muy buenos, jinetes y del primero, que cuando joven, montaba de espaldas un caballo sin brida, haciéndole tomar carrera con las manos atrás. Como la naturaleza quiso hacer de César y Alejandro dos milagros en el arte militar, diríase que se esforzó también en armarlos de un modo singular pues todos sabemos de Bucéfalo, el caballo de Alejandro, que tenía la cabeza semejante a la de un toro; que no se dejaba montar por otro que no fuer su amo, ni tampoco permitió nunca ser educado por otro; que fue honrado después de su muerte, y que se edificó una ciudad que llevó su nombre. César tenía también un corcel cuyas manos eran como los pies de una persona y el casco cortado en forma de dedos tampoco pudo montarlo ni educarlo nadie sino César, el cual dedicó su estatua, después de su muerte, a la diosa Venus.

Cuando yo monto a caballo echo pie a tierra mal de mi gado pues es la posición en que me siento mejor, así cuando estoy sano como encontrándome enfermo. Platón recomienda el cabalgar para la salud, y Plinio dice que es provechoso para el estómago y las articulaciones. Pero prosigamos, puesto que de ello estamos hablando.

En Jenofonte se lee una ley que prohibía viajar a pie él quien tuviera caballo. Trogo y Justino cuentan que los partos acostumbraban a hacer a caballo, no ya sólo la guerra, sino también todos sus negocios privados y públicos: comerciar, parlamentar, conversar e ir de paseo, y añádese que la distinción capital entre siervos y hombres libres consistía en que los unos cabalgaban y los otros iban a pie, costumbre que databa desde a época de Ciro.

Hay varios ejemplos en la historia romana, (Suetonio, los señala más concretamente que César) de capitanes que ordenaban a sus gentes de a caballo echar pie a tierra cuando se veían acometidos, para quitar así a los soldados toda ocasión de huir, y también por la ventaja que esperaban en esta clase de combate: quo, haud dubie, superat Romanus[389], dice Tito Livio. De tal suerte que la primera medida que tomaban para reprimir la rebelión de los pueblos nuevamente conquistados era despojarlos de armamentos y de caballos; por eso vemos en César: arma proferri, jumenta produci, obsides dari jubet[390]. El sultán de Turquía no consiente hoy ni a cristiano ni a judío tener caballo en toda la extensión de su imperio.

Nuestros antepasados, principalmente en la época de la guerra contra los ingleses, luchaban a pie casi siempre en los combates solemnes para no confiar más que a su propia fuerza y vigor cosas tan caras como el honor y la vida. Diga lo que quiera Crisantes en Jenofonte, el jinete une su fortuna a la de su caballo; las heridas de éste y su muerte influyen en el soldado; el horror o la fogosidad del animal os hacen cobarde o temerario. Si el caballo es insensible a la brida o a la espuela, vuestro honor pagará la falta del corcel. Por esta razón no considero extraño que aquellos encuentros a pie firme fuesen más vigorosos y más furiosos que los que se verifican a caballo:


Caedebant pariter, pariterque ruebant

victores victique; necque his fuga nota, neque illis[391];


el triunfo que se alcanzaba era con mayor encarnizamiento disputado, mientras que hoy no vemos más que caminatas militares primus clamor atque impetus rem decernit[392]. Pues que en los combates lo encomendamos todo al caso, debiera procurarse que el triunfo dependiera más bien de nuestro poderío y de nuestra voluntad; yo aconsejaría que se eligieran las armas más cortas y manejables. Mejor puede defenderse el combatiente con una espada que empuña que con la bala que escapa de su arcabuz; en el mecanismo de éste entran la pólvora, la piedra y la rueda; si cualquiera de estas cosas falla, peligrará la fortuna del guerrero. Mal puede asegurarse el golpe cuyo solo vehículo es el aire:


Et, quo ferre velint, permittere vulnera ventis:

ensis habet vires; et gens quaecumque virorum est,

bella gerit gladiis.[393]


En cuanto al arma de que acabo de hablar, insistiré con mayor amplitud en el pasaje en que establezca la comparación de los pertrechos de guerra que usaron los antiguos con los que nosotros empleamos; salvo el estruendo que producen, al cual todos ya están habituados, creo que el arcabuz es de escaso efecto, y entiendo que no está lejos el día en que se abandone su uso. El arma de que los italianos se servían, que era de fuego y arrojadiza, producía un efecto más seguro; llamábanla falárica, y consistía en una especie de jabalina, armada por uno de sus extremos de un hierro de tres pies de largo, con el cual se podía atravesar a un hombre armado de parte a parte, y se lanzaba unas veces con la mano, otras con una máquina de guerra para defender los lugares sitiados. La madera a que el hierro estaba sujeto hallábase rodeada de estopa, embadurnada de pez y empapada en aceite, que con la carrera se inflamaba, y quedaba sujeta al cuerpo o al escudo del enemigo privándole de todo movimiento. De todos modos se me figura que la falárica ocasionaría perjuicios a los sitiadores, y que estando el campo sembrado de estos troncos encendidos, podía producir en la lucha perjuicios comunes:


Magnum stridens contorta phalarica venit,

fulminis acta modo.[394]


Contaban también los romanos con otros medios de guerrear, a los cuales la costumbre los hacía aptos, que a nosotros nos parecen increíbles por la inexperiencia que de ellos tenemos, y con los que suplían la falta de nuestra pólvora y nuestras balas. Manejaban las jabalinas con fuerza tal, que a veces enfilaban dos escudos con sus hombres armados, y los cosían el uno al otro. Los disparos de sus hondas, no eran menos certeros, aun a gran distancia: saxis globosis... funda, mare apertum incessentes... coronas modici circuli, magno ex intervallo loci, assueti trajicere, non capita modo hostium vulnerabant, sed quem locum destinassent[395]. Sus máquinas de guerra ofrecían el aspecto de las nuestras y producían el mismo estrépito: ad ictus maenium cum terribili sonitu editos, pavor et trepidatio cepit[396]. Los galos, nuestros parientes cercanos en el Asia menor, odian estas armas traidoras y volanderas, hechos como se encontraban a combatir mano a mano, con mayor brío. Non tam parentibus plagis moventur... ubi latior quam altior plaga est, etiam gloriosius se pugnare putant; iidem, quum aculeus sagittae, aut glandis abditae introrsus tenui vulnere in speciem urit... tum, in rabiem et pudorem tam parvae perimentis pestis versi, prosternunt corpora humi[397]; pintura semejante a la de un arcabuzazo. Los Diez Mil en su retirada prolongada y famosa, encontraron un pueblo que los causó daños considerables, sirviéndose de arcos grandes y resistentes, y de flechas tan largas, que aun con la mano podían arrojarse, a manera de dardos, y atravesar de parte a parte un escudo y un hombre armado. Las máquinas de guerra que Dionisio inventó en Siracusa, que servían para lanzar gruesos macizos y piedras de tamaño enorme con ímpetu formidable, representan, o eran ya semejantes a nuestros recientes inventos.

No hay que echar tampoco en olvido la graciosa postura que guardaba en su mula un señor Pedro Pol, doctor en teología, de quien cuenta Monstrelet que acostumbraba a pasearse por la ciudad de París sentado de lado, como las mujeres. En otro pasaje refiere el mismo escritor que los gascones tenían unos caballos terribles acostumbrados a dar la vuelta en redondo yendo al trote, lo cual admiraban sobremanera los franceses, picardos, flamencos y brabantinos, «porque no tenían costumbre de verlos», según rezan las palabras de Monstrelet. César dice hablando de los suecos: «En los encuentros a caballo echan con frecuencia pie a tierra para combatir mejor; habiendo acostumbrado a los caballos a no moverse del lugar en que los dejan, recurren luego a ellos en caso de necesidad; conforme a la manera de guerrear de estos pueblos, nada hay tan villano ni cobarde como el uso de sillas y armaduras para los corceles, de tal suerte desdeñan a los que las usan; con hábitos semejantes, aun siendo pocos en número, atacan al enemigo por numeroso que sea.» Lo que yo he admirado en otro tiempo de ver un caballo hecho a manejarse a todas manos con una varilla, sin el auxilio de la brida, era usanza ordinaria de los masilianos, que se servían también de sus corceles sin silla:


Et gens, quae nudo residens Massylia dorso,

ora levi flectit, fraenorum nescia, virga[398]


Et Numidae infraeni cingunt.[399]


Equi sine fraenis; deformis ipse cursus, rigida cervice, et extento capile currentium[400]. El rey Alfonso VI de España, fundador de la Orden de los Caballeros de la Banda[401], estableció entre otras ordenanzas la de que no se montase mula ni macho, bajo la pena de un marco de plata de multa, según leo en las cartas de Guevara, a las cuales los que llamaron doradas hacían de ellas un juicio bien diferente del mío. En El Cortesano, de Castiglione, se dice que antes de la época en que fue escrito el libro constituía una falta para un gentilhombre cabalgar sobre una mula. Los abisinios, por el contrario, a medida que por su rango se acercan más al Preste Juan, su soberano, tienen a dignidad y pompa el montar una de grande alzada.

Refiere Jenofonte que los asirios tenían siempre trabados sus caballos en sus casas, a tal punto eran fogosos y salvajes de temperamento; y que era tanto el tiempo que necesitaban para desatarlos y ponerlos los arneses, que para que el que empleaban en la operación no les acarreara perjuicios caso de que el enemigo los cogiera desprevenidos, jamás ocupaban campo que no estuviera defendido y rodeado de fosos. Su rey Ciro, tan gran maestro en cosas de caballería, gobernaba los caballos de su cuadra, y no consentía que les dieran el pienso si antes no habían ejecutado un ejercicio rudo. Los escitas, donde quiera que la necesidad los empujara a la guerra, sangraban a los suyos y empleaban la sangre como alimento:


Venit el opoto Sarmata pastos equo.[402]


Los habitantes de Creta, sitiados por Metelo, se vieron en carencia tal de ninguna otra bebida, que tuvieron que servirse de la orina de sus caballos para aplacar su sed.

Para probar que los ejércitos turcos se mantienen y conducen mejor disciplinados que los nuestros, dícese, que, aparte de que los soldados no beben más que agua ni comen más que arroz y carne salada reducida a polvo: de la cual cada uno lleva encima fácilmente su provisión para un mes, saben también mantenerse en caso necesario, con la carne y la sangre de sus caballos, que adoban de antemano, como los tártaros y los moscovitas.

Esos pueblos nuevos de la India creyeron, cuando los españoles llegaron allí, que así los hombres como sus caballos eran dioses o seres cuya nobleza sobrepasaba la suya; algunos, después de haber sido vencidos, solicitaban, la paz y el perdón, ofrecíanles oro y viandas, y otro tanto hacían con los caballos, cuyos relinchos tomaban por lenguaje de conciliación y tregua.

En las Indias Orientales era en lo antiguo el honor más principal y regio cabalgar sobre un elefante; el segundo, ir en coche arrastrado por cuatro caballos; el tercero, montar un camello, y el último honor y categoría consistía en ser llevado en un caballo o en una carreta tirada por un solo corcel. Un escritor de nuestro tiempo; dice haber visto en esos climas regiones en que se montan bueyes con albarda, estribos y bridas, y añade que no es ya mal en semejante cabalgadura.

Quinto Fabio Máximo Rutiliano, en la guerra contra los samnites, viendo que sus gentes de a caballo a la tercera o cuarta carga habían casi deshecho al enemigo, tomó la determinación de que los soldados soltaran las bridas de sus corceles y cargaran a toda fuerza de espuela; de suerte que, no pudiéndolas detener ningún obstáculo al través del ejército enemigo, cuyos soldados estaban tendidos por tierra, abrieron paso a la infantería, que completó la sangrienta derrota. Igual conducta siguió Quinto Fulvio Flaco contra los celtíberos: Id cum majore vi equorum facietis, si effraenatos in hostes equos immittitis; quod saepe romanos equiles cum laude fecisse sua, memoriae proditum est... Detractisque fraenis, bis ultro citroque cum magna strage hostium, infractis omnibus hastis, transcurrerunt[403].

El duque de Moscovia cumplía en lo antiguo la siguiente ceremonia con los tártaros, cuando éstos le enviaban sus embajadores: salíales al encuentro a pie y les presentaba un vaso de leche de yegua, bebida que aquéllos gustaban con delicias; si al beberla caía alguna gota en las crines de los caballos, el duque tenía la obligación de pasar la lengua por ella. El ejército que el emperador Bayaceto envió a Rusia, fue destrozado por una tan furiosa nevada, que muchos soldados para ponerse a cubierto y preservarse del frío, mataron y destriparon sus caballos y se metieron dentro de los cuerpos gozando así del calor vital. Bayaceto después de tan terrible fracaso en que fue destrozado por Tamerlán, escapó a toda prisa montado en una yegua árabe, y hubiéralo conseguido de no haberse visto obligado a dejarla beber cuanto quiso a su paso por un arroyo, lo cual la hizo enflaquecer y enfriarse tanto, que fue atrapado por sus perseguidores. Dícese que los caballos se acobardan dejándoles orinar, pero a éste dejándola beber hubiera creído más bien que se refrescara y fortaleciera.

Al atravesar Creso la ciudad de Sardes, encontró un prado en que había gran cantidad de serpientes que sus caballos comieron con apetito excelente, lo cual fue de mal augurio para sus empresas, según refiere Herodoto. Llamamos caballo entero al que tiene las demás partes tan cabales como la crin y las orejas. Habiendo los lacedemonios derrotado a los atenienses en Sicilia, regresaron triunfalmente a la ciudad de Siracusa, entre otras fanfarronadas que hicieron esquilaron los caballos de sus enemigos llevándolos así pomposamente. Alejandro guerreó contra un pueblo que se llamaba Dahas, en el cual dos soldados montaban un mismo corcel pero cuando llegaba la hora de la lucha, uno de ellos echaba pie a tierra y combatían ya a pie, ya a caballo ambos soldados.

No creo que ninguna nación nos aventaje en el acertado manejo de este animal. Entre nosotros se llama buen jinete aquel que despliega menos acierto que arrojo. El más competente, el más seguro, el caballero más diestro que he conocido en el manejo del caballo fue el señor Carnavalet, que estuvo al servicio de nuestro monarca Enrique II. He visto a un hombre correr a galope sobre un caballo, puesto de pie en la silla, desmontar ésta, volverla a colocar y sentarse de nuevo, llevando siempre el corcel a todo galope, saltar sobre un objeto cualquiera, disparar de espaldas su arco recoger del suelo cuanto quería, echando un pie a tierra, sosteniéndose con el otro en el estribo, y hacer otra porción de monerías con las cuales se ganaba la vida.

En mi tiempo se han visto en Constantinopla dos hombres puestos sobre el mismo caballo, los cuales en lo más impetuoso de la carrera se arrojaban al suelo alternativamente, y luego volvían a montar; otro que con sólo los dientes enjaezaba el suyo; otro que, colocado entre dos caballos, y un pie en cada silla, sostenía a un hombre en sus brazos y picaba espuela a toda brida; el segundo, puesto luego de pie sobre el primero, hacía blancos certeros con su arco; varios que, con las piernas en lo alto, la cabeza puesta en la silla entre las puntas de dos alfanges sujetos al arnés, se sostenían sobre el caballo a la carrera. En mi infancia, el príncipe de Sulmona, en Nápoles, manejaba un caballo entero en toda suerte de ejercicios, teniendo entre el cuerpo del animal y sus rodillas, y lo mismo entre el estribo y los pulgares de sus pies dos piececitas de plata, cual si hubieran estado clavadas, para mostrar la firmeza con que se mantenía sobre el corcel.


De las costumbres antiguas

De buen grado excusaría a nuestro pueblo el no tener otro patrón ni regla de perfección que sus propios usos y costumbres, pues es defecto común, no solamente del vulgo sino de casi todos los hombres, el acomodarse para siempre al género de vida en que han sido educados. No me descontenta que el pueblo se sorprenda cuando vea a Fabricio y a Lelio, ni que encuentre su continente y porte bárbaros, puesto que no están ni vestidos ni de acuerdo con nuestra moda; pero lamento la facilidad deplorable con que el mismo pueblo se deja engañar y cegar por la autoridad del uso actual; de que a diario cambie de opinión y parecer, si así place a la costumbre, y de que tan veleidoso sea por sí mismo. Cuando se usaba llevar la ballena del corpiño entre los pechos, mantenía esta costumbre con vivos argumentos, creía que estaba en lo justo; años después la ballena desciende hasta los muslos, y el mismo pueblo se burla de su antigua moda, y la encuentra inútil o insoportable. La del día le ha hecho en seguida condenar la antigua con una resolución tan grande y tan general consentimiento, que no parece sino manía lo que de tal modo le trastorna el entendimiento. Nuestro cambio es tan súbito y tan presto en esto de las modas, que las invenciones de todos los sastres del mundo no bastarían a procurarnos novedades; fuerza es que las desechadas adquieran luego crédito de nuevo y las aceptadas se desdeñen poco tiempo después; y que una misma opinión adquiera en el trascurso de quince o veinte años dos o tres formas no ya sólo diversas, sino contrarias, merced a nuestra ligereza e inconstancia increíbles. Nadie hay entre nosotros, por lince que sea, que no se deje embaucar y desvanecer por tal contradicción, así los ojos del alma como los del cuerpo, insensiblemente y como sin darse cuenta.

Quiero traer aquí a cuento algunas modas antiguas que recuerdo, las unas semejantes a las nuestras, las otras diferentes, a fin de que poniendo a la vista esta continua mudanza de las cosas humanas, tengamos el juicio más despejado y menos volandero.

El combate que nosotros llamamos de capa y espada, usábase ya entre los romanos, tal por lo menos asegura César: Sinistras sagis involvunt, gladiosque distringunt[404] y advierte también en nuestro pueblo el vicio, que existe aun hoy, de detener a los que encontramos en nuestro camino y obligarlos a que nos digan quienes son, tomando a injuria y ocasión de querella, el que se nieguen a respondernos.

En los baños, que los antiguos tomaban todos los días antes de la comida, y de los cuales se servían con igual frecuencia que nosotros nos lavamos las manos, en los comienzos sólo se remojaban los brazos y las piernas; mas después (la costumbre ha durado varios siglos en la mayor parte de las naciones del mundo), se bañaban completamente desnudos con agua en que echaban diversas mixturas y perfumes, de tal suerte que consideraban como ejemplo e morigeración el bañarse con agua pura. Los más delicados perfumábanse todo el cuerpo tres o cuatro veces al día. Arrancábanse el pelo del cutis con pinzas, como las mujeres francesas hacen de algún tiempo acá con los de la frente,


Quod pectus, quod crura tibi, quod brachia vellis[405],


aunque poseían ungüentos propios para este efecto


Psilothro nitet, aut acida latet oblita creta.[406]


Gustaban tenderse en el lecho, que era muy blando, y consideraban como sacrificio el acostarse en colchones. Comían en la cama adoptando una postura análoga a la de los turcos en el día:


Inde toro pater Aencas sic orsus ab alto.[407]


Cuéntase de Catón el joven, que después de la batalla de Farsalia, hallándose apenado por el mal estado de los negocios públicos, comió siempre sentado, adoptando un género de vida austero. Besaban las manos a los grandes para honrarlos y acatarlos. Entre amigos besábanse al saludarse como los venecianos,


Gratatusque darem cum dulcibus oscula verbis[408];


se tocaban las rodillas para reverenciar y mostrar a los grandes pleito homenaje. Pasicles el filósofo, hermano de Crates, en lugar de poner su mano en la rodilla llevola a los órganos genitales; la persona a quien saludaba habiéndole rechazado violentamente, Pasicles repuso: ¡Cómo! ¿esa parte no es tan vuestra como la otra? Comían como nosotros la fruta al fin de la comida. Se limpiaban el culo (dejemos para las mujeres los vanos miramientos de las palabras) con una esponja, por eso este vocablo es obsceno en latín; la esponja estaba sujeta al extremo de un palo, como atestigua la historia de un hombre a quien conducían a ser presentado a las fieras ante el pueblo, el cual pidió permiso para hacer sus menesteres, y no teniendo otro medio de quitarse la vida, se la metió junta con el palo por la garganta, y se ahogó. Secábanse el miembro con lana perfumada cuando habían hecho uso de él:


At tibi nil faciam; sed lota mentula lona.[409]


Había en las encrucijadas de Roma recipientes y tinas para aliviar las necesidades urgentes de los transeúntes:


Pusi saepe lacum propter, se, ac dolia curta,

somno devincti, credunt extoliere vestem.[410]


Tomaban algo de reparo entre las comidas. En verano había vendedores de nieve para refrescar el vino, y algunos la empleaban también en invierno, no encontrando aquella bebida suficientemente fresca. Los grandes disponían de trinchantes y escanciadores para el gobierno de la mesa y de bufones para su regocijo. En invierno se servían las carnes puestas sobre hornillos, que se colocaban en las mesas; tenían cocinas portátiles; yo he visto algunas, en las cuales podía trasladarse de lugar todo el servicio:


Has vobis epulas habete, lauti:

nos offendimur ambulante caena.[411]


En verano dejaban correr el agua fresca y clara en las habitaciones de planta baja, en canales donde había gran cantidad de peces vivos, que los concurrentes escogían y tomaban con la mano para aderezarlos cada cual a su gusto. El pescado ha tenido siempre el privilegio, y lo tiene todavía, de que los grandes se vanaglorien de saber condimentarlo: su salsa es preferible a la de la carne, al menos para mi paladar. En toda suerte de magnificencia, exquisitez y voluptuosas invenciones de molicie y suntuosidad, nosotros hacemos cuanto nos es dable para igualar a los antiguos, pues nuestra voluntad está tan viciada como la suya, aunque nuestros medios no la alcancen; ni siquiera son capaces nuestras fuerzas de igualarlos en sus vicios, o menos en sus virtudes, pues los unos y las otras imanan del vigor de espíritu, el cual era, sin ponderación, mucho más grande en aquellos hombres que en nosotros; y las almas, a medida que son menos fuertes, cuentan con menos medios para realizar en grande el bien y para ejecutar el mal en la misma proporción.

El lugar más honroso entre ellos era el del medio. El anterior y el posterior no tenían ni al escribir ni al hablar significación alguna de categoría, como se ve de un modo evidente por sus escritos: lo mismo decían Opio y César que César y Opio; lo misino yo y tú que tú y yo. Por esta razón he advertido en la vida de Flaminio del Plutarco de Amyot, un pasaje en que éste, hablando del celo por la gloria que existía entre etolianos y romanos, por saber a quién pertenecía la honra de una batalla que habían ganado juntos, se fije en que en las canciones griegas figurasen los etolios antes que los romanos, si es que no hay doble sentido en las palabras francesas.

Aunque las damas se encontrasen en el baño, no tenían inconveniente en hablar con los hombres, y allí mismo recibían de manos de sus criados unturas y fricciones:


Inguina succinctus nigra tibi servus aluta

stat, quoties calidis nuda foveris aquis.[412]


También usaban polvos para reprimir el sudor.

Los primitivos galos dice Sidonio Apolinario, llevaban el pelo largo por delante, y el de la nuca lo tenían cortado: igual uso que el recientemente puesto en vigor por las costumbres afeminadas y muelles de nuestro siglo.

Pagaban los romanos el importe del pasaje a los bateleros al entrar en el barco; nosotros no los pagamos hasta llegar al punto de destino:


Dum aes exigitur, dum mula ligatur,

tota abit hora.[413]


Las mujeres se acostaban en la cama del lado de la pared, por eso se llamaba a César spondam regis Nicomedis[414]. Tomaban aliento al beber y bautizaban el vino:


Quis puer ocius

restinguet ardentis falerni

pocula praetereunte lympha?[415]


Los lacayos empleaban ya sus acostumbradas truhanerías.


O Jane!, a tergo quem nulla ciconia pinsit,

nec manus auriculas imitata est mobilis albas,

nec linguae, quantum sitiat canis Appula tantum.[416]


Las damas argianas y las romanas usaban el luto blanco, como las nuestras en lo antiguo, y como debiera hacerse hoy, si mi dictamen se siguiera. Pero hagamos aquí punto, pues hay libros enteros que no tratan de otra cosa.



De Demócrito y Heráclito

Es el juicio un instrumento necesario en el examen toda clase de asuntos, por eso yo lo ejercito en toda ocasión en estos Ensayos. Si se trata de una materia que no entiendo, con mayor razón empleo en ella mi discernimiento, sondeando el vado de muy lejos; luego, si lo encuentro demasiado profundo para mi estatura, me detengo en la orilla. El convencimiento de no poder ir más allá es un signo del valor del juicio, y de los de mayor consideración. A veces imagino dar cuerpo a un asunto baladí o insignificante, buscando en qué apoyarlo y consolidarlo; otras, mis reflexiones pasan de un asunto noble y discutido en que nada nuevo puede hallarse, puesto que el camino está tan trillado, que no hay más recurso que seguir la pista que otros recorrieron. En los primeros el juicio se encuentra como a sus anchas, escoge el camino que mejor se le antoja, y entre mil senderos delibera que éste o aquél son los más convenientes. Elijo de preferencia el primer argumento; todos para mí son igualmente buenos, y nunca formo el designio de agotar los asuntos, pues ninguno se ofrece por entero a mi consideración: no declaran otro tanto los que nos prometen tratar todos los aspectos de las cosas. De cien carices que cada una ofrece, escojo uno, ya para acariciarlo solamente, ya para desflorarlo, a veces para penetrar hasta la médula; reflexiono sobre las cosas, no con amplitud, sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de las veces tiendo a examinarlas por el lado más inusitado que ofrecen. Aventuraríame a tratar a fondo de alguna materia si me conociera menos y tuviera una idea errónea de mi valer. Desparramando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan, no estoy obligado a ser perfecto ni a concentrarme en una sola materia; varío cuando bien me place, entregándome a la duda y a la incertidumbre, y a mi manera habitual, que es la ignorancia.

Todo movimiento de nuestra alma nos denuncia; la de César, que se deja ver cuando dirige y ordena la batalla de Farsalia, muéstrase también cuando a ocupan sus recreos y sus amores. Júzgase del valer de un caballo, no sólo al verle correr sobre la pista, sino también cuando marcha al paso y hasta cuando reposa en la caballeriza.

Entre las distintas funciones del alma, las hay bajas y mezquinas; quien en el ejercicio de ellas no la considera y examina, dejará de conocerla por entero. A veces mejor se la profundiza en sus acciones simples, porque el ímpetu de las pasiones la agita y lleva a sus más elevados movimientos; únase a esto que nuestra alma se emplea por entero en cada una de nuestras acciones y que nunca la ocupa más de una sola cosa a la vez y en ella pone todo el ser de cada individuo. Consideradas las cosas en sí mismas, acaso tengan su peso, medida y condición, pero desde el instante en que se relacionan con nosotros, el alma las acomoda a su manera de ser. La muerte, que a Cicerón estremece, Catón la desea, y es indiferente para Sócrates. La salud, la conciencia, la autoridad, la ciencia, las riquezas, la belleza y sus contrarios, se despojan, recibiendo del alma, al entrar en ella, nueva vestidura, y adoptando el matiz que la place: moreno, claro, verde, obscuro, agrio, dulce, profundo, superficial, el que más en armonía está con las distintas almas, pues éstas no pusieron de acuerdo sus estilos, reglas y formas; cada una es en su estado soberana. ¿Por qué no nos fundamentamos más en nuestros juicios, en las cualidades externas de las cosas? En nosotros estriba darnos cuenta de ellas. Nuestro bien y nuestro mal no dependen sino de nosotros. Hagámonos donación a nosotros mismos de nuestras ofrendas y deseos, en manera alguna a la fortuna; ésta es impotente contra el poderío de nuestra vida moral, pues la arrastra consigo la moldea a su forma. ¿Por qué no he de juzgar yo de Alejandro cuando se encuentra en la mesa, conversando y bebiendo a saciedad, o cuando juega a las damas? ¿Qué cuerda de su espíritu deja de poner en actividad este juego necio y pueril? yo le odio y le huyo porque no es tal juego, porque nos preocupa de un modo demasiado serio, y porque me avergüenzo de fijar en él la atención, que, empleada de otro modo, bastaría a hacer algo para que valiera la pena. No se tomó mayor trabajo para organizar su expedición gloriosa a las Indias; ni ningún otro que se propone resolver una cuestión de la cual depende la salvación del género humano. Ved cómo nuestra alma abulta y engrandece aquella diversión ridícula; ved cómo absorbe todas sus facultades; con cuánta amplitud proporciona a cada uno los medios de conocerse y de juzgar rectamente de sí mismo. Yo no me veo ni me examino nunca de una manera más cabal que cuando juego a las damas: ¿qué pasión no saca a la superficie ese juego?, la cólera, el despecho, el odio, la impaciencia; una ambición vehemente de salir victorioso, allí donde sería más natural salir vencido, pues la primacía singular por cima del común de las gentes no dice bien en un hombre de honor tratándose de cosas frívolas. Y lo que digo en este ejemplo puede amplificarse a todos los demás; cada ocupación en que el hombre se emplea, acusa y descubre sus cualidades por entero.

Demócrito y Heráclito eran dos filósofos, de los cuales el primero, encantando vana y ridícula la humana naturaleza, se presentaba ante el público con rostro burlón y risueño. Heráclito, sintiendo compasión y piedad por nuestra misma naturaleza, estaba constantemente triste y tenía sus ojos bañados de lágrimas:


Alter

ridebat, quoties a limine moverat unum

protuleratque pedem; flebat contrarius alter.[417]


Yo me inclino mejor a la actitud del primer filósofo, no porque sea más agradable reír que llorar, sino porque lo primero supone mayor menosprecio que lo segundo; y creo que dado lo poco de nuestro valer, jamás el desdén igualara lo desdeñado. La conmiseración y la queja implican alguna estimación de la cosa que se lamenta; al contrario acontece con aquello de que nos burlamos, a lo cual no concedemos valor ni importancia alguna. En el hombre hay menos maldad que vanidad; menos malicia que estupidez: no estamos tan afligidos por el mal como provistos de nulidad; no somos tan dignos de lástima como de desdén. Así Diógenes, que bromeaba consigo mismo dentro de su tonel, y que se burlaba hasta del gran Alejandro, como nos tenía en el concepto de moscas o de vejigas infladas, era juez más desabrido e implacable, y por consiguiente más diestro a mi manera de ver, que Timón, el que recibió por sobrenombre el aborrecedor del género humano, pues aquello que odiamos es porque nos interesa todavía. Timón nos deseaba el mal, se apasionaba con ansia por nuestra ruina, y oía nuestra conversación como cosa dañosa, por creernos depravados y perversos. Demócrito considerábanos tan poca cosa, que jamás podríamos ni ponerle de mal humor ni modificarle con nuestro contagio; abandonaba nuestra compañía, no por temor, sino por desdén hacia nuestro trato. Ni siquiera nos creía capaces de practicar el bien ni de perpetrar el mal.

De igual parecer fue Statilio contestando a Bruto, que le invitaba tomar arte en la conspiración contra César. Bien que creyera la empresa justa, entendía que no valía la pena molestarse por los hombres; que éstos no eran dignos de tanto, conforme a la doctrina de Hegesias, el cual decía: «El filósofo no debe hacer nada por los demás, sólo por sí mismo debe interesarse; solo él es digno de que hagan algo por él.» Aquella respuesta está también de acuerdo con la opinión de Teodoro, quien estimaba injusto que el hombre perfecto corriera ningún riesgo por bien de su país, puesto que de correrlo se expone a perder la filosofía en beneficio de la locura. Nuestra propia y peculiar condición es tan risible como ridícula.



De la vanidad de las palabras

Decía un antiguo retórico que su oficio consistía «en abultar las cosas haciendo ver grandes las que son pequeñas»; algo así como un zapatero que acomodara unos zapatos grandes a un pie chico. En Esparta hubieran azotado al tal retórico por profesar un arte tan artificial y embustero. Arquidamo, rey de aquel Estado, oyó con extrañeza grande la respuesta de Tucídides al informarle de quién era más fuerte en la lucha, si Pericles o él: «Eso, dijo el historiador, no es fácil de saber, pues cuando yo le derribo por tierra en la pelea, convence a los que le han visto caer de que no ha habido tal cosa.» Los que disfrazan y adoban a las mujeres son menos dañosos que los retóricos, porque al cabo no es cosa de gran monta dejar de verlas al natural, mientras que aquéllos tienen por oficio engañar no a nuestros ojos, sino a nuestra razón, bastardeando y estropeando la esencia de la verdad. Las repúblicas que se mantuvieron mejor gobernadas, como las de Creta y Lacedemonia, hicieron poco mérito de los oradores. Aristón define cuerdamente la retórica: «Ciencia para persuadir al pueblo.» Sócrates y Platón la llamaban: «Arte de engañar y adular»; los que niegan que esa sea su esencia, corrobóranlo luego en sus preceptos. Al prescindir los mahometanos de la instrucción para sus hijos por considerarla inútil, y al reflexionar los atenienses que la influencia de la misma, que era omnímoda en su ciudad, resultaba perniciosa, ordenaron la supresión de la parte principal de la retórica, que es mover los afectos del ánimo: juntamente exordios y peroraciones. Es un instrumento inventado para agitar y manejar las turbas indómitas y los pueblos alborotados, que no se aplica más que a los Estados enfermos, como un medicamento; en aquellos en que el vulgo o los ignorantes tuvieron todo el poderío como en Atenas, Rodas y Roma; donde los negocios públicos estuvieron en perpetua tormenta, allí afluyeron los oradores. Muy pocos personajes se ven en esas otras repúblicas que gozaran de gran crédito sin el auxilio de la elocuencia. Pompeyo, César, Craso, Luculo, Lentulo y Metelo, encontraron en ella su supremo apoyo para procurarse la autoridad y grandeza que alcanzaron; más se sirvieron de la palabra que de las armas; lo contrario aconteció en tiempos más florecientes, pues hablando al pueblo L. Volumnio en favor de la elección consular de Q. Fabio y P. Decio, decía: «Ambos son hombres nacidos para la guerra, grandes para la acción; desacertados en la charla oratoria; espíritus verdaderamente consulares por todas sus cualidades; oís que son sutiles, elocuentes y sabios, no son aptos sino para la ciudad, para administrar justicia en calidad de pretores.» La elocuencia floreció más en Roma cuando el estado de los negocios públicos fue peor; cuando la tempestad de las guerras civiles agitaba a la nación: del propio modo un campo que no se ha roturado se cubre de más frondosos matorrales. Parece desprenderse de aquí que los gobiernos que dependen de un monarca han menester menos de la elocuencia que los otros, pues la torpeza y docilidad de la generalidad, impeliéndola a ser manejada y moldeada por el oído al dulce son de aquella música, sin que pueda pesar ni conocer la verdad de las cosas por la fuerza de la razón, no se encuentra fácilmente en un solo hombre, siendo más viable librar al pueblo por el buen gobierno y el buen consejo de la impresión de aquel veneno. Macedonia y Persia no produjeron ningún orador de renombre.

Todo lo que precede me ha sido sugerido por un italiano, con quien acabo de hablar, que sirvió de maestresala al cardenal Caraffa, hasta la muerte del prelado; me ha referido aquél los deberes de su cargo, endilgándome un discurso sobre la ciencia de la bucólica con gravedad y continente magistrales, lo mismo que si me hubiese hablado de alguna grave cuestión teológica; me ha enumerado menudamente la diferencia de apetitos: el que se siente cuando se está en ayunas; el que se experimenta al segundo o tercer plato; los medios que existen para satisfacerlo ligeramente o para despertarlo y aguzarlo; la técnica de sus salsas, primero en general, luego particularizando las cualidades de cada una; los ingredientes que las forman y los efectos que producen en el paladar y en el estómago; la diferencia de verduras conforme a las estaciones del año: cuáles han de servirse calientes y cuáles deben comerse frías, y la manera de presentarlas para que sean más gratas a la vista. Después de este discurso me ha hablado del orden con que deben servirse los platos en la mesa, y sus reflexiones abundaban en puntos de vista muy importantes y elevados


Nec minimo sano discrimine refert,

quo gestu lepores, et quo gallina secetur[418];


todo ello inflado con palabras magníficas y ricas, las mismas que se emplean cuando se habla del gobierno de un imperio. Tratándose de elocuencia he creído oportuno traer a colación a mi hombre:


Hoc salsum est, hoc adustum est, hoc lautum est parum

illud recte; iterum sic memento: sedulo

moneo, quae possum, pro mea sapientia.

Postremo, tamquam in speculum, in patinas,Demea,

inspicere jubeo, et moneo, quid facto usus sit.[419]


Los griegos mismos alabaron grandemente la disposición y el orden que Paulo Emilio observó en un banquete que dio en honor de aquéllos cuando volvieron de Macedonia. Pero no hablo aquí de los efectos; hablo sólo de las palabras.

Yo no sé si a los demás les sucede lo que a mí; yo no puedo precaverme, cuando oigo a nuestros arquitectos inflarse con esos majestuosos términos de pilastras, arquitrabes, cornisas, orden corintio o dórico y otros análogos de su jerga, mi imaginación va derecha al palacio de Apolidón, y luego veo que todo ello no son más que las mezquinas piezas de la puerta de mi cocina.

Al oír pronunciar los nombres de metonimia, metáfora, alegoría y otros semejantes de la retórica, ¿no parece que quiere significarse alguna forma de lenguaje rara y peregrina? pues en el fondo todo ello no son más que palabras con las cuales se califica la forma del discurso que vuestra criada emplea en su sencilla charla.

Artificio análogo a éste es el distinguir los empleos de nuestro estado con nombres soberbios sacados de los romanos, aunque no tengan con los antiguos ninguna semejanza, y todavía menos autoridad y poderío. También constituye otro engaño, de que algún día se hará justo cargo a nuestro siglo, el aplicar indignamente, a quien mejor se nos antoja, los sobrenombres más gloriosos, que la antigüedad no concedió sino a uno o dos personajes en cada siglo. Platón llevó el dictado de divino por universal consentimiento, y nadie ha intentado disputárselo. Los italianos que se vanaglorian, con motivo, de tener el espíritu más despierto y la razón más sana que las demás naciones de su tiempo, acaban de gratificar al Aretino con el mismo sobrenombre que a Platón acompaña. Ese escritor, salvo una forma hinchada, en la que sin duda abundan los rasgos ingeniosos, pero que tienen mucho de artificiales y rebuscados, y alguna elocuencia, no veo que sobrepase en nada a los demás autores de su tiempo; ¡le falta tanto para alcanzar aquella divinidad antigua! El calificativo de grandes se lo colgamos a príncipes que en nada sobrepasan la grandeza popular.



De la parsimonia de los antiguos

Atilio Régulo, general en África del ejército romano, en medio de sus glorias y victorias contra los cartagineses, comunicaba a la república que un jornalero que había dejado al cuidado de su hacienda, la cual se componía en todo de siete fanegas de tierra, le había robado sus útiles de labranza; y pedía licencia para volver a su país y proveer a tan urgente necesidad, temiendo que su esposa e hijos corrieran riesgo por tal accidente. El Senado se encargó de poner otro criado en lugar del desaparecido; hizo donación a Régulo de los utensilios de labranza necesarios, y ordenó que el Estado proveería al sostenimiento de su familia.

Catón el antiguo, al regresar de España donde había ejercido el cargo de cónsul vendió su caballo a fin de economizar el dinero que le hubiera costado llevarlo por mar a Italia. Cuando gobernaba en Cerdeña hacía sus visitas de inspección a pie, no llevando en su compañía más que un solo oficial que trasportaba sus vestidos y el vaso de los sacrificios, y casi siempre conducía él mismo su bagaje de mi mano. Enorgullecíase de no haber usado nunca traje que costara más de diez escudos; de no haber gastado en el mercado más de diez sueldos por día, y de que entre las casas de campo que poseía ninguna tuviera la fachada blanqueada ni revocada.

Después de haber alcanzado dos victorias y desempeñado dos consulados, Escipión Emiliano ejerció el cargo de legado, y tuvo sólo siete servidores en su compañía. Dícese que Homero nunca tuvo más que uno; Platón tres y Zenón, el maestro de la secta estoica, ni uno siquiera. A Tiberio Graco no se le concedieron más que cinco sueldos y medio por día, en ocasión en que desempeñaba una comisión de la república, y siendo en aquel entonces el hombre más importante de Roma.



De una sentencia de César

Si nos detuviéramos alguna vez en examinarnos, y el tiempo que empleamos en fiscalizar a los demás y en conocer las cosas exteriores lo ocupáramos en sondear nuestro interior, nos convenceríamos presto de que nuestra contextura está formada de piezas insignificantes y deleznables. ¿No constituye, en efecto, un testimonio singular de imperfección la circunstancia de que no podamos detener nuestro contento y nuestra satisfacción en cosa alguna, y que la imaginación y el deseo nos impidan elegir el camino que nos es más adecuado? De ello es buena prueba esa gran disputa que sostuvieron siempre los filósofos a fin de encontrar el soberano bien del hombre, la cual dura todavía y durará eternamente sin que jamás se llegue a una solución o acuerdo:


Dum abest quod avemus, id exsusperare videtur

caetera: post aliud, quum contigit illud, avemus,

et sitis aequa tenet.[420]


Nada nos satisface de lo que disfrutamos y gozamos; marchamos siempre con la boca abierta tras las cosas desconocidas que están por venir, porque las presentes no llenan nuestros deseos; y no precisamente porque existan razones para que no nos satisfagan, sino porque las cogemos con mano débil e insegura:


Nam quum vidit hic, ad victum quae flagitat usus,

omnia jam forme mortalibus esse parata;

divitiis homines, et honore, et laude potentes

affluere, atque bona natorum excellere fama;

nec minus esse domi cuiquam tamen anxia corda,

atque animum infestis cogi servire querelis:

intellexit ibi vitium vas efficere ipsum,

omniaque, illius vitio, corrumpier intus.

Quae collata foris et commoda quaeque venirent.[421]


Nuestros deseos carecen de resolución y son inciertos, nada puede nuestro apetito conservar ni disfrutar convenientemente. Como el hombre estima que su desgracia emana de las cosas que posee, trata de llenarse y saciarse con otras que desconoce y de que no tiene la menor noticia, a las cuales aplica sus esperanzas e ilusiones, considerándolas con honor y reverencia, como César dice: Communi fit vitio naturae, ut invisis, latitantibus atque incognitis rebus magis confidamus, vehementiusque extrerreamur[422].



De las vanas sutilidades

Existen sutilezas frívolas y vanas por medio de las cuales buscan a veces los hombres el renombre, como por ejemplo, los poetas que componen obras enteras cuyos versos comienzan todos con igual letra; vemos también huevos, esferas, alas y hachas, que los griegos componían antiguamente con versos rimados, alargándolos o acortándolos de manera que representaran tal o cual figura; no en otra cosa consistía la ciencia del que se entretuvo en contar de cuántos modos podían colocarse las letras del alfabeto, el cual encontró el inverosímil número que se lee en Plutarco. Yo apruebo el proceder de aquel a quien presentaron un hombre tan diestro que, arrojando con la mano un grano de mijo, lo hacía pasar por el ojo de una aguja, habiéndole pedido algún presente como retribución de habilidad tan singular, ordenó, justa y perspicazmente a mi ver, que entregaran a semejante obrero dos o tres fanegas del mismo grano, a fin de que su arte no dejara de ejercitarse. Testimonio maravilloso es éste de la flojedad de nuestro juicio, que recomienda las cosas por su novedad y rareza, o por la dificultad de realizarlas, sin atender a la bondad o utilidad que las acompaña.

En mi casa nos entretenemos al presente en un juego que consiste en hallar el mayor número de nombres que representan los dos extremos de las cosas; por ejemplo: Sire es el título que se da a la persona más elevada de nuestro Estado, que es el rey, y se aplica igualmente al vulgo, como a los comerciantes, sin que con él se designe nunca a los hombres de clase media. A las mujeres de calidad, se las llama damas; a las de mediana, señoritas; y se aplica también el nombre de damas a las que son de la extracción mas baja. Los dados que se juegan en las mesas, no son permitidos más que en las casas de los reyes y en las tabernas. Decía Demócrito, que los dioses y las bestias tenían los sentidos más aguzados que los hombres, que en este punto se mantienen a mediana altura. Los romanos vestían igual traje los días de duelo que los de fiesta. Es cosa probada que el miedo extremado y el extremo ardor y brío alteran igualmente el vientre y lo descomponen. El apodo de Temblón, con que fue designado Sancho de Navarra, testifica que lo mismo el valor que el temor engendran el estremecimiento de los miembros del cuerpo. Aquél, a quien sus gentes armaban y veían rehilar de pavor, tratando de tranquilizarle disminuyendo el peligro que se presentaba, respondió: «No me conocéis bien; si supiera mi carne el lugar donde mi arrojo la conducirá, al momento caería, por tierra hecha pedazos.» La debilidad que nos procura el frío y la repugnancia en el ejercicio de los placeres de Venus, es producida también por el apetito demasiado vehemente y por el ardor desarreglado. El frío y el calor extremos, cuecen y tuestan: Aristóteles dice que los lingotes de plomo se funden y liquidan con el frío rigoroso del invierno, lo mismo que con el calor fuerte del verano. Lo mismo el deseo que la hartura, producen el dolor en los que los experimentan. La estupidez y la sabiduría participan de sentimientos análogos ante el sufrimiento de los males humanos. Los filósofos vencen y gobiernan el mal, los otros lo desconocen; éstos se encuentran, por decirlo así, más acá de los accidentes, los otros más allá. El filósofo, después de haber pesado con detenimiento y considerado las cosas, después de haberlas medido y juzgado tales cual son, colócase por cima de ellas merced a su fuerza vigorosa, las desdeña y pisotea, como dueño que es de un alma fuerte y sólida, contra la cual nada pueden los vaivenes de la fortuna, puesto que se las han con un cuerpo en el cual nada puede causar impresión. La condición ordinaria y media de los hombres, se encuentra entre esos dos extremos: la de los que advierten los males, los sienten y por incapacidad no pueden soportarlos. La infancia y la decrepitud tienen de común idéntica debilidad cerebral; la avaricia y la generosidad, análogo deseo de adquirir y acaparar.

Puede decirse con verosimilitud que existe una ignorancia supina, que antecede a la ciencia, y otra doctoral que la sigue: ignorancia es esta última que la ciencia engendra y produce, del propio modo que deshace y destruye la primera. Los espíritus sencillos, menos curiosos y menos instruidos, se convierten en buenos cristianos; por respeto y obediencia creen con ingenuidad y se mantienen bajo la disciplina que las leyes dictan. En el mediano vigor de los espíritus y en la capacidad mediana, se engendra el error de las opiniones; éstos se dejan llevar por la apariencia de la interpretación primera, y se creen con luces bastantes para considerarnos como estúpidos y negados por el hecho de mantenernos en las antiguas creencias. Los espíritus grandes, más clarividentes y tranquilos, forman otra clase entre los buenos creyentes; ayudados por una dilatada y religiosa investigación, penetran de un modo más profundo la luz de las Escrituras y sienten el secreto misterioso y divino de nuestro régimen eclesiástico; por eso vemos algunos hombres que alcanzaron este estado guiados por la ciencia, con maravilloso fruto y confirmación, como el extremo límite de la cristiana inteligencia, y llegaron a gozar de su victoria acompañados de consolación inefable, acciones de gracias, cambio en las costumbres y modestia resignada. No incluyo en este rango a esos otros que, procurando purgarse de toda mancha de error pasado, y a fin de darnos buena opinión de sí mismos, conviértense en extremados, indiscretos e injustos hacia nuestra causa, y la manchan con infinitos reproches de violencia. Los sencillos campesinos son gentes honradas, y gentes honradas son también los filósofos, o conforme nuestro siglo los nombra, naturalezas fuertes y claras, enriquecidas con una instrucción amplia en las ciencias útiles. Los mestizos, los que no son sabios ni tampoco ignorantes, los que no quisieron permanecer a obscuras en punto a instrucción, pero que no pudieron llegar a la sabiduría, los que tienen el culo entre dos sillas (entre los cuales me cuento yo y tantos otros), son peligrosos, ineptos, importunos; éstos son los que trastornan el mundo. Por esta razón procuro yo acercarme cuanto puedo a los ignorantes, de quienes inútilmente intenté alejarme. La poesía popular y puramente natural tiene candorosidades y gracias que la equiparan con la poesía perfecta, en la que se cumplen todos los preceptos artísticos, como se ve, por ejemplo, en las canciones rústicas de Gascuña, y en los cantos que conocemos de pueblos que no tienen ciencia alguna, ni conocimiento de la escritura. La poesía mediocre, que ocupa un lugar entre ambas, se desdeña y considera como cosa sin mérito ni valer.

Y puesto que luego que el paso ha sido franqueado por nuestro espíritu, yo creo, como ordinariamente acontece, que considerábamos como ejercicio difícil y complicado lo que no lo es en modo alguno, y tan pronto como nuestra fantasía encuentra el camino de la inspiración, descubre infinito número de ejemplos como los de que en este capítulo hablo, no añadiré más que el siguiente a los ya expuestos: si estos Ensayos fueran dignos de ser juzgados, bien podría ocurrir, a mi parecer, que no gustasen mucho a los espíritus comunes y vulgares, ni tampoco a los singulares y excelentes; aquéllos no los entenderían suficientemente, y éstos los comprenderían de sobra. De suerte que podrían ir tirando entre las gentes de mediana inteligencia.



Capítulo LV

De los olores

Cuéntase de algunos hombres, como de Alejandro el Grande, que su traspiración esparcía un olor suave, por virtud de una complexión rara y extraordinaria. Plutarco y otros escritores buscaron la causa de semejante singularidad; mas la general constitución del cuerpo humano demuestra lo contrario, y la cualidad más ventajosa que éstos puedan poseer, es la de estar exentos de todo aroma. La dulzura misma del aliento más puro, nunca es más perfecta que cuando no tiene olor alguno que nos sorprenda, como ocurre con los niños sanos. He aquí por qué dice Plauto


Mulier tum bene olet, ubi nihil olet;


«el olor más exquisito que puede tener una mujer, es carecer en absoluto de aroma». En cuanto a los buenos olores, hay razón para considerar como sospechosa a la persona que los usa, y puede juzgarse que los emplea para disimular algún defecto natural. De aquí nace la opinión, en que los poetas antiguos convienen, de que es oler mal el exhalar buen olor:


Rides nos, Coracine, nil olentes.

Malo, quam bene olere, nil olere.[423]


Y en otro pasaje:


Postume, non bene olet, qui bene semper olet.[424]


Yo gusto, sin embargo, mucho encontrarme rodeado de olores exquisitos, y por cima de todo detesto los mefíticos, que atraigo hacia mí más que ningún otro


Namque sagacius untis odoror,

Polypus, an gravis hirsutis cubet hircus in alis,

quam canis acer, ubit lateat sus.[425]


Los más simples y naturales, me parecen los más agradables. Este cuidado toca principalmente a las damas: en medio de la barbarie más completa, las mujeres escitas, después del baño, se espolvoreaban embadurnaban la cara y todo el cuerpo con cierta droga olorosa que había en su territorio; pero luego, cuando se acercaban a los hombres, despojábanse de tal afeite y se encontraban pulidas y perfumadas. Sea cual fuere el aroma que me rodee, es maravilla cómo se me pega; mi cutis es de los más aptos para impregnarse. El que se quejaba de nuestra constitución orgánica porque la naturaleza no dotó al hombre de instrumento hábil para llevar los olores al olfato, incurría en error grande, pues los olores mismos se encargan de encontrar el camino; a mí, en particular, me sirve el bigote de vehículo; como lo tengo áspero, cuando aproximo a él los guantes o el pañuelo, guarda el aroma todo un día; mi bigote declara el sitio donde he estado. Los besos apretados de la juventud, sabrosos, glotones y pegajosos, permanecían en él allá en otro tiempo, y persistían dos o tres horas después de estampados. Y sin embargo, tan poco sujeto estoy a las enfermedades infecciosas que se propagan por la frecuentación y a que sirve de instrumento el aire, que he salido ileso de las de mi tiempo, pues las ha habido de diversas suertes en nuestros ejércitos y en nuestras ciudades. Dícese de Sócrates que habiendo permanecido en Atenas durante tantas epidemias como afligieron a su ciudad, nunca fue atacado por el mal.

Los médicos podrían alcanzar de los olores mayor partido del que sacan, pues por lo que a mi toca, he advertido con frecuencia que mi organismo se modifica según la esencia de los mismos, por lo cual apruebo el uso del incienso y otros perfumes en las iglesias, tan antiguo y tan extendido en todas las naciones y en todos los cultos. Esos aromas purifican y despiertan nuestros sentidos y nos hacen más aptos para la contemplación.

Hubiera querido gustar, para juzgar con fundamento de ella, la labor de las cocineras que saben aliñar las carnes con olores penetrantes; condimentadas así se le sirvieron al rey de Túnez, que en nuestra época desembarcó en Nápoles para parlamentar con Carlos V. Se aderezaron las aves con drogas odoríferas de suntuosidad tanta, que el coste de un pavo real y dos faisanes llegó a la suma de cien ducados, después de preparados para el paladar del soberano de África; y cuando se trincharon, no solamente en la sala, en todas las habitaciones del palacio y en las casas circunvecinas había un vapor suavísimo, que tardó bastante en disiparse.

Lo primero que yo procuro al establecerme en cualquier lugar, es huir de la atmósfera densa y mal oliente. Esas dos hermosas ciudades de Venecia y París pierden mucho de la estimación en que las tengo a causa de las emanaciones acres que se desprenden de los canales de la primera, y de las fangosas calles de la segunda.



De las oraciones

A semejanza de los que plantean cuestiones dudosas para que sean debatidas en las escuelas, propongo yo aquí ideas informes e indecisas, no para dejar sentada la verdad, sino para buscarla, y las somete a la consideración de aquellos a quienes corresponde el juzgarlas; y no ya sólo mis acciones y escritos, sino hasta mis pensamientos. Será por consiguiente igualmente admisible y útil para mí la aprobación como la desaprobación, y desde luego declaro absurdo o impío todo principio que por ignorancia o inadvertencia se haya escapado de mi pluma y sea contrario a las santas resoluciones y prescripciones de la Iglesia católica, apostólica y romana, en la cual he nacido y pienso morir. Encomendándome siempre a la autoridad de su censura, que todo lo puede sobre mí, me meto temerariamente a hablar de todas las cosas en estas divagaciones.

Ignoro si estoy en lo cierto, pero entiendo que habiéndosenos prescrito por una merced particular de la bondad divina una oración que salió de la boca de nuestro Señor, palabra por palabra, siempre he pensado que debíamos rezarla con más frecuencia de lo que ordinariamente acostumbramos; si mi dictamen se aceptara, la diríamos al empezar y al acabar de comer, al acostarnos y al levantarnos; en todo momento en que nos ponemos a orar, quisiera yo que fuese el Padrenuestro la oración que los cristianos recitasen constantemente. Puede la Iglesia aumentar el número de oraciones y modificarlas según que la necesidad de nuestra instrucción lo exija, pues la idea y esencia de ellas siempre es idéntica y jamás se modifica; mas de todas suertes, el Padrenuestro debiera tener el privilegio de estar perennemente en boca del pueblo, pues sobre contener cuanto nos es necesario, es plegaria muy adecuada en toda circunstancia. Es la única de que me sirvo yo siempre, y la repito en lugar de emplear otras, de donde resulta que es la que recuerdo mejor.

Algunas veces considero cuál puede ser la causa del error que perpetramos al recurrir a Dios en todas nuestras empresas y designios; al llamarle en nuestra ayuda, sea cual fuere el lugar en que nuestra flaqueza necesite de su auxilio, sin tener en cuenta si nuestros propósitos son justos o injustos. Dios es nuestro solo y único protector y lo puede todo para ayudarnos; a pesar de que se digna honrarnos con sa paternal apoyo, es además tan justo como bueno y poderoso, y usa con más frecuencia para con nosotros de su justicia que de su poder, favoreciéndonos según aquélla, no conforme a nuestras súplicas. Platón en su libro de las Leyes, dice que hay tres clases de creencias igualmente injuriosas a los ojos de los dioses:

«Creer que no existan; que no se mezclan en las cosas de la tierra, y que nada dejan de conceder ante nuestras súplicas, ofrendas y sacrificios»

El primer error, según el filósofo, no es jamás inmutable desde el nacimiento hasta la muerte de un hombre; los otros dos pueden ser constantemente sustentados.

La justicia y el poder de Dios son inseparables, y por consiguiente imploramos en vano su socorro para que favorezca una mala causa. Preciso es tener el alma limpia de toda mancha y libre de pasiones viciosas, cuando menos en el momento en que le rogamos; de lo contrario le procuramos el látigo para que nos aplique el castigo; en lugar de reparar nuestra culpa la duplicamos, presentando a aquel de quien solicitamos el perdón un corazón lleno de odio e irreverencia. Por eso no se dirige mi alabanza a los que ruegan a Dios más frecuente y ordinariamente, si las acciones que ejecutan antes de la devoción no muestran el testimonio de alguna enmienda y reforma,


Si, nocturnos adulter,

tempora santonico velas adoperta cucullo.[426]


Y el estado de un hombre que mezcla con la devoción los actos de una vida execrable, es desde luego más digno de censura que el de otro hombre que se mantiene constantemente sumido en toda suerte de disolución; sin embargo, nuestra Iglesia rechaza todos los días sus gracias a los que persisten en la práctica de costumbres depravadas. Rezamos por uso y costumbre, o por mejor decir, leemos o recitamos nuestras oraciones, lo cual no es en suma más que apariencia y gesto. Me disgusta el ver hacer tres veces el signo de la cruz al Benedicite, y a las Gracias otras tantas, y más desapruebo todavía, por ser un signo que reverencio, el continuo uso que de él hacemos, hasta cuando el bostezo nos acomete. Y juntamente con tantos actos devotos las restantes horas del día vémoslas ocupadas en el odio, la injusticia y la avaricia: al vicio se dedica su tiempo a Dios el suyo, como por compensación o componenda. Es cosa milagrosa el ver la continuación de acciones tan diversas, sin interrupción ni alteración. ¿Cuál es la conciencia prodigiosa que acierte a encontrar reposo albergando en idéntico lugar al crimen y al que lo juzga? Un hombre a quien la lascivia gobierna la cabeza, y no supone este vicio odioso a los ojos de Dios, ¿qué dice al señor cuando de él le habla? Se enmienda por el momento, mas instantáneamente cae de nuevo en el pecado. Si la justicia divina le tocara como dice, y castigase su alma, por corta que fuese la penitencia, el temor mismo alejaría con tanta presteza sus viles pensamientos, que al momento sentiríase capaz de dominar los vicios que se encuentran en él encarnados. ¿Y qué decir de los que a sabiendas consagran su vida entera al pecado mortal? ¡Cuántos oficios, profesiones y ocupaciones admitidos existen en el mundo, cuya esencia es viciosa! Y qué decir de un hombre que me declaró haber practicado durante todo un periodo de su vida una religión condenable a juicio suyo, y contraria a las creencias de su pecho, sólo por conservar su crédito y el honor de sus cargos? ¿Cómo osó siquiera emplear razonamiento semejante? ¿Qué lenguaje emplean tales gentes en este punto ante la justicia divina? Consistiendo su arrepentimiento en una reparación visiblemente acomodaticia, esas gentes pierden ante Dios y ante los hombres el medio de alegarlo. ¿Cómo osan solicitar el perdón sin que a ellos llegue el arrepentimiento? Yo creo que con los primeros acontece lo propio que con los segundos; pero la obstinación de aquéllos no es tan fácil de conducir al buen camino. Tal contrariedad, tan repentino cambio de opinión como simulan, ofrecen para mí todas las apariencias de un milagro. Esos hombres nos muestran el estado permanente de una ruda agonía.

¡Qué extraña me pareció la idea de los que en estos últimos años tenían por costumbre hacer un cargo a todos aquellos en que brillaba alguna claridad de espíritu, y que profesaban la religión católica! Esas personas nos decían que fingíamos, que no éramos sinceros. Y aseguraban, además, para con ello honrarnos, que los católicos no podían menos, en su fuero interno, de abrigar sus creencias. Desagradable enfermedad la de creerse tan fuerte hasta el extremo de persuadirse de que no se pueden profesar doctrinas contrarias a las propias, y más desagradable aún la persuasión de un tal espíritu que prefiere los beneficios que le procura la práctica de una religión que en su fuero interior condena, a las esperanzas y amenazas de la vida eterna. Pueden gentes tales creer lo que digo, si algo hubiera tentado mi juventud, la ambición del azar y dificultad que siguieron a esta empresa reciente hubiese tenido una buena parte.

No sin poderosa razón, a mi entender, prohíbe la Iglesia el uso promiscuo, temerario e indiscreto de los cánticos sagrados y divinos que el Espíritu Santo dictó a David. No dejemos mezclar el nombre del Señor en nuestras acciones sino con atención reverente, llena de honor y respeto: esa voz es demasiado divina para no hacer de ella otro uso que el de ejercitar los pulmones y procurar que nuestros oídos gusten una música grata; la conciencia debe entonar esos cantos, no la lengua. No es razonable que un marmitón en medio de sus vanos y frívolos pensamientos se entretenga y divierta con las salmodias divinas; y es absurdo también el ver rodar por un tocador o por una cocina el libro santo de los sagrados misterios de nuestras creencias: misterios eran en otro tiempo, al presente no son más que amores y diversiones. No es yendo como de paso y tumultuariamente como se practica un estudio tan severo y venerable; debe ser un acto determinado y fijo, al cual siempre ha de acompañar esta introducción de nuestro oficio: Sursum corda, y hasta que nuestro mismo cuerpo permanezca puro, para testimoniar así en nosotros particular atención y reverencia. No es un estudio para todo el mundo; es la ocupación de personas consagradas a él, y al cual Dios las llama; los malos y los ignorantes empeoran consagrándose a la interpretación de los libros santos, que no son como la relación de una historia, son una historia digna de reverencia, temor y adoración. ¡Buenas gentes que creen haberla puesto al alcance del pueblo por haberla traducido en lengua vulgar! No es la culpa de las palabras el que no se comprenda todo lo que se encuentra escrito. ¿Diré yo más? Por pretender inculcar en las gentes eso poco que pretenden, las hacen marchar hacia atrás; la ignorancia pura, confiada a otro, era mucho más saludable y sabia que esa ciencia parlera y vana, engendradora de presunción y temeridad. Creo también que el otorgar a cada uno la libertad de trasladar una palabra tan elevada y religiosa en tantas lenguas diferentes, es mucho más perjudicial que útil.

Los judíos, los mahometanos y casi todas las demás sectas, han aceptado y reverencian el lenguaje en el cual originariamente fueron concebidos sus misterios, y entre ellos está prohibida la alteración y el cambio, no sin razón sobrada. ¿Estamos bien seguros de que haya en las provincias vascas y bretonas jueces capaces para apreciar una traducción en sus respectivas lenguas? La Iglesia universal no tiene juicio más arduo ni solemne que emitir. Cuando se predica o cuando se habla, la interpretación de los textos es vaga, libre, mudable y sólo de éste o del otro versículo, no de la Biblia entera, lo cual es asunto mucho más grave.

Uno de nuestros historiadores griegos censura justamente a su siglo por que los secretos de la religión cristiana corrían por las calles, en boca de los más insignificantes artesanos, y porque cada cual pudiera debatir sobre ellos y emitir su opinión; lo cual, según el propio historiador, debería avergonzarnos a nosotros, que por la gracia de Dios gozamos de los misterios puros de la piedad, dejándolos profanar en boca de personas ignorantes y vulgares, en atención a que los gentiles prohibían a Sócrates y a Platón, a los más sabios, el hablar e informarse de las cosas encomendadas a los sacerdotes de Delfos. El mismo historiador dice que los partidos políticos y los príncipes, por lo que a la teología toca, están armados, no de celo, sino de cólera; que el primero se fundamenta en la razón y divina justicia, conduciéndose ordenada y moderadamente, pero que si se cambia en odio y envidia, produce en lugar de trigo y racimos, cizaña y ortigas cuando lo conduce una pasión humana. Con igual justicia aconsejaba otro escritor al emperador Teodosio, diciéndole que las disputas teológicas no aplacaban los cismas de la iglesia, sino que los encendían y animaban las herejías; que por lo mismo era preciso huir de las argumentaciones dialécticas y acomodarse de todo en todo a las prescripciones y fórmulas de la fe establecidas por los antiguos. El emperador Andrónico encontró en su palacio a dos cortesanos trabados de palabras contra Lapodio, sobre un punto importante de la ley los amonestó fuertemente, llegando su amenaza hasta decirles que los lanzaría al río si continuaban discutiendo. Hoy día los niños y las mujeres reprenden a los más viejos y más experimentados en lo que toca a las leyes eclesiásticas, y sin embargo, ¡qué contraste! la primera orden de Platón en su Tratado prohibía a los primeros hasta el informarse del fundamento de las leyes civiles que debían sustituir a los preceptos divinos; a los ancianos sólo era permitido comunicar su parecer en este punto entre ellos y el magistrado; y el filósofo añade aun esta limitación: «siempre y cuando que no sea en presencia de jóvenes ni de personas profanas».

Un obispo escribió que en el otro extremo del mundo hay una isla, que los antiguos llamaban Dioscóride, feraz en toda suerte de árboles y frutos y de atmósfera saludable, de la cual los habitantes son cristianos y tienen templos y altares adornados sólo con cruces, sin ninguna imagen; aquellas gentes son fieles observadores del precepto del ayuno y de la santificación de las fiestas; pagan puntualmente el diezmo a los sacerdotes, y son tan castos que ninguno puede tener tratos más que con una mujer en toda su vida. Por lo demás, viven contentos con su fortuna; encontrándose en medio del mar ignoran el uso de los navíos; son tan sencillos que de la religión que tan escrupulosamente observan no comprenden ni una sola palabra, cosa que parecería increíble a quien no supiera que los paganos, idólatras tan devotos, sólo conocen de sus dioses el nombre imagen. El comienzo de Menalipo, tragedia de Eurípides, dice en la traducción de Amyot


O Jupiter!, car de toy rien sinon

je ne cognois sculement que la nom.[427]


Yo he visto también no ha mucho quejarse de algunos escritos porque son puramente humanos y filosóficos sin mezcla de teología. Quien censurara lo contrario, quizás estuviera en lo cierto, pues la doctrina divina tiene su rango aparte como reina y dominadora. Ella debe ser principal en todas partes, no sufragánea ni subsidiaria. Sáquense en buen hora los ejemplos de la gramática, de la retórica, de la lógica, los cuales son por otra parte más adecuados que no los de una tan santa doctrina; también los asuntos dramáticos, los juegos y espectáculos públicos deben apartarse de la religión; que las divinas razones se consideren, veneren y evidencien solas, en el estilo que las es propio, y no aparejadas con los razonamientos humanos; mejor es que se eche de ver la falta de que los teólogos escriban demasiado humanamente, que el que los humanistas escriban con exceso de teología. La filosofía, dice san Juan Crisóstomo, ha ya tiempo que se arrojó de la escuela santa como sierva inútil, digna de ver, solamente de pasada, desde el dintel, el sagrario de los santos tesoros de la doctrina celeste, pues el lenguaje humano tiene sus formas peculiares, las cuales son bajas, y no debe servirse de la dignidad, majestad y realeza del hablar divino. Yo consiento por lo que a mí toca, en que diga verbis indisciplinatis, Fortuna, Destino, Accidente, Dicha y Desgracia; en que cite a los dioses y emplee otras frases conformes a su modo. Yo propongo estas mis humanas fantasías simplemente, como tales, e independientemente consideradas; no como acordadas y ordenadas por la sabiduría celeste, ni como absolutas e incontrovertibles; sólo como materia de opinión, no como materia de fe; lo que yo discurro según mis propias ideas, no lo que creo según Dios; como los muchachos proponen sus ejercicios para ser instruidos, no para instruir, de una manera laica, no sacerdotal, pero religiosísima siempre.

¿Y no se dirá también, no sin algún viso de razón, que el derecho de entrometerse, y eso con toda reserva a escribir sobre la religión incumbe sólo a los que de ello hacen profesión expresa; que esto no está quizás exento de alguna imagen de utilidad y justicia, y que yo debiera también callarme? Hanme dicho que hasta los mismos que no practican nuestra fe prohíben sin embargo entre ellos el empleo del nombre de Dios en las cosas comunes; no quieren que de tan santo nombre ses sirvan a manera de interjección y exclamación, para dar testimonio de cosa alguna, ni para establecer una comparación, en lo cual entiendo que obran cuerdamente. Como quiera que invoquemos a Dios en nuestro comercio y sociedad es preciso siempre que se haga seria y religiosamente.

En un pasaje de Jenofonte se lee, si no recuerdo mal, que debemos sólo rara vez rogar a Dios, porque no es fácil que con mucha frecuencia nos sea dable hacer que nuestra alma se encuentre dispuesta para la oración, ni que esté en el camino de la enmienda, recogida en completa devoción. Si así no acontece, nuestras oraciones no solamente son vanas e inútiles, son viciosas además. «Perdónanos, decimos, como nosotros perdonamos a los que nos ofendieron»; ¿qué declaramos con estas palabras, sino que ofrecemos a Dios nuestra alma exenta de rencor y venganza? Sin embargo, invocamos a Dios y su ayuda para que sea cómplice de nuestras culpas y lo invitamos a la injusticia.


Quae, nisi seductis, nequeas committere divis.[428]


El avaricioso le ruega por la conservación vana y superflua de sus tesoros; el ambicioso por sus victorias y por el triunfo de su pasión; el ladrón le llama en su ayuda para franquear el azar y las dificultades que se oponen a la ejecución de sus viles empresas, o le da gracias por la facilidad con que degolló a un caminante; al pie de la casa que se dispone a escalar o asaltar hace sus oraciones, mientras su intención y su esperanza están impregnadas de crueldad, lujuria o codicia:


Hoc ipsum, quo tu Jovis aurem impellere tentas,

dic agedum Staio: proh Juppiter!, o bone, clamet,

Juppiter! At sese non clamet Juppiter ipse?[429]


La reina Margarita de Navarra habla de un príncipe joven, que aunque no nombra su grandeza le ha hecho conocer suficientemente, el cual, para asistir a una cita amorosa y acostarse con la mujer de un abogado de París, tenía que atravesar una iglesia, por donde no pasaba nunca, ni a la ida ni a la vuelta de su gira sin hacer sus rezos y oraciones. Teniendo el alma llena de aquella acción reprobable, hay razón para preguntar en qué empleaba el favor divino. La reina, sin embargo, cita el hecho como ejemplo de singular devoción. No es la relación de este suceso solamente lo que prueba que las mujeres son casi nulas para tratar las cuestiones teológicas.

Una verdadera plegaria y una reconciliación completa de nuestra alma para con Dios no pueden aislarse en un alma impura sometida en el momento mismo en que ora a la dominación de Satanás. El que apela a Dios en su auxilio permaneciendo en el camino del vicio, hace lo propio que el timador que llamase a la justicia en su ayuda para la comisión de su delito, o como los que pronuncian el nombre del Señor en testimonio de sus mentiras.


Tacito mala vota susurro

concipimus.[430]


Habría pocos hombres que osasen declarar los secretos ruegos que dirigen al Señor:


Haud cuivis promptum est, murmurque, humilesque susurros

tollere de templis, et aperto vivere voto.[431]


Por eso los pitagóricos querían que las oraciones de cada uno fuesen públicas, y que se pronunciaran en alta voz, a fin de que no se pidiese a Dios cosa indecorosa o injusta, como aquel que


Clare quum dixit, Apollo!

Labra movet, metuens audiri: «Pulchra Laverna,

da mihi fallere, da justum sanctumque videri;

noctem peccatis, et fraudibus objice nubem.»[432]


Los dioses castigaron cruelmente los inicuos deseos de Edipo, haciendo que se realizaran, pues había rogado que sus hijos resolvieran entre ellos, por medio de las armas, la sucesión de su Estado; tan miserable fue la suerte de sus descendientes al ser oída su palabra. No hay que pedir que todas las cosas se acomoden a nuestra voluntad, sino que ésta siga el camino de la prudencia.

En verdad parece que nos servimos de nuestras oraciones como de una jerigonza, lo mismo que los que emplean las palabras santas y divinas en brujerías y efectos mágicos, y que nos echamos la cuenta de que sólo la contextura, el tono, el orden de las palabras y nuestro continente constituyen la eficacia de aquéllas, pues teniendo el alma llena de concupiscencia, desprovista de arrepentimiento y de toda reconciliación hacia Dios, le dirigimos las frases que la memoria presta a nuestra lengua y con ellas esperamos pagar la expiación de nuestras culpas. Nada tan fácil, tan dulce y tan misericordioso como la ley divina; ésta nos llama a su recinto majestuoso, por detestables y pecadores que seamos; nos tiende los brazos y nos recibe en su regazo por viles, puercos y encenagados que hayamos sido y que volvamos a ser en lo porvenir; pero, en recompensa, es preciso mirarla con deseos leales; es preciso recibir el perdón con acción de gracias, y al menos en ese instante en que nos dirigimos a ella, que el alma esté desolada de sus pecados y se sienta enemiga de las pasiones que nos empujaron a ofenderla. Ni los dioses, ni los hombres de bien, dice Platón, aceptan el presente de los malos.


Immunis aram si tetigit manus,

non sumptuosa blandior hostia,

mollivit aversos Penates

arre pio, et saliente mica.[433]



De la edad

No puedo aprobar la manera cómo entendemos el tiempo que dura nuestra vida. Yo veo que los filósofos la consideran de menor duración de lo que en general la creemos nosotros. «¡Cómo! dice Catón el joven a los que querían impedir que se matase, ¿estoy yo en edad, a los años que tengo, de que se me pueda reprochar el abandonar la vida con anticipación?» Tenía entonces sólo cuarenta y ocho años, y estimaba que esta edad era ya madura y avanzada, considerando cuán pocos son los hombres que la alcanzan. Los que creen que el curso de la vida, que llaman natural, promete pasar de aquel tiempo, se engañan; podrían asegurarse de mayor duración, si gozaran de un privilegio que los librase del número grande de accidentes a que todos fatalmente nos encontramos sujetos, y que pueden interrumpir el largo curso en que los optimistas creen. ¡Qué ilusión la de esperar morir de la falta de fuerzas, que a la vejez extrema acompaña, y la de creer que nuestros días acabarán sólo entonces! Esa es la muerte más rara de todas la menos acostumbrada, y la llamamos natural, como si tan natural no fuera morir de una caída, ahogarse en un naufragio, sucumbir en una epidemia o de una pleuresía, y como si nuestra constitución ordinaria no nos abocara todos los días a semejantes accidentes. No confiemos en esas esperanzas; el que se realicen es cosa siempre rara; antes bien debe llamarse natural a lo que es general, común y universal.

Morir de viejo es una muerte singular y extraordinaria, mucho menos frecuente que las otras; es la última y extrema manera de morir, y cuanto más lejos estamos de la vejez, menos debemos esperar ese género de muerte. Pero es la ancianidad el límite más allá del cual no pasaremos, y el que la ley natural ha prescrito para no ser traspuesto; mas es un privilegio otorgado a pocos el que la vida dure hasta una edad avanzada, excepción que la naturaleza concede como un favor particular a uno solo en el espacio de dos o tres siglos, descargándole de las luchas y dificultades que interpuso en carrera tan dilatada. Así yo considero que la edad a que por ejemplo somos llegados, alcánzanla pocas personas. Puesto que ordinariamente los hombres no la viven, prueba es de que estamos ya muy avanzados en el camino; y puesto que traspusimos ya los límites acostumbrados, que son la medida verdadera de nuestra vida, no debemos esperar ir más allá, habiendo escapado a la muerte en mil ocasiones en que otros muchos tropezaron. Debemos, por tanto, reconocer que una fortuna tan extraordinaria como la nuestra, que nos coloca aparte de la común usanza, no ha de durarnos largo tiempo.

Es también un defecto de las leyes mismas el que consideren la duración de la vida como dilatada; las leyes no consienten que un hombre sea capaz de la administración de sus bienes hasta que no haya cumplido los veinticinco años, y apenas será dueño entonces del gobierno de su existencia. Augusto suprimió cinco de las antiguas leyes romanas para que la mayor edad fuera declarada, y acordó también que bastaban treinta para desempeñar un cargo en la judicatura. Servio Tulio eximió a los caballeros que habían pasado de los cuarenta y siete años de las fatigas de la guerra, y Augusto a los que contaban cuarenta y cinco. El enviar a los hombres al descanso antes de los cincuenta y cinco o sesenta años no me parece muy puesto en razón. Entiendo que nuestra ocupación o profesión debe prolongarse cuanto se pueda mientras podamos ser útiles al Estado; el defecto, a mi entender, reside en el lado opuesto, en no emplearnos en el trabajo antes del tiempo en que se nos emplea. Augusto fue juez universal del mundo cuando sólo contaba diecinueve años, y se exige que nosotros tengamos treinta para que demos razón del lugar en que hay una gotera.

Yo creo que nuestras almas se encuentran suficientemente desarrolladas a los veinte años; a esta edad son ya lo que deben ser en lo sucesivo y prometen cuantos frutos puedan dar en el transcurso de la vida; jamás espíritu que no hay mostrado entonces prenda evidente de su fuerza, presentará después la prueba. Los méritos y virtudes naturales hacen ver en aquel término, o no lo hacen ver nunca, lo que tienen de esforzado y hermoso


Si l'espine non picque quand nai,

a pene que picque jamai[434],


dicen en el Delfinado. Entre todas las acciones nobles de que tengo noticia, sea cual fuere su naturaleza, puedo asegurar que son en mayor número las que fueron realizadas, así en los siglos pasados como en el nuestro, antes, que después de los treinta años, y muchas veces en la vida misma de un hombre ocurre lo propio. ¿No puedo asegurarlo así de Aníbal y de Escipión, su grande adversario? La primera hermosa mitad de sus vidas ganaron la gloria que gozaron luego; fueron después grandes hombres, sin duda, comparados con otros, pero no con ellos mismos. En cuanto a mí, tengo por probado que desde que pasé de aquella edad mi espíritu y mi cuerpo se han debilitado más que fortalecido: he retrocedido más que avanzado. Es posible que en aquellos que emplean bien su tiempo, la ciencia y a experiencia crezcan a medida que su vida avanza; pero la vivacidad, la prontitud, la firmeza y otras varias cualidades más importantes y esenciales, son más nuestras, cuando jóvenes; luego se agostan y languidecen:


Ubi iam validis quassatum est viribus aevi

corpus, et obtusis ceciderunt viribus artus,

claudicat ingenium, delirat linguaque, mensque.[435]


Ya es el cuerpo el que primero sucumbe a la vejez, ya el alma: he visto muchos hombres cuyo cerebro se debilitó antes que el estómago y las piernas, mal tan desconocido al que sufre como peligroso. Por todas estas consideraciones y razones encuentro desacertadas las leyes, no porque nos dejen permanecer hasta demasiado tarde en la labor, sino porque no nos ocupen antes. Paréceme que si se reflexionara en la fragilidad de nuestra vida y en los mil escollos ordinarios y naturales a que está expuesta no debiera repararse tanto en el año en que nacimos, ni dejamos tanto tiempo en la inactividad, ni emplearlo tan de sobra en nuestro aprendizaje.


 



68

Petrificada por el dolor. OVIDIO, Metam., VI, 304. Ovidio escribe: Diriquitque malis. (N. del T.)


69

El dolor deja al fin paso a su voz.

VIRGILIO, Eneida, XI, 151. (N. del T.)


70

No es muy grande el amor que puede expresarse. PETRARCA, último verso del soneto 137. (N. del T.)


71

¡Infeliz de mí! El amor trastorna todos mis sentidos. Ante tu vista. ¡oh, Lesbia! véome perdido de tal modo que hasta las fuerzas me faltan para hablar; mi lengua se traba, una llama sutil corre por sus venas; resuenan en mis oídos mil ruidos confusos y la lobreguez de la noche envuelve mis ojos. CATULO, Carm., LI, 5. -Estos versos son imitación de una oda de Safo, que, fue traducida por Boileau. (N. del T.)


72

Cuando ligeras se formulan, cuando extremas son mudas. SÉNECA Hipp., acto II, escen. 3, v. 607. (N. del T.)


73

En cuanto me ve venir, en cuanto reconoce por lados las armas troyanas, fuera de sí, como trastornada por una visión horrible permanece inmóvil; su sangre se hiela, cae por tierra y sólo largo tiempo, después consigue recobrar su voz. VIRGILIO, Eneida, III, 306. (N. del T.)


74

El espíritu a quien lo porvenir preocupa es siempre desdichado. SÉNECA, Epíst. 98. (N. del T.)


75

Apenas si se ve un hombre cuerdo que se sustraiga totalmente a la existencia. Inseguros del porvenir, los humanos imaginan que una parte de su ser les sobrevive y no pueden libertarse de este cuerpo que perece y cae. LUCRECIO. III, 890 y 895. (N. del T.)


76

Es un cuidado que debemos desechar para nuestras personas, mas no para nuestros deudos. CICERÓN, Tuscul. quaest., I. 45. (N. del T.)


77

El orden de los funerales, la elección de sepultura y la solemnidad de las honras fúnebres son menos necesarios para la tranquilidad de los muertos que para el consuelo de los vivos. SAN AGUSTÍN, De Civit Dei, I, 12. (N. del T.)


78

¿Quieres saber dónde irás cuando mueras? Donde están las cosas por nacer. SÉNECA, Troad., Cor. act. II, v. 30. (N. del T.)


79

Lejos de ti para siempre la paz de los sepulcros donde el cansado cuerpo halla por fin el descanso. ENNIO, apud Cic., Tuscul., I, 44. (N. del T.)


80

Y como el viento pierde su fuerzas si las espesas selvas no irritan su furor, disipándose en la vaguedad del aire. LUCANO, III, 462. (N. del T.)


81

Así la osa de Panonia más feroz después de herida, se repliega, y furiosa quiere morder el acero que la desgarra, persiguiéndolo y dando vueltas con él. LUCANO, VI, 220. (N. del T.)


82

Publio y Cneo Escipión. Tito Livio dice, XXV, 37,que cada cual comenzó de repente a llorar y a golpearse la cabeza. (N. del T.)


83

En el libro que trata del Reposo del espíritu, C. IV de la trad. de Amyot. (N. del T.)


84

¿Qué importa que se triunfe en buena o en mala lid? VIRGILIO, Eneida, II. (N. del T.)


85

El hombre virtuoso y prudente debe saber que la sola victoria verdadera es la que pueden aprobar el honor y la buena fe. FLORO, I, 12. (N. del T.)


86

Pongamos a prueba el esfuerzo de nuestros pechos para ver si eres tú o soy yo a quien la fortuna soberana de los acontecimientos, destina la victoria. ENNIO, apud Cic., de Officiis, 1, 12. (N. del T.)


87

Nadie debe sacar provecho de la ignorancia ajena. CICERÓN, de Offic. III, 17. (N. del T.)


88

Ya se deba la victoria al azar, ya a la pericia, siempre es gloriosa. ARIOSTO, Canto. XV, V. 1. (N. del T.)


89

Mejor quiero quejarme de mi mala fortuna que avergonzarme de la victoria. QUINTO CURCIO, IV, 13. (N. del T.)


90

El altivo Mesenco no se digna derribar a Orodes en su fuga, ni lanzar un solo dardo que los ojos de sus enemigo no puedan ver partir; le persigue, le alcanza y le ataca de frente; adversario del engaño quiere vencer sólo por el esfuerzo de su valor. VIRGILIO, Eneida, X, 732. (N. del T.)


91

Alusión a los quistes del ovario. (N. del T.)


92

Así cuando en un vaso de bronce una onda agitada refleja la imagen del sol o los pálidos rayos de la luna, la luz voltea incierta, se eleva, desciende y hiere el artesonado techo con sus movibles reflejos. VIRGILIO, Eneida, VIII, 22. (N. del T.)


93

Forjándose quimeras que semejan a los ensueños de un enfermo. Eneida, VIII, 22. (N. del T.)


94

Quien vive en todas partes Máximo, no vive en ningún sitio. MARCIAL, Epigramas, VII, 73, 6. (N. del T.)


95

El espíritu se extravía en la ociosidad, engendrando mil ideas diferentes. LUCANO, IV, 704. (N. del T.)


96

De modo que dos hombres de naciones distintas no son hombres comparados el uno con el otro. PLINIO, Nat. Hist., VII, I. (N. del T.)


97

¿Por qué en nuestros días, y aun antes, no se confía ya en tales oráculos? ¿Existe algo que se desdeña tanto como el trípode de Delfos? CICERÓN, de Divinat., II, 57. (N. del T.)


98

Creemos que hay aves que nacen expresamente para servir al arte de los augures. CICERÓN, de Nat. deor., II, 64. (N. del T.)


99

Los arúspices ven muchas cosas; los augures prevén también un número importante; muchos sucesos son anunciados por los oráculos y otros por los adivinos, por los sueños y por los prodigios. CICERÓN, de Nat. deor., II, 65. (N. del T.)


100

¿Por qué, soberano maestro de los dioses, añadiste a las desdichas de los humanos esta triste inquietud? ¿Por qué hacerles conocer mediante horrorosos presagios sus desastres futuros? ¡Haz que nuestros males nos cojan de improviso, que el porvenir sea desconocido para el hombre, y que éste pueda al menor esperar temblando! LUCANO, II, 4, 14. (N. del T.)


101

Nada se gana con saber lo irremisible, pues es una desdicha atormentarse en vano. CICERÓN, de Nat. deor., III, 6. (N. del T.)


102

Los dioses dejan por prudencia en la oscuridad más tenebrosa los acontecimientos venideros y se ríen del mortal que lleva sus inquietudes más lejos de lo que debe... Sólo quien es dueño de sí mismo, es feliz; sólo es dichoso, quien puede decir cada día: he vivido que mañana Júpiter empañe la atmósfera con tristes nubes o nos conceda un día sereno. HORACIO, Odas, III, 29 y siguientes. (N. del T.)


103

Un espíritu satisfecho del presente, se guardará bien de inquietarse por el porvenir. HORACIO Odas, II, 16, 25. (N. del T.)


104

He aquí su dilema: Si existe la adivinación, hay dioses; si hay dioses hay adivinación. CICERÓN, de Divin., 1, 6. (N. del T.)


105

Por lo que toca a los que comprenden el lenguaje de las aves y a los que consultan el hígado de un animal mejor que su propio raciocinio, entiendo yo que vale más oírlos que creerlos. PACUVIO, apud CIC. de Divin 1 6. (N. del T.)


106

Si se tira todo el día a la suerte, alguna vez se ha de acertar. CICERÓN de Divin., 2, 95. (N. del T.)


107

Llora, mas su espíritu permanece inalterable. Eneida, IV 449. (N. del T.)


108

Fortificación pequeña y de poca defensa. DIC. DE LA ACAD. (N. del T.)


109

Más vale que el delincuente se avergüence de su culpa que derramar su sangre. TERTULIANO, Apologética. (N. del T.)


110

Que el piloto se conforme con hablar da los vientos, el labrador de sus juntas, el guerrero de sus heridas y el pastor de sus rebaños. Trad. italiana de PROPERCIO, II, 1, 43. (N. del T.)


111

El pesado buey quisiera llevar la ligera silla; el caballo tirar del arado. HORACIO, Epíst., I, 14, 43. (N. del T.)


112

Estupefacto, la voz se apaga en mi garganta y se erizan mis cabellos. VIRGILIO, Eneida, II, 77. (N. del T.)


113

El miedo que horroriza de todo hasta de aquello que pudiera socorrerle, QUINTO CURCIO, III, 1. (N. del T.)


114

El horror ha alejado la energía lejos de mi corazón. ENNIO, apud CIC., Tuscut. quaest., VI, 8. (N. del T.)


115

El hombre debe siempre esperar su fin. Nadie puede considerarse dichoso antes del último instante de su vida. OVIDIO, Metam., III, 135. (N. del T.)


116

Tan cierto es que una fuerza secreta se burla de las cosas humanas, se complace como jugando en romper las hachas consulares y pisotea el orgullo de nuestro esplendor. LUCRECIO, V, 1231. (N. del T.)


117

¡Ay!, yo he vivido un día de más, que no hubiera debido vivir. MACROBIO, Saturnales, 11, 7. (N. del T.)


118

Porque entonces la necesidad arranca palabras sinceras de nuestros pechos; entonces la máscara cae y el hombre solo aparece. LUCRECIO, III, 57. (N. del T.)


119

No nos detengamos en esas fugaces bagatelas. SÉNECA, Epíst. 117. (N. del T.)

  

120

Montaigne emplea casi siempre la palabra virtud en la acepción latina, más amplia y comprensiva que la actual; lo mismo expresa con ella la fuerza, vigor y valor, que la integridad de ánimo y bondad de vida. (N. del T.)


121

Todos estamos obligados a llegar al mismo término; la suerte de cada uno de nosotros se encuentra en la urna para salir de ella tarde o temprano y hacernos pasar de la barca fatal al destierro eterno. HORACIO, Od. II, 3, 25. (N. del T.)

  

122

Es siempre amenazadora, como la roca de Tántalo. CICERÓN, de Finibus, I, 18. (N. del T.)

  

123

Ni los platos de Sicilia podrán despertar su paladar; ni los cánticos de las aves, ni los acordes de la lira podrán tampoco devolverle el sueño. HORACIO, Od., III, 1. 18. (N. del T.)

  

124

Preocúpase del camino, cuenta los días y mide su vida por la extensión de la ruta, vive sin cesar atormentado por la idea del suplicio que le espera. CLAUDIANO, in Ruf. II, 137. (N. del T.)

  

125

Puesto que en su torpeza quiere avanzar echándose atrás. LUCRECIO IV, 474. (N. del T.)

  

126

El hombre no puede prever nunca, por avisado que sea, el peligro que le amenaza a cada instante. HORACIO, Od., II, 13, 13. (N. del T.)

  

127

Consiento en pasar por loco o por inerte, siempre que el error me sea grato, o que yo no lo advierta, mejor que ser avisado y padecer con mi sapiencia. HORACIO, Epístolas, II, 2, 126. (N. del T.)

  

128

Persigue al que huye, y castiga sin piedad al cobarde que vuelve la espalda. HORACIO, Od., III, 18, 25. (N. del T.)

  

129

Es inútil que os cubráis de hierro y bronce; la muerte os atajará bajo vuestra armadura. PROPERCIO, III, 18, 25. (N. del T.)

  

130

Imagina que cada día es el último que para ti alumbra, y agradecerás el amanecer que ya no esperabas. HORACIO, Epíst. I, 4, 13. (N. del T.)


131

Cuando mi edad florida gozaba su alegre primavera. CATULO. LXVIII, 16. (N. del T.)

  

132

Muy pronto el tiempo presente desaparecerá y ya no podremos evocarle. LUCRECIO, III, 928. (N. del T.)

  

133

Ningún hombre es más frágil que los demás; ninguno tampoco está más seguro del día siguiente. SÉNECA, Epíst., 91. (N. del T.)

  

134

¿Por qué en una existencia tan corta formar tan vastos proyectos? HORACIO, Od., II, 16,17. (N. del T.)

  

135

¡Ay, infeliz de mí!, exclaman; un solo día, un instante fatal me roba todas las recompensas de la vida. LUCRECIO, III, 911. (N. del T.)

  

136

Partiré con el dolor de dejar sin acabar mis edificios suntuosos. VIRGILIO, Eneida, IV. 88. (N. del T.)

  

137

Quiero que la muerte me sorprenda en medio de mis trabajos. OVID., Amor, II, 10, 36. (N. del T.)

  

138

No añaden que la muerte aleja de nosotros el pesar de lo que abandonamos. LUCRECIO, III, 913. (N. del T.)

  

139

Antiguamente se acostumbraba a alegrar con homicidios los festines y a poner ante los ojos de los invitados combates horrorosos de gladiadores; a veces éstos caían en medio de las copas del banquete e inundaban las mesas con su sangre. SILIO ITÁLICO, XI, 51. (N. del T.)

  

140

¡Cuán pequeña es la parte que queda a un anciano en el festín de la vida! MAXIMIANO, vel PSEUDO-GALUS, I, 16. (N. del T.)


141

Ni la mirada cruel del tirano ni el ábrego furioso que revuelve los mares, nada puede alterar su firmeza, ni siquiera la mano terrible, la mano del tonante Júpiter. HORACIO, Od., III, 3, 3. (N. del T.)

  

142

Te cargaré de cadenas en pies y manos, te entregaré a un cruel carcelero. Algún dios me libertará en el momento que yo quiera. Ese dios, así lo creo, es la muerte: la muerte es; el término de todas las cosas. HORACIO, Epíst., I, 16, 76. (N. del T.)

  

143

Los mortales se prestan la vida por un momento; la vida es la carrera de los juegos sagrados en que la antorcha pasa de mano en mano. LUCRECIO, II, 75 78. (N. del T.)

  

144

La hora misma en que nacimos disminuye la duración de nuestra vida. SÉNECA, Hercul. fur, act. 3, coro, V, 874. (N. del T.)

  

145

Nacer es empezar a morir; el último momento de nuestra vida es la consecuencia del primero. MANILIO, Astronomic., IV, 16. (N. del T.)

  

146

¿Por qué no salís del festín de la vida como de un banquete cuando estáis hartos? LUCRECIO, III, 951. (N. del T.)

  

147

¿A qué querer multiplicar los días, que dejaríais perder lo mismo que los anteriores, sin emplearlos mejor? (N. del T.)

  

148

Vuestros nietos no verán sino lo que vieron vuestros padres. MANILIO, I, 529. (N. del T.)

  

149

El hombre da vueltas constantemente en el círculo que le encierra. LUCRECIO, III. 1093. (N. del T.)

  

150

El año comienza sin cesar de nuevo la ruta que antes ha recorrido. VIRGILIO, Geórgicas, II, 402. (N. del T.)


151

No puedo encontrar nada nuevo ni producir nada nuevo en vuestro favor; son y serán siempre los mismos placeres. LUCRECIO, III, 898. (N. del T.)

  

152

¿No sabéis que la muerte no dejará subsistir otro individuo idéntico a vosotros, que pueda gemir ante vuestra agonía y llorar ante vuestro cadáver? LUCRECIO, III, 898. (N. del T.)

  

153

Entonces no nos preocupamos de la vida ni de nuestra persona... entonces no nos queda ningún amargor de la existencia. LUCRECIO, 932, 935. (N. del T.)

  

154

La frase precedente es la traducción de estos dos versos de LUCRECIO, III,934. (N. del T.)

  

155

Considerad los siglos sin número que nos han precedido; ¿no son esos siglos para nosotros como si no hubieran existido jamás? LUCRECIO, III, 985. (N. del T.)

  

156

Las razas futuras van a seguiros. LUCRECIO, III, 981. (N. del T.)

  

157

Jamás la sombría noche ni la risueña aurora visitaron la tierra, sin oír a la vez los gritos lastimeros de la infancia en la cuna, y los suspiros del dolor exhalados ante un féretro. LUCRECIO, V, 579. (N. del T.)

  

158

Una imaginación robusta engendra por sí misma los acontecimientos. (N. del T.)

  

159

El texto de Montaigne parafrasea estos dos versos de LUCRECIO (IV, 1029), en las dos líneas que los preceden. (N. del T.)

  

160

Ifis pagó siendo muchacho las promesas que hizo cuando doncella. OVIDIO, Met., IX 793. (N. del T.)


161

Véase nota 791. (N. del T.)

  

162

Claudio, emperador romano. (N. del T.)

  

163

Montaigne parodia en este pasaje la forma de una oración forense. (N. del T.)

  

164

Es fama que los antiguos reyes de Francia tenían el privilegio de curar. (N. del T.)

  

165

Mirando los ojos de una persona que los tiene malos el mal se comunica a la que los mira, y las enfermedades pasan a veces de unos cuerpos a otros. OVIDIO, de Remedio amoris, V. 015. (N. del T.)

  

166

No sé quién fascina mis tiernos corderillos con su mirada maligna. VIRGILIO, Églog., III. 103. (N. del T.)

  

167

Un cuerpo no puede abandonar su naturaleza sin que deje de ser lo que antes era. LUCRECIO II, 752. (N. del T.)

  

168

La costumbre es en todo la maestra más hábil. PLINIO, Nat. Hist., XXVI. 2. (N. del T.)

  

169

Nada tan poderoso como la costumbre. Pasar la noche en medio de las nieves, abrasarse en los campos con el fuego de la lumbre solar, tal es la vida de los cazadores. Esos atletas que se magullan y despedazan con sus manoplas de hierro ni siquiera exhalan un solo gemido. CICERÓN, Tusc. quaest., II, 17. (N. del T.)

  

170

Vergonzoso es para un físico, que debe investigar sin descanso los secretos de la naturaleza, el presentar como testimonios de la verdad lo que no es sino costumbre y prejuicio. CICERÓN, de Nat. deor., I, 30. (N. del T.)


171

Nada hay, por grande y digno de admiración que nos parezca, que poco a poco no veamos con tranquilidad mayor. LUCRECIO, III 1027. (N. del T.)

  

172

Hermoso es obedecer a las leyes de su país. Excerpta ex tragaed. graecis Hug. Grotio interpr.; 1626, en-4º, p. 937. (N. del T.)

  

173

¡Ay!, yo mismo soy la causa de cuantas desdichas sufro. OVIDIO, Epíst. Phyllidis Demophoonti, v. 48. (N. del T.)

  

174

El pretexto es honrado. TERENCIO, Andr., act. I, V. 144. (N. del T.)

  

175

¡Tan cierto es que obramos mal al cambiar las instituciones de nuestros padres! TITO LIVIO, XXIV, 54. (N. del T.)

  

176

Que más que a ellos este negocio interesaba a los dioses, los cuales, decían, sabrían impedir que su culto se profanara. TITO LIVIO, X, 6. (N. del T.)

  

177

¿Quién será capaz de no tributar el respeto debido a las cosas antiguas que nos fueron conservadas y transmitidas por los más evidentes testimonios? CICERÓN, de Divin., I, 40. (N. del T.)

  

178

En materia de religión me atengo a Tiberio Coruncanio, Publio Escipión, Publio Scévola, pontífices soberanos, y no a Zenón, Cleante ni Crisipo. CICERÓN, de Nat.deor., III, 2. (N. del T.)

  

179

Confiar en un hombre desleal es procurarle ocasión de hacer daño. SÉNECA, Edipo, acto III, v. 686. (N. del T.)

  

180

O que no fueran aplicadas por espacio de veinticuatro horas. (N. del T.)


181

Munchas veces la confianza que inspiramos a los demás hace que éstos nos procuren la suya. TITO LIVIO, XXII, 22. (N. del T.)

  

182

Luis XI. (N. del T.)

  

183

Apareció sobre un cerro rodado de césped, con el rostro intrépido; y sin que abrigara temor ninguno mereció ser temido. LUCANO, v. 316. (N. del T.)

  

184

Detesto sobre todas las cosas el sabor pedantesco. (N. del T.)

  

185

Odio a esos hombres incapaces de obrar, cuya filosofía desvanece en vanas sentencias. PACUVIO, ap. GELLIUM. (N. del T.)

  

186

Enseñaron a hablar a los demás, pero ellos no aprendieron. CICERÓN, Tusc, quaest., v. 36. (N. del T.)

  

187

No se trata de charlar, sino de conducir la nave. SÉNECA, Epíst. 108. (N. del T.)

  

188

[imagen en el original (N. del E.)]

  

189

Por eso dice Enio: «Inútil es la sabiduría que no es al sabio provechosa.» Apud CIC., de Offic., III, 15. (N. del T.)

  

190

Si es avaro, si es embustero, si es flojo y afeminado. JUVENAL, VIII, 14. (N. del T.)


191

Porque no basta alcanzar la sabiduría, es preciso saber usar de ella. CICERÓN, de Finibus, I, 1. (N. del T.)

  

192

Nobles patricios que carecéis del don de ver lo que acontece detrás de vosotros, cuidad de que aquellos a quienes menospreciáis no se rían a expensas vuestras. PERSIO, I, 61. (N. del T.)

  

193

Que Prometeo formó de mejor barro y dotó de más felices disposiciones. JUVEN, XIV, 34. (N. del T.)

  

194

[imagen en el original (N. del E.)]

  

195

No se nos adoctrina para la vida, se nos instruye sólo para la escuela. SÉNECA, Epíst. 106. (N. del T.)

  

196

De modo que hubiera sido preferible no aprender nada. CICERÓN, Tusc. quaest, II, 4. (N. del T.)

  

197

Desde que los doctos pululan entre nosotros, los hombres honrados se eclipsaron. SÉNECA, Epíst. 95. (N. del T.)

  

198

De la escuela de Aristipo salían hombres intemperantes, y de la de Zenón salvajes. CICERÓN, de Nat. deor., III, 81. (N. del T.)

  

199

La autoridad de los que enseñan perjudica a veces a los que quieren aprender. CICERÓN, de Nat. acor., 1, 5. (N. del T.)

  

200

Se mantienen en tutela permanente. SÉNECA, Epíst., 33. (N. del T.)


201

De la propia suerte que saber, también el dudar es meritorio. DANTE, Infierno, cant. XI, v. 93. (N. del T.)

  

202

Que no tenga otro techo que el firmamento; que viva rodeado de alarmas. HORACIO, Od., III, 2, 5 (N. del T.)

  

203

El trabajo os endurece al dolor. CICERÓN, Tusc. quaest., II, 15. (N. del T.)

  

204

Se puede ser sabio con modestia, sin orgullo. SÉNECA, Epíst. 103. (N. del T.)

  

205

Porque Aristipo o Sócrates no respetaron siempre las costumbres de su país, sería un error suponer que vosotros podéis imitarlos. Su mérito trascendental y casi divino autorizaba esa libertad. CICERÓN, Acad., II, 41. (N. del T.)

  

206

Qué región está amortecida por el frío o abrasada por el sol; qué viento propicio empuja las naves a Italia. PROPERCIO, IV, 3. 39. (N. del T.)

  

207

Lo que puede desearse: cuáles daten ser los servicios que el dinero ha de procurar; cuáles son los deberes para con la patria y para con la familia; qué es lo que Dios ha querido que el hombre fuese sobre la tierra y qué lugar le ha asignado en el mundo, lo que somos y con qué designio nos dio el ser. PERSIO, III, 69. (N. del T.)

  

208

Y de qué modo debemos evitar, o soportar, las penalidades de la vida. VIRGILIO, Eneida, II, 459. (N. del T.)

  

209

Determinate a ser virtuoso, empieza; diferir la mejora de la propia conducta, es imitar la simplicidad del viajero que, encontrando un río en su camino, aguarda que el agua haya pasado; el río corre y correrá eternamente. HORACIO, Epíst., II, 1, 40. (N. del T.)

  

210

Cuál es la influencia del signo de Piscis, del León inflamado y la de Capricornio, que se sumerge en la mar occidental. PROPERCIO, IV, 1, 89. (N. del T.)


211

¿Qué importan las Pléyades ni la constelación del Boyero? ANACREONTE, Od. XVII, 10. (N. del T.)

  

212

[imagen en el original (N. del E.)]

  

213

Los sufrimientos de un espíritu intranquilo surgen al exterior de la propia suerte que la alegría, el semblante refleja esas diversas afecciones del alma. JUVENAL, IX, 18. (N. del T.)

  

214

Términos de la antigua escolástica. (N. del T.)

  

215

La arcilla está todavía húmeda y blanda: apresurémonos; en seguida, sin perder momento, moldeémosla en la rueda. PERSIO, III, 2. (N. del T.)

  

216

Jóvenes y ancianos, aprovechad de ahí la lección para ordenar vuestra conducta; aprovisionaos para cuando llegue el triste invierno de la vida. PERSIO, V. 64. (N. del T.)

  

217

Es igualmente útil a los pobres que a los ricos; jóvenes y viejos no la abandonarán sin arrepentimiento. HORACIO, Epíst., I, 1, 25. (N. del T.)

  

218

Hay gran diferencia entre no querer y no saber practicar el mal. SÉNECA. Epíst., 90. (N. del T.)

  

219

Aristipo supo acomodarse a todos los estados y a todas las fortunas. HORACIO, Epíst., I, 17, 23. (N. del T.)

  

220

Admirará a quien no se avergüence de sus andrajos; a quien mude de fortuna sin inmutarse; a quien en la próspera lo mismo que en la adversa guarde la actitud del varón fuerte. HORACIO, Epíst., I. 17, 25. (N. del T.)


221

Antes bien por sus costumbres que por sus estudios consagráronse a la primera de todas las artes, al arte de bien vivir. CICERÓN, Tusc. quaest., IV, 3. (N. del T.)

  

222

Si lo que sabe le sirve no de vana ostentación, sino para el ordenamiento de sus costumbres; si a sí mismo se obedece y obra con arreglo a sus principios. CICERÓN, Tusc. quaest, II 4. (N. del T.)

  

223

El dialecto hablado en Bérgamo era considerado en tiempo de Montaigne como el más tosco de toda Italia. (N. del T.)

  

224

Lo que bien se concibe se expresa claramente y las palabras para enunciarlo llegan a los labios sin dificultad. HORACIO, Art. poét., v. 311. (N. del T.)

  

225

Cuando las ideas imprimen su huella en el espíritu, las palabras surgen copiosamente. SÉNECA, Cotrovers., III, praem. (N. del T.)

  

226

Las Ideas arrastran las palabras. CICERÓN, de Finibus, III, 6. (N. del T.)

  

227

Sus versos son descuidados, pero al poeta no lo falta inspiración. HORACIO. Sat., I, 4, 8. (N. del T.)

  

228

Separad de ellos el ritmo y la medida, cambiad el orden de las palabras, y todavía encontraréis al poeta en esos miembros dispersos. HORACIO, Sat., I, 4, 58. (N. del T.)

  

229

El ruido sobrepasa a las ideas. SÉNECA, Epíst., 40. (N. del T.)

  

230

Esos sofismas confusos y espinosos. CICERÓN, Acad., II, 24. (N. del T.)


231

O que no eligen las palabras para expresar las ideas, sino que buscan fuera de propósito cosas a que las palabras puedan convenir. QUINTILIANO, VIII, 3. (N. del T.)

  

232

Que por no desperdiciar una expresión de su agrado se internan en un terreno en que no el tenían propósito de penetrar. SÉNECA, Epíst. 59. (N. del T.)

  

233

Que la expresión impresione y gustará de seguro. Epitafio de Lucano, citado en la Biblioteca latina de Fabricio, II, 10. (N. del T.)

  

234

La verdad debe hablar en lenguaje seguro y sin ornatos. SÉNECA, Epíst., 75. (N. del T.)

  

235

Quien se exprese con afectación es seguro que cansará y fastidiará. SÉNECA, Epíst., 75. (N. del T.)

  

236

Apenas contaba yo entonces doce años. VIRGILIO, Églog., XXIV, 24. (N. del T.)

  

237

Expone su proyecto al actor trágico Aristón. Era éste un hombre distinguido por su cuna y sus riquezas, y el ejercicio de su arte no le privaba de la estima de sus conciudadanos, pues entre los griegos nada tiene de deshonroso. TITO LIVIO, XXIV, 24. (N. del T.)

  

238

Como el peso inclina necesariamente la balanza, así la evidencia arrastra nuestro espíritu. CICERÓN, Acad., II, 2, 12. (N. del T.)

  

239

Sueños, mágicas visiones, milagros, brujas, apariciones nocturnas, y otros portentos de la Tesalia. HORACIO, Epíst., II, 208. (N. del T.)

  

240

Cansados y hartos de contemplar el espectáculo de los cielos, no nos dignamos ya levantar los ojos hacia esos palacios de luz. LUCRECIO, II, 1037. (N. del T.)


241

Si merced a una aparición repentina, estas maravillas impresionaran nuestros ojos por vez primera, ¿a qué podríamos compararlas en la naturaleza? Antes de haberlas visto, nada semejante hubiéramos podido imaginar. LUCRECIO, II, 1021. (N. del T.)

  

242

Un río parece caudaloso a quien no ha visto nunca otro más grande; lo propio acontece con un árbol, con un hombro y con todas las cosas, cuando nada mayo se vio de la misma especie. LUCRECIO, VI, 614. (N. del T.)

  

243

Familiarizado nuestro espíritu con los objetos que a diario impresionan nuestra vista, no los admira en modo alguno, ni pretende para nada investigar sus causas. CICERÓN, de Nat. deor, II, 38. (N. del T.)

  

244

Aun cuando no los acompañara ningún viso de razón, persuadiríanme por su exclusiva autoridad. CICERÓN, Tusc. quaest., I, 21. (N. del T.)

  

245

La parte superior es una mujer hermosa, y el resto el cuerpo de un pez. HORACIO, Arte poética, v. 4. (N. del T.)

  

246

Conocido yo mismo por mi afección paternal hacia mis hermanos. HORACIO. Od., II. 2, 6. (N. del T.)

  

247

No soy desconocido a la diosa que mezcla una dulce amargura con las penas del amor. CATULO, LXVIII, 17. (N. del T.)

  

248

Así en medio de los fríos y los calores el cazador va en seguimiento de la liebre, al través de montañas y valles; mientras le escapa desea darla alcance, y cuando la coge ya no hace caso de ella. ARIOSTO, canto X, estanc. 7. (N. del T.)

  

249

¿En qué consiste ese amor amistoso?¿Cómo no busca su objeto en un joven sin belleza ni tampoco en un viejo guapo? CICERÓN, Tusc. quaest., V, 34. (N. del T.)

  

250

El amor es el deseo de alcanzar la amistad de una persona que nos atrae por su belleza. CICERÓN, Tusc. quaest., IV, 34. (N. del T.)


251

La amistad no puede ser sólida sino en la madurez de la edad y en la del espíritu, CICERÓN, de Amicit., c. 20. (N. del T.)

  

252

Tal es mi procedimiento; seguid vosotros el vuestro. TERENCIO, Heautont, act. I, esc. 1, v. 28. (N. del T.)

  

253

Mientras la razón no me abandone, nada encontraré comparable a un amigo cariñoso. HORACIO, Sat., I, 5, 44. (N. del T.)

  

254

¡Día fatal que debo llorar, que debo honrar toda mi vida, puesto que tal ha sido, oh dioses inmortales, vuestra suprema voluntad! VIRGILIO, Eneida, V, 49. (N. del T.)

  

255

Y yo creo que ningún placer debe serme lícito ahora que ya no existe aquel con quien todo lo compartía. TERENCIO, Heautont, act. I, esc. 1, v. 97. (N. del T.)

  

256

Puesto que un destino cruel me ha robado prematuramente esta dulce mitad de mi alma, ¿qué hacer de la otra mitad separada de la que para mí era mucho más cara? El mismo día nos hizo desgraciados a los dos. HORACIO. Od., II, 17, 5. (N. del T.)

  

257

Antes me avergüence de mí mismo, que deje de verter lágrimas por un amigo tan entrañable. HORACIO, I, 24, 1. (N. del T.)

  

258

¡Oh hermano mío, qué desgracia para mí la de haberte perdido! Tu muerte acabó con todos nuestros placeres. ¡Contigo se disipó toda la dicha que me procuraba tu dulce amistad; contigo toda mi alma está enterrada! ¡Desde que tú no existes he abandonado las musas y todo lo que formaba el encanto de mi vida!... ¿No podré ya hablarte ni oír el timbre de tu voz? ¡Oh, tú que para mí eras más caro que la vida misma!, ¡oh, hermano mío! ¿No podré ya verte más? ¡Al menos me quedará el consuelo de amarte toda mi vida! CATULO, LXVIII, 20, LXV, 9. (N. del T.)

  

259

Los veintinueve sonetos de La Boëtie, del capítulo siguiente. (N. del T.)

  

260

Diana, vizcondesa de Louvigni, llamada la hermosa Corisanda de Andouins. En 1567 casó con Filiberto, conde de Grammont y de Guiche, muerto en el cerco de La Fère en 1580. (N. del T.)


261

Los veintinueve sonetos de Esteban de la Boëtie seguían a esta dedicatoria. Fueron publicados en la primera edición de los Ensayos, que apareció en Burdeos en 1580; en la de Juan Richer, París, 1587, y en la de Abel l'Angelier, en 4.º, París, 1588.

Estos versos son a manera de elegías amorosas, en las que se ve que su autor ha querido imitar a Petrarca.

Habiéndoles hecho imprimir Montaigne en las obras de su amigo, él mismo juzgó que no debían aparecer ya en los Ensayos, y con su propia mano los suprimió en el ejemplar que había de servir para la nueva edición que preparaba, escribiendo al margen: estos versos se verán en otra parte. Coste y otros editores, sin embargo, creyeron deber conservarlos, sin que tuvieran mucha razón para ello. M. Najeon escribió de los sonetos del amigo de Montaigne: «que no merecían ser reimpresos, porque tampoco merecían ser leídos.» (A. D.)

  

262

El sabio no es ya sabio, y el tono es ya justo, el amor que a la virtud profesan es exagerado. HORACIO, Epíst., I, 6, 15. (N. del T.)

  

263

Nosotros mismos trabajamos para aumentar la miseria de nuestra condición. PROPERCIO, III, 7, 44. (N. del T.)

  

264

Dícese que en lo antiguo estas tierras eran un mismo continente; por un empuje violento las separó el mar embravecido. VIRGILIO, Eneida, III, 414 y sig. (N. del T.)

  

265

Una laguna, estéril mucho tiempo, que hendían los remos de la barca, conoce hoy el arado y alimenta las ciudades vecinas. HORACIO, Arte poética, v. 65. (N. del T.)

  

266

La hiedra crece sin cultivo; el árbol no es nunca más frondoso que cuando prospera en los abismos solitarios... el canto de las aves es más dulce sin el concurso del arte. PROPERCIO, I, 2, 10 y sig. (N. del T.)

  

267

Hombres son éstos que salen de las manos de los dioses. SÉNECA, Epíst. 90. (N. del T.)

  

268

Tales fueron las primitivas leyes de la naturaleza. VIRGILIO, Geórg., II, 20. (N. del T.)

  

269

Cuéntase que los vascones prolongaron la vida nutriendose con carne humana. JUVENAL, Sát., XV, 93. (N. del T.)

  

270

La sola victoria verdadera es la que fuerza al enemigo a declararse vencido. CLAUDIANO, de sexto Consulatu Honorii, v. 218. (N. del T.)


271

Si cae en tierra combate de rodillas. SÉNECA, de Providentia, c. 2. (N. del T.)

  

272

Y todas las gentes de igual categoría. HORACIO, Sát., I, 2, 2. (N. del T.)

  

273

¿Quién es el hombre capaz de conocer los designios de Dios, o de imaginar la voluntad del Señor? Libro de la Sabiduría, IX, 13. (N. del T.)

  

274

[H y imagen en el original (N. del E.)]

  

275

[imagen y  imagen en el original (N. del E.)]

  

276

[imagen en el original (N. del E.)]

  

277

O una vida tranquila o una muerte feliz. Hermoso es morir cuando la vida es un oprobio; vale más dejar de existir que vivir en la desdicha. (N. del T.)

  

278

Obligada a renunciar a los abrazos de su nuevo esposo antes de que las largas noches de uno o dos inviernos saciaran la avidez de su amor. CATULO, LXVIII, 81. (N. del T.)

  

279

La fortuna es más avisada que la razón. (N. del T.)

  

280

Y que por esta razón casi todos los seres están provistos de cuero, pelo, conchas, corteza o callosidades. LUCRECIO, IV, 936. (N. del T.)


281

Que con la cabeza descubierta desafiaba las lluvias más copiosas y las tempestades más violentas. SILIO ITÁLICO, I, 250. (N. del T.)

  

282

El vino helado retiene la forma de la vasija que lo contiene; allí no se bebe líquido, sino que se distribuye en pedazos. OVIDIO, Trist., III, 10, 23. (N. del T.)

  

283

Hoy Mar de Azot. (N. del T.)

  

284

Hay gentes que no aconsejan más que lo que creen poder imitar. CICERÓN, Tusc. quaest., I, 11. (N. del T.)

  

285

Creen que la virtud no es más que una palabra vana, como tampoco ven otra cosa que leña para el horno en un bosque sagrado. HORACIO, Epíst. I, 6, 31. (N. del T.)

  

286

La virtud, que debieran respetar, aun cuando no pudieran comprenderla. CICERÓN, Tusc. quaest., V, 2. (N. del T.)

  

287

Que Catón sea durante toda su vida aun mayor que César. MARCIAL, VI, 32. (N. del T.)

  

288

Y el indomable Catón domó la muerte. MANILIO, Astron, IV, 87. (N. del T.)

  

289

Los dioses son favorables a César, pero Catón sigue a Pompeyo. LUCANO, I, 118. (N. del T.)

  

290

Todo el mando postrado a sus pies, menos el altivo Catón. HORACIO, Od., II,1. 23. (N. del T.)


291

Y Catón que les dicta leyes. VIRGILIO, Eneida, VIII, 670. (N. del T.)

  

292

Así el alma oculta sus secretos movimientos, adoptando una apariencia contraria a su estado: triste bajo un semblante, alegre, alegre bajo un semblante triste. PETRARCA, fol. 23 de la edic. de Gab. Giolito. (N. del T.)

  

293

Desde el momento que creyó poder mostrarse sensible a las desgracias de su yerno sin correr ningún peligro, derramó unas cuantas lágrimas forzadas y arrancó algunos gemidos de un corazón lleno de alegría. LUCANO, IX, 1037. (N. del T.)

  

294

Las lágrimas de un heredero no son sino risas que la máscara oculta. PUBLIO SIRIO, apud A. GELLIUM, XVIII, 14. (N. del T.)

  

295

¿Es acaso Venus odiosa a las recién casadas?, ¿o se burlan éstas de sus padres simulando lágrimas que derraman en abundancia en el umbral de la cámara nupcial? ¡Qué yo muera si tales lloros son sinceros! CATULO, LXVI, 15. (N. del T.)

  

296

El sol, manantial fecundo de luz, inunda el cielo con un resplandor sin cesar renaciente, remplazando de continuo sus rayos con nuevos rayos. LUCRECIO, V, 282. (N. del T.)

  

297

Nada tan activo como el alma en sus concepciones o su sus actos; entonces es más movible que todo cuanto la naturaleza pone ante nuestros ojos. LUCRECIO, III, 183. (N. del T.)

  

298

Los hombres de bien son raros, apenas podrían contarse tantos como puertas tiene Tebas o embocaduras el Nilo JUVENAL, XIII, 26. (N. del T.)

  

299

No son las hermosas soledades que dominan la extensión de los mares las que disipan las penas: mas sí la razón y la prudencia. HORACIO, Epíst., III, 1, 40. (N. del T.)

  

300

Las penas montan a la grupa y galopan con nosotros. HORACIO, Od. III, 1, 40. (N. del T.)


301

El dardo mortal queda en el flanco. VIRGILIO, Eneida, IV, 13. (N. del T.)

  

302

¿Por qué ir en busca de regiones alumbradas por otro sol? ¿Acaso basta para huirse así mismo el huir de su país? HORACIO, Od. II, 16, 18. (N. del T.)

  

303

He roto mis ligaduras, me diréis. ¿Pero acaso el perro que después de prolongados esfuerzos logra por fin escapar, no lleva casi siempre consigo buen trozo de su cadena? PERSIO, Sát., V, 158. (N. del T.)

  

304

Si nuestra alma no está bien gobernada, ¡cuántos son los combates que tenemos que sostener y cuántos los peligros que tenemos que afrontar! ¿Qué cuidados, qué temores, qué inquietudes no desgarran al hombre víctima de sus pasiones? ¿Qué estragos no producen en su alma el orgullo, la licencia, la cólera, el lujo y la ociosidad? LUCRECIO, V, 44. (N. del T.)

  

305

Montaigne traduce este verso antes de citarlo. (N. del T.)

  

306

Sé un mundo para ti mismo en solitarios lugares. TIBULO, IV, 13, 12. (N. del T.)

  

307

¿Es posible que el hombre vaya a obstinarse en amar alguna cosa más que a sí mismo? TERENCIO, Adelfos, act. I, esc. l, verso 13. (N. del T.)

  

308

No es frecuente profesarse a sí mismo todo el respeto necesario. QUINTILIANO, X, 7. (N. del T.)

  

309

En cuanto a mí, aun cuando no pueda encontrarme en situación más holgada, me conformo con poco y enaltezco, la apacible medianía: si mi suerte mejora, digo que nadie aventaja en dicha ni en prudencia a aquellos cuyas rentas están fundamentadas en la posesión de hermosas tierras. HORACIO, Epíst., I, 15, 42. (N. del T.)

  

310

Intenten mejor hacerse superiores a las cosas que ser esclavos de ellas. HORACIO, Epíst., I, 1, 19. (N. del T.)


311

Los ganados pastaban las mieses de Demócrito, mientras su espíritu, separado de su cuerpo, viajaba por el espacio. HORACIO, Epíst., I, 12, 12. (N. del T.)

  

312

¡Pues qué!, ¿vuestra ciencia no significa nada, si no se conoce de antemano que estáis dotados de ella? PERSIO, Sát., I, 23. (N. del T.)

  

313

PROPERCIO, II, 25, 38. (N. del T.)

  

314

Paseándome en silencio por los bosques, y ocupándome en todo aquello que merece los cuidados de un hombre cuerdo y virtuoso. HORACIO, Epíst., I, 4, 4. (N. del T.)

  

315

Gocemos; sólo los días que consagramos al placer nos pertenecen. Muy pronto no serás más que un puñado de ceniza, una sombra, una ficción. PERSIO, Sát., V, 151. (N. del T.)

  

316

Viejo caduco, ¿trabajas sólo para distraer la ociosidad del pueblo? PERSIO, Sát., I, 22. (N. del T.)

  

317

Llenad vuestro espíritu de nobles imágenes. CICERÓN, Tusc. quaest., II, 22. (N. del T.)

  

318

Que derribe por tierra al enemigo que le hace frente; que perdone al que está y por tierra. HORACIO, Carm. saecul., v. 51. (N. del T.)

  

319

Hablen otros con elocuencia; armados del compás midan otros la ruta de los astros, cuanto a él le basta con saber gobernar los imperios. VIRGILIO, Eneida, VI, 849. (N. del T.)

  

320

Un ordenamiento simétrico es cosa indigna del hombre. SÉNECA, Epíst. 115. (N. del T.)


321

¡Oh muerte!, ¡pluguiera a los dioses que desdeñaras visitar a los cobardes y que la virtud sola pudiera alcanzarte! LUCANO. IV, 580. (N. del T.)

  

322

¡Cuántas veces corren hacia una muerte segura no ya sólo los generales, sino ejércitos enteros! CICERÓN, Tusc. quaest., I, 37. (N. del T.)

  

323

Si la impresión de nuestros sentidos no es verdadera, la razón tampoco lo es. LUCRECIO, IV, 486. (N. del T.)

  

324

Lo ha sido o lo será; nada de presente hay en ella. Menos cruel es estar ya muerto que hallarse esperando el fin de la vida. (N. del T.)

  

325

La muerte no es un mal sino por lo que la sigue. SAN AGUSTÍN, de Civit. Dei, I, 11. (N. del T.)

  

326

La virtud ansía el peligro. SÉNECA, de Providentia, c. 4. (N. del T.)

  

327

No es con la alegría y los placeres, con los juegos y las carcajadas, ordinario séquito de la frivolidad, como se es dichoso; las almas austeras encuentran la felicidad en la constancia y en la firmeza. CICERÓN, de Finibus, I, 10. (N. del T.)

  

328

La virtud es tanto más dulce cuanto mayores esfuerzos nos cuesta. LUCANO, IX, 404. (N. del T.)

  

329

Recuerda que los grandes dolores acaban con la muerte; que los sufrimientos morales dejan intervalos tranquilos, y que somos capaces de dominar los medianos. Cuando éstos sean tolerables los soportaremos pacientemente; si se asemejan a un lugar que nos enoja, saldremos de él como se sale de un teatro. CICERÓN. (N. del T.)

  

330

Cuanto más el hombre se deja dominar por el dolor, más éste lo atormenta. SAN AGUSTÍN, de Civil. Dei, I, c. 10. (N. del T.)


331

Jamás la naturaleza podrá ser vencida por la costumbre, porque aquélla es invencible; mas entre nosotros se halla corrompida por la molicie, los deleites, la ociosidad y la indolencia. La idea de la naturaleza ha sido falseada por opiniones erróneas y por hábitos detestables. CICERÓN, Tusc. quest., V, 72. (N. del T.)

  

332

El último de los gladiadores ¿gimió alguna vez o cambió de fisonomía? ¡Qué arte en su caída misma para ocultar la vergüenza a los ojos del circo! Derribado ya, a los pies de su adversario, ¿vuelve siquiera la cabeza al ordenársele recibir el golpe mortal? CICERÓN, Tusc. quaest., II, 17. (N. del T.)

  

333

Hay quien tiene el valor de arrancarse los cabellos grises y de sacarse tiras de la cara para que le salga un cutis nuevo. TIBULO I, 8, 45. (N. del T.)

  

334

Por donde puede verse que la aflicción no es un efecto de la naturaleza, sino de nosotros mismos. CICERÓN, Tusc. quaest., III, 28. (N. del T.)

  

335

Pueblo feroz, no juzgaba posible la vida sin los combates. TITO LIVIO, XXXV, 17. (N. del T.)

  

336

Al través de tantos mares tempestuosos. CATULO, IV, 18. (N. del T.)

  

337

Y de la propia suerte que tiene el brillo del cristal con igual facilidad se quiebra. Ex Mimis Publii Syri. (N. del T.)

  

338

Cada cual es el artífice de su propia fortuna. SALUSTIO, de Rep. ordin., I, 1. (N. del T.)

  

339

Nada hay más digno de compasión que la indigencia en el seno de las riquezas. SÉNECA, Epíst. 74. (N. del T.)

  

340

La riqueza consiste en no estar ávido de tesoros; constituye una renta no hallarse dominado por la pasión de comprar. CICERÓN, Paradox, VI, 3. (N. del T.)


341

La abundancia es el fruto de las riquezas, y la prueba de la abundancias el contentamiento con lo que se osee. CICERÓN, Paradox., VI. (N. del T.)

  

342

Nuestras almas se debilitan lo mismo con el dolor que con el placer; nada tienen de vigoroso ni de sólido, y nos arranca gritos hasta la picadura de una avispa... El toque está en saber tener imperio sobre sí mismo. CICERÓN, Tusc. quaest., II, 22. (N. del T.)

  

343

La fama, cuya dulce voz trastorna a los soberbios mortales y que les parece tan encantadora, no es sino un eco, un sueño, o más bien la sombra de un sueño que se desvanece y disipa en un momento. TASSO, Jerusalén, canto XVI, estancia 63. (N. del T.)

  

344

Porque no cesa de tentar hasta a los mismos que progresaron en la virtud. SAN AGUSTÍN, de Civit. Dei, V, 15. (N. del T.)

  

345

Como se ve por ejemplos que siguen, Montaigne habla en este capítulo de las excepciones a lo que deja sentado en el epígrafe anterior, es decir, de algunos personajes cuya generosidad fue tan rara que de su propia gloria hicieron presente a los demás o que la sacrificaron en beneficio ajeno. (N. del T.)

  

346

Los postreros en llegar al combate semejan haber decidido solos la victoria. TITO LIVIO, XXVII, 45. (N. del T.)

  

347

¡Cuán superior puede ser un hombre a otro! TERENCIO, Eunuco, act. II, esc. 3, v. 1. (N. del T.)

  

348

Se estima un corcel arrogante y animoso, que muestra en la carrera su vigor hirviente; a quien nunca abate la fatiga, y que sobre la plata cubriose mil veces con el polvo que levantó su casco. JUVENAL, XIII, 57. (N. del T.)

  

349

Cuando los príncipes compran sus caballos acostumbran a examinarlos cubiertos, temiendo que si por ejemplo un animal tiene los remos defectuosos y hermoso el semblante, como acontece con frecuencia, el comprador no se deje seducir por la redondez de la grupa, la delicada cabeza o por el cuello levantado y apuesto. HORACIO, Sát., I, 2, 36. (N. del T.)

  

350

¿Es virtuoso y dueño de sus acciones?, ¿sería capaz de afrontar la indigencia, la esclavitud y la muerte?, ¿sabe resistir el empuje de sus pasiones y menospreciar los honores? Encerrado consigo mismo y semejante a un globo perfecto a quien ninguna aspereza impide rodar, ¿ha logrado que nada en su existencia dependa de la fortuna? HORACIO, Sát., II, 7, 83. (N. del T.)


351

El hombre prudente labra su propia dicha. PLAUTO, Trinummus, acto II, esc. II, v. 48. (N. del T.)

  

352

Oíd la voz de la naturaleza. ¿Qué es lo que de vosotros solicita?, un cuerpo exento de dolores; un alma libre de terrores o inquietudes. LUCRECIO, II, 16. (N. del T.)

  

353

Porque en sus dedos brillan engastadas en el oro las esmeraldas más grandes y del verde más deslumbrador; porque va siempre ataviado con ricas vestiduras al disfrutar sus vergonzosos placeres. LUCRECIO, IV, 1123. (N. del T.)

  

354

La felicidad del hombre cuerdo reside en él mismo. La exterior no es más que una dicha superficial y pasajera. SÉNECA, Epíst. 115. (N. del T.)

  

355

Ni los amontonados tesoros, ni las cargas consulares pueden libertarle de las agitaciones de su espíritu, ni de los cuidados que revolotean bajo sus artesonados techos. HORACIO, Od., III 16, 9. (N. del T.)

  

356

El temor y las preocupaciones, inseparable cortejo de la vida humana, no se asustan del estrépito de las armas; muéstranse ante la corte de los reyes, y sin respetos hacia el trono se sientan a su lado. LUCRECIO, II, 47. (N. del T.)

  

357

La fiebre nos os abandonará con mayor premura por estar tendidos sobre la púrpura, o sobre tapiz rico y costoso. Con la misma fuerza os dominará que el estuvierais acostados en plebeyo lecho. LUCRECIO, II, 34. (N. del T.)

  

358

Que las doncellas se lo disputen, que por doquiera nazcan las rosas bajo sus plantas. PERSIO, II, 38. (N. del T.)

  

359

Estas cosas son lo que su poseedor las trueca: bienes, para quien de ellas sabe hacer un uso acertado; males, para quien no. TERENCIO, Heautont, acto I, esc. III, v.21. (N. del T.)

  

360

Esta soberbia casa, estas tierras dilatadas, estos montones de oro y plata ¿alejan las enfermedades y los cuidados de su dueño? Para disfrutar de lo que se posee precisa encontrarse sano de cuerpo y de espíritu. Para quien se encuentra atormentado por el temor y el deseo, todas esas riquezas son como el calor para un gotoso, o como la pintura para aquel cuya vista no puede soportar la luz. HORACIO. Epíst., I, 2, 47. (N. del T.)


361

Todo cubierto de plata, todo resplandeciente de oro. TIBULO, I, 2, 70. (N. del T.)

  

362

¿Tienes el estómago en regla y el pecho robusto? ¿Te encuentras libre del mal de gota? Las riquezas de los reyes no podrían añadir ni un ápice a tu bienandanza. HORACIO, Epíst., I, 12, 5. (N. del T.)

  

363

Vale más obedecer tranquilamente que echarse a cuestas la pesada carga de los negocios públicos. LUCRECIO, V, 11126 (N. del T.)

  

364

El amor disgusta cuando recibe buen trato. Es un alimento grato, cuyo exceso daña. OVIDIO, Amor., II, 19, 25. (N. del T.)

  

365

Los grandes gustan de la variedad; bajo la humilde techumbre de pobre una comida frugal aleja los cuidados de sus pechos. HORACIO, Od., III, 29, 13. (N. del T.)

  

366

Pocos hombres están sujetos a la servidumbre; muchos más son los que a ella se entregan voluntariamente. SÉNECA, Epíst. 22 (N. del T.)

  

367

La ventaja mayor de la realeza consiste en que los pueblos están obligados no sólo a soportarla, sino también a alabar las acciones de sus soberanos. SÉNECA, Thyest, 1, acto II, esc. I, v. 30. (N. del T.)

  

368

No conocía los límites que deben sujetar los deseos; ignoraba hasta dónde puede llegar el placer verdadero. LUCRECIO, V, 1431. (N. del T.)

  

369

Cada cual se prepara a sí mismo su destino. CORN. NEP. Vida de. (N. del T.)

  

370

Todo cuanto los príncipes hacen diríase que lo ordenan a los demás. QUINTILIANO, Deciam., 3, p. 48, edic. de 1665. (N. del T.)


371

Tuvo lugar en 1552, reinando Carlos IX, y fue ganada bajo el mando del duque de Guisa. (N. del T.)

  

372

Según el Diccionario de Trévoux en lo antiguo se llamaba Guillermo en Francia a las personas de que no se hacia gran caso. (N. del T.)

  

373

Menage en su Diccionario etimológico dice que se llamó a Duguesclin de catorce maneras distintas: du Guécliu, du Gayaquin, du Guesquin, Guesquinius, Guesclinius, Guesquinas, etc. (N. del T.)

  

374

No se trata aquí de un premio de poca monta. VIRGILIO, Eneida, XII, 784. (N. del T.)

  

375

Antonio Escalin era su nombre verdadero. (N. del T.)

  

376

¿Acaso pensáis que todo eso puede interesar a las frías cenizas y a los manes que la tierra cubre? VIRGILIO, Eneida. IV, 34. (N. del T.)

  

377

Ante mi gloria Esparta abatió su orgullo. (Este verso, traducido del griego por Cicerón (Tuscul., V, 17), es el primero de los cuatro que se pusieron en el pedestal de la estatua de Epaminondas.) (N. del T.)

  

378

Desde que la aurora aparece hasta que el sol se oculta no hay un guerrero cuya frente esté cubierta de tan nobles laureles. CICERÓN, Tusc. V, 17. (N. del T.)

  

379

¡He aquí la esperanza que inflamó a los generosos griegos, a los romanos y a los bárbaros, y lo que les hizo sufrir mil penalidades y afrontar mil peligros: tan evidente es que el hombre está más sediento de gloria que de virtud. JUVENAL, Sát. X, 137. (N. del T.)

  

380

[imagen en el original (N. del E.)]


381

HOMERO, Iliada, XX, 249. (N. del T.)

  

382

Aníbal venció a los romanos, mas no acertó a sacar partido de la victoria. PETRARCA, tercera parte de los sonetos, fol. 141, edic. de Gabriel Giolito. (N. del T.)

  

383

Felipe II. (N. del T.)

  

384

Cuando el hado lo arrastra todo, cuando todo cede ante el terror. LUCANO VII, 734. (N. del T.)

  

385

Ciudad del Epiro. (N. del T.)

  

386

El que desafía la muerte casi nunca la recibe sin causarla. LUCANO, IV, 275. (N. del T.)

  

387

A veces la imprudencia triunfa y la mesura nos engaña; con frecuencia la fortuna no brinda con sus favores a los más dignos; diosa inconstante revolotea aquí y allá a tenor de sus caprichos. La causa de ello es que existe un poder superior que nos domina, del cual dependen todas las criaturas. MANILIO, IV, 95. (N. del T.)

  

388

Como aquellos de nuestros jinetes que saltan de un caballo a otro, los númidas acostumbraban a llevar dos corceles; completamente armados, en lo más recio del combate, se lanzaban del animal cansado al de refresco. ¡Tan grandes eran su agilidad y la docilidad de sus caballos! TITO LIVIO, XXIII, 29. (N. del T.)

  

389

En el cual, sin ningún género de duda, sobresalían los romanos. Tito Livio, IX, 22, (N. del T.)

  

390

Ordena que se haga entrega de las armas, caballos y rehenes. De Belle Gallico, VII, 11. (N. del T.)


391

Nadie pensaba en huir; vencedores y vencidos avanzaban, combatían, herían y morían juntos. VIRGILIO, Eneida, X, 756. (N. del T.)

  

392

Los primeros gritos y la arremetida primera deciden la victoria. TITO LIVIO, XXV, 41. (N. del T.)

  

393

Cuando se encomienda a los vientos el cuidado de encaminar los disparos. (N. del T.)

  

394

Semejante al rayo la falárica hendía el aire produciendo un terrible silbido. VIRGILIO, Eneida, IX, 705. (N. del T.)

  

395

Acostumbrados a arrojar al mar las redondeadas piedras de sus riberas, y a lanzar proyectiles desde una gran distancia a un círculo reducido, herían a sus enemigos no sólo en la cabeza, sino en el sitio del semblante que les placía. TITO LIVIO, XXXVIII, 5. (N. del T.)

  

396

Al trepidar de las murallas, ante las cuales la metralla choca con atronador estruendo, el desorden y el pavor se apoderan de los sitiados. TITO LIVIO, XXXVIII, 5. (N. del T.)

  

397

No les asusta la amplitud de las heridas. Cuando éstas son más anchas que profundas glorifícanse como de una muestra de valor, pero si la punta de un dardo o una bala de plomo (lanzada con la honda) penetran en sus cuerpos dejando un agujero casi imperceptible, llenos de furia por perecer por una causa tan ligera, se arrastran por la tierra llenos de vergüenza y de rabia. TITO LIVIO, XXXVIII, 21. (N. del T.)

  

398

Los masilianos montan sus caballos en pelo, y los dirigen con una simple vara que hace las veces de riendas y freno. LUCANO, IV, 682. (N. del T.)

  

399

Y los númidas gobiernan sus caballos sin freno. VIRGILIO, Eneida, IV, 41. (N. del T.)

  

400

Sus caballos sin freno son deformes, tienen el cuello rígido y la cabeza extendida hacia delante. TITO LIVIO, XXXV, 11. (N. del T.)


401

«Llamose así por ser su particular divisa una banda roja a faja carmesí de cuatro dedos de ancho, que traían los caballeros de esta orden sobre el hombro derecho, desde donde pasaba cruzando por espalda y pecho al lado izquierdo.» Dic. de la Acad. Esp. séptima edic. (N. del T.)

  

402

Allí viven los sármatas, que se alimentan con sangre de caballo. MARCIAL, Spertacul. Lib., epigr. 3, v. 4. (N. del T.)

  

403

Para que el choque sea más impetuoso, dice, soltad la brida de vuestros corceles; es una maniobra cuyo éxito honró muchas veces a la caballería romana... Apenas la orden es oída desenfrenan sus caballos, hienden las tropas enemigas, rompen todas las lanzas, vuelven sobre sus pasos y llevan a cabo una terrible carnicería. TITO LIVIO, XL 45. (N. del T.)

  

404

Envuelven la mano izquierda con la tela de su túnica y desenvainan la espada. CÉSAR, de Bello civiti, 75. (N. del T.)

  

405

Te arrancas el vello del pecho, de las piernas y de los brazos. MARCIAL, II, 62, 1. (N. del T.)

  

406

Unta su cutis con ungüentos depilatorios que la cubre con tiza reblandecida en vinagre. MARCIAL, VI, 93, 9. (N. del T.)

  

407

Entonces Eneas, desde lo alto del lecho en que estaba acostado, habló así. VIRGILIO, Eneida, II, 2. (N. del T.)

  

408

Te besaré al felicitarte en los términos más cordiales. (N. del T.)

  

409

Las palabras anteriores explican este verso. MARCIAL, II, 58, 11. (N. del T.)

  

410

Los niños dormidos creen a veces levantarse el vestido para hacer aguas en los recipientes públicos, destinados a este efecto. LUCRECIO, IV, 1024. (N. del T.)


411

Ricos voluptuosos, guardad para vosotros esos platos; soy enemigo de las cocinas ambulantes. MARCIAL, VII, 48. (N. del T.)

  

412

Un esclavo cuyo cuerpo ciñe un delantal de badana negra, está junto a ti y se mantiene en pie para servirte cuando desnuda tomas un baño caliente. MARCIAL, VII, 35, 1. (N. del T.)

  

413

Una hora entera transcurre mientras se engancha la mula y pagan los pasajeros. HORACIO, Sát., I, 5, 13. (N. del T.)

  

414

La callejuela del rey Nicomedes. SUETONIO, Vida de César, c. 49. (N. del T.)

  

415

Esclavos, daos prisa de refrescar el ardor de ese vino do Falerno con el agua de esa fuente que corre cerca de nosotros. HORACIO, Od., II, 11, 18. (N. del T.)

  

416

¡Oh Jano! Guardáronse mucho de mostrarte por la espalda cuernos y orejas de asno; y también de enseñarle la lengua como pudiera hacerlo un perro de la Apulla cuando lo acomete la sed: tenías dos semblantes. PERSIO, Sat., 1, 58. (N. del T.)

  

417

En cuanto ponían los pies fuera de su casa, el uno reía y el otro lloraba. JUVENAL, Sát., X, 58. (N. del T.)

  

418

No es una cosa baladí el modo de componérselas para trinchar una liebre o una gallina. JUVENAL, Sat., v. 123. (N. del T.)

  

419

Eso está muy salado, esto quemado; eso no tiene el gusto bastante fuerte, eso sabe muy bien: acordaos de prepararlo lo mismo en otra ocasión. Los doy los mejores consejos que se me alcanzan, según mis modestas luces. En fin, Demea, los invitó a mirarse en la vajilla como en un espejo, y los enseñó todo cuanto de bueno tienen que hacer. TERENCIO, Adelfos, acto III, v, 71. (N. del T.)

  

420

Aquello que no poseemos se nos antoja siempre el bien supremo, mas cuando llegamos a gozar del objeto ansiado suspiramos por otra cosa con ardor idéntico, y nuestra sed es siempre igualmente insaciable. LUCRECIO, III, 1095. (N. del T.)


421

Considerando Epicuro que los mortales disponen aproximadamente de cuanto necesitan, y que sin embargo de contar con riquezas, honores, glorias e hijos gallardos, no por ello se ven libres de mil interiores desdichas ni dejan gemir como los esclavos en las cárceles, comprendió que todo el mal procede del vaso mismo, el cual, corrompido, de antemano, agria y estropea todo cuanto en él se vierte. LUCRECIO, VI, 9. (N. del T.)

  

422

Merced a un vicio común de la humana naturaleza acontece que tenemos mayor confianza y temor mayor en las cosas que no hemos visto, y que están ocultas y nos son desconocidas. De Bello civili, II, 4. (N. del T.)

  

423

Te burlas de mí, Coracino, porque no estoy perfumado; prefiero no oler a nada que oler bien. MARCIAL, VI, 55, 4. (N. del T.)

  

424

Póstumo, quien huele siempre bien, huele mal. MARCIAL, II, 12,14. (N. del T.)

  

425

Mi olfato percibe los malos olores con sutileza mayor que un perro de nariz excelente reconoce la guarida del jabalí. HORACIO, Epod., 12, 4. (N. del T.)

  

426

Si para saciar de noche tus adúlteros deseos cubres tu cabeza con la capa gala. JUVENAL, VIII, 144. (N. del T.)

  

427

¡Oh Júpiter!, en medio de todas tus grandezas sólo su nombre me es conocido. (N. del T.)

  

428

Pidiendo cosas que sólo pueden comunicarse a los dioses llamándolos aparte. PERSIO, II, 4. (N. del T.)

  

429

Di a Stayo lo que quisieras alcanzar de Júpiter: «Gran Júpiter, exclamará Stayo, ¿por ventura pueden hacérseos peticiones semejantes?» «¿Y tú crees que Júpiter mismo no hablará como Stayo?» PERSIO, II, 21. (N. del T.)

  

430

Murmuramos en voz baja criminales oraciones. LUCANO, V, 104. (N. del T.)


431

Pocos hombres hay que no tengan necesidad de rezar en voz baja y que puedan expresar alto lo que de los dioses solicitan. PERSIO, II, 6. (N. del T.)

  

432

Luego de haber invocado a Apolo en alta voz, añade al punto muy bajito, moviendo apenas los labios: «Hermosa Laverna, procúrame los medios de engañar y de pasar por hombre de bien; cubre con un espeso velo, rodea de obscuridad tenebrosa mis secretas fechorías.» HORACIO, Epíst., I, 16, 59. (N. del T.)

  

433

Que manos inocentes toquen el ara sagrada, y calmarán las iras de los dioses Penates con un bollo de flor de harina y algunos granos de sal, con eficacia más grande que inmolándolos ricas víctimas. HORACIO Od. III, 23, 17. (N. del T.)

  

434

Si la espina no pica cuando nace, apenas picará ya jamás. (N. del T.)

  

435

Cuando el esfuerzo poderoso de los años ha encorvado los cuerpos y gastado los resortes de una máquina agotada, el juicio vacila, el espíritu se obscurece y la lengua tartamudea. LUCRECIO, III, 452. (N. del T.)




De la inconstancia de nuestras acciones

Los que se emplean en el examen de las humanas acciones, nunca se encuentran tan embarazados como cuando pretenden armonizar y presentar bajo el mismo tono los actos de los hombres, los cuales se contradicen comúnmente de tan extraña manera, que parece imposible el que pertenezcan a un mismo cosechero. El joven Mario mostrose unas veces hijo de Marte, e hijo de Venus otras. Del pontífice Bonifacio VIII dícese que entró en el ejercicio de su cargo como un zorro, que se condujo como un león y que murió como un perro. ¿Y quién hubiera jamás creído de Nerón, imagen verdadera de la crueldad, que al presentarlo para que la firmase una sentencia de muerte, respondiese: «¡Pluguiera a Dios que nunca hubiera aprendido a escribir!» Tal dolor lo ocasionaba la condenación de un hombre. Ejemplos semejantes son abundantísimos; cada cual puede hallarlos en sí mismo, y yo encuentro peregrino el ver que las personas de entendimiento se obstinen en armonizar actos tan contradictorios, en vista de que la irresolución me parece el vicio más común y visible de nuestra naturaleza, como lo acredita este famoso verso de Publio, el poeta cómico:


Malum consilium est, quod mutari non potest.[436]


Puede haber asomo de razón en juzgar a un hombre por los más comunes rasgos de su vida, pero en atención a la natural instabilidad de nuestras costumbres e ideas, entiendo que hasta los buenos autores hacen mal obstinándose en formar del hombre una contextura sólida y constante: eligen un principio general, y de acuerdo con él ordenan o interpretan las acciones, y si no logran acomodarlas a la idea preconcebida, toman el partido de disimular las que no entran en su patrón. Augusto escapa a sus apreciaciones, pues en tal hombre se reunieron una variedad de actos tan rápidos y continuos durante todo el curso de su vida, que no ha sido posible, ni siquiera a los historiadores más arriesgados, formular sobre él un juicio estable. Creo que la cualidad dominante en los hombres es la inconstancia; la cualidad contraria rara vez se ve en ellos; quien los juzgare al por menor, menudamente se acercará más a la verdad. Es difícil encontrar en toda la antigüedad una docena de hombres que hayan dirigido su vida conforme a principios seguros, lo cual constituye el fin principal de la filosofía; comprendería en síntesis, dice un escritor antiguo, y no acomodaría a nuestra vida, es querer y no querer constantemente una misma cosa; yo me permitiría añadir, siempre y cuando que la voluntad fuese justa, pues si no lo es, es imposible que sea constantemente una. En efecto, yo sé de antiguo que el vicio no es más que desarreglo y falta de medida y, por consiguiente, es imposible suponerle constancia. Atribúyese a Demóstenes la siguiente máxima: «El fundamento de toda virtud, es la consultación y deliberación; su fin la perfección y constancia.» Si mediante la razón emprendiéramos determinado camino, tomaríamos el mejor, mas nadie abriga tal pensamiento


Quod petit, spernit; repetit quod nuper omisit;

aestuat, et vitae disconvenit ordine toto.[437]


Nuestra ordinaria manera de vivir consiste en ir tras las inclinaciones de nuestros instintos; a derecha e izquierda, arriba y abajo, conforme las ocasiones se nos presentan. No pensamos lo que queremos, sino en el instante en que lo queremos, y experimentamos los mismos cambios que el animal que toma el color del lugar en que se le coloca. Lo que en este momento nos proponemos, olvidámoslo en seguida; luego volvemos sobre nuestros pasos, y todo se reduce a movimiento e inconstancia;


Ducimur, ut nervis alienis mobile lignum.[438]


Nosotros no vamos, somos llevados, como las cosas que flotan, ya dulcemente, ya con violencia, según que el agua se encuentra iracunda o en calma:


Nonne videmus,

quid sibi quisque velit, nescire, et quaerere semper,

commutare locum, quasi onus deponere possit?[439]


cada día capricho nuevo; nuestras pasiones se mueven al compás de los cambios atmosféricos:


Tales sunt hominum mentes, quali pater ipse

Juppiter auctiferas lustravit lumine terras.[440]


Flotamos entre pareceres diversos; nada queremos libremente, absolutamente, constantemente. Si alguien se trazara y se estableciera determinadas leyes y régimen concreto de vida, veríamos que en su conducta brillaba una armonía cabal, y en sus costumbres un orden y una correlación infalibles, lo mismo que en todos los actos de su existencia. Empédocles advirtió la siguiente contradicción en los agrigentinos, quienes se entregaban a los placeres como, si hubieran de morir al otro día, y edificaban como si su vida hubiera de durar siempre. El plan de vida sería bien fácil de realizar, como puede verse por el ejemplo de Catón, el joven: quien ha tocado una tecla, las ha tocado todas; es una armonía de sonidos bien acordados que no puede desmentirse. No seguimos nosotros tan prudente ejemplo; formamos tantos juicios particulares como actos realizamos. Lo más seguro, en mi opinión, sería acomodarlos a las circunstancias próximas, sin entrar en investigación más detenida, y sin deducir otra consecuencia.

Durante los estragos de nuestro pobre Estado me contaron que una muchacha nacida cerca del lugar en que yo, me hallaba, se había precipitado de lo alto de una ventana para escapar a los ardores de un soldado, huésped suyo; la caída la dejó con vida, y para comenzar de nuevo su empresa quiso clavarse en la garganta un cuchillo, intento que al pronto pudo impedirse, pero luego se hirió fuertemente. Confesó la joven que el soldado no había empleado con ella más que juegos, solicitaciones y presentes, pero que sintió miedo de que lograra su propósito; al hablar así, sus palabras, su continente y hasta la sangre que brotaba de su cuerpo daban testimonio de su virtud, cual si fuera nueva Lucrecia. Pues bien, yo he sabido que antes y después de este suceso la muchacha había sido mujer alegre, y no tan difícil de abordar. Como dice el cuento: «Por hermoso y honrado que seas no deduzcas, al no conseguir tu propósito, que tu amada es casta e inviolable; no puede asegurarse que algún mulatero deje de encontrarla en su cuarto de hora.»

Habiendo Antígono cobrado afecto a uno de sus soldados por su esfuerzo y valentía, ordenó a sus médicos que le curasen de una larga enfermedad que le venía atormentando tiempo hacía; y advirtiendo después de la curación que cumplía flojamente con sus deberes, le preguntó quién le había cambiado y hecho cobarde: «Vos mismo, señor, respondió el soldado, al descargarme de los males que me hacían la vida indiferente.» Un soldado de Luculo fue desvalijado por sus enemigos y llevó a cabo contra ellos una lucida hazaña; cuando se hubo reintegrado de la pérdida, Luculo le tuvo en buena opinión, y quiso emplearle en una expedición arriesgada valiéndose de las mejores advertencias que se le ocurrieron para animarle.


Verbis, quae timido quoque possent addere mentem[441]:


«Servíos, le contestó, de algún miserable soldado saqueado»,


Quantum vis, rusticus: Ibit,

ibit eo, quo vis, qui zonam perdidit, inquit[442],


y rechazó resueltamente el ir donde se le mandaba. Cuando leemos que Mahoma ultrajó y trató con dureza excesiva a Chasán, jefe de los genizaros, porque a pesar de ver sus tropas malparadas por las de los húngaros se conducía cobardemente en el combate, y que Chasán por toda respuesta se lanzó solo, furiosamente, en el estado en que se encontraba, con las armas en la mano, en el primer cuerpo enemigo que se presentó ante sus ojos, la acción no es en el fondo justificación, sino enajenamiento; no es proeza natural, sino nuevo despecho. Aquel a quien ayer visteis tan dado a las aventuras no extrañáis verle poltrón mañana; merced a la cólera, a la necesidad, a la compañía, al vino, o al sonido de una trompeta había hecho de tripas corazón; su arrojo no tuvo por origen el sereno raciocinio, las circunstancias le impelieron, y no es maravilla que sea otro hombre movido por acontecimientos contrarios. Esta variación y contradicción tan versátiles que se ven en nosotros, han sido causa de que algunos piensen que tenemos dos almas, y otros que estamos dotados de dos fuerzas distintas, las cuales nos acompañan y agitan de modo diverso, hacia el bien la una y la otra hacia el mal, porque no concibieron que tan brusca diversidad de actos emanaran de un solo espíritu.

No sólo me afectan los accidentes exteriores, sino que además yo mismo experimento alteración y mudanza por la instabilidad de imposición; y quien detenidamente se examine encontrará que el mismo estado de espíritu rara vez se repite de nuevo. Yo imprimo a mi alma a un aspecto, ya otro, según el lado a que la inclino. Si de mí mismo hablo unas veces de diverso modo que otras, es porque me considero también diversamente. Todas las ideas más contradictorias se encuentran en mi alma, en algún modo, conforme a las circunstancias y a las cosas que la impresionan: vergonzoso, insolente; casto, lujurioso; hablador, taciturno; laborioso, negligente; ingenioso, torpe; malhumorado, de buen talante; mentiroso, veraz; sario, ignorante; liberal, avaro y pródigo; todas estas cualidades las veo en mí sucesivamente, según la dirección a que me inclino. Quien se estudie atentamente encontrará en sí mismo y hasta en su juicio igual volubilidad y discordancia. Yo no puedo formular ninguno sobre mí mismo que sea concluyente, sencillo y sólido, sin confusión y sin mezcla, tampoco resumirlo en una palabra: Distingo es el término más universal de mi lógica.

Aun cuando yo me incline siempre a elogiar las buenas obras y a interpretar más bien en buena parte las acciones que muestran ser dignas de alabanza, sucede que la singularidad de nuestra condición hace que por el vicio mismo muchas veces seamos impulsados a practicar el bien (si el bien obrar no se juzgase por la sola intención que lo guía), según lo cual un hecho valeroso no presupone un hombre valiente: el que lo fuera en realidad seríalo siempre, en todas ocasiones. Si se tratara realmente de una virtud acostumbrada y no de un rasgo imprevisto, la acción valerosa haría al hombre igualmente resuelto para afrontar todos los accidentes que le sobrevinieran, lo mismo encontrándose solo que acompañado; así en campo cerrado como en una batalla, pues dígase lo que se quiera no hay distinto valor en la calle que en campo raso; tan valientemente soportaría una enfermedad en su cama, como una herida en un campamento, no temería la muerte en su lecho como no la tiene miedo al encontrarse en un asalto; no veríamos al mismo hombre conducirse unas veces con bravura y atormentarse luego por la pérdida de un hijo o por la de un proceso; cuándo cobarde hasta la infamia, cuándo firme en la miseria; y otros a quienes asusta la navaja de afeitar del barbero, que permanecen firmes contra la espada de sus adversarios. La acción es digna de alabanza en todos esos casos, no el hombre que la realiza. Algunos griegos, dice Cicerón, no podían soportar la vista del enemigo, y en cambio resistían tranquilos las enfermedades. Los cimbrios y los celtíberos experimentaban lo contrario: Nihil enim potest esse aequabile, quod non a certa ratione proficiscatur[443].

No hay valor que pueda compararse, en el orden militar, con el de Alejandro Magno, pero el esfuerzo de su ánimo, aunque de una sola especie, y en esta misma incomparable, como todo, tiene todavía sus puntos débiles, los cuales hacen que le veamos descomponerse ante las más leves sospechas de las maquinaciones que los suyos tramaban contra su vida, y conducirse en ellas con vehemente injusticia y con un temor que oscurecía las luces de su razón. La superstición, que también le dominaba, es en algún modo prueba de pusilanimidad; y el exceso de penitencia que hizo con motivo de la muerte de Clito testifica igualmente la desigualdad de su ánimo. Nuestra conducta se compone de partes heterogéneas y desligadas, con las cuales pretendemos alcanzar un honor ilegítimo. La virtud no consiente ser practicada sino por ella misma, y si muchas veces se aparenta su aspecto para ejecutar un acto que se aparte de ella, muy luego nos arranca la máscara del semblante; es la virtud a manera de vivísimo e intenso colorido que no se separa del alma sino haciéndola añicos. He aquí por qué para juzgar a un hombre es preciso seguir sus pasos desde los comienzos, e inquirirse de los pormenores más nimios; si la constancia no se descubre en sus acciones, cui vivendi via considerata atque provisa est[444]; si la variedad de acontecimientos modifica la dirección de sus pasos (no digo la rapidez, porque el paso puede apresurarse o acortarse), dejadle correr, ése sigue la dirección adonde el viento le lleva, como reza la divisa de nuestro Talebot.

No es maravilla, dice un escritor antiguo, que el acaso pueda tanto sobre nosotros, pues que por acaso vivimos. Quien no ha enderezado su vida hacia un determinado fin es imposible que pueda ser dueño de sus acciones particulares; es imposible que ponga en orden las piezas de que se compone un conjunto, quien no tiene de antemano en el espíritu la idea de ese mismo conjunto. ¿Para qué serviría la provisión de colores a quien no supiera lo que tenía que pintar? Ninguno hace de su vida designio determinado, ni delibera sino por parcelas. El arquero debe primeramente saber el punto donde dirige el dardo; luego acomodar la mano, el arco, la cuerda y los movimientos: nuestros consejos nos extravían porque carecen de dirección y de fin; ningún viento sopla para el que no se dirige a un puerto determinado. No soy del parecer de los jueces que encontraron que Sófocles era apto para el manejo de las cosas domésticas contra la acusación de su hijo, por haber presenciado la representación de una de sus tragedias; ni apruebo tampoco lo que los parios conjeturaron cuando fueron enviados para reformar a los milesios: al visitar aquéllos la isla se fijaron en las tierras que estaban mejor cultivadas y en las casas de labor mejor gobernadas; registraron el nombre de los dueños de unas y otras, reunieron luego a los habitantes de la ciudad y confirieron a aquéllos los cargos de gobernadores y magistrados, juzgando, que como eran cuidadosos en sus negocios privados seríanlo también en los negocios públicos. No somos más que seres fragmentarios de una contextura tan informe y diversa, que cada pieza de las que nos forman, y cada momento de nuestra vida, hacen un juego distinto, y se encuentra diferencia tan grande entre nosotros y nosotros mismos, como la que existe entre nosotros y los demás hombres: Magnam rem puta, unum hominem agere[445].

Puesto que la ambición puede enseñar a los mortales la práctica del valor, la de la templanza, la de la liberalidad y hasta la de la justicia; puesto que la codicia puede llevar bríos al pecho de un marmitón educado en la sombra y en la ociosidad, y hacer que se lance muy lejos del hogar doméstico a la merced de las ondas y de Neptuno irritado, en un frágil barco; puesto que también enseña la discreción y la prudencia, y Venus provee de resolución y arrojo a la juventud que permanece todavía bajo la disciplina y la vara, al par que subleva el tierno corazón de las doncellas, aún en el regazo de sus madres:


Hac duce, custodes furtim transgressa jacentes,

ad juvenen tenebris sola puella venit[446]:


no es de ningún modo cuerdo ni sensato el juzgarnos solamente por nuestras acciones exteriores, es preciso introducir la sonda hasta lo más recóndito de nuestra alma y ver cuáles son los resortes que la ponen en movimiento. Empresa ardua, elevada y sujeta a mil conjeturas, en la que yo quisiera ver ocultos a muy pocos, por las muchas dificultades que encierra.



De la embriaguez

El mundo no es más que variedad y desemejanza; los vicios son todos parecidos, en cuanto todos son vicios, y de esta suerte es en ocasiones el parecer de los estoicos; pero aunque todos lo sean igualmente, no por ello son vicios iguales, y aquel que ha franqueado el límite cien pasos más allá,


Quos ultra, citraque nequit consistere rectum[447],


es sin duda de peor condición que el que no traspuso más que diez; no es creíble, por ejemplo, que el sacrilegio no sea peor que el robo de una col de nuestra huerta.


Nec vincet ratio hoc, tantumdem ut peccet, idemque,

qui teneros caules alieni fregerit horti,

et qui nocturnus divum sacra legerit...[448]


Hay en materia de vicios tanta diversidad como en cualquiera otra acción humana. La confusión en la categoría y medida de los pecados es peligrosa: los asesinos, los traidores y los tiranos tienen interés sobrado en que esa con fusión exista, pero no hay motivo para que su conciencia encuentre alivio porque otros sean ociosos, lascivos o poco asiduos en la devoción. Cada cual considera de mayor gravedad el delito de su compañero y trata de aligerar el suyo. Los educadores mismos suelen clasificar mal los pecados, a mi entender. Así como Sócrates decía que el principal oficio de la filosofía era distinguir los bienes de los males, así nosotros, en quienes hasta lo mejor es siempre vicioso, debemos decir lo mismo de la ciencia de distinguir las culpas, sin la cual los virtuosos y los malos permanecen mezclados, sin que se distingan los unos de los otros.

La embriaguez, entre todos los demás, me parece un vicio grosero y brutal. El espíritu toma una participación mayor en otros; los hay, por ejemplo, que tienen no sé qué de generosos, si es lícito hablar así; algunos existen, a que la ciencia contribuye, la diligencia, la valentía, la prudencia, la habilidad y la fineza. En la embriaguez, todo es corporal y terrenal. De suerte que, la nación menos civilizada de las que existen en el día, es solamente el lugar donde tiene crédito. Los otros desórdenes alteran el entendimiento; éste lo derriba y además embota el cuerpo:


Quum vini vis penetravit...

Consequitur gravitas membrorum, praepediuntur

crura vacillanti, tardescit lingua, madet mens,

nant oculi; clamor, singultus, jurgia, gliscunt.[449]


El estado más deplorable del hombre, es aquel en que pierde el conocimiento, imposibilitándose de gobernarse a sí mismo; y dícese, entre otras cosas, a propósito de él, que como el mosto cuando hierve en una cuba eleva a la superficie todo lo que hay en el fondo de la misma, así el vino hace desbordar los secretos más íntimos a los que han bebido demasiado.


Tu sapientium

curas, et arcanum jocoso

consilium retegis Lyaeo.[450]


Josefo refiere que hizo cantar claro a cierto embajador que sus enemigos le habían enviado, haciéndole beber copiosamente. Sin embargo, Augusto, que confió a Lucio Piso, el conquistador de Tracia, los negocios más delicados que tuvo, no encontró motivos de arrepentirse en su elección; ni Tiberio de Cosso, en quien abandonó sus secretos más recónditos, aunque sepamos que ambos eran tan aficionados al vino, que más de una vez hubo que sacarlos del senado porque estaban borrachos,


Hesterno inflatum venas, de more, Lyae[451],


con igual confianza que a Casio, bebedor de agua encomendose a Címber el designio de matará Julio César, aunque Címber se emborrachaba con frecuencia; a esta comisión repuso ingeniosamente el amigo de Baco: «Yo, que no puedo vencer al vino, menos podré acabar con el tirano.» Los alemanes, aun cuando estén ebrios a más no poder, van derechos a su cuartel, y recuerdan la consigna y su lugar en las filas:


Nec facilis victoria de madidis, et

blaesis, atque mero titubantibus.[452]


Nunca hubiera imaginado siquiera que pudiese existir borrachera tan tremenda y ahogadora, si no hubiese leído en las historias que Atalo convidó a cenar con intención de cometer con él una grave infamia a Pausanias, que más tarde mató a Filipo (por tratar de inferirle la mala partida de que aquí se habla), rey de Macedonia, soberano que por sus bellas prendas dio testimonio de la educación que recibiera en la casa y compañía de Epaminondas. Atalo dio de beber tanto a su huésped que pudo convertir su cuerpo, insensiblemente, en el de una prostituta cuartelera para los mulateros y muchos abyectos servidores de su casa. Otro hecho me refirió una dama a quien honro y tengo en grande estima: cerca de Burdeos, hacia Castres, donde se encuentra la casa de mi amiga, una aldeana, viuda y de costumbres honestas, advirtió los primeros síntomas del embarazo y dijo a sus vecinas que a tener marido creería encontrarse preñada; como aumentaran de día en día las pruebas de tal sospecha y por último la cosa fuese de toda evidencia, la mujer hizo que se anunciara en la plática que se pronunciaba en su iglesia, que a quien fuera el padre de la criatura y lo confesara, le perdonaría y consentiría en casarse con él si lo encontraba de su agrado y el hombre quería. Entonces uno de sus criados, muchacho joven, animado con el anuncio, declaró haberla encontrado un día de fiesta profundamente ebria durmiendo junto al hogar y con las ropas tan arremangadas, que había podido usar de ella sin despertarla. Este matrimonio vive hoy todavía.

La antigüedad no censura gran cosa la embriaguez. Los escritos mismos de algunos filósofos hablan de ella casi contemporizando; y hasta entre los estoicos, hay quien aconseja el beber alguna vez que otra a su sabor y emborracharse para alegrar el espíritu.


Hoc quoque virtutum quondam certamine magnum

Socratem palmam promeruisse ferunt.[453]

  

Al severo Catón, corrector y censor de los demás, se le reprochó su cualidad de buen bebedor:


Narratur et prisci Catonis

saepe mero caluisse virtus.[454]


Ciro, rey tan renombrado, alega entre otras cosas de que se alaba para probar su superioridad sobre su hermano Artajerjes, que sabía beber mucho mejor que él. Entre las naciones mejor gobernadas estaba muy en uso el beber a competencia hasta la embriaguez. Yo he oído decir a Silvio, excelente médico de París, que para hacer que las fuerzas de nuestro estómago no se dejen ganar por la pereza, es conveniente, siquiera una vez al mes, despertarlas por este exceso de bebida, y excitarlas para evitar que se adormezcan. Hase dicho también que los persas discutían sus negocios más importantes después de beber.

Mi gusto y complexión naturales, son más enemigos de este exceso que mi razón, pues a parte de que yo acomodo fácilmente mis opiniones a la autoridad de los antiguos, si bien encuentro que la embriaguez es un vicio cobarde y estúpido, lo creo menos perverso y dañoso que los demás, los cuales van casi todos en derechura contra la sociedad pública. Y si como dicen los estoicos, no podemos procurarnos placer alguno sin que nos cueste algún sacrificio, creo que el vicio de que hablo es menos gravoso que los otros para nuestra conciencia; tampoco es difícil proveerse de la primera materia, circunstancia no indigna de tenerse en cuenta. Un hombre digno, de edad avanzada, me decía que de los tres placeres que en la vida le quedaban, era éste uno; y efectivamente, ¿dónde encontraremos gustos que aventajen a los naturales? Pero esa persona se colocaba en mala disposición: es preciso huir la delicadeza y el cuidado exquisito en la elección del vino, porque si el origen del placer reside en beberlo excelente, os veréis obligados a soportar el dolor de beberlo malo alguna vez. Es preciso tener el gusto más libre amplio; un buen bebedor debe estar dotado de un paladar bien resistente. Los alemanes beben casi con igual placer todos los vinos; su fin es tragarlos más bien que paladearlos. De ese modo les va mucho mejor: así el placer que experimentan es más grande y encuentran más a la mano el procurárselo. Beber a la francesa, en las dos comidas y de una manera moderada por cuidado de la salud, es restringir demasiado los favores del dios Baco; es preciso ocupar más tiempo y desplegar mayor constancia en el beber. Los antiguos pasaban bebiendo noches enteras y a veces empalmaban las noches con los días; así que nos cumple ampliar más este placer. He conocido un gran señor, persona a quien adornaban elevadas prendas y que había salido victorioso en grandes empresas, que sin esfuerzo alguno en sus comidas escanciaba diez botellas de vino; luego despachaba sus negocios con todo acierto, mostrándose quizás más avisado que en situación normal. El placer que debemos reservarnos en el transcurso de nuestra vida exige que concedamos mayor tiempo a la bebida, hasta el punto de que, como los muchachos de las tiendas y las gentes que ejercen un trabajo manual, no rechacemos ninguna ocasión de empinar el codo y tengamos constantemente vivo en la imaginación el deseo de hacerlo. Diríase que a diario acortamos los placeres del paladar y que en nuestras casas el número de comidas no es tan grande como en tiempos pasados; yo he visto los desayunos, almuerzos, cenas, meriendas, piscolabis. ¿Será la causa que en alguno de nuestros defectos hayamos tomado el camino de la enmienda? No, en verdad; lo que acaso en mi sentir ocurre es que nos hemos lanzado en la concupiscencia mucho más que nuestros padres. Este vicio y el de la bebida son dos cosas que se repelen: aquélla ha debilitado nuestro estómago, y la flojedad nos ha hecha más delicados y adamados para la práctica del amor.

Merecerían consignarse, por lo singulares, las cosas que oí referir a mi padre a propósito de la castidad de su siglo; y en verdad que sentaban bien en sus labios tales palabras, pues era hombre de galantería extrema con las damas por inclinación y reflexión. Hablaba poco, per bien, y entreveraba su lenguaje con ornamentos sacados de libros modernos, principalmente españoles; entro éstos era muy aficionado al Marco Aurelio[455], del obispo de Mondoñedo, don Antonio de Guevara. Era su porte de una gravedad risueña, muy modesto y humilde; ponía singular cuidado en la decencia y decoro de su persona y vestidos, ya fuera a pie o a caballo; la lealtad de sus palabras era extraordinaria, y su conciencia y religiosidad le inclinaban en general más a la superstición que a razonar; era de pequeña estatura, lleno de vigor, derecho y bien proporcionado; su rostro era agradable, más bien moreno, y su destreza no reconocía competencia en ninguna suerte de ejercicios de habilidad o fuerza. He visto algunos bastones rellenos de plomo, de los cuales se   —292→   servía para endurecer sus brazos; lanzaba diestramente la barra, arrojaba piedras con maestría y tiraba al florete; a veces gastaba zapatos con las suelas cubiertas de plomo para alcanzar mayor agilidad en la carrera y en el salto. En todas estas cosas ha dejado memoria de pequeños portentos; yo le he visto, cuando contaba ya sesenta años, burlarse de nuestros juegos, lanzarse sobre un caballo estando vestido con un traje forrado de pieles, girar alrededor de una mesa apoyándose sobre el dedo pulgar y subir a su cuarto saltando las escaleras de cuatro en cuatro. Volviendo a las damas, contábame mi padre que en toda una provincia apenas se encontraba una sola señora de distinción cuya reputación no fuera dudosa; relataba también casos de singulares privaciones, principalmente suyas, hallándose en compañía de mujeres honradas, limpias de toda mancha, y juraba santamente haber llegado al estado de matrimonio completamente puro, después de haber tomado parte durante largo tiempo en las guerras de tras los montes, de las cuales nos dejó un papel diario escrito por su mano, en que relata todas las vicisitudes que le acontecieron y las aventuras de que fue testigo. Contrajo matrimonio siendo ya algo entrado en años, en el de 1528 que era el treinta y tres de su nacimiento, a su regreso de Italia. Pero volvamos a nuestras botellas.

Las molestias de la vejez, que tienen necesidad de algún alivio, acaso pudieran engendrar en mi el placer de la bebida, pues es como si dijéramos el último que el curso de los años nos arrebata. Los buenos bebedores dicen que el calor natural, en la infancia, reside principalmente en los pies; de los pies se traslada a la región media del cuerpo, donde permanece largo tiempo, y produce, según mi dictamen, los únicos placeres verdaderos de la vida corporal; los otros goces duermen, comparados con el vigor de éste; hacia el fin de la existencia, como un vapor que va subiendo y exhalándose, llega a la garganta, en la cual hace su última morada. Por lo mismo no se me alcanza cómo algunos llevan el abuso de la bebida hasta hacer uso de ella cuando no tienen sed ninguna, forjándose imaginariamente un apetito artificial contra naturaleza; mi estómago se encuentra imposibilitado de ir tan lejos; gracias si puede admitir lo que por necesidad ha menester contener. Yo apenas bebo sino después de comer, y el último trago es siempre mayor que los precedentes. Porque al llegar la vejez solemos tener el paladar alterado por el reuma o por cualquiera otra viciosa constitución, el vino nos es más grato a medida que los poros del paladar se abren y se lavan, al menos yo a los primeros sorbos no le encuentro bien el gusto. Admirábase Anacarsis de que los griegos bebieran al fin de sus comidas en vasos mayores que al comienzo; yo creo que la razón de ello es la misma que la que preside a la costumbre de los alemanes, quienes dan principio entonces al combate bebiendo con intemperancia.

Prohíbe Platón el vino a los adolescentes antes de los dieciocho años, y emborracharse antes de los cuarenta, mas a los que pasaron esta edad los absuelve y consiente el que en sus festines Dionisio predomine ampliamente, pues es el dios que devuelve la alegría a los hombres y la juventud a los ancianos; el que dulcifica y modera las pasiones del alma, de la propia suerte que el hierro se ablanda por medio del fuego. El mismo filósofo en sus Leyes encuentra útiles las reuniones en que se bebe, siempre que en ellas haya un jefe para gobernarlas y poner orden, puesto que, a su juicio, dice, la borrachera es una buena y segura prueba de la naturaleza de cada uno, al propio tiempo que comunica a las personas de cierta edad el ánimo suficiente para regocijarse con la música y con la danza, cosas gratas de que la vejez no se atreve a disfrutar estando en completa lucidez. Dice además Platón que el vino comunica al alma la templanza y la salud al cuerpo, pero encuentra, sin embargo, en su uso las siguientes restricciones, tomadas en parte a los cartagineses: que se beba la menor cantidad posible cuando se tome parte en alguna expedición guerrera, y que los magistrados y jueces se abstengan de él cuando se encuentren en el ejercicio de sus funciones, o se hallen ocupados en el despacho de los negocios públicos; añade además que no se emplee el día en beber, pues el tiempo debe llenarse con ocupaciones de cada uno, ni tampoco la noche que se destine a engendrar los hijos.

Cuéntase que el filósofo Stilpón agravé su vejez hasta el fin de sus días y a sabiendas por el uso del vino puro. Análoga causa, aunque no voluntaria, debilitó las fuerzas ya abatidas por la edad del filósofo Arcesilao.

Es una antigua y extraña cuestión la de saber «si el espíritu del filósofo puede ser dominado por la fuerza del vino»:


Si munitae adhibet vim sapientae.[456]


¡A cuántas miserias nos empuja la buena opinión que nos formamos de nosotros! El alma más ordenada del mundo, la más perfecta, tiene demasiada labor con esforzarse en contenerse, con guardarse de caer en tierra impelida por su propia debilidad. Entre mil no hay ninguna que se mantenga derecha y sosegada ni un sólo instante de la vida; y hasta pudiera ponerse en tela de juicio si dada la natural condición del alma pudiera tal situación ser viable; mas pretender juntar la constancia, que es la perfección más acabada, es casi absurdo. Considerad, si no, los numerosos accidentes que pueden alterarla. En vano Lucrecio, poeta eximio, filosofa y se eleva sobre las humanas miserias, pues que un filtro amoroso le convierte en loco insensato. Los efectos de una apoplejía alcanzan lo mismo a Sócrates que a cualquier mozo de cordel. Algunos olvidaron hasta su propio nombre a causa de una enfermedad terrible; una leve herida bastó a dar al traste con la razón de otros. Aunque admitamos en el hombre la mayor suma de prudencia, no por ello dejará de ser hombre, es decir, el más caduco, el más miserable y el más insignificante de los seres. No es capaz la cordura da mejorar nuestras condiciones naturales:


Sudores itaque, et pallorem exsistere toto

corpore, et infringi linguam, vocemque aboriri,

caiigare oculos, sonere aures, succidere artus,

denique concidere, ex animi terrore, videmus[457]:


preciso es que cierre los ojos ante el golpe que le amenaza, que se detenga y tiemble ante el borde del precipicio como un niño; la naturaleza se reservó esos ligeros testimonios de su poderío, tan inexpugnables a nuestra razón como a la virtud estoica para enseñarle su caducidad y debilidad: de miedo palidece, enrojece de vergüenza y gime por un cólico violento, si no con ayes desesperados y lastimeros, al menos con voz ronca y quebrada:


Humani a se nihil alienum putet.[458]


Los poetas que imaginan cuanto les place, ni siquiera osaron pintarnos a sus héroes sin verter lágrimas:


Sic fatur lacrymans, classique immittit habenas.[459]


Confórmese, pues, el hombre con sujetar y moderar sus inclinaciones, pues hacerlas desaparecer no reside en su débil poderío. Plutarco, tan perfecto y excelente juez de las acciones humanas, al considerar que Bruto y Torcuato dieron muerte a sus hijos, dudó de si la virtud podía llegar a tales hechos, y si esos personajes no habían sido movidos por alguna otra pasión.

Todas las acciones que sobrepasan los límites ordinarios están sujetas a interpretación falsa, por la sencilla razón de que nuestra condición no alcanza lo que está por cima de ella ni lo que está por bajo.

Dejando a un lado la secta estoica que hace tan extrema profesión de fiereza, hablemos de la otra que se considera como más débil y oigamos las fanfarronadas de Metrodoro: Occupavi te, Fortuna, atque cepi; omnesque aditus tuos interclusi, ut ad me adspirare non posses[460]. Cuando, Anaxarco, por orden de Nicocreon, tirano de Chipre, fue metido en una pila profunda y deshechó a martillazos, decía sin cesar: «Sacudidme y esgarradme; no es Anaxarco el que machacáis; machacáis solamente su envoltura.» Cuando oímos a los mártires, rodeados por las llamas, gritar al tirano: «Esta parte ya está bastante asada; córtala, cómela, ya está cocida; asa el otro lado»; cuando vemos en Josefo la heroicidad de un muchacho que fue desgarrado con tenazas y agujereado con leznas por Antíoco, que en medio de la tortura le desafiaba con voz firme y segura, exclamando: «Pierdes tu tiempo, tirano, heme aquí lleno de placer»; «¿dónde está el dolor? ¿dónde los tormentos con que me amenazabas? ¿no se te alcanzan otros medios? Mi bravura te causa mayor dolor del que yo siento, por tu crueldad. ¡Cobarde, imbécil! Mientras tú te rindes, yo recobro vigor nuevo; ¡haz que me queje, haz que sufra, haz que me rinda si puedes! Comunica tus satélites y a tus verdugos el valor necesario; helos ahí ya, tan faltos de ánimo, que ya no pueden más; ármalos de nuevo, haz de nuevo que se encarnicen.» Menester es confesar que en tales almas hay algún desorden o algún furor, por santo que sea. Al oír estas exclamaciones estoicas «Prefiero ser furioso que voluptuoso»[461],  [462], como decía Antistenes, cuando Sextio nos asegura que prefiere ser encadenado por el dolor antes que serlo por el placer; cuando Epicuro intenta regocijarse con el mal de gota, y voluntariamente abandona el reposo y la salud desafiando las dolencias, rechaza los dolores menos rudos y desdeña combatir la enfermedad con la cual adquiere sufrimientos duraderos, intensos, dignos de él;


Spumantemque dari pecora inter inertia votis

optat aprum, aut fulvum descendere monte leonem.[463]


¿Quién no juzga que tales arranques son los respiraderos de un valor desequilibrado? Nuestra alma, en su estado normal, no podría volar a tales alturas; para alcanzarlas precisa que se eleve, y que cogiendo el freno con los dientes, conduzca al hombre a una distancia tan lejana, que él mismo se pasme luego de la acción que llevó a cabo. En los combates, el calor de la refriega empuja a los soldados a realizar actos tan temerarios, que luego que la calma renace, ellos son los primeros en sobrecogerse de admiración por las heroicas hazañas que llevaron a cabo. Lo propio acontece a los poetas cuando la inspiración es ya pasada; ellos mismos admiran sus propias obras y no reconocen las huellas que les condujeron a tan florido camino; es lo que se llama en el artista ardor o fuego sagrado. Inútilmente, dice Platón, llama a las puertas de la poesía el hombre cuyo espíritu es tranquilo. Aristóteles asegura que ninguna alma privilegiada está completamente exenta de locura, y tiene razón en llamar así todo arrebato, por laudable que sea, que sobrepasa nuestra propia razón y raciocinio, puesto que la cordura consiste en el acertado gobierno de las acciones de nuestra alma para conducirla con adecuada medida y justa proporción. Platón sustenta así su principio: «Siendo la facultad de profetizar superior a nuestras luces, preciso es que nos encontremos transportados cuando la practicamos: indispensable es que nuestra prudencia sea alterada por el sueño, por alguna enfermedad o arrebatada de su asiento por algún arrobamiento celeste.»



Costumbre de la isla de Cea

Si filosofar es dudar, como generalmente se sienta, con mayor razón será dudar el bobear y fantasear, como yo hago; pues de los aprendices es propio el inquirir y cuestionar, y sólo a los maestros incumbe resolver. El mío es la autoridad de la voluntad divina, que sin contradicción nos preceptúa y gobierna, y que está por cima de estas cuestiones humanas y vanas.

Habiendo Filipo de Macedonia entrado en el Peloponeso a mano armada, advirtieron a Damindas que los lacedemonios sufrirían muchos males de no congraciarse con el invasor; Damindas calificó de cobardes a los que tal dijeron, y añadió que el que no teme la muerte tampoco se apoca ante ningún otro sufrimiento. Preguntado Agis de qué modo el hombre puede vivir libre, respondió: menospreciando la muerte. Estas proposiciones y mil semejantes, que se encuentran en situaciones análogas, sobrepasan en algún modo el esperar tranquilamente el fin de la vida cuando la hora nos llega, pues hay en la existencia humana muchos accidentes más difíciles de soportar que la muerte misma, de lo cual puede dar testimonio aquel muchacho de Lacedemonia, de quien Antioco se apoderó y que fue vendido como esclavo, el cual, obligado por su amo a ejercer un trabajo abyecto, repuso: Tú verás el siervo que has comprado; sería para mí deshonrosa la servidumbre, teniendo la libertad en mi mano; y diciendo esto se precipitó de lo alto de la casa en que lo guardaba. Amenazando duramente Antipáter a los lacedemonios para obligarlos a cumplir una orden, respondieron: Si pretendes castigarnos con algo peor que la muerte, moriremos de buen grado; el mismo pueblo repuso a Filipo, que le notificó su propósito de poner coto a todas sus empresas: ¿Acaso está en tu mano impedirnos el morir? Por eso se dice que el varón fuerte vive tanto como debe y no tanto como puede, y que el más preciado don que de la naturaleza hemos recibido, el que nos despoja de todo derecho de quejarnos de nuestra condición, es el dejar a nuestro albedrío tomar las de villadiego; la naturaleza estableció una sola entrada para la vida, pero en cambio nos procuró cien mil salidas. Puede faltarnos un palmo de tierra para vivir, pero no para morir, como respondió Boyocalo a los romanos. ¿Por qué te quejas de este mundo? Libre eres, ninguna sujeción te liga a él; si vives rodeado de penas, culpa de ello a tu cobardía. Para morir no precisa sino una poca voluntad


Ubique morts est; optime hoc cavit deus.

Eripere vitam nemo non homini potest;

at nemo mortem: mille ad hanc aditus patent.[464]


La muerte no es el remedio de una sola enfermedad, es la receta contra todos los males; es un segurísimo puerto que no, debe ser temido, sino más bien buscado. Lo mismo da que el hombre busque el fin de su existencia o que lo sufra; que ataje su último día o que lo espere; de donde quiera que venga es siempre el último; sea cual fuere el lugar en que el hilo se rompa, nada queda después, es el extremo del cohete. Cuánto más voluntaria, más hermosa es la muerte. La vida depende de la voluntad ajena, la muerte sólo de la nuestra. En ninguna ocasión debemos acomodarnos tanto a nuestros humores como en ésta. La reputación y el nombre son cosas enteramente ajenas a una tal empresa; es locura poner ningún miramiento. La vida es una servidumbre sin libertad de morir nos falta. Todas las enfermedades se combaten poniendo en peligro nuestra existencia; se nos corta y cauteriza; se nos quiebran nuestros miembros, se extrae de nuestro cuerpo el alimento y la sangre; un paso más, y hétenos curados para siempre. ¿Por qué nos es más difícil cortarnos las venas de la garganta que la del brazo? Los grandes males exigen grandes remedios. Padeciendo de gota en las piernas, Servio el gramático no encontró mejor remedio a su dolencia que aplicarlas veneno para paralizarlas; no le importó que fueran podágricas con tal de trocarlas en insensibles. Dios deja en nuestras manos albedrío suficiente cuando venimos a dar en un estado en que la muerte es preferible a la vida. Los estoicos dicen que el hombre cuerdo obra conforme a naturaleza abandonando la vida, aun siendo dichoso, siempre que la deje oportunamente; y que sólo es propio de la locura el aferrarse a la existencia cuando ésta es insoportable. De la propia suerte que yo no voy contra las leyes que castigan a los ladrones cuando me sirvo de lo que me pertenece o corto mi bolsa; ni contra las penas que afligen los incendiarios cuando prendo fuego a mis leños, tampoco deben alcanzarme las leyes que castigan a los asesinos por haberme quitado la vida. Decía Hegesias que, como a condición de nuestra vida la muerte debe también depender de nuestra elección; y Diógenes, saludado por el filósofo Speusipo, que se encontraba afligido por una hidropesía tan cruel, que tenía que hacerse conducir en una litera, contestole: «A ti no te deseo salud ninguna, pues que te resignas a vivir en ese estado.» Y efectivamente, algún tiempo después Speusipo se dio la muerte cansado de soportar una situación tan penosa.

Pero la conveniencia de tal proceder no puede afirmarse de una manera absoluta, y muchos sostienen que no somos dueños de abandonar la tierra sin voluntad expresa del que nos puso en ella; que solo el Dios que nos envió al mundo, no por nuestro bien únicamente, sino para su gloria y servicio de nuestros semejantes, es dueño soberano de quitarnos la vida cuando bien le plazca; que no vimos la luz para vivir existencia egoísta, sino para consagrarnos al servicio del pueblo en que nacimos. Las leyes nos piden cuenta de nuestros actos por el interés de la república, y castigan el homicidio; como desertores de nuestra carga se nos castiga también en el otro mundo:


Proxima deinde tenent maesti loca, qui sibi letum

insontes pepepere manu, lucemque perosi

projecere animas[465]:


mayor vigor supone usar la cadena, con que estamos amarrados a la tierra, que hacerla pedazos; Régulo dio muestras de mayor firmeza que Catón; la indiscreción y la impaciencia apresuran nuestros pasos, mas a la virtud, cuando es eficaz, ningún azar la obliga a volver la espalda; muy al contrario, mejor busca los dolores y los males como un alimento más natural. Las amenazas de los tiranos y los suplicios de los verdugos la animan y vivifican


Duris ut ilex tonsa bipennibus

nigrae feraci frondis in Algido,

per damna, per caedes, ab ipso

ducit opes, animumque ferro.[466]


Y como dijeron Séneca, primero, y Marcial, después:


Non est, ut putas, virtus, pater,

timere vitam; sed malis ingentibus

obstare, nec se vertere, ac retro dare.[467]


Rebus in adversis facile est contemnere mortem,

fortius ille facit, qui miser esse potest.[468]


Propio es de la cobardía, mas no de la fortaleza, cobijarse bajo la pesada losa del sepulcro para evitar el infortunio; la virtud no abandona su camino por fuerte que la tempestad se cierna en el horizonte.


Si fractus illabatur orbis,

impavidum ferient ruinae.[469]


Comúnmente la huida de los males nos aboca a otros mayores; a veces huyendo de la muerte corremos derechos hacia ella:


Hic, rogo, non furor est, ne moriare, mori?[470]


como aquellos que escapando del precipicio se lanzan en él:


Multos in summa pericula misit

venturi timor ipse mali: fortissimus ille est,

qui promptus metuenda pati, si cominus instent

et differre potest.[471]


Usque adeo, mortis formidine, vitae

percipit humanos odium, lucisque videndae,

ut sibi conciscant maerenti pectore letum,

obliti fontem curarum hunc esse timorem.[472]


Platón, en las Leyes, ordena que se dé sepultura ignominiosa al que se priva de su más cercano y mayor amigo, es decir, al que se quita la vida, alejándose del curso de los acontecimientos, y no obligado para ello por sentencia pública, ni por ningún vaivén de la fortuna, triste e inevitable, ni por insoportable vergüenza, sino por la debilidad y cobardía que acusan un alma temerosa. Es ridícula la opinión del que menosprecia la vida, pues al fin es nuestro ser, es todo lo de que disponemos. Aquellas cosas cuya esencia es más noble y más rica que la nuestra, pueden acusar nuestra vida, pero es ir contra la naturaleza el despreciarse a sí mismo y el dejarse empujar hacia la debilidad. Es una enfermedad peculiar al hombre la de odiarse y menospreciarse, pues no se ve en ninguna otra criatura; de tal vanidad nos servimos para pretender ser otra cosa distinta de lo que somos, puesto que nuestro estado actual no podría gozar el bien que hubiéramos alcanzado. El que desea trocarse de hombre en ángel, nada hace en provecho suyo, porque no existiendo ya, ¿quién disfrutará y experimentará de transformación tan dichosa?


Debet enim, misere cui forte, aegreque futurum est,

ipse quoque esse in eo tum tempore, quum male possit

accidere.[473]


La seguridad, la indolencia, la impasibilidad y la privación de los males de este mundo, que alcanzamos por medio de la muerte, no nos proporcionan ventaja alguna; por pura bagatela evita la guerra el que no puede gozar de la paz y por pura nimiedad rehúye los trabajos el que no puede disfrutar el reposo.

Aun entre los que creen que el suicidio es lícito hubo grandes dudas sobre qué ocasiones son suficientemente justas para determinar a un hombre a tornar ese partido. Los estoicos llaman al suicidio  [474 - 475], y aunque digan que a veces es preciso morir por causas poco graves, como las que nos mantienen sobre la tierra no lo son mucho, es preciso atenerse a alguna medida o norma. Existen inclinaciones caprichosas sin fundamento que impelieron a la muerte, no ya a hombres solamente, sino a pueblos enteros. En otro lugar he citado ejemplos de ello. Conocido es además el hecho de las vírgenes milesianas, que por convenio tácito y furioso se ahorcaron unas tras otras, hasta que el magistrado pudo detener la hecatombe dando orden de que las que se encontraran colgadas serían arrastradas en cueros por toda la ciudad, con la misma cuerda que las ahogó. Cuando Teryción conjura a Cleomones al suicidio por el mal estado de sus negocios, no habiendo encontrado muerte más honrosa en la batalla que acababa de perder, e insiste en que acepte el suicidio ara no dejar así tiempo a los que alcanzaron la victoria de hacerle sufrir vida o suplicio vergonzosos, Cleomones, con valor lacedemonio y estoico, rechaza tal consejo como afeminado y cobarde, y dice: Remedio es ése de que tengo siempre ocasión de echar mano y de que nadie debe servirse mientras le quede un asomo remoto de esperanza; que el vivir consiste más bien en desplegar resistencia y valentía; que quiere con su muerte misma servir a su país, y con el abandono de la vida realizar un acto de honor y de virtud. A este razonamiento nada respondió Teryción, mas después se dio la muerte. Cleomones siguió su ejemplo, pero no sin haber apurado el último esfuerzo en la lucha contra la mala fortuna. No merecen todos los males juntos que se busque la muerte para evitarlos, y, además, como en las cosas humanas hay tan repentinas mudanzas, es difícil distinguir el momento en que ya no puede quedarnos esperanza alguna:


Sperat et in saeva victus gladiator arena,

sit licet infesto pollice turba minax.[476]


Todo lo puede esperar el hombre mientras vive, dice una sentencia antigua. «En efecto, repone Séneca; ¿mas por qué he de pensar yo que la fortuna todo lo puede para el que está vivo y no que la misma diosa inconstante nada puede contra quien sabe morir? Conocido es el caso de Josefo, quien hallándose en inminente peligro por haberse levantado contra él todo un pueblo, no podía, racionalmente pensando, tener ninguna esperanza de salvación; aconsejado por alguno de sus amigos a buscar la muerte, siguió el prudente camino de obstinarse en la esperanza hasta el último momento, contra toda previsión humana, la fortuna cambió de faz y Josefo se vio salvo sin experimentar ningún daño. Por el contrario, Casio y Bruto acabaron de perder los últimos restos de la libertad romana, de la cual eran los defensores, por la precipitación y temeridad con que se dieron muerte, sin aguardar la ocasión irremediable de hacerlo. En la batalla de Cerisole el señor de Enghien intentó dos veces degollarse desesperado por la fortuna que tuvo en el combate, que fue desastrosa en el lugar que mandaba, y por precipitación estuvo a punto de privarse del placer de una tan hermosa victoria como alcanzó después. Yo he visto cien liebres escapar de entre los dientes de los lebreles. Aliquis carnifici suo superstes fuit[477].


Multa dies, variusque labor mutabillis aevi

rettulit in melius; multos alterna revisens

lusit, et in solido rursus fortuna locavit.[478]


Plinio dice que no hay más que tres clases de enfermedades que puedan instigar legítimamente al hombre al suicidio para evitar los dolores que acarrean; la más cruel de todas es, a su entender, el mal de piedra en la vejiga, cuando la orina se encuentra en ella retenida. Séneca coloca en el mismo rango las que trastornan por largo tiempo las facultades anímicas. Por evitar una mala muerte hay quien voluntariamente se la procura a su gusto. Damócrito, jefe de los etolianos, conducido prisionero a Roma, encontró medio de escapar durante la noche; mas perseguido por sus guardianes, prefirió atravesarse el cuerpo con su espada antes que dejarse coger de nuevo. Reducida por los romanos al último extremo la ciudad de Epiro, que defendían Antínoo y Teodoto, acordaron ambos caudillos matarse con todo el pueblo; pero habiendo prevalecido después la idea de entregarse, se lanzaron todos en busca e la muerte, arrojándose contra el enemigo con la intención de atacar, no de resguardarse. Sitiada hace algunos años por los turcos la isla del Gozo, un siciliano, padre de dos hermosas jóvenes que estaban en víspera de contraer matrimonio, las dio muerte con su propia mano, y a la madre en seguida. Luego que hubo acabado su faena, se echó a la calle, armado de una ballesta y un arcabuz, y de dos disparos mató a los dos primeros turcos que se acercaron a su puerta; después, con la espada en la mano, se lanzó furiosamente sobre el ejército, por el cual fue envuelto y despedazado, salvándose así de la servidumbre, luego de haber libertado a los suyos. Las mujeres judías, luego que hacían circuncidar a sus hijos, se precipitaban con ellos huyendo de la crueldad de Antioco. He oído contar el suceso de un noble que se hallaba preso en nuestras cárceles y cuya familia fue advertida de que probablemente sería condenado a muerte. Para evitar deshonra semejante le enviaron sus parientes un sacerdote, el cual inculcó en el ánimo del prisionero que el soberano remedio de su libertad estaba en encomendarse a un santo, a quien había de hacer determinadas promesas, y que además tenía que estar ocho días sin tomar ningún alimento, por debilidad y decaimiento que experimentara. Siguió al pie de la letra el consejo, y por tal medio librose sin pensarlo, a la vez que de la vida, de la deshonra que le amenazaba. Aconsejando Escribonia a su sobrino Libo que se matara antes de que cayera sobre él la mano de la justicia, le decía que era dar gusto a otro conservar su vida para entregarla a los que habían de buscarla tres o cuatro días después, y que a la vez prestaría un servicio a sus enemigos guardando su sangre, que los mismos se encargarían de envilecer.

En la Biblia[479] leemos que Nicanor, perseguidor de la ley de Dios, echó mano de sus satélites para apoderarse del honrado anciano Racias, conocido con el nombre de padre de judíos por el esplendor de sus virtudes. Como el buen Racias viera toda su casa en desorden, la puerta quemada, sus enemigos prestos a cogerle, prefirió morir generosamente antes que caer en poder de los malos y dejar que se mancillase el honor de su rango; mas no habiendo logrado su propósito por la precipitación con que se asestó el golpe con su espada, corrió a precipitarse desde lo alto de una muralla por entre medio de la cuadrilla, la cual le hizo sitio cayó al suelo de cabeza; sintiéndose aún con un resto de vida, ganó nuevos ánimos, pudo colocarse de pie todo ensangrentado y magullado, y haciéndose lugar al través de sus enemigos, acertó a llegar hasta unas rocas escarpadas, junto a un precipicio, donde no pudiendo ya sostenerse se arrancó las entrañas, desgarrándolas y pisoteándolas, y se las arrojó a sus perseguidores, invocando la cólera del cielo contra sus verdugos.

De las ofensas que se infieren a la conciencia, la que a mi entender debe evitarse más es la que se lleva a cabo contra la castidad de las mujeres, tanto más cuanto que en ella va envuelto el placer corporal; por esta razón el desafuero no puede ser completo, y necesariamente la fuerza parece ir unida a cierta voluntad de parte de la víctima. La historia eclesiástica venera la memoria de muchos santos que prefirieron la muerte a los ultrajes que los tiranos trataron de infringir a su religión y a su conciencia. Pelagia y Sofronia, ambas fueron canonizadas, se dieron muerte, la primera arrojánd